Introducción
Las confesiones en el lecho de muerte siempre despiertan el interés del público. Y cuanto más famosa es la persona, más impactante suele ser la confesión.
Pienso, por ejemplo, en Thomas Cromwell, un importante consejero del rey Enrique VIII de Inglaterra. Antes de morir confesó que había ayudado a fabricar los cargos de adulterio y traición contra Ana Bolena, la segunda esposa del rey. Una mujer inocente fue ejecutada para que el rey pudiera volver a casarse.
También leí que el forajido Jesse James confesó varios asesinatos y robos que nunca habían sido relacionados con él. Expresó su arrepentimiento por sus crímenes y por el dolor y la vergüenza que había causado a su propia familia.
En 2004, la famosa compositora israelí Naomi Shemer admitió antes de morir que su canción más conocida sobre Jerusalén estaba basada en la melodía de una antigua canción de cuna española que había plagiado.
Y en 2018, Chris Spurling confesó que su famosa fotografía del monstruo del Lago Ness era un fraude. Había usado un submarino de juguete, le había puesto un cuello largo y una pequeña cabeza moldeada. Incluso logró convencer a un amigo suyo, que era médico, para que participara en el montaje revelando la fotografía. Eso hizo que la gente confiara todavía más en que la imagen era auténtica.
Esa imagen desató un enorme revuelo. Leí acerca de un hombre que dedicó veinte años de su vida a reunir pruebas de la existencia del monstruo del Lago Ness.
Pero, a los noventa y cuatro años, mientras moría de cáncer, el fotógrafo confesó la verdad: todo había sido una invención.
Y luego está la confesión que resolvió un asesinato.
En 2009, James Brewer había dejado atrás su antigua vida. Se mudó a otro lugar, adoptó una nueva identidad, se casó y llegó a ser una persona activa en su comunidad.
Treinta años después, sufrió un derrame cerebral grave. Los médicos le dijeron que le quedaba muy poco tiempo de vida. Entonces pidió que llamaran a la policía y les dio todos los detalles que necesitaban para resolver aquel antiguo caso de asesinato.
El único problema para James fue que, después de confesar… en lugar de morir, se recuperó por completo. Ahora está cumpliendo una condena en una prisión del estado de Tennessee.
Las confesiones en el lecho de muerte suelen funcionar mucho mejor… si uno realmente muere después de confesar.
Pero creo que no existe una confesión de este tipo más conocida que la que Dios decidió dejar registrada en las Escrituras.
Casi todo el mundo, haya crecido o no en una iglesia, sabe algo del hombre que fue crucificado junto a Jesús. Lo conocemos como el ladrón que murió en la cruz.
Agustín escribió que en esta escena la cruz se convierte en un salón de clases.[i]
Y estoy de acuerdo.
Aquí el Señor Jesús nos enseñará algunas de las verdades más maravillosas del evangelio por medio de la última confesión de este hombre moribundo.
Acompáñame al evangelio de Lucas, capítulo 23.
Para estudiar esta extraordinaria demostración del evangelio, vamos a dividir nuestro pasaje en cinco partes.
La primera la he titulado: El escenario.
El escenario
Lucas escribe en el versículo 32:
Llevaban también con él a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos. Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. (Lucas 23:32-33)
No se nos dice cuál de estos dos hombres será salvo. Pero sí sabemos que ambos lo necesitaban.
Tampoco se nos dice quién decidió crucificar a Jesús en medio de estos hombres.
Lucas los llama simplemente “malhechores”, una palabra común para referirse a personas que vivían quebrantando la ley. Mateo los describe como ladrones. Hoy los llamaríamos delincuentes o miembros de una banda criminal.
Formaban parte de un grupo organizado dispuesto a asesinar tanto a soldados romanos como a los judíos que colaboraban con Roma.[ii]
Marcos usa la misma palabra para describir a estos dos hombres y a Barrabás. Es decir, tenían sangre en sus manos.
Es posible que los líderes judíos hayan pedido que crucificaran a Jesús entre ellos, y no solo, para humillarlo públicamente. Querían dar a entender que Jesús era tan culpable y perverso como aquellos criminales.
Pero hay algo que sí sabemos con certeza. El hecho de que Jesús muriera junto a criminales cumplía exactamente lo que Dios había anunciado siglos antes.
El Mesías sufriente sería contado con los pecadores. (Isaías 53:12)
Una vez más recordamos que, en última instancia, la historia no está en manos del ser humano.
Estas personas eran responsables de sus decisiones. Actuaban libremente y responderían por sus actos. Pero, al mismo tiempo, Dios estaba dirigiendo cada acontecimiento conforme a su plan soberano.
Jesús no solo iba a morir ese día. También iba a mostrar el poder de su salvación a un hombre al que le quedaban apenas unas horas de vida.
Ahora, después del escenario, encontramos, segundo lugar, el abuso.
El abuso
Lucas continúa en el versículo 35:
Y el pueblo estaba mirando; y aun los gobernantes se burlaban de él, diciendo: A otros salvó; sálvese a sí mismo, si este es el Cristo, el escogido de Dios. Lucas 23:35
Mateo añade que allí también estaban los líderes religiosos, es decir, el Sanedrín, la máxima autoridad judicial de Israel.
Y escribe que ellos también se burlaban y decían:
A otros salvó; a sí mismo no se puede salvar… Descienda ahora de la cruz, y creeremos en él… Porque ha dicho: Soy Hijo de Dios. (Mateo 27:41-43)
Por cierto, esos jueces no deberían haber estado allí.
Los miembros del máximo tribunal de Israel no debían abandonar sus responsabilidades para ir a presenciar una crucifixión, y mucho menos para burlarse de un hombre al que ellos mismos habían condenado.
Ni siquiera hoy los jueces de la corte suprema van a presenciar la ejecución de una persona a la que ellos mismos condenaron.
Pero los miembros del Sanedrín sí fueron. Simplemente no podían dejar en paz a Jesús.
Mateo también nos dice que, al principio, incluso los dos criminales se unieron a las burlas.
Y los soldados romanos tampoco lo dejaron tranquilo. Para ellos era una crucifixión más. Estaban acostumbrados a escenas como esa.
Sin embargo, también se acercaban para burlarse de Jesús. Lucas escribe en el versículo 36:
Los soldados también le escarnecían, acercándose y presentándole vinagre, y diciendo: Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo. Lucas 23:36-37
Luego Lucas nos recuerda que sobre la cruz había un letrero, escrito en tres idiomas, que decía: “Este es el Rey de los judíos.”
Y ese letrero solo provocó más odio, más burlas y más desprecio.
Era como si todos dijeran:
“Nosotros hemos esperado al Mesías durante siglos. Hemos esperado al verdadero Rey de Israel. Pero que esto deje las cosas claras de una vez por todas: Jesús, tú no eres ese Rey.”
Ahora bien, toda esa burla tenía una intención malvada. Pero Dios el Padre la iba a usar para un propósito bueno. Piensa por un momento en estos dos asesinos.
Sabían muy poco acerca de este rabino de Galilea. Pero escucha todo lo que estaban oyendo desde sus cruces. Uno de ellos, en algún momento, deja de insultar… y comienza a escuchar. Escucha a la multitud decir:
- “Él dice que es el Mesías.”
- “Afirma ser el Escogido de Dios.”
- “Dice que es el Hijo de Dios.”
- “Es el Rey de los judíos.”
- “¡Salvó a otros!”
Sin duda, este hombre también leyó el letrero colocado sobre la cabeza de Jesús:
“Este es Jesús, el Rey de los judíos.”
Jesús.
Yeshúa.
El Salvador.
El Libertador.
Y mientras escucha todo eso, también observa algo que jamás había visto. En lugar de responder con insultos a los soldados y a los líderes que lo clavaron en la cruz… En lugar de descargar su ira contra quienes se burlaban de Él… Este criminal escucha a Jesús repetir una y otra vez, casi en voz baja:
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Y me imagino todo lo que empieza a pasar por la mente de este ladrón.
“¿Quién habla con Dios como si realmente fuera su Padre?”
“¿Quién responde con compasión a personas que lo están tratando con tanta crueldad?”
“Si yo pudiera, les cortaría el cuello a estos líderes religiosos, que colaboran con Roma y a todos estos hipócritas.”
“¿Y por qué el Sanedrín vino hasta aquí para burlarse de Él? ¿Por qué le insisten tanto en que baje de la cruz? Tal vez creen que realmente podría hacerlo.”
“Estos líderes corruptos están condenando a un hombre por decir que es el Rey de Israel… y, aun así, Él está orando para que Dios los perdone.”
“¿Quién hace algo así?”
Entonces ocurre el milagro y piensa.
“Es verdad.”
“Todo esto es verdad.”
Por la gracia de Dios y por la obra del Espíritu Santo, este hombre, que antes estaba ciego, ahora comienza a ver.
Cree lo que está leyendo.
Y cree lo que está escuchando.
Y no olvides algo muy importante.
Este hombre confiesa su culpa y pone su fe en Jesús:
- …antes de que la oscuridad cubra toda la tierra.
- …antes del terremoto.
- ...antes de que el centurión romano declare su fe en Cristo.
Todo eso ocurre después.
Él llega a la fe únicamente por lo que ha oído y por lo que ha leído.[iii]
Antes de que suceda cualquiera de esas señales extraordinarias, este hombre ya ha llegado, por fe, al momento de hacer su confesión.
Ahora llegamos a la tercera parte de esta narración que llamaremos: La confesión.
La confesión
Lucas escribe en el versículo 39:
Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos… (Lucas 23:39-41)
En esta confesión, el ladrón reconoce un par de cosas.
Lo primero que reconoce es que un día tendrá que presentarse delante de Dios. Por eso le dice al otro ladrón:
“¿Ni siquiera temes a Dios?”
En otras palabras:
“¿No te das cuenta de que tú también estás a punto de morir?”
Y luego reconoce algo más: Reconoce que merece el juicio de Dios.
Dice:
“Recibimos lo que merecieron nuestros hechos.”
Estamos recibiendo el castigo que merecemos.
Pero su confesión no termina ahí.
Fíjate en la última parte del versículo 41:
“…pero este ningún mal hizo.”
En público, delante de todos, declara lo que en realidad todos saben. Jesús es inocente.[iv]
La persona menos pensada termina diciendo la verdad. Un criminal condenado lanza el golpe final contra el Sanedrín, contra la nación de Israel y contra el gobierno romano al declarar:
“Este hombre no ha hecho nada malo.”
¡Qué extraordinaria confesión para alguien que está muriendo!
Por un lado, declara la absoluta inocencia de Jesucristo. Y, por otro, reconoce su propia culpa delante del Dios santo al que está a punto de enfrentar.
En cierto sentido, está diciendo:
“Yo soy un pecador. Merezco morir por mis pecados. Un día tendré que rendir cuentas delante de Dios. No tengo absolutamente nada que ofrecerle.”
Permíteme hacerte una pregunta.
¿Alguna vez le has dicho eso a Dios?
Porque si lo haces, aquí está la buena noticia.
La Biblia dice que “Cristo murió por nosotros cuando aún éramos pecadores.” Romanos 3:7
Algo extraordinario está ocurriendo en el corazón de este hombre endurecido. Es un milagro. Su cruz se ha convertido en un salón de clases.
Y allí nos muestra la actitud genuina de un pecador que confiesa su pecado, se arrepiente y pone su confianza en Jesucristo.
Después de esta confesión, el ladrón moribundo hace una petición.
La petición
Fíjate en el versículo 42:
Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.
Esta es una de las declaraciones de fe más extraordinarias de toda la Biblia. Y por eso Dios quiso dejarla registrada en las Escrituras.
Piénsalo por un momento. Tenemos a un hombre que está muriendo… creyendo en un Rey que también está muriendo.
Durante todo este tiempo ha estado leyendo el letrero sobre la cruz. Ha escuchado a Jesús hablar con su Padre. Ha oído las acusaciones de aquellos líderes corruptos que subieron al Calvario solo para burlarse de Él. Y, de pronto, todo cobra sentido. Todo es verdad.
Quiero que notes algo. Este hombre no le dice: “Jesús, acuérdate de mí si vienes en tu reino.” No.
Le dice:
“Cuando vengas en tu reino.”[v]
¡Qué diferencia!
No está diciendo: “Bueno, Jesús, si al final resulta que todo esto es cierto y realmente tienes un reino…” No.
Está diciendo:
“Creo que tú eres el Rey de Israel. Creo que un día establecerás tu reino. Y cuando ese día llegue, acuérdate de mí.”
En otras palabras, este ladrón ya cree en el reino futuro de Cristo. Y le está diciendo: “Quiero formar parte de ese reino.”
Ahora bien, ¿qué evidencia tenía para creer algo así?
Absolutamente ninguna… al menos, desde una perspectiva humana.
Jesús no va camino a un trono. Va camino a la muerte.
No lleva una corona de oro. Lleva una corona de espinas.
La nación no lo está recibiendo como Rey. Lo está rechazando.
Entonces, ¿este hombre está ciego?
No.
Todo lo contrario.
Aquí vemos el milagro del verdadero arrepentimiento y de la verdadera fe. Antes estaba ciego. Ahora puede ver.
Tal vez alguien esté pensando:
“Si yo tuviera más pruebas de que Jesús realmente es el Hijo de Dios y el Rey que un día vendrá, entonces creería.”
No lo harías. Porque el problema no es que te falta más evidencia. El problema es te falta interés. Te falta disposición para creer. Te falta la voluntad para reconocer lo que ya sabes: que eres pecador, que un día comparecerás delante de Dios, y que no estás preparado para ese encuentro.
La Biblia dice:
“Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.” (Hebreos 9:27)
A pesar de todo lo que veía, a pesar de que, aparentemente, no había ninguna razón para creer, este ladrón mira a Jesús, cubierto de sangre, golpeado, desgarrado, hinchado y agonizando, y le dice, en esencia:
“Creo que tú eres el Rey prometido. Y cuando vengas con tu reino, ¿podrías acordarte de mí?”
He leído que, en la antigüedad, muchas lápidas llevaban una inscripción muy sencilla.
No aparecía el nombre de la persona.
Solo una frase.
“Acuérdate de mí.”
Y eso es exactamente lo que este hombre le pide al Señor.
No tiene nada que ofrecer. Está completamente indefenso. No tiene esperanza. Es culpable. Está condenado. No puede cambiar su pasado. Y le quedan apenas unas horas de vida.
Solo puede decir: “Señor… acuérdate de mí.”
Y a esa sencilla, humilde y genuina expresión de fe, Jesús responde con una de las promesas más maravillosas de toda la Biblia.
Llegamos ahora a la quinta y última parte: La respuesta.
La respuesta
El versículo 43 dice:
Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.
En el idioma original, la palabra “hoy” aparece al comienzo de la frase para darle un énfasis especial.
Podríamos leerlo así:
“Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.”
¡Qué promesa para un hombre que está a punto de morir!
Pero observa la ironía de este momento. Las autoridades están crucificando a Jesús porque aseguran que es un mentiroso.
El máximo tribunal de Israel lo declaró culpable de blasfemia por afirmar que era el Hijo de Dios.
Y ahora escuchan esta conversación.
El ladrón le pregunta:
“¿Te acordarás de mí cuando vengas en tu reino?”
Uno pensaría que, si Jesús realmente hubiera sido un impostor, este habría sido el momento perfecto para confesar la verdad.
Podría haber dicho:
“Bueno… ahora que voy a morir, debo admitirlo. Nunca fui el Mesías. Exageré mis afirmaciones. No soy el Hijo de Dios. Lo siento. No puedo hacer nada por ti.”
Pero Jesús no dice nada parecido. Al contrario. Responde: “De cierto te digo…”
Es decir:
“Esto es verdad. Escucha bien lo que voy a decirte. Yo soy quien dije ser. Y hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.”
Jesús derriba falsas enseñanzas
Déjame decirte algo. Con una sola respuesta, Jesús derriba varias falsas enseñanzas.
- La primera es la idea de que una persona necesita bautizarse para ser salva.
Este hombre acababa de creer. No podía participar en los lavamientos ceremoniales de los judíos. No podía recibir el bautismo que predicaba Juan el Bautista. Y, por supuesto, tampoco podía recibir el bautismo cristiano.
Jesús tampoco les gritó a los soldados:
“¡Tráiganle un balde con agua! Este hombre quiere ser salvo.” No.
Jesús nunca le dijo: “Primero bautízate y después entrarás en mi reino.”
Le dijo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso.”
En cuestión de horas estaría allí.
Esta respuesta también derriba otra falsa enseñanza:
- La idea de que, después de morir, el creyente permanece inconsciente hasta la resurrección.[vi]
La Biblia enseña exactamente lo contrario. El apóstol Pablo escribió que estar ausentes del cuerpo es estar presentes con el Señor.
Dentro de poco, Jesús mismo dirá desde la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.”
Cuando un creyente muere, no entra en un estado de inconsciencia. Pasa inmediatamente y de manera consciente de esta vida a la presencia del Señor.
Jesús tampoco le dijo: “Después de que tu alma permanezca dormida por un tiempo, te llevaré conmigo.”
No. Le dijo: “Hoy.”
Hay una tercera falsa enseñanza que también queda completamente descartada con esta respuesta.
- La doctrina del purgatorio.
Según esa enseñanza, después de morir la persona debe pasar por un proceso de purificación antes de poder entrar al cielo. Y si alguien hubiera necesitado ese supuesto proceso, habría sido este ladrón.
Sin embargo, Jesús le promete que ese mismo día estará con Él en el paraíso.
¿Por qué?
Porque cuando Dios salva a una persona, también la declara completamente limpia y apta para estar en su presencia.
El apóstol Pablo escribió a los creyentes en Colosas:
“…dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.” (Colosenses 1:12-14)
Escucha bien esto. Tú no pagas por tus pecados. Jesús ya pagó por ellos. Y no estás esperando llegar a ser digno del cielo. Cristo ya te hizo apto por medio de su sacrificio.
Hay una cuarta falsa enseñanza que también cae por tierra.
- La idea de que no existe vida después de la muerte.
Jesús le promete el paraíso a este hombre. Eso significa que sí hay vida después de la muerte.
En el Nuevo Testamento, la palabra “paraíso” se usa como otro nombre para el cielo.
Pablo cuenta que fue llevado al paraíso y contempló las glorias del cielo.
Y en Apocalipsis, Juan describe el paraíso como el lugar donde está el árbol de la vida, del cual disfrutarán todos los redimidos.
La palabra “paraíso” proviene del idioma persa y significa “jardín amurallado.” Cuando un rey persa quería honrar de una manera muy especial a uno de sus súbditos, le concedía el privilegio de convertirse en un “compañero del jardín.” Eso significaba que podía entrar al jardín real y caminar junto al rey.[vii]
Jesús usa una expresión que este hombre podía entender. Le está diciendo, en otras palabras: “Hoy caminarás conmigo en el jardín del Rey.”
Y hay un detalle más que vale la pena notar. Warren Wiersbe hace una observación muy interesante. El primer Adán se convirtió en ladrón al tomar lo que Dios le había prohibido. Como consecuencia, fue expulsado del jardín del Edén.
Ahora el postrer Adán, Jesucristo, habla con un ladrón… y le promete la entrada al jardín del paraíso.[viii]
Y eso nos lleva a una quinta falsa enseñanza.
- La idea de que la salvación depende de la fe… más las obras.
El teólogo Arthur Pink hace una observación muy acertada sobre este pasaje.
“¿Qué podía hacer este ladrón por Cristo? No podía caminar por el camino de la justicia. Tenía los pies clavados a una cruz. No podía hacer buenas obras. Tenía las manos atravesadas por los clavos. No podía comenzar una vida nueva. No podía prometer que sería una mejor persona. Lo único que podía hacer era morir.[ix]
Y Pablo escribió claramente:
“…nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia.” (Tito 3:5)
Piénsalo.
No podía ofrecer un sacrificio en el templo. No podía unirse a una iglesia. No podía bautizarse. No podía dar una ofrenda. No tenía tiempo para reformar su vida. No podía demostrar el fruto de su arrepentimiento. No podía devolver lo que había robado. No podía reparar el daño que había causado. No podía pedir perdón a las familias de las personas que había asesinado. No podía hacer absolutamente nada por Dios, por su familia, por su país o por la sociedad.
Solo había una cosa que todavía podía hacer con el tiempo que le quedaba: Podía confiar en Jesucristo.
Y eso fue exactamente lo que hizo. Con apenas unas horas de vida por delante, puso toda su confianza en Él.
Verdades para hoy
Este ladrón nos deja dos verdades que siguen siendo igual de importantes hoy.
La primera es esta:
Mientras tengas vida, nunca es demasiado tarde para venir a Cristo
Este hombre vino a Cristo el último día de su vida.
El convertido menos esperado, en el lugar menos esperado llegó a la fe cuando le quedaban solo unas horas de vida.
Por eso nunca deberíamos afirmar con absoluta certeza que una persona terminó en el infierno.
No sabemos qué ocurrió entre esa persona y el Señor en sus últimos instantes de vida.
Samuel Johnson, el famoso autor del primer gran diccionario de la lengua inglesa, era un creyente comprometido. A menudo citaba un breve poema para recordar que nunca es demasiado tarde para pedir la misericordia de Dios.
Describe a un hombre que cae mortalmente de su caballo y dice:
Entre el estribo y el suelo,
pedí compasión;
antes de caer,
hallé salvación.
Solo tuve un segundo.
Entre el estribo y el suelo,
pedí compasión;
y hallé salvación[x]
Pero no caigas en la trampa de pensar:
“Entonces esperaré hasta el último momento.”
No pienses que podrás hacer lo mismo que este ladrón y confiar en Cristo justo antes de morir. No sabes cuándo llegará ese último momento. No sabes qué día vas a morir.
Entonces, ¿qué estás esperando? Pídele a Cristo que te salve hoy.
Un autor escribió una frase muy acertada:
“El ladrón no fue salvo en la última oportunidad que tuvo, sino en la primera oportunidad que pudo aprovechar.”
Déjame preguntarte algo.
¿Cuántas oportunidades has tenido tú?
Hay una segunda verdad que aprendemos de la conversión de este ladrón moribundo:
Nadie está fuera del alcance de la gracia de Dios
Nadie ha llegado demasiado lejos.
Quizá hayas oído hablar de Mel Trotter. Muchos habrían dicho que era un caso perdido.
Era un alcohólico consumido por un solo deseo: conseguir su próxima bebida. Ya ni siquiera le importaban su esposa ni su familia. En 1897, su pequeño hijo enfermó gravemente. Alguien le dio el dinero necesario para comprar la medicina que el niño necesitaba. Pero, en lugar de ir a la farmacia, Mel se fue a tomar.
Pasó diez días bebiendo y gastó todo el dinero en alcohol. Cuando por fin regresó a su casa, descubrió que su hijo acababa de morir.
Y lo que hizo después resulta casi imposible de creer. Antes del funeral, le quitó los zapatos al cuerpo de su hijo. Luego los empeñó para conseguir más licor.
Lleno de vergüenza y desesperación, abandonó su hogar.
Se subió a un tren de carga y llegó a Chicago en medio de una fuerte tormenta de nieve. Allí vendió sus propios zapatos para comprar otra bebida.
Descalzo, sin un centavo y completamente borracho, caminó hacia el lago Míchigan decidido a quitarse la vida. Pero, en el camino, pasó frente a la Misión Pacific Garden.
Escuchó que estaban cantando.
Alguien lo invitó a entrar.
Cuando el director de la misión vio a Mel, detuvo el canto y les pidió a todos los presentes que oraran por aquel hombre descalzo.
Esa noche, Mel escuchó el evangelio. Y creyó en Jesucristo.
Tres años después, ya reconciliado con su familia, fundó su propia misión de rescate. Y hasta el día de su muerte, en 1940, ayudó a establecer misiones en cuarenta ciudades, donde miles de personas llegaron a conocer a Cristo.
Mel Trotter no estaba demasiado lejos para la gracia de Dios.
Y tampoco lo estás tú. Ni lo estoy yo.
Hay un precioso manantial
de sangre de Emanuel,
Que purifica a cada cual
que se sumerge en él.
El malhechor se convirtió
pendiente de una cruz;
Él vio la fuente y se lavó,
creyendo en Jesús.
Y yo también mi pobre ser
allí logré lavar;
La gloria de su gran poder
me gozo en ensalzar.¡Eterna fuente carmesí!
¡Raudal de puro amor!
Se lavará por siempre en Ti
el pueblo del Señor.
[i] Eugenia Scarvelis Constantinou, The Crucifixion of the King of Glory (Ancient Faith Publishing, 2021), p. 276
[ii] Adapted from Charles R. Swindoll, The Darkness and the Dawn (Word Publishing, 2001), p. 139
[iii] Adapted from Arthur W. Pink, The Seven Sayings of the Savior on the Cross (Baker Books House, 1958), p. 29
[iv] Adapted from Warren W. Wiersbe, Jesus’ Seven Last Words (Back to the Bible, 1981), p. 19
[v] Clovis G. Chappell, The Seven Words (Baker Book House, 1952), p. 26
[vi] Pink, p. 44
[vii] Willam Barclay, The Gospel of Luke (Westminster Press, 1975), p. 287
[viii] Wiersbe, p. 22
[ix] Ibid, p. 34
[x] R. Kent Hughes, Luke: Volume 2 (Crossway, 1998), p. 387


















