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La sorprendente conversión de Nicodemo

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Acerca de esta lección

Nicodemo parecía tener todo lo necesario para estar cerca de Dios: conocimiento bíblico, influencia religiosa y una reputación admirable. Sin embargo, una conversación nocturna con Jesús reveló que todavía necesitaba comprender la verdad más importante. En esta lección descubriremos el trasfondo de este respetado líder judío y cómo Dios fue obrando en su corazón durante años. Veremos cómo las Escrituras, las palabras de Jesús y los acontecimientos de la cruz fueron preparando el momento en que Nicodemo dejó de seguir a Cristo en secreto para identificarse públicamente con Él. Una historia que nos recuerda que la gracia de Dios sigue transformando vidas de maneras sorprendentes.

Leer la lección

Introducción

Hoy llegamos a la lección número 129 de nuestro estudio del evangelio de Lucas. Estoy avanzando tan rápido como puedo.

Hace unos meses recibí un mensaje de una pareja que está esperando a su tercer hijo. Me escribieron para contarme que, en honor a todo lo que han aprendido y disfrutado durante nuestro estudio, decidieron ponerle a su hijo el nombre Lucas.

Su mensaje me recordó algo que pasó hace muchos años, cuando prediqué a través del libro de Romanos.

Una pareja de nuestra iglesia estaba esperando un hijo y me contaron que iban a ponerle por segundo nombre Román, en honor a ese estudio.

Pero la mamá me dijo al final: “Queremos tener más hijos, así que por favor… ¡no empiece a predicar el libro de Habacuc!”

Y hasta ahora no lo he hecho.

Pero qué hermoso legado, ¿no? Poder dejar grabado, incluso en el nombre de un hijo, algo relacionado con la Biblia, el evangelio y la Palabra de Dios.

Quizás tú eres el primer cristiano en tu familia. Es decir, llegaste a la fe en Cristo, aunque no creciste con padres creyentes. De hecho, quizás sorprendiste a tu familia y a tus amigos cuando entregaste tu vida a Cristo. Tal vez eras la última persona que ellos imaginaban interesándose por la Biblia o por Jesús.

Pero ahora puedes mirar hacia atrás y ver los distintos momentos, las diferentes circunstancias y las personas que Dios puso en tu vida; personas que vivieron el evangelio y que te compartieron las buenas noticias de la gracia de Dios. Y, para sorpresa de todos los que te conocían, terminaste convirtiéndote en un seguidor de Cristo.

Pienso en Rosaria Butterfield, quien fue profesora de inglés en la Universidad de Syracuse. Ella era una atea declarada y activista LGBT. Vivió durante años en una relación homosexual.

Un pastor y su esposa se mudaron al lado de su casa y, después de años de conversaciones y preguntas, ella puso su fe en Cristo.

Hoy es esposa de pastor, autora cristiana reconocida, madre y ahora abuela.

Ella sorprendió a todos cuando decidió identificarse públicamente con Jesucristo.

Si pudiéramos viajar unos 200 años al pasado y conocer a John Newton, habríamos conocido a un hombre con el corazón endurecido. Vulgar. Odiaba a Dios y se dedicaba al tráfico de esclavos.

Pero una tormenta en el mar casi le costó la vida y, por primera vez, comenzó a pensar seriamente en la muerte y el evangelio que su madre le había enseñado y que él había rechazado por tantos años.

Poco después puso su fe en Cristo como su Salvador y con el tiempo llegó a ser pastor y compositor de himnos.

Seguramente conoces las palabras que escribió en el himno más famoso de la historia de la iglesia:

“Sublime gracia del Señor,
que a un infeliz salvó;
fui ciego mas hoy miro yo,
perdido y Él me halló.”

Déjame decirte algo: La conversión de John Newton al cristianismo fue absolutamente sorprendente.

También pienso en John Wesley, quien era completamente opuesto a John Newton.

Wesley era un joven de excelente conducta moral, estudiante de la Universidad de Oxford. Poco después de llegar a la universidad, se unió a un grupo de jóvenes conocido como el “Club Santo”.

Ellos estaban decididos a vivir vidas santas y evitar el pecado a toda costa.

Llevaron cada disciplina cristiana al extremo:

  • Se levantaban temprano en la mañana para orar.
  • Ayunaban dos veces por semana.
  • Evitaban cualquier tipo de lujo.
  • Visitaban a los presos.
  • Alimentaban a los pobres y a los enfermos.
  • Enseñaban la Biblia a los huérfanos.
  • Nunca faltaban a la iglesia ni a la Cena del Señor.

Y al final de cada día se comprometían a examinarse a sí mismos con cuatro preguntas y escribir sus respuestas con total honestidad:

  1. ¿Deshonré a Dios hoy?
  2. ¿Actué de manera egoísta hoy?
  3. ¿Fui fiel en la oración hoy?
  4. ¿Leí mi Biblia hoy?

Y mucho de eso es digno de admirar. De hecho, nos confronta bastante.

¡Sería bueno que nosotros también nos hiciéramos esas cuatro preguntas al terminar cada día!

Sus disciplinas espirituales llegaron a ser motivo de burla entre los demás estudiantes de Oxford.

Les pusieron el apodo de “metodistas” por sus métodos tan disciplinados; por todos esos métodos religiosos que seguían para alcanzar la santidad.

Pero el problema para John Wesley era que estaba siguiendo todos esos métodos para ganarse el cielo; para ganar la aceptación de Dios y hacerse digno de Su perdón.

Incluso hizo lo que hoy llamaríamos un viaje misionero desde Inglaterra hacia las colonias de Norteamérica, pero poco tiempo después regresó a Inglaterra sintiéndose fracasado.

Llegó a reconocer su bancarrota espiritual. Sus esfuerzos humanos simplemente se habían quedado sin combustible. Pero había sido profundamente impactado por la fe sencilla de unos creyentes que conoció durante el viaje en barco.

Con el tiempo, Wesley fue salvo al poner su confianza solamente en Cristo. Y muchas personas se sorprendieron al descubrir que todavía no era cristiano.

Y hasta el día de hoy necesitamos explicar esa diferencia:

  • la diferencia entre religión y regeneración;
  • Entre sinceridad religiosa y salvación;
  • Entre confiar en tus propios méritos y confiar en la misericordia y la gracia de Dios.

Bueno, si pudiéramos viajar unos 2000 años al pasado, conoceríamos a un hombre muy parecido a John Wesley.

Un hombre apasionado por vivir en santidad y guardar todas las reglas religiosas.

Un hombre que cualquiera habría dado por sentado que tenía asegurada su entrada al reino de los cielos.

Ya conocimos a uno de sus amigos. Su nombre era José de Arimatea.

Volvamos a Lucas capítulo 23 y regresemos a esta escena en el monte Calvario. En unos momentos conoceremos al amigo de José.

Jesús acaba de morir en la cruz y leemos en el versículo 52 que José de Arimatea “…fue a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús.” Lucas 23:52

Sin esta petición, el cuerpo de Jesús probablemente habría terminado en una fosa común, o el basurero fuera de la ciudad como ocurría con muchos criminales ejecutados por Roma. 

Los romanos generalmente no permitían que las víctimas de crucifixión recibieran una sepultura honorable. Pero Dios obró en el corazón de este gobernante, y Pilato aceptó la petición de José.

Las telas de la sepultura

El versículo 53 nos dice:

“Y quitándolo, lo envolvió en una sábana, y lo puso en un sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no se había puesto a nadie.” Lucas 23:53

Ahora, si juntamos los relatos de los evangelios, descubrimos tres tipos de telas relacionadas con la sepultura de Jesús.

La sábana

La primera es la sábana mencionada aquí.

Sin duda, José y sus siervos —y quizás otras personas cuyos nombres no conocemos— usaron esta sábana para transportar el cuerpo de Jesús hasta la tumba.

Una vez allí, siguiendo la costumbre judía, habrían lavado rápidamente el cuerpo.

Puedes imaginar cómo estaba el cuerpo de Jesús después de la crucifixión: cubierto de tierra, sudor y sangre.

También habrían aplicado especias aromáticas sobre el cuerpo. Además, habrían esparcido especias dentro de la tumba y sobre la superficie donde iban a colocar al Señor.

Las vendas de lino

El segundo tipo de tela mencionado en los evangelios son las vendas de lino o lienzos.

Juan nos entrega más detalles en el capítulo 19, versículo 40:

“Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos.” Juan 19:40

Estas tiras de lino normalmente medían entre 20 y 30 centímetros de ancho.[i]

Las envolvían alrededor de cada extremidad del cuerpo, agregando una mezcla de especias entre las capas para mantenerlas en su lugar.[ii]

Al terminar, el cuerpo quedaba cubierto por una envoltura endurecida de lino, desde los hombros hasta los tobillos.[iii]

El sudario

La tercera tela mencionada es el sudario, que se colocaba alrededor del rostro y la cabeza, y luego se ataba debajo de la mandíbula para mantener la boca cerrada.

Este sudario no vuelve a mencionarse sino hasta después de la resurrección, en Juan capítulo 20, versículos 6 y 7, cuando Pedro y Juan entran en la tumba y ven:

“Los lienzos puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte.” Juan 20:6-7

Es casi como si Jesús hubiera ordenado el lugar antes de salir.

Pero no pases por alto esto: estos detalles son importantes porque Juan está dejando claro que Jesús recibió una sepultura honorable y normal para un hombre judío: vendas de lino, especias y un sudario.

La importancia de la muerte de Jesús

Era sumamente importante que hubiera un cuerpo colocado en una tumba.

¿Por qué? Porque no puede haber resurrección sin un cadáver.

No había ninguna duda de que Jesús estaba muerto.

Permíteme decirlo de esta manera: el plan de salvación no habría estado completo si Jesús simplemente hubiera sufrido en la cruz y derramado Su sangre.

Tenía que hacer todo eso… y además tenía que morir.

Porque la Biblia dice: “La paga del pecado es muerte.”

Pero entonces surge una pregunta: ¿por qué tenía que morir Jesús si Él nunca cometió pecado?

La respuesta es: Él murió en nuestro lugar para pagar la deuda de nuestro pecado.

Si la paga del pecado es muerte, entonces la única manera en que Jesús podía satisfacer completamente la demanda de la justicia santa de Dios era muriendo.[iv]

Un autor escribió: “No son simplemente Sus sufrimientos en la cruz los que nos salvan, sino la realidad fría y concreta de Su muerte física”.

Charles Spurgeon predicó acerca de este tema diciendo: “Si Jesús no murió, entonces no hizo expiación por el pecado. El pecado exige muerte. Y si Jesús no murió, entonces tampoco pudo resucitar de entre los muertos. Y como dijo el apóstol Pablo: ‘Si Cristo no resucitó, nuestra fe es vana y todavía estamos en nuestros pecados’”.[v]

Esta verdad es crucial para nuestra fe y por eso recibe muchos ataques. Existen muchísimos libros y teorías que afirman que Jesús no murió realmente.

Algunos dicen que simplemente cayó en un estado de coma y que después revivió en la humedad y el frío de la tumba con la ayuda de Sus discípulos.

Una mujer le escribió una vez a J. Vernon McGee, un conocido maestro de la Biblia que ya está con el Señor.

Ella le dijo: “Dr. McGee, mi pastor predicó el domingo pasado que Jesús realmente no murió, sino que simplemente se desmayó, y que tres días después Sus discípulos lograron reanimarlo”.

McGee le respondió: “Estimada señora, le recomiendo que consiga a alguien que azote a su pastor por lo menos cuarenta veces, que le coloque a la fuerza una corona de espinas en la cabeza, que lo clave de manos y pies a una cruz, que después le atraviese el costado con una lanza hasta llegar al corazón, que lo baje, lo envuelva firmemente con más de treinta kilos de especias, y lo deje tres días sin comida ni agua. Y después vea si logra reanimarlo”.

Jesús no se desmayó.

Jesús murió.

Y Su muerte sigue siendo una parte esencial de nuestro evangelio hasta el día de hoy. Jesús murió y enfrentó la ira de Dios en nuestro lugar.

Por eso el apóstol Pablo conecta estas verdades en Romanos capítulo 8:

“¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó…” Romanos 8:34

Así que Él, en verdad, murió.

Y Él, en verdad, resucitó de entre los muertos.

Querido oyente, nuestro evangelio —nuestra esperanza— incluye la muerte del Cordero de Pascua, nuestro Señor Jesucristo, quien murió para que, tal como Él prometió, todos los que creen en Él, aunque mueran, vivan.

Ahora, en este punto del relato, están lavando y preparando el cuerpo de Jesús para la sepultura.

El resto de Lucas capítulo 23 nos informa que un grupo de mujeres fieles permaneció allí hasta el final. Que Dios bendiga su fidelidad.[vi]

Lucas escribe que el día de reposo se acercaba, así que ellas debían esperar.

Juan capítulo 19, versículo 31, llama a este día un “gran día de reposo”. Como mencionamos en un estudio anterior, esto parece indicar que se trataba de un día de reposo adicional al sábado semanal habitual. Según esta cronología, aquel día especial habría ocurrido el viernes de ese año.

Y mientras la nación de Israel sacrificaba sus corderos de Pascua el jueves por la tarde, Jesús, nuestro Cordero de Pascua definitivo, estaba muriendo en la cruz aproximadamente a la misma hora.

De esta manera, Jesús permanecería en la tumba parte de tres días y tres noches, tal como Él había anunciado.

Estas mujeres observan cuidadosamente dónde colocan el cuerpo de Jesús y luego regresan rápidamente para preparar más especias aromáticas.

Lucas nos dice en el versículo 56 que planeaban volver después del día de reposo para ungir Su cuerpo.

Pero no avancemos demasiado. Estoy tratando de ir rápido… pero no tan rápido. Porque hay algo más que ocurre aquí junto a la tumba que merece nuestra atención.

Conociendo a Nicodemo

El Evangelio de Juan es el único que nos informa que otro creyente inesperado acaba de salir de las sombras.

Su nombre es Nicodemo.

Juan escribe en el capítulo 19, comenzando en el versículo 38:

“Después de todo esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos, rogó a Pilato que le permitiese llevarse el cuerpo de Jesús; y Pilato se lo concedió. Entonces vino, y se llevó el cuerpo de Jesús.

También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras.

Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos.” Juan 19:38-40

Ahora espera un momento.

¿Quién era Nicodemo?

¿Y cómo conocía a José de Arimatea?

Bueno, las pistas bíblicas nos muestran que ambos hombres formaban parte de la corte suprema de Israel. Los dos eran miembros del Sanedrín, el tribunal más alto de la nación judía.

Y estoy de acuerdo con Warren Wiersbe y otros estudiosos de la Biblia en que Nicodemo y José habían decidido salir juntos a la luz como seguidores de Jesús, su Mesías.[vii]

Ya no serían discípulos secretos. Ahora se convertirían en seguidores públicos de Jesús, su Mesías.

Pero piensa en esto.

Jesús fue arrestado a la medianoche. Lo llevaron apresuradamente por seis juicios injustos y luego lo clavaron en una cruz a las nueve de la mañana.

Seis horas después, a las tres de la tarde —solo quince horas después de Su arresto— Jesús estaba muerto.

Y estos hombres estaban preparados.

Estaban listos.

Algunos estudiosos sugieren que José había preparado esta tumba de antemano para Jesús; una tumba nueva.

Y ahora Nicodemo llega con más de treinta kilos de especias para la sepultura, algo que habría sido extremadamente difícil de conseguir en ese momento, cuando los comerciantes judíos estaban ocupados con los preparativos de la Pascua.

En otras palabras, estos hombres sabían que Jesús iba a morir.

Y estaban listos, esperando el momento.

¿Cómo lo sabían?

Mientras los discípulos estaban ocupados pensando en qué trono iban a ocupar y discutiendo sobre quién sería el mayor en el reino, estos dos hombres habían observado todo lo que estaba ocurriendo desde su posición privilegiada como líderes judíos.

Pero lo más importante es que Nicodemo ya había tenido un encuentro personal con Jesús tres años antes.

Juan capítulo 3 nos dice que Nicodemo era un fariseo que fue a ver a Jesús de noche.

En otras palabras, todavía no estaba listo para arriesgar su reputación. Él era un líder respetado en la nación de Israel.

Ahora, cuando pensamos en los fariseos, muchas veces imaginamos gente malvada, legalista y serias que nunca sonreía.

Pero la realidad es que eran algunos de los hombres más respetados de su nación; hombres de integridad, apasionados por obedecer la ley de Moisés.

Podríamos decir que ellos eran como miembros de aquel “Club Santo” de Wesley: dedicados completamente a vivir una vida de santidad.

La palabra “fariseo” simplemente significa “separado”.

Ellos trazaban sus raíces espirituales hasta hombres como el profeta Daniel, quien se negó a comer la comida del rey y beber su vino, porque estaban asociados con la adoración a los dioses de Babilonia.

Daniel decidió vivir una vida apartada para Dios en medio de una cultura pagana.

El problema fue que, unos 600 años después de Daniel, muchos fariseos simplemente se habían quedado siguiendo reglas externas.

Juan capítulo 3 también presenta a Nicodemo como “un principal entre los judíos”.

Esa descripción nos indica que Nicodemo no solo era miembro del Sanedrín, sino un líder respetado entre los mismos líderes.

Pero Nicodemo tenía preguntas.

Así que viene a Jesús de noche y, básicamente, le pregunta quién es realmente.

En otras palabras, le dice al Señor: “Solo el poder de Dios puede hacer las cosas que tú estás haciendo… entonces, ¿quién eres?”

Y a partir de allí, Jesús comienza a revelarle a Nicodemo que Él no es solamente el Hijo del Hombre —un título mesiánico— sino también el Hijo de Dios.

Jesús le dice en Juan 3:16:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

Y antes, en el versículo 7, Jesús le dice:

“Os es necesario nacer de nuevo”.

También podríamos traducirlo: “tienes que nacer de arriba”.

En otras palabras, Dios tiene que darte vida espiritual. Y cuando Él lo hace, por medio de la fe en Su Hijo, recibes vida eterna.

Eso significa que no entras al cielo por cumplir reglas; entras al cielo porque tienes una relación con el Hijo de Dios, quien da vida eterna.

Esta es una conversación impactante.

De hecho, en el versículo 10, Jesús le dice a Nicodemo:

“¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?”

Y la gramática del texto original nos deja ver que Jesús no está hablando de Nicodemo como un maestro cualquiera, sino como un maestro reconocido en Israel. Jesús está señalando que Nicodemo tenía una reputación destacada como maestro de la Palabra de Dios; era una de las voces más influyentes de la enseñanza religiosa en Israel. [viii]

El papel de los fariseos era enseñar las Escrituras al pueblo, una responsabilidad que en gran parte habían descuidado.

Y aquí, en Juan capítulo 3, Jesús reprende a Nicodemo por no entender las Escrituras del Antiguo Testamento.

Él se parece mucho a algunos predicadores y líderes religiosos de hoy. Saben mucho de religión y de tradiciones religiosas, pero conocen muy poco la Biblia.

Así que Jesús lo confronta, dando a entender que necesita volver a las Escrituras y estudiarlas otra vez.

Recuerda que esta conversación de Juan capítulo 3 ocurre al comienzo del ministerio de Jesús.

Y tres años después encontramos a Nicodemo esperando con más de treinta kilos de especias aromáticas, mientras José tiene una tumba preparada.

Muchos creen que José había preparado de antemano esa tumba nueva para colocar temporalmente el cuerpo de Jesús. Es como si ellos supieran lo que iba a pasar.

Warren Wiersbe escribió que estos hombres ya habían planeado cuidadosamente lo que iban a hacer. No pudieron haber empezado a prepararlo todo a medianoche, cuando arrestaron a Jesús, ni esa misma mañana cuando lo clavaron en la cruz.

Y estoy de acuerdo.

Podría estar equivocado, pero creo que ellos lo sabían desde meses antes.

Piénsalo.

A Jesús lo arrestan en el huerto de Getsemaní y quince horas después está muerto.

Y estos hombres están listos.

Tres años antes, Jesús básicamente le había dicho al principal maestro de Israel que necesitaba volver a estudiar las Escrituras con más cuidado.

Todo estaba allí.

Y aparentemente Nicodemo escuchó.

Durante esos años, siguió meditando una y otra vez en aquella conversación que había tenido con Jesús esa noche.

Una conversación donde:

  • Jesús se llamó a Sí mismo el Hijo del Hombre, un título relacionado con el Mesías prometido.
  • Jesús conectó ese título con Su identidad como el Hijo de Dios (versículos 16 al 18).
  • Jesús le dijo a Nicodemo en el versículo 14 que así como Moisés levantó la serpiente en el desierto y las personas que estaban muriendo por la mordida de las serpientes podían mirar hacia ella y vivir, de la misma manera levantarían al Hijo del Hombre, para que todo aquel que cree en Él tenga vida eterna. Esta era una referencia clara a que Jesús sería levantado en una cruz.
  • Jesús dijo que le estaba hablando a Nicodemo de cosas que Él mismo había visto en el cielo (versículo 11).
  • Nicodemo también escuchó a Jesús decir delante del Sanedrín que un día volvería sobre las nubes del cielo (Mateo 26:64).
  • Él moriría en una cruz, pero también resucitaría de entre los muertos.

Así que Nicodemo pasó los siguientes tres años estudiando las Escrituras.

Comenzó a conectar las profecías de Génesis, Zacarías, Isaías y los Salmos con lo que Jesús le había dicho aquella noche en Juan capítulo 3.

Que:

  • Jesús había descendido del cielo.
  • Jesús estaba dando testimonio de cosas que había visto y conocido en el cielo.
  • Jesús se presentó como el Hijo de Dios que vino del cielo.
  • Jesús se presentó como el Hijo del Hombre, el Mesías prometido.
  • Jesús dijo que sería levantado, una referencia a Su crucifixión.
  • El Salmo 22 describía la escena de la crucifixión.
  • Isaías 53 describía Su sufrimiento y el rechazo que recibiría de la nación.
  • El Salmo 16 indicaba que el Mesías volvería a vivir y que Su cuerpo no sufriría corrupción en la tumba.

Nicodemo conectó las piezas. Todo estaba allí: en el Antiguo Testamento y en las palabras de Jesús.

Así que aquí está, tres años después, junto a su amigo José. Está listo para revelar públicamente que es un seguidor del Mesías.

Déjame decirte algo: esta sí que es una conversión sorprendente. La conversión de un miembro de la corte suprema de Israel; uno de los maestros más reconocidos de las Escrituras del Antiguo Testamento. Ahora es un creyente en Cristo.

Conclusión

Termino con una ilustración de otra conversión sorprendente.

Frieda van Hessen fue una de las cantantes de ópera más reconocidas de Holanda.

Durante la invasión nazi, como ella era judía, tuvo que esconderse para sobrevivir. Tiempo después, alguien le dijo que debería convertirse al cristianismo por si algún día volvía a ocurrir algo en contra de los judíos.

Ese comentario la ofendió. Pero con el tiempo comenzó a conversar con otra mujer judía que se había convertido al cristianismo. 

Juntas comenzaron a estudiar los relatos de los evangelios: la vida de Jesús, Su crucifixión y Su resurrección. Pero Frieda discutía constantemente. Le decía a Elizabeth que todo eso no era más que cuentos inventados y que no se podía confiar en esos relatos.

Después de varias semanas de discusiones, decidieron reunirse una última vez. Durante esa conversación final, Elizabeth le pidió a Frieda que leyera solamente dos capítulos del Antiguo Testamento: el Salmo 22 e Isaías 53.

Tiempo después, Frieda escribió:

Pasaron seis días hasta que finalmente tuve un momento a solas y abrí la Biblia. Encontré el Salmo 22 y leí: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?’

Como cantante de ópera, recordé la famosa obra de Johann Sebastian Bach, La Pasión según San Mateo, donde el cantante que representa al Señor canta esas mismas palabras: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?’

Mi mente estaba tan cerrada que me dije a mí misma: ‘Qué interesante… el Salmo 22 le copió esto a Bach’.

Así que seguí leyendo para descubrir qué otras cosas le habían copiado a Bach.

Seguí leyendo hasta llegar al versículo 16: ‘Horadaron mis manos y mis pies’.

Quedé impactada y literalmente grité: ‘¡Eso es lo que le hicieron a Jesús!’

Yo sabía que los judíos ejecutaban a las personas apedreándolas, no crucificándolas.

La crucifixión era una forma de ejecución romana.

Entonces me di cuenta de que David había escrito este Salmo cientos de años antes de que la crucifixión siquiera existiera.

Después fui a Isaías 53 y entendí que estaba describiendo el rechazo, la crucifixión y la muerte de Jesús.

Leí:

‘Despreciado y desechado entre los hombres…’

‘Varón de dolores, experimentado en quebranto…’

‘Escondimos de Él el rostro…’

‘Herido fue por nuestras rebeliones.’

Y entonces comprendí: ‘Sí… también por mis pecados’.

Llamé a Elizabeth para contarle la buena noticia: Jesús ahora era mi Señor y mi Salvador.[ix]

Ella conectó las piezas.

Unió las pistas bíblicas que habían estado allí todo el tiempo.

Una conversión sorprendente, que ocurrió al reconocer que Jesús murió exactamente como Él había dicho.

¿Y qué de ti? ¿Qué otra evidencia necesitas para reconocer tu pecado y confiar solamente en Jesús? 

Nicodemo conectó las piezas. Frieda también las conectó. Y hoy Dios te está mostrando esas mismas verdades: Jesús murió en tu lugar, resucitó de la tumba y te invita a confiar solamente en Él para recibir vida eterna.

Las piezas están allí. La pregunta es si hoy pondrás tu fe en Aquel que dio Su vida por ti.


[i] Charles R. Swindoll, The Darkness and the Dawn (Word Publishing, 2001), p. 237

[ii] Adapted from William Hendriksen, John: Volume 2 (Baker Book House, 1953), p. 442

[iii] Swindoll, The Darkness and the Dawn, p. 237

[iv] Philip Graham Ryken, Luke: Volume 2 (P&R Publishing, 2009), p. 623

[v] Ryken, p. 621

[vi] Adapted from David E. Garland, Exegetical Commentary on the New Testament: Luke (Zondervan, 2011), p. 940

[vii] Warren W. Wiersbe, Be Transformed: John 13-21 (Victor Books, 1986), p. 116

[viii] Charles R. Swindoll, Insights in John (Zondervan, 2010), p. 67

[ix] Adapted from Matt Carter & Josh Wredberg, Exalting Jesus in John (B & H Publishing, 2017), p. 374

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