Introducción
En las últimas décadas se han hecho varios intercambios de prisioneros. Algunos buscaban reducir tensiones entre países. Otros ayudaban a facilitar acuerdos de paz o mejorar relaciones diplomáticas. En ciertos casos, el único objetivo era salvar la vida de un prisionero.
En 2006, un soldado israelí fue capturado por Hamás. Permaneció cautivo durante más de cinco años. Su captura se convirtió en una noticia de alto perfil. El caso despertó una enorme reacción emocional en Israel. La presión por su liberación creció rápidamente, y su situación ocupó los titulares durante años.
Finalmente, aquel soldado fue intercambiado por más de mil combatientes de Hamás que habían sido capturados por Israel.
La decisión generó controversia en todo el mundo. Muchos cuestionaron un intercambio tan desigual. Otros advirtieron sobre el peligro que podrían representar algunos de los prisioneros liberados.
Pero Israel se mantuvo firme en su postura. Para ellos, un solo soldado israelí valía un intercambio de esa magnitud.
Aunque esta noticia ocupó los titulares durante más de cinco años, el mundo siguió adelante.
¿Quién se acuerda de ella hoy?
Bueno, puedo garantizarte que alguien sí se acuerda. Aquel soldado israelí jamás olvidará el día de su liberación.
Me dio curiosidad saber qué cómo está hoy. Según las fuentes que consulté este soldado retirado ha rechazado asumir cualquier papel público o político. Está casado, con hijos, tratando de llevar una vida tranquila lejos de las cámaras. Sencillamente, agradecido de estar vivo.
El plan de Pilato
Ahora bien, hubo otro intercambio de prisioneros en Israel que nunca ha sido olvidado. De hecho, Dios no quiso que lo olvidáramos. Por eso lo registró en los cuatro Evangelios.
Me refiero al intercambio entre Jesús y un hombre llamado Barrabás. Y Barrabás está a punto de convertirse en una ilustración viviente del evangelio.
El apóstol Pablo escribe en 1 Timoteo 2:6 que Jesucristo se dio a sí mismo en rescate por todos.
La palabra que Pablo utiliza para “rescate” era el término común para el precio que se pagaba para liberar a un prisionero de guerra de su cautiverio.[i]
Y para llegar a este intercambio, volvamos al evangelio de Lucas, capítulo 23.
Allí vimos a Pilato atrapado en un serio dilema político. En nuestro estudio anterior vimos que Pilato estaba bajo el escrutinio de Roma. Los registros históricos muestran que había provocado demasiados conflictos y disturbios entre los judíos. Y nada de eso había agradado al emperador.
Por esa razón, Pilato no podía permitir que se armara otro disturbio más bajo su administración. Al mismo tiempo, él podía ver lo que realmente estaba ocurriendo. Las acusaciones contra Jesús eran falsas. De hecho, ya había declarado en tres ocasiones que Jesús era inocente y que no merecía la pena de muerte.
Mateo añade que Pilato incluso sabía que los líderes religiosos habían entregado a Jesús por envidia. (Mateo 27:18). Y como si eso fuera poco, la esposa de Pilato aumentó todavía más la presión.
Ella le envió un mensaje para advertirle que había tenido un sueño relacionado con Jesús. Le dijo que era un hombre justo y que no tuviera nada que ver con su condena.
Pero si Pilato liberaba a Jesús, corría el riesgo de provocar un disturbio. Y eso era exactamente lo que no podía permitirse.
Entonces, con todo esto en mente, Pilato cree haber encontrado una solución brillante. Resulta que tiene bajo custodia a un criminal judío que llevaba años siendo un dolor de cabeza para Roma.
El evangelio de Juan lo describe como un ladrón. (Juan 18:40) Pero no estamos hablando de un simple carterista o de un delincuente menor. Este término se utilizaba para describir a criminales peligrosos. Si hubiera vivido en nuestra época, debajo de su fotografía habría aparecido la advertencia: “Armado y extremadamente peligroso”.
Y Marcos añade un detalle todavía más inquietante. Barrabás era un asesino. No era un ladrón común. Era un hombre violento que eliminaba a cualquiera que se interpusiera en su camino.
Lucas lo describe en el capítulo 23 y versículo 19:
“Este había sido echado en la cárcel por sedición en la ciudad, y por un homicidio.” (Lucas 23:19)
Esta descripción es importante porque no solo nos dice que Barrabás era culpable de asesinato. También nos revela el contexto de ese crimen.
Lucas relaciona el asesinato con una insurrección en la ciudad. En otras palabras, Barrabás no era simplemente un criminal violento. Era un rebelde que luchaba contra la autoridad romana.
Barrabás formaba parte de una amenaza constante para el gobierno romano. Era un judío radicalizado que participaba en actos de guerrilla, intentando expulsar a Roma de la tierra de Israel.
Por su parte, Mateo lo describe como un preso famoso. La idea es que era un hombre conocido y señalado por las autoridades. Hoy diríamos que Barrabás estaba entre los criminales más buscados por Roma.
El gobierno romano llevaba tiempo buscándolo a él y a los miembros de su banda. Finalmente, lograron capturarlo junto con otros dos hombres.
Barrabás no era solo un problema para Pilato. También era un problema para el Sanedrín, el liderazgo religioso judío, que no quería conflictos con Roma.
Como ya hemos visto, el cargo de sumo sacerdote dependía, en gran medida, de la aprobación del gobernador romano. Roma colocaba en esa posición a líderes capaces de mantener al pueblo bajo control.
Mientras los judíos no causaran problemas, Roma los dejaba relativamente tranquilos. Por eso, los líderes religiosos estaban conformes con esa coexistencia pacífica. Y Barrabás amenazaba todo ese equilibrio.
En otras palabras, Barrabás era el último hombre que Roma y los líderes de Israel querían volver a ver en las calles.
Ahora bien, aquí aparece la supuesta genialidad de Pilato. Es la temporada de la Pascua, y él recuerda una costumbre especial entre los judíos. Mateo nos cuenta lo que sucede a continuación en el capítulo 27:
“Y en el día de la fiesta acostumbraba el gobernador soltar al pueblo un preso, el que quisiesen. Y tenían entonces un preso famoso llamado Barrabás. Reunidos, pues, ellos, les dijo Pilato: ¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás, o a Jesús, llamado el Cristo?” (Mateo 27:15-17)
La Mishná, un antiguo comentario sobre la vida judía, explica que esta tradición servía para ilustrar cómo el cordero pascual entregaba su vida para que alguien cautivo pudiera quedar en libertad.
Esta costumbre se remontaba al libro de Éxodo, a la primera Pascua, cuando los israelitas fueron liberados de su esclavitud en Egipto.
De modo que, cada año durante la Pascua, la nación recordaba su liberación permitiendo que un prisionero culpable fuera puesto en libertad.
Ahora imagina cómo solía funcionar esto.
Probablemente elegían a algún delincuente menor. Tal vez un infractor primerizo. Alguien agradecido por recibir una segunda oportunidad y que no representara una amenaza para la sociedad.
Pero ese no era Barrabás.
Barrabás era el enemigo público número uno. Era culpable de traición, sedición y asesinato.[ii]
Y el gobierno romano finalmente lo había capturado.
Marcos añade otro detalle interesante. Nos informa que Barrabás estaba encarcelado junto con otros hombres que también habían cometido homicidios durante su rebelión contra Roma.
Un comentarista observa que esto probablemente confirma que los dos hombres crucificados a cada lado de Jesús eran compañeros de crimen de Barrabás.[iii]
Y eso significa que la cruz del medio, la cruz donde Jesús sería clavado, estaba destinada originalmente para Barrabás.
Jesús tomará literalmente su lugar.
El hombre llamado Barrabás
Ahora observemos más de cerca a este hombre.
Lo primero que debes saber es que Barrabás realmente no era un nombre propio. Era más bien una especie de apodo.
Podríamos decir que era el nombre por el que la gente lo conocía. Y, francamente, muchas personas lo admiraban. Para el judío común, Barrabás era algo parecido a un Robin Hood del primer siglo. Un hombre dispuesto a arriesgar su vida por la nación de Israel, organizando ataques secretos contra Roma, el opresor que tanto odiaban.
De hecho, muchos judíos probablemente celebraban en secreto cada noticia relacionada con él. Pero este apodo, Barrabás, tiene un significado interesante. Es un término arameo relacionado con su padre. La primera parte, “Bar”, significa “hijo”. La segunda parte normalmente identifica al padre de la persona.
Pero en el caso de Barrabás, “Bar” significa “hijo” y “abbas”, es un derivado de “abba”, que significa “padre”.
Así que, literalmente, Barrabás significa: “hijo del padre”. Y eso parece un apodo bastante extraño.
El comentarista William Barclay señala que, durante los primeros siglos, surgió la costumbre de llamar abbas a los rabinos más respetados y reconocidos.[iv]
Algo parecido ocurrió con el apóstol Juan. Cuando llegó a ser anciano, era tan conocido que la iglesia simplemente lo llamaba “el anciano” (2 Juan 1).
Todos sabían quién era “el anciano”. De la misma manera, todos sabían quién era el padre de Barrabás.
Era un rabino conocido y respetado. Por eso, este hombre llegó a ser conocido simplemente como “el hijo del padre”.
Hoy probablemente lo llamaríamos “el hijo del pastor”. Barrabás creció en el hogar de un rabino. Creció escuchando a un maestro y expositor del Antiguo Testamento.
No sabemos cuán fiel era aquel rabino a la Palabra de Dios. Pero sí sabemos algo. En algún momento de su vida, Barrabás rechazó las enseñanzas que había recibido en casa.
Abandonó el camino de su padre. Y terminó convirtiéndose en ladrón, asesino y líder de una banda de hombres que ahora tenían sangre romana en sus manos.
Ahora bien, todavía no conocemos su nombre de pila. Algunos antiguos manuscritos siríacos y armenios incluyen un nombre que más adelante sería omitido.
El comentarista Grant Osborne señala que ese nombre probablemente desapareció de algunos manuscritos y de gran parte de la tradición de la iglesia por respeto al nombre del Señor.[v]
Y es que el primer nombre de Barrabás era, muy probablemente, Yeshúa, o Jesús.
Ahora recuerda que Jesús era un nombre muy común. De hecho, es la forma griega del nombre Josué. Y el nombre significa “libertador” o “salvador”.
Muchos niños que corrían por las calles de Jerusalén y sus alrededores llevaban ese nombre en honor al gran héroe de Israel, Josué.
Cualquier pareja judía habría deseado que su hijo creciera siendo un hombre piadoso. Un hombre comprometido con Dios, con la verdad y con la nación de Israel.
Así que este rabino y su esposa tienen un hijo. Y aman tanto a su pueblo, a su tierra y a su Dios que le ponen por nombre Yeshúa. En griego: Iesous. Jesús.
Orígenes, uno de los padres de la iglesia, dijo a finales del siglo segundo, que el nombre completo de este criminal era Iesous Barabbas.[vi]
Así que imagina la escena. Este niño crece en el hogar de un rabino cada vez más reconocido.
Yeshúa crece amando a Israel, tal como su padre. Pero con el paso de los años, puedes imaginar las discusiones que comenzaron a surgir en aquel hogar.
Su padre defendía la tradición judía. Defendía el orden establecido. Defendía la convivencia pacífica con Roma. Pero su hijo veía las cosas de otra manera.
“¿Y qué hay de las injusticias de Roma?”
“¿Qué hay de los abusos de gobernadores como Pilato?”
“¿Qué hay de la opresión que sufre nuestra nación?”
En algún momento, Barrabás decidió vivir el significado de su nombre, pero de una manera violenta.
Él sería un libertador.
Él ayudaría a derribar el dominio romano.
Y si era necesario derramar sangre, estaba dispuesto a hacerlo.
Y, desde su perspectiva, era necesario.
¿No era hora de que surgiera otro Josué?
¿Otro libertador para Israel?
Alguien tenía que hacer algo.
Y Barrabás decidió que ese alguien sería él. Quería convertirse en un héroe nacional. Quería ocupar un lugar en la historia de Israel.
Ahora entiendes por qué Pilato cree haber encontrado la solución perfecta a su problema. Por eso hace una distinción muy cuidadosa.
Mateo registra sus palabras en el capítulo 27 y versículo 17:
“¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás, o a Jesús, llamado el Cristo?” (Mateo 27:17)
De hecho, un antiguo manuscrito registra la pregunta de esta manera:
“¿A quién queréis que os suelte: a Jesús Barrabás, o a Jesús el Cristo?”[vii]
En otras palabras:
¿Quieres a Jesús, el hijo de aquel famoso rabino?
¿O quieres a Jesús, el Cristo?
¿A Jesús Barrabás?
¿O a Jesús el Mesías prometido?
La decisión de la multitud
La pregunta de Pilato era esta. Y ahora entendemos aún mejor lo que realmente estaba preguntando:
“¿A quién quieren que deje libre: al hijo del rabino o al Hijo de Dios?”
Y en el intercambio de prisioneros más impactante de la historia humana, la multitud pide de forma unánime que Barrabás sea liberado y que Jesucristo sea crucificado.
Déjame decirte algo.
Barrabás era exactamente el tipo de mesías que ellos querían. Querían un mesías dispuesto a matar. No querían un Mesías dispuesto a morir.
Y esa misma decisión sigue tomándose hasta el día de hoy.
Tal vez de maneras diferentes. Pero el mensaje es el mismo.
- Queremos un mesías que nos dé lo que queremos.
- Queremos un mesías que nos permita vivir como queremos.
- No queremos a un Jesús que murió por nuestros pecados, porque eso significa admitir que somos pecadores.
- No queremos a un Jesús que fue juzgado en nuestro lugar, porque eso significa reconocer que nosotros merecemos el juicio de Dios.
- No queremos a un Jesús que haga la vida más difícil en lugar de más cómoda.
- No queremos a un Jesús que tenga autoridad para dirigir nuestra vida y decirnos qué hacer y qué no hacer.
No queremos ese tipo de Jesús. Y esta multitud tampoco lo quería.
Ahora, ante la amenaza de un disturbio, y sin encontrar la manera de liberar a Jesús, Pilato finalmente cede.
Lucas registra lo ocurrido en el capítulo 23:
“Mas ellos instaban a grandes voces, pidiendo que fuese crucificado. Y las voces de ellos y de los principales sacerdotes prevalecieron. Entonces Pilato sentenció que se hiciese lo que ellos pedían; y les soltó a aquel que había sido echado en la cárcel por sedición y homicidio, a quien habían pedido; y entregó a Jesús a la voluntad de ellos.” (Lucas 23:23-25)
La Biblia no nos da detalles sobre la liberación de Barrabás.
Su celda probablemente estaba en la cercana Fortaleza Antonia. Sin duda escuchó a la multitud gritar su nombre. Pero no sabía por qué.
Varios autores señalan algo interesante. Barrabás no podía escuchar las preguntas de Pilato. No podía oír cuando Pilato decía:
“¿A quién quieren que les suelte?”
Pero sí podía escuchar a la multitud gritando:
“¡Barrabás! ¡Barrabás!”
Tampoco podía escuchar cuando Pilato preguntó:
“¿Qué haré entonces con Jesús, llamado el Cristo?”
Pero sí podía escuchar el rugido de la multitud respondiendo:
“¡Crucifícale! ¡Crucifícale!”
Y en ese momento, su corazón debió acelerarse de terror.
Imagínalo.
Lo siguiente que escucha son pasos acercándose por el corredor.
Son soldados romanos.
Una llave gira en una cerradura.
Sacan a sus dos compañeros de sus celdas y los llevan rumbo a la ejecución.
Luego la llave gira en la puerta de su propia celda.
Eso es todo.
Ha llegado su hora.
“Voy a morir” – habrá pensado.
“Se terminó”
Entonces el carcelero romano se para frente a él y le dice:
“¡Levántate! Ese otro Jesús, el que decía ser el Mesías, va a morir en tu lugar. Tú eres libre. Ahora vete.”
Al parecer, Barrabás terminó viviendo una vida tan silenciosa y tan privada que desaparece completamente de la historia.
No vuelve a aparecer en las Escrituras.
No aparece en la tradición de la iglesia.
No aparece en los escritos de los líderes cristianos de los primeros siglos.
No aparece en ninguna parte.
Es como si Dios hubiera querido que la biografía de Barrabás terminara con una sola verdad:
Jesús tomó su lugar.
Hubo un intercambio de prisioneros.
Jesús murió.
Barrabás vivió.
Aplicación
Y no puedo evitar mirar este relato como un espejo. Porque aquí nos vemos reflejados todos.
- Nos parecemos a Pilato, que por encima de todo quiere protegerse a sí mismo, su reputación, su posición y su poder.
- Nos parecemos a la multitud, fácilmente arrastrada por las opiniones dominantes de este mundo.
- Nos parecemos a los líderes religiosos, ofendidos porque Jesús desafía nuestra manera de vivir.
Pero, sobre todo, nos parecemos a Barrabás.
- Somos culpables.
- Estamos condenados a morir.
- Estamos encarcelados, esclavizados a nuestra naturaleza pecaminosa. El apóstol Pablo describe esta condición como una mente y un corazón dominados por el pecado.
- Estamos sin esperanza delante del Dios santo que nos conoce perfectamente.
- Merecemos su justicia y su juicio.
Pero entonces una llave gira en la puerta de nuestra celda.
La puerta se abre.
Y Jesucristo nos dice:
“He pagado el rescate por tu libertad. ¿Te interesa un intercambio de prisioneros?
Mi vida por la tuya.
Mi sacrificio por tu pecado.
Mi redención a cambio de que reconozcas que eres un pecador que necesita ser salvado.”
¿Ya has respondido a Jesús?
Barrabás podría haberle dicho al carcelero:
“Mira, agradezco la oferta, pero he pecado demasiado. Tú no sabes ni la mitad de lo que he hecho. Merezco morir. No merezco quedar libre.”
Y la verdad es que todos podríamos decir lo mismo.
Barrabás también podría haber respondido:
“Está bien, pero déjame quedarme aquí unos años más. Al menos debo pagar por algunos de mis crímenes.”
Pero ¿qué tenía que hacer Barrabás para salir libre?
Simplemente salir de la celda.
Aceptar el beneficio de aquel intercambio.
Su libertad había sido comprada por el Cordero final de la Pascua, quien vino a morir por pecadores como Barrabás – y como tú y como yo.
De hecho, eso fue precisamente lo que Jesús anunció al comenzar su ministerio. En Lucas capítulo 4, al leer las palabras del profeta Isaías, Jesús se identificó como el Libertador prometido, aquel que había venido para poner en libertad a los cautivos (Isaías 61:1-2).
Y eso es lo que hizo.
En la cruz, Jesús tomó el lugar de los culpables. Pagó el rescate que nosotros jamás podríamos pagar. Recibió el juicio que nosotros merecíamos.
Y abrió la puerta de una celda que nosotros jamás habríamos podido abrir por nuestra cuenta.
Hasta el día de hoy, su muerte en la cruz sigue poniendo en libertad a los cautivos.
Y si nunca has respondido a Jesucristo, no olvides esto:
El intercambio ya fue realizado.
El rescate ya fue pagado.
La invitación sigue abierta.
Acepta hoy por fe al Salvador que tomó tu lugar. Y disfruta el perdón, la libertad y la vida eterna que Él pagó por ti.
[i] Geoffrey Bromiley, Theological Dictionary of the New Testament (Eerdmans, 1985), p. 545
[ii] Charles R. Swindoll, The Darkness and the Dawn (Word Publishing, 2001), p. 68
[iii] Ibid
[iv] Quoted in Swindoll, p. 66
[v] Grant R. Osborne, Exegetical Commentary on the New Testament: Matthew (Zondervan, 2010), p. 1017
[vi] R. Kent Hughes, John: That You May Believe (Crossway, 1999), p. 426
[vii] Swindoll, p. 67

















