Introducción
En esta serie estamos estudiando, con calma, cada una de las siete declaraciones que Jesús pronunció desde la cruz. Cada una está cargada de significado.
En el Evangelio de Lucas, la primera declaración de Jesús fue:
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:34)
El idioma original nos da a entender que Jesús repitió esa oración varias veces. Allí está actuando como el verdadero Sumo Sacerdote, intercediendo por los pecadores.
Así que su primera declaración fue una oración por otros. La segunda declaración fue una respuesta a una oración.[i]
Lucas nos cuenta que uno de los criminales crucificados junto a Jesús, quien al principio también se había burlado de Él, poco a poco dejó de hacerlo. Durante las siguientes horas, evidentemente observó con atención todo lo que estaba ocurriendo.
Leyó el letrero colocado sobre la cabeza de Jesús.
Escuchó a los líderes religiosos acusarlo de decir que era el Hijo de Dios.
Vio la compasión y la serenidad con que Jesús respondía a quienes lo insultaban.
Lo oyó orar y, de manera sorprendente, llamar a Dios “Padre”.
Y en algún momento de esas horas, Dios abrió sus ojos para reconocer quién era realmente Jesús.
Entonces le dijo, en el versículo 42:
“Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.”
Y Jesús le respondió:
“De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.” (Lucas 23:43)
En el último momento posible, aquel ladrón creyó.
Qué gran recordatorio de que la gracia de Dios puede alcanzar a una persona incluso en su última hora. Dios nunca dice: “Ya me rechazaste diez veces; ese era el límite.” También nos recuerda que nunca sabemos lo que ocurre en los últimos instantes de la vida de una persona. Esos momentos solo los conocen la misma persona y Dios.
Hace unas semanas hablé con una mujer que durante años le había compartido el evangelio a su padre. Él siempre había sido orgulloso y nunca quiso escuchar. Pero ahora estaba en su lecho de muerte, y ella no podía viajar para acompañarlo.
Llamó al hospital y pidió que alguien acercara el teléfono al oído de su padre. Aunque él estaba inconsciente para todo lo que ocurría a su alrededor, ella volvió a compartirle el evangelio. Le rogó que confiara en Cristo y lo guió en una sencilla oración de confesión y fe.
Poco tiempo después, su padre falleció.
Le dije que tenía buenas razones para creer que su padre había escuchado cada una de sus palabras. Solo Dios lo sabe con certeza, pero no habría sido demasiado tarde para que Cristo lo recibiera si, con ese último aliento, había confiado en Él.
¿Puede suceder algo así? ¿Puede alguien llegar al borde mismo de la muerte y todavía poner su fe en Jesucristo?
Bueno, difícilmente encontraremos un ejemplo más claro que este ladrón moribundo. Con una sola petición dejó asombrados a todos los que estaban allí y, de hecho, puso en evidencia la incredulidad de los que estaban con él.
En esencia, le dijo a Jesús:
—Yo creo que tú realmente eres el Rey. Cuando vengas en tu reino, ¿podrías acordarte de mí?
Este ladrón también nos recuerda que no debemos analizar una oración como si estuviéramos corrigiendo un examen.
No se trata de preguntarnos si alguien dijo exactamente las palabras correctas o si comprendía todas las implicaciones del evangelio.
Durante muchos años tuvimos en nuestra iglesia a una mujer que luchó con esa duda.
Hasta el día en que partió con el Señor, se preguntaba si realmente había entendido lo suficiente para ser salva. Temía no haber orado correctamente, como si un día Dios le va a decir:
“Me gustaría dejarte entrar al cielo, pero te faltó una palabra. En realidad, no entendiste lo que estabas diciendo.”
Ahora bien, ¿cuánto entendía este ladrón que estaba muriendo?
Muy poco.
El punto no es que comprendiera todo. El punto es que confió en lo poco que entendía.
Con lo poco que leyó… Con lo poco que escuchó… Y con lo poco que alcanzó a comprender… Creyó. Y recibió una de las promesas más extraordinarias que Jesús hizo jamás:
“Hoy mismo estarás conmigo.”
Tan pronto muriera, entraría a la vida eterna junto a Cristo, en el paraíso, los jardines del Rey eterno.
Ahora llegamos a la tercera declaración de Jesús desde la cruz.
La ropa de Jesús es repartida
Lucas nos dice, al final del versículo 34, que los soldados estaban sorteando la ropa del Señor.
“Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes.” (Lucas 23:34)
Juan amplía ese detalle y prepara el escenario para esta tercera declaración.
Leemos en Juan 19, comenzando en el versículo 23:
“Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica; pero la túnica era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo. Entonces dijeron entre sí: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será.” (Juan 19:23-24)
Permíteme hacer una pausa para agregar un poco de contexto.
En tiempos de Jesús, un hombre judío normalmente vestía cinco prendas.
- Las sandalias.
- Un turbante.
- Un cinturón o faja.
- Un manto exterior.
- Una túnica interior, la prenda que iba pegada al cuerpo, parecida a una camiseta larga, aunque normalmente llegaba hasta las rodillas.[ii]
Así que estos soldados estaban apostando por la ropa de Jesús.
Eso era todo lo que Él poseía. No tenía nada más.
En aquella época, una forma común de apostar era colocar pequeñas piezas, similares a dados o suertes, dentro del casco de un soldado y sacudirlo hasta que una de ellas cayera. Todos esperaban que saliera el número que habían escogido.[iii]
De hecho, los arqueólogos han encontrado dados del siglo primero muy parecidos a los que probablemente usaron aquellos soldados.
Hay cosas que, incluso después de dos mil años, prácticamente no han cambiado.
Ahora bien, la palabra griega para “túnica” es chitón. Normalmente esta prenda se confeccionaba uniendo varias piezas de tela suave.
Pero el chitón de Jesús era diferente. Había sido tejido de una sola pieza, con una tela de excelente calidad. Para una persona común de Galilea, eso era muy poco habitual.
Y hay un detalle todavía más significativo.
Varios estudiosos de la Biblia han señalado que había una persona en Israel que vestía habitualmente una túnica hecha de una sola pieza. El sumo sacerdote.[iv]
Ese era el atuendo característico del sumo sacerdote. Y aquí está Jesús, el verdadero y eterno Sumo Sacerdote, aparentemente vistiendo una de esas túnicas.
Pero esta escena encierra todavía más de lo que parece a simple vista.
Juan continúa escribiendo en el versículo 24:
“Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice: Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes.” (Juan 19:24)
Esto se había profetizado siglos antes, en el Salmo 22:18, el gran salmo profético sobre la crucifixión.
Después de mencionar ese cumplimiento profético, Juan dirige nuestra atención hacia otro grupo de personas que está junto a la cruz.
Leemos en el versículo 25:
“Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena.” (Juan 19:25)
Hagamos una pausa para identificar a estas personas. Pero antes, no pasemos por alto el valor de estas cuatro mujeres.
Juan es el único discípulo que permanece allí. Pedro ya había huido. Judas se había quitado la vida. Y los demás discípulos estaban escondidos por miedo. Pero estas cuatro mujeres sí se presentaron al pie de la cruz.
Las cuatro mujeres al pie de la cruz
Juan menciona primero a María, la madre de Jesús.
Luego habla de la hermana de María. Comparando este relato con el Evangelio de Marcos, entendemos que su nombre era Salomé.
Ella era la esposa de Zebedeo y la madre de Jacobo y Juan, dos de los discípulos de Jesús, los que el Señor apodó “los hijos del trueno”.
Tal vez recuerdes que, en Mateo 20, Salomé se acercó a Jesús para pedirle que sus dos hijos ocuparan los lugares de mayor honor, uno a su derecha y otro a su izquierda, cuando estableciera su reino.
Fue una petición bastante atrevida.
Probablemente solo una madre orgullosa de sus hijos se habría animado a hacer algo así. Ella estaba convencida de que se lo merecían. Después de todo, eran primos de Jesús y, según ella, esa relación familiar debía darles un trato especial.
Jesús entonces les preguntó si estaban dispuestos a beber la copa que Él habría de beber.
Y ellos respondieron:
—Sí, podemos.
Me imagino a Salomé pensando:
“Claro que mis muchachos pueden enfrentar cualquier cosa.”
Sin embargo, estar ahora al pie de la cruz debió haber sido para ella un momento de profunda reflexión. Ahora comprendía que, antes de la corona, venía la cruz.
Y también entendería que esa misma cruz marcaría el futuro de sus hijos. Jacobo sería el primer apóstol en morir como mártir. Y Juan sería el último en morir, después de haber soportado persecución y el destierro en la isla de Patmos.[v]
Luego, en el versículo 25, Juan menciona a María, la esposa de Cleofas.
Cleofas era cuñado de María, la madre de Jesús. Era hermano de José.
Por las pistas que encontramos en los Evangelios, parece que José ya había fallecido para ese momento. La última vez que se lo menciona es en Lucas 2, cuando José y María regresaron a Jerusalén y encontraron a Jesús, con apenas doce años, conversando con los maestros de la ley.
Lo más probable es que José haya muerto antes de que Jesús comenzara su ministerio público. De hecho, ya no aparece junto a María en las bodas de Caná, donde Jesús realizó su primer milagro.[vi]
Además, existen buenas razones para confiar en los registros históricos que identifican a Cleofas como hermano de José.[vii]
Y hay un detalle curioso. Estos dos hermanos, José y Cleofas, se casaron con dos mujeres que también se llamaban María.
Me pregunto si eso provocó alguna confusión.
Eso me recuerda algo que ocurrió el día de mi boda. Mi padre fue quien ofició la ceremonia.
Mi hermano mayor estaba comprometido con Martha, y mi esposa se llama Marsha.
Durante los votos matrimoniales, mi padre llamó Martha a Marsha. Y para rematar, me llamó Timoteo, que es el nombre de mi hermano menor.
Cuando terminó la ceremonia, nos preguntábamos si realmente habíamos quedado legalmente casados.
Es interesante pensar que muchos de los primeros seguidores de Jesús pertenecían a una misma familia.
De hecho, un estudioso del Nuevo Testamento señala que cinco de los doce apóstoles eran primos entre sí.[viii]
Sin embargo, esta familia no estuvo exenta de conflictos. Las tensiones y las divisiones familiares llegarían a ser profundas. Y para cuando Jesús murió en la cruz, esa realidad ya era bien conocida. Enseguida veremos por qué.
Pero observa que Juan también menciona a María Magdalena.
Es decir, María de la ciudad de Magdala. Ella se había convertido en una fiel seguidora de Jesús después de que el Señor la liberara de siete demonios, como Lucas nos relata en el capítulo 8.
Ahora Juan desarrolla esta escena mientras los soldados siguen apostando por la túnica de Jesús. Él es el único evangelista que nos ofrece este detalle. Y tiene sentido. Después de todo, él estaba allí, de pie junto a estas cuatro mujeres.
Pero aquí hay algo muy fácil de pasar por alto. Es un detalle profundamente tierno y lleno de emoción. Cuando los soldados comienzan a apostar por la ropa de Jesús, Juan escribe que, en ese momento, Jesús vio a su madre.
Era costumbre que la madre de un hijo judío confeccionara su chitón, su túnica. Y cuando ese hijo alcanzaba la edad adulta e iniciaba su propia vida, la madre le hacía una última túnica como un regalo muy especial.[ix]
Y esta no era una túnica cualquiera. Era una sola pieza, sin costuras. Era una prenda valiosa. Especialmente si pensamos que la había hecho la viuda de un carpintero de Galilea.
Al leer esto recordé a Ana, la madre de Samuel. Después de dedicar a su hijo al Señor, ella viajaba cada año para verlo y siempre le llevaba un manto nuevo que había confeccionado con sus propias manos.
Un autor hace una observación muy interesante sobre esta escena. Y es que, mientras los soldados lanzan los dados para quedarse con la túnica de Jesús, Juan escribe inmediatamente después: “Jesús vio a su madre.”
¿Por qué precisamente en ese momento?
Ella había estado allí todo el tiempo. Sin duda lo observaba llorando en silencio. Hasta ese instante Jesús no le había hablado ni la había mencionado.
¿Será que fue precisamente al ver aquella túnica en manos de los soldados romanos cuando ese recuerdo tocó su corazón?[x]
Creo que esa explicación tiene mucho sentido. Aquella escena debió haber causado un dolor inmenso, especialmente en el corazón de María.
Ya no era simplemente una prenda de vestir. Era el regalo que ella había preparado para su Hijo. Era una expresión de su amor. Y es justamente en ese momento cuando Jesús le dirige la palabra.
Las palabras de Jesús hacia María
Juan relata lo que sucedió a continuación:
“Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.” (Juan 19:26-27)
En otras palabras, Jesús le estaba diciendo a Juan:
“Quiero que recibas a mi madre como si fuera tu propia madre. Cuídala. Ámala. Trátala como yo lo habría hecho. Desde este momento, tú serás su hijo.”
Es interesante que Jesús no se dirige a María llamándola “madre”.
La llama “mujer”.
No era una expresión de falta de respeto. Al contrario, era una forma respetuosa de dirigirse a ella. Pero ya no utiliza el término familiar que normalmente usaría un hijo con su madre.
Sin embargo, cuando habla con Juan, le dice que la reciba como si fuera su propia madre.
Muchos estudiosos del Nuevo Testamento entienden que Jesús está estableciendo aquí una nueva clase de relación. Una familia unida, no por los lazos de sangre, sino por la fe en Él como Redentor.
En otras palabras, Jesús le está enseñando, con toda delicadeza, que ya no debe relacionarse con Él simplemente como su Hijo, sino como su Salvador.
Pero surge una pregunta.
¿Por qué Jesús encomienda el cuidado de María a Juan?
¿Acaso ella no tenía más hijos? Y aquí volvemos al problema de las profundas divisiones que existían dentro de esta familia.
Debemos recordar que, después del nacimiento virginal de Jesús, María y José tuvieron más hijos.
La Iglesia Católica ha sostenido durante siglos la doctrina de la virginidad perpetua de María, a pesar de que las Escrituras enseñan lo contrario.
Lucas, por ejemplo, dice que María dio a luz a su primogénito (Lucas 2:7), no a su hijo único.
Además, en Mateo 13 leemos lo que ocurrió cuando Jesús predicó en su propio pueblo:
“Viniendo a su tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos de tal manera que se maravillaban, y decían ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? …y se escandalizaban de él” (Mateo 13:54-55)
Con el tiempo, Jacobo escribiría la carta de Santiago. Y Judas escribiría la breve carta de Judas.
Pero aquí aparece el verdadero problema. En este momento, ninguno de ellos creía que Jesús fuera quien decía ser. Juan 7:5 lo afirma con toda claridad:
“Porque ni aun sus hermanos creían en él.”
La realidad es que pensaban que Jesús estaba loco. Marcos capítulo 3 relata que, después de escoger a los doce discípulos, Jesús regresó a su pueblo. La multitud comenzó a reunirse alrededor de Él. Y Marcos escribe:
“Cuando lo oyeron los suyos (Es decir, sus familiares), vinieron para prenderle; porque decían: Está fuera de sí.” (Marcos 3:21)
Más adelante, en ese mismo capítulo, mientras Jesús responde a los líderes religiosos que lo acusaban de estar poseído por un demonio, ocurre otra escena.
Marcos escribe:
“Vienen después sus hermanos y su madre… Y respondiéndoles él, dijo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos?… Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.” (Marcos 3:31-35)
A primera vista podría parecer que Jesús está rechazando a su propia familia. Pero en realidad, era lo opuesto. Sus hermanos lo habían rechazado. Pensaban que había perdido la cabeza. Y así esta familia quedó marcada por una etapa profundamente dolorosa.
Había incomprensión.
Había acusaciones.
Había enojo.
Había división.
Y en medio de todo ese conflicto estaba María. Ahora viuda y con el corazón partido.
Jesús sabía que María estaría mucho mejor en la casa de su sobrino Juan que regresando al hogar con unos hijos adultos que todavía no creían en Él.[xi]
Pensando en todo esto, resulta aún más impresionante verla aquí, al pie de la cruz.
Ninguno de sus otros hijos está presente. Es muy posible que estuvieran indignados de que su madre estuviera allá acompañando a alguien que, según ellos, no merecía compasión, sino una fuerte reprensión.
María, sin duda, estaba confundida. Desconcertada. No lograba entender lo que estaba ocurriendo.
Las promesas que había recibido acerca del Salvador parecían no encajar con la escena que tenía delante.
En lugar de salvar a otros, su Hijo estaba muriendo. Y, al igual que los demás discípulos, todavía no comprendía el plan completo de Dios.
En ese momento, su corazón estaba destrozado.
¿Qué haría ahora?
¿A dónde iría?
Aquella túnica que había confeccionado con tanta ilusión para el ministerio de su Hijo ahora parecía simbolizar toda la confusión y el dolor que sentía.
Entonces Jesús rompe el silencio.
Y le dice:
“Mujer, de ahora en adelante, Juan, mi discípulo amado, cuidará de ti.”
Juan concluye diciendo:
“Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.” (Juan 19:27)
Todo parece indicar que, poco antes de que la oscuridad cubriera la tierra, Juan llevó a María lejos de aquella escena.
También es posible que Jesús supiera que, con el paso de los siglos, surgirían muchas enseñanzas falsas acerca de su madre.
Durante siglos, la Iglesia Católica ha enseñado, entre otras cosas, que:
- María participó en la obra redentora de Cristo.
- María recibió autoridad sobre la iglesia.
- María actúa como mediadora junto con Cristo.
- María nunca pecó y fue llevada corporalmente al cielo.
- Y que hoy intercede ante Dios para responder las oraciones de los creyentes.
Ya en el siglo XII, el teólogo católico Bernardo de Claraval resumía esa idea diciendo:
“Toda gracia nos llega por medio de María.”
Un autor también describe una importante catedral en Roma dedicada a María. En el patio se levanta una gran cruz. En un lado está la figura de Cristo. Y en el otro lado, espalda con espalda con Él y también clavada en la cruz, aparece la figura de María. Hoy millones de personas se inclinan ante imágenes de María, encienden velas y le dirigen sus oraciones.[xii]
Es como si Jesús hubiera anticipado la corrupción doctrinal que surgiría siglos después y, antes de llevar a cabo la obra final de la redención, hubiera apartado cuidadosamente a María de esa escena.
El Hijo de Dios realizaría la obra de la salvación sin la participación de María.
Ahora bien, aunque como protestantes rechazamos esas doctrinas erróneas, también reconocemos aspectos de su vida que merecen nuestro respeto.
Por ejemplo, admiramos su disposición para obedecer a Dios, aun cuando eso transformó completamente su vida. Es fácil pasar por alto este detalle. María nunca tuvo la boda que había planeado. Todo lo que ella y José habían imaginado para su matrimonio cambió por completo. Y, sin embargo, ella aceptó la voluntad de Dios.
Nueve meses después, cuando José y María llevaron al niño Jesús al templo para dedicarlo al Señor, un anciano piadoso llamado Simeón tomó al niño en sus brazos y declaró que estaba contemplando al Cristo prometido. Al Ungido de Jehová.
Difícilmente podía hacerse una declaración más clara de que ese niño era el Mesías esperado.
Pero, justo antes de marcharse, Simeón miró a María y le dijo que una espada atravesaría su propia alma. En otras palabras, su vida estaría marcada por el dolor, las pruebas y la incertidumbre.
Y así fue. De hecho, ese sufrimiento ya había comenzado.
Primero, dio a luz a Jesús en un lugar humilde y lo puso en un pesebre.
Poco después, ella y José tuvieron que huir para salvar la vida del niño, mientras Herodes intentaba encontrarlo para matarlo.
Más tarde se enteró de que Herodes había ordenado asesinar a decenas de pequeños en la región de Belén. Seguramente conocía a varias de esas familias y lloró junto con ellas.
Luego tuvo que vivir como refugiada en Egipto durante algunos años. Una vez más, todos sus planes quedaron completamente trastornados.
Con el tiempo regresaron y llevaron una vida sencilla, mientras José y María criaban al resto de sus hijos.
Cuando Jesús cumplió unos treinta años y comenzó su ministerio público, la familia quedó profundamente dividida.
Y después de apenas tres años llenos de incertidumbre, y preocupación por la seguridad de su Hijo, finalmente recibe la noticia de que lo habían arrestado y condenado a la cruz.
Y ahora, aquí está ella de pie junto a su cruz.
He escuchado decir muchas veces que ningún padre debería tener que enterrar a un hijo. Es invertir el orden natural de la vida.
Ahora María está prácticamente sola. Muchos no la comprenden. Su propia familia está dividida. Ha vivido treinta y tres años llenos de preguntas que todavía no tienen respuesta. Y finalmente se aleja de la cruz, sostenida por los fuertes brazos de su sobrino, su hijo adoptivo: Juan.
Quizá tú también sabes lo que es despedirte de un hijo. O cargar con el dolor de alguna otra pérdida profunda.
Quizá conoces el sufrimiento de ser malinterpretado. O el dolor de una familia dividida.
Quiero que recuerdes esto. María pasó por todo eso. Y, aun así, estaba exactamente en el centro de la voluntad de Dios.
Y Jesús también lo entiende. Él vivió cada uno de esos momentos.
Conclusión
Permíteme terminar con tres aplicaciones.
Cuida a tus padres
La primera es esta: Cuidar de nuestros padres no es una opción; es un mandato
Jesús cumplió perfectamente la ley. Aun mientras estaba muriendo, se aseguró de que su madre viuda quedara bajo el cuidado de alguien. En ese momento estaba obedeciendo el quinto mandamiento: honrar al padre y a la madre.
Ese mandamiento también implica velar por las necesidades de nuestros padres cuando llegan a la vejez.
Proverbios 23:22 dice:
“Oye a tu padre, a aquel que te engendró; y cuando tu madre envejeciere, no la menosprecies.”
Jesús era el hijo mayor de María. Ella era su responsabilidad. Y aun cuando estaba entrando en la batalla más grande de toda la historia, no dejó de pensar en el bienestar de su madre.
Atiende las necesidades de otros
La segunda aplicación es esta: Atender las necesidades de otros no es solo una acción admirable de Jesús; es un modelo para quienes seguimos a Jesús.
Mientras agoniza en la cruz, Jesús ora por sus enemigos. Responde a la petición de un ladrón moribundo. Y se asegura de que su madre quede protegida.
Qué extraordinario ejemplo de compasión.
Jesús siguió cuidando de otros incluso desde la cruz.
Anticipa que sufrirás adversidad
Y una tercera aplicación. La división y la incomprensión por causa del evangelio no son la excepción; es lo que debemos esperar.
Simeón anunció que una espada atravesaría el corazón de María. Pero Jesús dijo que esa misma espada también alcanzaría a sus seguidores.
En Mateo leemos estas palabras del Señor:
“No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa.” (Mateo 10:34-36)
Tal vez tú también has sentido el filo de esa espada. Quizá tu fe en Cristo ha producido rechazo, incomprensión o división dentro de tu propia familia.
Quizá hoy ese sea precisamente tu motivo de oración: que tu familia también llegue a creer en Cristo. Porque el evangelio no solo nos incorpora a la familia de Dios; también tiene el poder de restaurar las familias que han sido divididas cuando todos se rinden al señorío de Jesucristo.
Y aquí encontramos una noticia maravillosa.
Eso fue exactamente lo que ocurrió en esta familia. María se fue a vivir con Juan y su familia. Seguramente sus hijos estaban dolidos y enojados. Ella, por su parte, estaba sumida en una profunda tristeza.
Jesús había muerto. Sus hijos estaban en contra de ella. Todo hacía pensar que esa familia permanecería dividida para siempre.
Pero no fue así.
Permíteme terminar leyendo Hechos 1:14. Para ese momento, los discípulos ya sabían que Jesús había resucitado. Lo habían visto ascender al cielo. Y ahora esperaban la venida del Espíritu Santo, quien daría origen a la iglesia.
Mientras esperan reunidos en una casa, Lucas escribe:
“Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos.”Hechos 1:14
¿Lo notaste?
Allí está María. Y allí también están sus hijos. Ahora reconciliados. Ahora creyentes.
Ahora unidos como seguidores de su Señor, de su Salvador y de su Mesías: Jesucristo.
Qué escena tan maravillosa.
Al contemplar al Señor en esa cruz, no vemos solamente el poder de Cristo para salvar, sino también la ternura de su corazón.
El mismo Señor que perdonó a sus enemigos y prometió el paraíso al ladrón arrepentido, también se preocupó por el futuro de su madre.
Que nosotros aprendamos a reflejar el mismo corazón, viviendo con la misma compasión, fidelidad y amor de nuestro Salvador, y Señor Jesucristo.
[i] Clovis G. Chappell, The Seven Words (Baker Book House, 1952), p. 29
[ii] Adapted from R. Kent Hughes, John (Crossway Books, 1999), p. 444.
[iii] R.C.H. Lenski, The Interpretation of St. John’s Gospel (Augsburg Publishing, 1943), p. 1288
[iv] Charles R. Swindoll, quoting William Barclay in The Darkness and the Dawn (Word Publishing, 2001), p. 152
[v] Warren W. Wiersbe, Jesus’ Seven Last Words (Back to the Bible, 1981), p. 32
[vi] Swindoll, p. 158
[vii] J. Dwight Pentecost, The Words and Works of Jesus Christ (Zondervan, 1981), p. 485
[viii] Ibid
[ix] Swindoll, p. 153
[x] Swindoll, p. 154
[xi] Adapted from Clovis, p. 33
[xii] John Phillips, Exploring John (Kregel, 1999), p. 367


















