La realidad de las viudas en el primer siglo
Cuando se escribió el Evangelio de Lucas en el primer siglo, difícilmente había una vida más dura —y en muchos casos más peligrosa— que la de una viuda.
En el primer siglo, una mujer podía seguir viviendo en la casa de su esposo fallecido… pero solo si lograba cubrir los gastos del hogar. Si no podía hacerlo, prácticamente quedaba en la indigencia, a menos que algún familiar o amigo la recibiera.[1]
Sus hijos —si los tenía— también corrían el mismo riesgo: pobreza extrema e incluso quedarse sin hogar.
En el mundo romano, la palabra griega orphanos —de donde viene “huérfano”— no se refería necesariamente a un niño sin padres, sino específicamente a alguien cuyo padre había muerto, aún si la madre seguía viva. Siglos más tarde, el término pasaría a describir a los niños sin ninguno de sus padres.[2]
Para una viuda en el Imperio romano, todo cambiaba de inmediato. Su estatus social se transformaba, y hasta su vestimenta lo reflejaba. Debía llevar un velo en público, doblado hacia atrás, como señal visible de su condición de viuda.
Esto no era solo una señal cultural. También tenía un propósito legal. César Augusto había establecido que una viuda debía volver a casarse dentro de un año, para no convertirse en una carga financiera para la sociedad romana. Si se negaba, podía recibir una multa. Más adelante, otros emperadores extendieron ese plazo a dos años, hasta que finalmente se eliminó la norma.[3]
El contexto judío, sin embargo, era diferente. No existía una penalización legal por ser viuda. De hecho, la ley de Moisés establecía una provisión para ellas. Cada tres años, el pueblo debía apartar un diezmo especial de su producción —grano y fruto— para los necesitados, incluyendo viudas y huérfanos.
Este diezmo se distribuía durante los siguientes tres años, como dice en Deuteronomio 26:12: “para que coman en tus aldeas y se sacien”.
Ahora bien, para el tiempo de Jesús, tristemente, no se cumplía apropiadamente. No había mucha ayuda y compasión para con las viudas incluso dentro de la comunidad judía.
Será la iglesia primitiva la que retomaría ese cuidado con seriedad. En la primera carta a Timoteo capítulo 5, el apóstol Pablo instruye a Timoteo: “Honra a las viudas que en verdad lo son”.
Es decir, aquellas que no tienen hijos adultos ni familiares que puedan sostenerlas.
Pablo añade en 1 Timoteo 5:5:
“Más la que en verdad es viuda y ha quedado sola, espera en Dios, y es diligente en súplicas y oraciones noche y día… Sea puesta en la lista sólo la viuda no menor de sesenta años…” (1 Timoteo 5:5a, 9a)
En otras palabras, si esta mujer era fiel al Señor, no tenía familia que la ayudara, y tenía al menos sesenta años —lo que indicaba que probablemente no volvería a casarse— debía incluirse en esta lista de la iglesia.
Esto implica que no solo existía una especie de registro dentro de la congregación, sino que además estas viudas recibían algún tipo de ayuda, ya fuera económica o práctica.
De hecho, vemos un ejemplo claro del cuidado de la iglesia por las viudas creyentes en Hechos capítulo 6, donde uno de los primeros ministerios organizados de la iglesia surge precisamente para atender esta necesidad.
Encontré algo interesante durante mi estudio: cuando Arístides de Atenas defendió a los cristianos ante el emperador Adriano, unos 25 años después de que Pablo le escribiera a Timoteo, quiso demostrar el valor de la comunidad cristiana en Roma. Y le dijo esto al emperador: “Los cristianos se aman unos a otros, y no dejan de honrar a las viudas.”[4]
En otras palabras, cuidar de las viudas era algo distintivo del cristianismo. Era algo radicalmente diferente a lo que hacía la cultura.
Francamente, el primer siglo se parece mucho al siglo veintiuno: cada uno busca lo suyo. Por naturaleza, somos egoístas, centrados en nosotros mismos, y muchas veces indiferentes a las necesidades de los demás.
Por eso, este cuidado se convirtió en una marca distintiva de los creyentes. De hecho, un líder de la iglesia del siglo II escribió que “cualquiera que no trata con justicia a las viudas anda en camino de oscuridad”.[5]
Cómo tratas a una viuda revela que tu fe es auténtica o no.
La denuncia de Jesús a los escribas en su trato con las viudas
Ahora bien, para el tiempo del ministerio de Cristo, el liderazgo religioso en Israel se había vuelto tan insensible como la cultura romana que los rodeaba. Y Jesús lo expone sin rodeos. Lo dice públicamente.
Pronuncia algunas de sus denuncias más fuertes, dirigidas a miembros del Sanedrín —el tribunal supremo de Israel— y en particular contra el grupo de los escribas, quienes formaban parte de ese consejo. Ellos eran los expertos legales, los intérpretes de la ley de Moisés.
En otras palabras, estos hombres conocían Deuteronomio 24 de memoria.
Estamos llegando al final del capítulo 20 del Evangelio de Lucas. Escuchemos cómo Jesús los desenmascara públicamente.
Eran orgullosos
Primero, describe su carácter orgulloso en el versículo 45:
“Y oyéndolo todo el pueblo, dijo a sus discípulos: Guardaos de los escribas, que gustan de andar con ropas largas, y aman las salutaciones en las plazas, y las primeras sillas en las sinagogas, y los primeros asientos en las cenas” (Lucas 20:45–46, RVR1960).
Ahora, miremos detenidamente lo que dijo el Señor aquí.
Jesús dice que ellos usaban ropas largas. La stolē —que da origen a la palabra “estola”— era una túnica larga y elegante de seda blanca, hecha a medida, adornada con diversos símbolos religiosos de colores.[6]
Estas túnicas estaban reservadas tradicionalmente para ocasiones especiales, como festividades religiosas. Pero los escribas habían comenzado a usarlas todos los días, buscando llamar la atención lo más que podían.[7]
Y eso encaja perfectamente con lo que Jesús dice aquí: les encantaban los saludos en las plazas. Disfrutaban que los reconocieran en público, los admiraran, y los trataran como personas muy importantes.
También, Jesús dice que amaban los mejores asientos en las sinagogas. Para muchos hoy, los asientos más preciados en la iglesia son los de allá atrás, donde el pastor no los puede ver cuando se quedan dormidos.
Bueno, en la sinagoga no era así. Los mejores lugares no estaban atrás, sino adelante. Pero había un detalle: esos asientos estaban orientados hacia el público, generalmente ubicados detrás del que enseñaba. Es decir, todos podían verlos.
Además, estaban más cerca de los rollos de las Escrituras que se leían durante el servicio, dando la impresión de que estos hombres estaban más cerca de Dios que los demás.
Finalmente, Jesús dice que amaban los lugares de honor en los banquetes. Eso significaba sentarse lo más cerca posible del anfitrión. Eran las celebridades del mundo antiguo.
Ser escriba se les había subido a la cabeza.
Un autor, comentando este pasaje, lo resume con una advertencia muy clara: “no puedes dar la impresión de que eres grande y, al mismo tiempo, exaltar a un Dios grande.” [8] Es imposible hacer ambas cosas.
Eran corruptos
Jesús está dejando al descubierto su carácter orgulloso.
Pero no termina ahí. Ahora expone su corrupción sin corazón en el versículo 47:
“que devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones; éstos recibirán mayor condenación” (Lucas 20:47).
En otras palabras, están en serios problemas delante de Dios.
Ya es grave aprovecharse de las personas… pero hacerlo en el nombre de Dios lo hace aún más perverso. Y aprovecharse de una viuda es caer a lo más bajo. Jesús dice que enfrentarán una condenación mayor.
Registros históricos nos dicen que muchas personas confiaban sus finanzas a los escribas. Ellos eran expertos en la ley, y la gente les entregaba completamente la administración de sus asuntos.
Una viuda, en particular, le confiaba a un escriba el manejo del dinero que había recibido como dote de su padre tras la muerte de su esposo. Eso era todo lo que le quedaba.[9]
Los escribas no debían cobrar por asesoría legal a las viudas. Así que desarrollaron otras prácticas: retenían parte de esa dote para sí mismos, y también aceptaban dinero a cambio de ofrecer oraciones especiales por ellas.[10]
A eso se refiere Jesús cuando dice que hacen largas oraciones como pretexto. Estaban aprovechándose de ellas, quitándoles lo poco que tenían.
¿Quién prometería orar a cambio de dinero, verdad?
Lamentablemente, los estafadores religiosos no son cosa del pasado. Están por todas partes, prometiendo todo tipo de bendiciones si la gente envía dinero. “Envíe su dinero y vamos a orar por usted.”
Recuerdo el caso de un tele-evangelista que fue expuesto con cámaras ocultas. Había hecho un llamado especial pidiendo dinero, prometiendo orar por cada petición que la gente enviara junto con su ofrenda.
Las cámaras mostraron a su equipo, detrás del edificio, abriendo los sobres, sacando el dinero… y tirando las peticiones de oración a la basura.
Los escribas siguen existiendo.
Hace algún tiempo, estaba conversando con una mujer de nuestra iglesia. Me contó que quería hacerse miembro de nuestra iglesia. Venía de otra iglesia de la ciudad —una iglesia pequeña, donde todos se conocían.
Le pregunté por qué se quería cambiar. Era viuda, y me dijo que había pasado por una situación difícil y quería hablar con su pastor.
Llamó a la oficina y le dijo a la secretaria que necesitaba consejo y oración. La pusieron en espera. Minutos después, la secretaria volvió y le dijo:
“El pastor revisó su compromiso financiero, y usted está atrasada. Si se pone al día, con gusto la atenderá.”
Ese hombre no es un pastor… es un estafador religioso.
Ahora, después de describir el carácter y la corrupción de los escribas, el relato paralelo en el evangelio de Marcos nos dice que Jesús se levantó y fue a sentarse frente al arca de las ofrendas.
La ofrenda de la viuda
El Evangelio de Lucas retoma la escena en este punto, en el capítulo 21, versículo 1:
“Levantando los ojos, vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el arca de las ofrendas; vio también a una viuda muy pobre, que echaba allí dos blancas” (Lucas 21:1–2).
Tanto Lucas como Marcos colocan estos dos eventos uno al lado del otro: primero, la fuerte denuncia de Jesús contra los escribas que devoran a las viudas; y ahora, esta viuda pobre que aparece para dar su ofrenda.
Este evento ocurre en el tesoro del templo —el atrio de las mujeres— donde había trece receptáculos de bronce, en forma de trompeta, fijados a las paredes. También existían cajas móviles con este mismo diseño.
En el templo, estos trece receptáculos estaban marcados indicando el propósito de cada ofrenda. Algunos decían “Aves”, que se usaban para sacrificios; otros, “Incienso”; otros, “Tributo del templo”.[11]
Pero seis de ellos estaban destinados a “Ofrendas voluntarias”. Estas no eran obligatorias. Se daban libremente, como expresión de amor y gratitud a Dios.
Sin embargo, ese lugar también se convirtió en el escenario perfecto para llamar la atención.
“¡Amo tanto a Dios que quiero dar!” y mientras más monedas hacías sonar al caer por esa abertura de metal, más personas volteaban a ver quién eras.
Para el tiempo de Jesús, esto ya era todo un espectáculo. De hecho, Jesús usó una palabra relacionada con el teatro para describir este tipo de dar. Era una actuación.
Así funcionaba: alguien podía dar un aureus —una moneda de oro equivalente al salario de un mes. Pero ¿para qué dar una sola moneda… si podías cambiarla por 25 denarios y hacer 25 veces más ruido?
Si lo trasladamos al día de hoy: podrías deslizar un billete de 100 dólares… y nadie se daría cuenta. Pero si lo cambias por 400 monedas de 25 centavos, ahora sí se va a notar. Va a hacer ruido… y además te vas a demorar. La gente empieza a mirar: “Guau,¿Quién es ese?”
Eso es exactamente lo que Jesús tenía en mente cuando dijo en el Evangelio de Mateo 6: “Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas…”
No hagas sonar la trompeta. Hoy diríamos: no te andes promocionando. No busques llamar la atención.
No necesitas hacer ruido para que Dios te vea.
Y eso es precisamente lo que Jesús está a punto de mostrar, porque alguien acaba de llegar… y no hace ningún ruido.
Una viuda llega en silencio —dice Lucas— y deja caer dos pequeñas monedas de cobre.
Estas monedas se llamaban lepta, que significa algo así como “fragmentos” o “pequeños trozos”. Eran las monedas más pequeñas y delgadas en circulación.[12]
En la Reina Valera se tradujo como blancas, porque era una moneda de muy poco valor en la España medieval. En algunos países aún se dice que “estoy sin blanca” para decir, “no tengo dinero.”
En términos actuales, esta blanca – esta monedita de cobre equivalía a aproximadamente una décima parte de un centavo.
Dos moneditas, del tamaño de un botón, que ni siquiera harían ruido al caer por el receptáculo y llegar al fondo del arca.
Pero escucha bien: ella no está dando para llamar la atención… está dando por amor a Dios.
Ahora, es importante notar algo: Jesús no condena aquí a los ricos por dar grandes cantidades. Muchos de ellos probablemente estaban dando con motivaciones sinceras, y sus ofrendas eran significativas.
Algunos han sugerido que Jesús está mostrando aquí cómo una viuda está siendo despojada de todo lo que tiene… como si este sistema corrupto del templo estuviera repitiendo el abuso de los escribas, quitándole a esta mujer ingenua lo poco que le queda.
Pero eso no es lo que está ocurriendo. Jesús no dice: “Miren a esta pobre viuda ingenua, que la están engañando y ahora pierde su último centavo.”
Lo que Jesús está a punto de hacer es presentar a esta mujer como un modelo de entrega sacrificial. Va a enseñarnos principios de lo que podríamos llamar una “matemática divina”.
Juan Calvino escribió, al comentar este pasaje, que Jesús está, por un lado, afirmando a quienes no pueden dar mucho, y por otro, desafiando a quienes tienen mucho de sobra.
La matemática de Dios
Observa lo que Jesús dice en el versículo 3:
“En verdad os digo, que esta viuda pobre echó más que todos. Porque todos aquéllos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobra; mas ésta, de su pobreza echó todo el sustento que tenía” (Lucas 21:3–4).
Jesús usa aquí un término cuantitativo: ella dio más.
¿Más? Los discípulos seguramente se quedaron desconcertados. Esta no es la matemática que ellos conocían… ni la que nosotros usamos.
Jesús está usando otra forma de medir. Tiene una calculadora diferente. Otra manera de evaluar.
Déjame expresarlo en forma de principios o lecciones.
Primero:
No es lo que das, es lo que te queda lo que más importa
Podemos impresionarnos con lo que damos, pero Jesús observa lo que retenemos.
Si eso es cierto, entonces tu estado de cuenta revela con bastante claridad tu corazón delante de Dios.
En esta “matemática divina”, no es el tamaño de la ofrenda lo que llamó la atención de Jesús, sino el sacrificio de quien da.
Lo que hace a esta viuda un ejemplo extraordinario no es cuánto dio… sino cuánto le quedó: nada.
Segundo principio:
Cuando das, Jesús está observando lo que eso revela de tu corazón
Esto no es una amenaza —como si Dios estuviera vigilando para castigarte—, es simplemente una realidad evidente.
Jesús ve. Jesús sabe. Y Jesús se interesa.
Piensa en esto: Jesús sabía exactamente cuánto tenía esta mujer. Por así decirlo, conocía el saldo de su “cuenta”.
Y no hay ninguna indicación de que ella estuviera siendo explotada por el sistema religioso en este momento.
Ella estaba dando una ofrenda voluntaria. Sabemos eso porque la cantidad era demasiado pequeña como para comprar un ave, incienso, o pagar algún tributo del templo.
Jesús no la señala como alguien digno de lástima… la señala como alguien digno de imitar.
Repasemos:
- No es lo que das… es lo que te queda lo que más importa.
- Cuando das, Jesús observa lo que eso revela de tu corazón.
Tercer principio:
Dondequiera que des, tu corazón debe estar motivado por amor a Cristo.
No importa qué das, cuándo das o dónde das… lo que realmente importa es el motivo.
El apóstol Pablo escribe en la segunda carta a los Corintios 9:7:
“Cada uno dé como propuso en su corazón; no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.”
Cuando pagas impuestos, por ejemplo, haces el cheque al gobierno… y a ellos no les importa tu actitud.
No importa si das con molestia, con enojo o con alegría. Solo quieren que pagues. Pero con Dios no es así.[13]
Dios ama al dador alegre.
Un dador alegre es alguien cuyo corazón está de acuerdo con su mano. No damos porque tenemos que hacerlo… sino porque queremos hacerlo.
Y dar el equivalente a una fracción de un centavo, pero con el corazón de esta viuda, es escuchar a Jesús decir:
“Así es como se da.”
Cada vez que das —lo que sea, cuando sea, donde sea— estás expresando tu fe en la provisión de Dios.
Es impresionante que ella haya dado las dos monedas, no solo una. No hay asesor financiero en el mundo que le hubiera recomendado hacer eso.
Mientras Jesús estaba sentado en el templo, vio a muchos dar una contribución… pero en esta mujer vio algo distinto: ella no solo dio una ofrenda…
entregó su vida.
Ella no solo entregó sus recursos… entregó su futuro en las manos de Dios.
Conclusión
Una mujer llamada Frances Havergal llegó a un punto decisivo en su vida. Había sido creyente por muchos años, pero sabía que aún había áreas en su corazón que no quería rendir al control de Dios.
Ella misma cuenta que un día fue confrontada con esta realidad: debía entregar cada rincón de su vida al Señor. Y escribió esta frase: “Me di cuenta de que debía haber una rendición total antes de poder experimentar una satisfacción plena.”
Poco tiempo después, en 1874, escribió un himno que llamó “su himno de consagración”. La iglesia lo ha cantado desde entonces por generaciones. Parte de su inspiración vino de pasajes como el que acabamos de estudiar… y del ejemplo de esta viuda.
Algunas de las estrofas de su himno dicen así:
Toma mi vida, oh, Señor,
consagrada, te la doy.
Toma todo lo que soy,
te lo ofrezco con amor.
Ten mi plata y oro hoy,
Ni una pizca quiero yo.
Toma aún mi corazón,
Y haz en él Tu trono hoy
Tómame para que así,
sea solo para Ti.
Suena como una viuda… a quien algún día conoceremos en el cielo.
No porque dio sus últimas dos monedas,
sino porque vino a adorar a un Dios en quien confiaba plenamente.
A pesar de su pérdida… a pesar de su pobreza… a pesar de sus dificultades… ella sabía que podía confiarle todo a Dios. Incluso su futuro.
Que nosotros podamos de corazón cantar también:Toma todo lo que soy,
te lo ofrezco con amor.
Tómame a mí… para que así,
sea solo para Ti.
[1] Edwin M. Yamauchi & Marvin R. Wilson, Dictionary of Daily Life in Biblical & Post-Biblical Antiquity (Hendrickson, 2017), p. 1753
[2] Ibid, 1742
[3] Ibid, p. 1756
[4] Ibid, p. 1757
[5] Ibid
[6] Charles R. Swindoll, Insights on Luke (Zondervan, 2012), p. 464
[7] Adapted from Bruce B. Barton, Life Application Bible Commentary: Luke (Tyndale House, 1997), p. 467
[8] R. Kent Hughes, Luke: Volume Two (Crossway Books, 1998), p. 285
[9] Barton, p. 467
[10] Hughes, p. 286
[11] Hughes, p. 290
[12] Frank E. Gaebelein, gen. editor, The Expositor’s Bible Commentary: Volume 8 (Regency, 1984), p. 741
[13] Ibid, p. 292














