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Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

La cuarta declaración de Jesús desde la cruz es, quizás, una de las más impactantes de toda la Biblia. ¿Qué ocurrió durante aquellas tres horas de oscuridad? ¿Por qué el Hijo de Dios clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” En esta lección exploraremos el significado de ese momento único en la historia de la redención. Descubriremos cómo la cruz revela la perfecta justicia de Dios, la gravedad del pecado y el inmenso amor demostrado al entregar a Su propio Hijo por nuestra salvación. Un estudio que nos invita a contemplar con mayor asombro el sacrificio de Cristo y a descansar únicamente en la obra que Él realizó por nosotros.

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Introducción

El presidente Abraham Lincoln firmó una ley que permitía que una persona contratara a un sustituto para ocupar su lugar en el ejército. Aunque Lincoln nunca habría sido reclutado, sintió que también debía proveer a alguien que, de manera simbólica, fuera a la guerra en su lugar.

El hombre que eligió fue John Staples, hijo de un pastor metodista. El propio Lincoln le pidió que se alistara como su sustituto, y John aceptó. Así fue como marchó a la guerra ocupando el lugar del presidente.

En su ciudad natal, Dover, Nueva Jersey, hay un monumento sobre su tumba que dice, en parte:

John Summerfield Staples. Voluntario de Washington D. C. Sustituto de Abraham Lincoln.

Durante los últimos estudios hemos recorrido el camino hasta una colina conocida en griego como “La Calavera”. En arameo se llama Gólgota, que también significa “calavera”, y en latín recibe el nombre de Calvaria, de donde proviene nuestra palabra Calvario.

Allí, sobre esa colina azotada por el viento, hay, por decirlo así, otro monumento. Uno que podría decir:

“Voluntario divino. Sustituto tuyo y mío.”

Antes de seguir reflexionando en las últimas palabras del Cordero de Dios sobre la cruz, te invito a abrir tu Biblia en Romanos 5:8.

Y si ya has puesto tu fe en Jesucristo como tu Salvador, toma un lápiz y escribe tu nombre al margen de ese versículo. Eso hice yo hace muchos años. Junto a la palabra “nosotros” escribí mi nombre.

El versículo dice:

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”
Romanos 5:8

Ese “nosotros” es personal. Ahí podrías escribir tu propio nombre.

Yo escribí: Más Dios muestra su amor para con Stephen, en que, siendo aún pecador, Cristo murió por mí.

Te invito a hacer lo mismo. 

Ese es el evangelio. Esa es nuestra única esperanza. Ese es el regalo más grande que hemos recibido. Y esa es la razón por la que Cristo vino al mundo.

Él nació para morir.

Desde la cruz ya hemos escuchado tres declaraciones de Jesús que, hasta cierto punto, nos resultan fáciles de comprender.

Primero dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” Podemos entender esas palabras porque revelan la inmensa compasión de Cristo.

Luego prometió al ladrón arrepentido que ese mismo día estaría con Él en el paraíso. Eso también lo entendemos, porque Jesús vino precisamente para salvar pecadores.

Después encomendó el cuidado de María al apóstol Juan. Al hacerlo, estaba obedeciendo el mandamiento de honrar a sus padres y cumpliendo su responsabilidad como el hijo mayor al asegurar el cuidado de su madre, una viuda ya anciana.[i]

Todas esas declaraciones nos llenan de admiración y gratitud.

La misteriosa pregunta de Jesús

Pero ahora llegamos a la cuarta declaración de Jesús desde la cruz. Y esta no solo es maravillosa. También es profundamente misteriosa. Dentro de unos momentos la estudiaremos con más detalle, pero seguramente ya la conoces. En medio de su agonía, Jesús exclamó:

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”
(Mateo 27:46)

¡Qué misterio!

Pero, al mismo tiempo, ¡qué consuelo! A muchos cristianos, a lo largo de los años, los han reprendido por preguntarle a Dios: “¿Por qué?”

Sin embargo, Jesús también hizo esa pregunta. Y si Jesús pudo hacerlo, tú también puedes. Aunque conozcas las respuestas que la Biblia ofrece.

Jesús ciertamente las conocía.

Las Escrituras enseñan, por ejemplo, que:

  • las pruebas producen humildad en nuestra vida; (2 Corintios 12:7)
  • el sufrimiento puede ser un medio que Dios usa para corregirnos; (Hebreos 12:5-11)
  • las dificultades profundizan nuestra dependencia de Él; (2 Corintios 12:9-10)
  • los tiempos de prueba fortalecen nuestra perseverancia; (Santiago 1:12)
  • Dios utiliza las pruebas para conformarnos al carácter de Cristo; (Romanos 8:29)
  • y el dolor hace que anhelemos aún más el cielo. (Apocalipsis 21:4)

Todas esas son razones verdaderas. Los creyentes maduros las conocen. Pero conocerlas no significa que nunca volvamos a preguntar:

“¿Por qué?”

Jesús conocía las escrituras de memoria. Fue el hombre más maduro espiritualmente que alguna vez caminó sobre el planeta Tierra, y aun así preguntó ¿Por qué?

Cuando el dolor se intensifica y cuando parece que el sufrimiento no tiene final, es natural que, en medio del agotamiento y la aflicción, el corazón levante esa pregunta hacia el cielo:

“¿Por qué, Señor?”

“¿Por qué pasó esto?”

“¿Por qué a mí?”

“¿Por qué ahora?”

Y justamente ahí encontramos a Jesús, quien es 100% Dios y 100% hombre, haciendo esa misma pregunta.

Un autor escribió que esta es “la frase más sobrecogedora de todo el registro de las Escrituras.”[ii]

Ahora bien, el evangelio de Lucas no registra estas palabras, así que debemos trasladarnos al relato de Mateo.

La densa oscuridad que cubrió la tierra

Allí, Mateo prepara el escenario escribiendo en el capítulo 27, versículo 45:

“Y desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena.” Mateo 27:45

Es decir, desde el mediodía hasta las tres de la tarde, una oscuridad sobrenatural cubrió la tierra.

Fue como si una inmensa cortina hubiera ocultado el sol.

La palabra que aquí se traduce “tierra” también puede traducirse “mundo”, lo que parece indicar que no se trató simplemente de una oscuridad local. Fue un acontecimiento de alcance mundial, semejante al diluvio universal.

De hecho, algunos registros históricos ajenos a la Biblia mencionan un extraño fenómeno de oscuridad ocurrido aproximadamente en esa misma época.[iii]

Por un acto milagroso del Dios Todopoderoso, el mediodía se convirtió en medianoche.[iv]

El Hijo de Dios permanece en silencio durante esas tres horas de profunda oscuridad. No vuelve a hablar hasta que finalmente lanza este clamor desde la cruz.

Por cierto, la Biblia no explica explícitamente por qué Dios produjo esta oscuridad sobrenatural. Sin embargo, las Escrituras nos dan varias pistas que nos ayudan a entender su significado.

La oscuridad señala juicio divino

En primer lugar, los rabinos enseñaban que el oscurecimiento del cielo era una señal del juicio de Dios sobre el mundo por algún crimen terrible. Y, sin duda, el mayor crimen de la historia estaba ocurriendo en ese mismo momento.

La oscuridad representa duelo

En segundo lugar, la oscuridad era también un símbolo de duelo. 

El profeta Amós escribió unas palabras que, en primer lugar, apuntan al período de la gran tribulación, pero que también encajan perfectamente con la crucifixión de Cristo.

El Señor dijo por medio del profeta:

“Y acontecerá en aquel día, dice Jehová el Señor, que haré que se ponga el sol a mediodía, y cubriré de tinieblas la tierra en el día claro… Y lo convertiré en llanto como por hijo unigénito, y su postrimería como día amargo.” Amós 8:9-10

Difícilmente podría haber una descripción más apropiada para el día de la crucifixión. Es como si toda la creación estuviera de luto por la muerte de un hijo único.

La oscuridad recuerda la primera pascua

Hay un tercer detalle que vale la pena considerar.

Esta oscuridad también tiene un profundo significado en el contexto de la Pascua.

Mientras Jesús está colgado en la cruz, la nación de Israel celebra la Pascua, recordando la noche en que Dios los libró de Egipto bajo el liderazgo de Moisés.

Antes de esa liberación, Dios envió una plaga tras otra para advertir al faraón que dejara salir a Su pueblo. Pero el faraón endureció una y otra vez su corazón.

Fueron diez plagas en total.

La novena plaga fue una oscuridad absoluta que cubrió toda la tierra de Egipto durante tres días. Después vino la décima y última plaga: la muerte de todos los primogénitos.

¿Notas el paralelo?

Tres días de oscuridad y luego la muerte de los primogénitos.

Ahora Jesús permanece en la cruz durante tres horas de oscuridad y poco después muere el Hijo unigénito de Dios.

Esta oscuridad anuncia juicio. Anuncia muerte.

Pero recordemos también lo que significaba la Pascua. Antes de que llegara aquella última plaga, Dios dio esperanza a Su pueblo. Cada familia debía sacrificar un cordero, asarlo y colocar su sangre sobre los postes y el dintel de la puerta de su casa.

Cuando el ángel de la muerte veía la sangre del cordero, pasaba de largo y esa familia era librada.

Y ahora observa esta extraordinaria escena.

Mientras Jesús cuelga de la cruz, miles de corderos pascuales están siendo sacrificados en Jerusalén para recordar aquella liberación ocurrida siglos atrás.

Pero, al mismo tiempo, Jesús está entregando Su vida como el verdadero y definitivo Cordero de la Pascua. Su sangre rescatará a todo aquel que la reciba por fe; a todo aquel que, por decirlo así, la aplique a la puerta de su corazón.

Por eso, antes de que Dios derrame Su juicio sobre el Cordero que llevará el pecado del mundo, la tierra queda completamente cubierta por la oscuridad.

Piensa en este contraste.

Cuando Jesús nació, en medio de la noche, Dios Padre iluminó el cielo con una luz resplandeciente. Pero ahora, cuando Su Hijo está a punto de morir, el Padre oscurece el cielo… en pleno día.[v]

La oscuridad ocultó la obra de Cristo

Hay una observación más que quiero hacer. Y es que esta oscuridad podría representar lo que un teólogo llamó la obra privada de Cristo”, porque durante esas tres horas ocurrió una obra que ningún ser humano podía contemplar plenamente.[vi]

Mientras la tierra permanecía cubierta de oscuridad, Jesús estaba llevando a cabo la parte más profunda de Su obra redentora.

Durante esas tres horas,

  • Jesús cargó sobre sí los pecados de toda la humanidad. (1 Juan 2:2)
  • Nuestra maldad fue puesta sobre Él. (Isaías 53:6)
  • Aquel que nunca conoció pecado fue hecho pecado por nosotros. (2 Corintios 5:21)
  • Llevó sobre Su cuerpo toda nuestra culpa. (1 Pedro 2:24)
  • Y soportó esa carga completamente solo. (Hebreos 9:7)

Nadie podía acompañarlo. Nadie podía compartir ese peso. Nadie podía participar en esa obra.

Esto nos recuerda el Día de la Expiación. Una vez al año, el sumo sacerdote tomaba la sangre del sacrificio y atravesaba el grueso velo del templo, de casi nueve metros de altura. Entraba completamente solo al Lugar Santísimo.

Allí, en privado, únicamente en la presencia de Dios, rociaba la sangre sobre el propiciatorio, la tapa del arca del pacto, realizando el sacrificio que cubría el pecado del pueblo.

De manera semejante, Jesús, nuestro gran Sumo Sacerdote, estaba llevando a cabo una obra eterna delante del Padre. Él ofreció Su propia sangre para obtener una expiación completa y definitiva por nuestros pecados.

Piensa en lo extraordinario de esta escena.

En la cruz, Jesús es al mismo tiempo el Sumo Sacerdote que presenta el sacrificio y el Cordero que es ofrecido en sacrificio.

Todo ocurre en una sola Persona.

Y eso significa que no queda absolutamente nada para que tú o yo podamos añadir. No aportamos nada a nuestra salvación.

Jesucristo, nuestro gran Sumo Sacerdote y el Cordero de Dios ya lo hizo todo.

El clamor de Jesús

Ahora volvamos al relato de Mateo. Leemos en el versículo 46:

“Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Mateo 27:46

Mateo dice que Jesús clamó a gran voz.

La expresión que utiliza describe un grito fuerte, intenso, lleno de agonía. Jesús levantó su rostro hacia aquel cielo completamente oscurecido y habló en su lengua materna, el arameo.

Luego Mateo traduce sus palabras al griego para sus lectores.

Y lo que dijo fue:

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

Imagina la escena.

El sol ha desaparecido. Todo permanece en oscuridad. Jesús lleva casi tres horas colgado en la cruz, en silencio.

Es probable que muchos de los curiosos ya se hayan ido. Ya habían visto todo lo que querían ver. Otros, asustados por aquella oscuridad inexplicable, regresaron rápidamente a sus casas. Pero algunos permanecieron allí, observando en silencio, esperando que ocurriera algo más.[vii]

Entonces, de repente, desde lo profundo de aquella oscuridad, se escucha este desgarrador clamor:

“¡Elí, Elí, ¿lama sabactani?!”

Mateo continúa diciendo en el versículo 47:

“Algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: A Elías llama éste.”

En realidad, no habían escuchado bien. Jesús no estaba llamando a Elías.

Entonces el versículo 48 añade:

“Y al instante, corriendo uno de ellos, tomó una esponja, y la empapó de vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber. Pero los otros decían: Deja, veamos si viene Elías a librarle.” Mateo 27:48-49

Existía una creencia popular entre los judíos de que el profeta Elías podía aparecer para rescatar a un hombre justo en medio de su sufrimiento.

Así que algunos dijeron:

—Esperemos a ver si Dios envía a Elías para salvar a Jesús de la cruz.

Pero Elías no iba a rescatar a Jesús. Nadie iba a intervenir. 

Y hay una historia que ilustra, aunque imperfectamente, esa dolorosa realidad.

Durante muchos años, Thomas Dooley sirvió como médico misionero en Laos, cerca de la frontera con China.

En una ocasión le regalaron un cachorro de oso negro del Himalaya. Era apenas una pequeña y tierna bola de pelo.

Thomas sabía que no podría tenerlo para siempre. Cuando creciera, tendría que devolverlo a su hábitat natural. Mientras llegaba ese momento, comenzó a construir una pequeña jaula donde pudiera mantenerlo de forma segura.

Un día, mientras trabajaba en esa jaula, un anciano chino pasó por allí. Se detuvo, la observó fijamente y, de repente, comenzó a llorar.

El doctor Dooley se acercó para preguntarle qué ocurría.

Entonces el hombre le contó su historia.

Años atrás, él y su familia vivían en la China comunista. Trabajaban la tierra, pero cuando llegaba la cosecha, las autoridades les prohibían quedarse siquiera con un grano de arroz. Todo pertenecía al Estado.

Su esposa enfermó gravemente por desnutrición. Al verla morir de hambre, su hijo escondió unos pocos puñados de arroz entre su ropa para llevárselos. Pero lo descubrieron.

Las autoridades decidieron convertirlo en un ejemplo para todo el pueblo. Lo encerraron en una jaula casi del mismo tamaño que la que Thomas estaba construyendo para el oso.

Colocaron aquella jaula en medio de la plaza del pueblo.

Era tan pequeña que el muchacho apenas podía moverse. Ni siquiera podía sentarse.

Luego el anciano le dijo al doctor Dooley:

—Mi esposa y yo fuimos obligados a mirar. Ella desde un extremo de la plaza y yo desde el otro. Los guardias no nos permitían hablar con él ni acercarnos. Nuestro hijo murió lentamente, sin comida ni agua, cubierto de suciedad y de moscas. Cuando finalmente los guardias anunciaron que había muerto… sentimos alivio, porque finalmente había dejado de sufrir.

Hay, sin embargo, una diferencia enorme entre aquella tragedia y la muerte del Hijo de Dios.

Aquel padre no podía hacer nada para rescatar a su hijo. Pero el Padre celestial sí podía intervenir. Y, sin embargo, decidió no hacerlo.

El plan de Dios era que Jesús muriera completamente solo.

Ahora entendemos mejor este angustioso clamor de Jesús. Es un clamor de dolorosa separación.

Durante el tiempo que estuvo clavado a la cruz, Jesús se dirige tres veces a Dios.

La primera vez dice:

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

La última vez dirá:

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.”

Pero entre esas dos declaraciones ocurre algo extraordinario.

En lugar de decir “Padre”, Jesús clama:

“Dios mío, Dios mío…”

El pecado que ahora carga sobre él produjo una separación judicial. Por eso desaparece, por un momento, la intimidad que trasmite la palabra “Padre”, y aparece la solemnidad de la frase “Dios mío”.

La cercanía ha dado paso a una distancia provocada por el pecado. Jesús no le dice: “Papá”

Y esa distancia era real.

Pero hay algo más. Este también es un clamor de verdadera desesperación. Jesús sintió plenamente esa separación. No estaba fingiendo. No estaba exagerando.

Estaba experimentando una ruptura en la comunión que había disfrutado con el Padre desde toda la eternidad.

Charles Spurgeon escribió: “El abandono de Cristo fue real.”[viii]

Y observa lo que Jesús no dijo.

No clamó:

“¿Por qué Pedro me abandonó?”

“¿Por qué Judas me traicionó?”

“¿Por qué mis discípulos huyeron?”[ix]

No. Su clamor fue:

“Dios mío, ¿Por qué tú me has desamparado?”

En ese momento Jesús cita las palabras del Salmo 22:1, escritas siglos antes por el rey David:

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

David escribió esas palabras. Pero nunca experimentó en toda su intensidad lo que describían.

Ahora el Hijo de David sí está bebiendo esa copa.

Juan Calvino escribió hace siglos que, en medio de aquella terrible oscuridad y de ese abandono por parte de Dios, Jesús cita el único pasaje de las Escrituras que describe exactamente lo que Él estaba viviendo y cumpliendo.[x]

Piensa en esto. Poco antes, los líderes religiosos se habían burlado de Jesús diciendo:

“Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere.”

Pero Dios no iba a librarlo. Y cuando Jesús clama: “¿Por qué me has desamparado?” parece, por un instante, que les da la razón.[xi]

Sí. Había sido abandonado. ¿Y por qué? Para que tú nunca tengas que ser abandonado.

La Palabra de Dios nos promete a cada uno de nosotros que hemos puesto nuestra fe en Jesucristo, en Hebreos 13:5:

“No te desampararé, ni te dejaré.”

La palabra griega traducida “desamparar” es la misma que Jesús emplea desde la cruz.

Él fue desamparado por el Padre mientras pagaba el precio de nuestros pecados para que recibamos la promesa eterna de que jamás seremos desamparados.

Lecciones del clamor de Cristo

Permíteme terminar señalando tres verdades que este clamor de Cristo revela.

La justicia de Dios es inflexible

Spurgeon escribió:

“En medio de aquellas tinieblas, el alma del hombre Jesucristo entró en un contacto aterrador con la justicia de Dios.”[xii]

Eso es precisamente lo que produce el pecado. El pecado mata. El pecado destruye. Porque la paga del pecado es muerte. Y Jesús estaba pagando el precio de nuestros pecados.

Aunque era el Hijo de Dios no recibiría un indulto. No habría una excepción para Él. No habría un perdón especial por quien era. 

Piensa en esto. Nosotros sí recibimos un perdón extraordinario. Dios perdona los pecados que cometimos en el pasado. Los pecados que nadie llegó a descubrir. Y aun los pecados que todavía cometeremos en el futuro.

¡Qué gracia tan inmensa!

Pero Jesús no recibió ese trato. La Biblia dice que Dios no perdonó ni a su propio Hijo. Romanos 8:32

No hubo un pase libre para Él. La justicia santa de Dios no hace excepciones. Es completamente imparcial.

Y es precisamente en la cruz donde esa justicia queda plenamente satisfecha y la santidad de Dios es vindicada.[xiii]

En otras palabras, Jesús estaba viviendo allí el juicio que nosotros merecíamos para que nosotros jamás tengamos que enfrentar el juicio final de un Dios santo.[xiv]

El juicio de Dios es inevitable

En segundo lugar, estas palabras nos dejan una advertencia urgente. Es una advertencia que Satanás no quiere que escuches. Es una advertencia que el mundo intenta ahogar con entretenimiento, risas superficiales y una vida llena de distracciones. Y es que el juicio de Dios es inevitable.

Escucha lo que Jesús está diciendo desde la cruz. Si el propio Hijo de Dios tuvo que cargar el juicio del pecado y fue desamparado por el Padre, ¿qué esperanza tiene el pecador de presentarse por sí mismo delante de un Dios santo?

Hoy muchos dicen que Dios ama tanto a las personas que jamás las juzgaría. Que es demasiado misericordioso para condenar a alguien eternamente. Pero ese es el mismo argumento que Satanás usó desde el principio.

La primera vez que el ser humano estuvo a punto de pecar, Satanás le dijo a Eva:

—Come del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Dios solo está impidiendo que llegues a ser como Él.

Eva respondió:

—No podemos hacerlo. Dios nos dijo que, si desobedecíamos y comíamos de ese árbol, moriríamos.

Entonces Satanás respondió:

—No morirán.

Como diciendo:

“Dios jamás los va a juzgar por un pequeño acto de independencia.”

Y Eva comió. Luego le dio también a Adán.

Con el tiempo ambos murieron físicamente. Pero ese mismo instante murieron espiritualmente. La gloria de Dios que los cubría desapareció. Descubrieron que estaban desnudos. Su comunión con Dios quedó rota. Y, en lugar de correr hacia Él, se escondieron de Su presencia.

No escuches las mentiras del diablo. No permitas que te convenza de que no necesitas la cruz de Cristo. De que no necesitas ser salvado. De que no eres un pecador. O, peor aún, de que sí necesitas a Cristo… pero que puedes dejar esa decisión para más adelante.

Resiste al diablo.

Acércate a Dios.

Ven a Él por medio de la cruz de Su Hijo.

La gracia de Dios sigue disponible

En tercer lugar, estas palabras nos extienden una invitación. Y es esta:  Si hoy sigues con vida, la puerta de la gracia continúa abierta.

Pero esa puerta no permanecerá abierta para siempre.

Cuando llegue la muerte, ya no habrá oportunidad de decidir.

Después de la muerte viene el juicio. Ese día estarás en una de dos condiciones. O comparecerás delante de Dios cargando tus propios pecados o comparecerás habiendo aceptado por fe el sacrificio del Señor Jesucristo quien cargó esos pecados en tu lugar.

Antes de que llegue ese día, asegúrate de que sobre la lápida de tu vida pueda escribirse la única frase que realmente importará cuando estés delante de Dios:

“Jesucristo fue mi Sustituto.”

Jesús soportó la ira de Dios para que tú nunca tengas que soportarla.

Entró en la oscuridad del juicio para que tú puedas vivir en la luz del perdón.

Y qué verdad tan conmovedora es esta: Jesús fue desamparado… para que todos los que creen en Él jamás sean desamparados por Dios.

Deseo que esta verdad te impulse a vivir con gratitud, confianza y adoración a Aquel que ocupó tu lugar en la cruz.Y si aún no lo has hecho, que hoy sea el día en que pongas tu fe en Jesucristo y recibas el perdón y la vida eterna. 


[i] Adapted from Wiersbe, p. 42

[ii] Adapted from Charles R. Swindoll, The Darkness and the Dawn (Word Publishing, 2001), p. 166

[iii] Ibid

[iv] Stu Epperson, Jr., Last Words of Jesus (Worthy Publishers, 2015), p. 69

[v] Adapted from Charles R. Swindoll, Insights on Mark (Zondervan, 2016), p. 390S

[vi] Wiersbe, p. 46

[vii] Swindoll, Darkness and the Dawn, p. 167

[viii] Charles H. Spurgeon, Christ’s Words from the Cross (Baker Book House, 1984), p. 53

[ix] Charles H. Spurgeon, Christ’s Words from the Cross (Baker Book House, 1984), p. 53

[x] Quoted by R. Kent Hughes in Mark: Volume 2 (Crossway Books, 1989), p. 207

[xi] Clovis G. Chappell, The Seven Words (Baker Book House, 1952), p. 40

[xii] Spurgeon, p. 61

[xiii] Arthur W. Pink, The Seven Sayings of the Savior on the Cross (Baker Book House, 1958), p. 72

[xiv] Epperson Jr., p. 78

Este contenido es una adaptación autorizada del ministerio Sabiduría Internacional, bajo la enseñanza original de Stephen Davey. Todos los derechos del contenido original están reservados a su autor.


Puede compartir o reproducir este material libremente solo con fines no comerciales, citando adecuadamente al autor y al ministerio. Queda prohibida su venta, modificación con fines lucrativos o redistribución sin permiso escrito.

Hemos procurado citar debidamente todos los recursos externos utilizados en cada lección. Las citas bíblicas provienen principalmente de la versión Reina-Valera 1960 y de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), aunque en algunos casos se emplean otras versiones de la Biblia para facilitar la comprensión del pasaje.
Reina-Valera 1960® © 1960 Sociedad Bíblica Trinitaria. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.
La Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © 2019 por The Lockman Foundation. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

Adaptado y publicado por el ministerio Sabiduría Internacional.

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