Introducción
Hay un antiguo proverbio que dice: “El enemigo de mi enemigo es mi amigo.” Y muchas veces eso resulta cierto. Dos personas que normalmente no se soportan terminan llevándose bien porque comparten un rechazo aún mayor hacia alguien más.
Pues bien, algo parecido está a punto de desarrollarse en el escenario de la historia humana mientras Jesucristo enfrenta su juicio.
En nuestro estudio anterior vimos que Jesús compareció ante tres juicios diferentes, por así decirlo. Una reunión con Anás, el antiguo sumo sacerdote que había dejado solo el cargo, pero no el poder. Luego, una reunión con el Sanedrín durante la noche para definir los testigos y los cargos en contra de Jesús. Y finalmente, el juicio oficial al amanecer, cuando la Corte Suprema de Israel, el Sanedrín, votó de manera unánime para condenarlo a muerte.
Pero el Sanedrín tenía un problema importante.
No contaba con la autoridad legal para ejecutar la sentencia de muerte por su cuenta. Necesitaban la aprobación del gobernador romano de la región. Y solo las autoridades romanas podían llevar a cabo la pena capital.[i]
Y eso nos lleva a conocer a dos funcionarios romanos que pasarían a la historia por permitir que el hombre más inocente que jamás haya vivido fuera condenado a morir.
Te invito a abrir tu Biblia en Lucas capítulo 23. Allí veremos cómo el Sanedrín lleva a Jesús ante el gobernador romano.
Lucas 23, versículo 1 nos dice:
“Levantándose entonces toda la muchedumbre de ellos, llevaron a Jesús a Pilato. Y comenzaron a acusarle, diciendo: A éste hemos hallado que pervierte a la nación, y que prohíbe dar tributo (esto es, impuestos) a César, diciendo que él mismo es el Cristo, un rey.” (Lucas 23:1-2)
Un gobernador entre la espada y la pared
Antes de continuar, necesitamos entender quién era Pilato.
Muchas personas leen este relato y llegan a la conclusión de que Pilato era simplemente un político débil e indeciso que terminó cediendo ante la presión de la multitud. Lo imaginan como alguien preocupado por agradar a la gente y conservar su popularidad.
Pero la realidad era muy distinta.
Pilato no estaba en campaña política ni buscaba ganar el favor del pueblo judío. De hecho, tenía muy poco interés en agradarlos. No le importaban ni le agradaban los judíos en absoluto. Y el desprecio era mutuo.
Pilato había sido nombrado gobernador por el emperador romano Tiberio. Y apenas asumió el cargo, ofendió profundamente a los judíos al permitir que los estandartes romanos —algo parecido a banderas militares— ondearan en Jerusalén llevando la imagen del César.
Para los judíos aquello era una forma de idolatría.
Los gobernadores anteriores habían evitado una provocación semejante, pero Pilato no mostró ninguna sensibilidad hacia las creencias de los judíos.
La reacción fue inmediata. Los líderes judíos amenazaron con provocar disturbios si no retiraba esos símbolos. Finalmente tuvo que ceder y quitarlos para conservar la paz.
En otras palabras, si hubiera existido una encuesta de aprobación pública, Pilato tendría un bajísimo porcentaje de popularidad desde sus primeros días en el cargo.
Y no parecía importarle en absoluto.
Tiempo después tomó dinero del tesoro del templo para financiar un proyecto de construcción. La indignación popular fue enorme y estalló una revuelta.
La respuesta de Pilato fue brutal.
Envió soldados vestidos de civiles para mezclarse entre la multitud y, cuando llegó el momento, atacaron a los manifestantes y mataron a golpes a varios de los líderes de la protesta.
Pilato era un hombre que tomaba decisiones rápidas y contundentes. Y no le temblaba el pulso para reprimir al pueblo con crueldad y violencia con tal de mantener el orden y conservar el control.
Un filósofo e historiador judío llamado Filón, que vivió durante aquella época, cita una carta del rey Agripa dirigida al emperador romano. En ella describe a Pilato con palabras muy fuertes:
“Pilato es un hombre inflexible, de extrema brutalidad, prejuicio, violencia salvaje y asesinato.” [ii]
Ese era el hombre que Jesús ahora tenía delante.
Y eso plantea una pregunta interesante.
Si Pilato era tan duro, tan decidido y tan poco preocupado por la opinión pública, ¿por qué terminará cediendo ante la presión de esta multitud?
¿Por qué intentará acomodarse a las exigencias de los líderes religiosos?
La respuesta es que, detrás de toda esa apariencia de autoridad, Pilato tenía un problema serio.
Según varios historiadores, Roma estaba observándolo de cerca. El emperador Tiberio había ordenado supervisar su administración porque sospechaba que Pilato había sido una mala elección para el cargo.[iii]
Y eso significa que, cuando Jesús llega ante él, Pilato se encuentra en una posición muy incómoda.
Por un lado, sabe cómo imponer su autoridad. No le importa la opinión pública. Por otro lado, sabe que otro conflicto con los judíos podría costarle el puesto de gobernador.
Por eso parece tan indeciso a lo largo de este juicio. Está tratando de resolver las acusaciones contra un hombre que sabe que es inocente y, al mismo tiempo, evitar otro disturbio en Jerusalén. Cualquier revuelta terminaría llegando a oídos del emperador como una nueva evidencia de su incapacidad para gobernar la región eficientemente.
Eso sí que es estar entre la espada y la pared.
Pilato frente a un rey inocente
Volvamos a las acusaciones que le presentan. Lucas las repite en el versículo 2:
“A éste hemos hallado que pervierte a la nación, y que prohíbe dar tributo a César, diciendo que él mismo es el Cristo, un rey.” (Lucas 23:2)
Las dos primeras acusaciones eran mentiras descaradas.
Jesús no estaba desviando a nadie. Y tampoco había prohibido pagar impuestos a César. De hecho, poco tiempo antes había enseñado claramente: “Dad a César lo que es de César” (Lucas 20:25).
Quizás notes que aquí ni siquiera mencionan la acusación de blasfemia.
Durante el juicio religioso, el Sanedrín había condenado a Jesús porque afirmaba ser el Hijo de Dios, igual al Padre. Esa fue la base de su sentencia de muerte.
Pero ahora no mencionan nada de eso.
¿Por qué?
Porque sabían perfectamente que a Pilato no le importaría.
Después de todo, el propio emperador romano afirmaba tener origen divino. Para Pilato, otro hombre diciendo ser hijo de Dios no era ninguna amenaza.
Los líderes religiosos necesitan presentar la acusación en términos políticos para captar inmediatamente la atención del gobernador. Por eso acusan a Jesús de crear disturbios, impedir que Cesar reciba su dinero, y la acusación más fuerte de todas:
“Este hombre dice que es un rey.”
Jesús había declarado era el mesías, el Cristo, el rey de Israel. Pero ellos tuercen la declaración para acusar a Jesús de querer causar una insurrección política.
Esa sí es una acusación que a Pilato le interesa. ¿Representa Jesús una amenaza para Roma?[iv]
Y si había una persona en el imperio que necesitaba mostrarse extremadamente leal al emperador, era Pilato.
Así que él interroga a Jesús en el versículo 3:
“¿Eres tú el Rey de los judíos? Y respondiéndole él, dijo: Tú lo dices.” (Lucas 23:3)
En otras palabras:
“Sí. Lo soy”
Ahora bien, el Evangelio de Juan nos deja saber que Pilato toma un tiempo para hablar con Jesús. En Juan 17:33 leemos:
Entonces Pilato volvió a entrar en el pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Jesús le respondió: ¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí? Pilato le respondió: ¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho? Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí. Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.
Y con esa respuesta, Pilato entiende lo que realmente está pasando.
Jesús no representa una amenaza para Roma. Él no ha venido a encabezar una revolución política ni a derrocar al emperador.
Si representa una amenaza para alguien, es para el sistema religioso que ha rechazado la verdad de Dios.
Pero Jesús no se limita a responder la acusación que tiene delante. Aprovecha ese momento para dirigir la conversación hacia algo mucho más profundo.
En esencia, le está diciendo a Pilato:
“Has preguntado si soy rey. La verdadera pregunta es si estás dispuesto a escuchar la verdad. ¿Quieres conocer la verdad? Yo puedo mostrártela. ¿Estás dispuesto a escuchar?”
Y lo extraordinario es que delante de Pilato estaba el camino, y la verdad, y la vida. (Juan 14:6)
Sin embargo, Pilato no muestra interés en seguir esa conversación.
Él le responde a Jesús en Juan 18:38 ¿Qué es la verdad?
Ahora bien, no sabemos qué quiso decir exactamente Pilato cuando preguntó: “¿Qué es la verdad?”?
¿Estaba siendo sarcástico? Como si dijera: “La verdad ya no existe. Cada uno tiene su verdad.”
O tal vez estaba frustrado. Podría haber pensado: “Estoy tratando de averiguar qué ocurre en este caso y ya no sé qué creer. Ya no se que es la verdad y que no”
O quizás estaba cansado y deprimido. Recordemos que estaba bajo investigación, enfrentando acusaciones que probablemente consideraba injustas. Tal vez estaba diciendo algo como:
“Sí, háblame de la verdad. Nadie parece interesado en ella. A mí tampoco me están tratando con justicia.”
La realidad es que Lucas no nos dice qué quiso decir Pilato con esa pregunta. Pero sí nos deja muy claro lo que quiso decir con las palabras que pronuncia a continuación.
Volvamos a Lucas 23:24:
“Y Pilato dijo a los principales sacerdotes, y a la gente: Ningún delito hallo en este hombre.” (Lucas 23:4)
En otras palabras:
“Déjenlo en paz.”
“No es culpable.”
“No encuentro ninguna base para condenarlo.”
Ahora toma tu lápiz y subraya esa declaración de Pilato.
Luego observa el versículo 14, donde vuelve a decir:
“Ningún delito he hallado en este hombre de aquellos de que le acusáis; y ni aun Herodes…” (Lucas 23:14)
Y después marca también el versículo 22:
“Ningún delito digno de muerte he hallado en él.” (Lucas 23:22)
A lo largo de este capítulo escuchamos el mismo veredicto una y otra vez.
No es culpable.
No es culpable.
No es culpable.
No es culpable.
Pilato lo declara inocente.
Herodes lo declara inocente.
Una y otra vez queda claro que Jesús no ha cometido ningún crimen.
Y, sin embargo, cada vez que se afirma su inocencia, la multitud se vuelve más ruidosa y más furiosa.
Pero en este momento Pilato cree haber encontrado una salida.
Herodes frente a un Rey silencioso
Lucas escribe en el versículo 6:
“Entonces Pilato, oyendo decir, Galilea, preguntó si el hombre era galileo. Y al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que en aquellos días también estaba en Jerusalén.” (Lucas 23:6-7)
Algunos comentaristas sugieren que Pilato simplemente está tratando de quitarse el problema de encima. Como si hubiera encontrado un vacío legal para pasarle el caso a otra persona.
Pero por lo que veremos más adelante, parece que hay algo más que eso. Pilato no está intentando poner a Herodes en aprietos. Más bien le está concediendo el respeto de escuchar su opinión.
Después de todo, Herodes gobernaba la región de Galilea.
Además, era medio judío y, a diferencia de Pilato, sí estaba muy interesado en su imagen pública.
Por eso se encontraba en Jerusalén durante la Pascua, la celebración más importante del año para el pueblo judío.
Pilato sabe que Herodes entendería mejor las implicaciones de estas acusaciones. Había vivido rodeado de costumbres judías. Sus dos esposas habían sido judías. Conocía las expectativas mesiánicas del pueblo y entendía perfectamente lo que significaba que alguien afirmara ser el Mesías.
En esencia, Pilato le está diciendo:
“Herodes, ¿quieres darme tu opinión sobre este caso?”
Ahora observa la reacción de Herodes en el versículo 8:
“Herodes, viendo a Jesús, se alegró mucho, porque hacía tiempo que deseaba verle; porque había oído muchas cosas acerca de él, y esperaba verle hacer alguna señal.” (Lucas 23:8)
Herodes conocía la fama de Jesús. Había oído hablar de sus milagros. Había escuchado los reportes sobre su ministerio. Y está emocionado de tenerlo frente a él.[v]
Pero no porque crea en Él. No porque quiera escuchar su mensaje. No porque esté buscando el perdón de sus pecados. Simplemente quiere entretenimiento. Quiere ver un milagro. Quiere ver algo espectacular.
En su mente, Jesús es una especie de mago religioso. Un ilusionista famoso. Una atracción que finalmente ha llegado a su palacio. Tiene mucha curiosidad de ver lo que Jesús puede hacer y según él, es hora del espectáculo.[vi]
Personalmente, creo que Jesús podría haber hecho un milagro para Herodes.
Algo sencillo.
Como prenderle fuego a sus sandalias. Eso habría llamado su atención. Pero el Señor no hace nada. Y no olvidemos quién era Herodes.
- Es el mismo Herodes que había ordenado decapitar a Juan el Bautista unos tres años antes.
- Es el mismo Herodes que sedujo a la esposa de su hermano y la convenció de abandonarlo para casarse con él.
- Es el mismo Herodes cuya relación inmoral fue denunciada por Juan el Bautista, una denuncia que finalmente le costó la vida al profeta.
Herodes está tan endurecido espiritual y moralmente que ni siquiera se interesa por las acusaciones contra Jesús. No le importa si es el Mesías. No le importa si es el Hijo de Dios. No le importa la verdad. Solo quiere ver un truco de magia.
Y aquí encontramos uno de los detalles más sorprendentes de toda esta escena.
Jesús no le responde ni una sola palabra. No realiza ningún milagro. No contesta ninguna de sus preguntas. No hace ninguna demostración de poder.
Permanece en silencio.
Y creo que aquí hay una lección importante para nosotros. Cuando alguien se acerca con preguntas sinceras acerca de Dios, de la Biblia o de la fe cristiana, debemos responder.
Las preguntas honestas merecen respuestas honestas.
Pero cuando una persona no está buscando respuestas, sino simplemente argumentos para seguir rechazando al Señor… Cuando lo único que quiere es burlarse de la Biblia… Ridiculizar la fe… O desacreditar al creyente… No pierdas el tiempo.[vii]
Hay momentos en los que la respuesta más sabia es seguir el ejemplo de Jesús y guardar silencio.
Así que, no entres en una discusión interminable intentando demostrar que tienes razón.
Nuestra misión no es ganar debates. Nuestra misión es hacer discípulos.
Piensa por un momento en todas las cosas que Jesús podría haberle dicho a Herodes.
Podría haber expuesto su pecado.
Podría haber recordado el asesinato de Juan el Bautista.
Podría haber denunciado su inmoralidad y corrupción.
Pero Jesús permanece en silencio.
¿Por qué?
Porque el asunto central sigue siendo el mismo: la identidad de Jesucristo.
Y, como Herodes no tiene ningún interés en ese tema, Jesús no tiene nada que decirle.
Herodes no verá ninguna señal. Y tampoco escuchará una sola palabra del Señor.[viii]
Ahora bien, eso no significa que las personas quedarán impresionadas por tu control o por negarte a entrar en una pelea verbal. A veces eso ocurre. Pero aquí no.
Dos gobernantes unidos por su rechazo a Cristo
Observa lo que sucede en el versículo 11:
“Entonces Herodes con sus soldados le menospreció y escarneció, vistiéndole de una ropa espléndida; y volvió a enviarle a Pilato.” (Lucas 23:11)
Esa “ropa espléndida” probablemente no era la túnica púrpura que más tarde le colocarán los soldados romanos.
Muchos historiadores creen que se trataba de una vestimenta asociada con candidatos o figuras políticas importantes.[ix]
En otras palabras, Herodes está burlándose de la supuesta pretensión de Jesús de ser rey.
Y entonces Lucas añade un detalle realmente sorprendente en el versículo 12:
“Y se hicieron amigos Pilato y Herodes aquel día; porque antes estaban enemistados entre sí.” (Lucas 23:12)
Ninguno de los dos tenía aprecio por Jesús. Para ambos, Jesús era una molestia. Un problema incómodo que debían resolver. Pero ahora compartían algo en común. Su desprecio por Cristo.
Y, como dice el proverbio, el enemigo de mi enemigo es mi amigo.
Detrás de esta reconciliación había además una historia política.
Años antes, Herodes el Grande había gobernado toda la región. Pero cuando murió, Roma dividió su reino entre varios de sus hijos.
Con el tiempo, una de esas regiones pasó a manos de gobernadores romanos como Pilato.
La familia de Herodes consideraba que eso era una humillación. Y Herodes Antipas nunca ocultó su desagrado hacia Pilato.
Sin embargo, aquí Pilato le está mostrando respeto.
Le reconoce autoridad sobre Galilea.
Le pide su opinión sobre el caso de Jesús.
Eso halaga a Herodes.
Y al mismo tiempo beneficia a Pilato, porque ahora otro gobernante coincide con su evaluación de que Jesús es inocente.
De modo que estos dos hombres impíos terminan enterrando sus diferencias.
Y la ironía es impresionante.
Herodes había condenado a muerte a Juan el Bautista, un hombre inocente.
Pilato está a punto de condenar a muerte a Jesús, otro hombre inocente.
Y ahora ambos terminan siendo amigos.
Pero pases por alto la tragedia detrás de esta amistad. Pueden haberse reconciliado entre ellos. Pero no se estaban reconciliando con Dios.[x]
Y eso sigue ocurriendo hoy.
Pablo escribe en Romanos 1 que las personas que rechazan a Dios suelen fortalecerse mutuamente en su rebelión.
Se animan unas a otras.
Se aprueban unas a otras.
Se celebran unas a otras en su pecado.
Encuentran apoyo mutuo para ignorar la Palabra de Dios.
A lo largo de los años he escuchado a personas decir algo como:
“No me preocupa el infierno. Todos mis amigos estarán allí.”
No quiero trivializar el horror del infierno, pero si esa es tu manera de pensar, cuando estés en tu casa, enciende una hornilla de la estufa y súbete encima junto con tu mejor amigo y luego intenten hacer una fiesta. O simplemente mantener una conversación amistosa.
El infierno no será una reunión de amigos. Será un lugar de juicio, separación y sufrimiento.
Herodes y Pilato se hicieron amigos porque compartían la misma incredulidad. Se apoyaban mutuamente en su rechazo a Cristo. Y aunque se burlaban de Jesús y lo trataban como un iluso, ambos sabían una cosa:
Era inocente.
Cuando Jesús regresa ante Pilato, el gobernador vuelve a declarar su inocencia. Y esta vez intenta encontrar una solución que deje felices a todos. En el versículo 14, propone castigar a Jesús y luego dejarlo en libertad.
Los líderes religiosos reaccionan con furia ante la propuesta de Pilato. La multitud se enfurece. Los gritos aumentan. La tensión sigue creciendo. Y una revuelta parece estar a punto de estallar en Jerusalén.
Pilato está atrapado.
Y es precisamente en este momento cuando ocurre algo que solo registra el Evangelio de Mateo.
Mateo 27:19 nos dice:
“Y estando él sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: No tengas nada que ver con ese justo; porque hoy he padecido mucho en sueños por causa de él.”
Aquel sueño había sido tan vívido y tan perturbador que Claudia, la esposa de Pilato, envió un mensaje urgente mientras el juicio estaba en marcha.
En esencia, le estaba diciendo:
“Sea lo que sea que hagas, deja libre a ese hombre.”
Ahora sí que Pilato está entre la espada y la pared.
Si libera a Jesús, corre el riesgo de provocar una revuelta.
Y si no lo libera, probablemente no volverá a disfrutar una comida tranquila en su casa.
Los romanos eran extremadamente supersticiosos.
Tomaban muy en serio los presagios, las señales y los sueños. Vivían con el temor constante de ofender a alguno de sus dioses. Nunca estaban completamente seguros de contar con su favor. Claudia conocía bien esa mentalidad. De hecho, su propio abuelo, el emperador Augusto, tenía un miedo enfermizo a las tormentas eléctricas.
Los historiadores cuentan que Cesar Augusto llevaba consigo un trozo de piel de foca que consideraba un amuleto de buena suerte contra los rayos.
En una ocasión, durante una tormenta, un relámpago cayó tan cerca de su carruaje que dejó marcas de quemadura. Augusto salió ileso y posteriormente construyó en Roma un magnífico templo dedicado a Júpiter, el supuesto dios del trueno y los relámpagos.[xi]
Así que cuando Claudia le envía este mensaje a Pilato, él no puede ignorarlo fácilmente. Para ella, la advertencia es clara:
“No te metas con Jesús.”
“Déjalo libre cueste lo que cueste.”
De modo que Pilato sigue buscando desesperadamente alguna forma de liberar a Jesús sin perder el control de la situación. Y finalmente cree haber encontrado una salida. Una solución realmente ingeniosa desde el punto de vista político y legal.
Pero esa parte de la historia la veremos en nuestro próximo estudio.
Conclusión
Por ahora, quiero que volvamos la mirada a estos dos hombres: Pilato y Herodes. Porque, en muchos sentidos, representan a nuestro mundo actual.
Y hay una ironía fascinante en sus historias. Si adelantáramos la historia algunos años, descubriríamos que ambos terminaron siendo tratados de una manera muy parecida a como trataron a Jesús.
Por ejemplo, la esposa de Herodes llegó a sentir envidia cuando el emperador Calígula nombró a otro gobernante con el título oficial de rey.
Ella presionó a Herodes para que exigiera el mismo honor. Pero Calígula era profundamente paranoico. Y los enemigos polticos de Herodes aprovecharon la ocasión para acusarlo de planear una rebelión.[xii]
Las acusaciones eran falsas. Pero eso no importó. Herodes perdió su posición. Perdió su poder. Y fue desterrado a casi mil quinientos kilómetros de Roma.
Algo parecido ocurrió con Pilato.
Menos de cinco años después de condenar a Jesús, reprimió una revuelta samaritana con tal brutalidad que sus enemigos presentaron cargos formales contra él. Esta vez fue él quien se encontró sentado en el banquillo. Y tampoco recibió un juicio justo.
Fue despojado de su autoridad. Perdió su posición. Perdió sus recursos. Y terminó viviendo en desgracia.
La ironía es imposible de ignorar.
Ambos hombres fueron víctimas de acusaciones falsas.
Ambos descubrieron lo que se siente cuando nadie quiere escuchar tu defensa. Ambos fueron desterrados.
Ambos terminaron sus vidas lejos del poder que tanto habían protegido.
Herodes desaparece prácticamente de la historia.
Pilato, según la tradición, terminó quitándose la vida.
Y todo esto ocurrió después de haber tenido delante de ellos al Rey de reyes.
A Pilato, Jesús le ofreció la verdad. Le dijo, en esencia: “Soy Rey. Y todo aquel que ama la verdad escucha mi voz.”
Pero Pilato estaba más interesado en proteger su carrera política que en conocer la verdad.
A Herodes, Jesús no le ofreció ni una sola palabra. Porque sabía que no estaba interesado en escucharlo. Para Herodes, Jesús era una curiosidad. Un espectáculo. Tal vez una figura interesante. Tal vez un objeto de burla. Pero nada más.
Y aquí está la pregunta para nosotros.
Porque Pilato y Herodes no son solamente personajes históricos. También representan actitudes que siguen existiendo hoy.
¿Te preocupa que tomar una postura pública por Cristo pueda costarte algo?
¿Tu reputación?
¿Tus amistades?
¿Incluso tu carrera?
¿Hay enseñanzas de Jesús que prefieres suavizar porque resultan incómodas o políticamente incorrectas?
¿Te resulta más fácil seguir la opinión de la mayoría que quedarte solo defendiendo la verdad?
¿Te sientes más cómodo rodeado de personas que no toman a Jesús demasiado en serio?
¿O quizás ves a Jesús como una persona interesante, digna de admiración, pero no como tu Rey?
Pilato lo vio como un problema político.
Herodes lo vio como una curiosidad.
Pero ninguno de los dos se sometió a Él.
Y ahora Jesús se presenta delante de ti por medio de Su Palabra.
¿Qué crees tu acerca de Él?
¿Quién es Jesús para ti?
Y más importante todavía:
¿Seguirás el camino de Pilato y Herodes, o reconocerás a Jesucristo como tu Rey y Salvador?
[i] Adapted from William Barclay, The Gospel of Luke (The Westminster Press, 1975), p. 277
[ii] Charles R. Swindoll, The Darkness and the Dawn (Word Publishing, 2001), p. 67
[iii] Ibid, p. 68
[iv] David E. Garland, Zondervan Exegetical Commentary on the New Testament: Luke (Zondervan, 2011), p. 903
[v] Garland, p. 905
[vi] R. Kent Hughes, Luke, Volume Two (Crossway Books, 1998), p. 365
[vii] Adapted from Bruce B. Barton, Life Application Bible Commentary: Luke (Tyndale, 1997), p. 527
[viii] Garland, p. 906
[ix] Warren W. Wiersbe, Be Courageous (Victor Books, 1989), p. 131
[x] Garland, p. 907
[xi] Anthony Everitt, Augustus (Random House, 2006), p. 212
[xii] Adapted from Garland, p. 905

















