Introducción
Según datos que pude consultar con mi nuevo asistente, la Organización Mundial de la Salud reportó que, hasta el año pasado, hay 19 millones de niños en el mundo con discapacidad visual o completamente ciegos. Imagínelo… 19 millones de niños que hoy no pueden ver bien… o no pueden ver en absoluto.
En los Estados Unidos, hay aproximadamente 7.3 millones de personas—de todas las edades—con discapacidad visual o ceguera.
Tal vez tú mismo estás lidiando con problemas de visión… algún trastorno genético, degeneración macular, complicaciones por la diabetes u otras condiciones. Sabes lo que significa luchar con una vista que falla.
Mi querida suegra sufrió con esto. Legalmente era ciega, pero con una determinación admirable. La veía sentada en su silla, tratando de leer su Biblia, sosteniéndola muy cerca de su ojo que algo podía ver. Su determinación por leer la palabra de Dios siempre me desafiaba… y, siendo honesto, también me traía convicción.
El ojo humano es, sin duda, una de las maravillas de la creación de Dios. Tus ojos, tu sistema nervioso y tu cerebro trabajan juntos, perfectamente coordinados, para producir formas, colores, profundidad y movimiento.
Dios diseñó tus ojos con aproximadamente 274 millones de células sensibles a la luz—conos y bastones—que convierten la luz en impulsos químicos. Y esos impulsos viajan por el nervio óptico hacia tu cerebro a una velocidad impresionante: cerca de mil millones de mensajes por segundo.
Uno de los grandes desafíos para la teoría de la evolución es explicar cómo tantos componentes complejos—cientos de millones de ellos—pudieron desarrollarse de manera independiente y, aun así, funcionar juntos. Porque, como señala un autor: si una sola parte no funciona, la visión simplemente no es posible. El ojo funciona como un todo… o no funciona en absoluto.
Ese mismo autor añade que habría sido necesario que cientos de miles de mutaciones ocurrieran al mismo tiempo, para que estructuras como el lente y la retina—que dependen completamente una de la otra—pudieran desarrollarse simultáneamente.
No es de extrañar que, con el conocimiento limitado que tenía sobre el ojo humano, Charles Darwin escribiera en una carta en 1860: “Hasta el día de hoy, el ojo me hace estremecer.”
Ahora que entendemos un poco más de la complejidad de la vista, el Dr. H. S. Lipson, miembro del Instituto de Física de Gran Bretaña, escribió lo siguiente:
“Debemos admitir que la única alternativa aceptable es la creación. Sé que esto resulta inaceptable para muchos físicos—y para mí también lo fue—pero no debemos rechazar una teoría simplemente porque no nos gusta, si la evidencia la respalda.”
Pero no hay razón para estremecerse ni confundirse. La Biblia lo declara con total claridad en Proverbios 20:12.
“El oído que oye, y el ojo que ve, ambas cosas igualmente ha hecho Jehová.”
Ese es el mismo verbo que se repite una y otra vez en Génesis 1: el Señor hizo, formó, creó todas las cosas.
La ceguera espiritual de los discípulos
Ahora, cuando leemos en la Biblia acerca del milagro de alguien que recibe la vista, realmente no alcanzamos a dimensionar la magnitud de lo que está ocurriendo. En ese instante, millones de componentes entran en funcionamiento. El nervio óptico, los sistemas químicos de comunicación, la capacidad del cerebro para interpretar señales… todo, de repente, responde perfectamente a la orden de Cristo. Todo funcionando en perfecta armonía para que una persona pueda ver.
No es de extrañar que los rabinos en los días de Jesús—y aun generaciones antes—afirmaran que solo Dios podía darle vista a un ciego.
De hecho, los profetas habían anunciado que esa sería una señal distintiva del Mesías. Y, por cierto, no hay ni un solo caso en el Antiguo Testamento donde alguien haya sido sanado de ceguera. Es como si Dios hubiera reservado ese milagro… para autenticar la identidad de Su Hijo como el Mesías.
Cuando Jesús predicó su primer sermón, abrió el rollo del profeta Isaías y leyó ese pasaje clave en Isaías 61:
“El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí… me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos… a proclamar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos.” Isaías 61:1; 43:7
Y eso es exactamente lo que estamos a punto de ver. Mientras abres tu Biblia en Lucas 18, déjame adelantarte algo: vamos a ver a los discípulos negándose a creer lo que no quieren aceptar… pero también vamos a ver a un hombre ciego creyendo, aun sin poder ver.
Estamos en Lucas 18, donde terminamos el estudio anterior. Continuamos leyendo el versículo 31.
“Tomando Jesús a los doce, les dijo: He aquí subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre.” Lucas 18:31
Jesús frecuentemente hablaba de sí mismo en tercera persona, usando ese título: el Hijo del Hombre, un título mesiánico tomado de la profecía de Daniel.
¿Y qué era lo que los profetas habían anunciado que Él cumpliría? Jesús lo explica en los versículos 32 al 34:
“Pues será entregado a los gentiles, y será escarnecido, y afrentado, y escupido. Y después que le hayan azotado, le matarán; mas al tercer día resucitará. Pero ellos nada comprendieron de estas cosas; y esta palabra les era encubierta, y no entendían lo que se les decía.” Lucas 18:32-34
Los discípulos están completamente ciegos… no logran ver lo que Jesús les muestra con total claridad.
Helen Keller, una mujer que nació ciega, escribió años después una frase que encaja perfectamente aquí:
“Lo único peor que ser ciego… es tener vista, pero no tener visión.”
Y eso describe exactamente a los discípulos en este momento. De hecho, Lucas lo repite de tres maneras distintas para que no quede duda. Mira nuevamente el versículo 34:
“Pero ellos nada comprendieron de estas cosas; y esta palabra les era encubierta, y no entendían lo que se les decía.” Lucas 18:34
Ahora, si nos ponemos en su lugar, podemos ver que hay dos dimensiones para considerar:
Primero, hay una dimensión espiritual en la falta de entendimiento de los discípulos. El texto nos dice que esta revelación de Cristo les estaba encubierta. El lenguaje original da la idea de que una especie de ceguera fue impuesta sobre ellos, de modo que no podían comprender plenamente lo que Jesús quería decir.
Y podemos entender por qué. Si hubieran entendido completamente lo que Jesús estaba anunciando, habrían reaccionado de una de dos maneras: o se habrían armado con espadas, movilizando a la multitud como un ejército para entrar en Jerusalén y tomar el trono por la fuerza… o se habrían desanimado por completo, abandonando todo en ese mismo instante. “Entonces, ¿para qué seguir? ¿Para qué ir a Jerusalén?”
Además, ni siquiera captaron Su promesa de resucitar. Así que sí, hay una dimensión espiritual en su falta de entendimiento.
Pero, en segundo lugar, también hay una dimensión emocional. Ellos no están viendo esto… porque no quieren verlo. No están escuchando esto… porque no quieren oír lo que Jesús está diciendo.
Y si somos honestos, todos tenemos esa tendencia. Vemos lo que queremos ver… y escuchamos lo que queremos escuchar.
En este momento, la multitud ya está afinando su voz para cantar “¡Hosanna!” para la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. En pocos días estarán proclamando: “¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor!”
El Rey está aquí.
“¿Cómo que te van a maltratar? ¿Cómo dices que van a azortarte, burlarse de ti, a escupirte y aún asesinarte? ¡Si estás a punto de que te coronen! ¡El reino está a la vuelta de la esquina! Jesús, ¿no lo ves?”
Esa era la única visión que llenaba sus corazones y sus pensamientos.
Pero la visión que tenía Jesús era muy distinta.
Él veía que, en cuestión de días, se cumpliría la profecía de Isaías que escribió del Mesías:
“No volví atrás; di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y de escupidas.” Isaias 50:5-6.
Eso era lo que Jesús veía venir. Así que, en un sentido muy real, los discípulos tenían vista… pero no tenían visión espiritual. Y ahora vamos a conocer a un hombre que no tenía vista… pero sí tenía visión espiritual.
La vista espiritual del ciego Bartimeo
Mira el versículo 35:
“Aconteció que acercándose Jesús a Jericó, un ciego estaba sentado junto al camino mendigando.” Lucas 18:35
Ahora bien, me gustaría ir directo al punto… pero necesito detenerme un momento, porque los críticos y escépticos suelen usar este pasaje para afirmar que la Biblia está llena de errores.
Dicen algo así: Lucas escribe que Jesús se estaba acercando a Jericó, mientras que Mateo afirma que Jesús estaba saliendo de Jericó. Además, Mateo menciona a dos ciegos, pero Marcos y Lucas solo hablan de uno. Entonces—según ellos—los evangelios se contradicen.
Pero la respuesta es más sencilla de lo que parece… y tiene que ver con el desarrollo de la historia.
En Josué capítulo 6 leemos que Dios destruyó la antigua ciudad de Jericó. Recordará que sus muros cayeron y los israelitas tomaron posesión de esa ciudad pagana. Esa ciudad nunca fue reconstruida.
Sin embargo, aproximadamente a una milla al sur, se levantó una nueva ciudad de Jericó, construida por Herodes el Grande.
Esta nueva Jericó se convirtió en un lugar de descanso para la realeza. Allí había enormes palacios, piscinas, jardines, baños y hasta un teatro al aire libre.
Era también un destino favorito para personas adineradas. Y, además, muchos judíos pasaban por Jericó en su camino a Jerusalén durante las fiestas. En otras palabras… era un lugar ideal para que los mendigos sobrevivieran.
Así que lo más probable es que Jesús estuviera saliendo de la Jericó antigua y dirigiéndose hacia la nueva ciudad de Jericó cuando ocurre este evento. Mateo, Marcos y Lucas… todos están en lo correcto.
Y, por cierto, ni Marcos ni Lucas dicen que solo había un ciego. Simplemente se enfocan en uno de ellos—probablemente porque llegó a ser conocido en la iglesia primitiva. De hecho, Marcos nos da su nombre: Bartimeo. Así que nosotros también vamos a enfocarnos en él.
Bartimeo está sentado a las afueras de Jericó. Multitudes de judíos pasan por allí, rumbo a Jerusalén, con dinero en sus bolsillos, listos para comprar, comer y celebrar. Y aunque esta era la mejor temporada para mendigar—porque miles de peregrinos cruzaban por ese camino—no olvides cuán desesperada era su situación.
No había tratamiento.
No había medicina.
No había cirugía.
Además, la gente lo veía como alguien bajo el juicio de Dios. En esa cultura, asumían que, si estaba así, era porque había hecho algo malo… y que Dios lo estaba castigando por su pecado.
Grupos y grupos de personas ya habían pasado junto a Bartimeo. Pero ahora, Bartimeo escucha que una multitud se acerca – una enorme cantidad de gente que probablemente tenían que rodearlo, esquivarlo, para no pisarlo mientras avanzaban.
Él se pregunta qué está pasando. Observa el versículo 36
“Y oyendo a la multitud que pasaba, preguntó qué era aquello. Y le dijeron que pasaba Jesús nazareno. Entonces dio voces, diciendo: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí! (Lucas 18:37-38)
Nota esto: no dice “Jesús de Nazaret, ten misericordia de mí”, sino: “Jesús, Hijo de David…”
Esa no es una frase cualquiera. Es una declaración de fe. Está diciendo: “Sé que no eres solo Jesús de Nazaret—eso habla de su lugar de nacimiento—tú eres el Hijo de David… eso habla de su diedad.”
Los rabinos ya usaban “Hijo de David” como un título para el Mesías, basado en profecías como Isaías 11. Incluso enseñaban que el Mesías vendría como un segundo David, descendiente de su linaje. Y los judíos piadosos oraban constantemente para que Dios enviara a ese Mesías prometido que vendría del linaje de David.
No sabemos cuándo ni cómo ocurrió… pero en algún momento, Bartimeo escuchó las historias. Entendió la conexión, y este mendigo ciego creyó.
Y está clamando porque cree lo que le habían enseñado: que solo Dios puede dar vista a los ciegos. Tal vez no lo entendía todo… pero sí entendía lo suficiente. Creía que Jesús podía darle vista, porque creía que Jesús era el Hijo de David, el Mesías prometido.
Así que, aunque no podía ver… sí veía. Aunque el mundo a su alrededor era oscuridad… él había reconocido la luz del mundo.
Ahora observa la reacción de la multitud en el versículo 39:
“Y los que iban delante le reprendían para que callase…” Lucas 13:39
“¡Cállate!” Le decían. “Jesús no tiene tiempo para ti. No importas… eres un mendigo. Si Él es el Mesías, no va a detenerse por alguien como tú.”
Lucas añade que no le importó lo que le decían, sino que:
“él clamaba mucho más: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí!” (Lucas 18:39)
Me lo imagino como alguien que está perdido en una isla desierta, o a la deriva en el mar, y de pronto aparece un avión en el cielo. El hombre empieza a gritar, a agitar los brazos desesperadamente… Y uno se pregunta: “¿Lo verán? ¿Se detendrán? ¿Lo rescatarán?” Contienes la respiración… esperando que alguien lo vea.
Y entonces viene esa frase que lo cambia todo: Y Jesús se detuvo.
¡Se detuvo!
Escuchó. Él lo sabía. Le importaba. Y esto es lo impresionante: en pocos días, Jesús estará colgado en una cruz… pero en ese momento, se detiene por un mendigo.
Observa ahora el versículo 40.
Jesús entonces, deteniéndose, mandó traerle a su presencia; y cuando llegó, le preguntó, diciendo: ¿Qué quieres que te haga?
Jesús no está confundido. Él sabe perfectamente lo que Bartimeo necesita. Pero quiere que todos los que están allí no pasen por alto este momento. Este será un milagro mesiánico.
“Bartimeo, dime… ¿qué quieres? ¿Dinero? ¿Ropa? ¿Comida?”
Versículo 41:
“Él dijo: Señor, que reciba la vista.” Lucas 18:41
Señor. Presta atención a ese título. Hemos pasado de “Jesús de Nazaret” a “Hijo de David” y ahora a: “Señor.”
“Señor… quiero ver”
La palabra que se usa aquí traducida “recibir la vista” puede referirse tanto a alguien que la perdió en algún momento… como a alguien que nunca ha visto y ahora desea ver por primera vez.
Bartimeo está diciendo:
“Señor… quiero ver.”
Y Jesús responde en el versículo 42:
“Recíbela; tu fe te ha salvado.” Lucas 18:42
Esa palabra en griego—sozo—también puede traducirse como: “sanado.” Por eso encontrará diferencias en algunas traducciones de la Biblia. Mirando el contexto, ambas aplican aquí. El ciego fue sanado, pero también fue salvado.
En otras palabras: “Estabas ciego… pero los ojos de tu corazón sí veían quién soy Yo. El Hijo de David. El Mesías. El Señor. Y creíste en mí.”
Y ahora mira el resultado, versículo 43:
“Y luego vio, y le seguía, glorificando a Dios; y todo el pueblo, cuando vio aquello, dio alabanza a Dios.” Lucas 18:43
Subraya esa palabra en tu mente: “Luego” “al instante” “de inmediato” recobró la vista.
Así fue, en un instante. Sin cirugía. Sin rehabilitación. Sin terapia. Sin ningún proceso gradual. Nada de eso. En ese mismo momento, millones de células comenzaron a funcionar.
En ese mismo instante, 274 millones de conos y bastones comenzaron a convertir la luz en impulsos químicos.
Inmediatamente, esos impulsos comenzaron a viajar a su cerebro a una velocidad de mil millones de mensajes por segundo.
Inmediatamente, el ciego Bartimeo ve a Jesús.
Inmediatamente, Bartimeo se convierte en un nuevo creyente—¡el hermano Bartimeo!
Y muchos de los que estaban en esa multitud se alegran con Jesús ahora… pero en pocos días estarán clamando “crucifícale”.
La multitud puede ver, pero sigue espiritualmente ciega.
¿Cuál es la cura para la ceguera espiritual?
Permíteme resumirla en tres pasos.
Primero, como Bartimeo:
Necesitas entender que sin Cristo estás espiritualmente ciego
Quizás estés pensando: “¿Qué tan difícil puede ser eso?”
He hablado con muchas personas que no tienen idea de que no pueden ver espiritualmente. Piensan que tienen una comprensión perfecta sobre la eternidad, sobre Dios, la religión e incluso la verdad… pero van de una moda a otra, de una idea a otra, de una especulación a otra.
¿Y tú? ¿Sabes que estás ciego a tu pecado… y que solo Jesucristo puede abrir tus ojos espirituales?
Primero, necesitas entender que estás espiritualmente ciego.
En segundo lugar:
Necesitas creer que hay una sola cura que salva
Debes creer que solo Cristo puede salvarte, que solo Él puede abrir tus ojos para ver la verdad de Su evangelio y la gloria de Su deidad.
A lo largo de los años he hablado con muchas personas que tienen dos o tres opciones: esta idea, aquella práctica, ese ritual…
Escucha bien: no vas a ser salvo por Jesús… hasta que Jesús sea tu única opción.
Necesitas entender que estás espiritualmente ciego.
Necesitas creer que hay una sola cura que salva.
En tercer lugar:
Necesitas hacer una petición sincera.
Haz lo que hizo Bartimeo: clama con arrepentimiento y fe, y di: “Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí.”
Él no tenía nada que ofrecerle a Jesús. Era un mendigo ciego. Y nosotros tampoco. Venimos con las manos vacías. Nuestra única esperanza es la misericordia de Dios. Cuando vienes a Jesús de esa manera—poniendo tu fe solamente en Él—Él te salvará. Y te salvará inmediatamente.
Abrirá tus ojos espirituales, esos que—como dice el apóstol Pablo en 2 Corintios 4:4 —estaban cegados para que no vieran “la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.”
Conclusión
Entonces… ¿qué puedes ver hoy? Puede que seas físicamente ciego… pero aun así puedes ver la verdad acerca de Cristo. Y puede que tengas una vista perfecta… y sin embargo hoy estés ciego a la verdad espiritual acerca de Jesucristo.
Al principio del estudio mencioné a Helen Keller, quien nació muda, sorda y ciega. Pero con una percepción asombrosa, ella dijo que preferiría ser ciega… antes que tener vista, pero no tener visión. Y eso tiene implicaciones espirituales profundas.
He compartido en estudios anteriores cómo su maestra, Anne Sullivan, comenzó a enseñarle desde los siete años a comunicarse y a conectarse con el mundo.
Con el tiempo, Helen llegó a ser una mujer brillante, una oradora reconocida, recibió varios doctorados honoríficos y, más adelante en su vida, fue galardonada con la Medalla Presidencial de la Libertad.
Incluso apareció en la portada de la revista Time cuando fue reconocida en 1937 como la mujer del año… en una época en la que, evidentemente, la gente todavía sabía lo que era una mujer.
Ahora bien, a los ocho años, Helen llegó a comprender su necesidad espiritual, gracias a que su maestra invitó a un pastor para explicarle el evangelio de Jesucristo. Y ella respondió con fe.
Más adelante diría:
“Siempre supe que había un Dios… pero ahora sé su nombre.”
Ella tenía más visión en su ceguera… que la que tiene nuestro mundo hoy.
Suena como Bartimeo, ¿verdad? Tenía más claridad en su ceguera que muchas de las personas en aquella multitud.
Los estudiosos de la Biblia, al reconstruir los relatos históricos, sugieren que Bartimeo siguió a Jesús desde Jericó hasta Jerusalén en el domingo de Ramos; estuvo entre los que lloraron al ver a Jesús crucificado; y también estuvo con los creyentes que se regocijaron en la resurrección del Señor.
Un mes después, estaba allí en el día de Pentecostés, cuando nació la iglesia y en Jerusalén se añadieron unos tres mil nuevos creyentes. Llegó a ser conocido en la iglesia primitiva como un fiel seguidor de Cristo.
Pero incluso aquí, sentado a la orilla de este camino polvoriento, Bartimeo ya iba muy por delante de la multitud. Él sabía que Jesús de Nazaret era el Mesías, el Rey, el Señor.
¿Quién es Jesús para ti? ¿Le has pedido que te sane de tu ceguera espiritual? Decide hoy, por fe, seguirle como tu Mesías, tu Rey, tu Señor
[i] Mario Seiglie, “The Miracle of the Human Eye”, Good News Magazine (September 27, 1988)
[ii] Ibid
[iii] Ibid
[iv] A quote by Seiglie (Physics Bulletin, Volume 30, p. 140)
[v] Bruce B. Barton, Life Application Bible: Luke (Tyndale, 1997), p. 427
[vi] Adapted from William Barclay, The Gospel of Luke (Westminster Press, 1975), p. 231
[vii] Barton, p. 424
[viii] Charles R. Swindoll, Living Insights in Mark (Zondervan, 2016), p. 228
[ix] R. Kent Hughes, Luke: Volume 2 (Crossway Books, 1998), p. 214
[x] Ibid, p. 215
[xi] Adapted from Dale Ralph Davis, Luke: The Year of the Lord’s Favor (Christian Focus, 2021), p. 110
[xii] Adapted from Hughes, p. 218



















