Programa del día

Encuentre la lección de hoy

Biblioteca de estudios

Encuentre los programas por libro de la Biblia

Calendario

Encuentre sus programas por fecha

Más información

Conozca nuestro nuevo programa que saldrá próximamente.

Artículos y Devocionales

Crezca en su caminar con Dios

El evangelio

Conozca el regalo de Dios para su corazón

Publicaciones

Para entender y aplicar la Palabra de Dios

Acerca del Ministerio

Conozca nuestra historia, propósito y más

Declaración Doctrinal

Esto es lo que creemos como ministerio

Suscríbase

Reciba recursos bíblicos a su correo cada semana

Escribanos

Envíenos sus preguntas, testimonios y motivos de oracion

calendario

Calendario

Conozca los horarios de transmisión y eventos especiales.

Desafíos

Para conectar con Dios, compartir esperanza y crecer en comunidad

Orando cuando estás por rendirte

Hay momentos en la vida en los que el cansancio pesa, las respuestas no llegan y la tentación de rendirte parece inevitable. En esos momentos, la oración puede sentirse difícil… incluso lejana. Sin embargo, Jesús enseñó que es precisamente ahí donde más la necesitamos. A través de una parábola, nos muestra cómo perseverar cuando enfrentamos injusticia, silencio y desaliento. Este mensaje te ayudará a entender por qué Dios no siempre responde como esperamos, y cómo seguir confiando aun cuando todo parece venirse abajo. Acompáñanos y descubramos juntos cómo la oración se convierte en el medio que Dios usa para sostenernos en los momentos más difíciles.

Compartir esta lección

Introducción 

Hay ciertos temas que producen una convicción inmediata en el corazón de todo creyente, y uno de ellos es el asunto de la oración personal y privada. 

Basta con mencionar la oración, y el cristiano sincero reconoce que puede ser más diligente, constante y apasionado en esta disciplina espiritual. 

Una verdad que nos confronta bastante viene de un comentario de Corrie ten Boom, una creyente comprometida que sobrevivió a un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Ella solía decir: “La oración debería ser nuestro volante, no nuestra llanta de repuesto.” 

Y, siendo honestos… muchas veces es nuestra llanta de repuesto. 

¿Cuándo fue la última vez que pasaste tiempo en oración? ¿Por qué oraste? ¿Fue por una necesidad? ¿Una carga? ¿Una preocupación? ¿O quizás una confesión repetida al reconocer algún pensamiento o acto pecaminoso delante del Señor? 

Tal vez te sientes como ese niño pequeño—Daniel el Travieso—que en una caricatura aparece arrodillado junto a su cama, con las manos juntas y mirando hacia arriba, diciendo: “Estoy aquí para entregarme por lo que hice.” 

Esa es una oración bastante común, ¿no es cierto? Tanto en creyentes jóvenes como en adultos. 

Pero… ¿por qué deberíamos orar, especialmente si Dios ya lo sabe todo? 

Le puede parecer una pregunta extraña. Sabemos que debemos hacerlo… pero, más allá de ese deber, ¿por qué oramos? 

Déjame leerte diez razones escritas hace más de cien años por quien fuera presidente del Instituto Bíblico Moody en Chicago, un hombre llamado Reuben Torrey. 

Él escribió esta lista para sí mismo, pero otros la copiaron y comenzaron a compartirla: 

Diez razones para orar 

  1. porque existe un diablo, y la oración es el medio para resistirlo 
  1. porque la oración es el medio que Dios ha establecido para obtener perdón por el pecado diario 
  1. porque los apóstoles, como ejemplo para mí, consideraban la oración como la tarea más importante de la vida 
  1. porque la oración fue una parte esencial del ministerio terrenal del Señor 
  1. porque la oración es una parte esencial del ministerio celestial del Señor, quien intercede por mí 
  1. porque la oración es el medio para recibir fortaleza cada día 
  1. porque la oración es el medio para experimentar la plenitud del gozo de Dios 
  1. porque la oración con acción de gracias reemplaza la ansiedad con una paz que sobrepasa todo entendimiento 
  1. porque Dios usa la oración para formarme y profundizar mi vida espiritual 
  1. porque la oración me capacita para servir a otros y ser de bendición al cuerpo de Cristo 

Todo eso es cierto. 

Podrías añadir una más a esa lista: la oración te permite llevar tus problemas a Dios para atravesarlos junto a Él. 

Ahora bien, si tú le hicieras esa pregunta a Jesús ¿por qué debemos orar? Él daría una respuesta que aún no hemos mencionado. 

Su respuesta sería: Ora para resistir cuando estás por desmayar 

Eso es exactamente lo que Jesús les dice a sus discípulos aquí en el Evangelio de Lucas. Y si estás acompañándonos por primera vez en Sabiduría para el Corazón, bienvenido.  

Una parábola sobre la oración 

Llegamos al capítulo 18 en nuestro estudio de Lucas. El versículo 1 dice: 

“También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar.” (Lucas 18:1) 

En otras palabras, si no oramos, vamos a desanimarnos; vamos a desfallecer… vamos a “desmayarnos”.i 

Jesús es completamente realista. Él sabe que sus discípulos enfrentarán momentos desalentadores, situaciones que desgastan el alma, instantes en los que van a querer rendirse. Momentos que Charles Spurgeon describía como un “desmayo espiritual” en medio del servicio al Señor. 

Son esos tiempos en los que no tienes energía emocional, no hay calor espiritual, no hay deseo de orar. Como dijo un autor, ese pequeño pensamiento de inutilidad se desliza en la mente… y, casi sin darte cuenta, tu motivación para orar comienza a escaparse.ii 

La vida cristiana parece estar llena de obstáculos que aparecen de repente: dolor, decepción, pérdida, duelo, dudas, cansancio, conflictos, angustia.iii 

El apóstol Pablo usó esta misma idea de “no desmayar” cuando escribió en Gálatas 6:9 acerca de no cansarse de hacer el bien. 

Pablo habló con total transparencia de su propia experiencia. En 2 Corintios 4:8 dice que estaba “atribulado en todo”. Esa expresión describe una presión intensa. También dice que estaba “perplejo”, es decir, sin entender lo que estaba pasando, desorientado por la avalancha de problemas, tragedias y desafíos. 

En el versículo 9 añade que fue “derribado, pero no destruido”. Esa palabra “derribado” viene del mundo de la lucha libre, cuando un oponente lanza al otro contra la lona. En términos actuales, Pablo estaba diciendo: “Me tumbaron… pero no me dejaron fuera de combate.”iv 

Como bien lo expresó el teólogo William Barclay: “Pablo muchas veces no sabía qué hacer, pero nunca perdió la esperanza.”v 

¿Y qué lo sostuvo en medio de todo eso? 

Siguió orando. Y tomado de la mano de Dios, atravesó cada situación. 

Ahora bien, el contexto de este llamado del Señor a orar para no desmayar es lo que Él ya les había anunciado antes: los discípulos no verían inmediatamente el establecimiento del reino. De hecho, lo que verían primero sería a Jesús crucificado. Como Él mismo dijo en el capítulo 17, primero debía sufrir. 

No sería una corona en Su primera venida… sería una cruz. 

Así que ten presente que este llamado a orar está basado en una realidad clara: las expectativas de los discípulos no se van a cumplir como ellos pensaban. El reino no se iba a establecer de inmediato. Iba a posponerse. Y ahora ellos tenían una carrera por delante, una carrera que incluiría maltrato, persecución, decepción y desaliento. 

Habría momentos en los que estarían por desmayar… o, como decimos hoy, querrían tirar la toalla. 

Momentos en los que surgirían preguntas como: 

¿Dios realmente nos escucha? 

¿Ve la injusticia y el dolor? 

¿De verdad le importa? 

Y el Señor responde a esas preguntas contando una historia. La llamamos parábola: una historia sencilla, tomada de la vida cotidiana, con un significado celestial. 

Un juez injusto 

En el versículo 2 dice: 

“Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre.” (Lucas 18:2) 

Detente un momento y observa cómo Jesús presenta esta escena. Acabas de leer el currículum de un juez ante el que jamás quisieras presentarte. 

En otras palabras: 

  • No le agradan las personas… y no le teme a Dios. 
  • No le importas tú… y tampoco le importa Dios. 
  • Es un ateo y un ególatra, todo en uno… un juez verdaderamente intimidante. 

Si tienes que presentarte ante él, tu única esperanza es que esté de buen humor, porque no le importas… y tampoco cree que Dios esté observando. 

Si retrocedemos en el tiempo, Jesús está describiendo a un juez que probablemente había sido nombrado por Herodes, el rey, o por algún funcionario romano. Era un magistrado local. 

Y registros históricos del primer siglo nos dicen que estos jueces solían ser corruptos. Sobornarlos para que te trataran con indulgencia o simplemente te dejaran libre era parte del sistema. 

Tal vez recuerdes cómo el gobernador Félix mantuvo al apóstol Pablo en prisión, aun sabiendo que era inocente, porque —como dice Hechos 24:26— esperaba recibir dinero de Pablo, es decir, un soborno, para dejarlo en libertad. Así funcionaban las cosas. 

De hecho, en el primer siglo a estos jueces se les conocía con un apodo: “jueces ladrones.” Un historiador escribió que podían pervertir la justicia por algo tan simple como un buen plato de comida.vi 

Así que la descripción que el Señor hace de este juez deja claro una cosa: este era un hombre corrupto. 

Ahora, ten en cuenta también el escenario. Un tribunal en ese tiempo no era un edificio elegante, con pisos de mármol y salas silenciosas. Era más bien una tienda portátil que se trasladaba de un lugar a otro mientras el juez recorría su jurisdicción.vii 

El juez se sentaba dentro de esa tienda, en un lugar bastante público, rodeado de sus asistentes. No era como un tribunal moderno, donde todo parece una biblioteca silenciosa hasta que te toca hablar. 

Esta escena, en el contexto del Medio Oriente, estaba llena de gritos, empujones y discusiones, mientras la gente intentaba que escucharan su caso.viii 

Y muchas veces, eso solo ocurría cuando alguien lograba sobornar a uno de los asistentes para ganar acceso. 

Y ahora, en medio de ese ambiente caótico… entra alguien que, humanamente hablando, no tiene ninguna posibilidad de que la escuchen ni le impartan justicia. 

Una viuda persistente 

Versículo 3: 

“Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario.” (Lucas 18:3) 

Ahora, Jesús no nos dice específicamente cuál fue la injusticia que ella sufrió. Y creo que lo hace a propósito, para que cada uno de sus discípulos—a lo largo de los siglos—pueda verse reflejado en esta historia. 

Pero hay algo que sí sabemos: humanamente hablando, ella no tenía prácticamente ninguna posibilidad de que la escucharan.ix 

En esa cultura, todo estaba en su contra: 

  • como mujer, no tenía peso legal; 
  • no se les permitía testificar en un tribunal, mucho menos presentarse y exigir una audiencia con el juez; 
  • como viuda, no tenía un esposo que hablara por ella o la acompañara; 
  • probablemente era pobre, sin recursos para pagar ayuda legal; 
  • y ni siquiera tenía la opción de sobornar al juez. 

Lo único que tenía… era su voz. 

Y su perseverancia. Una perseverancia valiente, insistente… incansable. 

El versículo 4 lo describe así: 

“Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia.” (Lucas 18:4–5) 

Déjame decirte algo: este juez se encontró con alguien de su talla. Al parecer, ella no lo dejaba en paz ni fuera del horario de trabajo. 

Un estudioso de la Biblia comenta algunas de las posibles implicaciones de esta frase: 

  • el juez está en el mercado, cuando de repente ella aparece y le dice: “Hola Juez, veo que está comprando almendras. Qué bien… bueno ¿ya vio mi caso?”; 
  • al salir de su casa por la mañana, ahí está ella en la puerta: “Buenos días, señor juez… tiene noticias sobre mi caso…”; 
  • comienza a ponerse nervioso, mirando por encima del hombro, porque vaya donde vaya… ella aparece otra vez: “¿Y mi caso?”x 

Finalmente… se cansa y dice en el versículo 4: 

“Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia…” 

¡Le preocupa arruinar su reputación por hacer lo correcto! 

¿Te imaginas? “Yo no soy así… pero voy a hacer lo correcto.” 

¿Por qué? Mira otra vez el versículo 5: 

“le haré justicia… no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia.” (Lucas 18:5b) 

La expresión que se traduce como “me agote la paciencia” viene de un término del boxeo. Literalmente describe dar un golpe que deja a alguien con el ojo morado.xi 

En otras palabras, el juez está diciendo: 

“¡Ya me tiene contra las cuerdas! Dondequiera que voy… ¡ahí aparece! Tengo que librarme de ella.” 

Y finalmente… emite un veredicto justo. 

Tres preguntas sobre la justicia de Dios 

Con eso, el Señor termina la parábola y ahora les hace a sus discípulos una especie de examen rápido, con tres preguntas. 

La primera pregunta aparece en el versículo 7: 

“¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?” (Lucas 18:7a) 

Podrías parafrasear esa pregunta así: 

“¿Acaso Dios no va a corregir toda injusticia?” 

¿Quieres justicia… y no la recibes? ¿Esperas un trato justo… y te tratan mal? ¿No va Dios a hacer algo al respecto? 

Una de las razones principales por las que “desmayamos” en la vida cristiana es porque Dios no hace lo que esperábamos. 

Pensábamos que Dios pondría una especie de campo de protección alrededor de su pueblo escogido para que los problemas no nos alcancen. Que recibiríamos reconocimiento y aprecio. Que nuestros hijos serían ejemplares. Pensábamos que nosotros tendríamos siempre buenos resultados médicos, que avanzaríamos en nuestras carreras, que seríamos reivindicados en los tribunales. 

Como si Dios fuera una máquina expendedora: presionamos los botones correctos… y sale la bendición.xii 

Pero esa no parece ser la realidad. Se toman decisiones equivocadas. Algo sale mal. Se cometen injusticias. Y en lugar de aplausos… recibimos maltrato. Ni siquiera recibimos un reconocimiento. 

¿Será posible que eso forme parte de la voluntad de Dios? 

Querido oyente, ¿quién está contando esta parábola? ¿Quién está haciendo estas preguntas? Alguien a quien le quedan solo unas semanas antes de su crucifixión… un evento que representará el acto de injusticia y crueldad más grande en toda la historia humana. 

Y, sin embargo, todo eso formaba parte del plan perfecto y de la voluntad de Dios. 

¿Dios va a corregir toda injusticia? Sí… pero no según tu plan, sino según el suyo. 

Aquí va la segunda pregunta—volvamos al versículo 7: 

“¿Y se tardará en responderles?” (Lucas 18:7b) 

Podríamos parafrasearla la pregunta así: 

¿Hasta cuándo va a esperar Dios para hacer algo? Porque, además, estás pidiendo algo bueno, santo, justo, correcto… ¿por qué se tardaría? ¿Qué está esperando? 

Oswald Chambers escribió sobre este pasaje: 

“Algunas oraciones reciben el silencio de Dios porque están equivocadas; pero otras, porque la respuesta es más grande de lo que podemos comprender.”xiii 

A veces la respuesta es: 

  • “No, nunca lo haré.” 
  • otras veces: “No, eso no.” 
  • otras: “No, hay algo mejor.” 
  • pero la mayoría de las veces parece ser: “No… todavía no.” 

Entonces, si no es ahora… ¿cuándo? 

Observa lo que dice Jesús en la siguiente frase. Podría parecer que no tendremos que esperar mucho, versículo 7: 

“¿Y se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia.” (Lucas 18:7b–8a) 

Ese es el tipo de versículo que nos gusta. Pero la palabra “pronto” no describe el cuándo, sino el cómo

Piensa en el contexto anterior, cuando el juicio de Dios llegó en forma de un diluvio mundial. Dios le advirtió a la humanidad durante 120 años que vendría el juicio… y cuando llegó, llegó de repente. 

Parecía que nunca iba a suceder… pero, de pronto, ocurrió. 

Hoy, la injusticia en el mundo parece no tener consecuencias, como si nunca fuera a llegar el juicio. Pero si comparas miles de años de historia humana con la eternidad… te darás cuenta de que será solo un instante hasta que llegue la justicia de Dios. 

Eso es exactamente lo que Pablo quiso decir cuando les escribió a los creyentes en Corinto: 

“Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria.” (2 Corintios 4:17) 

Y ahora llegamos a la tercera pregunta, aquí en el versículo 8 de Lucas 18: 

“Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lucas 18:8b) 

El contexto, desde el capítulo 17, apunta específicamente a los creyentes que vivirán durante los días de la tribulación, cuando el anticristo persiga y mate a quienes han puesto su fe en Cristo—especialmente al pueblo judío, muchos de los cuales creerán en Él por decenas de miles. De hecho, 144,000 de ellos se convertirán en proclamadores del evangelio por todo el mundo. 

Pero serán tiempos sumamente difíciles para quienes lleguen a la fe después del arrebatamiento de la iglesia. 

Jesús, en esencia, nos dice—y especialmente a ellos—que sigan orando como Él enseñó: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad. Señor, anhelamos que venga tu reino. Esperamos ese día cuando reines en el trono de David y pongas todo en su lugar.” 

¡Venga tu reino! 

Y llevamos dos mil años orando eso. 

¿Te has detenido a pensar que Jesús nos enseñó a pedir algo… que todavía no se ha cumplido después de dos mil años? 

¿Cuánto tiempo llevas tú orando por algo? 

El contraste entre el juez injusto y nuestro Dios justo 

Ahora bien, necesitamos aclarar algo, para no pensar que este juez injusto representa a Dios y que la viuda representa a los creyentes. 

Nada más lejos de la realidad. 

Esta no es una parábola de comparación… sino de contraste. 

Y debería animarnos para poder atravesar esos momentos en los que sentimos que vamos a desmayar. 

Déjame mostrarte algunos contrastes: 

  • El juez es injusto, pero Dios es justo. 
  • Al final, el juez actúa en contra de su propio carácter corrupto, pero Dios siempre actúa conforme a su carácter justo. 
  • El juez muestra compasión a regañadientes, pero Dios se compadece profundamente de los necesitados. 
  • La mujer era una desconocida para el juez, pero nosotros somos hijos de Dios por medio de la fe en Cristo. 
  • La viuda no tenía valor para el juez, pero nosotros tenemos un valor eterno como el pueblo escogido de Dios. 
  • Ella no tenía a nadie que intercediera por su caso, pero nosotros tenemos un Abogado que intercede por nosotros. 
  • Ella no podía acercarse libremente al juez, pero nosotros podemos acercarnos confiadamente al trono de Dios en oración. 
  • Ella no tenía ninguna garantía de que el juez se interesara por ella, pero Dios nos ha dado un libro lleno de promesas que confirman su cuidado por nosotros. 
  • La única esperanza de esta viuda era un tribunal humano, pero nuestra esperanza está en el trono de la gracia de Dios.xiv 

Todo esto para decirte, querido oyente, que tú no necesitas insistirle a Dios hasta el cansancio para que finalmente escuche tu petición. Dios mismo diseñó los detalles de tu vida. Tu historia está en Sus manos, y puedes confiar plenamente en Él. 

La única comparación válida aquí es esta: debemos ser tan persistentes en la oración como esta viuda… no para llamar la atención del Señor, sino porque ya la tenemos. 

Creo que una de las mayores expresiones de fe que un creyente puede demostrar se ve en dos actitudes constantes: 

  • Primero, confiar en Dios cuando parece que la injusticia prevalece. 
  • Segundo, hablar con Dios cuando Su ausencia parece evidente. 

Quizás hoy tú estás dando una de las mayores declaraciones de fe de tu vida al buscar un estudio bíblico y escucharlo con paciencia… al cantar al Señor aun con lágrimas… al ir a la iglesia una vez más, al confiar en Dios cuando la injusticia parece estar ganando, y al seguir hablándole cuando Su silencio pesa. 

Cuando haces eso, no desmayas… no pierdes el ánimo. 

Las respuestas llegarán un día, con la misma certeza con la que el reino de Dios vendrá a esta tierra y Cristo reinará sobre todo. 

Conclusión 

Cuando nuestros hijos eran pequeños, antes de dormir, mi esposa les leía algún libro. Se sentaban a su alrededor en la sala, y alguno de ellos le cepillaba el cabello—una estrategia muy bien pensada para que ella siguiera leyendo un poco más. Es un recuerdo que atesoro hasta hoy. 

Una noche, ella estaba leyendo la biografía misionera de Adoniram Judson. Él apenas había comenzado su ministerio en Birmania cuando lo capturaron, acusado de ser espía inglés. 

Su esposa, Anne, hizo todo lo posible por lograr su liberación. Mientras tanto, Adoniram permanecía encarcelado en una celda pequeña junto a otros prisioneros. El calor era insoportable, no les permitían bañarse, y las condiciones eran miserables. 

Un día, las autoridades decidieron atormentarlo aún más, colgándolo por los pulgares. El dolor recorría todo su cuerpo. Cuando regresaba a su celda, Anne lograba visitarlo, y siempre le decía: 

“Resiste, Adoniram… Dios nos dará la victoria.” 

Después de meses de encarcelamiento, lo liberaron para servir como intérprete entre los ingleses y los birmanos, en medio de negociaciones de paz. Durante ese tiempo estuvo separado de Anne, sin saber que ella estaba muriendo. 

Meses después, finalmente lo dejaron regresar a casa. Su cuerpo estaba tan quebrantado que era un milagro que pudiera caminar. Al acercarse lentamente a su hogar, vio a una niña jugando en la tierra, tan sucia que al principio no reconoció que era su propia hija, María. 

La tomó en brazos, apartó el cabello enredado de su rostro, y entró en la pequeña choza. Allí vio a su esposa, débil por la fiebre, casi sin fuerzas. 

Se arrodilló a su lado y lloró. 

Un autor escribe que sus lágrimas cayeron sobre el rostro de ella, y poco a poco sus ojos comenzaron a reaccionar. Con gran esfuerzo, logró hablar… y justo antes de partir a la eternidad, susurró: 

“Resiste, Adoniram… Dios nos dará la victoria.” 

Ese es el mensaje de Jesús a Sus discípulos. 

Él dijo en Juan 16:33: 

“En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” (RVR1960) 

Suena muy parecido a decir: 

“Resiste… Dios te dará la victoria.” 

Recuérdalo. Aferrarte a esa verdad. Eso te permitirá atravesar los momentos difíciles en los que sientes que vas a desmayar. 

de Cristo en tu lugar y serás salvo del juicio de Dios


[i]  Warren W. Wiersbe, Be Courageous (Victor Books, 1989), p. 62

[ii] Adapted from Dale Ralph Davis, Luke: The Year of the Lord’s Favor (Christian Focus, 2021), p. 76

[iii] Adapted from Charles R. Swindoll, Living Insights on 1 & 2 Corinthians (Tyndale House, 2017), p. 341

[iv] Adapted from Charles R. Swindoll, 1 &2 Corinthians, p. 337

[v] Adapted from John MacArthur, 2 Corinthians (Moody Publishers, 2003), p. 143

[vi] Adapted from J. Dwight Pentecost, The Words and Works of Jesus Christ (Zondervan Publishing, 1981), p. 351

[vii] Wiersbe, p. 62

[viii] David E. Garland, Exegetical Commentary on the New Testament: Luke (Zondervan, 2011), p. 710

[ix] Garland, p. 709

[x] Davis, p. 78

[xi] Davis, p. 78

[xii] Charles R. Swindoll, Living Insights: Luke (Zondervan, 2012), p. 421

[xiii]   Quoted by R. Kent Hughes, Luke II (Crossway Books, 1998), p. 188

[xiv]  Adapted from Wiersbe, p. 64; Adapted from Hughes, p. 186

Este contenido es una adaptación autorizada del ministerio Sabiduría Internacional, bajo la enseñanza original de Stephen Davey. Todos los derechos del contenido original están reservados a su autor.


Puede compartir o reproducir este material libremente solo con fines no comerciales, citando adecuadamente al autor y al ministerio. Queda prohibida su venta, modificación con fines lucrativos o redistribución sin permiso escrito.

Hemos procurado citar debidamente todos los recursos externos utilizados en cada lección. Las citas bíblicas provienen principalmente de la versión Reina-Valera 1960 y de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), aunque en algunos casos se emplean otras versiones de la Biblia para facilitar la comprensión del pasaje.
Reina-Valera 1960® © 1960 Sociedad Bíblica Trinitaria. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.
La Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © 2019 por The Lockman Foundation. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

Adaptado y publicado por el ministerio Sabiduría Internacional.

Explorar más estudios bíblicos

Estudio de Lucas

Encuentros divinos

Cuando los pesebres se guardan y la temporada navideña llega a su fin, hay mucho más sobre Jesús que necesitamos recordar. Él dejó ese pesebre, creció como un niño y se convirtió en un hombre.

Ver estudio »
Estudio de Apocalipsis

El último Cesar

Llegará el día cuando el mundo entero será engañado por un hombre de palabras cautivantes y una forma de ser encantadora. Él se ganará la aprobación de todos y será electo como el último César,

Ver estudio »

¿Tiene alguna pregunta?

Mándenos sus preguntas, testimonio y comentarios.

contact copy
Secret Link