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El camino de Jesús hacia la cruz

Después de ser azotado y humillado, Jesús emprende el camino hacia el Calvario. Acompañaremos la procesión mientras conocemos a Simón de Cirene, escuchamos la advertencia de Jesús a las mujeres de Jerusalén y llegamos finalmente al lugar de la crucifixión. Además, exploraremos aspectos históricos que nos ayudan a comprender mejor cómo se llevaba a cabo este castigo en tiempos del Imperio Romano y por qué era tan importante que el Mesías muriera precisamente de esa manera. Al contemplar el camino de Jesús hacia la cruz, descubriremos la profundidad de Su amor, el precio de nuestra redención y la invitación de Dios para todo aquel que pone su fe en Cristo.

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Introducción

Hoy llegamos en nuestro estudio del Evangelio de Lucas a terreno sagrado: una colina fuera de la ciudad de Jerusalén donde tendrá lugar la transacción más importante de toda la historia humana entre Dios el Padre y Dios el Hijo.

Lucas se refiere a esta colina como “La Calavera”. La palabra griega es kranion, de donde proviene nuestra palabra “cráneo”. No sabemos con certeza por qué este lugar recibió ese nombre; quizás, en algún momento, la forma rocosa de la colina se parecía a una calavera.

La palabra aramea para calavera es Gólgota, el término que utilizan Mateo, Marcos y Juan en sus relatos.

La palabra latina para calavera es calvaria, de donde proviene el nombre que la iglesia adoptó después para referirse a este lugar: el Calvario.

Este es el monte donde Jesús debía morir. Este es el lugar donde Jesús se convertiría en el Cordero de la Pascua definitivo, el último sacrificio.

Y debo admitir que, al llegar a este pasaje, me ha costado decidir qué tan rápido avanzar y dónde detenerme para reflexionar. Francamente, podría predicar el resto de mi vida sobre este capítulo y aun así no terminaría de explorar toda la verdad, la gracia y la gloria que contiene.

Esta escena es aterradora y al mismo tiempo esperanzadora. Aquí vemos nuestro pecado y nuestra salvación, nuestra culpa y nuestra garantía eterna.

Aquí contemplamos con toda claridad que “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. (Juan 3:16)

Este es el lugar donde será sacrificado el Cordero sin mancha. Aquí, el cordero de Dios que quita el pecado del mundo abrirá el camino hacia la vida eterna.

Este es el lugar donde las llamas de la ira de Dios contra el pecado serán apagadas por la sangre del Cordero.

El Cordero es humillado

Ahora bien, después del intercambio de prisioneros, cuando liberaron a Jesús Barrabás y condenaron a Jesús el Cristo, Pilato entrega a Jesús para que sea azotado por los soldados romanos.

El Evangelio de Mateo nos informa que Pilato ordenó este castigo. Probablemente fue un último intento de apaciguar a la multitud que exigía la muerte de Jesús, aunque él mismo había intentado liberarlo.

Pero ni siquiera eso sería suficiente.

En los días de Cristo, esta terrible tortura se conocía popularmente como “la muerte a medias”.[i]

Muchas de sus víctimas entraban en estado de shock, y no era raro que algunas murieran durante el mismo castigo.

Y no estoy mencionando estos detalles para ser sensacionalista ni para impresionar a nadie. Pero tampoco quiero suavizar lo que ocurrió. Todo esto forma parte del sufrimiento que soportó el Cordero de Dios.

Antes de comenzar el azote, despojaban a la víctima de su ropa y la ataban a una pequeña columna de piedra.

La flagelación era el procedimiento habitual que precedía a la crucifixión. Normalmente participaban dos soldados romanos entrenados para esta tarea, alternando los golpes.

Utilizaban un látigo llamado flagellum, compuesto por un mango corto de madera y varias correas largas de cuero.

Estas correas estaban trenzadas en diferentes longitudes, y en ellas se incrustaban fragmentos de hueso de oveja y pequeñas piezas de hierro.

Hace algunos años, la revista de la Asociación Médica Americana publicó un estudio detallado sobre los aspectos médicos de la flagelación y crucifixión de Jesús.

La descripción de la flagelación comienza de esta manera:

Mientras los soldados romanos descargaban golpe tras golpe sobre la espalda de la víctima, los fragmentos de hierro y hueso incrustados en las correas cortaban la piel y desgarraban los tejidos debajo de ella. A medida que continuaba la flagelación, las heridas se profundizaban hasta alcanzar los músculos, dejando largas franjas de carne sangrante. El dolor y la pérdida de sangre pronto llevaban a la víctima al borde del colapso circulatorio. La cantidad de sangre que perdía una persona durante este castigo podía determinar cuánto tiempo sobreviviría después en la cruz.[ii]

No cabe duda de que Jesús soportó una golpiza brutal.

Y debemos recordar que estos soldados romanos no solo estaban siendo utilizados por Satanás para atormentar al Señor, sino que además despreciaban profundamente a los judíos.

Mateo nos dice que no participaron solamente un par de soldados. Todo un batallón se reunió alrededor de Jesús (Mateo 27:27).

Todos querían burlarse de aquel supuesto “Rey de los judíos”.

Algunos incluso habían conseguido espinas para añadir más dolor y más humillación a la acusación que pesaba sobre Él.

Estas espinas, comunes en aquella región, podían medir quince centímetros o más de largo. La gente las cortaba y las dejaba secar en cestas para utilizarlas después como material para encender fuego. En muchos lugares públicos había recipientes llenos de estas ramas espinosas. Al parecer, algunos soldados tomaron varias de ellas, las entrelazaron y formaron una corona de espinas que luego hundieron sobre la cabeza de Jesús.[iii]

Mateo describe la escena de esta manera:

“Y desnudándole, le echaron encima un manto de escarlata, y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas, y una caña en su mano derecha…” (Mateo 27:28-29a).

Por cierto, ese manto escarlata que le colocaron para burlarse de Su supuesta realeza no era una túnica larga como suelen aparecer en pinturas o representaciones tradicionales.

La palabra griega utilizada aquí describe una capa corta que usaban oficiales militares de alto rango, así como reyes y emperadores. Era más bien una prenda que cubría los hombros, se sujetaba cerca del cuello y no llegaba más abajo de los codos.[iv]

Así que imagina la escena.

Primero despojaron a Jesús de toda Su ropa para aumentar Su humillación. Luego colocaron esta capa corta sobre Sus hombros, dejando gran parte de Su cuerpo expuesto. Pusieron una caña en Su mano para imitar un cetro real. Y finalmente hundieron aquella corona de espinas sobre Su cabeza.

Mateo continúa diciendo:

“Y arrodillándose delante de él, le escarnecían, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos! Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza. Después de haberle escarnecido, le quitaron el manto, le pusieron sus vestidos y le llevaron para crucificarle.” (Mateo 27:29b-31).

Y mientras todo esto ocurría, ¿qué hacía Jesús?

Mientras sentía un dolor insoportable, con sangre corriendo por Su rostro, Su espalda y Sus piernas, ¿qué hacía?

Permanecía en silencio.

Quizás gemía por el dolor, pero no respondía.

No se defendía.

No amenazaba.

No maldecía.

Permanecía allí, cumpliendo las palabras del profeta Isaías:

“Como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca” (Isaías 53:7).

Quizás, mientras soportaba aquella humillación, miraba más allá de aquel momento, hacia el día cuando toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Él es el Señor.

El camino al Calvario

Ahora bien, cuando Jesús comienza a dirigirse hacia el Calvario, Lucas nos presenta a un hombre que, de repente, pasa de ser un espectador anónimo a convertirse en una figura importante dentro de la escena.

Lucas escribe en el versículo 26:

“Y llevándole, tomaron a cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús.” Lucas 23:26

Los Evangelios nunca dicen que Jesús cayó mientras avanzaba por las calles de Jerusalén rumbo al Calvario. De hecho, los condenados a crucifixión no cargaban la cruz completa —que podía pesar más de ciento treinta kilos— sino solamente el travesaño horizontal.

Evidentemente, el centurión comprendió que Jesús ya no estaba en condiciones de cargar nada más. Así que obligó a un hombre que estaba allí observando: un hombre llamado Simón.

Y aquí encontramos una ironía interesante. Porque inevitablemente nos preguntamos dónde estaba el otro Simón en ese momento.

¿Dónde estaba Simón Pedro? ¿Dónde estaba aquel discípulo que había prometido morir con Jesús antes que negarlo?

Bueno, este Simón era de Cirene. Y el hecho de que Lucas mencione su nombre indica que llegó a ser conocido por la iglesia primitiva. De hecho, Marcos añade otro detalle interesante: Simón era el padre de Alejandro y de Rufo. Eso parece indicar que Marcos conocía personalmente a esta familia y que sus lectores también sabían quiénes eran.

A esto debemos añadir otro detalle interesante. Cuando el apóstol Pablo concluye su carta a los Romanos, envía saludos a Rufo y menciona de manera especial a su madre en Romanos 16:13, dando a entender que era una creyente muy apreciada dentro de la iglesia.

Todo esto parece indicar que Simón de Cirene terminó creyendo en Cristo.

Un autor comenta:

“Aparentemente, Simón, su esposa y sus dos hijos llegaron a ser cristianos muy conocidos y respetados por la iglesia.”[v]

Ahora bien, Simón había viajado a Jerusalén desde Cirene, una región romana ubicada en lo que hoy conocemos como Libia. Unos trescientos años antes del nacimiento de Jesús, muchos judíos se habían establecido allí.

Y para cualquier judío piadoso, celebrar la Pascua en Jerusalén era el viaje de sus sueños. Todo judío deseaba hacerlo al menos una vez en la vida.

Simón vivía a unos mil trescientos kilómetros de Jerusalén. No sabemos si esta era su primera visita. Pero sí sabemos que sería la más importante de toda su vida. 

Finalmente había llegado a Jerusalén. Se había unido a la multitud que comentaba con asombro la noticia de un hombre judío condenado a morir crucificado. Y de repente, sintió el lado plano de una espada romana sobre su hombro.

Eso equivalía a una orden oficial. Los romanos podían obligar legalmente a cualquier persona a prestar servicio temporal. Y en ese momento le ordenaron cargar la cruz de aquel condenado.

Ahora imagina bien la escena. Encabezando la procesión iba un soldado romano llevando un cartel llamado titulus. Ese cartel describía el delito por el cual iban a ejecutar a la víctima.

Normalmente lo fabricaban de madera, lo colocaban sobre un poste y lo levantaban para que todos pudieran leerlo.

Más tarde lo fijarían sobre la cruz.

Y en este caso decía simplemente:

“Jesús Nazareno, Rey de los Judíos.”

Juan 19 nos informa que Pilato ordenó escribirlo en tres idiomas:

  • Hebreo, el idioma del pueblo judío.  
  • Latín, el idioma del Imperio Romano.  
  • Griego, el idioma internacional de aquella época.

Pilato sabía perfectamente que ese mensaje enfurecería a los líderes judíos. De hecho, ellos intentaron que lo cambiara. Pero Pilato se negó.

Así que aquel soldado que llevaba el cartel encabezaba una procesión pública que avanzaba por calles repletas de gente.

Detrás de él venía el condenado, normalmente cargando el travesaño de la cruz.

Y aquí encontramos algo muy significativo. Cuando una persona cargaba el travesaño rumbo al lugar de ejecución, estaba anunciando públicamente su propia culpabilidad. Pero Jesús no iba a morir porque fuera culpable. Los culpables somos nosotros. De alguna manera, Simón termina representando a toda la humanidad culpable.

Y detrás de él camina Jesús, siguiendo un cartel que proclama exactamente quién es Él: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos.” Escrito en tres idiomas.

Podríamos decir que ese cartel fue el primer tratado evangelístico de la historia.

Y lo más sorprendente es que lo redactó un político pagano.

Una vez más vemos que Dios reina por encima de los gobernantes de este mundo, en cada generación y en cada nación. Y esa es una verdad que nunca debemos olvidar, especialmente cuando hay elecciones presidenciales o viene un cambio de gobierno: Dios sigue teniendo el control.

Como ciudadanos, debemos ejercer responsablemente los privilegios que Dios nos ha dado. Votar es una manera legítima y digna de expresar nuestras convicciones.

Pero no pongas tu esperanza en un candidato, un partido o un resultado electoral.  Ninguna elección puede frustrar Sus planes ni detener Su propósito. Dios no está preocupado por el resultado de una votación ni preguntándose si Su agenda podrá seguir adelante.

Él sigue sentado en Su trono, dirigiendo la historia conforme a Su perfecta voluntad.

Incluso hizo que un gobernador pagano proclamara el evangelio en tres idiomas y sin costo alguno.

La advertencia de Jesús rumbo a la cruz

Ahora Lucas nos presenta a otro grupo de espectadores en el versículo 27:

“Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él. Pero Jesús, vuelto hacia ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron. Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos. Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?” (Lucas 23:27-31).

Estas mujeres, al borde del camino, lloraban por la injusticia de la muerte de un hombre inocente. Pero Jesús estaba mirando mucho más allá de ese momento.

Mientras ellas se enfocaban en Su sufrimiento presente, Él estaba anticipando la destrucción que vendría sobre Jerusalén.

Durante los años del ministerio de Jesús, la nación de Israel había sido como un árbol verde. Había sido una época de bendiciones, milagros y oportunidades espirituales extraordinarias.

Pero, como escribe Warren Wiersbe, la nación rechazó a su Mesías y terminó convirtiéndose en un árbol seco, listo para el fuego del juicio.[vi]

Ese juicio que Jesús estaba anunciando llegaría unas décadas más tarde, cuando el general romano Tito sitiara la ciudad de Jerusalén. El hambre llegaría a ser tan extrema que algunas personas terminarían comiéndose a sus propios hijos. Finalmente, los romanos tomarían la ciudad, crucificarían a miles de judíos, destruirían el templo y arrasarían gran parte de Jerusalén.

El historiador judío del primer siglo, Josefo, escribió que Tito dejó de crucificar prisioneros solamente porque se quedó sin madera.

Jesús está llorando por la nación que lo ha rechazado.

La realidad de la cruz

Finalmente, la procesión llega al calvario. Lucas escribe en los versículos 32 y 33:

“Llevaban también con él a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos. Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.”

Originalmente, la crucifixión consistía en clavar a una persona a un árbol o a un poste vertical. De hecho, en griego la misma palabra puede traducirse como “árbol” o “madero”.[vii]

Los persas inventaron este método de ejecución. Ellos adoraban a Ormuzd, el dios de la tierra, y no querían contaminar la tierra con el cuerpo de un criminal ejecutado.[viii]

Por eso levantaban a la víctima sobre un poste.

Con el tiempo, esta práctica se extendió a otras culturas y finalmente llegó a Roma.

Los romanos la perfeccionaron, si podemos usar esa palabra, para prolongar el sufrimiento de la víctima durante el mayor tiempo posible.

La crucifixión llegó a ser tan terrible que el famoso orador romano Cicerón escribió:

“La sola palabra cruz debería mantenerse lejos no solo del cuerpo de un ciudadano romano, sino también de sus pensamientos, sus ojos y sus oídos.”[ix]

En otras palabras, la crucifixión era algo tan horroroso que ni siquiera debía mencionarse.

De hecho, llegó a convertirse en la peor maldición imaginable. Una de las expresiones de odio más grandes que alguien puede decir hoy es: “Vete al infierno”.

Pero en el primer siglo, decir, “vete a la cruz”, era la peor maldición que se podría pronunciar.

No había una forma más humillante de morir. La crucifixión representaba la máxima vergüenza pública.

Significaba la pérdida total del honor, la reputación y la dignidad.

En las ruinas de Pompeya incluso encontraron un grafiti con una frase que decía:

“¡Sé crucificado!”[x]

Era un insulto. 

La palabra “crucifixión” significa ser “fijado a una cruz”. Y el verbo en latín, cruciare, significa “torturar” o “atormentar”. Era, en verdad, una muerte lenta, dolorosa y humillante.

Pero en el caso de Jesús, debemos entender algo más profundo. La crucifixión no era importante solamente por el sufrimiento físico que implicaba. Era importante por lo que representaba espiritualmente.

Los judíos del primer siglo consideraban que una persona colgada de un madero estaba bajo la maldición de Dios.

La Ley lo enseñaba claramente.

Deuteronomio 21:22-23 declara que quien era colgado de un madero estaba bajo maldición. Es decir, había sido rechazado por Dios.

Y precisamente por eso el Sanedrín insistió tanto en que Jesús fuera crucificado.

Normalmente castigaban a los blasfemos apedreándolos. Pero en este caso querían algo más. Querían la máxima condena posible. Y es que nada comunicaba culpabilidad de manera más contundente que una crucifixión.[xi]

Si lograban crucificar a Jesús, tendrían una prueba irrefutable, ante los ojos del pueblo, de que Él no era solamente un blasfemo, sino alguien completamente rechazado por Dios.[xii]

El apóstol Pablo tenía precisamente esta verdad en mente cuando escribió en Gálatas 3:13:

“Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero).”

Y eso era exactamente lo que los líderes religiosos querían comunicar. Según ellos, no había manera de que Jesús fuera el Rey de los judíos.

No había manera de que fuera el Mesías.

No había manera de que fuera el Hijo de Dios.

Después de todo, miren dónde terminó.

Miren cómo murió.

Fue crucificado.

Caso cerrado.

Fin de la historia.

Y para este mundo, parecía que realmente era el fin de la historia.

Ahora bien, permíteme tomar un momento para corregir la imagen que muchas personas tienen en mente cuando piensan en la crucifixión.

Una cruz romana completa podía pesar más de ciento treinta kilos. Por esa razón, es poco probable que los condenados arrastraran una cruz completa por largas distancias y luego cuesta arriba, especialmente después de haber soportado la pérdida de sangre y el sufrimiento de la flagelación.

Las fuentes históricas sugieren que el poste vertical solía permanecer instalado permanentemente en el lugar de ejecución. Los romanos lo llamaban stipes.

También sabemos que durante la vida de Jesús los romanos crucificaron a miles de personas. Era uno de sus métodos favoritos de ejecución.

Jesús habría cargado solamente la pieza de madera horizontal, conocido como patibulum.

Los soldados colocaban esa viga sobre los hombros de la víctima y con frecuencia la ataban a sus brazos extendidos. Normalmente pesaba entre 35 y 55 kilos.

Además, la cruz solía tener un sistema de ensamblaje simple, donde el travesaño tenía una abertura en su parte central para encajar sobre el poste vertical.

Cuando la víctima llegaba al lugar de su crucifixión, colocaban la viga en el suelo, obligaban al condenado a acostarse boca arriba, y entonces clavaban sus manos a la madera.

Investigaciones arqueológicas recientes sugieren que los clavos probablemente atravesaban la parte superior de la mano, cerca de la base del pulgar, y salían a la altura de la muñeca mientras fijaban la mano al madero.

Después, los soldados levantaban a la víctima junto con la viga y la hacían calzar en el poste vertical.

Hay otro detalle de la crucifixión que muchas veces pasa desapercibido. Muchas cruces incluían una pequeña pieza de madera llamada sedile, que significa literalmente “asiento”.

Era una especie de soporte sobre el cual descansaba parcialmente el peso de la víctima. Esto permitía doblar las rodillas y apoyar los pies contra el poste vertical. Luego los soldados clavaban los pies al madero.

Más adelante en el Evangelio de Lucas, Jesús mostrará a Sus discípulos Sus manos y Sus pies, lo que parece indicar que ambas manos y ambos pies fueron clavados individualmente.

Este pequeño soporte también prolongaba la agonía.

El estudioso bíblico Merrill Unger escribió que existen registros históricos de personas que sobrevivieron hasta nueve días en una cruz.[xiii]

Una vez más, la crucifixión estaba diseñada para ser una de las formas más lentas y dolorosas de morir.

Y si los romanos necesitaban acelerar la muerte de la víctima, podían quitarla de ese soporte y quebrarle las piernas. Sin la capacidad de incorporarse para respirar adecuadamente, la persona moría en cuestión de minutos.

Hay otra imagen que también necesita corrección. Muchos imaginan una cruz enorme, elevándose varios metros sobre la multitud.

Sin embargo, las cruces no superaban dos metros y medio de altura.

Eso permitía que las personas se acercaran al condenado, lo insultaran, le escupieran y se burlaran de él cara a cara. Y eso fue exactamente lo que hicieron con Jesús.

Algunas víctimas incluso morían después de sufrir ataques de animales salvajes durante la noche.

Un historiador escribió que los buitres solían sobrevolar el lugar de la crucifixión esperando que la multitud se dispersara.

Por eso, cuando el apóstol Pablo escribe en Filipenses 2 acerca de la humildad de Cristo y de Su obediencia hasta la muerte, añade estas palabras: “…y muerte de cruz.”

Es como si dijera: “Y no cualquier muerte. La muerte más vergonzosa y humillante imaginable – ¡muerte de cruz!”

Jesús tenía que morir de esa manera.

Debía cumplir la Ley convirtiéndose en maldición por nosotros y cargando sobre Sí la maldición de nuestro pecado.

Conclusión

No reconocieron quién era.

Lo maltrataron.

Se burlaron de Él.

Y finalmente lo crucificaron.

Murió por el pecado del mundo.

Murió por el pecado de aquella nación que lo rechazó.

Murió por el pecado de los líderes políticos y religiosos que lo condenaron injustamente.

Y murió por el pecado de cada ser humano, incluidos tú y yo.

Jesús estuvo dispuesto a ser rechazado en la tierra para que tú y yo nunca seamos rechazados en el cielo. Esto es, para todos los que hemos venido al Calvario y hemos confiado en Su muerte para recibir vida.

Él sufrió para darnos salvación.

Y para todos los que han confiado en Él, existe una promesa maravillosa:

Un día lo veremos cara a cara.

Ya sea al partir de esta vida o cuando Él regrese por Su iglesia.

Esa es la esperanza de todos los que han confiado en el sacrificio de Cristo.

Es la esperanza de los que hemos reconocido a Jesucristo como Señor y Salvador.

Sabes, la base de la cruz toca la tierra, como si declarara que Dios descendió del cielo para acercarse a la humanidad.

Y sus brazos se extienden hacia ambos lados, como si dijera:

“Todo aquel que quiera, venga. Yo lo recibo.”

Así que déjame preguntarte:

¿Has venido a los pies de la cruz donde Cristo murió?

¿Has acudido a Aquel que voluntariamente escogió morir allí?

Si todavía no lo has hecho, ven a Él hoy.

El Salvador que fue rechazado por los hombres quiere recibirte hoy y reconciliarte con Dios para siempre.


[i] Charles R. Swindoll, The Darkness and the Dawn (Word Publishing, 2001), p. 100

[ii] William D. Edwards, Wesley J. Gabel, and Floyd E. Hosmer, “On the Physical Death of Jesus Christ,”

Journal of the American Medical Association 255 (April 1986), 11:1457.

[iii] Adapted from Swindoll, p. 103

[iv] Swindoll, p. 102

[v] Warren W. Wiersbe, Be Courageous (Victory Books, 1989), p. 133

[vi] Wiersbe, p. 134

[vii] Eugenia Scarvelis Constantinou, The Crucifixion of the King of Glory (Ancient Faith Publishing, 2021), p. 212

[viii] Swindoll, p. 115

[ix] Constantinou, p. 219

[x] Ibid, p. 219

[xi] Ibid, p. 221

[xii] Ibid

[xiii] Swindoll, p. 115

Este contenido es una adaptación autorizada del ministerio Sabiduría Internacional, bajo la enseñanza original de Stephen Davey. Todos los derechos del contenido original están reservados a su autor.


Puede compartir o reproducir este material libremente solo con fines no comerciales, citando adecuadamente al autor y al ministerio. Queda prohibida su venta, modificación con fines lucrativos o redistribución sin permiso escrito.

Hemos procurado citar debidamente todos los recursos externos utilizados en cada lección. Las citas bíblicas provienen principalmente de la versión Reina-Valera 1960 y de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), aunque en algunos casos se emplean otras versiones de la Biblia para facilitar la comprensión del pasaje.
Reina-Valera 1960® © 1960 Sociedad Bíblica Trinitaria. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.
La Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © 2019 por The Lockman Foundation. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

Adaptado y publicado por el ministerio Sabiduría Internacional.

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