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La evidencia de la tumba vacía

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Acerca de esta lección

La tumba de Jesús estaba vacía, pero no completamente. Los lienzos permanecían en su lugar, como si el cuerpo simplemente hubiera desaparecido de su interior. Pedro observó la escena tratando de entenderla. Juan miró la misma evidencia y creyó, aun antes de encontrarse con Jesús vivo. ¿Qué vio que cambió su perspectiva? ¿Y por qué María Magdalena, rodeada de señales sobrenaturales, seguía convencida de que alguien había robado el cuerpo de su Señor? En esta lección, examinaremos las distintas reacciones ante la evidencia de la tumba vacía y veremos cómo la resurrección de Cristo puede llevarnos de la confusión a la fe, del dolor a la esperanza y del silencio a anunciar que Jesucristo vive.

Leer la lección

Introducción

Como crecí cerca de Williamsburg, Virginia, durante mi infancia visité muchas veces la zona histórica, construida originalmente en los 1800s. Con el tiempo, descubrí que gran parte de la zona es una réplica, una imitación de lo que alguna vez existió allí.

Recuerdo que, cuando era adolescente, hice un recorrido por una de las antiguas casas de la era colonial. Un sendero angosto nos guiaba por el interior, mientras unas cuerdas de terciopelo impedían el acceso a las habitaciones.

En cierto momento, nos detuvimos frente a una sala y un comedor llenos de hermosos muebles antiguos. Yo trataba de imaginar cómo habría sido sentarse en aquellas sillas y comer en ese comedor.

Así que le pregunté a la guía:

—¿Qué hay en esta casa que realmente pertenece a aquella época?

Ella señaló hacia la sala y me dijo:

—¿Ves la mesa y la silla que están junto a la ventana?

—Sí —le respondí—. ¡Vaya! Están en excelentes condiciones.

—No —me dijo—. Mira esa mesa.

—Ah, ¿esa mesa es original?

—No, la mesa no. ¿Ves la vela que está encima?

—Sí.

Entonces me dijo:

—El candelabro es lo único original que hay en toda la casa.

En ese momento quise que me devolvieran el dinero.

Ahora bien, si viajas unas dos horas hacia el oeste de la zona histórica de Williamsburg, puedes visitar Monticello, la residencia de Thomas Jefferson. Allí todavía se conservan muchas cosas originales. Varios de sus libros, sus muebles, el reloj que cuelga en el vestíbulo y hasta las astas que adornan la pared realmente le pertenecieron.

No tengo ningún problema con que se reconstruyan lugares históricos. Pero hay algo que es realmente trágico: uno de los objetos más reproducidos de aquella época es una versión alterada de los Evangelios.

No es una reproducción fiel. Ni siquiera intenta serlo.

Se la conoce como la Biblia de Jefferson, y tengo una copia aquí conmigo.

Cuando Thomas Jefferson tenía setenta y siete años, terminó un proyecto que había comenzado varios años antes. Tomó varios ejemplares de los Evangelios y recortó los pasajes que, según él, «tenían sentido». Después los pegó para crear su propio relato de la vida de Jesús.

Todo lo demás lo eliminó.

Jefferson rechazaba todo lo milagroso que aparece en los Evangelios. También negaba la divinidad de Cristo.

Por eso, su «Biblia», si es que aún la podemos llamar así, comienza en Lucas capítulo 2. Se salta por completo el capítulo 1, donde los ángeles anuncian el nacimiento milagroso de Jesús por medio de una virgen. El ángel lo llamó «el Hijo de Dios» (Lucas 1:35).

A lo largo de nuestro estudio del Evangelio de Lucas, hemos visto que gran parte de su contenido confirma la divinidad de Cristo y su poder milagroso. Así que Thomas Jefferson tuvo que recortar muchísimo del Evangelio de Lucas.

De los 1.151 versículos que contiene este Evangelio, Jefferson conservó solamente 70.

Él afirmaba ser cristiano y creer en un Dios creador. Sin embargo, en una carta a uno de sus amigos escribió que consideraba que Jesús simplemente era un hombre moral: «una víctima elocuente, bondadosa e inocente del Estado romano».

Y como Jefferson rechazaba todos los elementos milagrosos de los Evangelios, también rechazó el milagro más grande de todos: la resurrección de Jesucristo.

Por eso, la Biblia de Jefferson termina con estas palabras. Voy a leerlas de una copia que compré hace varios años durante una visita a Williamsburg:

«En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto había un sepulcro nuevo, en el cual aún no habían puesto a nadie. Allí pusieron a Jesús. Luego hicieron rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro y se fueron».[i]

Y se acabó.

Eso es todo.

Jesús está muerto y sepultado.

Fin de la historia para Jefferson.

Él murió seis años después de terminar su «Biblia». Y, a menos que haya cambiado de opinión en el último momento, pronto descubrió que el Dios creador era, en realidad, el Señor Jesucristo, que resucitó y vive por la eternidad.

Porque «en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra» (Colosenses 1:16).

El Hijo de Dios fue la voz, el Verbo, que habló y trajo la creación a la existencia.

Qué trágico descubrir esa verdad demasiado tarde.

Pero debo añadir algo más. Varias décadas después de la muerte de Jefferson, el gobierno de Estados Unidos decidió imprimir nueve mil copias de su Biblia. Y durante los siguientes ciento noventa años, hasta el año 2010, les entregaron gratuitamente una copia a los senadores que comenzaban su mandato.

Una Biblia que negaba la divinidad de Cristo y terminaba con Él dentro de una tumba.

No hay duda de que la divinidad y la resurrección de Cristo han estado entre los temas más debatidos de los últimos dos mil años.

Y esa es una de las razones por las que el Espíritu de Dios se aseguró de que los cuatro Evangelios, y todos los escritores del Nuevo Testamento, dejaran constancia de la resurrección de Jesucristo.

Dios Padre dispuso que al menos cinco personas llegaran a la tumba y recibieran el anuncio de los ángeles de que Jesús había resucitado. La resurrección no quedó sin testigos. Dios permitió que varias personas vieran la evidencia con sus propios ojos.

Así que regresemos a la tumba en el huerto en Lucas capítulo 24. Vamos a observar esa evidencia a través de los ojos de quienes estuvieron allí.

Las mujeres que encontraron la tumba vacía

En primer lugar, tenemos el testimonio de varias mujeres fieles.

Ya hablamos de ellas en nuestro estudio anterior, pero Lucas tiene cuidado de mencionar el nombre de algunas. Estas mujeres no tuvieron miedo de dar testimonio de lo ocurrido. De hecho, durante muchos años, la gente pudo preguntarles qué habían visto con sus propios ojos aquel día.

Lucas escribe en el versículo 10:

«Eran María Magdalena, y Juana, y María madre de Jacobo, y las demás con ellas, quienes dijeron estas cosas a los apóstoles. Mas a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían». Lucas 24:10-11

Ahora bien, si reunimos las pistas que nos ofrecen los Evangelios y organizamos cronológicamente los acontecimientos, notarás que todo comenzará a moverse con mucha rapidez.

Y así debería ser, porque acababan de recibir la asombrosa noticia de que la tumba estaba vacía.

  • Muy temprano por la mañana, María Magdalena y estas otras mujeres se dirigen a la tumba con las especias aromáticas que han preparado para ungir el cuerpo de Jesús.
  • Al parecer, María Magdalena se adelanta a las demás. Cuando llega, ve que la piedra ha sido removida y que la tumba está vacía. Entonces corre de regreso para avisarles a Pedro y a Juan.
  • Las otras mujeres llegan a la tumba. Ellas también ven que la piedra ha sido removida, pero entonces se les aparecen dos ángeles vestidos con ropas que brillan como relámpagos. Los ángeles les anuncian que Jesús ha resucitado.
  • Ellas corren para contárselo a los apóstoles, pero ellos no les creen.
  • Mientras tanto, María Magdalena ya ha hablado con Pedro y Juan, y los tres corren de regreso a la tumba.
  • Pedro y Juan corren más rápido que María, como veremos dentro de un momento. Después de inspeccionar la tumba, regresan a sus casas.
  • María llega después de que Pedro y Juan se han ido. Para cuando vuelve a la tumba, ya no hay nadie allí, y ella comienza a llorar desconsoladamente.[ii]

Ahora bajemos la velocidad para observar la escena con más detenimiento.

En Lucas capítulo 8, Lucas menciona a algunas de estas mujeres. Ellas viajaban con los discípulos y usaban su propio dinero para sostenerlos. Algunas eran familiares de los discípulos. Otras eran mujeres adineradas que pusieron sus recursos a disposición de Jesús para financiar sus viajes.

Aquí, en Lucas 24:10, Lucas menciona a Juana. Anteriormente, en el capítulo 8, nos había dicho que:

«Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes». Lucas 8:3

Este Herodes era Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande. Chuza ocupaba una posición importante en la corte del rey Herodes. Formaba parte del círculo cercano al poder político.[iii]

Esto les habría permitido dar un testimonio extraordinario en un ambiente secular y rodeado de personas con influencia política.

No conocemos todos los detalles, pero sí sabemos que Juana habría sido una discípula sorprendente. Tampoco sabemos si Chuza llegó a creer. Sin embargo, el hecho de que ella viajara con Jesús y usara su dinero para sostener su ministerio parece indicar que, por lo menos, su esposo cooperaba con ella.

En efecto, Lucas nos está diciendo que el evangelio de Cristo había llegado hasta los niveles más altos de la sociedad.

Chuza se encargaba de administrar los bienes de Herodes. En aquel mundo, ocupaba una posición parecida a la de Nehemías: era un hombre de confianza del rey y tenía acceso directo a él.

Chuza y Juana se relacionaban con las personas más poderosas e influyentes de su tiempo. Como seguidores de Cristo, habrían necesitado mucha diplomacia, sabiduría y también valentía.

Después de todo, Herodes no era amigo del evangelio.

Sin duda, con esto, Lucas quería animar a Teófilo, otro alto funcionario. La persona a quien Lucas dirige este Evangelio, como leemos en Lucas 1:3. Le estaba mostrando que él no era el único creyente entre los ricos y poderosos.

Era como si Lucas le dijera:

—Teófilo, hay otros discípulos en posiciones importantes. No estás solo.

Hasta el día de hoy, encontramos seguidores del Señor en lugares inesperados de poder e influencia.

Juana y su esposo se encontraban entre ellos. Ella habría sido una mujer culta, refinada, serena y sofisticada. Sabía muy bien cómo desenvolverse en el palacio.

Ahora, por si alguien se lo estaba preguntando, ser discípulo de Jesús no es un privilegio reservado para las personas cultas, talentosas o con conexiones influyentes.

María Magdalena era tan diferente de Juana como dos personas podrían serlo.

Hablaremos de ella dentro de un momento. Pero, si recuerdas, María había salido rápidamente de la tumba y había corrido para avisarles a Pedro y a Juan que estaba vacía.

Lucas solo menciona que Pedro fue a comprobar la historia de María. Sin embargo, el Evangelio de Juan nos dice que tanto Pedro como Juan corrieron hacia la tumba y examinaron la evidencia con sus propios ojos.

Enfoquémonos ahora en el relato detallado que nos presenta Juan.

El testimonio de Pedro y Juan

Estos dos hombres son los segundos testigos de la resurrección.

Juan escribe en el capítulo 20, comenzando en el versículo 1:

«El primer día de la semana, María Magdalena fue de mañana, siendo aún oscuro, al sepulcro; y vio quitada la piedra del sepulcro. Entonces corrió, y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto. Y salieron Pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró». Juan 20:1-5

Así se desarrolla la escena. Juan gana la carrera, pero solo se agacha para mirar dentro de la tumba.

Allí ve los lienzos. La palabra griega se refiere a mirar con curiosidad (παρακυψος). Juan quiere saber qué pasó. Está sorprendido por lo que ve.

Recuerda que María Magdalena simplemente les había dicho:

—Se han llevado al Señor del sepulcro.

Pero Juan ve los lienzos allí. La expresión «puestos allí» significa que estaban extendidos. También podríamos traducirla «no los habían movido».

Es decir, los lienzos todavía conservaban sus pliegues.

Piénsalo bien. Todavía se podía ver la forma del cuerpo del Señor. Todas aquellas capas de lino se habían endurecido durante el fin de semana, pero ahora no había ningún cuerpo dentro.

Un autor lo describe así:

«Los lienzos tenían la extraña apariencia de una envoltura vacía que todavía conservaba la forma de un cuerpo. Era como si el cuerpo hubiera desaparecido desde adentro, dejando intacta aquella especie de caparazón».[iv]

Mientras Juan está ahí, sin entender lo que ve, llega Pedro. Viene resoplando, tratando de recuperar el aliento y seguramente nada contento por haber llegado segundo.

Entonces pasa al lado de Juan y entra directamente a la tumba. El versículo 6 dice:

«Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte». Juan 20:6-7

La palabra que Juan usó antes para describir cómo miró la escena significa mirar con curiosidad.

Pero aquí usa otra palabra para describir cómo miró Pedro (θεορεω). Es una palabra que comunica la idea de analizar, considerar e intentar llegar a una conclusión.

En otras palabras, Pedro está tratando de entender qué ocurrió.

Ahora, ¿por qué los dos quedaron tan desconcertados?

Porque nunca habían visto algo así. Y nunca volverían a verlo.

La escena era impresionante.

Todos los lienzos estaban en el lugar donde habían puesto el cuerpo. Solo faltaba el cuerpo. Nadie había movido los lienzos. Todavía estaban en su lugar, quizás un poco hundidos en la parte del pecho.

Además, nada indicaba que alguien hubiera actuado con prisa. Se habían tomado el tiempo de doblar el sudario, esa tela separada que cubría el rostro.

En aquellos días, envolvían esa tela alrededor de la cabeza y la ataban debajo de la mandíbula para mantener la boca cerrada. Ahora estaba allí, bien doblada.

Nadie había robado ese cuerpo.

Unos ladrones de tumbas no se lo habían llevado.

El cuerpo sencillamente había desaparecido desde adentro.

Entonces Juan también entra. Al parecer, se abre paso y le pide a Pedro que le haga un poco de espacio.

El versículo 8 dice:

«Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro; y vio, y creyó». Juan 20:8

El verbo que Juan usa ahora para «ver» es otra palabra diferente (οραω). Esta significa ver con entendimiento, ver algo y quedar convencido por lo que has visto.

Juan todavía no entiende cómo sucedió ni en qué momento. Pero entiende lo suficiente para creer que Jesús está vivo.

La tumba no estaba completamente vacía. Había una evidencia ¡Los lienzos seguían allí! Juan vio, entendió lo que significaban, y creyó.

¿Y tú? ¿Cómo explicas lo que ocurrió? ¿Qué piensas hoy de la tumba de Cristo? ¿Qué harás con la evidencia que presentan los Evangelios? ¿Ya has creído?

Y, ten presente esto: si hoy eres discípulo de Cristo y das testimonio de la resurrección, no eres responsable de cómo responda la gente. Tu responsabilidad es dar a conocer el mensaje.

Y sabemos que el evangelio de Cristo tiene en sí mismo el poder de Dios.

Así que no te avergüences de anunciarlo, porque el evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree, como dice Romanos 1:16.

Ayer leí una noticia acerca de un grupo de estudiantes universitarios cristianos que pasaron toda la noche escribiendo con tiza en las calles y caminos de la universidad.

No era algo permanente. Lo escribieron con tiza, así que tarde o temprano la lluvia lo borraría. Pero durante algunos días, el mensaje estaría allí.

Estos estudiantes pasaron toda la noche escribiendo los veintiún capítulos del Evangelio de Juan en una vereda de la Universidad de Kentucky.

Usaron tizas de distintos colores y escribieron de manera creativa todo el relato del Evangelio: los 879 versículos.

Ocuparon más de tres kilómetros de acera.

Querían evangelizar a los estudiantes que tal vez se detuvieran a leer uno o dos pasajes, o quizás decidieran recorrer todo el camino.

Solo Dios sabe cómo usará esa verdad que ahora está a la vista de todos.

Pero déjame decirte algo: a Satanás no le gusta esto en lo más mínimo. Y no se va a quedar de brazos cruzados.

Él sabe que el evangelio de Cristo anuncia su derrota. Sabe que le queda poco tiempo y que ya perdió la batalla.

Por eso trabaja constantemente para engañar al mundo y distraer a quienes viven en oscuridad, para que no vean la luz del evangelio de Cristo.

Es como si dijera:

—Aquí tienen la Biblia de Jefferson. ¿Por qué no le dan una copia a cada senador que comienza su mandato durante los próximos ciento noventa años? Quizás eso los distraiga.

También pienso en un documento gnóstico del siglo segundo que encontraron en Egipto y que se conoce como el Evangelio de Judas.

Este documento ataca el carácter del Señor y cambia por completo el relato. Según esta versión, Jesús le da instrucciones secretas a Judas. Jesús quiere morir para escapar de su cuerpo físico y entrar en el mundo divino.

Judas es el único discípulo que entiende que Jesús es simplemente un hombre que quiere convertirse en un dios. Así que Judas lo ayuda.

Judas termina siendo el héroe de la historia, no el villano.

Durante mucho tiempo, casi nadie le prestó atención a este documento. Era evidente que se trataba de un ataque contra el cristianismo.

Pero déjame decirte que, en años recientes, todo el mundo comenzó a elogiarlo y a darle credibilidad: la National Geographic, las revista Time, periódicos académicos de arqueología, instituciones prestigiosas de distintos países.

Un medio tras otro comenzó a anunciar los supuestos descubrimientos, secretos y maravillosas enseñanzas del Evangelio de Judas.

Hace algún tiempo, un periódico (News & Observer) me pidió que diera mi opinión al respecto. Con gusto acepté.

Les respondí que quienes quieran creer en el Evangelio de Judas en lugar de los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan tienen todo el derecho de hacerlo. Pero ese derecho viene acompañado de un riesgo enorme.

Escribí lo siguiente:

«Si yo estoy equivocado, si Jesús fue solamente un hombre y Judas fue el héroe, no tengo nada que perder. Mi destino eterno no será distinto de lo que ya habría sido. Pero si quienes creen en el Evangelio de Judas están equivocados, tienen todo que perder. Lo que está en juego es el cielo o el infierno».

Por alguna razón, mi comentario no apareció en el periódico.

La evidencia no termina con los lienzos que Pedro y Juan encontraron dentro de la tumba.

Ahora llegamos al testimonio de María Magdalena. Ella no solo verá la tumba vacía. Ella será la primera en encontrarse con Jesús resucitado.

El testimonio de María Magdalena

Poco después de que Pedro y Juan salen de la tumba, María Magdalena finalmente llega. Viene tratando de recuperar el aliento.

Las otras mujeres ya llegaron y se fueron. Los soldados se fueron. El ángel ya no está sentado sobre la piedra. Pedro y Juan también se fueron.

Durante toda la mañana, la tumba había sido un ir y venir de gente. Pero ahora María cree que está sola.

Juan escribe en el capítulo 20:

«Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro». Juan 20:11

María está allí, llorando.

La palabra que Juan usa es la misma que aparece cuando la hermana de Lázaro salió corriendo para encontrarse con Jesús. Él había llegado demasiado tarde para ayudar a su hermano, o al menos eso pensaba ella.

María Magdalena también está llorando.

En realidad, el verbo significa que lloraba desconsoladamente.[v]

Siente un dolor que no puede contener.

Lucas nos presentó a María en el capítulo 8. Allí nos dijo que el Señor había expulsado de ella siete demonios.

María había crecido en Magdala, una aldea de pescadores a orillas del mar de Galilea, cerca de Capernaúm, donde Jesús pasó gran parte de su ministerio.

No sabemos cuánto tiempo estuvo bajo el control de esos demonios. Tampoco encontramos ninguna referencia a familiares o amigos.

La posesión demoníaca venía acompañada de trastornos físicos y emocionales. Piensa, por ejemplo, en aquel hombre endemoniado que Jesús liberó. Había perdido la razón y vivía entre las tumbas.

No sabemos cuándo Jesús conoció a María, qué edad tenía ni cómo la liberó. Pero sí sabemos que ella vivía sin esperanza y prácticamente no podía hacer nada para cambiar su situación.

Pero ahora Jesús la había perdonado. La había liberado de su pasado y la había invitado a unirse a este grupo de discípulos que viajaba con Él.

Lucas también nos dice que María Magdalena ayudaba de todas las maneras posibles, junto con las demás mujeres.

Lucas nos está enseñando que el evangelio de Cristo puede entrar en hogares donde uno no esperaría encontrarlo, como el mundo de Juana, rodeado de personas ricas y poderosas.

Pero también nos recuerda que el evangelio puede entrar en corazones donde nadie esperaría encontrar esperanza, como el de María.

Su vida nos enseña que un pasado oscuro no puede impedir que el poder de Dios le dé a una persona un futuro lleno de luz.

Sin embargo, en este momento, María vuelve a sentirse sin esperanza y sin ayuda. Está allí sollozando, lamentándose y llorando de dolor.

Juan escribe en el versículo 11:

«Y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Juan 20:11-13

Hay dos cosas que me llaman la atención.

Primero, en el versículo 2, María les dijo a los discípulos:

—Se han llevado al Señor del sepulcro.

Pero aquí les dice a los ángeles:

—Se han llevado a mi Señor.

Me encanta esa expresión.

¡Qué declaración de fe!

María no entendía lo que había ocurrido. Según ella, Jesús estaba muerto. Pero aun así, seguía siendo su Señor.[vi]

Lo segundo que me llama la atención es que está hablando con ángeles.

Juan nos dice que están sentados dentro de la tumba. Pero otros pasajes nos muestran que no llevan simplemente túnicas blancas como las de un coro. Estos ángeles brillan como relámpagos. De ellos sale la misma luz que poco antes había paralizado de miedo a los soldados romanos.

Y María ni siquiera parece darse cuenta de que está conversando con ángeles.

Es como Balaam, que comenzó a conversar con su asna. Si tu asna te habla, ¡eso debería ser una señal de que algo sobrenatural está pasando!

Estos ángeles que brillan como relámpagos están hablando con María, y ella solo quiere que le indiquen dónde está el cuerpo.

Los ángeles no le responden. Sin duda, es porque ven al Señor de pie detrás de ella.[vii]

Quizás María escuchó unos pasos o simplemente sintió que alguien estaba allí, porque Juan escribe en el versículo 14:

«Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús». Juan 20:14

Déjame decirte que Jesús se veía muy diferente de la última vez que María lo había visto colgado en la cruz.

O quizás sus lágrimas no la dejaban ver bien. Sea cual fuera la razón, ella piensa que es el encargado del huerto.

Pero entonces Jesús la llama por su nombre:

—María.

Ella reconoce su voz y lo llama Maestro.

Al parecer, María cae a sus pies. Es posible que se haya aferrado a Él con fuerza.

Jesús le dice que deje de aferrarse a Él. Hay trabajo que hacer.

Y le da esta tarea: ir y contarles a otros que ha visto algo milagroso.

Me parece interesante que, después de resucitar, Jesús no entró al tribunal del Sanedrín, la máxima autoridad religiosa de Israel, para llamar hipócritas a los se habían negado a ver la verdad.

Ya les había dicho que eran ciegos guiando a otros ciegos, como leemos en Mateo 15:14.

También les había dicho:

—Ustedes miran, pero no entienden lo que ven. (Mateo 13:13)

Jesús no tenía nada más que decirles.

Tampoco entró al palacio de Pilato para reprenderlo duramente por su cobardía política:

—¡Permitiste que condenaran a muerte a un hombre inocente!

No fue al centro de Jerusalén para gritar:

—Rechazaron al verdadero Mesías. Me crucificaron, pero he resucitado.

Tampoco hizo eso.

Y no lo hace hasta el día de hoy.

Jesús no se burla de quienes se burlan de Él.

Simplemente se encuentra con una mujer fiel a la que había rescatado de un pasado oscuro.

Una mujer que había estado poseída por demonios. Una mujer sin familia, sin dinero y sin contactos importantes. Una mujer cuyos pecados habían sido perdonados.

Jesús la llama por su nombre y le dice:

—Ve y cuéntaselo a los demás.

¿Quién mejor que ella para anunciar la noticia?

¿Quién mejor para contar que había visto la evidencia definitiva de la resurrección?

El Príncipe de Paz está vivo.

Y nosotros, como María, también somos testigos del perdón de Dios. Nuestras vidas son evidencia de que Cristo vive, que él sigue transformando vidas, y puede darnos un nuevo propósito. Él nos liberó del príncipe de las tinieblas.

Y ahora nos toca a nosotros ir también y anunciar a nuestro mundo que Jesucristo vive.


[i] Above quotes and material adapted from Thomas Jefferson, The Jefferson Bible (Beacon Press, reprint: 1989)

[ii] A detailed chronology is provided by John Phillips, Exploring the Gospel of John (Kregel, 1989), p. 376

[iii] David E. Garland, Exegetical Commentary on the New Testament: Luke (Zondervan, 2011), 342.

[iv] Charles R. Swindoll, Insights on Luke (Zondervan, 2012), p. 516

[v] Phillips, p. 377

[vi] J. Allen Blair, John: Devotional Studies on Living Eternally (Glad Tidings, 1992), p. 301

[vii] Ibid

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