Introducción
Hasta ahora, en nuestro estudio de esta dramática escena en el monte Calvario, hemos sido testigos de dos declaraciones de fe sorprendentes en Jesucristo. Y lo más increíble es que estas declaraciones vinieron de dos de las personas menos esperadas.
La primera vino del ladrón en la cruz. Un hombre que, al principio, había insultado a Jesús junto con los líderes religiosos y junto con el otro criminal que estaba crucificado al otro lado del Señor.
Pero durante esas horas en la cruz, este revolucionario judío —un hombre que había confiado en su daga más que en cualquier otra cosa— evidentemente comenzó a observar el letrero que estaba sobre la cabeza de Jesús. Un letrero que declaraba que Jesús es el verdadero Rey de los judíos.
Y contra toda expectativa, contra toda apariencia, la gracia de Dios abrió sus ojos para ver que, aunque Jesús estaba siendo crucificado, Él verdaderamente era el Rey.
“Señor”, dijo —mientras seguramente la multitud abajo se burlaba de él— “acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”.
Pasó de burlarse de Cristo a reconocerlo como su Señor y Rey.
Luego vimos al centurión.
Este hombre había visto morir a muchos hombres. Según registros históricos, el Imperio Romano había crucificado a unos 30.000 hombres solamente en esta región.
Este centurión había visto morir a muchos hombres, pero nunca había visto morir a alguien como este Hombre.
Y cuando Cristo entregó su espíritu en las manos de Dios el Padre y murió, el centurión hizo su propia declaración de fe:
“Verdaderamente este era Hijo de Dios”.
Piénsalo por un momento: nosotros ponemos nuestra fe en un Salvador vivo; el ladrón puso su fe en un Salvador que estaba muriendo; y el centurión puso su fe en un Salvador que acababa de morir.
Pero ahora ocurre otro giro sorprendente en esta escena.
Conociendo a José de Arimatea
Desde las mismas filas de la Corte Suprema de Israel, uno de sus jueces principales de repente tiene algo que declarar. Él tomará una decisión valiente y sus acciones se convertirán en una noticia que sorprenderá a todos.
Su nombre era José. Venía de un pequeño pueblo llamado Arimatea, ubicado a unos 30 kilómetros al noroeste de Jerusalén.
Y José está a punto de hacer su aparición en esta escena. Hasta este momento había estado escondido espiritualmente, aunque todos lo veían en público.
Nadie lo sabía. Nadie lo habría imaginado. Pero ahora aquí está, tomando una decisión arriesgada – cruzando un punto sin retorno.
Lucas nos lo presenta en su evangelio, capítulo 23, versículo 50:
“Había un varón llamado José, de Arimatea, ciudad de Judea, el cual era miembro del concilio, varón bueno y justo”. Lucas 23:50
El evangelio de Mateo agrega que José era un hombre rico (Mateo 27:57).
Así que aquí tenemos a un hombre profundamente religioso, comprometido con la integridad y la justicia. Hacía buenas obras y además era extremadamente rico.
Y eso es interesante, porque el poder puede corromper, y el dinero puede nublar nuestra perspectiva.
Así que, si José llegó a tener la reputación de ser un hombre bueno y justo, evidentemente había logrado evitar la tentación de convertirse en el centro de su propia vida.
Además, tenía tanta influencia en los círculos de poder que pronto conseguirá una audiencia privada con Pilato, el gobernador romano de la región.
Pero dentro de esta breve presentación que Lucas hace de José encontramos dos detalles muy importantes acerca de él.
Primero: José ocupaba una posición importante.
José ocupaba una posición importante.
Lucas escribe que José era miembro del concilio. Esta es una referencia al Sanedrín, la Corte Suprema de Israel, compuesta por unos 70 hombres. A ellos muchas veces se los conocía como los gobernantes del pueblo.
Pero el evangelio de Marcos nos dice que José no era simplemente un miembro más del Sanedrín.
Marcos capítulo 15, versículo 43 dice:
“José de Arimatea, miembro noble del concilio…”
Una traducción dice que José era un miembro destacado del concilio.
La palabra griega se puede traducir como respetado, noble o destacado. De hecho, hasta el día de hoy, la iglesia ortodoxa griega lo llama “el noble José”.[i]
José había llegado a convertirse en uno de los miembros más respetados de la Corte Suprema de Israel.
Cuando él hablaba, la gente escuchaba. Cuando daba su opinión en la gran sala donde se reunía el Sanedrín, sus palabras eran tomadas en cuenta.
Tenía una gran influencia entre los demás miembros del concilio. Y eso hace que su silencio durante la condena de Jesús sea aún más difícil de entender. Seguramente fue algo que José lamentó profundamente después de la muerte del Señor: nunca haber dicho una palabra en defensa de Jesús.
Un autor escribió: “Imagínese cuánto habría animado el corazón de Jesús si, en medio de esa asamblea llena de odio, aunque fuera una sola voz se hubiera levantado a su favor”.[ii]
Pero José guardó silencio.
Sin embargo, Lucas agrega este comentario interesante:
“[José] no había consentido en el acuerdo ni en los hechos de ellos” (Lucas 23:51).
Es decir, él no estaba de acuerdo con la decisión de crucificar a Jesús.
Ahora, puede ser que José se haya negado a votar, o lo más probable es que no haya estado presente cuando el concilio se reunió rápidamente aquella mañana de jueves para buscar una razón para condenar a Jesús.
¿Estaba José de vuelta en su pueblo? ¿Estaba tratando de llegar a Jerusalén y se le rompió una rueda de la carreta?
No llegó a la votación, o decidió abstenerse.
No sabemos.
Pero lo que sí sabemos es que no estuvo de acuerdo con la muerte de Jesús.
Aunque eso todavía no significa que haya defendido públicamente al Señor. Podría haber estado presente y simplemente haberse abstenido de votar.
En el evangelio de Juan encontramos más detalles acerca de esta división que estaba creciendo dentro del Sanedrín.
Descubrimos que José no era el único miembro del concilio que había llegado a creer que Jesús era el Mesías.
Juan revela la tragedia de este grupo de hombres silenciosos.
Él escribe en el capítulo 12, versículo 42:
“Con todo eso, aun de los gobernantes, muchos creyeron en él; pero a causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga; porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios”. Juan 12:42-43
En otras palabras, no querían perder su posición, su lugar en la sinagoga, su reputación en la sociedad.
Y uno podría pensar: “Bueno, eran razones importantes, ¿verdad?”
Pero fíjate cómo el Espíritu de Dios lo describe en el evangelio de Juan. No es una descripción muy favorable.
Ellos estaban más interesados en recibir la gloria que viene de los hombres que la gloria que viene de Dios.
Querían el aplauso de su cultura. Querían la aprobación de su sociedad. Querían ser aceptados por su mundo.
Si hubieran confesado públicamente su fe en Cristo, los habrían expulsado de la sinagoga, el centro mismo de la vida religiosa y social de los judíos.
Como mínimo, los habrían rechazado y ridiculizado. Y en el peor de los casos, podrían haber terminado frente a un tribunal acusados también de blasfemia y amenazados de muerte.
¿Estaban dispuestos a arriesgar todo eso?
Juan escribe que “no lo confesaban”.
La gramática indica que, en realidad, se estaban alejando cada vez más de la idea de reconocer públicamente su fe en Cristo.[iii]
Juan nos da un detalle más personal acerca del secreto de José en el capítulo 19, versículo 38, donde escribe:
“José de Arimatea… era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos”. Juan 19:38
Y esto no es un detalle menor.
José se había convertido en un discípulo, en un seguidor de Cristo.
Evidentemente había escuchado las enseñanzas de Jesús. Había visto una y otra vez cómo los líderes religiosos intentaban hacerlo caer en alguna trampa, y siempre fracasaban.
Él sabía que la verdadera razón por la que el sumo sacerdote quería deshacerse de Jesús no tenía nada que ver con una acusación de blasfemia. Todo se trataba de envidia (Marcos 14:1).
Jesús le estaba quitando protagonismo al sumo sacerdote. Le estaba quitando popularidad. Estaba amenazando su seguridad y su posición.
José también sabía de la resurrección de Lázaro. Ese era un milagro imposible de negar. Algo que solamente Dios podía hacer. Y José sabía que el Sanedrín quería matar a Lázaro tan pronto como pudiera (Juan 12:10).
José se dio cuenta de que la Corte Suprema de Israel no solo quería ignorar la evidencia; quería destruir la evidencia.
Querían eliminar esos milagros y esas enseñanzas que servían como señales que confirmaban que Jesús era el Mesías.
Y con el tiempo, José llegó a la conclusión de que solo alguien con la autoridad de Dios podía enseñar de esa manera, sanar de esa manera y levantar muertos de esa manera. Él creyó que Jesús tenía que ser el Ungido, el Mesías prometido desde hacía tanto tiempo.
Finalmente, José tomó una decisión: Jesús tenía que ser el Mesías.
Pero ahora no podía dormir tranquilo.
¿Qué debía hacer?
¿Perder su posición? ¿Su reputación? ¿Su estatus? ¿Sus ingresos? ¿Su propia vida?
¿Debía presentarse públicamente y anunciar su fe en Cristo? ¿O seguir siendo un discípulo secreto hasta el día de su muerte?
Evidentemente decidió guardar silencio un poco más.
Pero esperó demasiado.
Porque ahora Jesús estaba muerto.
Así que no pases esto por alto: reconocer públicamente su fe en Cristo en este momento era aún más peligroso que antes.
Ahora parecía haber más evidencia que nunca de que Jesús era un falso Mesías, un blasfemo.
Después de todo, estaba muerto.
¿Y dónde estaban los seguidores más fieles y comprometidos del Señor, sus discípulos?
Ninguno de ellos apareció.
Juan escribe en el capítulo 20 que los discípulos estaban escondidos detrás de puertas cerradas “por miedo de los judíos”.
Es la misma frase que se usa para José.
Así que, si estamos dispuestos a justificar a Pedro, Andrés, Jacobo y Juan por esconderse, tampoco seamos tan duros con José.
Como uno de los miembros más importantes de la Corte Suprema de Israel, él tenía mucho más que perder que un grupo de pescadores.
Ahora, no solo vemos que José ocupaba una posición importante.
Quiero que notes, en segundo lugar, que: José vivía esperando el reino de Dios.
José vivía esperando el reino de Dios.
Observa la siguiente descripción que encontramos en Lucas 23:51:
“…esperaba el reino de Dios”.
Literalmente, José anhelaba la llegada de ese tiempo de renovación espiritual, arrepentimiento nacional y el gobierno del Ungido de Dios.
Lucas quiere que entendamos que José vivía con la expectativa de que Jesucristo cumpliría el papel del Mesías: derrotar a los gobernantes del mundo y establecer su reino en la tierra.
Como muchos judíos de su época, e incluso hasta el día de hoy, José no entendía la diferencia entre la primera venida del Mesías para sufrir y su segunda venida como Rey soberano.
Sin duda, José había planeado revelar algún día que era discípulo de Cristo, cuando Jesús estableciera el trono de David y su reino en la tierra.
Él estaba esperando ese momento.
Estaba anticipando el reinado de Dios sobre la tierra.
Quizás José se miraba al espejo cada mañana mientras se preparaba y se decía:
“Algún día, muy pronto, voy a hacer pública mi fe en Jesús. Voy a defenderlo. Voy a contar la verdad de lo que ocurrió en el Sanedrín. Voy a ser uno de los discípulos más fieles del Señor. Pero ahora no es el momento. Es demasiado peligroso. Voy a esperar que las cosas se calmen. Solo un poco más”.
Pero ahora todo cambió.
La cruz de Cristo se convirtió en una encrucijada para José.
Fue el momento de decidir entre un cristianismo secreto y un cristianismo valiente.
Para José, este fue el momento que definió su vida. El momento más noble que había vivido hasta entonces.
En otro programa mencioné a Lord Kenneth Clark, el famoso presentador de la serie documental de televisión llamada Civilización. Se transmitió por la BBC a finales de la década de 1960 y todavía se considera una de las producciones más influyentes acerca de la civilización occidental.
Clark veía la religión —especialmente el cristianismo— como algo que reprimía y limitaba la expresión personal.
También consideraba que la Reforma Protestante había sido destructiva.
Pero él cuenta que una vez, al visitar una catedral, experimentó lo que describió como una profunda sensación religiosa de gozo que parecía confirmar claramente la verdad del cristianismo.
Sin embargo, escribió que, si seguía ese camino, si permitía que esa experiencia lo afectara, tendría que cambiar muchas cosas en su vida.
Sus colegas, su familia y sus amigos podrían pensar que había perdido la cabeza.
Y entonces escribió estas tristes palabras:
“Estaba demasiado arraigado en este mundo como para cambiar de rumbo”.[iv]
Bueno, déjeme decirte algo: José está a punto de cambiar completamente el rumbo de su vida.
Sus amigos, sus colegas y toda su comunidad van a pensar que perdió la cabeza. Porque José va a romper su silencio. Ya no será un discípulo secreto. Sin importar el costo.
Volviendo a Lucas capítulo 23, leemos en el versículo 52:
“Este fue a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús. Y quitándolo, lo envolvió en una sábana, y lo puso en un sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no se había puesto a nadie” (Lucas 23:52-53).
Mientras los sacerdotes corrían para informar al sumo sacerdote y al Sanedrín que el velo del templo se había rasgado de arriba abajo, José estaba corriendo a ver al gobernador romano.
El evangelio de Marcos agrega que José “entró osadamente a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús” (Marcos 15:43).
José respiró profundo. Calculó el costo. Decidió aceptar las consecuencias. Y entonces hizo algo absolutamente impensable.
Para empezar, los romanos no solían conceder una sepultura honorable a los condenados a crucifixión.
Tácito, el historiador romano del primer siglo escribió que negar la sepultura se consideraba universalmente como una de las mayores humillaciones para una persona después de morir.
¿Por qué?
Porque significaba que el cuerpo quedaría colgado en la cruz hasta descomponerse, o sería devorado por animales salvajes y aves de rapiña.[v]
Un autor sugiere que el Gólgota —o el Calvario, literalmente “el lugar de la calavera”— se había ganado ese nombre por los huesos y cráneos que había de crucifixiones anteriores.[vi]
Pero Pilato aceptó la petición de José.
Y eso también fue la obra de Dios, moviendo el corazón de este gobernador para que se cumpliera la profecía.
Primero, Pilato se aseguró de que Jesús estuviera muerto.
Ordenó a sus soldados quebrar las piernas de los tres crucificados para acelerar su muerte. Esa era la práctica brutal de los romanos.
Golpeaban las piernas de la víctima hasta quebrarlas, y luego le quitaban cualquier apoyo que tuvieran para sostener su peso.
En algunas crucifixiones, los romanos usaban un pequeño soporte llamado sedile, un pequeño bloque de madera donde la víctima podía apoyarse, lo que podía prolongar su sufrimiento por varios días.
Pero, una vez que la persona perdía ese apoyo y con sus piernas quebradas, ya no podía levantarse para respirar correctamente y moría asfixiada.
Los soldados confirmaron que Jesús ya estaba muerto, así que no le quebraron las piernas. Pero de todas maneras tomaron una lanza y atravesaron su costado hasta llegar a su corazón para asegurarse.
Ahora, si los líderes judíos hubieran podido hacer lo que querían, habrían llevado el cuerpo de Jesús al cercano valle de Hinom.
Ese era un basurero donde el fuego quemaba constantemente la basura, incluyendo cuerpos abandonados y cadáveres de criminales.
De hecho, se lo conocía como el valle de las cenizas y el valle de los cadáveres.
No podemos imaginarnos el impacto que causó la noticia de que un miembro del Sanedrín estaba tomando el cuerpo de Jesús para sepultarlo con honor, dignidad y respeto en su propia tumba familiar.
Uno de ellos.
Uno de los miembros más importantes de la Corte Suprema de Israel acababa de declarar públicamente su fe en Jesús.
Cuando José bajó el cuerpo de Jesús de esa cruz, la noticia corrió por toda Jerusalén.
Cuando José colocó a Jesús en su propia tumba recién excavada en aquella colina de piedra caliza, su compromiso con Jesús quedó completamente claro.
Ya no era un secreto. Esta era noticia de primera plana. Los titulares en Jerusalén habrían dicho:
“Juez principal defiende a falso Mesías”.
“Traidor dentro de la Corte Suprema”.
Déjame decirte algo: para José ya no había vuelta atrás.
Su secreto quedó destruido por este acto público.
José no permitiría que trataran el cuerpo de Jesús como si fuera un criminal.
Quería darle la sepultura digna de un Rey.
John Phillips escribió que Dios el Padre usó a un hombre llamado José para proteger el nacimiento del Mesías; y ahora usa a otro hombre llamado José para proteger la sepultura del Mesías.[vii]
El domingo, Dios movería esa enorme piedra de la tumba de José. Pero no para dejar salir a Jesús. Sino para dejar entrar a las personas.
Todos sabrían exactamente de qué tumba estaban hablando: “Es la tumba de ese juez del Sanedrín. Él puso allí el cuerpo de Jesús. Todos sabemos dónde queda”.
Y el domingo de resurrección, cualquiera podría acercarse a la tumba familiar de José y comprobar con sus propios ojos que estaba vacía.
Pero no pases por alto lo que todo esto significó para José, para su esposa y para su familia. Y sabemos que tenía una familia porque estar casado era uno de los requisitos para formar parte del Sanedrín.
Desde ese momento, la vida de ellos nunca volvería a ser la misma.
Para empezar, al tocar un cuerpo muerto, José quedaba ceremonialmente impuro y perdía la oportunidad de participar de la celebración de la Pascua. Aunque sinceramente no estoy seguro de que eso le haya importado demasiado.
José entendía que la Pascua ahora apuntaba a una realidad mayor. Todas esas tradiciones eran una sombra que señalaba a Cristo, el verdadero Cordero de la Pascua. Y ahora Cristo era el centro de su adoración.
Pero ese no fue el único precio que tuvo que pagar.
Los líderes judíos ya habían dejado claro que expulsarían de la sinagoga a cualquiera que siguiera a Jesús (Juan 9:22).
Ese día de reposo, apenas unas horas después, José descubriría que él y su familia ya no eran bienvenidos.
Les cerrarían la puerta de la sinagoga. De manera permanente. Pública. Humillante.
La congregación los habría mirado. La gente habría comenzado a murmurar. Los niños habrían llorado al ver lo que estaba pasando.
El sumo sacerdote habría quitado a José de su puesto en la Corte Suprema de Israel. No sabemos qué amenazas recibió. La Biblia no nos lo dice.
Pero sí sabemos que había destruido su reputación y había perdido su lugar de honor en la comunidad.
A los ojos de los líderes religiosos y de la mayoría del pueblo, uno de los hombres más sabios y respetados de la nación acababa de defender a un falso Mesías. Un Mesías muerto. Un Mesías fracasado. Un Mesías que ahora ocupaba su propia tumba familiar.[viii]
La gente habría dicho: “¡Perdió la cabeza!”.
Oswald Chambers escribió: “Lo extraordinario de temer a Dios es que cuando temes a Dios, no temes a nada más; pero si no temes a Dios, terminarás temiendo a todo lo demás”.[ix]
Observaciones finales
Al observar la vida de un hombre como José, hay dos verdades que surgen de este cambio tan radical en su vida.
Y quizás son las mismas verdades que Dios quiere enseñarnos y plantar en nuestro corazón hoy.
Primero:
Los momentos difíciles e inesperados pueden abrir la puerta para compartir el evangelio.
Así que mantente atento y preparado.
- Puede ser una conversación con alguien mientras esperas en la sala de un hospital.
- Puede ser notar las lágrimas que un compañero de trabajo intenta esconder.
- Puede ser la persona sentada a tu lado en un avión o un autobús, que empieza a hablar de algún cambio inesperado que está enfrentando.
- Puede ser un vecino o un compañero de estudios que se abre y comparte contigo las dificultades que está viviendo.
Esos momentos difíciles pueden convertirse en puertas abiertas para levantarte con valor y con gracia apuntar a otros hacia la verdad de Cristo.
Segundo:
Tu silencio en el pasado no significa que no puedas defender la verdad en el presente.
Así que mantente dispuesto y preparado.
Podría parecer que José había esperado demasiado para identificarse con Jesús. Pero en la providencia de Dios, el tiempo fue perfecto.
Su tumba no solo serviría como evidencia de que Jesús realmente murió y fue sepultado. También se convertiría en el escenario que demostraría de manera innegable que Jesús había salido de allí, dejando los lienzos atrás.
Me imagino las filas de personas llegando para ver el lugar donde Jesús había estado.
Me imagino a José allí, repartiendo tratados del evangelio, hablando con la gente acerca de la realidad de la muerte y sepultura de Cristo.
“Yo mismo lo puse aquí”.
Pero no pierdas esto de vista: incluso antes de la resurrección, José ya era un hombre diferente.
Esa cruz, ese encuentro en el palacio de Pilato, esa tumba… lo cambió todo.
Pasó de mirar con cautela desde lejos a ponerse con valentía en primera línea.
Desde ese momento, todo en su vida cambió.
Conclusión
Aunque José desaparece de las páginas de la Biblia, una tradición antigua dice que más adelante trabajó junto con Felipe, el diácono y evangelista de la iglesia de Jerusalén.
Según esa tradición, José recibió preparación y con el tiempo fue enviado como misionero a la región que hoy conocemos como Inglaterra. Finalmente se habría establecido en Glastonbury, donde sirvió al Señor por el resto de su vida.[x]
Lo que sí sabemos es que la primera iglesia cristiana en Inglaterra se estableció en Glastonbury.
Y esa tradición conecta sus comienzos con el ministerio de José de Arimatea, este hombre noble que finalmente decidió levantarse y dar la cara por Cristo.
Nunca es demasiado tarde para tomar una posición por Jesús. Nunca es demasiado tarde para defender la verdad de quién es Él y lo que ha hecho por ti.
Al comenzar un nuevo día, mantengámonos atentos y dispuestos a imitar el ejemplo de José de Arimatea.
Quizás ha llegado el momento de dejar de esconder nuestra fe y empezar a mostrarla. De pasar del silencio al servicio. Y compartir abiertamente lo que Jesús significa para nosotros.
[i] Eugenia Scarvelis Constantinou, The Crucifixion of the King of Glory (Ancient Faith Publishing, 2021), p.
[ii] William Barclay, The Gospel of Luke (Westminster Publishing, 1975), p. 290
[iii] Fritz Rienecker & Cleon Rogers, Linguistic Key to the Greek New Testament (Regency, 1976), p. 249
[iv] Vernon Grounds, “Changed Lives Are Possible” Our Daily Bread (10-01-05).
[v] David E. Garland, Zondervan’s Exegetical Commentary on the New Testament, Luke (Zondervan, 2011), p. 939
[vi] William Barclay, The Gospel of Mark (Westminster Press, 1975) ,p. 366
[vii] John Phillips, Exploring the Gospel of Matthew (Loizeaux, 1999), p. 528
[viii] R. Kent Hughes, Mark: Volume Two (Crossway Books, 1989), p. 214
[ix] Oswald Chambers in The Highest Good, quoted in Christianity Today, Volume 39, no. 1
[x] Barclay, p. 290

















