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Acerca de esta lección

El domingo de resurrección, dos discípulos abandonan Jerusalén desanimados y regresan a Emaús, convencidos de que sus esperanzas habían muerto con Jesús. Durante el camino, un desconocido se une a ellos y comienza a explicarles lo que las Escrituras habían anunciado acerca del Mesías. Solo más tarde descubren que han estado caminando con el Señor resucitado. Stephen Davey examina este inolvidable encuentro y muestra por qué Jesús decidió afirmar su fe en la Palabra antes de permitir que lo reconocieran. Este mensaje nos enseña a interpretar nuestras pruebas a la luz de las Escrituras, encontrar a Cristo en sus páginas y conservar la esperanza cuando lo que vemos parece contradecir lo que Dios ha dicho.

Leer la lección

Introducción

Imagina que te arrestan por delitos que no cometiste. Te llevan a juicio ante un jurado. Y digamos que eres tan famoso, y el juicio recibe tanta atención de los medios, que todos terminan llamándolo “el juicio del siglo”.

Durante el juicio, los que te acusan destruyen tu carácter y manchan tu reputación. Después te declaran culpable. Te ejecutan de la manera más cruel posible. Luego entierran tu cuerpo en secreto, sin siquiera celebrar un funeral.

Pero entonces, milagrosamente, vuelves a la vida.

¿Qué harías?

Me imagino que convocarías una conferencia de prensa. Te asegurarías de limpiar tu nombre. Y probablemente también demandarías a alguien.

Pero mientras hemos estudiado los acontecimientos de aquel domingo de resurrección, cuando Jesús se levantó de los muertos, no encontramos ninguna conferencia de prensa. No hay represalias. Nadie termina demandado.

En cambio, Jesús sigue mostrando humildad y gracia.

En lugar de presentarse ante el tribunal supremo de Israel, compuesto por los estudiosos y líderes religiosos más importantes de su época, Jesús se aparece ante una mujer que había estado poseída por demonios y que había creído en Él.

En lugar de aparecer ante el sumo sacerdote y obligarlo a responder por la injusticia que había cometido, Jesús se aparece ante un grupo de mujeres. Ellas habían ido temprano a la tumba para ungir su cuerpo para la sepultura.

De hecho, antes de aparecer ante sus discípulos originales —que ahora eran once—, los hombres que llegarían a ser los líderes de la iglesia primitiva, Jesús se aparece ante dos discípulos comunes y corrientes. Ellos formaban parte del grupo más amplio de sus seguidores.

Eran tan comunes que ni siquiera conocemos el nombre de uno de ellos. Y el otro hombre nunca vuelve a aparecer en las Escrituras. Tampoco volvemos a saber nada de él en ningún otro registro histórico.

Y, aun así, en su Evangelio, Lucas dedica más tiempo a este encuentro que a cualquier otra aparición de Jesús después de la resurrección.

Y hay buenas razones por las que el Espíritu de Dios inspiró a Lucas a hacerlo.

Te invito a abrir tu Biblia en Lucas, capítulo 24. Allí encontramos a dos discípulos que van por el camino desde Jerusalén hasta su pequeña aldea, llamada Emaús.

Permíteme dividir este encuentro maravilloso en cuatro escenas.

Tirando la toalla

En Lucas 24:13 leemos:

Y he aquí, dos de ellos iban el mismo día a una aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios de Jerusalén. E iban hablando entre sí de todas aquellas cosas que habían acontecido. (Lucas 24:13-14)

Aquel mismo día, estos dos discípulos regresaban a su casa en Emaús.

¿qué día era ese?

Era domingo. El día de la resurrección.

Por lo que dicen en su conversación, queda claro que están regresando a la vida que conocían antes de seguir a Jesús. Francamente, se habían dado por vencidos.

Habían dejado su hogar en Emaús para seguir a Jesús, su Mesías. Pero ahora regresaban a casa. Para ellos, lo de Jesús no había resultado. Él no había sido quien esperaban. Así que habían empacado sus cosas. Habían tirado sus apuntes de estudio. Habían botado sus folletos que anunciaban: “Jesús es el Mesías”. Ahora creían que se habían equivocado por completo.

Y allí iban, de regreso a casa. Desanimados. Desilusionados. Incluso desesperanzados.

Tres años de su vida se habían ido por el desagüe.

Sus sueños se habían hecho pedazos. Y lo único que sus planes les habían dejado era dolor y sufrimiento.

¡La cruz había acabado con su esperanza!

La primera escena es una escena de desesperanza. Y también está llena de confusión.

Lucas escribe que, mientras caminaban, iban conversando entre ellos. El verbo que Lucas usa para “conversar” describe a dos personas que intercambian ideas. Estaban tratando de entender lo que había pasado.[i]

Los dos llevan una conversación bastante intensa acerca de todo lo que había sucedido aquel fin de semana.

Sí, habían escuchado rumores de que Jesús había resucitado. Pero los hechos —al menos los hechos que ellos habían visto con sus propios ojos— eran que Jesús había muerto en aquella cruz.

Estaba muerto. Todo había terminado.

Pero prepárate para lo que viene.

Lucas escribe en el versículo 15:

Sucedió que mientras hablaban y discutían entre sí, Jesús mismo se acercó, y caminaba con ellos. Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen. Lucas 24:15-16

Esto me encanta.

Aquí están ellos, hablando de lo desilusionados que se sienten con Jesús, mientras Jesús mismo se acerca por detrás.

Y no pases esto por alto: Jesús se aparece ante estos discípulos, no porque hayan permanecido fieles, sino porque han perdido la esperanza.

A veces, pensamos que Jesús anima a los fieles, a los perseverantes y a los valientes. Pensamos que esas son las personas que reciben su atención.

Pero escucha lo que dice Isaías:

“¿Acaso no lo has sabido? ¿Acaso no lo has oído? El Dios eterno, el Señor, el Creador de los confines de la tierra… da fuerzas al cansado”. Isaías 40:28, paráfrasis

Mira lo que sucede aquí.

Jesús se une a dos discípulos cansados que ya habían tirado la toalla.

Y el texto da a entender que Jesús simplemente se acercó por detrás y comenzó a caminar junto a ellos.

Lucas escribe en el versículo 16 que sus ojos no podían reconocerlo.

Aquí tenemos lo que se conoce como una voz pasiva divina. En otras palabras, Dios hizo que esto sucediera. Ellos no reconocieron al Señor porque el Señor no quería que lo reconocieran todavía.

Jesús estaba a punto de hacer por ellos lo mismo que hace por ti y por mí. Iba a afirmar su fe, no sobre lo que habían visto, sino sobre lo que Dios había dicho.

Así que, antes de que reconocieran a la Palabra viva, Jesús iba a recordarles la Palabra escrita.

Imagínate la escena.

Jesús se acerca por detrás y, tal vez, les pregunta:

—Oigan, ¿les molesta si camino con ustedes?

Y ellos responden:

—No hay problema. Pero no interrumpas nuestra conversación. Estamos hablando de cosas muy importantes.

El lenguaje indica que llevaban una conversación bastante acalorada. Era evidente que estaban muy afectados.

Entonces Jesús interviene tranquilamente y les pregunta en el versículo 17:

—¿De qué vienen hablando mientras caminan?

Podríamos expresar su pregunta de esta manera:

—¿De qué están hablando? ¿Qué ha sucedido para que ustedes dos estén tan angustiados?

Y entonces Lucas escribe que se detuvieron con el semblante triste.

Literalmente, se quedaron completamente quietos. ¡Se detuvieron en seco! Tenían el rostro caído. Estaban llenos de tristeza.

Finalmente, después de un momento de silencio, el discípulo llamado Cleofas le responde a Jesús. Y probablemente lo hace con cierto sarcasmo. Leemos en el versículo 18:

¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no has sabido las cosas que en ella han acontecido en estos días? Lucas 24:18

¿Eres tú el único?

La expresión en el idioma original comunica algo como:

—¿Vives solo?

—¿Estas aislado de todos?

—¿No sabes lo que está pasando?

Lo irónico es que ellos eran quienes no sabían lo que estaba pasando.

¡Jesús sí lo sabía!

Pero Cleofas —quien seguramente pasaría una vergüenza enorme cuando más adelante leyera este relato— prácticamente le pregunta a Jesús:

—¿Es que vives solo?

Es como si le dijera:

—¿Nunca sales de tu casa?

Jesús podría haberle respondido:

—¡Sí! Salí esta misma mañana, hace apenas unas horas. Y dejé la puerta abierta para que fueras a comprobarlo.

Pobre Cleofas.

Está hablando nada menos que con el Señor resucitado. Y vuelve a preguntarle:

—¿Eres tú el único visitante en Jerusalén que no sabe lo que ha sucedido?

En otras palabras:

—¿No sabes todo lo que ha pasado? ¿Has estado escondido en una cueva?

Ah, todas las cosas que Jesús podría haberle respondido a Cleofas.

Esto es demasiado bueno para dejarlo pasar.

Pero algo que me llama la atención es que Jesús se niega a responder al sarcasmo con más sarcasmo.

¿Notas su bondad?

Simplemente pregunta en el versículo 19:

—¿Qué cosas?

Con mucha gracia, Jesús les permite explicar las conclusiones a las que han llegado por lo que vieron. Les permite contar cómo han interpretado aquellos acontecimientos tan dramáticos.

En otras palabras, Jesús les pregunta:

—¿Por qué no me cuentan lo que pasó?

¡Y vaya si se lo cuentan!

Durante los siguientes seis versículos, le cuentan todos los detalles de lo que paso.

Leemos en el versículo 19:

De Jesús nazareno, que fue varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo; y cómo le entregaron los principales sacerdotes y nuestros gobernantes a sentencia de muerte, y le crucificaron. Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel; y ahora, además de todo esto, hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido. Aunque también nos han asombrado unas mujeres de entre nosotros, las que antes del día fueron al sepulcro; y como no hallaron su cuerpo, vinieron diciendo que también habían visto visión de ángeles, quienes dijeron que él vive. Y fueron algunos de los nuestros al sepulcro, y hallaron así como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron. Lucas 24:19-24

Escucha bien: todo gira alrededor de lo que ellos pueden ver.

Pero nota lo siguiente. En esta aparición después de la resurrección, Jesús comienza a edificar la fe de sus discípulos sobre lo que dice su Palabra.

Por eso, más adelante, Jesús le dirá a Tomás:

“Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron”. Juan 20:29

¡Ese eres tú! La recompensa que te espera es mayor. El reconocimiento que recibes también es mayor.

Porque cuando tu caminar con Dios te lleva por el valle, cuando lo que experimentas te derriba y cuando las cosas que ves a tu alrededor llenan tu visión de desesperanza, tú sigues creyendo que Él no te ha abandonado.

La aguja de la brújula de tu fe permanece fija en el norte: tu confianza en Cristo.

Aquí está el problema. Incluso para estos discípulos que van camino a Emaús, lo que ven —o lo que no ven— ha comenzado a engañarlos.

En el discurso que le dan a Jesús aparecen varios errores. Algunas de sus conclusiones están equivocadas y otras están incompletas:

  • En el versículo 19 dicen que Jesús era solamente un profeta, poderoso en palabras y hechos. Eso no era correcto. Él era mucho más que un profeta.
  • En el versículo 20 dicen que Jesús fue una víctima del Sanedrín. Así parecía. Pero Jesús había dicho varias veces que su sufrimiento y su muerte formaban parte de su plan. 
  • En el versículo 22 dicen que algunas mujeres habían visto visiones de ángeles. No habían sido visiones. ¡Eran ángeles de verdad!
  • En el versículo 23 dicen que el cuerpo de Jesús había desaparecido. No había desaparecido.
  • En el versículo 24 dicen que nadie había visto vivo a Jesús.

Jesús podría haberles dicho:

—¡Lo están mirando! ¡Tarán!

Eso está en el griego. Broma.

Este habría sido el momento perfecto para que el Señor les revelara quién era.

Pero todavía no.

¿Por qué no?

Porque quería que la fe de ellos —y también la tuya y la mía hasta el día de hoy— estuviera anclada, no en lo que vemos, sino en las Escrituras.

Tal vez pienses que Jesús ahora les respondería diciendo algo como:

—Lamento mucho que estén tan desanimados que hayan decidido darse por vencidos y regresar a casa. Entiendo lo devastados que se sienten. Entiendo lo aplastante que debe haber sido todo esto para ustedes.[ii]

Pero Jesús no les responde de esa manera. En el versículo 25 les dice:

Entonces él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Lucas 24:25-26

¿No habían hablado los profetas acerca del Siervo sufriente que cargaría con nuestras iniquidades?

Cleofas había dicho que Jesús era un profeta de Dios. Pues bien, ¿acaso Jesús no había profetizado una y otra vez que sufriría y que resucitaría al tercer día?

Y no pases esto por alto: estos hombres se están dando por vencidos precisamente al tercer día.

¡Si había un día para quedarse en Jerusalén, era ese!

Así que Jesús los reprende por no creer en la Palabra de Dios.

Ahora bien, esto no le quita importancia al sufrimiento, a la angustia, a las pruebas ni a la devastación. Jesús no les está diciendo que deberían estar felices. Les está diciendo que deben pensar bíblicamente.

¿Qué ha dicho Dios?

Y con eso comienza la segunda escena.

Recorriendo el Antiguo Testamento

Esta clase intensiva durará unas tres horas, mientras recorren los once kilómetros que separan Jerusalén de Emaús.

Leemos en el versículo 27:

Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían. Lucas 24:27

También podríamos expresarlo de esta manera:

“Jesús les explicó quién era Él a partir de todas las Escrituras del Antiguo Testamento”.

En otras palabras, Jesús recorrió los libros de las Escrituras y les mostró cómo cada uno de ellos apuntaba hacia Él.

Y ellos todavía no saben que es Jesús quien les está dando esta clase. No tienen idea de que la Palabra viva les está explicando la Palabra escrita.

Imagina esto: el cumplimiento de las Escrituras les está explicando las profecías de las Escrituras.

Ahora bien, nada de lo que Jesús dijo durante aquel sermón de tres horas quedó registrado para nosotros. Este es el sermón más extraordinario que jamás fue grabado. Pero, a decir verdad, no necesitamos escuchar ese sermón, porque tenemos el manuscrito que Jesús utilizó.

¿Te imaginas todo lo que pudieron escuchar mientras Jesús recorría cada libro del Antiguo Testamento que apuntaba hacia Él?

No se nos dice. Pero al imaginarme caminando en sus sandalias por el camino a Emaús, tal vez esto fue parte de lo que escucharon:

En Génesis, Él es la simiente prometida de la mujer que aplastará la cabeza de la serpiente.

En Éxodo, Él es el Cordero de la Pascua que libera a su pueblo. Él es el pan del cielo y el agua que brota de la roca.

En Levítico, Él es:

  • El altar de bronce: el sacrificio que expía nuestros pecados.
  • La fuente de bronce: quien nos limpia cada día.
  • El pan: quien alimenta nuestras almas.
  • El candelabro de oro: la Luz del mundo que brillará para siempre.
  • El altar del incienso: quien intercede a nuestro favor.
  • El velo: porque por medio de su cuerpo tenemos acceso a la presencia de Dios.
  • El arca del pacto: el lugar donde Dios toca la tierra.
  • Y Él es el Lugar Santísimo: porque en Él habita toda la plenitud de la Deidad.

En Números, Él es el gran Sumo Sacerdote que jamás fallará.

En Deuteronomio, Él es la ciudad de refugio adonde los culpables pueden correr en busca de protección.

En Josué, Él es el vencedor sobre todos nuestros enemigos.

En Jueces, Él es quien restaura con paciencia a su pueblo cuando se extravía.

En Rut, Él es el Redentor que gana para sí una esposa y la lleva de la pobreza a formar parte de un linaje real.

En Primero y Segundo de Samuel, Él es el Nombre del Señor, aquel en cuya fuerza caen los gigantes.

En Reyes y Crónicas, Cristo es el Rey que está por encima de todos los reinos de la tierra.

En Esdras, Cristo es quien cumple las promesas divinas de liberar a su pueblo.

En Nehemías, Él es quien reconstruye vidas destrozadas y corazones quebrantados.

En Ester, Él se mueve detrás de las escenas de la historia humana. Es invisible, pero invencible. Guarda silencio, pero sigue siendo soberano.

En Job, Él es el Señor del misterio. No siempre explica lo que sucede en la vida, pero nos revela que tiene el control de ella.

En los Salmos, Él es la roca de refugio, el Pastor de sus ovejas, el Salvador crucificado y el Rey que viene.

En Proverbios, Él es la sabiduría eterna para todos los que estén dispuestos a escuchar.

En Eclesiastés, Él es la satisfacción eterna que supera todo deseo terrenal. Él es aquel a quien debemos recordar en los días de nuestra juventud.

En Cantares, Él es el Esposo que no se detendrá hasta tener a su esposa segura entre sus brazos.

En Isaías, Él es Emanuel, el Salvador sufriente y el Príncipe de Paz.

En Jeremías, Él es el autor de un nuevo pacto escrito en el corazón de su pueblo.

En Lamentaciones, Él es el Padre que disciplina a los hijos que ama.

En Ezequiel, Él es el poder que sopla vida sobre los huesos secos y hace que lo muerto vuelva a vivir.

En Daniel, Cristo es la piedra angular que llenará la tierra con su gloria.

En Oseas, Él es el Esposo fiel de una esposa infiel.

En Joel, Él es la inspiración de su pueblo, quien derrama su Espíritu sobre los redimidos.

En Amós, Él es el Juez justo que establecerá un reino de justicia.

En Abdías, Él es el Salvador que subirá al monte Sion y establecerá su reino.

En Jonás, Él es el cumplimiento de la experiencia del profeta, porque después de tres días y tres noches se levanta con el poder de la resurrección.

En Miqueas, Él es el Prometido que vendrá de Belén y arrojará nuestros pecados a lo profundo del mar.

En Nahúm, Él es el refugio seguro para todos los que corren hacia Él.

En Habacuc, Cristo es quien nos invita a vivir por fe y caminar sobre las alturas.

En Sofonías, Él es el Rey que se alegra sobre nosotros con cánticos que algún día podremos escuchar.

En Hageo, Él es el Señor victorioso que lleva a su pueblo escogido como joyas en los dedos de su mano omnipotente.

En Zacarías, Él es el Salvador traspasado que descenderá sobre el monte de los Olivos para establecer su reino.

Y en Malaquías, Él es el Refinador divino que purifica a su pueblo escogido como se purifican la plata y el oro. Y quienes creen en Él un día se levantarán y vivirán con Él para siempre.

La verdad es que nosotros queremos una solución inmediata para nuestra tristeza, nuestros problemas o nuestra desesperación. Pero Jesús quería darles algo más que una solución inmediata. Quería que lo conocieran a Él.[iii]

Queremos una solución rápida. Pero Jesús quiere que lo encontremos a Él en las Escrituras.

Jesús podría haberles dicho varias horas antes:

—Oigan, ¡soy yo!

Pero no lo hizo.

En cambio, quiso mostrarles quién era Él por medio de lo que la Palabra de Dios ya había dicho.

Y ahora llegamos a la tercera escena.

Reconociendo a Jesús

Leemos en el versículo 28:

“Llegaron a la aldea adonde iban, y él hizo como que iba más lejos. Mas ellos le obligaron a quedarse, diciendo: Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado. Entró, pues, a quedarse con ellos. Y aconteció que estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista”. Lucas 24:28-31

La expresión que Lucas usa cuando dice que se les abrieron los ojos y lo reconocieron significa mucho más que reconocer sus rasgos físicos y decir:

—Oigan, ¡era Jesús!

Significa que finalmente ataron cabos. Comprendieron todos los pasajes bíblicos que Jesús les había mostrado durante el camino a casa. Entendieron que Él era el Mesías, el Siervo sufriente, el Hijo de Dios y el Rey que viene.[iv]

Y en ese momento, el Señor desapareció.

No cabe duda de que el Señor asumió el papel de anfitrión durante la cena y partió el pan con un propósito.

Al mismo tiempo que el Señor quitó el velo de sus ojos, ellos finalmente habrían visto las marcas de los clavos en sus manos.

No pases esto por alto. Jesús les mostró sus manos al final porque primero quería mostrarles las Escrituras.

Escucha lo que estos dos hombres dicen en el versículo 32:

“Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” Lucas 24:32

Tu corazón también puede arder hoy. Pero no por lo que ves a tu alrededor, sino por lo que Dios te ha dicho.

La pregunta no es:

—¿Qué necesitas ver para creer?

La pregunta es:

—¿Qué dice la Biblia para que creas?

El apóstol Pablo escribió:

“Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza”. Romanos 15:4.

Estos discípulos habían perdido la esperanza. Regresaban a Emaús.

¿Y sabes adónde los llevaba ese camino? Los alejaba de la esperanza.

¡Iban en la dirección equivocada! 

¿En qué camino estás tú hoy?

Aquí están las buenas noticias: Jesús sabe dónde estás. Sabe dónde estás físicamente. Sabe dónde estás espiritualmente. Y también sabe cómo estás emocionalmente.

¡Él conoce el camino que estás recorriendo!

¿Has perdido la esperanza? Regresa a las Escrituras. Ellas siempre terminan señalándote a su Autor.

¿Necesitas volver a ver a Jesús con claridad? Regresa a las Escrituras. Abre tu mente y tu corazón a la Palabra de Dios.

Y con esto llegamos a la cuarta escena.

Volviendo al camino correcto

La buena noticia es que estos dos discípulos ahora van en la dirección correcta.

La Biblia dice en el versículo 33:

“Y levantándose en la misma hora, volvieron a Jerusalén”. Lucas 24:33.

No ven la hora de contarles la noticia a los demás discípulos.

No pases por alto la progresión. Este debe ser también nuestro modelo hoy.

Jesús los impactó y los animó en este orden:

  • Primero, abrió sus mentes.
  • Después, abrió sus ojos.
  • Y entonces, ¡abrió sus bocas!

Jesús nunca quiso que nos guardáramos la noticia de su resurrección.

Así que allí van otra vez por el camino. Pero esta vez avanzan en la dirección correcta. Están regresando a la esperanza, al propósito, a la obediencia y a la confianza.

Nunca volverán a ser los mismos.

Su fe ya no descansa en lo que pueden ver ni en lo que están viviendo. Ahora descansa en lo que Jesús les explicó por medio de las Escrituras.

Y esa es también la invitación para ti.

No construyas tu fe sobre lo que ves a tu alrededor. Aférrate a lo que Dios ha dicho.

Regresa a las Escrituras. Abre tu mente y tu corazón. Y allí volverás a encontrarte con Cristo: el Salvador crucificado, el Señor resucitado y el Rey que viene.

Sola Scriptura.

Solo las Escrituras.

Porque desde el principio hasta el final, las Escrituras nos llevan al Señor Jesucristo y la maravillosa esperanza que solo se encuentra en Él.


[i] Bruce B. Barton, Life Application Bible Commentary: Luke (Tyndale, 1997), p. 559

[ii] Adaptado de Dale Ralph Davis, Luke: The Year of the Lord’s Favor (Christian Focus, 2021), p. 227.

[iii] Adaptado de Davis, p. 229.

[iv] Charles R. Swindoll, Insights on Luke (Zondervan, 2012), p. 523.

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