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Evaluando tu justicia delante de Dios

Es fácil convencerse de que uno está bien delante de Dios, especialmente cuando se compara con otros. Pero Jesús presenta una parábola que revela lo engañoso que puede ser ese tipo de evaluación. A través del contraste entre un fariseo y un publicano, se nos muestra que no basta con parecer justo… hay que serlo según el estándar de Dios. Este mensaje nos invita a examinar con honestidad nuestra condición espiritual y a reconocer nuestra necesidad de misericordia. Acompáñanos y consideremos juntos qué significa ser declarado justo por Dios, y cómo esa verdad transforma por completo nuestra vida.

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La ilusión de ser mejor que otros

Mientras visitaba a sus abuelos, un pequeño de cinco años llamado Andrés sacó la foto de su clase de jardín.

Comenzó a describir a varios de sus compañeros; parecía tener algo negativo que decir de casi todos… y no se guardó nada. Les dijo:

“Este es Roberto, le pega a todos en el recreo; este es Samuel, nunca le hace caso a la maestra; esta es Ana, siempre habla cuando la maestra pide silencio; este es Marcos, no se lleva bien con nadie; esta es Cindy, le gusta mandonear a todos; y este es Beto, se enoja cuando no gana.”

Y luego, señalándose a sí mismo, dijo: “Y este soy yo… aquí estoy, tranquilo, sin meterme en problemas.”

Sí, claro…

Desde muy pequeños aprendemos a compararnos con los demás… y casi siempre logramos convencernos de que somos mejores que el resto de la clase.

Y no dejamos atrás esa tendencia tan fácilmente, ¿verdad? De hecho, puede convertirse en un punto ciego muy peligroso para el creyente… y también puede darle al incrédulo una falsa sensación de espiritualidad y seguridad.

Ahora bien, por lo general, cuando el Señor Jesús presenta una parábola, uno tiene que seguir todo el relato para descubrir cuál es el punto principal. Pero aquí, en Lucas capítulo 18, el Señor nos dice cuál es la lección principal antes de contar la parábola.

Llegamos a Lucas capítulo 18, versículo 9, y este es el punto:

“[Jesús] dijo también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros.” Lucas 18:9

En otras palabras, es posible criticar todo lo que los demás hacen mal… y dar la impresión de que uno siempre está portándose bien; pero en realidad lo que estás haciendo es evaluar a todos, como si fueras el maestro. Y en tu lista, todos reprueban… tal vez alguno pasa, pero apenas… mientras tú te pones una nota sobresaliente en cada área.

Dos hombres con expectativas opuestas

Y es aún más serio que eso, como veremos aquí: es posible sentirse justo… y sin embargo no ser salvo. Para ilustrar este punto, el Señor comienza la parábola en el versículo 10:

“Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano.” Lucas 18:10

Ahora, Jesús acaba de describir una escena que todos en su audiencia entendían perfectamente. Había dos momentos en el día en que el pueblo judío se reunía públicamente en el templo para orar: uno a las nueve de la mañana y otro a las tres de la tarde.

En esos dos momentos, se ofrecía un cordero en sacrificio —un holocausto por el pecado— presentado por los sacerdotes en el altar. También se quemaba incienso en el lugar santo, representando las oraciones del pueblo y de cada persona que oraba en el atrio.

Después del sacrificio, el sacerdote pronunciaba una bendición sobre la gente que había venido a orar.

Así que la descripción de Jesús nos indica que fue en uno de esos momentos cuando estos dos hombres decidieron presentarse a orar.

Ahora, tal vez tú ya estés anticipando la historia… pensando que el fariseo va a terminar mal, y que el publicano tendrá un giro inesperado al final.

Y eso es cierto.

Pero no olvides esto: la audiencia que escuchaba a Jesús… esperaba exactamente lo contrario.

Desde la perspectiva de ellos, Jesús acaba de presentar a dos hombres que han llegado al atrio del templo. Uno de ellos es de lo mejor de lo mejor.

Los fariseos eran personas dedicadas a vivir con rectitud; en general, las personas los respetaban profundamente y aún los admiraban.

El teólogo Ralph Davis señala que, para ellos, el Antiguo Testamento no era un simple documento antiguo, sino la Palabra de Dios que debía empaparse en cada aspecto de la vida. Eran las personas que cualquiera querría tener como vecinos, como entrenadores del equipo de sus hijos. Eran los que defendían la vida, los que nunca faltaban a las reuniones de adoración ni a los estudios bíblicos en grupo; eran los que protegían los valores conservadores de su nación.

En otras palabras, eran lo mejor de lo mejor.

En cambio, este otro hombre —el publicano— estaba en el extremo opuesto. Si uno era un cobrador de impuestos te consideraban como un traidor al pueblo judío.

Así que, para los oyentes de Jesús, lo que tenían delante era, básicamente, a un santo… y a un sinvergüenza… que habían llegado al mismo lugar de oración.

Y todos los que escuchaban a Jesús esperaban lo mismo: que al “santo” lo felicitaran… y que al “sinvergüenza” lo echaran de allí.

El corazón del fariseo

Ahora, antes de leer la oración de este fariseo, necesitas saber algo: el pueblo judío tenía oraciones que memorizaban desde la niñez. Pero también existían lo que llamaban “oraciones libres”, que no seguían un guion y brotaban espontáneamente del corazón.

Y ese es el caso de estas dos oraciones. Estamos a punto de escuchar el corazón de ambos hombres.

Y debo decirte algo: el fariseo comienza muy bien, en el versículo 11:

“Dios, te doy gracias…” Lucas 18:11

Detente un momento.

Cada vez que comienzas una oración diciendo: “Dios, te doy gracias”, vas en la dirección correcta. Suena como el inicio de una oración excelente.

Pero no es el caso de esta oración.

Fíjate lo que dice:

“Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano.” Lucas 18:11

Bueno… eso cambia todo. Él no está dándole gracias a Dios; está presumiendo delante de Dios.

Como dijo un autor, ha disfrazado elogios hacia sí mismo en forma de agradecimiento a Dios.

En realidad, lo que acaba de orar es algo así como: “Dios, te doy gracias porque soy tan maravilloso.”

Este fariseo no le está agradeciendo nada a Dios, porque cree que todo lo ha logrado por sí mismo.

Si te fijas bien, en esta corta oración aparece una y otra vez el “yo”.

Yo… yo… yo… yo… yo.

¡Mírenme a mí!

Ha llegado a esta hora de oración, no para arrepentirse delante de Dios… sino para leerle su currículum. Y comienza diciéndole a Dios lo que no hace, nuevamente en el versículo 11:

“El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: ‘Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano.’” Lucas 18:11

“Yo no hago ninguna de esas cosas malas.”

Es como si hubiera rendido el examen, lo hubiera corregido él mismo… y se hubiera puesto la nota más alta.

Es el “señor impecable”.

Pero es “impecable” solo porque se compara con personas que sabe que están peor que él… y siempre vas a encontrar a alguien que esté peor que tú.

Él dice, en esencia:

  • “No soy como esos ladrones… que abusan de la gente; esos que, por cierto, deberían estar en la cárcel.”
  • “No soy injusto.” Quizás tampoco es generoso… pero nunca ha movido los límites de su propiedad ni ha engañado a nadie en un trato.
  • “No soy adúltero.” Eso no significa que ame a su esposa… pero al menos no le ha sido infiel.
  • “Y, para rematar, soy mejor que ese publicano que está allá.” Bueno, cualquier judío respetable se consideraría mejor que esos traidores que cobraban impuestos, aprovechándose de su propio pueblo.

El problema es este: se está comparando con otros… con personas frente a las cuales puede sentirse superior.

Este fariseo está diciendo: “Dios, te doy gracias porque no soy como esa gente mala… ¡y mucho menos como ese publicano!”

Es un hombre arrogante.

Pero cuidado aquí. Podrías terminar teniendo la misma actitud… solo que al revés. Como aquella maestra de escuela dominical que enseñó esta parábola y, al terminar, les dijo a los niños:

“Ahora, inclinen la cabeza y demos gracias a Dios porque no somos como este fariseo.”

Después de decirle a Dios lo que no hace, el fariseo pasa a la siguiente página de su “boleta espiritual” y ahora le dice a Dios lo que sí hace, en el versículo 12:

“‘Ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.’” Lucas 18:12

Es más, ni siquiera se queda pensando si debe diezmar sobre el salario bruto o el neto… ¡él diezma de todo lo que recibe!

¿Y el ayuno?

La ley judía solo requería un día de ayuno al año para toda la nación, el Día de la Expiación. Pero para los días de Jesús, los fariseos ya ayunaban dos veces por semana —los lunes y los jueves.

Se ponían ceniza en el rostro para verse demacrados; vestían ropa descuidada para dar la impresión de que estaban tan entregados a la oración que ni siquiera tenían tiempo para bañarse o cambiarse.

Jesús ya los había confrontado por esto en Mateo capítulo 6, diciéndoles que hacían todo para ser vistos. La palabra que Él usa allí es la que nos da nuestra palabra “teatro”.

Estaban montando un espectáculo. Habían convertido el ayuno en un teatro religioso… y las funciones eran justamente los días de mercado, cuando la gente del campo llegaba a Jerusalén a vender sus productos: lunes y jueves.

Este fariseo ha identificado algunos pecados que no comete; ha añadido sus prácticas de diezmar y ayunar… y, una vez más, se da a sí mismo la nota más alta.

Pero es posible hacer algo bueno… y esconder algo malo —como un corazón lleno de orgullo. Es posible hacer lo correcto… mientras se oculta lo incorrecto.

Esto me recuerda a algo que leí. Un hombre en Long Beach, California, entró a un local de pollo frito para comprar comida para él y la mujer que lo acompañaba. Ella se quedó esperando en el auto mientras él entraba.

Por error, el encargado le entregó una bolsa que, en lugar de tener pollo, contenía todo el dinero recaudado ese día. El gerente pensaba ir al banco y había camuflado el dinero dentro de una caja de pollo frito. Fue la última vez que cometió ese error.

El hombre tomó la bolsa, volvió al auto y se fueron.

Cuando llegaron al parque para su picnic, abrieron la caja… y descubrieron, no pollo, sino miles de dólares en efectivo.

Ese es un momento de prueba para cualquiera.

Pero este hombre no dudó. Se dio cuenta del error, volvió al auto y regresaron al local para devolver el dinero. El gerente estaba sorprendido y feliz.

Tan impresionado quedó, que le dijo:

“Quédese aquí, voy a llamar al periódico. Quiero que le tomen una foto y publiquen su historia. Esto es una muestra increíble de honestidad.”

El hombre se puso pálido y respondió:

“No puedo hacer eso.”

“¿Por qué no?”, preguntó el gerente.

Y el hombre respondió:

“Porque estoy casado… y la mujer que está conmigo no es mi esposa.”

Honesto en un área… pero deshonesto en algo mucho más profundo.

¿Lo ves? Este fariseo habría sido el ejemplo perfecto de religiosidad externa… pero estaba encubriendo pecados más graves: orgullo, adoración a sí mismo y falta de arrepentimiento.

Podía diezmar y ayunar… pero en realidad solo estaba puliendo su propia imagen. Y, por cierto, fíjate en esto: Jesús nunca dice en la parábola que este fariseo esté mintiendo… pero sí nos deja claro que está perdido.

El corazón del publicano

Continuamos en leyendo el versículo 13:

“Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘Dios, sé propicio a mí, pecador.’” Lucas 18:13

¿Puedes ver la escena?

El fariseo probablemente está de pie cerca de la baranda del atrio, lo más próximo posible al lugar donde el sacerdote saldrá del Lugar Santo para dar la bendición al pueblo.

Pero este publicano está —fíjate bien— lejos. Probablemente se encuentra en el perímetro exterior del atrio de Israel.

El fariseo ya lo vio… pero, sin duda, está contento de mantenerse lo más lejos posible de él.

En ese tiempo, si un cobrador de impuestos entraba a tu casa, todos consideraban que tu hogar había quedado impuro. Ni siquiera lo querían ver. La gente lo evitaba… como si fuera una plaga.

Me lo imagino allí, “lejos” completamente solo.

Su oración es breve, directa y sincera:

“Dios, sé propicio a mí, pecador.”

En realidad, está usando la misma expresión con la que comienza el Salmo 51, cuando el profeta confronta al rey David por su pecado —su adulterio con Betsabé y su responsabilidad en la muerte de Urías.

Jesús añade que este hombre se golpeaba el pecho… un gesto que se usaba para expresar dolor profundo, como cuando se lamenta la muerte de un ser querido. En otras palabras, está reconociendo algo muy claro: es digno de muerte… merece el juicio de Dios por su pecado.

Su única esperanza es que Dios lo perdone, así como perdonó a David. Y eso sería pura misericordia.

Y hay un detalle muy importante aquí. La palabra que este publicano usa para “se propicio” no es la más común. Es un término que se relaciona con el propiciatorio, el lugar donde se rociaba la sangre del sacrificio.

El propiciatorio era la tapa del arca del pacto… esa pequeña caja de oro que contenía las tablas de la ley que Dios le dio a Moisés.

El sacerdote rociaba sangre sobre esa tapa —el propiciatorio— y entonces Dios miraba hacia abajo y veía la ley que el pueblo había quebrantado… todos esos mandamientos violados. Pero Dios veía la ley a través de la sangre del sacrificio, que hacía expiación por el pecado.

Y Dios quedaba satisfecho.

Su justicia quedaba satisfecha… el pecado era cubierto y entonces mostraba misericordia. 

Ese es el peso de la oración de este publicano: “He pecado, he quebrantado tu ley, merezco tu juicio… pero mírame a través de la sangre del sacrificio.”

Él no está apelando a su conducta… está apelando a la provisión de Dios. No está diciendo “mírame a mi” sino “mírame a través del sacrificio”

Su oración anticipa el sacrificio final de Cristo, donde la justicia de Dios quedaría satisfecha para siempre… no por lo que nosotros hemos hecho, sino por lo que Cristo hizo por nosotros.

El apóstol Pablo lo explica más adelante en Romanos 3:25. Allí declara que Dios puso [al Señor Jesucristo] como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados.

Es decir, Cristo mismo se convirtió en ese “propiciatorio” definitivo, donde se demuestran tanto la justicia como la misericordia de Dios.

Y el autor de Hebreos añade que Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas, sino en el cielo mismo, habiendo obtenido eterna redención (Hebreos 9:11-12).

Lo que este publicano apenas alcanzaba a comprender… nosotros lo vemos con claridad: el sacrificio no era el final… era una sombra de la obra de Cristo a nuestro favor.

Déjame decirte algo: nadie va a entrar al cielo presumiendo sus logros. Toda la honra, toda la gloria y toda la alabanza pertenecen a nuestro Redentor que pagó nuestra deuda de pecado.

Y con eso, Jesús da el veredicto de la parábola, en el versículo 14:

“Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.” Lucas 18:14

Así que dos hombres salieron del templo después de orar. Uno de ellos se sentía bien consigo mismo… probablemente se sentía excelente. Había adorado en el templo, había recibido la bendición del sacerdote, había demostrado públicamente su devoción.

Regresó a casa… listo para ponerse otra vez la nota más alta en su “boletín espiritual”.

El otro hombre se fue —me lo imagino— limpiándose las lágrimas. No sabemos exactamente cómo se sentía… no se nos dice lo que pensó. Pero sí se nos dice lo que Dios pensó:

Dios lo justificó.

Dios lo declaró perdonado.

Lo declaró justo.

Lo hizo acepto delante de Él en ese mismo momento… y para siempre.

Conclusión

Déjame preguntarte: ¿Estás tú justificado? ¿Eres salvo hoy?

Déjame decirte: no serás salvo porque te veas bien, o suenes bien, o te sientas bien… ni siquiera porque haces cosas buenas. Será porque reconoces delante de Dios que no eres bueno.

Y ese reconocimiento depende de la persona con quien te compares.

Puedes mirar a otros a tu alrededor y decir fácilmente: “Soy mejor que ellos.”

Pero la pregunta no es: “¿Soy mejor que los demás?” La pregunta es: “¿Soy tan bueno como Dios… y su estándar de santidad?”

El teólogo William Barclay contó que, en un viaje en tren desde Escocia a Inglaterra, vio una pequeña casa pintada de blanco que parecía brillar con una blancura impresionante.

Tiempo después, hizo el mismo viaje de regreso. Había nevado, y la nieve cubría todo el paisaje.

Cuando volvieron a pasar por esa misma casa… ya no parecía tan blanca.

En comparación con la blancura de la nieve recién caída, se veía opaca… sucia… casi gris.

Ese es el punto de esta parábola. Cuando te comparas con la pureza y santidad de Dios… solo te queda una oración. No te queda argumento… no te queda defensa… no te queda excusa. Solo te queda venir tal como estás.

Solo queda arrepentirte de tus pecados y caer con fe a los pies de Cristo para recibir la misericordia, la gracia, la propiciación por tus pecados. 

La Biblia dice: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13)

Y también: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:13).

Esa oración no tiene que ser complicada. Puede ser muy simple como la oración del publicano.

“Dios, sé propicio a mí, pecador.”

Si no lo has hecho aún, esta es la oportunidad que el Señor te da de venir a Él. No la postergues. No la ignores.

Hoy puedes dejar de confiar en ti mismo y empezar a confiar en Cristo. Hoy puedes dejar de compararte… y empezar a rendirte. 

Clama al Señor y Él responderá esa oración y te mostrará su misericordia para siempre.


[i]  Adapted from Dale Ralph Davis, Luke: The Year of the Lord’s Favor (Christian Focus, 2021), p. 89 & David E. Garland, Exegetical Commentary on the New Testament: Luke (Zondervan, 2011), p. 717

[ii] Adapted from Davis, p. 88

[iii] Adapted from R.C.H. Lenski, The Interpretation of St. Luke’s Gospel (Augsburg Publishing, 1946), p. 900

[iv] Charles R. Swindoll, Insights on Luke (Zondervan, 2012), p. 423

[v] Adapted from Garland, p. 718

[vi] Adapted from R. Kent Hughes, Luke II (Crossway Books, 1998), p. 193

[vii] Adapted from William Barclay, The Gospel of Luke (Westminster Press, 1975), p. 223

[viii] Charles R. Swindoll, Strengthening Your Grip (Word Publishing, 1982), p. 99

[ix] Adapted from Swindoll, Insights in Luke, p. 423

[x] Ibid

[xi] Barclay, p. 225

Este contenido es una adaptación autorizada del ministerio Sabiduría Internacional, bajo la enseñanza original de Stephen Davey. Todos los derechos del contenido original están reservados a su autor.


Puede compartir o reproducir este material libremente solo con fines no comerciales, citando adecuadamente al autor y al ministerio. Queda prohibida su venta, modificación con fines lucrativos o redistribución sin permiso escrito.

Hemos procurado citar debidamente todos los recursos externos utilizados en cada lección. Las citas bíblicas provienen principalmente de la versión Reina-Valera 1960 y de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), aunque en algunos casos se emplean otras versiones de la Biblia para facilitar la comprensión del pasaje.
Reina-Valera 1960® © 1960 Sociedad Bíblica Trinitaria. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.
La Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © 2019 por The Lockman Foundation. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

Adaptado y publicado por el ministerio Sabiduría Internacional.

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