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Redescubriendo la historia de Zaqueo

Zaqueo es un personaje familiar para muchos, pero su historia encierra mucho más de lo que recordamos. Al recorrer este encuentro con detenimiento, vemos cómo cada momento revela el propósito de Cristo al buscar, confrontar y transformar una vida marcada por el pecado. Lo que comienza como simple curiosidad termina en un encuentro que lo cambia todo. Esta historia no solo muestra lo que ocurrió ese día, sino también cómo Dios sigue obrando de la misma manera hoy. Al observar cada escena, somos llevados a considerar nuestra propia respuesta al llamado de Cristo. Acompáñanos a redescubrir esta historia y ver lo que realmente está en juego.

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Introducción

Si de niño ibas a una típica clase de escuela dominical, es muy probable que hayas aprendido el mismo corito que yo. Hay un par de versiones, pero yo me la aprendí así. 

Zaqueo tan pequeño fue,
Que a causa de la multitud;
Se subió a un sicómoro él
porque quiso ver a Jesús;

y cuando el salvador pasó,
en lo alto le miró. Y le dijo:
“Zaqueo, bájate de ahí
porque a tu casa voy a ir;
a tu casa voy a ir.”

Francamente, ese corito resume casi todo lo que muchos saben acerca de Zaqueo: era bajo de estatura, se subió a un árbol, y Jesús terminó visitando su casa.

Quizás eso se deba a que Lucas es el único escritor de los Evangelios que incluye este encuentro. Y además, Lucas lo presenta de manera bastante breve. Este evento tomó varias horas, pero Lucas lo comprime en apenas unos versículos.

Lucas nos muestra este evento como una serie de imágenes rápidas—una tras otra—como las que toma un niño cuando agarra tu teléfono y empieza a sacar fotos sin parar – en lugar de mostrarnos la película completa sin interrupciones.

Así que detengámonos a observar de cerca esta serie de imágenes… y lo que cada una nos enseña.

Estamos ahora en el capítulo 19 del evangelio de Lucas. Y, a la diferencia de las fotos rápidas que tomaría un niño, cada imagen que Lucas nos presenta revela una escena clara y va añadiendo tensión al relato.

Podríamos llamar a la primera:

Una escena de lujo

Mira el primer versículo:

“Entró Jesús en Jericó, y pasaba por la ciudad.” (Lucas 19:1)

Si escuchaste el estudio anterior, recordarás que Jesús va camino a Jerusalén; faltan apenas días para que muera en una cruz. Está pasando por Jericó, pero no es un desvío casual, es completamente intencional.

Como bien dijo un autor: Dios nunca hace nada “de paso”; Él hace todo con propósito.

Ahora, Jesús llega a lo que conocemos como la nueva Jericó, una ciudad ampliada y renovada por el rey Herodes. Jericó era un oasis—el lugar perfecto para su palacio de vacaciones.

Las personas ricas construían allí sus casas de vacaciones. Los que tenían poder e influencia, bien conectados en la política venían a Jericó para retiros y encuentros, disfrutando de baños de mármol y recepciones en palacios junto a miembros de la realeza.

Era una ciudad habitada por una élite opulenta: empresarios, comerciantes influyentes, líderes del sector económico.

En el primer siglo, a Jericó se le conocía como “El pequeño paraíso”. Era famosa por sus paisajes cuidados, por sus jardines de rosas que, según decían, perfumaban el aire a kilómetros de distancia. También se hizo mundialmente conocida por sus árboles de bálsamo.

El bálsamo era uno de los principales productos de exportación de Jericó. Se utilizaba para hacer ungüentos y productos de limpieza. Hoy lo conoceríamos como un aceite esencial, usado para la relajación y aliviar el estrés. Pero en los días de Jesús, se creía que tenía propiedades curativas.

La historia también registra que las calles de Jericó estaban bordeadas de palmeras. De hecho, otro de los apodos de esta ciudad lujosa era: “La ciudad de las palmeras.”

Pero registros históricos también nos dicen que algunas de las calles de Jericó estaban bordeadas de árboles sicómoros, un tipo de árbol propio de esa región que se parecía más a un roble, con hojas grandes y ramas gruesas que crecían a baja altura.

El árbol perfecto para trepar.

Ahora bien, esta era una ciudad de millonarios; era, sin duda, una escena de lujo. Pero Lucas nos presenta ahora otra escena. Podríamos titularla:

Una escena de miseria

Y tal vez no lo parezca a simple vista. Lucas escribe en el versículo 2:

“Y sucedió que un varón llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico.” (Lucas 19:2)

La palabra que Lucas usa aquí para “rico” ya la había utilizado unos párrafos antes, en el capítulo 18, donde se traduce como “extremadamente rico”, “increíblemente rico”. Hoy diríamos que estaba nadando en plata.

Y no hay nada malo en ser rico. Pero Zaqueo no había ganado ese dinero limpiamente.

Déjame darte un poco más de contexto para entender esta escena.

Jericó era un punto clave en las rutas comerciales. Era una intersección importante entre distintas ciudades y pueblos. Allí se cobraban impuestos, peajes y aranceles sobre exportaciones e importaciones, así que el dinero fluía constantemente hacia Jericó… y de ahí a las arcas del Imperio romano. De hecho, Jericó era uno de los tres centros de recaudación más importantes de toda esa región.

El gobierno romano vendía los derechos de recaudación de impuestos en estos territorios a hombres judíos que estaban dispuestos a hacer lo impensable: cobrarle impuestos a su propio pueblo para financiar a sus opresores.

Por eso, el pueblo judío despreciaba a los recaudadores de impuestos. Los veían como traidores, como hombres que habían vendido a su propia gente.

En esos días, había dos grupos especialmente rechazados: los leprosos… y los recaudadores de impuestos, también conocidos como “publicanos”.

A los recaudadores de impuestos se les prohibía entrar a la sinagoga, que era el centro de la vida judía. Allí se reunía la familia y el pueblo, no solo para estudiar las escrituras sino para de todo tipo de celebraciones y eventos comunitarios.

En otras palabras, un publicano prácticamente se despedía de sus amigos, de su familia extendida, de su propio pueblo… e incluso de Dios.

Se les consideraba impuros de manera permanente. Nadie quería tener nada que ver con ellos. La gente los evitaba como a una plaga.

Lo tenían todo… pero sabían que, en realidad, no tenían nada.

Esta es una escena de miseria.

Y se pone peor aún. Lucas nos dice que Zaqueo era jefe de los publicanos, un término que solo aparece aquí en todo su Evangelio.

Para los que se están integrando recién a nuestro estudio de Lucas, aclaro que el gobierno romano les daba a los publicanos libertad total para valorar las mercancías que pasaban por la región… y determinar cuánto impuesto cobrar.

Un recaudador honesto no se hacía rico. Pero uno deshonesto, sí. Inflaban el valor de los productos, cobraban más de lo debido, entregaban al Imperio romano la parte correspondiente… y se quedaban con el resto.

Así que Lucas no está siendo muy cuidadoso con su vocabulario cuando nos dice que Zaqueo era jefe de los publicanos… y que era rico. Es otra forma de decir: era un criminal.

Era el jefe de toda una operación corrupta. El director de una empresa de extorsión. Era frío… calculador.

Podía mirarte a los ojos, decirte cuánto valían tus bienes—sabiendo que estaba mintiendo—y no inmutarse ni un segundo.

Además, esta expresión nos deja ver que Zaqueo era uno de los tres judíos más odiados en todo Israel, porque solo había tres jefes de publicanos en la región.

Los otros dos vivían en Capernaúm y en Cesarea.

Cada uno de ellos tenía a su cargo decenas de recaudadores subordinados, ocupados ejecutando sus órdenes injustas.

Y Zaqueo ya tenía la edad suficiente como para haber escalado posiciones hasta llegar a ser uno de los únicos tres hombres con ese nivel de poder.

Eso significa que, durante décadas, Zaqueo había vivido engañando a una persona tras otra… a un comerciante tras otro… a un trabajador tras otro… hasta convertirse—fuera de la realeza—en uno de los hombres más ricos de Jericó.

Pero esta no es la escena de un hombre satisfecho. A estas alturas, Zaqueo era un hombre de mediana edad, con un corazón endurecido, insensible, marcado por años de corrupción. Vivía rodeado de lujo… pero completamente vacío.

Y hay una ironía más aquí: el nombre “Zaqueo” es un nombre judío que proviene de una palabra hebrea que significa “inocente” o “puro”.

Zaqueo sabía que él estaba muy lejos de ser inocente o puro. Probablemente ya tenía la edad suficiente como para empezar a preguntarse qué sería de él después de la muerte.

Lo que sí sabemos es que su vacío era tan profundo que lo llevó a hacer algo impensado: quería, como fuera, ver a ese rabino itinerante. Había oído de Él… un maestro que no tenía problema en relacionarse con publicanos… incluso en sentarse a comer con ellos. Eso debió haberlo impactado profundamente—quizás incluso le dio esperanza.

Tal vez Zaqueo también había escuchado que Jesús había transformado la vida de uno de sus antiguos empleados: un recaudador de impuestos llamado Mateo.

No lo sabemos con certeza. Pero sí sabemos algo: el Espíritu de Dios está a punto de tocar su vida… impulsándolo aún a subirse a un árbol para conocer al Señor en persona.

Ahora, podríamos titular a la siguiente escena que nos muestra Lucas:

Una escena de curiosidad

Mira lo que dice el versículo 3:

“Procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura. Y corriendo delante, subió a un árbol sicómoro para verle; porque había de pasar por allí.” (Lucas 19:3–4)

Me encanta pensar en todo lo que Dios está haciendo detrás de escena.

Jesús ha calculado cada detalle con precisión. Le ha dado a Zaqueo el tiempo suficiente para darse cuenta de que no puede ver nada entre la multitud. Jesús sabe exactamente en qué calle hay árboles sicómoros… y decide pasar por esa misma calle. Sabe cuánto tiempo necesita Zaqueo para correr y adelantarse a la multitud. Sabe cuánto tiempo le tomará treparse a ese árbol—un árbol con suficientes hojas como para esconderse y pasar desapercibido.

Nada de esto es casualidad. Pasar por Jericó y tomar esa calle no fue coincidencia… fue completamente intencional.

Jesús acaba de sanar a un ciego que clamó por misericordia… y ahora está a punto de salvar a un publicano que sabe que está vacío. Zaqueo cree que quiere ver a Jesús… pero no tiene idea de que Jesús quiere verlo a él.

En esa cultura, un hombre respetable no corría… y mucho menos se subía a un árbol. Te puedes imaginar su ropa costosa enganchándose en las ramas… pero a Zaqueo ya no le importa. Su curiosidad no lo deja en paz.

Como escribió Juan Calvino: “La curiosidad y la sencillez son una preparación para la fe.”

Ahora Lucas nos muestra otra escena. Podríamos titularla:

Una escena de urgencia

Mira el versículo 5:

“Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa.” (Lucas 19:5)

En otras palabras: “No me importa si no has preparado la casa… no me importa si todo está en desorden… hoy voy a tu casa. No te estoy pidiendo una cita, no estoy hablando de mañana, ni siquiera más tarde… estoy hablando de ahora mismo. Y, por cierto, Zaqueo, sé quién eres… sin que nadie me haya presentado.”

¿Notas el sentido de urgencia en las palabras del Señor? “Date prisa… hoy es necesario que nos juntemos.”

Y no está hablando de una visita rápida. La palabra que Jesús usa aquí traducida “posar” da la idea de “quedarse”, “alojarse”.

Es como si le dijera: “Voy a tu casa… y me voy a quedar un buen rato.”

Mira el versículo 6:

“Entonces él descendió aprisa, y le recibió gozoso.” (Lucas 19:6)

Me imagino a Zaqueo bajando del árbol con astillas en las manos, hojas en el cabello… y la mente a mil por hora: “Este rabino es el primero que no me desprecia… ¿y cómo sabe mi nombre?”

Ahora, Jesús va a usar este encuentro como una ilustración. Mira el versículo 10:

“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.” (Lucas 19:10)

Este es el versículo clave de todo el evangelio de Lucas. Es la declaración del propósito de su venida.

Jesús vino a buscar… y a salvar.

La palabra “salvar” también puede entenderse como rescatar, y la palabra “perdido” como arruinado.

Jesús vino a rescatar vidas arruinadas.

Y algo está ocurriendo en el corazón de Zaqueo.

Él sabía que estaba perdido. Sabía que su vida estaba arruinada… y que necesitaba ser rescatado de su pecado.

Ahora, surge una pregunta:

¿Por qué Jesús no salva a todos en Jericó? ¿Por qué solo a dos hombres—un mendigo ciego y un recaudador corrupto?

Porque hay personas que no quieren ser salvadas.

Hablo con gente así todo el tiempo. No creen que necesiten salvación. Su vida no está arruinada—según ellos. No están perdidos. No son pecadores. “¿Quién te crees que eres para decirme eso?”

Eso es exactamente lo que vemos aquí: una imagen de la humanidad sin arrepentimiento, sin redención. Mira cómo lo expresa el versículo 7:

“Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a posar con un hombre pecador.” (Lucas 19:7)

“¡Nosotros no somos así! Nosotros no somos pecadores… ¡pero ese sí lo es!”

Y, claro, esto habría sido una sorpresa enorme.

Un autor escribió que el hecho de que Jesús se quedara en la casa de Zaqueo era como aceptar la hospitalidad de Al Capone – el jefe de la mafia. Esto iba más allá de toda comprensión.

Ahora imagina la escena: miles de personas reunidas alrededor de la lujosa casa del jefe de los publicanos—el mayor estafador de la ciudad—y prácticamente todos los que están ahí afuera han sido engañados por este hombre.

Pero ahora viene una sorpresa aún mayor.

Entre el versículo 7 y el versículo 8 hay ese pequeño espacio en blanco. Y recuerda: ese espacio puede representar horas… incluso días. En este caso, varias horas han pasado.

Ahora Lucas nos muestra otra escena, cuando Jesús y Zaqueo van saliendo de la casa al final de esta visita.

En quinto lugar, vemos:

Una escena de sinceridad

Mira el versículo 8:

“Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.” (Lucas 19:8)

A primera vista, parece que Zaqueo va a tener que devolver mucho dinero.

Y así es.

Pero en el idioma original hay algo importante: Zaqueo no está diciendo que esto era una posibilidad remota, “Si acaso he defraudado a alguien… tendría que revisarlo. Puede que no”

No.

La idea es esta:

“Si he defraudado a alguien—y ciertamente lo he hecho—se lo devuelvo cuatro veces más.” O sea, debo mirar a cuantas personas engañé, para hacer el cálculo. 

La gente allá afuera debió quedarse en silencio absoluto. No podían creer lo que estaban escuchando.

Según la ley de Moisés, solo el robo directo exigía una restitución cuádruple. Pero para la época de Jesús, la práctica común era devolver únicamente lo que se había robado.

Zaqueo está yendo más allá.

Se está sometiendo al estándar más alto… y, al mismo tiempo, está admitiendo que había cometido robo premeditado.

Y como sus delitos eran financieros, seguramente tenía registros detallados: cuentas, recibos, documentos… todo.

Y promete algo extraordinario: dar la mitad de sus bienes a los pobres… y con la otra mitad—que aún sería una fortuna—revisar sus cuentas y devolver cuatro veces lo que había robado.

Y no pases esto por alto: Cuando Zaqueo termine de cumplir sus promesas… se habrá quedado prácticamente sin nada.

Ahora, él no está haciendo esto para ser salvo. Lo está haciendo porque ya ha sido salvo. Su corazón ha cambiado. Se ha arrepentido de verdad y ahora quiere vivir una vida de honestidad y generosidad.

Jesús lo deja claro en el versículo 9:

“Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham.” (Lucas 19:9)

Observa eso: “Hoy ha venido la salvación”.

No mañana, cuando termine de devolver el dinero.

No después de vender sus propiedades.

Hoy.

¿Por qué?

Porque Zaqueo ha creído. Ha pasado a ser un verdadero hijo de Abraham—no por obras, sino por fe.

Como escribe el apóstol Pablo:

“Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia.” (Romanos 4:3)

Zaqueo no se convirtió en seguidor de Cristo porque ayudó a los pobres… ni porque se quedó sin dinero… ni porque confesó sus crímenes en frente de todos.

Hizo todo eso porque su fe era genuina. Fue la respuesta natural de su corazón transformado.

Quería que todos supieran que el mayor estafador de la ciudad… ahora era un seguidor de Cristo.

Jesús había rescatado una vida arruinada.

Conclusión

Si eres seguidor de Cristo, no intentas ser un buen empleado, un cónyuge fiel o un buen estudiante para ganarte el cielo.

Vives así porque ya eres salvo. Dios ha trasformado tu corazón… y quieres que todos a tu alrededor vean la diferencia que Jesús ha hecho en tu vida.

Hace un tiempo estaba comprando unas cosas para el jardín. Entré a la tienda y pedí ayuda para cargar diez sacos de fertilizante a mi camioneta.

Un joven, de unos veintitantos años, salió a ayudarme. Cuando terminamos, me preguntó:

“¿Ya pagó todo esto?”

Le dije: “Todavía no.”

Entonces me dijo: “Mire, yo le digo a la cajera que solo lleva cinco sacos. Usted se ahorra veinte dólares… y si me da diez a mí, los dos ganamos.”

Yo ya había notado que llevaba puesta una camiseta con el nombre de una iglesia de la ciudad.

Así que, en lugar de decir “no, gracias” e irme, decidí quedarme un momento más.

Lo miré y le dije:

“A ver si entiendo bien… tú vas a mentir, ¿y quieres que yo robe?”

No se esperaba esa respuesta, lo que me dio a entender que otros sí habían aceptado la propuesta. Se rió nerviosamente y dijo:

“Bueno… es que esto está muy caro de todos modos…”

Le dije:

“¿Te olvidaste qué camiseta te pusiste hoy?”

Miró hacia abajo y dijo:

“Uy…”

Entonces le dije:

“Yo también soy pastor aquí en la ciudad… y sé quién es tu pastor. ¿Quieres que lo llame?”

Me respondió:

“Parece que Dios me está persiguiendo.”

Le dije:

“Creo que sí.”

Terminó reconociendo que no estaba viviendo como debía. Había recibido a Cristo, pero se había apartado… y lo sabía.

Ese día tuvimos un pequeño avivamiento ahí mismo, en el estacionamiento de la tienda.

El Señor lo había estado llevando hasta ese punto… lo había estado llamado. Y al ser confrontado con la verdad… respondió con sinceridad.

Para Zaqueo, ese día fue el comienzo de una vida nueva. Por primera vez, empezó a vivir conforme a su nombre: inocente y puro, limpio por el perdón de Cristo.

Así que, mientras Jesús atraviesa Jericó por última vez, salva a un ciego—Bartimeo—quien llegaría a ser un fiel creyente. Y salva a un jefe de publicanos.

Según un líder de la iglesia, escribiendo unos 150 años después—Clemente de Alejandría—Zaqueo dejó Jericó y llegó a ser pastor de una iglesia en Cesarea.

Y no es difícil imaginarlo… predicando en una ciudad que también era un centro importante de recaudación de impuestos. Quizás incluso visitando al otro jefe de publicanos que vivía allí.

Seguramente, entre su congregación había muchos recaudadores que escucharon su testimonio… el día en que se subió a un árbol sicómoro… el día en que su vida arruinada fue rescatada por CristoQuizás el Señor te esta llamando hoy a volver a sus caminos, o a venir a él por primera vez para entregarle tu vida en arrepentimiento y fe. La buena noticia es que Cristo sigue buscando y rescatando vidas hoy. No importa cuán lejos hayas llegado, ni cuán arruinada esté tu vida… Este es el momento de aceptar su invitación y   comenzar una vida nueva – transformada por el Salvador.


[i]  Adapted from J. Seth Davey, “Filthy Rich but Dirt Poor,” Heart to Heart Magazine, October 12, 2023

[ii] Adapted from Zondervan Illustrated Bible Backgrounds Commentary: Volume 1 (Zondervan, 2002), p. 463

[iii] William Hendriksen, New Testament Commentary: Luke (Baker Book House, 1978), p. 855

[iv] Hendriksen, p. 855

[v] Adapted from Charles R. Swindoll, Insights on Luke (Zondervan, 2012), p. 436

[vi] Quoted in Warren W. Wiersbe, Be Courageous (Victor Books, 1989), p. 72

[vii] Fritz Reinecker and Cleon Rogers, A Linguistic Key to the Greek New Testament (Regency Publishers, 1976), p. 197

[viii] Ibid

[ix] Swindoll, p. 436

[x] Zondervan Illustrated Bible Backgrounds Commentary, p. 463

[xi] Adapted from Swindoll, p. 437

[xii] Adapted from Ivor Powell, Luke’s Thrilling Gospel (Kregel Publications, 1965), p.

Este contenido es una adaptación autorizada del ministerio Sabiduría Internacional, bajo la enseñanza original de Stephen Davey. Todos los derechos del contenido original están reservados a su autor.


Puede compartir o reproducir este material libremente solo con fines no comerciales, citando adecuadamente al autor y al ministerio. Queda prohibida su venta, modificación con fines lucrativos o redistribución sin permiso escrito.

Hemos procurado citar debidamente todos los recursos externos utilizados en cada lección. Las citas bíblicas provienen principalmente de la versión Reina-Valera 1960 y de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), aunque en algunos casos se emplean otras versiones de la Biblia para facilitar la comprensión del pasaje.
Reina-Valera 1960® © 1960 Sociedad Bíblica Trinitaria. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.
La Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © 2019 por The Lockman Foundation. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

Adaptado y publicado por el ministerio Sabiduría Internacional.

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