Introducción
Alguien me envió esto el otro día. Es una lista de castigos que muchos experimentamos en la niñez… cosas que nuestros padres nos hacían hacer—probablemente porque nos portábamos mal todo el día y ya no daban más.
Aquí va la lista:
- No salir de la casa.
- Tener que tomar una siesta.
- Irse a dormir temprano.
¡Ese era el peor día para un niño!
Pero luego creces… y esas mismas cosas se convierten en tus sueños de adulto:
- No salir de la casa
- Tomar una siesta.
- Irse a dormir temprano.
Ahora dices: “¡Ese sí es un buen día!”
No teníamos idea de la bendición que era eso. Hoy en día, si logras tomar una siesta… ya es un triunfo. Pero una cosa es descansar… y otra muy distinta es rendirse.
Una cosa es tomar una pausa… y otra es tirar la toalla.
Decir: “Me voy a salir del juego… ya no vale la pena el esfuerzo.”
Y lo cierto es que, mientras más pasan los años, ese tipo de pensamiento empieza a filtrarse poco a poco en el corazón… en la manera en que trabajas… en tus estándares… en tu compromiso con la excelencia.
A medida que uno envejece: Las tareas difíciles se vuelven más difíciles. Mantener la excelencia en el trabajo cuesta más. Y especialmente esas cosas repetitivas… esas que ya hiciste mil veces:
- una comida más que cocinar;
- un contrato más que negociar;
- un vuelo más que tomar;
- un grupo más que enseñar;
- una tarea más que terminar;
- una lista más que completar;
- una carga más de ropa que doblar.
La verdad es esta: mientras más tiempo llevas haciendo algo… más difícil se vuelve seguir haciéndolo. Mientras más tiempo estás en la carrera… más tentador se vuelve bajar el ritmo… o incluso abandonar.
Y, honestamente, mientras más pasan los años, más me anima algo que escribió William Carey en su diario. Nosotros lo conocemos como el padre de las misiones modernas. Un hombre que tradujo la Biblia a varios idiomas, escribió libros de gramática para entender mejor la Biblia, fundó una universidad… alguien que logró muchísimo para el Señor. Pero él no se veía así.
Él escribió:
“Si después de mi muerte alguien considera que vale la pena escribir algo acerca de mí… si simplemente me describe como alguien perseverante, habrá dicho la verdad. Cualquier otra cosa me daría demasiado crédito. Yo simplemente avancé paso a paso en la vida—una tarea tras otra—y a esa constancia le debo todo.”
William Carey (1761–1834)
Me puse a pensar en algo… y es que aun cuando avanzas paso a paso—aunque sientas que solo estás “cumpliendo”—hay algo en la vida que no quieres ver que se detenga. Algo que quieres ver avanzar. Y eso es… tus inversiones.
Si has invertido dinero en alguna cuenta que genera intereses, o en algún plan financiero, tú quieres ver ese dinero trabajando para ti… no estancado.
Si has invertido tiempo en discipular a un nuevo creyente, quieres ver fruto… crecimiento espiritual.
Si has invertido esfuerzo en tu trabajo, o incluso en un pasatiempo, esperas algún tipo de retorno… aunque sea la satisfacción de haber terminado algo.
El problema es que rara vez pensamos en nosotros mismos como una inversión de Dios. Que Dios ha invertido en nosotros. Y luego… nos ha colocado en la “economía” de la vida.
Y Él quiere ver Su inversión en acción.
Ahora, eso no significa que el Señor esté en contra del descanso. Él mismo descansó. De hecho, en una ocasión se quedó dormido en medio de una tormenta en el mar… porque estaba completamente agotado.
Pero una cosa es descansar… y otra es vivir en la inactividad.
El Señor no nos diseñó para ser pasivos ni holgazanes, sino para perseverar… seguir adelante… avanzar paso a paso, usando lo que Él ha invertido en nosotros a lo largo de la vida.
Una aclaración sobre el reino de Cristo
Y precisamente eso es lo que el Señor está a punto de enseñarnos. Nos va a dar una motivación clara por medio de una parábola. Estamos ahora en el evangelio de Lucas, capítulo 19, versículo 11.
Lucas nos da el contexto:
“Y oyendo ellos estas cosas, prosiguió Jesús y dijo una parábola, por cuanto estaba cerca de Jerusalén, y ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente.” (Lucas 19:11)
La multitud pensaba que al llegar a Jerusalén verían a Jesús usar Su poder milagroso para derrotar al imperio romano y establecer el reino de Dios.
Ellos esperaban un reino inmediato.
Ahora, es importante entender esto: Jesús sí había ofrecido el reino a la nación. Pero tanto los líderes religiosos como el pueblo en general lo rechazaron.
Así que esta parábola no enseña que el reino no vendrá… ni que Jesús no lo ofreció. Lo que esta parábola revela es otra cosa: El reino se ha pospuesto… así que esto es lo que los seguidores de Cristo deben hacer mientras tanto.
El establecimiento del reino de Cristo será en un futuro incierto para nosotros. De hecho, llevamos unos 2000 años esperándolo.
Es exactamente el punto de partida de la parábola. Mira lo que dice el versículo 12:
“Dijo, pues: Un hombre noble se fue a un país lejano, para recibir un reino y volver.” (Lucas 19:12)
La audiencia de Jesús habría entendido esto inmediatamente. En el Imperio romano, cuando alguien iba a ser nombrado rey sobre una región, tenía que viajar a Roma para recibir la autorización del César… y luego regresar a gobernar.
De hecho, registros históricos nos cuentan que Herodes el Grande hizo exactamente eso. Y más tarde, sus hijos también tuvieron que viajar para recibir su autoridad.
Así que Jesús está usando una ilustración muy conocida. En esta parábola, Jesús es ese hombre de la nobleza. Está a punto de irse a un país lejano… una referencia a Su ascensión al cielo después de Su resurrección. Y allí, Él se sienta a la diestra de Dios.
Eso significa que tiene una posición de autoridad divina. El Hijo de Dios tiene el derecho de gobernar el universo como leemos en Efesios 1.
Y ahora, antes de partir… este noble hace algo clave.
Pone recursos en manos de sus siervos esperando que los inviertan. Versículo 13:
“Y llamando a diez siervos suyos, les dio diez minas, y les dijo: Negociad entre tanto que vengo.” (Lucas 19:13)
El mandato es claro: “¡Hagan negocios! ¡Pónganse a trabajar con lo que les he dado! ¡Hagan buenas inversiones mientras estoy fuera!”
Una mina, a todo esto, era una suma de dinero—equivalente a varios meses de salario. En otras palabras, Jesús está diciendo que Él ha hecho una inversión. Ha puesto algo en nuestras manos para administrarlo… para usarlo… para hacerlo producir para Su reino.
Ahora, el versículo 14 añade un giro dramático a la escena:
“Pero sus conciudadanos le aborrecían, y enviaron tras él una embajada, diciendo: No queremos que éste reine sobre nosotros.” (Lucas 19:14)
Esto también era un concepto conocido. Cuando uno de los hijos de Herodes el Grande quiso gobernar Judea y viajó a Roma para recibir la aprobación del emperador, una delegación de 50 judíos también viajo para oponerse a su nombramiento.
Pero César Augusto ignoró su protesta y le concedió el derecho de gobernar.
Jesús está aludiendo a esa misma idea. Él sabe que, en pocos días, esta misma multitud le dirá a las autoridades romanas que no lo quieren como Rey. Van a gritar: “No tenemos más rey que César.”
Tres respuestas a la autoridad de Cristo
Así que, dentro de esta parábola, encontramos tres respuestas a la inversión y autoridad del hombre noble. Vemos:
- diligencia
- pereza
- rebeldía
Vamos con la primera.
Diligencia
Los versículos 15 al 17 dicen:
“Aconteció que vuelto él, después de recibir el reino, mandó llamar ante él a aquellos siervos a los cuales había dado el dinero, para saber lo que había negociado cada uno. Vino el primero, diciendo: Señor, tu mina ha ganado diez minas. Él le dijo: Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades.” (Lucas 19:15–17)
En otras palabras, su diligencia ahora es recompensada… con responsabilidad.
Ahora, esto puede sonar poco atractivo al principio. Parece que su trabajo fue recompensado con más trabajo.
Pero piénsalo bien: En ese reino futuro… estarás sirviendo junto a Cristo, en un estado perfecto, con un cuerpo glorificado, sin pecado, sin cansancio, sin frustración. Con energía ilimitada y con un gozo que nada interrumpe. Seremos parte de Su reino colaborando con nuestro amado Rey y Señor.
Seguimos con los versículos 18 y 19:
“Vino otro, diciendo: Señor, tu mina ha producido cinco minas. Y también a éste dijo: Tú también sé sobre cinco ciudades.” (Lucas 19:18–19)
Nota algo importante: Esta parábola no se enfoca en habilidades sino en fidelidad. A todos los siervos se les dio exactamente lo mismo.
Pero ninguno recibe recompensa por sentarse, cruzarse de brazos, y no hacer nada.
Y eso nos lleva al siguiente ejemplo.
Después de la diligencia… vemos la segunda respuesta.
Pereza
Versículo 20:
“Vino otro, diciendo: Señor, aquí está tu mina, la cual he tenido guardada en un pañuelo; porque tuve miedo de ti, por cuanto eres hombre severo, que tomas lo que no pusiste, y siegas lo que no sembraste. Entonces él le dijo: Mal siervo, por tu propia boca te juzgo. ¿Sabías que yo era hombre severo, que tomo lo que no puse, y que siego lo que no sembré? ¿Por qué, pues, no pusiste mi dinero en el banco, para que al volver yo lo hubiera recibido con los intereses?” (Lucas 19:20–23)
Jesús está poniendo al descubierto la excusa de este siervo perezoso. Esto no era más que un pretexto.
En esencia, su excusa era algo así: “Sé que eres exigente, y tu inversión en mí me puso en una situación sin salida; podía invertirlo, pero también podía perderlo, así que decidí ir a lo seguro.”
Decidí mantenerme al margen, fuera de peligro, y no cometer un error saliendo a usar tu inversión de manera equivocada.
Este hombre hace que su pereza suene como sentido común.
Por supuesto, el señor conoce su corazón, y le quita la mina y se la da al siervo que la había invertido con mayor diligencia (versículos 24–26).
Ahora, cuidado aquí: La diligencia y la pereza son dos respuestas de los siervos dentro de la casa del hombre noble. A este mayordomo perezoso no lo expulsan de la casa, pero sí pierde una recompensa plena.
De la misma manera hoy, nosotros como creyentes podemos ser diligentes o perezosos. Si has puesto tu fe en Jesucristo, tu presencia en el reino venidero está asegurada por la obra de Cristo. Pero tu posición en ese reino será determinada por tu servicio.
Entras al reino porque Jesús te salvó. Serás honrado en el reino porque serviste.
Tu salvación es un regalo de Dios para ti; tu servicio es tu regalo tuyo para Dios.
Aquí tienes el incentivo para resistir la tentación de la pereza: tu lugar de responsabilidad y honor en el reino será una recompensa por tu servicio a Cristo.
Cada día que avanzas paso a paso sirviendo al Señor va sumando a tu privilegio futuro en ese reino.
El hombre noble, al igual que el Señor hoy, reconoce que la explicación de este siervo que no hizo nada con la inversión que se le había confiado no era más que una pobre excusa.
Y nosotros también luchamos con nuestras propias excusas hoy. Pueden sonar algo así:
- “No estoy realmente listo para servir de esa manera.”
- “Alguien más está mejor preparado para asumir ese rol.”
- “Puede que no lo haga bien, y si no puedo hacerlo perfecto, mejor que lo haga otro.”
- “Otros tienen más dones que yo, así que mejor que ellos sirvan.”
- “Realmente no soy tan necesario; hay muchas otras personas.”
- “Ya intenté servir, pero no lo valoraron.”
- “Sería orgulloso tomar la iniciativa; si me lo piden, entonces serviré.”
- “Prefiero evitar conflictos y mantenerme al margen.”
- “Lo que hago no es tan importante, así que ¿para qué esforzarme por la excelencia?”
Muchas veces, la diferencia entre diligencia y pereza es una excusa que decidimos creer… y detrás de la cual nos escondemos.
Ahora, podrías pensar que tu servicio tiene que ser algo espectacular para tener valor en el reino.
No es así.
Todo vuelve a esa idea de avanzar paso a paso en las tareas más pequeñas, buscando honrar a Dios en actos de fidelidad que nadie ve, justo donde Él te ha puesto hoy.
Cómo enfrentaste la tarea de lavar la ropa, terminar ese proyecto, ser responsable con el ministerio que te dieron.
La Biblia dice:
“Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre…” (Hebreos 6:10)
Todo eso será reflejado en la recompensa que Cristo te dará un día. Piensa en la gracia de Dios:
nos permite servirle… y luego nos dice que nos honrará en Su reino venidero por haberle servido.
Así que vemos diligencia… vemos pereza… y finalmente vemos rebeldía.
Rebeldía
Leemos en el versículo 27:
“Y también a aquellos mis enemigos que no querían que yo reinase sobre ellos, traedlos acá, y decapitadlos delante de mí.” (Lucas 19:27)
En el contexto de esta parábola, un rey eliminaría inmediatamente a cualquier grupo rebelde que amenazara su gobierno. En aquellos días, los reyes eliminaban a sus enemigos al asumir el trono.
La aplicación aquí apunta al juicio final sobre aquellos que rechazan a Jesús como Rey.
Esta es una advertencia para el día de hoy. Una advertencia seria para quienes rechazan al Rey Jesús.
El apóstol Pablo habla de esta advertencia en 2 Tesalonicenses capítulo 1:
“…cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder, cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron…” (2 Tesalonicenses 1:7–10)
Aquí vemos al mundo incrédulo y rebelde
rechazando a Jesús, rechazando Su derecho a reinar, diciendo que no lo quieren. Y Él Señor les concederá su deseo.
Vivirán eternamente sin Él.
Ahora, ¿qué hay de nosotros, los que somos parte de Su casa por medio de la fe en Él?
Principios de la parábola
Permíteme darte dos principios que brotan de esta parábola. Primero: Desarrollemos una perspectiva piadosa de anticipación.
Desarrollar piadosa anticipación
Podemos resistir la tentación de la pereza cuando vivimos esperando el reino de Cristo.
Hoy tienes el privilegio de servirle y un día servirás con Él—cara a cara. Y mientras tanto, debemos ocuparnos… debemos actuar hoy con lo que Dios ha puesto en nuestras manos.
Jesús dijo en el versículo 13:
“Negociad entre tanto que vengo.” (Lucas 19:13)
Es decir: Pongan a trabajar mi inversión en ustedes. No dejen lo que les he dado guardado en una repisa.
Hagan algo con ello… grande o pequeño… reconocido o ignorado… visible para muchos o conocido solo por Dios en lo secreto.
¡Ocúpense hasta que yo vuelva!
Me encanta cómo un autor expresó este texto: “Pónganse a trabajar hasta que yo vuelva”
Necesito este versículo grabado en mi escritorio, escrito en una nota sobre mi computadora, pegado en el tablero del auto, lo necesito en todas partes, todo el tiempo.
Dios nos ha dado a cada uno una mina: talentos, responsabilidades, familia, vecinos, trabajo, plataformas, ministerios, pasatiempos. Todo eso son inversiones divinas. No estamos simplemente esperando aburridos, sin propósito, hasta que vuelva el Señor.
Nuestras pequeñas oraciones, nuestras pequeñas palabras, nuestras pequeñas acciones pueden parecer insignificantes en este mundo pero un día verás que hicieron una diferencia eterna, cuando veas al Rey.
Vivamos con ese tipo de anticipación.
En segundo lugar: Resistamos la tendencia a procrastinar.
Resistir la procrastinación
Tenemos la tentación de quedarnos al margen, de desconectarnos, de dejarlo para después.
En su última carta a Timoteo, el apóstol Pablo le da este desafío:
“Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti…” (2 Timoteo 1:6)
Qué desafío tan claro: Timoteo, es tu responsabilidad avivar lo que Dios encendió en ti. Aviva el fuego.
Esa era la responsabilidad de Timoteo… y también es la nuestra. Añade el combustible de una anticipación piadosa, de un deseo piadoso, de un sacrificio piadoso.
Aviva las brasas cada día. Vive con una expectativa del reino. Resiste la atracción dejar las cosas para mañana… y terminar viviendo una vida perezosa.
Conclusión
Leonardo da Vinci es considerado una de las personas más talentosas que han existido. Inventor, estudiante de la anatomía humana, arquitecto, ingeniero… y, sobre todo, artista. Pero es interesante que su producción fue sorprendentemente limitada.
Se le atribuyen con certeza menos de 17 pinturas… y varias quedaron inconclusas. En parte, como escribió un autor, esto se debe a que procrastinaba de manera crónica.
Frecuentemente sus patrocinadores tenían que amenazarlo diciéndole que no le iban a pagar para que se motivara a seguir trabajando.
Le tomó 15 años pintar La Mona Lisa.
Otra pintura, que le habían dado un plazo de siete meses para terminarla… finalmente la terminó 25 años después.
En su lecho de muerte, Leonardo da Vinci se disculpó por todo eso. Dijo, poco antes de morir, que quería pedir perdón a Dios y a la humanidad… por haber dejado tanto sin terminar.
Tanto quedó inconcluso no porque intentó hacer demasiado, sino porque no terminó lo que le habían encomendado.
¿Cómo puedes evitar terminar de esa manera? Como Timoteo, aviva el fuego del servicio.
Como William Carey, avanza paso a paso… termina una tarea a la vez… y ponte a trabajar invirtiendo lo que Dios puso en tus manos.
Esto no se trata solo de terminar bien… se trata de ser siervos fieles para el Señor mientras esperamos su regreso.
Así que no lo dejes para después. Sé fiel hoy con lo que sea que Él te ha confiado.
[i] Adapted from J. Dwight Pentecost, The Words and Works of Jesus Christ (Zondervan, 1981), p. 367
[ii] Bruce B. Barton, Life Application Bible: Luke (Tyndale House, 1997), p. 434
[iii] Adapted from William Hendriksen, Exposition of the Gospel According to Luke (Baker Book House, 1978), p. 859
[iv] Warren W. Wiersbe, Be Courageous (Victor Books, 1989), p. 75
[v] R. Kent Hughes, Luke, Volume II (Crossway Books, 1998), p. 235
[vi] William Barclay, The Gospel of Luke (Westminster Press, 1975), p. 237
[vii] Barton, p. 436
[viii] Charles R. Swindoll, Insights on Luke (Zondervan, 2012), p. 442
[ix] Adapted from Ivor Powell, Luke’s Thrilling Gospel (Kregel Publications, 1965), p. 401
[x] Clinton E. Arnold, General Editor, Zondervan Illustrated Bible Backgrounds Commentary: Luke (Zondervan Publishers, 2002), 465
[xi] J. Seth Davey, “Engagement Rings/Divine Reckoning,” (Heart to Heart Magazine, October 16-18, 2023) p. 23



















