Introducción
Si Jesús visitara hoy tu casa y se apareciera especialmente después del almuerzo, ¿cómo crees que sería ese encuentro?
Probablemente te gustaría que te avisaran con tiempo, aunque fuera para barrer o pasar la aspiradora antes de que llegara.
¿Qué crees que te diría?
Personalmente, creo que la mayoría esperaríamos que nos reprochara algo. Y no precisamente la limpieza de la casa.
Podemos imaginarnos a Jesús diciendo: “¿Por qué no me has servido con la fidelidad que deberías?”.
Podemos imaginarlo tomando nuestra Biblia y pasando las páginas para ver cuáles siguen pegadas porque nunca leímos esa parte.
O quizás simplemente se quedaría allí, mirándonos, y nosotros quedaríamos paralizados y sin palabras. No sabríamos si encogernos de vergüenza o caer de rodillas para adorarlo.
Según la Biblia, llegará el día en que todo creyente estará en la presencia del Señor. El cristiano promedio piensa que el Señor va a sacar la correa y darle su merecido. Sin embargo, la Biblia dice que para el creyente ya no hay condenación. No la hay en este mismo momento ni la habrá jamás para los que están en Cristo Jesús (Romanos 8:1).
Cuando estemos delante de Él, ante el tribunal de Cristo, será para recibir recompensa por todo aquello que hicimos en obediencia al Señor y para honrarlo (2 Corintios 5:10).
Francamente, creo que todos quedaremos sorprendidos por el amor y la gracia que derramará sobre nosotros. Recibiremos como recompensa piedras preciosas de colores brillantes.
Y una de las razones por las que podemos esperar con ilusión ese encuentro es que así es como el Señor trata a sus discípulos cuando se les aparece después de resucitar.
No nos equivoquemos: Jesús se está apareciendo ante un grupo de fracasados. Un grupo de cobardes que no lo defendieron, que salieron corriendo y que se dieron por vencidos.
Pero ahora, al retomar nuestro estudio del capítulo 24 del Evangelio de Lucas, estamos a punto de presenciar una demostración impresionante de amor y gracia. La misma clase de gracia que nosotros experimentaremos personalmente cuando un día lo veamos cara a cara.
Ahora bien, para ubicarnos, estamos en la madrugada del domingo de resurrección.
Un pequeño grupo de mujeres fue a la tumba llevando especias para ungir el cuerpo de Jesús. Allí se encontraron con unos ángeles que les anunciaron que Jesús había resucitado.[i]
A partir de ese momento, la gente comienza a correr de un lado a otro desde aquella tumba que, en realidad, no estaba completamente vacía. Jesús había atravesado los lienzos que envolvían su cuerpo, dejándolos intactos, como un capullo vacío, pero sin ningún cuerpo dentro.
Al comenzar la noche, dos discípulos regresaron de Emaús casi sin aliento. Les contaron a los apóstoles que acababan de recibir una lección de todo el Antiguo Testamento, nada menos que de parte de Jesús.
Mientras tanto, esa misma tarde, Pedro también había recibido una visita personal del Señor.
María Magdalena todavía no se recuperaba de la sorpresa. Ella había visto al Señor resucitado junto a la tumba.
Pero nada de eso bastó para que los discípulos salieran de su escondite. Seguían encerrados con las puertas bajo llave. Tenían miedo de que los líderes religiosos tomaran represalias contra ellos por haber seguido a quien consideraban un hereje, un blasfemo contra el Dios de Israel.
Sin duda, más adelante les daría vergüenza recordar todo esto. Pero en ese momento estaban convencidos de que aquellas historias no eran más que alucinaciones. Que se trataba de una serie de apariciones imaginarias nacidas de la desesperación y el desánimo.
¡Todos esos rumores y testimonios eran demasiado buenos para ser verdad!
Y allí, detrás de las puertas cerradas, estaban en una conversación bastante intensa. Debatían y comentaban todo lo que había ocurrido durante aquel fin de semana y, por supuesto, durante ese mismo día.
Jesús entra al aposento
Retomemos entonces la historia para descubrir qué sucedió después. Lucas, capítulo 24, versículo 36:
“Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos y les dijo: ‘Paz a ustedes’”. Lucas 24:36
Un momento. ¿Cómo entró?
El Evangelio de Juan hace énfasis en el carácter milagroso de esta aparición. Juan escribe en el capítulo 20, versículo 19:
Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. Juan 20:19
Algunos teólogos liberales que no creen en estos milagros han sugerido que, cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y les abrieron la puerta, Jesús entró a escondidas detrás de ellos. Según ellos, así fue como logró entrar.
Otros dicen que Jesús descubrió dónde iban a reunirse los discípulos, llegó antes que ellos y se quedó escondido en algún rincón del lugar.
¡Ni que fuera James Bond!
- Los discípulos saben que Jesús fue crucificado.
- Saben que una piedra cubría la entrada de la tumba.
- Saben que Jesús está muerto.
- Saben quiénes están dentro de ese aposento.
- Y saben que las puertas están cerradas con llave.
Y de repente, Jesús aparece.
La reacción de los discípulos lo dice todo en el versículo 37:
“Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu”. Lucas 24:37
Es decir, pensaron que estaban viendo una aparición, un fantasma.
Su miedo era una reacción natural ante algo que no tenía nada de natural.
Un autor escribió:
“El cuerpo resucitado de Jesús ahora puede materializarse o desmaterializarse cuando Él quiere. Ahora trasciende las leyes normales de la existencia física. Ya no está limitado por la materia ni por el espacio”.[ii]
Y, por cierto, así es como Pablo describe también el cuerpo glorificado que tú tendrás en el futuro.
En 1 Corintios 15, Pablo habla de que nuestro cuerpo mortal se vestirá de inmortalidad. Seguirás siendo tú. Seguirás teniendo un cuerpo, dice Pablo, pero será una clase diferente de cuerpo.
Él lo llama un “cuerpo espiritual”. Un cuerpo real, capaz de ir más allá de las limitaciones normales del tiempo y el espacio.[iii]
Nuestros cuerpos serán como el cuerpo de Jesús que vemos aquí.
La Biblia dice que cuando un día seamos glorificados y recibamos inmortalidad en la presencia del Señor, “seremos semejantes a él” (1 Juan 3:2).
Pablo les escribió a los filipenses:
“… esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya…” Filipenses 3:20-21
El cuerpo glorificado de Jesús tiene manos y pies. Jesús lleva ropa, habla y, dentro de unos minutos, va a comer un poco de pescado. Pero, al mismo tiempo, acaba de aparecer dentro de aquel aposento.
Y al verlo por primera vez, los discípulos pensaron que era un fantasma.
Lucas escribe que estaban espantados y aterrorizados.
Si Jesús hubiera gritado: “¡Bú!”, todos se habrían desmayado.
Pero Jesús no estaba tratando de asustarlos. Tampoco los sorprendió de esa manera solo porque se lo merecían. Él no quería darles un susto.
¿Alguna vez te has preguntado por qué Jesús no llamó a la puerta? ¿Por qué decidió aparecer de esa manera?
Porque quería darles otra prueba de que había resucitado y tenía un cuerpo glorificado.
Y presta atención: también quería darnos a nosotros, incluso hoy, un pequeño adelanto de cómo serán nuestros cuerpos en el futuro:
- Cuerpos completos.
- Cuerpos físicos y reales.
- Sanos y perfectos.
- De pie sobre dos piernas.
- Vestidos.
- Hablando.
- Comiendo.
- Y perfectamente reconocibles.
No seremos fantasmas que dan miedo. Seremos creyentes glorificados e inmortales. Seremos como Jesús, quien desapareció de la mesa en Emaús y ahora aparece dentro de este aposento.
No se nos dice dónde estaban escondidos, dónde quedaba aquel lugar ni en qué sitio exacto se habían reunido detrás de esas puertas cerradas.
Pero Jesús sí lo sabía.[iv]
No pases por alto esto: ¡Jesús sabía dónde estaban escondidos!
- Él sabe dónde estás hoy
- Sabe cuál es tu dirección.
- Sabe dónde trabajas.
Sabe dónde estás física, emocional y espiritualmente. Y déjame decirte algo: ni siquiera tus mayores temores o tus peores fracasos pueden cerrar la puerta y dejarlo afuera.[v]
Paz para discípulos que le fallaron
¿Notaste cuáles fueron sus primeras palabras?
Volvamos al versículo 36:
“Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros”. Lucas 24:36
Uno esperaría que Jesús dijera:
“¿Qué están haciendo aquí escondidos? ¿Por qué tienen las puertas cerradas con llave?”.
No esperaríamos que dijera: “Paz a vosotros”. Esperaríamos algo más parecido a: “Ya me cansé de vosotros”.
Esto me recuerda una historia graciosa que alguien me envió hace algún tiempo.
Un matrimonio de ancianos estaba sentado una tarde en el patio de su casa en el campo. Cada uno estaba en su mecedora. Los dos tenían problemas para oír.
El granjero miró a su esposa y, en un momento de ternura, le dijo:
“Después de tantos años, todavía estoy encantado contigo”.
Ella lo miró y preguntó:
“¿Qué dijiste?”.
Él se inclinó hacia ella y lo repitió más fuerte:
“¡Que todavía estoy encantado de vivir contigo!”.
Ella soltó un resoplido y respondió:
“¡Pues yo también estoy cansada vivir contigo!”.
Eso se parece más a lo que yo esperaría escuchar de Jesús.
Él entra en la habitación donde sus discípulos están escondidos, y yo habría esperado que dijera:
“Me abandonaron en la cruz”.
“No vinieron a mi entierro”.
“Ni siquiera creen lo que cuentan los testigos que me vieron”.
“¡Ya me cansé de todos ustedes!”.
Pero, en lugar de perder la paciencia, Jesús les demuestra todavía más paciencia.
¡Y cuan agradecidos debemos estar por eso! Porque nosotros necesitamos esa misma paciencia todos los días.
Cada día necesitamos una nueva provisión de su misericordia y compasión. Él prometió que serían nuevas cada mañana:
“Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad”. Lamentaciones 3:22-23
Necesitamos una nueva provisión cada mañana porque ya gastamos toda la de ayer.
¡La agotamos por completo!
Dependemos de que Él nunca pierda la paciencia con nosotros.
Y su primera palabra es: “Paz”.
Un cuerpo real y cicatrices de amor
Ahora bien, en este momento los discípulos creen que los está visitando un fantasma. Todavía dudan que el Señor realmente haya resucitado con un cuerpo físico e inmortal.
Así que Jesús los invita a mirar más de cerca.
Lucas escribe en los versículos 38 al 40:
“Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies”. Lucas 24:38-40
Lucas no menciona las cicatrices que dejaron los clavos en las manos y los pies del Señor, ni tampoco la cicatriz en su costado. Pero el Evangelio de Juan nos da más detalles.
Déjame señalar algo aquí.
El cuerpo glorificado e inmortal de Jesús es único porque Él decidió conservar esas cicatrices.
Sin duda, servirán para recordarnos que Él fue el Cordero de Dios, sacrificado sobre ese altar de madera, la cruz, para redimirnos.
Jesús será la única persona en el cielo que tendrá cicatrices. Pero si tú lo has recibido como Salvador y Señor, cuando llegue aquel día eterno no tendrás ninguna cicatriz.
Ninguna.
Ni física.
Ni emocional.
Ni mental.
Ni espiritual.
Ninguna.
Cuando un día entres en el cielo, seguirás siendo tú, pero tendrás un cuerpo completamente nuevo. Y las cicatrices de Jesús te recordarán cómo fue que lograste entrar.
Así que Jesús les muestra sus cicatrices a los discípulos.
El verbo que Lucas utiliza aquí para “mostrar” transmite la idea de exhibir algo para que todos puedan verlo con claridad.
Jesús les está mostrando esas cicatrices, esas heridas, a sus discípulos. Son pruebas innegables de que ese es el mismo Jesús que fue crucificado.
Pero Jesús no se las muestra para decirles:
“Déjenme contarles cuánto me dolió. Miren todo lo que ustedes me hicieron sufrir”.
No.
Estas cicatrices son medallas de honor. Son símbolos de su amor por ti y por mí.
Es más parecido a un veterano de guerra que les muestra a sus hijos y nietos las cicatrices que le dejaron las balas.
“Miren aquí. Estas cicatrices las recibí por la libertad de ustedes. Son símbolos de mi amor por ustedes”.
Qué momento tan inolvidable debió haber sido.
El gran Guerrero, veterano de aquella batalla espiritual, ahora les muestra a sus discípulos los recuerdos visibles de su amor.
Lucas agrega en el versículo 41:
“Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y él lo tomó, y comió delante de ellos”. Lucas 24:41-43
¿Notaste la primera parte del versículo 41?
“De gozo, no lo creían”.
En otras palabras, todo parecía demasiado bueno para ser verdad.
No podían creerlo.
Era demasiado maravilloso.
Nosotros usamos expresiones parecidas para comunicar esa misma clase de sorpresa.
Decimos cosas como:
“¡No puedo creer que conseguí el trabajo!”.
“¡No puedo creer que aprobé mis exámenes finales!”.
“¡No puedo creer que metí ese gol!”.
Y ustedes, los casados, pueden decir:
“¡No puedo creer que ella se haya casado conmigo!” ¿Amén?
Los discípulos no pueden creer que Jesús esté vivo, y están llenos de alegría.
Entonces Jesús les pide algo de comer.
Lo hace porque, según las supersticiones del mundo antiguo, los espíritus no podían comer. Pero Jesús acaba con esa superstición de un solo bocado.
El texto dice que “comió delante de ellos”.
La idea es que ellos lo vieron morder, masticar y tragar.
El pescado no terminó en el suelo ni escondido en su bolsillo.
Jesús les estaba demostrando que no solo parecía tener un cuerpo. Realmente tenía un cuerpo.[vi]
Jesús ya había comido pan con los discípulos en Emaús. Ahora está comiendo pescado. Y según la Biblia, también comeremos en el cielo.
Con nuestros cuerpos glorificados, comeremos simplemente por el placer de hacerlo.
Imagínate poder comer sin ninguna consecuencia negativa:
Fruta.
Pan.
Pescado asado.
¡Donas!
Ojalá.
Tomás el transparente
Ahora, el Evangelio de Juan nos dice que falta alguien.
Si llevas varios años en la fe, probablemente ya sabes quién es. Juan nos lo cuenta en el capítulo 20. Retomemos su relato en el versículo 24:
“Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino”. Juan 20:24
Dídimo significa gemelo. Así que evidentemente tenía uno, pero nunca aparece en las Escrituras. No sabemos si tenía un hermano o una hermana.
Un autor hizo una aplicación interesante. Dijo que todos podemos considerarnos el gemelo anónimo de Tomás, porque todos nos parecemos bastante a él.
Como él, ¿cuántas veces le hemos exigido a Dios que nos demuestre que realmente está allí?[vii]
Sigamos ahora con el versículo 25:
“Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. Él les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré”. Juan 20:25
Esta declaración le ha ganado el apodo de “Tomás el incrédulo”.
Pero creo que le han dado una mala fama que no merece. Tomás no duda más que los demás discípulos.
Simplemente se perdió la primera reunión.
Creo que, en lugar de llamarlo Tomás el incrédulo, deberíamos llamarlo Tomás el transparente. Porque él se atreve a decir lo que todos los demás están pensando.
Tomás no va a seguirles la corriente ni fingir que cree algo que en realidad no cree.[viii]
Él habla con franqueza y no esconde sus preguntas.
Hay otros dos pasajes donde Juan registra las palabras de Tomás. Y en ninguno de ellos vemos incredulidad. Lo que vemos es valor y sinceridad.
En Juan capítulo 11, Jesús anuncia que va a regresar a Judea, específicamente a Betania, porque Lázaro ha muerto.
Betania queda a menos de tres kilómetros de Jerusalén, y los líderes religiosos ya han anunciado que quieren matar a Jesús.
Cuando Jesús les dice a sus discípulos, en el versículo 7, que van a regresar, ellos no pueden creerlo. Hay una recompensa por su captura. Si vuelve allí, prácticamente es hombre muerto.
Durante los siguientes nueve versículos, los discípulos intentan convencerlo de que no vaya. Pero Jesús insiste. Y entonces Tomás, sí, el mismo Tomás, dice en el versículo 16:
“Dijo entonces Tomás, llamado Dídimo, a sus condiscípulos: Vamos también nosotros, para que muramos con él”. Juan 11:16
Tomás es completamente sincero.
No es un optimista ciego. No está diciendo:
“Miren, muchachos, todo va a salir bien. No se preocupen. Jesús tiene todo bajo control. Vamos con Él para hacerle compañía”.
No. Lo que está diciendo es: “Si Jesús regresa allí y nosotros vamos con Él, todos vamos a morir”.
Podríamos ver esto simplemente como pesimismo. Pero también es una muestra de valor y lealtad.
Aunque cree que van a morir, Tomás está dispuesto a ir.
En otras palabras, está diciendo:
“Prefiero morir con Jesús que vivir sin Él”.
La segunda declaración de Tomás aparece en Juan capítulo 14. Allí Jesús dice:
“Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino. Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?”. Juan 14:3-5
Es como si Tomás dijera:
“Un momento, Señor. No tan rápido. No nos diste un mapa. No tenemos indicaciones. No sabemos cómo llegar”.
Tomás es como ese alumno que tienes en tu clase. En mi caso, era uno de mis compañeros en la clase de ciencias de la secundaria.
Cada vez que el profesor explicaba algo de manera confusa, y eso ocurría todos los días, este alumno levantaba la mano y pedía más información.
¡Uno se alegra de tener a alguien así en la clase!
Pedro siempre levantaba la mano para explicarle algo al profesor.
Tomás levantaba la mano para hacer una pregunta.
Probablemente los demás discípulos estaban allí sentados, asintiendo con la cabeza.
Pero el buen Tomás transparente era el único dispuesto a levantar la mano y decir:
“No entiendo. Señor, ¿qué quieres decir cuando afirmas que te vas y que nosotros conocemos el camino? No sabemos cómo llegar. ¿Puedes darnos un poco más de información?”.
Y Jesús le da aquella respuesta tan conocida:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. Juan 14:6
En otras palabras:
“Tomás, no voy a darte un mapa. ¡Yo soy el mapa! Yo soy el camino que lleva a la casa de mi Padre”.
Cuando entendemos un poco mejor a Tomás, también podemos comprender lo que les está diciendo a los discípulos aquí, en el capítulo 20:
“¿Ustedes dicen que Jesús se les apareció? Todo esto me resulta confuso. No entiendo qué está pasando. Necesito más información”.
Ahora bien, Jesús podría haber respondido:
“Tomás, ya tuviste tu oportunidad”.
“Deberías haberles creído a los demás”.
“No tengo tiempo para responder preguntas”.
“Además, ¿quién eres tú para hacerme semejantes exigencias a mí?”.
Pero no lo hace.
No pases por alto la gracia, la bondad y la humildad de Jesús.
Warren Wiersbe escribió:
“El Señor, en su gracia, desciende hasta nuestro nivel de experiencia para levantarnos y llevarnos a donde debemos estar”.[ix]
Jesús no nos condena por nuestras dudas, nuestros temores, nuestro desánimo ni siquiera por nuestras preguntas.
Gracia para el discípulo que duda
Así que, cuando los discípulos vuelven a reunirse la semana siguiente, esta vez Tomás está con ellos.
Y, por cierto, eso nos demuestra que Tomás está dispuesto a aprender. Está dispuesto a que le muestren la verdad y a reconocer que quizás estaba equivocado.
Juan escribe en el capítulo 20, versículo 26:
“Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros”. Juan 20:26
No pases por alto esto. Jesús está dispuesto a repetir el mismo mensaje y el mismo milagro. Vuelve a aparecer en medio de ellos para que Tomás pueda verlo con sus propios ojos.
Comparemos ahora lo que Tomás había dicho con lo que Jesús le responde.
Tomás había dicho:
“Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos…”.
Jesús le responde:
“Pon aquí tu dedo, y mira mis manos”.
Tomás había dicho:
“Si no… metiere mi mano en su costado…”.
Jesús le responde:
“Acerca tu mano, y métela en mi costado”.
Tomás había dicho:
“Si no veo… no creeré”.
Jesús le responde:
“No seas incrédulo, sino creyente”.
Este diálogo revela claramente la omnipresencia y la omnisciencia del Señor. Él está en todo lugar y lo sabe todo.
Jesús había escuchado cada una de las tres declaraciones de Tomás, y ahora le responde siguiendo exactamente el mismo orden.
Por cierto, el texto nunca dice que Tomás extendió la mano para examinar las manos o el costado del Señor.
No necesitaba hacerlo.
Juan escribe en el versículo 28 que Tomás respondió inmediatamente:
“¡Señor mío, y Dios mío!”. Juan 20:28
Ahora, detengámonos un momento.
Dios había dado por medio de Moisés el primer mandamiento: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”. Éxodo 20:3
Tomás acaba de llamar a Jesús su Dios y lo está adorando como su Señor.
¡Jesús no lo reprende por cometer idolatría! Jesús acepta la adoración de Tomás. Y puede aceptarla porque Él verdaderamente es Señor y Dios.
Jesús es la imagen del Dios invisible, revestido ahora de un cuerpo resucitado y glorificado.
Aplicación
De este encuentro surgen al menos dos verdades que nunca cambian.
La primera es esta:
Jesús no escoge discípulos que nunca hacen preguntas. Escoge discípulos dispuestos a recibir las respuestas que Él les enseña.
Por eso no debería sorprendernos que Tomás y los demás discípulos pronto pasaran de ser hombres llenos de miedo a convertirse en embajadores llenos de valor.
Y su mensaje es el mismo que nosotros anunciamos hoy: Jesús es nuestro Salvador resucitado, nuestro Señor y nuestro Dios.
Con el tiempo, Tomás recorrerá el mundo. Después de décadas de servir fielmente a Cristo, morirá en la India como mártir por la causa y la gloria de su Señor resucitado.
La segunda verdad que nunca cambia es esta:
Jesús no escoge discípulos que jamás le fallarán. Escoge discípulos y después les demuestra que Él jamás les fallará.
Cuánta bondad. Cuánta gracia. Cuánta humildad vemos en nuestro Salvador resucitado.
Hasta el día de hoy, Jesús no nos ama, no nos utiliza ni nos guía porque nosotros nunca le fallamos.
Una y otra vez nos demuestra que aun cuando le fallamos, Él nunca nos fallará.
Nunca lo ha hecho.
¡Y nunca lo hará!
[i] Adaptado de Philip Graham Ryken, Luke: Volume 2 (P&R Publishing, 2009), p. 666.
[ii] Ryken, p. 670
[iii] Ryken, p. 671
[iv] Adaptado de Warren W. Wiersbe, Be Transformed (Victor Books, 1986), p. 132.
[v] Adaptado de Wiersbe, p. 133.
[vi] Ryken, p. 674.
[vii] Wiersbe, p. 136.
[viii] R. Kent Hughes, John (Crossway, 1999), p. 456.
[ix] Wiersbe, p. 136.

















