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El segundo hijo perdido

Es posible estar cerca de las cosas de Dios y, aun así, tener un corazón frío frente a Su gracia. En este mensaje, observamos cómo una actitud correcta por fuera puede esconder resentimiento, comparación y falta de gozo por la obra de Dios en otros. La historia nos invita a mirarnos con honestidad y a reconocer áreas donde el orgullo o la justicia propia han tomado lugar. Más que señalar a otros, este pasaje nos llama a examinar nuestras reacciones, nuestras expectativas y nuestra respuesta ante la gracia inmerecida. Descubramos juntos cómo el Padre nos invita a entrar al banquete con un corazón transformado.

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Introducción

Hay una comida en marcha. Una especie de banquete en una casa; no se nos dice dónde, pero es una comida típica del Medio Oriente: nadie anda con prisa; la comida se mezcla con risas y conversaciones largas. El problema es que Jesús está disfrutando la compañía de personas que no habrían sido admitidas en la sinagoga.

En efecto, está encabezando un banquete para publicanos—traidores al pueblo judío; eran lo peor de lo peor—y está sentado junto a gente descrita sencillamente como pecadores. En otras palabras, alrededor de Jesús había pecadores de toda clase y de toda variedad.

Ahora bien, los líderes religiosos han enviado su propio grupo de fariseos y escribas para vigilar este evento – para pasar lista. Y, como era de esperarse, se niegan a disfrutar cualquier cosa de lo que está ocurriendo. Lucas 15:2 nos dice que lo único que hacían era murmurar.

En respuesta a esa murmuración, Jesús detiene todo y comienza a contar una historia. La comida queda en el olvido; las conversaciones terminan; y Jesús, el Maestro por excelencia, empieza a narrar quizá su serie de parábolas más famosa.

Una parábola acerca de una oveja perdida, destinada a morir si no fuera por el amor de un pastor diligente que sale a buscarla y rescatarla.

Una parábola acerca de una moneda perdida, que no tiene ningún valor en sí misma, aparte del valor que tiene para la mujer que la busca con diligencia hasta encontrarla.

Después de cada rescate, hay celebración y gozo. De hecho, Jesús les dice a todos que el gozo del pastor y el gozo de la mujer son una demostración del gozo que hay en el cielo cuando personas que estaban perdidas son halladas.

Con eso, Jesús comienza la tercera parábola: esta trata de un hombre que tenía dos hijos. El hijo menor representa a todos esos publicanos y pecadores: pródigos que no quieren saber nada de Dios el Padre. El hijo mayor representa a estos líderes religiosos que han cumplido todas las reglas exteriormente pero no aman a Dios interiormente.

Este hombre tenía dos hijos, pero déjame recordarte algo importante:

  • Ambos hijos estaban perdidos;
  • Un hijo está perdido en una tierra lejana, pero el otro está perdido mientras se queda en casa;
  • Un hijo está sucio por fuera, sentado en un chiquero; el otro está sucio por dentro, sentado en la sinagoga;
  • Ambos hijos desafían los deseos de su padre;
  • Ambos hijos le rompen el corazón a su padre;
  • El padre tiene que salir de su casa para ir tras ambos hijos y ofrecerles gracia;
  • Porque ambos hijos necesitan ser hallados.

Esta es la parábola de dos hijos pródigos.

En nuestro estudio anterior vimos cómo el hijo menor regresó a casa. Sus planes de negociar un aprendizaje como jornalero se desmoronaron por completo al ver la humildad y el amor inconcebibles de su padre.

Su negociación se convirtió en reconciliación cuando el pródigo vio a su padre cargar con la vergüenza y el ridículo del pueblo, corriendo hacia él para traerlo a casa sano y salvo.

Con eso, el enfoque cambia hacia el hijo mayor: el otro pródigo. Y ten esto en mente: el corazón de este hijo mayor es lo que dio origen a toda esta serie de parábolas. Aquí es donde Jesús los ha estado conduciendo.

Ahora, antes de que el hermano mayor haga su aparición, permíteme señalar algunas observaciones sobre la cultura del primer siglo. Hay ciertas acciones que debieron haber ocurrido… pero no ocurrieron.

Primero, según la cultura de aquella época, el hermano mayor era el responsable de ir en busca de su hermano menor en nombre de su padre. Él debía actuar como agente de reconciliación.

Y, por cierto, este principio se refleja en el evangelio. Pablo dice que nosotros asumimos ahora esa responsabilidad. Él escribe en 2 Corintios 5:20: “os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.”

Este hermano mayor debió haber buscado a su hermano y haberle rogado, en nombre de su padre, que se reconciliara con él… y con Dios.[i]

Es posible que el hermano mayor, de hecho, sí haya viajado hasta donde vivía su hermano—porque sabía muy bien lo que estaba haciendo—y que lo haya dejado allí pensando: “qué bueno que se fue. Ojalá no vuelva más”.

En segundo lugar, era responsabilidad del hermano mayor proteger la herencia de su padre de cualquier reclamo indebido. Es decir, debió haber intervenido para frenar la demanda vergonzosa y egoísta de su hermano por recibir la herencia antes de tiempo. El hijo menor, prácticamente, le estaba diciendo a su padre que ya estaba cansado de esperar a que se muriera; quería su parte ahora mismo.

Y el hermano mayor no solo guarda silencio, sino que el texto nos dice que estuvo de acuerdo. En el versículo 12 se nos dice que el padre entonces “repartió sus bienes entre ellos”. No hubo protesta. No hubo ninguna demostración de lealtad hacia su padre. No intentó detener la exigencia escandalosa de su hermano menor; la aceptó… y se benefició de ella.[ii]

Un autor escribe que la rebelión abierta del hermano menor le permitió beneficiarse de la situación mientras cuidaba su reputación.[iii]

La gente todavía podía darle palmaditas en la espalda por ser “el hijo que se quedó en casa”. No se fue. No huyó. Estaba trabajando en el campo de su padre.

Pero el Señor va a dejar en claro que un corazón pródigo puede existir en la casa del padre tan fácilmente como en un país lejano; puede existir alimentando cerdos en un chiquero, y también puede existir mientras se cantan himnos en el santuario.

Resulta que hay dos hijos que necesitan redención.

Ahora bien, no sé con cuál de estos personajes te identificas al leer esta parábola. Francamente, creo que todo creyente debería verse reflejado, en cierta medida, en los tres.

  • Como el pródigo, todo creyente debería verse como un pecador indigno, salvado por gracia;
  • Como el padre, debemos disponer nuestro corazón para adoptar su humildad y su gracia hacia los demás;
  • Y como hermano mayor, el fariseo que cumplía las reglas, a veces llegar a la conclusión equivocada de que merecemos un mejor trato de parte de nuestro padre.

Ahora bien, el Señor identificará claramente al hermano mayor con la actitud de los fariseos: ellos no están dispuestos a alegrarse por los pecadores que han sido redimidos.

Recuerda que esto fue lo que lo inició todo, al comienzo del capítulo 15: Jesús recibe a los pecadores y se sienta a comer con ellos, ofreciéndoles gracia. ¡Y eso a los líderes religiosos no les gustó! Hasta el día de hoy, resulta más fácil murmurar por todos “esos pecadores allá afuera” que alegrarse por los pecadores que han sido salvados.

Pero hay más en la reacción de este hermano mayor.

Mientras concluimos nuestro estudio de esta parábola, quiero destacar cuatro características distintas de un corazón pródigo y observar cómo el padre responde con gracia.

Caracteristica #1

Primero, es posible resentirse por lo que Dios hace por alguien más… cuando no ha hecho lo mismo por ti.

Ahora mira el versículo 25:

“Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas. Y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: ‘Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano’. Entonces se enojó, y no quería entrar.” Lucas 15:25–28a

En esa cultura, le correspondía al hermano mayor pararse en la puerta y recibir a todos los invitados en nombre de su padre.[iv]

Ahora, en este escenario, la puerta principal no se abría directamente a una sala, sino a un patio interior. Y es justamente allí donde ha llegado el hijo mayor.

Él oye la música y el sonido de las danzas—la expresión griega incluye también el canto; es la palabra symphōnía, de donde obtenemos nuestra palabra “sinfonía”.[v]

Entonces le pregunta a alguien: “¿Qué está pasando?”
“Tu hermano ha regresado, y tu padre ha asado el becerro gordo y ha invitado a todo el pueblo para celebrar.”

Por cierto, ¿de quién era ese becerro? Técnicamente… ¡del hermano mayor![vi]

¿Y quién está pagando la sinfonía? El hermano mayor. Es su herencia la que ahora se está usando para celebrar la fiesta de bienvenida de su hermano menor.

Según la costumbre de la época, el padre tenía el derecho de disponer de sus bienes como quisiera mientras viviera, aunque cada gasto reducía la herencia final.

Es decir, ¡esto es lo está financiando el hermano mayor!

Pero aquí está el punto de mayor conflicto: su padre está recibiendo a un pecador y se va a sentar a comer con él.

¿Suena familiar?

Y el hermano mayor murmura; no quiere saber nada de eso.

Pero negarse a entrar—quedarse allí, en el patio, mientras los invitados siguen llegando—está a punto de convertirse en una humillación pública para su familia y un desafío abierto a los deseos de su padre.

Lucas escribe en el versículo 28 que el hermano mayor se enojó. La palabra describe a alguien que se enfurece de manera visible; incluso puede referirse a una olla de agua hirviendo que se desborda.[vii]

Esto no va a ser como esa pequeña discusión que quizás tienes en el dormitorio, en voz baja, para que los hijos no escuchen—lo cual, por cierto, es una buena idea, porque en el matrimonio hay desacuerdos.

O tal vez seas como aquel hombre que dijo que el secreto de su maravilloso matrimonio era salir a caminar cada vez que había un problema… y luego agregó que, en realidad, había vivido casi toda su vida al aire libre.

Bueno, este desacuerdo no se va a manejar en privado. El hermano mayor va a levantar la voz, va a hervir de enojo, y todos en la fiesta van a escuchar lo que está pasando.

¿Qué está ocurriendo aquí? Es posible resentir lo que Dios hace por alguien más… cuando no ha hecho lo mismo por ti.

Cuando pierdes de vista el corazón del Padre, también pierdes la capacidad de alegrarte con los que se alegran… a menos que Él esté haciendo exactamente lo mismo contigo.

Aquí vemos la segunda característica del corazón de un pródigo:

Característica #2

Es posible ver el pecado en la vida de otro sin reconocerlo en la propia.

Volvamos al versículo 28:

“Pero él se enojó y no quería entrar. Entonces salió su padre, y le rogaba.” Lucas 15:28

La palabra traducida como rogaba es un término cargado de gracia, y el tiempo verbal indica que el padre insistía una y otra vez. Podrías traducirlo así:
“seguía suplicándole, apelando a la reconciliación”.[viii]

Este es un cuadro precioso de la encarnación: el Señor deja Su casa para venir a nuestra casa e invitarnos a regresar a la Suya.

Pero por segunda vez en el mismo día, el padre está cargando con la vergüenza provocada por las acciones de sus hijos; está demostrando un amor desinteresado para reconciliarse con ambos hijos pródigos.[ix]

Ahora bien, en este punto, el hijo mayor no quiere saber nada de eso. Observa lo que le dice a su padre en los versículos 29 y 30:

“‘He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Pero cuando vino este hijo tuyo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo’.” Lucas 15:29–30

Ahora, a primera vista, debo confesar que le encuentro razón. Su hermanito rebelde recibe carne asada, ¡y él ni siquiera recibe carne de cabrito!

Eso no suena justo.

Pero recuerda esto: la gracia nunca tiene que ver con justicia. La gracia siempre es inmerecida. Si recibiéramos lo que realmente merecemos, todos iríamos al infierno. Nadie debería recibir gracia. No es un derecho. No es justicia. La gracia es un regalo inmerecido. Y todos los que la reciben… no la merecen.

Esta parábola trata precisamente de eso: de la gracia de Dios y de pecadores indignos que son invitados por Él al banquete. Pero este es el corazón del fariseo: ha cumplido todas las reglas; es respetable, confiable, trabajador, moral, constante y obediente. Y, por cierto, el padre no celebra al hijo mayor por todo lo que ha hecho bien. Lo valora, sí, pero ese no es el punto. El punto es que la gracia no es una recompensa; es un regalo.

Me parece interesante que el padre no se detenga a señalar que su hijo, en ese mismo momento, está desafiando sus deseos; lo está avergonzando públicamente. Ahí está, diciéndole a su padre: “Nunca he pecado contra ti”, ¡mientras está pecando contra él!

Es como la persona que dice: “Yo nunca he dicho una mentira”… bueno, acabas de decir una.

El padre había ordenado que trajeran la túnica, el anillo, el calzado, el becerro gordo, la celebración. “Padre, nunca he desobedecido tus órdenes”. Bueno, acababa de hacerlo.

Y es aún más desafiante que eso. Si lo miras con atención, en lugar de pedir perdón a su padre, en realidad le está exigiendo que sea su padre quien se disculpe con él. “Me debes una disculpa, porque no me estás dando lo que merezco”.

La música se detiene. El padre, que ya había puesto en marcha una celebración por el regreso de su hijo menor, ahora es avergonzado públicamente por la acusación de su hijo mayor.

Este pródigo puede señalar con facilidad el pecado en la vida de su hermano, pero es completamente ciego a su propio corazón pecaminoso y pródigo.

Hay una tercera característica de un corazón pródigo:

Característica #3

Es posible quejarse de que Dios nos debe algo más en la vida, mientras ignoramos todo lo que ya tenemos.

Si tú fueras Dios, ¿cuánta queja soportarías? Pero, una vez más, esta parábola está diseñada para revelar la gracia inconmensurable de Dios y la gloria del Padre al invitarnos al salón del banquete de la salvación.

Observa ahora cómo responde el padre en el versículo 31:

“Y él le dijo: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas’.” Lucas 15:31

La palabra traducida hijo que aparece aquí no es el término más común. De hecho, la palabra griega habitual para hijo, huios, ya apareció siete veces en esta parábola. Pero ahora cambia a teknon, un término que enfatiza el matiz de un afecto paternal.

La multitud que observaba habría quedado impactada por la humillación pública que el hijo mayor le había provocado a su padre; con toda facilidad, el padre podría haberlo desheredado. Pero en lugar de eso, dice: “Hijo”. Podrías traducirlo así: “¡Querido hijo!”[x]

“Tú siempre estás conmigo; todo lo que tengo es tuyo”.

No se trata solo de un becerro gordo, ni de una cena con carne asada y música en vivo. Esta comida es todo lo que tu hermano tiene por ahora; está comenzando de nuevo. ¿Qué es esta celebración comparada con todo lo que ya posees? “Tú eres el heredero. Todo lo que tengo es tuyo. ¿Cómo podría darte algo más?”[xi]

Y aquí llegamos a la advertencia final sobre un corazón pródigo. Característica número cuatro.

Característica #4

Es posible permanecer indiferente ante la restauración y la reconciliación de una persona con Cristo.

El padre apela a su hijo para que entienda, en el versículo 32:

“‘Era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano estaba muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado’.” Lucas 15:32

La verdad es esta: el hermano mayor se preocupa más por sí mismo que por la felicidad de su padre. Está echando un balde de agua fría sobre la celebración.

Se preocupa más por sí mismo que por la restauración de su hermano; permanece indiferente.

El padre dice: “¡Era necesario celebrar! ¡Teníamos que celebrar! ¿Por qué? Tu hermano estaba muerto para nosotros, y ahora vive; estaba perdido, pero ahora ha sido hallado”.

Jesús no nos dice qué ocurrió después. Esta historia termina en lo que podríamos llamar… un final abierto. Queda inconclusa. Y Jesús lo hace a propósito.

En este punto, el Señor estaría mirando directamente a los fariseos y a los escribas. Su murmuración fue lo que dio inicio a toda esta serie de parábolas. Jesús ya ha puesto al descubierto sus corazones fríos e indiferentes frente a la reconciliación de los pecadores sentados a la mesa.

¿Y ahora qué?

El final de la parábola les corresponde a ellos escribirlo. ¿Qué van a escribir? ¿Van a entrar a esta comida donde está Jesús y unirse a la celebración? ¿O se van a quedar afuera? ¿Qué van a hacer? Y más importante aún… ¿qué vas a hacer tú?

Jesús deja en claro en estas parábolas que sus hijos nos dirigimos hacia una celebración que nunca terminará: la celebración de pecadores salvados por la gracia de Dios.

Mientras tanto, resistamos las actitudes del pródigo mayor. Será una lucha de toda la vida, sencillamente porque es muy fácil convertirse en un fariseo. Pidámosle al Padre que nos dé más de Su corazón lleno de gracia. ¿Y cómo se verá eso en la práctica?

Bueno, invirtamos estas cuatro características y digámoslo de esta manera:

Primero, en lugar de resentir a Dios, alégrate cuando Dios le da algo a otra persona que no te ha dado a ti.

Segundo, en lugar de enfocarte en el pecado en la vida de otros, conviértete en un experto en reconocer el pecado en tu propio corazón – y se pronto en ir al Señor para arrepentirte.

Tercero, en lugar de señalar lo que crees que Dios te debe, agradécele por todo lo que ya te ha dado – nada de eso lo has merecido. Todo es por la enorme gracia del Señor.

Y finalmente, nunca pierdas la capacidad de maravillarte ante la reconciliación y la restauración de una persona con Cristo… incluyéndote si es que ya has experimentado Su obra salvadora en tu vida.

Y si no la has experimentado todavía, el Padre sigue de pie, con los brazos extendidos, saliendo a tu encuentro. No te está pidiendo que limpies tu vida primero, ni que presentes méritos, ni que negocies tu entrada. Te invita a volver a casa tal como estás.

Ya sea que hayas vivido alejado de Dios, o cerca en apariencia, pero lejos en tu corazón, la invitación es la misma: entra al banquete de la gracia.La puerta está abierta. La mesa está servida. Y la celebración comienza cuando un pecador —cualquiera de nosotros— recibe el perdón inmerecido del Padre celestial.


[i] Adapted from Clinton E. Arnold, General Editor; Zondervan Illustrated Bible Backgrounds Commentary: Volume 1 (Zondervan, 2002), p. 448

[ii] Kenneth E. Bailey, Poet & Peasant and Through Peasant Eyes (Eerdmans Publishing, 1983), p. 168

[iii] John MacArthur, A Tale of Two Sons (Thomas Nelson, 2008), p. 154

[iv] Bailey, p. 194

[v] Ibid, p. 192

[vi] David E. Garland, Exegetical Commentary on the New Testament: Luke (Zondervan, 2011), p. 63.

[vii] Charles R. Swindoll, Insights on Luke (Zondervan, 2012), p. 386

[viii] Kenneth E. Bailey, The Cross & the Prodigal (IVP Books, 2005), p. 83

[ix] Ibid, p. 82

[x] Bailey, The Cross & the Prodigal, p. 86

[xi] Bailey, Poet & Peasant, p. 201

Este contenido es una adaptación autorizada del ministerio Sabiduría Internacional, bajo la enseñanza original de Stephen Davey. Todos los derechos del contenido original están reservados a su autor.


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Hemos procurado citar debidamente todos los recursos externos utilizados en cada lección. Las citas bíblicas provienen principalmente de la versión Reina-Valera 1960 y de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), aunque en algunos casos se emplean otras versiones de la Biblia para facilitar la comprensión del pasaje.
Reina-Valera 1960® © 1960 Sociedad Bíblica Trinitaria. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.
La Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © 2019 por The Lockman Foundation. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

Adaptado y publicado por el ministerio Sabiduría Internacional.

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