¿Podemos confiar en nuestras traducciones de la Biblia? Algunas personas afirman que algunas versiones son superiores e incluso que no contienen ningún error, siendo por lo tanto la Palabra de Dios autoritativa e infalible. Sin embargo, la realidad es que existen errores en prácticamente todas las traducciones. Esto plantea la pregunta: ¿cómo podemos confiar en las traducciones de la Biblia si pueden contener errores?
Para abordar esta pregunta, será útil considerar los siguientes puntos.
1. La Palabra de Dios es infalible solo en los originales, no en las traducciones
Debido a que cada palabra de la Escritura fue dada por medio de la profecía, y puesto que la profecía es considerada autoritativa y representa con precisión lo que Dios quiso comunicar (cf. Deuteronomio 18:22; 2 Pedro 1:21-22), la Escritura en su forma original es infalible, siendo inspirada por Dios (2 Timoteo 3:16, NBLA).
2. La Palabra de Dios ha sido preservada en copias de los escritos originales
Desafortunadamente, no tenemos acceso a los escritos originales de la Escritura, porque se han perdido o destruido con el paso del tiempo. En lugar de eso, Dios ha preservado Su Palabra a través de copias de los originales, que son la base de las traducciones.
Por ejemplo, cuando la segunda carta de Pedro, fue inspirada y escrita sin error por el apóstol Pedro. La iglesia primitiva comenzó inmediatamente a hacer copias de esta carta debido al deseo de preservarla. Con el tiempo, una palabra podía omitirse accidentalmente en un manuscrito, o un escriba podía copiar por error una palabra incorrecta.
Alguien podría decir: “¡Oh no! Ahora nunca sabremos lo que decía originalmente 2 Pedro.” Pero eso no es cierto. Existen más de 5,800 manuscritos griegos del Nuevo Testamento recolectados de todo el mundo. Mediante una comparación cuidadosa, es posible determinar cuál fue la lectura original.
Por ejemplo, una analogía sencilla: supongamos que en 2 Pedro 2:1 tenemos 4 manuscritos del siglo III al IV que dicen: “Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo.” Y también tenemos 2 manuscritos del siglo X al XI que dicen: “Simeón [no Simón] Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo.”
Primero, la lectura debe ser o “Simón” o “Simeón”; la palabra correcta no falta, sino que ha sido alterada en algún punto. Segundo, los manuscritos más antiguos (siglos III-IV) están más cerca del original y probablemente reflejan la lectura original. Además, es más probable que un escriba cambie inadvertidamente “Simeón” por el más común “Simón”, que lo contrario.
Por lo tanto, no es un proceso simple, pero tampoco es imposible determinar la redacción original. Y la mayoría de las diferencias entre manuscritos son fácilmente explicables (cambios de orden de palabras, omisión de letras, etc.). Existen relativamente pocas diferencias difíciles, aunque algunas sí existen.
3. Las traducciones buscan transmitir con precisión las palabras y el significado del texto original
Las buenas traducciones toman el griego, el hebreo y el arameo y los traducen al idioma receptor de manera comprensible. Sin embargo, no siempre pueden traducirse palabra por palabra, porque existen modismos hebreos que no tendrían sentido en otro idioma.
Por ejemplo, en hebreo existe la expresión “un hombre de nombre”, que significa un hombre respetado. Pero las traducciones no pueden traducirla literalmente, porque no tendría sentido en la mayoría de los contextos. Por eso muchas traducciones usan expresiones como “hombre respetado” u “hombre de renombre”
En general, el lector del siglo XXI tiene a su disposición algunas de las mejores traducciones jamás producidas. Todas las traducciones serias siguen un proceso similar. Las diferencias entre ellas están en cuánto buscan ser literales (palabra por palabra) y cuánto buscan transmitir el sentido (incluyendo la traducción de modismos).
Además, las traducciones más recientes tienen acceso a miles de manuscritos griegos y hebreos que los traductores de traducciones más antiguas no conocían. Esto significa que están mejor equipadas para determinar cuál fue la lectura original.
La pregunta inicial fue: ¿podemos confiar en nuestras traducciones de la Biblia? La respuesta es sí, siempre que entendamos que no existe una traducción perfecta. Todas las traducciones buscan ser fieles al puente entre un idioma y otro, y en gran medida lo logran.
Puede haber pequeñas dificultades en algunos casos, pero estas nos ayudan a mantenernos humildes y a seguir aprendiendo. La posibilidad de errores no debe llevarnos al pánico ni a abandonar nuestras traducciones. Más bien, debe impulsarnos a buscar con diligencia cada palabra y cada oración de la Escritura, para estar seguros de que realmente tenemos las mismas palabras del Dios viviente.



















