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El requisito para entrar al cielo

A lo largo del tiempo, muchas personas han buscado seguridad respecto a la vida eterna. En este pasaje, un hombre se acerca a Jesús con esa inquietud, convencido de que está cerca de la respuesta. Sin embargo, lo que ocurre en esa conversación revela algo inesperado. Jesús no responde como él anticipaba, sino que lo lleva a examinar lo que hay en su corazón. Este encuentro expone una tensión que va más allá de una simple pregunta y que sigue vigente hoy. Acompáñanos y exploremos juntos este pasaje, donde las expectativas humanas se encuentran con la verdad de Dios de una manera profunda y desafiante.

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El error de una fe basada en obras

En el año 1517, un monje llamado Martín Lutero hizo algo que cambiaría el rumbo de la historia. Clavó una lista de 95 declaraciones en la puerta de una iglesia en Wittenberg, Alemania.

Las escribió en latín, un idioma que la gente común no entendía. Pero alguien las tradujo… se imprimieron… y en cuestión de meses, desataron una verdadera tormenta en toda la nación.

Pero detrás de esa tormenta había una historia. Un año antes, Lutero había decidido predicar a través del libro de Romanos en una pequeña capilla del pueblo. Era un edificio de madera, deteriorado, casi abandonado. Muy pocas personas asistían. El púlpito era bajo, hecho con tablas viejas… y desde ahí, Lutero comenzó a predicar.

Su método era inusual: Enseñaba de manera expositiva, versículo por versículo. Algo prácticamente desconocido en su tiempo. A diferencia de la mayoría, no predicaba basado en la autoridad de la tradición de la iglesia… sino basado en la autoridad de las Escrituras. De esta práctica y convicción surgiría una de las frases más conocidas de la Reforma: Sola Scriptura—Es decir, nuestra única autoridad para la vida y la fe es la Escritura.

Lutero predicaba todos los días de semana a la una de la tarde. Y poco a poco, la capilla comenzó a llenarse. Profesores, líderes religiosos… todos detenían sus actividades para escuchar esa exposición bíblica.

Un líder de la iglesia, al escucharlo, dijo: “Este monje avergonzará a todos nuestros teólogos; está edificando su predicación sobre las palabras de Cristo… y nadie puede resistir esa Palabra.”

Cuando Lutero llegó a Romanos capítulo 9, ocurrió algo providencial. Un erudito llamado Erasmo había terminado de publicar una edición del Nuevo Testamento en griego—el idioma original en que fue escrito. Para lograrlo, recopiló antiguos manuscritos y los puso al alcance de los estudiosos por primera vez en forma impresa.

Y ese Nuevo Testamento… llegó a las manos de Lutero.

Comenzó a leerlo con detenimiento y al llegar a Mateo 4:17, notó algo impactante. La traducción en latín que él conocía decía: “Haced penitencia”. Pero el texto original griego decía: “Arrepentíos”.

Y esa diferencia lo cambia todo.

La penitencia implica hacer cosas para compensar el pecado, equilibrar la balanza y ganar el perdón. Es un sistema creado por el hombre.

El arrepentimiento, en cambio, es reconocer el pecado… y recibir el perdón como un regalo de Dios.

No mucho después, apareció en la ciudad un predicador llamado Johann Tetzel, vendiendo indulgencias: documentos que prometían el perdón de pecados y menos tiempo en el purgatorio… dependiendo de cuánto dinero uno diera a la iglesia.

Convencía a las personas de que podían comprar su salida del infierno. No solo para ellos, sino también para sus seres queridos que ya habían muerto.

Johann Tetzel incluso popularizó una frase en latín durante sus campañas de recaudación. Era breve… fácil de recordar. Y fue sumamente efectiva… pero totalmente corrupta, incluso diabólica.

La frase decía así: “Tan pronto como la moneda en el cofre suena, el alma del purgatorio al cielo vuela.”

Con esas palabras, enseñaba que el destino eterno de un alma podía cambiar… con una simple moneda. Y así, con ese dinero se levantó una de las estructuras más impresionantes del mundo: la basílica de San Pedro en Roma, el corazón del Vaticano. Una construcción majestuosa levantada sobre una teología distorsionada… una enseñanza que engañó a multitudes, haciéndoles creer que podían ganarse la salvación y comprar el perdón de Dios.

Y lo más impactante es que esa manera de pensar no ha desaparecido.

Hace algunos años, el papa abrió varias catedrales en Europa, prometiendo que todo aquel que participara de la misa dentro de ellas no pasaría por el purgatorio, sino que iría directamente al cielo al morir.

Ahora, déjame decirte algo con claridad. Este problema no pertenece solo al catolicismo romano. Es la misma idea que aparece cuando alguien dice: “Si soy una buena persona, Dios me va a aceptar”.

Esa forma de pensar está presente en muchas religiones: en el judaísmo, en el hinduismo, en el islam, en el budismo… también en el mormonismo, en los testigos de Jehová, en ciertos grupos dentro del protestantismo… incluso en movimientos que se identifican como cristianos.

No estoy tratando de ofender a todos… solo quiero que nadie se sienta excluido.

Querido oyente, este es el problema central de todo sistema religioso falso que añade algún tipo de obra a la salvación que Jesús pagó con su sangre.

Cualquier sistema que intente merecer la salvación, ganar el perdón—en resumen, “ganarse el perdón de Dios”—es la definición de una religión falsa.

Y uno de los pasajes del Nuevo Testamento al que recurren los falsos maestros, torciéndolo y malinterpretándolo para apoyar su teología corrupta, es precisamente el pasaje al que hemos llegado hoy.

La pregunta equivocada

Así que entremos de lleno al texto. Estamos en el evangelio de Lucas, capítulo 18, versículo 18.

Y un hombre principal le preguntó [a Jesús]: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Lucas 18:18:

Ahí está: la pregunta clásica de la religión. “¿Qué penitencia? ¿Qué buena obra? ¿Qué peregrinación? ¿Qué debo hacer para ganarme el cielo?”

Ahora bien, si combinamos los relatos de los evangelios, descubrimos que este era un hombre judío, joven… y muy rico. Esta palabra “principal” indica que ocupaba algún tipo de posición destacada, ya fuera civil o religiosa, dentro de la sinagoga.

Pero, aunque tenía todo lo que parecía indicar que era bendecido por Dios—porque en esa cultura se asociaba la riqueza con la bendición divina—todavía no estaba seguro de entraría al cielo. Sentía que no había hecho lo suficiente.

Ahora, en el versículo 19, Jesús hace algo interesante:

Entonces Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino solo Dios. Lucas 18:19

En lugar de responder directamente su pregunta, Jesús responde con otra pregunta que lo lleva a reflexionar: “¿Por qué me llamas bueno? Solo Dios es bueno.”

La enseñanza común en ese tiempo era precisamente esa: solo Dios es bueno. La palabra que se usa aquí significa “bueno en esencia, inherentemente bueno”. No se utilizaba para nadie más que para Dios.

Esta es la misma pregunta que un intérprete de la ley le hizo a Jesús en Lucas 10:25:

“Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?” Lucas 10:25

Este joven en Lucas 18 hace la misma pregunta, pero añade “bueno” antes de “Maestro”. Y el Señor responde de una manera completamente distinta.

Por cierto, este es un buen ejemplo de que el evangelismo no es un modelo rígido—no existe un solo método que funcione para todos. No hay solo una serie de pasos o preguntas que sean las correctas y lo demás no sirve.

Hay quienes comienzan con la ley; otros, con las buenas nuevas del cielo; otros, con la creación. No hay problema en usar un método en particular, siempre y cuando el mensaje sea el correcto.

Aquí, Jesús comienza planteando esto: “Tú y yo creemos que solo Dios es bueno… pero tú usaste ese término conmigo. ¿Estás diciendo que crees que yo soy Dios?”

Ahora bien, muchas sectas religiosas toman este versículo para intentar demostrar que Jesús no es Dios. Pero Él ya ha declarado su deidad como el Hijo de Dios; en realidad, aquí está afirmando que es Dios.

Lo que Jesús está haciendo es llevar a este joven a considerar las implicaciones de lo que acaba de decir. “¿Eres consciente del título que me acabas de dar?”

Ningún judío respetuoso llamaría a alguien “intrínsecamente bueno” excepto a Dios… y tú acabas de usar ese término conmigo.

Me gusta cómo lo expresa un teólogo en su comentario: en lugar de negar su deidad, Jesús está invitando a este joven a reflexionar sobre ella—a pensar en lo que acaba de salir de su boca.

El estándar de Dios

Jesús también está preparando el terreno con otra implicación. Observa nuevamente el versículo 19:

“Ninguno hay bueno, sino solo Dios.”

Así que, desde el inicio, Jesús apunta a dos verdades: su propia deidad… y la insuficiencia de este joven. Como si le estuviera diciendo: “Nadie es bueno… y eso te incluye a ti.” Nadie lo es.

Ahora, entre los versículos 19 y 20—en ese pequeño espacio en blanco entre ambos—creo que hay una pausa larga.

Jesús le ha dado a este joven varias cosas importantes en qué pensar.

Después de esa pausa, habría sido maravilloso que el joven respondiera algo como: “Sí, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”; o tal vez: “Tienes razón, sé que soy pecador; no soy digno de heredar la vida eterna.”

Pero… solo hay silencio. De hecho, el joven ni siquiera responde a la pregunta de Jesús. Parece ignorarla… o simplemente la deja pasar. No muerde el anzuelo, por así decirlo.

Eso me pasó el otro día con un técnico que vino a la casa. Pasó al lado de mi oficina en casa, donde tengo mi biblioteca. Se detuvo para mirar y me dijo: “Tiene muchos libros.”

Así que le respondí: “Soy pastor… y la congregación no quiere que tenga excusas para dar un mal sermón.”

No le pareció gracioso. Solo dijo: “¿Dónde está el electrodoméstico que necesita reparar?”

Y ahí entendí que hasta ahí llegaba la conversación… porque no estaba dispuesto a escuchar.

En otra ocasión, un técnico reaccionó distinto. Dijo: “¿De verdad? ¿Qué iglesia pastorea?” Eso me dio la oportunidad de responderle y luego preguntarle: “¿Tiene una iglesia donde congregarse?”

Se quedó en silencio… y después admitió que no estaba donde debía estar espiritualmente. Entonces pude compartirle el evangelio.

Eso es exactamente lo que el Señor está haciendo aquí. Ha planteado la pregunta… ha puesto el tema sobre la mesa… pero este joven no responde.

La realidad es que no está interesado en Jesús. No está interesado en el evangelio. Solo quiere asegurarse de tener su “seguro contra el infierno”.

En otras palabras: “Creo que voy bien… pero quiero asegurarme de que no me falte nada.”

Y entonces Jesús, en esencia, le dice: “Muy bien, ¿quieres medir tus obras para ver si eres lo suficientemente bueno?”

Versículo 20:

Los mandamientos sabes: No adulterarás; no matarás; no hurtarás; no dirás falso testimonio; honra a tu padre y a tu madre. Y él dijo: “Todo esto lo he guardado desde mi juventud.”

Wow ¿En serio? “He cumplido todos estos mandamientos desde que era un niño. ¡Nunca me desvié!”

Es el hijo que yo nunca fui… ¡y el hijo que nunca tuve!

Ahora, Jesús—el Dios soberano y omnisciente—podría haber detenido todo en ese mismo momento y haber dicho: “¿Ah, sí?

  • Hace apenas un mes le mentiste a un socio para quedar bien;
  • Hace dos semanas codiciaste a una mujer en tu aldea—lo cual equivale a adulterio;
  • Hace tres meses deshonraste a tu padre y a tu madre; no lo dijiste en voz alta, pero yo escuché lo que dijiste en tu corazón.
  • Y así… una y otra vez.”

El teólogo J.C. Ryle escribe en su comentario de este pasaje que la respuesta de este hombre—“todo esto lo he guardado desde mi juventud”—está llena de autoengaño. Qué diferente a la respuesta del apóstol Pablo, quien dijo: “Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien” (Romanos 7:18).

Otro autor escribe: “Qué tragedia que alguien conozca los mandamientos de Dios… pero no se conozca a sí mismo.”

Tal vez estés pensando: “No puedo creer que alguien pueda estar tan engañado como para pensar que es lo suficientemente bueno para entrar al cielo.”

Bueno… sal y habla con la gente.

Todo va bien… hasta que les sugieres que son pecadores, que lo que hacen es pecado. Ahí es cuando más te vale tener buenos reflejos para esquivar el golpe.

Las personas se miden con su propia ley, con su propio estándar… y son como este joven: ¡todos sacan calificación perfecta!

Lo que debería haber ocurrido aquí en Lucas 18 es un momento de reflexión… seguido de una admisión… y luego una confesión.

“Señor, no he guardado estos mandamientos. La verdad es que he fallado muchas veces. No sé exactamente qué está mal en mí, pero algo no está bien. De hecho, la razón por la que no estoy seguro de haber hecho lo suficiente para heredar la vida eterna es porque siento que algo me falta. Tal vez hay algo más que debo hacer.”

Pero en lugar de eso, prácticamente le dice a Jesús: “Dame otro mandamiento… y te mostraré que también cumplo ese.”

El ídolo del joven rico

Entonces, Jesús lo lleva a un punto decisivo en el versículo 22:

Jesús, oyendo esto, le dijo: Aún te falta una cosa: vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme. Pero al oír esto, se puso muy triste, porque era muy rico. Lucas 18:22-23

Ahora, a primera vista, parece que Jesús le está diciendo que hay una manera de ganarse el cielo.

“Ve, vende tu propiedad familiar y repártela”—la palabra en el original aquí implica que debía ir y distribuir su riqueza entre varias personas en necesidad.

Y luego—no pases esto por alto—Jesús no se detiene allí sino que le dice: ven y sígueme.

Jesús lo está confrontando.

“Ya que crees que cumples perfectamente los mandamientos, parece que omitimos el primero: ‘No tendrás dioses ajenos delante de mí.’”

Acabo de identificar a tu dios.

Escucha bien: aquello que se interpone entre tú y seguir a Jesús… ese es tu verdadero dios.

Jesús, en esencia, le está preguntando: “¿Me quieres a mí… o quieres tu dinero? ¿Quieres seguirme… o quieres tu riqueza?”

Jesús no está condenando sus posesiones; está exponiendo sus prioridades.

Al principio parecía que este joven quería ir al cielo. Pero ya no… si eso implicaba renunciar a lo que tenía en la tierra.

Jesús no está exigiendo penitencia; le está dando la oportunidad de demostrar un arrepentimiento genuino. Antes, en este mismo evangelio, Jesús dijo: 

“No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Lucas 16:13).

Es decir, no puedes estar entregado al dinero y a Dios al mismo tiempo. Así que, en realidad, Jesús le está haciendo una pregunta: “¿Hay algo en tu vida que deseas más que a Dios?”

Y su respuesta fue: “Sí. Amo más el dinero que a Dios… y quiero seguir teniendo el control de mi vida y de mis posesiones, aun si eso significa perder la vida eterna.”

Se nos dice en el versículo 23 que este joven entendió lo que estaba ocurriendo… y se puso muy triste. Se dio cuenta de que, en realidad, no quería el cielo.

Estaba triste… muy triste… pero no lo suficiente.

Ahora, con esto, Jesús presenta una aplicación en el versículo 24:

“¡Cuán difícil es para los que tienen riquezas entrar en el reino de Dios!” Lucas 18:23

Por cierto, Jesús no dijo que es imposible que una persona rica entre en el reino; pero sí es muy difícil que acepte el evangelio del reino.

¿Por qué?

Permíteme sugerirte cuatro razones:

Primero, las riquezas pueden crear un sentido de independencia.

“He salido adelante por mis propios medios; no necesito ayuda de nadie.”

Segundo, las riquezas pueden generar una confianza en uno mismo.

“Mira lo que he logrado; puedo estar orgulloso de mí mismo.”

Tercero, las riquezas pueden dar una falsa sensación de sabiduría.

“Si acierto en mis negocios y decisiones financieras, probablemente también tengo razón en asuntos espirituales.”

Cuarto, las riquezas pueden producir un sentido de superioridad.

“Soy mejor que otros que no tienen lo que yo tengo; si ellos siguen a Jesús, lo entiendo… necesitan apoyo. Pero yo no voy a rebajarme a ese nivel.”

Lo imposible para el ser humano

Entonces, el Señor utiliza un camello para ilustrar la conversión de una persona, aquí en el versículo 25:

“Porque es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios.”

Una vez más, la persona rica que Jesús tiene en mente no queda fuera del reino por ser rica, sino porque tiene las manos llenas… y no quiere vaciarlas.

Nadie puede recibir el tesoro del cielo si está satisfecho con los tesoros de la tierra.

El problema no era que poseía riquezas… el problema era que las riquezas lo poseían él.

Desprender sus manos de aquello que más amaba sería tan imposible como hacer pasar un camello por el ojo de una aguja.

Este era un proverbio conocido en los días del Señor, registrado también en el Talmud babilónico, compilado siglos antes del nacimiento de Cristo.

El Talmud ofrecía enseñanzas y comentarios sobre la vida del pueblo judío; en uno de sus proverbios se hablaba de lo imposible que sería hacer pasar un elefante por el ojo de una aguja. El elefante era el animal más grande en Babilonia.

Jesús toma esa idea y la adapta, cambiando el animal por el más grande en su contexto: el camello.

Ahora, existe una idea interesante que dice que Jesús se refería a la “Puerta de la Aguja” en Jerusalén, por donde un camello debía agacharse mucho para poder entrar.

Pero esa idea no es correcta; Es solo una leyenda popular. No existía tal puerta en Jerusalén.

Además, la palabra “aguja” que Jesús usa aquí—y que Lucas habría entendido muy bien ya que era médico—se refiere a una aguja quirúrgica, como la que usa un médico para suturar.

Así que imagina el animal más grande que puedas. Si el Señor dijera esto hoy, a la luz de los hallazgos arqueológicos, quizás diría: “Es imposible que un brontosaurio – o un espinosaurio o un giganotosaurio – pase por el ojo de una aguja.”

Mis nietos me han enseñado prácticamente todos los nombres de dinosaurios… ha sido toda una educación.

El punto es claro: no vas a hacer pasar un camello por el ojo de una aguja, así como tampoco entrará al cielo una persona rica que está completamente entregada a las cosas de este mundo.

La verdad es que, como dijo un autor: “En términos espirituales, nadie llega a Dios como rico… sino como pobre.”

Una persona espiritualmente pobre—pobre en espíritu—es la que hereda el reino de Dios, como dijo Jesús en Lucas 6:20.

Ahora, la multitud que estaba escuchando queda impactada por la implicación: Jesús está rechazando a este impresionante joven rico. Y hacen la pregunta obvia en el versículo 26:

Los que oyeron esto dijeron: “¿Quién, pues, podrá ser salvo?” Lucas 18:26

Fíjate, no preguntan: “Entonces, ¿cómo puede salvarse este hombre rico?” No. Están diciendo: “Si este hombre—devoto, rico, un líder respetado de nuestro pueblo—no es el ejemplo de alguien bendecido por Dios… si él no es lo suficientemente bueno… ¿cómo vamos a ser salvos nosotros?”

Entendieron el mensaje: ¡nadie califica! ¡nadie es lo suficientemente bueno!

Jesús les responde en el versículo 27:

“Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios.” Lucas 18:27

En otras palabras: Tienen razón; nadie califica. Es imposible que un ser humano se gane el cielo.

  • No puede comprar suficientes indulgencias;
  • visitar suficientes catedrales;
  • hacer suficientes peregrinaciones;
  • repetir suficientes oraciones;
  • ni hacer suficientes buenas obras para equilibrar la supuesta balanza invisible entre lo bueno y lo malo.

Y eso nos lleva a entender nuestra condición desesperada—una condición que no podemos resolver por nosotros mismos y depender del poder de Dios. Como Jesús dijo: Es imposible para los hombres, pero es posible para Dios.

Escucha lo que escribe el apóstol Pablo. Este es uno de los pasajes que llevaron a Martín Lutero a iniciar la Reforma:

Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios… Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. (Romanos 5:1–2, 8)

Cristo murió por pecadores.

Nos mantenemos firmes, no en nuestras obras… sino en su obra. No en nuestra bondad… sino en su gracia.

Así que estas son las buenas noticias:

  • No eres salvo por ser bueno.
  • No eres salvo por prometer que vas a mejorar.

No puedes:

  • salvarte a ti mismo;
  • ser perfecto;
  • obedecer los mandamientos sin fallar;

Eso es imposible. Es imposible para los hombres.

Pero Jesucristo hizo lo imposible por ti. Vivió una vida perfecta y dio su vida como sacrificio para salvar a pecadores como tú y como yo.

Por eso, nuestra fe—nuestra confianza, nuestra esperanza—está en Cristo solamente. Nuestra gloria está en Él.

Pedro interviene en el versículo 28 y dice:

“He aquí, nosotros hemos dejado nuestras posesiones y te hemos seguido.” Lucas 18:28

El relato en Mateo vemos que Pedro estaba preguntando qué les espera ahora que, en esencia, lo han dejado todo por Él. Y Jesús les promete una recompensa gloriosa en el reino venidero.

Lucas resume la respuesta del Señor con estas palabras en el versículo 29:

“De cierto os digo, que no hay nadie que haya dejado casa, o padres, o hermanos, o mujer, o hijos, por el reino de Dios, que no haya de recibir mucho más en este tiempo, y en el siglo venidero la vida eterna.” Lucas 18:29-30

En otras palabras, puede que sacrifiques todo… pero a la luz de la eternidad, esos sacrificios serán recompensados con creces en la gloria del cielo.

Conclusión

Tenemos razones para creer que este joven—rico, influyente, prometedor—se apartó de la multitud con el corazón triste… pero decidido a rechazar a Cristo.

Un autor escribe que, al rechazar la invitación de Cristo a ponerlo en primer lugar y seguirle, reveló la verdadera condición de su corazón… y él lo sabía.

Así que regresa a casa… a su riqueza.

A un hogar lleno de riquezas… pero con un corazón perdido, una vida vacía, y un destino eterno separado de Dios.

¿Cuál es tu respuesta al llamado de Cristo? ¿Te irás, como aquel joven, triste porque no quiere soltar su pecado … o vendrás a Él con un corazón dispuesto?

¿Qué ocupa el primer lugar en tu vida? Si nunca has venido a Cristo, deja de confiar en tus obras y ven a Él con las manos vacías, reconociendo tu necesidad y recibiendo su gracia. Y si ya le sigues, examina tu corazón—¿hay algo que está compitiendo con Dios? Hoy es el día para entregar todo a los pies de Cristo y ponerlo en el primer lugar de tu vida.


[i]  J. Dwight Pentecost, The Words and Works of Jesus Christ (Zondervan, 1981), p. 360

[ii] Kenneth E. Bailey, Poet & Peasant and Through Peasant Eyes (Eerdmans, 1983), p. 162

[iii] Adapted from Dale Ralph Davis, Luke: The Year of our Lord’s Favor (Christian Focus, 2021), p. 98

[iv] Adapted from J.C. Ryle, Expository Thoughts on the Gospels: Luke (Evangelical Press, 1879, reprint: 1975), p.

[v] Davis, p. 99

[vi] Fritz Rienecker & Cleon Rogers, A Linguistic Key to the Greek New Testament (Regency, 1976), p. 195

[vii] John Phillips, Exploring the Gospel of Luke (Kregel, 2005), p. 234

[viii] Pentecost, p. 361

[ix] Reinecker, p. 196

[x] J. Seth Davey, “Money Problems,” Heart to Heart Magazine, October 8, 2023, p. 19

[xi] Adapted from J. Seth Davey, p. 19

Este contenido es una adaptación autorizada del ministerio Sabiduría Internacional, bajo la enseñanza original de Stephen Davey. Todos los derechos del contenido original están reservados a su autor.


Puede compartir o reproducir este material libremente solo con fines no comerciales, citando adecuadamente al autor y al ministerio. Queda prohibida su venta, modificación con fines lucrativos o redistribución sin permiso escrito.

Hemos procurado citar debidamente todos los recursos externos utilizados en cada lección. Las citas bíblicas provienen principalmente de la versión Reina-Valera 1960 y de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), aunque en algunos casos se emplean otras versiones de la Biblia para facilitar la comprensión del pasaje.
Reina-Valera 1960® © 1960 Sociedad Bíblica Trinitaria. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.
La Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © 2019 por The Lockman Foundation. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

Adaptado y publicado por el ministerio Sabiduría Internacional.

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