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La restauración de Pedro junto al mar

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Acerca de esta lección

Pedro había prometido permanecer fiel a Jesús aun si todos los demás lo abandonaban. Sin embargo, terminó negándolo tres veces. Después de la resurrección, Jesús lo encuentra junto al mar y convierte un desayuno sencillo en una conversación que examina su amor, derriba sus comparaciones y redefine su manera de servir. Stephen Davey analiza las tres preguntas del Señor, el significado de las palabras griegas para amor y el encargo de cuidar el rebaño de Dios. Esta lección muestra por qué Cristo valora un corazón humilde y dependiente, y ofrece esperanza al recordarnos que la gracia de Dios puede transformar nuestros momentos de quebrantamiento en oportunidades para conocer mejor al Salvador y servirle con fidelidad.

Leer la lección

Resoluciones y reveses espirituales

Samuel Johnson vivió en Inglaterra durante gran parte del siglo XVIII. Se convirtió en un reconocido escritor y erudito. Alcanzó fama por escribir uno de los primeros diccionarios completos de la lengua inglesa.

Trabajó con paciencia y sin descanso en este proyecto monumental. Le tomó nueve años terminarlo.

Johnson también era un cristiano comprometido. Muchas personas buscaban su consejo por su discernimiento espiritual. Tenía una profunda sensibilidad moral, y muchos aprendieron de él.

Sin embargo, su diario personal revela que luchó durante toda su vida por mantener una vida cristiana constante, especialmente en la oración.

En su diario encontramos una resolución que se repite una y otra vez: levantarse temprano para orar. Pero fracasaba más veces de las que tenía éxito.

Una mañana se quedó dormido. Tenía 29 años cuando escribió:

«Señor, ayúdame a recuperar el tiempo que he perdido en la pereza».

Veinte años después escribió:

«Dios todopoderoso, ayúdame a recuperar el tiempo que he malgastado en la ociosidad».

En 1759, cuando tenía 50 años, Samuel volvió a proponerse levantarse temprano para orar. Escribió que quería «sacudirse la ociosidad y la pereza».

A los 52 años, finalmente anotó en su diario:

«He hecho tantas resoluciones que me da miedo volver a hacer otra».

Tres años después, cuando tenía 55 años, escribió:

«Resuelvo levantarme temprano para leer las Escrituras».

En 1775, a los 66 años, escribió en su diario:

«Cuando recuerdo las resoluciones de mejorar y los compromisos que, año tras año, he hecho y quebrantado, pienso ¿por qué sigo intentando hacer esta resolución una vez más? Lo intento porque la disciplina espiritual es necesaria y porque abandonar la esperanza es pecado. Por lo tanto, resuelvo levantarme a las ocho de la mañana para orar».

A los 71 años, apenas tres años antes de morir, escribió:

«No voy a perder la esperanza. Ayúdame, ayúdame, Señor. Resuelvo otra vez levantarme a las ocho de la mañana para orar».

¡Y tú pensabas que tenías problemas con tu tiempo devocional!

Samuel Johnson luchó con esto durante toda su vida.

William Carey, el misionero pionero que sirvió en la India, no parece la clase de persona que enfrentaría una lucha semejante. Después de todo, llegó a ser conocido como «el padre de las misiones modernas».

Sin embargo, en su diario personal encontramos palabras muy parecidas. Carey escribió:

«Fallo en todos mis deberes. Cuando oro, mi mente divaga y pronto me canso. Mi devoción se debilita y no camino con Dios».

En otra ocasión escribió:

«Soy tan frío, tan indiferente a la causa de Dios, que muchas veces siento que estoy a punto de abandonarlo todo».

Y en otro momento confesó:

«Casi no puedo recordar un solo día en el que no haya pecado contra Dios. No soy digno de servirle».

La verdad es que, si tú y yo lleváramos un registro sincero de nuestro caminar con Cristo, probablemente sonaríamos mucho como Samuel Johnson y William Carey.

¿Por qué Dios los usó de una manera tan significativa, si lucharon con las disciplinas espirituales durante toda su vida?

Por una razón muy importante: nunca justificaron su pecado. Lo confesaron.

Una y otra vez reconocieron su fracaso y se lo confesaron a Dios. Y Dios siempre está dispuesto a perdonar.

La verdad es que Dios usó a Samuel Johnson y a William Carey por la misma razón que te usa a ti y me usa a mí.

Dios se deleita en usar un instrumento quebrantado y humilde delante de Él.

David escribió en el Salmo 51:

«Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado;
Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios».

Las breves biografías de los discípulos que hemos estudiado durante nuestra exposición del Evangelio de Lucas revelan esta misma verdad.

Una historia de gracia junto al mar

La vida de Simón Pedro nos presenta un caso de estudio sobre ese ciclo de fracaso y confesión, pecado y arrepentimiento. Pedro nos muestra lo que significa tomar resoluciones espirituales y luego sufrir reveses espirituales.

Así que hoy vamos a observar su vida más de cerca.

El Evangelio de Lucas nos informó que el Señor resucitado se apareció a María Magdalena y a un grupo de mujeres que habían ido a la tumba. También se apareció a los dos discípulos que iban camino a Emaús y, más tarde, a los once discípulos.

Sin embargo, el relato más detallado de una aparición del Señor después de su resurrección ocurre junto al mar. Allí, Jesús se aparece a varios de sus discípulos más cercanos: Pedro, Jacobo, Juan, Tomás y Natanael, además de algunos otros.

Ellos habían pasado toda la noche pescando, pero no habían atrapado nada.

Entonces el Señor repite un milagro que ya había hecho antes. Aparece de repente, les indica dónde deben echar la red y la llena milagrosamente de peces.

Después, los invita a reunirse con él en la orilla, donde ya ha preparado un desayuno de pescado y pan fresco.

Pedro todavía no lo sabe, pero ese lugar se convertirá en el escenario donde el Señor lo va a restaurar y llamar a servirle en el ministerio otra vez.

Y déjame decirte algo: de todos los discípulos, Pedro era quien menos esperaba que Jesús quisiera volver a usarlo.

Había llegado al mismo punto que William Carey cuando escribió en su diario:

«Cuando me miro a mí mismo, no veo más que una masa de corrupción. Me pregunto por qué Dios querría usar a un miserable como yo».

¡Ese era Pedro!

Desde su perspectiva, sus negaciones habían destruido toda posibilidad de servir al Señor. Sus fracasos habían sido fatales.

Pero ¿realmente lo fueron?

Juan era uno de los discípulos que desayunó con Jesús aquella mañana. Él es el único escritor de los Evangelios que nos cuenta los detalles de este encuentro. Así que te invito a buscar Juan, capítulo 21.

Mientras buscas el pasaje, déjame decirte que esta no es más que una historia de gracia.

Esto es lo que el Señor hace con los corazones quebrantados. Así es como Dios restaura a las personas destrozadas y las usa para su gloria.

Esta es una buena noticia para quienes han fracasado, como Pedro, Jacobo, Juan, Tomás y Natanael.

Es una buena noticia para ti y para mí.

Quiero añadir un detalle más antes de entrar en la escena.

En aquella cultura, si alguien invitaba a comer a una persona que lo había ofendido, esa invitación comunicaba que le estaba ofreciendo gracia. Era una prueba de que no guardaba resentimiento ni amargura.

Según lo que Juan escribe en el versículo 9, el Señor ya había preparado una fogata de carbón. El fuego llevaba un buen rato encendido. Había pescado cocinándose sobre las brasas y también había pan fresco.

Por cierto, el Señor no llevó carbón hasta la orilla para encender aquella fogata. Simplemente creó todo eso con su palabra.

Tampoco atrapó los peces. No tenía una red ni una barca. Sencillamente los creó.

Y con su poder creador también hizo aparecer aquel pan, tan fresco como si acabara de sacarlo del horno.

El Señor resucitado sirve ahora como anfitrión, cocinero y mesero. Pero, por encima de todo, se presenta como un Dios lleno de gracia.

Una pregunta que quebranta la autosuficiencia

Entremos en la escena justo cuando están terminando de desayunar.

Juan 21:15 dice:

Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos?

Detengámonos un momento.

¿Notaste que Jesús no llamó a Simón por el nombre que le había dado tres años antes? No lo llamó Simón Pedro. Volvió a llamarlo «Simón, hijo de Jonás».

Eso debió dolerle un poco.

En esencia, Jesús le estaba diciendo:

«Cuando te puse el nombre Pedro —Cefas, una pequeña roca—, ese nombre significaba que serías firme y constante».

¡Y Pedro había estado completamente de acuerdo!

Él creía que merecía ese nombre.

En el aposento alto, cuando Jesús les dijo a los discípulos que uno de ellos lo negaría, Pedro respondió, en otras palabras:

«¡Ese no seré yo! Recuerda que yo soy el firme. No soy como estos otros discípulos, blandos. ¡Yo soy la roca!».

Incluso cuando el Señor le respondió:

«Pedro, me negarás tres veces. Dirás que ni siquiera me conoces»,

Pedro insistió:

«Tal vez todos estos hombres hagan algo así, pero yo no, Señor. Mi amor por ti es firme como una roca. ¡Ya lo verás!».

Pero ahora, junto al mar, es como si Jesús le dijera:

«Vamos a quitar lo de que eres una “roca” de tu nombre. Empezamos de cero».

«Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos?».

Pedro le respondió:

«Sí, Señor; tú sabes que te amo». Juan 21:15

Ahora bien, Jesús y Pedro usan dos palabras diferentes para decir «amar» en el idioma original.

Algunos estudiosos no creen que la diferencia entre los términos que aparecen en esta conversación tenga importancia.

Sin embargo, coincido con quienes creen que Juan escogió deliberadamente dos términos diferentes y que esa diferencia tiene un significado muy importante.[i]

Estos términos están cargados de implicaciones.

Jesús le preguntó:

«Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?».

Jesús usa aquí la palabra griega agapao. Esta palabra describe un amor firme, leal, que no falla.

Este es el amor que Dios tiene por nosotros. No depende de las emociones. Lo definen la decisión y el compromiso.

La Palabra de Dios también enseña que este amor debe sostener el matrimonio: el amor agape, un amor que no falla.

Así que el Señor le está preguntando a Pedro:

«Pedro, ¿me amas con un amor firme y comprometido?».

Pero Pedro responde con otra palabra: phileo.

«Señor, tú sabes que te amo».

Phileo describe un afecto profundo. Sin embargo, expresa un amor menor que el amor leal y comprometido de agape. Es una palabra que se usaba principalmente para hablar del afecto entre amigos cercanos.

A estas alturas, Pedro ya había perdido toda la confianza arrogante que antes ponía en sus propias resoluciones. Esa confianza lo había cegado, pero ahora había quedado destrozada.

Pedro había fracasado.

Era un hombre quebrantado.

Y debo decirte que la pregunta del Señor lo está quebrantando todavía más.

Dios no busca instrumentos orgullosos, seguros de sí mismos y empeñados en exaltarse. Él busca instrumentos quebrantados y arrepentidos.

¿Notaste las palabras reveladoras que Jesús añadió al final de esta primera pregunta? El versículo 15 dice:

«Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos?». Juan 21:15

¿A qué se refiere Jesús cuando dice «éstos»?

¿Se refiere a las redes, las barcas y el negocio de la pesca?

¿O está preguntando si Pedro lo ama más que los demás discípulos?

El texto no lo dice. Pero, parece que Jesús está relacionando esta pregunta con lo que Pedro había dicho en el aposento alto:

«Si me fuere necesario morir contigo, no te negaré». Marcos 14:31

En otras palabras, Pedro había dicho:

«Yo te amo con una lealtad que llegaría hasta la muerte. Te amo mucho más que todos estos hombres. Nadie te ama con un amor agape como yo».

Ahora Jesús le pregunta:

«Simón, hijo de Jonás, ¿era cierto eso?».

Pedro, humillado y destrozado, responde en otras palabras:

«Señor, ahora no puedo afirmar lo mismo que antes. Pero siento por ti el afecto profundo que existe entre amigos cercanos».

Entonces Jesús sorprende a Pedro y también a los demás discípulos.

No responde con una reprensión personal. Le entrega un nuevo encargo.

Es como si el Señor le dijera:

«Entonces, Simón, hijo de Jonás, ya estás preparado para que yo te use».

Jesús le dice en el versículo 15:

«Apacienta mis corderos». Juan 21:15

Es decir: «Cuida de mis corderitos».

La palabra es arníon. Jesús la usa para referirse a creyentes jóvenes o débiles en la fe, que pueden desviarse o confundirse con facilidad.

«¡Cuida de mis pequeños!».

Ahora observa el versículo 16:

«Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?». Juan 21:16

Notemos que Jesús ya no menciona ninguna comparación. Pedro ha comprendido el mensaje.

Se acabaron las comparaciones con los demás.

Se acabó la arrogancia.

Se acabaron las declaraciones como:

«¡Yo soy mejor que todos ellos!».

Ahora Jesús lleva la pregunta a un nivel más profundo: «¿Me amas?».[ii]

Una vez más, Jesús usa agapao y Pedro responde con phileo.

En otras palabras, Pedro le dice:

«Señor, tú sabes que no puedo usar esa misma palabra que describe un amor leal e inquebrantable. Pero también sabes que siento un profundo afecto por ti. Mi amor no ha sido tan firme como prometí que sería. Todos lo sabemos. Sin embargo, tú sabes que te amo profundamente».

Un nuevo encargo para un discípulo quebrantado

Una vez más, en lugar de reprender a Pedro, el Señor repite su encargo. El versículo 16 dice:

«Pastorea mis ovejas». Juan 21:16

La palabra que Jesús usa para «pastorea» es poimaine, que significa cuidar como un pastor.

De esa misma familia proviene poimen, la palabra que se traduce como «pastor» en Efesios 4:11.

«Pastorea mis ovejas».

O, de una manera más literal:

«Lleva a mis ovejas a buenos pastos».

Pastoréalas.

Jesús usa el lenguaje de un pastor para decirle a Pedro que debe llevar a las ovejas a pastos verdes.

Jesús es el Pastor supremo. Y le preocupa profundamente que quienes sirven como pastores bajo su autoridad alimenten al rebaño.

Esto no es una sugerencia.

Es una orden.

También nos recuerda que Jesús se preocupa por la manera en que sus pastores guían y alimentan al rebaño.

Las ovejas hambrientas avergüenzan a quienes tienen la responsabilidad de cuidarlas.

En efecto, Jesús está diciendo:

«Más te vale asegurarte de que mis ovejas estén bien alimentadas».

Por cierto, Jesús nunca dice que las ovejas le pertenecen a Pedro ni a ninguno de los apóstoles.

No le dice:

«Simón, alimenta a tus ovejas».

Le dice:

«Alimenta a mis ovejas».

El rebaño no les pertenece a quienes lo pastorean. Le pertenece al Pastor supremo.

Quienes pastorean sirven bajo la autoridad del Pastor supremo. Los pastores, es decir, los ancianos, los líderes de la iglesia, reciben el encargo de cuidar al rebaño en nombre del Señor.

Años más tarde, Pedro les escribirá a los líderes de la iglesia:

«Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros». 1 Pedro 5:2

Ahora recuerda que Pedro era pescador, no pastor de ovejas.

Sabía trabajar con barcas, redes, cuchillos y anzuelos.

Pero Jesús lo está llamando a cambiar de profesión y también de perspectiva.

Pescar y pastorear son dos actividades muy diferentes.

Los pescadores no pasan la noche despiertos para proteger a los peces de los depredadores.

¡Los pescadores son los depredadores!

Los pescadores tampoco alimentan a los peces.

Se comen los peces.

Tal vez algunos estén pensando:

«Bueno, los pastores también se comen las ovejas».

Es cierto. Pero eso no encaja con mi ilustración, así que vamos a ignorar ese detalle.

Piensa en esto también. Todo pastor también es una oveja. Por eso, todo pastor necesita depender por completo del Pastor de pastores, el Señor Jesucristo.

Y Pedro ya está preparado para vivir con esa clase de dependencia.

El buen pastor y su cordero quebrantado

Llegamos ahora al versículo 17:

«Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?». Juan 21:17

Esta tercera vez, Jesús cambia la palabra que usa para hablar del amor.

Este es un momento conmovedor.

El Buen Pastor se inclina hacia su cordero humillado y quebrantado. Deja de usar la palabra agapao y emplea la palabra que Pedro ha estado usando: phileo.

Es como si Jesús le dijera:

«Pedro, si lo mejor que puedes ofrecerme es el afecto de un amigo cercano, lo acepto. Tú y yo sabemos que, en este momento de tu vida, si afirmaras que me amas con un amor inquebrantable, leal y dispuesto a morir, solo estarías presumiendo como antes.

»Así que, Simón, hijo de Jonás, ¿me amas como un amigo cercano?».

La Biblia nos dice que esta tercera pregunta entristeció a Pedro. Evidentemente, le dolió porque Jesús se la hizo por tercera vez.

La pregunta le recordó las tres ocasiones en que había negado públicamente su amor por Cristo.

Pedro negó al Señor tres veces.

¿Dónde lo hizo?

Delante de una fogata, en el patio del sumo sacerdote.

Ahora se encuentra frente a otra fogata, esta vez junto al mar.

No es una coincidencia.

Es un recordatorio que Pedro jamás olvidará.

Sin duda, el cambio en las palabras que Jesús usa para hablar del amor también entristeció a Pedro.

El amor y la gracia de Cristo volvieron a quebrantarlo. Después de todo, Pedro había pecado profundamente contra él.

Tres veces, delante de esa fogata, Jesús le hace esta pregunta confrontadora, que quebranta a Pedro, y lo lleva a humillarse delante del Señor.  

«Pedro, ¿al menos me amas con un afecto profundo?».

Y Pedro, quizás entre lágrimas, responde:

«Sí».

¿No te parece interesante que Jesús podría haberle hecho miles de preguntas diferentes?

Si yo hubiera estado en el lugar de Jesús, quizás le habría preguntado:

«Pedro, ¿estás arrepentido por lo que hiciste?».

«Pedro, ¿estás dispuesto a pedirme perdón a mí y a los demás discípulos?».

«Pedro, ¿prometes que nunca volverás a ser infiel?».

Pero Jesús no le pregunta nada de eso.

Le pregunta:

«Pedro, ¿me amas?».

¿No es ese el asunto fundamental?

¿No refleja nuestra falta de oración cuánto amamos realmente a Cristo?

¿No pecamos cuando decidimos amar algo más que a Cristo?

¿No es este el principio fundamental del mandamiento más importante: amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente?

Quizás, en lugar de pedirle a Dios que aumente nuestro amor por nuestro cónyuge, nuestros hijos, nuestro trabajo, nuestra comunidad o nuestro ministerio… Tal vez deberíamos acercarnos y comenzar a pedir lo más importante:

«Señor, dame un amor más profundo por Ti».

Pedro responde en el versículo 17:

«Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo».

Entonces Jesús le dice:

«Apacienta mis ovejas». Juan 21:17

Piensa en todos los asuntos que Jesús podría haber tratado con este discípulo quebrantado que había fracasado.

Piensa en todo lo que todavía debía cambiar en la vida de Pedro. Había muchas cosas que el Señor necesitaba corregir.

Pero todo se redujo a una pregunta:

«¿Me amas?».

¡Qué evidencia tan clara del crecimiento de Pedro!

Antes, en el aposento alto, Pedro prácticamente le había dicho al Señor que no sabía lo que había en su corazón:

«Señor, estás equivocado. ¡Tú no me conoces! Yo nunca te voy a fallar».

Pero ahora Pedro dice:

«Señor, tú sí me conoces. Lo sabes todo acerca de mí».

Y Jesús le responde, en otras palabras:

«Pedro, ahora puedo trabajar contigo. Ahora estás preparado para servirme. Cuida de mis ovejas».

Jesús llama a Simón Pedro, ahora quebrantado y lo invita a servirle.

Conclusión

¿Aprendió Pedro la lección?

Años más tarde, cuando ya era anciano, escribió:

«Y todos, sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes». 1 Pedro 5:5

Esta es otra prueba de que los fracasos de Pedro no fueron fatales. El Señor usó su quebrantamiento para enseñarle muchas cosas.

Cuando su falta de lealtad hacia Cristo finalmente lo destrozó, Pedro comprendió lo mismo que el rey David había aprendido después de su propio fracaso.

David confesó:

«Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios». Salmo 51:17

Cuando Pedro llegó a ser uno de los principales líderes de la iglesia primitiva, ¿volvió a llenarse de orgullo?

¿Comenzó a presumir otra vez?

¿Dijo algo así?

«Es verdad que fui infiel hace muchos años, pero ahora sí soy Pedro, la roca firme».

No.

De hecho, en las últimas palabras que conservamos de Pedro, él anima a los creyentes a crecer «en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo». Luego le entrega a Cristo toda la gloria, ahora y por la eternidad. (2 Pedro 3:18)

Así que déjame animarte. En lugar de concentrarte en tus fracasos, registrar todas tus derrotas y catalogar cada uno de tus pecados, vuelve al evangelio.

El evangelio no es solamente una buena noticia para el incrédulo que se arrepiente y cree. También es una buena noticia para los que han fracasado. Es una buena noticia para los discípulos que decepcionan al Señor.

Cristo te invita a volver una y otra vez a la orilla del mar. Siéntate junto a Él frente a aquella fogata y deja que te recuerde lo que más importa.

Como lo expresa un bello himno:

Más amor a ti, oh Cristo;
más amor a ti.
Este es mi más profundo clamor:
más amor, oh Cristo, a ti.


[i] Charles R. Swindoll, Insights on John (Zondervan, 2010), p. 356.

[ii] William Hendriksen, John: Volume 1 (Baker Book House, 1953), p. 487.

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