Las pruebas de fuego tienen un propósito
En un artículo que leí recientemente, el autor hizo una pregunta que me hizo pensar. Él escribió: “Imagina que te han entregado el libreto de la vida de tu hijo o hija; luego te dan un borrador y te dicen que tienes cinco minutos para editar lo que quieras. Cualquier cosa que no quieres que tu hijo experimente, simplemente puedes borrarla del manuscrito”.
Comienzas a leer tan rápido como puedes. Pronto descubres que tu hijo tendrá una discapacidad de aprendizaje que va a dificultar que aprenda a leer. El colegio va a ser muy difícil y frustrante para él.
¿Borrarías esa discapacidad?
Sigues leyendo y te das cuenta de que tu hijo va a tener varios amigos en la escuela secundaria, pero uno de sus amigos más cercanos va a morir de cáncer. ¿Borrarías esa amistad y la pena que causará?
Más adelante, descubres que tu hijo entra a la universidad que deseaba, pero allí tiene un accidente y termina perdiendo una pierna. ¿Borrarías el accidente?
Unos años más tarde, lees que tu hijo consigue un trabajo maravilloso en su área de estudio, pero luego, debido a una crisis económica, pierde su trabajo y se ve obligado a enfrentar tiempos difíciles y estresantes. ¿Borrarías esos meses o años de dificultad económica?
Si tuvieras el libreto de la vida de alguien en tus manos, ¿qué borrarías? ¿Qué dejarías allí para que esa persona experimente, sin importar el sufrimiento, el dolor o la incertidumbre?
Aunque nunca querrías que tu hijo o hija sufriera pérdidas, rechazo o adversidad, si pudieras borrar cada fracaso y cada desilusión de su vida, ¿no sería eso en realidad un obstáculo? Piénsalo: cada una de esas pruebas y dificultades son, de hecho, una oportunidad única para que se desarrolle como persona y, más importante aún, para que crezca en su vida espiritual.
A propósito, si eso es cierto para tu hijo, ¿no crees que podemos esperar lo mismo para los hijos de Dios?
Santiago deja en claro que las dificultades y la prueba de nuestra fe producen constancia, perseverancia y madurez espiritual (Santiago 1:2-4).
El problema es que muchos cristianos hoy en día piensan que Dios no parece saber qué borrar y qué no.
O tal vez Él no tiene un borrador después de todo.
Por eso muchos se preguntan: “¿Por qué Dios permitió que ocurriera ese desastre natural?”, “¿Por qué Dios no hace que todos estén sanos?” y, mientras lo hace, “¿Por qué no borra todas las cosas malas que pasan? O sea, si Él existe, no deberían pasar cosas malas”.
¡Él debería borrar todas esas cosas!
El falso evangelio de la comodidad inmediata
Y, al mismo tiempo, un montón de falsos maestros, que parecen multiplicarse como conejos, empeoran las cosas enseñando que lo que realmente necesitamos hacer es aprender a declarar en fe; ya sabes, aprender a hablar de manera que Dios saque su borrador.
La fe se convierte en una serie de declaraciones o afirmaciones que necesitas aprender a decir. Y si lo haces todo bien, puedes crear un campo de fuerza espiritual a tu alrededor que va a evitar que cosas malas entren a tu vida.
Y mientras más poderosa sea tu fe, más poderoso será tu campo de fuerza… Pero, querido oyente, eso solo funciona en las películas.
Un reciente éxito de ventas en el mundo cristiano promete a los lectores que, si hacen declaraciones de fe —una al día— serán “bendecidos más allá de su salario normal… más allá de su ingreso común… Dios cambiará repentinamente las cosas en su vida.”[i]
En otras palabras, podrás obtener las más ricas bendiciones de Dios ahora mismo, 100% garantizado.
He decidido empezar a llamar a esto la “teología de la lotería”… por eso tanta gente hace fila para comprar el billete; cómpralo y te harás millonario.
“Diga estas palabras todos los días” —dice este autor mientras sonríe de oreja a oreja— “y podrás crear tu propio destino con tus palabras”.
Él promete: “Use mi libro como tu guía para declarar tu victoria cada día: declara salud, declara el favor de Dios, declara abundancia.”[ii]
Solo di las palabras correctas… y Dios, el Genio poderoso, te dará la mejor vida que puedas imaginar, y las ganancias de la lotería llegarán por camionadas.
Claro, ¿quién no quiere eso? Y millones de personas van a comprar su libro y se van a poner a hacer eso.
¿Pero qué tal si tu mejor vida, en la mente de Dios, involucra los problemas en tu vida?
¿Qué tal si Dios quiere enseñarte por qué Jesucristo nunca definió una buena vida en términos materiales o por la duración de tu vida?
¿Y qué tal si Dios quiere cambiar tu vida, pero cambia las cosas de mal en peor?
¿Te has dado cuenta de que la promesa de un consuelo inmediato y garantizado es, en realidad, la promesa de Satanás? Ese es su evangelio.
“Eva, puedes tenerlo todo. Aquí está el secreto de la vida, de la felicidad y de la sabiduría… Puedo dártelo si me haces caso”.
De hecho, cuando Satanás tentó personalmente al Señor Jesús —lo cual está registrado en Mateo 4— esta fue una de sus tentaciones: “Jesús, adórame solo una vez y te daré todo lo que quieras”.
En otra tentación, le dijo al Señor Jesús que realmente no debería estar sufriendo de hambre. Seguramente esa no sería la voluntad del Padre. “Así que convierte algunas de esas piedras en pan recién horneado y sírvete todo lo que quieras”.
“Vamos, es hora de que declares palabras de bendición y prosperidad”.
Querido oyente, al leer las cartas del Nuevo Testamento descubrimos que se nos garantiza el fin de nuestro sufrimiento y el glorioso descanso y consuelo eterno, pero no en esta vida. No existe algún escudo espiritual que te proteja de la enfermedad, la bancarrota, la persecución, la aflicción o el dolor.
Lo que sí nos enseñan las Escrituras es que debemos elevar nuestra perspectiva mucho más allá de lo que parece ser el fin de esta vida, hacia la gloria y el gozo venideros cuando Cristo venga por nosotros (1 Pedro 4:13).
Los apóstoles dijeron básicamente:
- ¿Qué es la salud ahora en comparación con un cuerpo glorificado?
- ¿Qué es la riqueza terrenal comparada con la ciudad celestial, donde las murallas están construidas sobre piedras preciosas y el oro no es nada más que el pavimento?
- ¿Qué consuelo existe ahora en comparación con estar en la presencia de Cristo y adorarlo cara a cara?
Varios eruditos bíblicos creen que, cuando el apóstol Pedro escribió en su primera carta acerca del sufrimiento y nuestra perspectiva en la vida —un pasaje que incluye el versículo: “No os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido” (1 Pedro 4:12a)— él estaba pensando en un hecho que había ocurrido siglos antes.
Una prueba de fuego literal.
Muchos creen que el apóstol Pedro estaba pensando en el libro de Daniel, capítulo 3.
El horno de fuego de Babilonia
Allí encontramos una de las declaraciones de fe más grandes de toda la Biblia. No de creyentes que estaban diciendo las palabras correctas para recibir lo que querían de parte de Dios, sino de unos creyentes que estaban diciendo lo correcto, aunque pensaban que les costaría la vida.
Te invito a abrir tu Biblia allí para repasar una historia que se enseña comúnmente en la iglesia, pero que incluye una demostración de fe muy poco común el día de hoy.
En nuestro último estudio, vimos a Daniel y sus tres amigos llegar como cautivos del imperio de Nabucodonosor.
Ellos entraron a la ciudad por la Puerta de Istar, una de las maravillas del mundo antiguo, preservada a través del tiempo gracias a la innovadora práctica de Nabucodonosor de hacer sus ladrillos con fuego para que duraran más.
Esta ya no era la pequeña Jerusalén… era Babilonia la Grande, y Nabucodonosor era el rey del imperio más grande del planeta.
La imagen es diseñada
El capítulo 3 del libro de Daniel comienza diciendo que el rey Nabucodonosor mandó hacer una estatua de oro, de veintisiete metros de alto por dos metros y medio de ancho, y mandó que la colocaran en los llanos de Dura, en la provincia de Babilonia.
La mayoría de los eruditos bíblicos evangélicos creen que este acontecimiento tuvo lugar entre dieciocho y veinte años después de que estos jóvenes llegaron y pasaron sus primeras pruebas de fe en Babilonia.
Ellos tendrían unos treinta y cinco años más o menos.
¿Qué fue lo que motivó a Nabucodonosor a construir esta imagen de oro?
Más adelante en esta serie vamos a estudiar las profecías de Daniel con más detalle, pero, por ahora, basta saber que, en el capítulo 2, Daniel le interpretó un sueño al rey Nabucodonosor.
Daniel le informó que Dios le había dado un sueño donde vio una estatua gigante con forma de cuerpo humano. Las diferentes partes del cuerpo estaban hechas de distintos materiales y representaban diferentes imperios mundiales.
Nabucodonosor se emocionó al escuchar que Babilonia era la cabeza de la estatua y que estaba hecha de oro. Así que se le ocurrió hacer una estatua de veintisiete metros de alto por dos y medio de ancho y recubrirla con oro. [iii]
“¡Qué importa que el Dios de Daniel haya dicho que Babilonia no duraría para siempre y que luego vendría un reino de plata! ¡Babilonia es el reino de oro!”
Y así, la imagen fue construida en Dura, a unos dieciocho kilómetros al sur de la ciudad capital de Babilonia.
Los arqueólogos han descubierto una estructura de ladrillo de trece metros de largo y seis de alto; una estructura que creen que servía como pedestal para algo enorme. Sin embargo, lo que sea que estaba arriba desapareció hace mucho tiempo. [iv]
No es una sorpresa que los ladrillos sigan ahí, pero que la estatua de oro haya desaparecido.
Es necesario entender que esta imagen fue un desafío de parte de Nabucodonosor contra la profecía de Daniel.
Esta estatua representaba su propia voluntad para el futuro. Y este capítulo tratará nuevamente con el tema principal del libro de Daniel. El tema es: ¿cuál dios es el Dios verdadero? ¿Quién gobierna realmente la historia de la humanidad? ¿Quién está verdaderamente a cargo aquí?
A través del libro veremos una y otra vez que Dios demuestra ser el único Dios vivo y verdadero. [v]
Los eruditos del Antiguo Testamento han señalado que esta imagen —esta estatua— muy probablemente representaba al dios principal de Nabucodonosor: el dios Nabu. [vi]
Nabucodonosor iba a usar este evento para crear la religión oficial del imperio. La gente podía seguir adorando a su propio dios, pero tenía que reconocer a este dios también: el dios patrón del imperio babilónico.
Cada líder debía demostrar su lealtad al dios Nabu y a su servidor, el emperador nombrado en su honor: Nabu-codonosor.
Las invitaciones son repartidas
Así que se diseña esta imagen y ahora se mandan las invitaciones. Y mira quiénes recibieron la invitación. Versículo 2: “Y envió el rey Nabucodonosor a que se reuniesen…”
- los sátrapas; estos eran como gobernadores estatales;
- los prefectos; estos eran los comandantes militares;
- los gobernadores; esta palabra se refiere a líderes de provincias más pequeñas, algo así como los alcaldes;
- a continuación están los consejeros; estos eran los asesores especiales del rey, algo así como los senadores;
- luego están los tesoreros; estos eran los directores generales y financieros del imperio;
- luego están los jueces, literalmente los portadores de la ley; estos serían los jueces de la corte suprema;
- luego están los magistrados, que serían como los representantes de las Naciones Unidas el día de hoy;
- y por último están los gobernadores de las provincias; este término se refiere a personas con autoridad legal y ejecutiva. Probablemente se refiere a quienes hoy denominaríamos oficiales de policía, comisarios y abogados. [vii]
Estos eran los que movían los hilos en el reino. Todos los poderosos de la nación recibieron una invitación.
Recibir una invitación de parte del rey era un gran honor.
Pero esto era más que una invitación, porque no solo era una invitación real, sino una orden real. No había excusa, ni siquiera si estabas muriendo. [viii]
¡Todo el mundo se presentó! Incluyendo, como descubriremos pronto, a Sadrac, Mesac y Abed-nego.
Uno se pregunta inmediatamente: ¿dónde está Daniel? Simplemente no se nos dice.
Puede ser que él estuviera ocupado trabajando en algún otro lugar, o incluso puede ser que estuviera en la plataforma junto al rey. No se nos da ninguna indicación de que todos estuvieran obligados a inclinarse ante la imagen. De hecho, parece bastante claro que Nabucodonosor no se inclinó.
Personalmente creo que, lo más probable, es que Nabucodonosor estuviera en una gran plataforma, rodeado de su familia y sus funcionarios favoritos; uno de ellos podría haber sido Daniel, el mismo hombre que había interpretado su sueño acerca de una estatua gigante con cabeza de oro.
Las instrucciones son descritas
Ahora, por razones de tiempo, permíteme resumir lo que pasa a continuación.
Todos están reunidos… me los imagino allí en ese gran patio, comiendo algunos aperitivos y bebiendo ponche real.
El pregonero se pone de pie y anuncia que la Sinfónica Real está preparada para tocar una nueva composición en honor a su majestad el rey y su dios patrón del imperio, representado por esa enorme estatua cubierta de oro, alcanzando, en total, una altura de treinta y seis metros, brillando tan intensamente bajo la luz del sol que apenas se podía mirar directamente.
Pero eso no importa, porque no se supone que deben mirar la imagen, sino inclinarse ante ella.
Tan pronto como la orquesta de trompetas, flautas, arpas y zampoñas empiece a tocar el nuevo himno nacional babilónico, todo el mundo tiene que postrarse con la frente en el suelo en honor de Nabu y su príncipe Nabucodonosor.
Y, por si acaso pensaban que esto era opcional, el mensajero del rey añade: “Al que no se postre y adore la imagen, lo vamos a arrojar inmediatamente a un horno de fuego”.
La orquesta empezó a tocar la música… y cada juez de la Corte Suprema, cada fiscal, general, director, alcalde, senador, alguacil, juez y gobernador cayó de rodillas e inclinó su cabeza al suelo.
¡Vaya espectáculo!
¡Qué lealtad… qué respeto!
Por cierto, la palabra adoración aparece casi una docena de veces en este capítulo. Este era un impresionante acto masivo de adoración.
La orden del rey es desafiada
Todos se inclinaron… excepto Sadrac, Mesac y Abed-nego.
Si hubo un momento en el que sintieron la tentación de susurrarse entre ellos: “Vamos, todos los demás lo están haciendo”, era ahora.
Ellos podrían haber razonado: “Miren, tenemos que hacerlo. Podemos hacer más bien siendo oficiales al servicio del rey que siendo cenizas en el horno del rey”. [ix]
“No hagamos una escena… ¿de qué sirve ser un fanático, de todos modos? ¿De qué sirve parecer tan raros? A Dios no le importará una pequeña reverencia”.
“Oh, ya sé… inclinaremos nuestras rodillas, pero no inclinaremos nuestros corazones”.
“¡Excelente! Hagamos eso”.
Querido oyente, la fe genuina no busca pretextos… sino que hace lo que sabe que es correcto.
Evidentemente, Nabucodonosor no los vio quedarse de pie, pero ciertos oficiales sí. De hecho, se da a entender que los caldeos —estos hombres sabios— estaban ansiosos por ver la respuesta de estos jóvenes judíos que habían llegado a tener puestos administrativos importantes en el imperio más rápido de lo que a esos veteranos les habría gustado.
Y esta era su oportunidad.
Nota el versículo 12. Ellos le dicen al rey: “Hay unos varones judíos, los cuales pusiste sobre los negocios de la provincia de Babilonia: Sadrac, Mesac y Abed-nego; estos varones, oh rey, no te han respetado; no adoran tus dioses ni adoran la estatua de oro que has levantado”.
Y así, son acusados de traición y herejía.
El versículo 13 nos dice que esta noticia enfureció a Nabucodonosor; le dio un arranque de ira.
Él ordena que traigan a estos tres desobedientes.
Versículo 14: “¿Es verdad, Sadrac, Mesac y Abed-nego, que vosotros no honráis a mi dios ni adoráis la estatua de oro que he levantado?”
En este momento, en un acto de benevolencia, Nabucodonosor les da una segunda oportunidad. Él dice: “¿Estáis dispuestos para que al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua que he hecho?”
En otras palabras: “Hagamos borrón y cuenta nueva”.
Pero si esta vez tampoco se inclinan —versículo 15b—: “¿Qué dios será aquel que os libre de mis manos?”
O sea: “De esta no se van a salvar”. Así que vamos, inclínense.
Puedo imaginarme a los sabios chismosos que los habían delatado pensando para sí mismos: “Los teníamos… pero, ¿desde cuándo Nabucodonosor da segundas oportunidades, especialmente después de que lo desafiaran delante de todos los líderes de su imperio?
Seguro que ahora van a obedecer. Lo que hicieron fue precipitado… fue valiente, eso sí… pero ahora que han tenido la oportunidad de ver bien el horno; ahora que han visto la expresión en el rostro del rey; ahora que han tenido tiempo de recapacitar en lo que significa que los arrojen a un horno de fuego… seguro que van a cambiar de idea”.
Sin embargo, lo que escuchan a continuación es casi demasiado bueno para ser verdad.
La fe genuina entrega su destino en manos de Dios
Casi al unísono, los tres hombres responden —versículo 16—: “Nabucodonosor, no es necesario que te respondamos sobre este asunto”.
En otras palabras: “No necesitamos recapacitar en lo que hicimos y no necesitamos una segunda oportunidad”.
Leamos los versículos 17 y 18:
“He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado”.
Ellos no toman ni un momento para orar y recapacitar. La verdad es que habían tenido días para prepararse… sabían lo que les esperaba… ya sabían que podían morir.
Pero no antes de hacer una de las declaraciones de fe más bellas de toda la Biblia:
“Escucha, oh rey: nuestro Dios realmente es capaz de librarnos de tu mano. Y si no…”
¡Un momento! Mejor detengámonos en: “Nuestro Dios es capaz de librarnos de tu mano”. Eso sí vendería libros. Ya veo un escudo de fe formándose alrededor de mí. “Declaro mi destino”.
Pero no. Ellos no se detuvieron ahí, sino que anunciaron que era posible que Dios no quisiera sacar su goma de borrar en este momento. Tal vez Él permitiría que sufrieran la muerte.
Ellos no estaban dudando. Estaban demostrando el tipo de fe más profundo que existe.
Presta atención: nosotros no declaramos nuestro destino; nosotros entregamos nuestro destino al soberano control del Dios del universo.
Estos tres hombres están listos para morir, si ese es el destino que Dios tiene para ellos. Y su respuesta sella su sentencia de muerte.
De hecho, Nabucodonosor está tan enojado que ordena que calienten el horno siete veces más de lo normal.
Registros históricos y hallazgos arqueológicos nos enseñan que este era un horno de fundición; una gran estructura con una abertura en el techo a través de la cual se depositaban los materiales. Había una gran abertura abajo, a unos metros del suelo, desde donde luego se podía sacar el producto final.
Había agujeros alrededor de las paredes a través de los cuales se podían insertar y operar fuelles para aumentar el calor. Y había una rampa, generalmente de tierra, que conducía a esa abertura superior en el techo.
Por esa rampa subieron estos tres hombres, todavía vestidos con sus ropas y sus abrigos. Estaban a punto de arrojarlos como leños al fuego. [x]
Ahora bien, yo no sé tú, pero yo no soy muy bueno en la cocina, así que generalmente no uso el horno. Pero a veces mi esposa me pide que la ayude sacando alguna bandeja del horno.
¿Has notado que, cuando abres el horno, inmediatamente te golpea una ola de aire caliente? Tanto así que cierras los ojos y giras la cabeza hasta que la ráfaga de aire desaparece.
Evidentemente, esa ráfaga de aire fue tan caliente que, tan pronto como los soldados abrieron el horno para arrojar a los tres jóvenes, los mató… y los tres hebreos cayeron dentro del horno.
Era de esperarse que se quemaran de inmediato; que durante unos segundos se retorcieran sobre las brasas hasta desaparecer literalmente.
Dios acompaña a sus hijos en el fuego
Pero observemos el versículo 24:
“Entonces el rey Nabucodonosor se espantó, y se levantó apresuradamente y dijo a los de su consejo: ‘¿No echaron a tres varones atados dentro del fuego?’”
Versículo 25:
“Y él dijo: ‘He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses’”.
“Hijo de los dioses” es una traducción correcta. Nabucodonosor no sabía nada acerca de Jesucristo, el Hijo de Dios, pero él creía, como todos los babilonios, que muchos de sus dioses tenían hijos.
Lo que Nabucodonosor está diciendo aquí es que este cuarto hombre parece divino.
Este individuo no podía ser humano, porque apareció de pronto en el horno y luego desapareció.
Esto fue lo que los teólogos llaman una cristofanía: una aparición de Cristo antes de nacer en Belén.
Aparentemente, Él tomó alguna forma humana, como lo hizo cuando se le apareció a Abraham antes de la destrucción de Sodoma y Gomorra (Génesis 18), o como cuando luchó con Jacob (Génesis 32).
Y nota que estos cuatro hombres están caminando como si estuvieran en un palacio, en vez de estar dentro de un horno. [xi]
Leamos el versículo 26:
“Entonces Nabucodonosor se acercó a la puerta del horno de fuego ardiendo, y dijo: ‘Sadrac, Mesac y Abed-nego, siervos del Dios Altísimo, salid y venid’”.
Imaginemos por un momento lo que esos hombres podrían haber dicho.
Abed-nego podría haber dicho: “¿Por qué no entras tú a sacarnos? Ya no eres tan grande, ¿ah?”
Mesac podría haber dicho: “No saldremos hasta que nos prometas un aumento de sueldo… y un nuevo carruaje”.
Sadrac podría haber añadido: “Y hasta que te disculpes… trae también a esos caldeos aquí… veamos cuánto tiempo duran dentro de este horno”.
Sin embargo, mira quién se lleva todo el crédito por lo que acaba de pasar: Dios.
¿Te diste cuenta de que lo único que el fuego quemó fue aquello que los tenía atados? Eso fue todo.
Sadrac, Mesac y Abed-nego salieron del horno e inmediatamente los inspeccionaron.
Versículo 27: no se habían quemado; sus ropas estaban intactas; ni siquiera tenían olor a fuego.
Solo una cosa había cambiado: ya no estaban atados.
¿Y no es eso lo que sucede también con las pruebas de fuego en nuestras vidas?
Dios tiene la intención de que quemen aquello que ata nuestros corazones y nuestros afectos a las cosas de la tierra.
El fuego revela la presencia de Dios
Sorprendido por lo sucedido, Nabucodonosor ahora no puede dejar de decir cosas buenas acerca del Dios de estos judíos.
Leamos el final del versículo 29:
“No hay dios que pueda librar como este”.
¡Ahora sí que lo ha visto todo! Nabucodonosor está impresionado… pero no se ha convertido.
Y el versículo 30 nos informa que el rey engrandeció a Sadrac, Mesac y Abed-nego en la provincia de Babilonia. Esto nos dice que les dio un ascenso.
¿Por qué sucedió todo esto? ¿Porque declararon cosas positivas acerca de su destino? ¿Porque tenían un escudo de fe alrededor suyo?
No.
El rey los promovió porque acababa de descubrir a tres hombres que no podían ser sobornados ni amenazados, ni siquiera con la pena de muerte.
Francamente, si yo fuera Dios, habría detenido la historia después del versículo 18, cuando estos tres jóvenes le dijeron “no” al rey.
“Eso es todo… han pasado la prueba. ¡Felicitaciones, muchachos!”
O sea, pensemos en esto: en ese momento Dios podría haber apagado el horno; podría haber silenciado los instrumentos de la orquesta y luego derribado la estatua con una gran ráfaga de viento.
Él podría haber hecho cualquier cosa. Obviamente, ya estaba planeando hacer algunos milagros.
Pero Él dejó:
- que fueran acusados falsamente;
- que sintieran la ira de un rey enfurecido;
- que los ataran;
- que los soldados sobrecalentaran el horno;
- que los subieran por esa rampa;
- y que los arrojaran al horno, con los ojos bien cerrados, esperando estallar en llamas en cualquier momento y morir.
Pero Dios no eliminó el fuego; simplemente los acompañó allí.
Y Él hace lo mismo contigo y conmigo.
Él no elimina la prueba y, a veces, permite que se vuelva siete veces más difícil.
Querido oyente, ellos estaban en medio del fuego… y en el centro de la voluntad de Dios.
Como ves, Dios no quería que experimentaran la ausencia de la prueba; Él quería demostrarles su presencia en medio de la prueba.
A veces pensamos que la fe debería dar como resultado una liberación inmediata, pero Dios, por lo general, está más interesado en nuestro desarrollo a largo plazo.
Un autor lo expresó de esta manera: “Dios no está trabajando en tu vida creando las circunstancias que tú quieres; Él está trabajando en tus circunstancias, creando en ti lo que Él quiere”. [xii]
Permíteme concluir con tres observaciones acerca de la fe genuina que vemos demostrada aquí, en Daniel capítulo 3.
La fe genuina se demuestra obedeciendo a Dios:
- a pesar de los sentimientos dentro de nosotros;
- a pesar de las circunstancias alrededor de nosotros;
- y sin importar las consecuencias delante de nosotros. [xiii]
Es por eso que este testimonio es tan poderoso para el cristiano en cualquier generación y en cualquier cultura. No porque Dios libró a estos tres hombres de la muerte, sino porque estuvieron dispuestos a morir por su fe.
Porque ellos entendieron que, de cualquier manera, Dios seguía en control.
“¡Nuestro Dios es capaz de librarnos! Y si no… Él sigue estando en el trono”.
Permíteme darte esa definición de la fe una vez más:
La fe genuina se demuestra siguiendo a Dios:
- a pesar de los sentimientos dentro de nosotros;
- a pesar de las circunstancias alrededor de nosotros;
- y sin importar las consecuencias delante de nosotros.
Como escribió el apóstol Pedro:
“No os sorprendáis del fuego de prueba”.
No importa cuál sea la prueba.
No importa cuánto tiempo dure.
Nada puede compararse con el gozo de aquel día cuando veamos al Señor Jesús cara a cara en toda su gloria.
[i] Taken from Amazon.com/I Declare, by Joel Osteen (Faith Words, 2012), p. 3
[ii] Taken from Amazon.com/I Declare, by Joel Osteen (Faith Words, 2012), p. ix
[iii] Renald Showers, The Most High God (Friends of Israel, 1982), p. 29
[iv] Ibid, p. 30
[v] James Montgomery Boice, Daniel (Baker Books, 1989), p. 42
[vi] Frank E. Gaebelein, Editor, The Expositor’s Bible Commentary: Volume 7 (Zondervan, 1985), p. 50
[vii] Adapted from Gaebelein, p. 51
[viii] John Phillips, Exploring the Book of Daniel (Kregel, 2004), p. 62
[ix] Warren W. Wiersbe, Daniel: Be Resolute (Victor Books, 2000), p. 42
[x] Gaebelein, p. 56
[xi] Wiersbe, p. 44
[xii] Adapted from John Ortberg, “Don’t Waste a Crisis”, Leadership Journal (Winter, 2011)
[xiii] Adapted from Wiersbe, p. 40















