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Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu

La séptima y última declaración de Jesús desde la cruz revela la confianza perfecta del Hijo en Su Padre y pone el broche final a la obra de la redención. En esta lección exploraremos el profundo significado de Sus últimas palabras, el velo del templo rasgado, el terremoto y la resurrección de muchos santos, señales que confirmaron que el sacrificio de Cristo había sido aceptado por Dios. También veremos cómo estas verdades transforman la vida del creyente hoy, permitiéndonos acercarnos con confianza al Padre y aprender a vivir cada día poniendo nuestra vida, nuestras cargas y nuestro futuro en Sus manos.

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Introducción

Hace algunos años leí un artículo secular que hablaba sobre el más allá. Habían entrevistado a varias personas para saber qué tan seguras estaban de lo que ocurrirá después de la muerte.

Uno de los entrevistados era un hombre de 67 años que había donado sangre fielmente a la Cruz Roja durante toda su vida adulta.

En total, había donado más de 47 litros de sangre.

Cuando le preguntaron por qué lo hacía, cuál era la verdadera razón detrás de tantos años de donaciones, respondió que todo tenía que ver con llegar al cielo.

Con toda sinceridad dijo:

—Cuando suene el silbato final y el apóstol Pedro me pregunte: “¿Qué hiciste para ganarte la entrada al cielo?”, voy a poder responderle: “Doné más de 47 litros de sangre. Con eso debería alcanzar”.

No pude evitar pensar que aquel hombre era sincero. Y también muy sacrificado. Donar tanta sangre a lo largo de toda una vida es un acto de gran generosidad.

El problema era que estaba confiando en la sangre equivocada.

El apóstol Pedro escribió:

“…fuisteis rescatados… con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.” (1 Pedro 1:18-19).

Es la sangre de Jesucristo la que pagó el precio de nuestra salvación.

En estas últimas lecciones hemos permanecido al pie del Calvario, por así decirlo. Hemos estado contemplando ese altar de madera donde el Cordero de Dios fue sacrificado de una vez y para siempre.

También hemos escuchado las seis declaraciones que el Señor pronunció desde la cruz.

Y hemos dedicado un programa completo a cada una de ellas. Sin embargo, apenas hemos comenzado a explorar su profundidad.

Cada una de esas declaraciones encierra un océano de verdad. Podría predicar una y otra vez sobre ellas, y en cada ocasión descubrir algo nuevo.

Es más, creo que podría predicar más tiempo del que puedes resistir.

Eso me recordó una historia que alguien de nuestra iglesia me envió por correo electrónico esta semana.

Un pastor se puso de pie delante de la congregación y dijo:

—Esta mañana traje tres sermones. Tengo uno de cien dólares que dura treinta minutos; uno de cincuenta dólares que dura una hora; y uno de cinco dólares que dura dos horas. Ahora vamos a recoger la ofrenda para ver cuál quieren escuchar.

Hablando en serio, volvamos ahora al Calvario y escuchemos la séptima y última declaración de nuestro Señor.[i]

La última declaración de Jesús

Te invito a abrir tu Biblia en Lucas 23:46.

Allí leemos:

“Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró.” Lucas 23:46

Las tres horas de oscuridad ya habían terminado.

El Cordero de Dios ya había cargado sobre Sí el pecado del mundo. En Su cuerpo y en Su sangre había llevado el juicio que nosotros merecíamos. Al hacerse pecado por nosotros, experimentó la separación del Padre.

Y ahora había llegado el momento de Su muerte.

Humanamente hablando, nadie habría sobrevivido mucho tiempo después de una golpiza como la que recibió Jesús.

Su espalda había quedado desgarrada por los azotes. Su rostro estaba hinchado. Las espinas atravesaban Su cabeza. Sus manos y Sus pies estaban clavados a la madera. Cada respiración era un dolor insoportable.

Pero no pases por alto esta verdad. Jesús no murió porque lo crucificaron. Jesús murió porque las demandas de la justicia de Dios habían quedado completamente satisfechas.

Mucho antes, Él mismo les había dicho a Sus discípulos:

“Nadie me quita la vida, sino que yo de mí mismo la pongo.” (Juan 10:18).

La cruz no acabó con Jesús.

Jesús terminó la obra de la salvación desde la cruz, exactamente como lo había determinado el plan eterno de Dios. 

Por eso, unos instantes antes había exclamado:

—¡Tetelestai!

Es decir:

—¡Consumado es!

  • La deuda del pecado había sido pagada por completo.
  • La obra perfecta de la salvación estaba terminada.
  • El derecho a la vida eterna había quedado asegurado con Su propia sangre.

Todo estaba ocurriendo exactamente conforme al plan de Dios. Jesús les había anunciado a Sus discípulos que el Hijo del Hombre sería entregado en manos de los hombres. (Mateo 17:23)

También les dijo que sería entregado en manos de pecadores. (Mateo 26:45)

Y en el huerto de Getsemaní los despertó para decirles que había llegado la hora y que sería entregado en manos de hombres pecadores. (Lucas 24:7)

Pero observa lo que sucede ahora. 

Él dice: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.”

Según el evangelio de Mateo, Jesús volvió a exclamar a gran voz.

Primero proclamó: “¡Consumado es!”

Y ahora declara:

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.”[ii]

¡Qué declaración de victoria!

  • Jesús ya no está en manos de pecadores.
  • No está en manos de los líderes religiosos.
  • No está en manos de los soldados romanos.
  • Ni siquiera está en manos de Satanás.

Jesús está completamente seguro en las manos de Su Padre.

Y al hacerlo, también nos muestra lo que les espera a todos los que creen en Él. Nos enseña una extraordinaria verdad acerca de la vida después de la muerte.

La muerte no es el final para el creyente. Es el paso inmediato de la tierra a la presencia del Padre.

  • Cuando mueras, no vas a quedarte rondando el cementerio hasta que alguien encienda una vela.
  • Tampoco vas a aparecerte para asustar a los vecinos… aunque a lo mejor te gustaría hacerlo.
  • Y tampoco vas a quedar atrapado entre dos mundos hasta que alguien resuelva el misterio de tu muerte.

No. La Biblia enseña que, para el creyente, dejar este cuerpo significa entrar inmediatamente en la presencia del Señor. (1 Corintios 5:3)

Eso mismo vemos más adelante en la vida de Esteban, el primer mártir de la iglesia.  Mientras lo apedreaban, oró diciendo: “Señor Jesús, recibe mi espíritu.” (Hechos 7:59).

No hay espíritus vagando por aquí.

El espíritu del incrédulo pasa inmediatamente al Hades, el lugar de tormento, donde permanecerá hasta el juicio final. (Lucas 16; Apocalipsis 20)

No hay espíritus de personas atrapados en el limbo, penando en las casas o esperando que alguien los llame.

Por el otro lado, el espíritu del creyente entra inmediatamente en la casa del Padre.

No sabemos cómo ocurre esa transición. Tampoco sabemos qué veremos primero. ¿Nos recibirán familiares y amigos que partieron antes que nosotros? ¿Veremos primero a los ángeles en todo su esplendor? ¿Cuánto tarda ese viaje a la presencia del Señor?

La Biblia no responde esas preguntas. Pero sí nos dice algo con absoluta claridad. La muerte no es más que una puerta. Y cuando esa puerta se abre, nuestro espíritu —la parte inmaterial de nuestro ser— entra en la presencia del Señor.

Recuerda al ladrón arrepentido que murió junto a Jesús. Ese mismo día estaría con Él en el paraíso.

Eso es precisamente lo que Jesús está afirmando en esta séptima declaración. Él esperaba estar con Su Padre en el mismo instante de Su muerte. Y esa también es la esperanza de todos los que hemos puesto nuestra fe en Él.

Ausentes del cuerpo…

Presentes con el Señor.

Los tres milagros que mostraron la aprobación del Padre

Ahora bien, ¿hubo alguna evidencia de que Jesús realmente había completado la obra de la salvación? ¿Dio el Padre alguna señal de que el sacrificio de Su Hijo había sido suficiente?

La respuesta es sí.

Y en ese mismo momento ocurrieron tres milagros extraordinarios que proclamaron, con toda claridad, la aprobación del Padre sobre la obra perfecta de Su Hijo.

El evangelio de Mateo nos aporta un detalle más de lo que ocurrió en aquel momento.

El velo rasgado

Leamos Mateo 27:50:

“Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo…” Mateo 27:50-51

¡Qué señal tan extraordinaria!

Dios mismo estaba haciendo una declaración poderosa. Pero para entender todo su significado, tenemos que retroceder miles de años, hasta el libro de Génesis.

Después de que Adán y Eva pecaron, Dios los expulsó del huerto de Edén. Ya no podrían caminar con Él en Su jardín ni disfrutar de esa comunión perfecta que habían conocido. Habían sido desterrados del paraíso.

Aunque la Biblia no registra todos los detalles, es evidente que Dios comenzó a enseñarles el principio de la expiación – del sacrificio hecho por un sustituto.

Dios vistió a Adán y Eva con pieles de animales inocentes que murieron en su lugar.

Aquel primer sacrificio era una ilustración que apuntaba al sacrificio definitivo del Cordero de Dios.

Cuando Dios los expulsó del huerto, Génesis 3 nos dice que colocó querubines con espadas encendidas para custodiar la entrada e impedir que Adán, Eva y sus descendientes regresaran. La Biblia no nos dice cuánto tiempo permanecieron allí.

Muchos estudiosos creen que custodiaron esa entrada durante unos mil seiscientos años, hasta que el diluvio de los días de Noé transformó por completo la superficie de la tierra.

Las aguas modificaron la geografía del mundo, formaron océanos, abrieron grandes valles y borraron cualquier rastro del huerto del Edén.

A partir de ese momento, ya no se requería los servicios de esos querubines. Pero la humanidad nunca olvidó lo que representaban. Los querubines recordaban que el acceso directo a la presencia de Dios se había perdido.

Y, al parecer, Dios tampoco quería que Su pueblo lo olvidara. Unos novecientos años después del diluvio, Dios le dio a Moisés las instrucciones para construir el tabernáculo.

Allí habría un gran altar para los sacrificios, un Lugar Santo con los utensilios del servicio y, detrás de un enorme velo, el Lugar Santísimo, donde se manifestaba de manera especial la presencia de Dios.

Dios también le indicó a Moisés que ese velo debía estar bordado con figuras de querubines.

Era como si aquellos querubines siguieran custodiando la entrada a la presencia del Rey.

Siglos después, cuando Salomón construyó el templo, y más tarde cuando Herodes lo reconstruyó en los días de Jesús, ese enorme velo seguía allí.[iii]

El historiador judío Josefo escribió que estaba tejido con hilos azules, púrpuras y escarlata. Y por toda su superficie había cientos y cientos de querubines bordados.

También describió aquel velo como una cortina de unos ocho centímetros de grosor.

Solo una persona podía atravesarlo.

Y solo una vez al año.

El sumo sacerdote entraba al Lugar Santísimo para presentar la sangre del sacrificio en favor de toda la nación.

Y déjame decirte algo. Entraba con temor. No caminaba con confianza ni silbando una melodía mientras metía las manos en los bolsillos. Entraba temblando. Sabía que, si Dios no aceptaba el sacrificio, moriría allí mismo.

La tradición judía nos dice que cosían pequeñas campanas al borde de su túnica para que los sacerdotes, que permanecían afuera, pudieran escuchar que seguía con vida.

Y también ataban una cuerda a uno de sus tobillos.

Así, si moría dentro del Lugar Santísimo, podrían sacar su cuerpo sin que nadie más tuviera que entrar.

Pero cuando Cristo murió, aquel enorme velo se rasgó de arriba abajo.

No había ningún sacerdote subido a una escalera de diez metros con unas tijeras en la mano. Fue Dios quien lo rasgó. Y el sonido de aquella cortina rasgándose debió resonar por todo el templo hasta llegar a los patios exteriores.

El comentarista Dale Ralph Davis escribe que ese velo rasgado anunciaba el fin de una era. El templo ya no sería el lugar donde Dios y el hombre se encontrarían. Pero también anunciaba el comienzo de algo completamente nuevo. [iv]

Y estoy totalmente de acuerdo. Ahora podemos entrar con toda confianza a la presencia de Dios por medio del cuerpo sacrificado de Jesucristo, nuestro único Mediador.

El autor de Hebreos lo expresa de manera magistral:

“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne…” (Hebreos 10:19-20).

¡Este es un camino nuevo, lleno de vida!

  • Ya no hacen falta tórtolas ni corderos para ofrecer en sacrificio.
  • Ya no hay distancia entre Dios y nosotros.
  • Ya no hace falta entrar con miedo.
  • Ya no hay campanas cosidas a la túnica del sumo sacerdote. 
  • Ya no hay cuerdas atadas a su tobillo.
  • Y tampoco hay querubines con espadas encendidas custodiando la entrada.

Lo realmente triste es que los sacerdotes se negaron a reconocer el sacrificio de Cristo. Durante cuarenta años más siguieron ofreciendo sacrificios y realizando sus ceremonias en aquel templo, como si nada hubiera ocurrido.

Mateo vuelve a describir aquel momento en el versículo 51:

“Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo…”

Fíjate en la palabra “rasgó”.

El término original significa partir o desgarrar violentamente. No fue un corte limpio, como si unas tijeras gigantes hubieran descendido del cielo. El velo quedó completamente desgarrado.

Y, aun así, los líderes religiosos ignoraron aquel milagro extraordinario.

De alguna manera encontraron una explicación. Y seguramente llamaron de inmediato a un grupo de obreros para volver a coser aquel enorme velo.

El gran terremoto

Pero mientras trataban de reparar el velo, Dios hizo aún más evidente Su mensaje.

Mateo continúa contándonos sobre el segundo milagro:

“Y la tierra tembló, y las rocas se partieron.” Mateo 27:51

Fue un terremoto tan violento, tan aterrador, que hasta enormes masas de granito se hicieron pedazos.

Esta no era la primera vez que la tierra temblaba ante la presencia de Dios. Cuando Dios descendió sobre el monte Sinaí para entregar la ley a Moisés, toda la montaña tembló violentamente. (Éxodo 19)

Cuando Dios se reveló a Elías, las montañas se estremecieron y las rocas se partieron. (1 Reyes 19)

Y David escribió en el Salmo 18 que la tierra se conmovió y los montes temblaron porque Dios estaba airado.

Algo parecido volverá a ocurrir durante la tribulación. Apocalipsis describe un gran terremoto mientras Dios derrama Su ira sobre el mundo rebelde. (Apocalipsis 6:12)

Todas estas son demostraciones del juicio y la ira de Dios.

Por eso Hebreos 10:31 advierte:

“¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!”

El mundo incrédulo no entiende el peligro en el que se encuentra delante de un Dios santo.

Y esa es precisamente nuestra misión. Advertir que el juicio viene e invitar a las personas a encontrar refugio en Jesucristo.

David escribió que Dios está airado contra el impío todos los días. (Salmo 7)

Y Pablo explica en Romanos 2:5 que Dios está acumulando Su ira contra quienes rechazan a Su Hijo, hasta el día en que ejecutará Su justo juicio.

Déjame decirte algo. El mundo no tiene ninguna esperanza delante de un Dios santo, a menos que clame a Cristo con fe.

¿Te imaginas el caos que se vivía en Jerusalén? Los líderes religiosos y el sumo sacerdote corriendo hacia el templo sin poder creer lo que veían.

—¿Cómo pudo rasgarse el velo… y precisamente de arriba abajo?

Mientras tanto, toda la ciudad estaba sacudiéndose con este enorme terremoto.

Dios Padre estaba dando testimonio de Su desagrado frente al pecado y la incredulidad del ser humano. Era un anticipo de la ira que un día vendrá sobre el mundo.

Los sepulcros abiertos

Pero eso no fue todo. En ese mismo momento ocurrió un tercer milagro. Y esta vez fue un milagro que llenó de asombro a toda Jerusalén.

Después del clamor final de victoria de Jesús, Mateo escribe:

“Y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos.” Mateo 27:52-53

¡Si yo hubiera estado allí, creo que habría dicho inmediatamente:

“¡Está bien! ¡Me rindo! ¡Ya entendí! ¡Creo en Él!”

La oscuridad cubrió la tierra. El velo del templo se rasgó en dos. Un terremoto sacudió violentamente la ciudad. Y ahora los muertos estaban saliendo de sus tumbas.

Me habría encantado que Mateo nos hubiera contado cómo reaccionó la gente de Jerusalén cuando empezó a encontrarse con personas que habían muerto.

¿Te imaginas?

Llaman a la puerta de tu casa.

Abres, ¡y allí está el pariente que fuiste a velar el año pasado!

—¿Qué haces aquí?

Y él responde:

—Vine a decirte que Jesús, el crucificaron, verdaderamente es el Mesías. Él tiene poder sobre la muerte y sobre la tumba. Él es la resurrección y la vida… ¡y yo soy la prueba!

¿Te sorprende que, un mes después, el día de Pentecostés, tres mil personas creyeran en Jesucristo?

¿Te sorprende que más adelante, en Hechos 6, leamos que el número de discípulos seguía multiplicándose en Jerusalén y que muchos sacerdotes llegaron a creer?

Ellos dejaron atrás su oficio. Abandonaron el sistema de sacrificios del templo. 

¿Por qué?

Porque sabían. Sabían lo que había pasado con aquel velo. Sabían que habían intentado volver a coserlo para fingir que nada había ocurrido. Y sabían que no había suficiente cinta adhesiva en toda Jerusalén para esconder lo que Dios había hecho.

Dios había hablado. Y toda la creación había dado testimonio de que Jesucristo era verdaderamente el Hijo de Dios.

Aplicación

Cuando pienso en esta séptima y última declaración del Señor, hay algo que no puedo dejar de notar. Jesús nos mostró cómo se vive una vida en comunión con el Padre.

Así fue como Él vivió.

En Su último discurso a los discípulos, registrado en Juan 14 al 16, llamó a Dios “Padre” cuarenta y cinco veces.

Y en Su oración sacerdotal de Juan 17 volvió a dirigirse a Él como Padre una y otra vez.[v]

Así es como debe vivirse la vida cristiana.

Después de todo, ¿qué es el cristianismo? Es acercarse a Dios y decirle: “Padre, en Tus manos pongo mi fe. Aquí está mi pecado. Aquí está mi corazón. Aquí está mi confianza en Tu plan de salvación.”[vi]

¿Y qué es la vida cristiana?

Esta misma declaración nos lo enseña. 

La palabra que Jesús usa para “encomiendo” era un término muy conocido en aquella época. Se usaba para hablar de alguien que depositaba algo de mucho valor en manos de otra persona. Era un depósito basado en la confianza.[vii]

Eso implica rendir tu vida a Él.

Es decir: “Padre, pongo en Tus manos todo lo que soy.”

La vida cristiana consiste en levantarte cada mañana y decir: “Padre, hoy pongo en Tus manos mi día. Mis responsabilidades. Mis planes. Mi esposa. Mis hijos. Mis necesidades. Mis problemas. Todas mis preocupaciones. Las dejo en Tus manos porque Tú prometiste cuidar de mí… y hoy quiero vivir como si realmente creyera esa promesa.”

Así es como debemos vivir. Y déjame añadir algo más. Así es también como queremos morir.

Así necesitamos vivir. Y así vas a querer morir.

Jesús estaba citando aquí las primeras palabras del Salmo 31:5. Mucho antes de que Él naciera, ese versículo ya formaba parte de la oración que los padres judíos enseñaban a sus hijos antes de dormir.

La única diferencia es que Jesús añadió una palabra: “Padre.”

¿No te parece hermoso?

En el momento de morir, Jesús tomó una oración que había aprendido siendo un niño.[viii]

Es como si hubiera abierto el himnario del creyente y hubiera vuelto a cantar una de sus primeras canciones. Solo que ahora esas palabras tenían un significado eterno.

“Padre, en Tus manos encomiendo mi espíritu.”

A veces me pregunto si, mientras pronunciaba esas palabras, en Su corazón también resonaba la melodía de ese antiguo salmo… convertido ahora en un himno de victoria.

He visto algo parecido una y otra vez en la vida de creyentes que están por partir con el Señor.

Muchas veces ya no recuerdan nombres. No recuerdan rostros. Ni siquiera reconocen a sus propios familiares. Pero todavía recuerdan los himnos. Todavía pueden cantarlos. Esas verdades permanecen grabadas en su corazón.

Y déjame decirte algo. Esa es una hermosa manera de morir.

Conclusión

Recuerdo haber visitado hace muchos años a un hermano de nuestra iglesia que había servido durante años en el equipo de mantenimiento.

Llevaba bastante tiempo hospitalizado. Su cuerpo ya estaba apagándose. Había dejado de comer y de beber. Los médicos le dijeron a su esposa que la muerte era inminente, así que fui a despedirme de él.

Hablé un rato con ella sobre algunos detalles del servicio fúnebre que quería preparar en honor a su esposo. Después los dejé solos. Aquella noche, las enfermeras comenzaron a escuchar algo que las sorprendió.

Entraron a la habitación… Y allí estaba aquel hombre, completamente inconsciente… ¡Cantando el coro del Aleluya!

Y no es precisamente un himno sencillo.

Las enfermeras empezaron a reunirse alrededor de su cama para escucharlo. Y entonces ocurrió algo inesperado. Recobró completamente el conocimiento.

Una semana después había desaparecido todo síntoma de enfermedad y volvió a trabajar.

Desde entonces todos empezamos a llamarlo “Lázaro”.

Varios años más tarde su salud volvió a deteriorarse. Fui a visitarlo unos días antes de que partiera con el Señor y le dije:

—La última vez cantaste el coro del Aleluya. Quizá esta vez no lo cantes… quizá esta vez lo escuches alrededor del trono del Cordero.

Le dije:

—Porque has confiado en Cristo, quien murió por ti, muy pronto Él te dará la bienvenida a Su hogar.

Él apenas pudo susurrar dos palabras:

—Lo sé.

Fueron las últimas palabras que pronunció.

Palabras llenas de confianza.

Palabras llenas de certeza.

“Lo sé.”

Así es como quieres morir.

Pero así es también como debemos vivir.

Diciendo: “Padre, en Tus manos deposito mi vida. Y cuando llegue el momento… También pondré en Tus manos mi espíritu… para vivir contigo por toda la eternidad.”


[i] Adapted from Dale Ralph Davis, Luke: The Year of the Lord’s Favor (Christian Focus, 2021), p. 213

[ii] R.C.H. Lenski, The Interpretation of St. Matthew’s Gospel (Augsburg Publishing, 1964), p. 1152

[iii] William Hendrickson, New Testament Commentary: Matthew (Baker Books, 1973), p. 974

[iv] Davis, p. 214

[v] Arthur W. Pink, The Seven Sayings of the Savior on the Cross (Baker Book House, 1958), p. 145

[vi] Adapted from Clovis G. Chappell, The Seven Words (Baker Book House, 1952), p. 74

[vii] Charles R. Swindoll, The Darkness and the Dawn (Word Publishing, 2001), p. 207

[viii] Chappell, p. 71

Este contenido es una adaptación autorizada del ministerio Sabiduría Internacional, bajo la enseñanza original de Stephen Davey. Todos los derechos del contenido original están reservados a su autor.


Puede compartir o reproducir este material libremente solo con fines no comerciales, citando adecuadamente al autor y al ministerio. Queda prohibida su venta, modificación con fines lucrativos o redistribución sin permiso escrito.

Hemos procurado citar debidamente todos los recursos externos utilizados en cada lección. Las citas bíblicas provienen principalmente de la versión Reina-Valera 1960 y de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), aunque en algunos casos se emplean otras versiones de la Biblia para facilitar la comprensión del pasaje.
Reina-Valera 1960® © 1960 Sociedad Bíblica Trinitaria. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.
La Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © 2019 por The Lockman Foundation. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

Adaptado y publicado por el ministerio Sabiduría Internacional.

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