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El campo misionero de Jonás

A menudo me pregunto si seríamos tan rápidos para juzgar a Jonás por su respuesta al llamado de Dios si tuviéramos una comprensión histórica adecuada de la nación que Dios le estaba ordenando a Jonás que alcanzara.

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No había nada inusual en que Jonás recibiera una palabra de Jehová. Probablemente recibió docenas, si no cientos, de este tipo de mensajes durante su ministerio profético en Israel. El problema fue que el mensaje que recibió cuando abrimos el Libro de Jonás, no se parecía en nada a lo que había escuchado antes. Dios le dice a Jonás

Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y pregona contra ella, porque ha subido su maldad delante de mí (Jonás 1:2).

Dios esencialmente le dice a Jonás aquí: “El hedor de los pecados de Nínive ha llegado hasta el cielo, y quiero que les adviertas que he observado sus pecados y no los dejaré sin castigo”.

Los profetas de Dios estaban acostumbrados a entregar mensajes que no eran populares. Jonás probablemente pronunció palabras de juicio ante los reyes y en todas las ciudades de Israel. Pero este llamado era diferente. Dios lo estaba enviado a un campo misionero.

La idea de ir a Nínive habría infundido un miedo inmenso en el corazón de cualquier judío. Esta ciudad capital de Asiria era conocida por su brutalidad y crueldad sin precedentes. Varios registros históricos y excavaciones describen como estiraban a sus prisioneros con cuerdas y luego los desollaban vivos; les sacaban los ojos; les clavaban garfios en la nariz para conducirlos por la ciudad como ganado antes de ser ejecutados.

Un rey asirio se jactó de sí mismo, diciendo:

Desollé la piel de todos los nobles que se rebelaron contra mí y cubrí con su piel la pila de cadáveres. Quemé a sus hijos. Capturé vivos a muchos soldados y les corté los brazos y las manos, la nariz, las orejas y las extremidades.

Incluso el cruel emperador romano Nerón tomó ideas de los asirios, quienes empalaban vivos a sus cautivos y les prendían fuego, tal como Nerón haría con los cristianos cuando los usó como antorchas humanas para sus fiestas nocturnas en sus jardines.

Jonás, como muchos judíos de su época, habría estado profundamente consciente y aterrorizado de esta reputación ninivita. Otro profeta, Nahum, más tarde profetizaría estas palabras de Dios contra Nínive:

“¡Ay de ti, ciudad sanguinaria, toda llena de mentira y de rapiña, sin apartarte del pillaje! Chasquido de látigo, y fragor de ruedas, caballo atropellador, y carro que salta; jinete enhiesto, y resplandor de espada, y resplandor de lanza; y multitud de muertos, y multitud de cadáveres; cadáveres sin fin, y en sus cadáveres tropezarán… Heme aquí contra ti, dice Jehová de los ejércitos (Nahum 3:1-5).

A menudo me pregunto si seríamos tan rápidos para juzgar a Jonás por su respuesta al llamado de Dios si tuviéramos una comprensión histórica adecuada de la nación que Dios le estaba ordenando a Jonás que alcanzara.

Dios no le anunció a Jonás un plan de contingencia ni le prometió su seguridad física, y Dios tampoco nos garantiza nuestra seguridad. Nuestros hermanos y hermanas en China, Corea del Norte y Afganistán entienden la realidad de estas amenazas en su vida diaria.

Seamos claros, Dios llamó a Jonás a realizar algo humanamente imposible, lo que me hace preguntar: ¿Qué tarea imposible le ha asignado Dios hoy? ¿Qué tipo de seguridad, ya sea en cuanto a su reputación, su estilo de vida, su salud, etc., le preocupa que pueda obstaculizar su plena cooperación para obedecer el llamado de Dios en su vida?

Aprendamos del dilema de Jonás, que la voluntad de Dios para nosotros no siempre es el camino fácil. A veces puede ser increíblemente difícil; pero la voluntad de Dios es siempre el camino correcto a tomar. Como solía decir Andrew Murray durante sus peligrosos y difíciles deberes pastorales en Sudáfrica:

“El lugar más seguro para estar es en el servicio de Dios”.

 

Este artículo ha sido traducido y adaptado con el consentimiento de su autor.

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