Cuando la verdad no es agradecida
Entré a mi oficina ayer para terminar de preparar mi sermón, y al sentarme en el escritorio encontré una pila de notas de agradecimiento de niños y estudiantes de una escuela cristiana local. Al parecer, tenían un proyecto por curso en el que cada alumno debía escribirle una nota a su pastor.
Los estudiantes mayores escribieron libremente, mientras que los más pequeños, de primaria, completaron espacios en blanco en un formulario. Decía: “Gracias por _______” y luego “Mi iglesia es especial porque ___________.”
La verdad, esas notas me conmovieron. Me detuve un momento y le di gracias al Señor por esos estudiantes y por sus maestros. Pensé que tal vez te gustaría escuchar algunas de las notas.
Una niña de segundo grado, llamada Eleanor, escribió: “Gracias por enseñarme cosas sobre Dios.” Me encantó ese lenguaje tan… teológico.
Madeline escribió: “Gracias por ser mi pastor. Definitivamente Dios eligió la profesión correcta para usted.” Después de 37 años haciendo esto, eso fue bastante alentador.
Esta otra nota me hizo pensar en lo que los niños realmente perciben. Amelia, de tercer grado, escribió: “Gracias por ser mi pastor y por venir a la iglesia incluso cuando estás cansado.” ¿Cómo lo supo?
Connor, que está en el jardín de infantes, completó la frase “Mi iglesia es especial porque…” y escribió: “Por la música.” ¡Un niño de jardín! Podemos decir amén con él.
Jack, otro niño de jardín, completó: “Gracias por el patio de juegos.” Dijo la verdad.
Santiago, de cuarto grado, escribió: “Mi iglesia es especial porque es como una familia para mí.” ¿No es hermoso eso?
También hubo algunas notas de estudiantes con los que claramente tenemos algo en común.
Blake, de segundo grado, escribió: “Gracias por hacer tus sermones divertidos.” ¡Qué bueno saberlo! ¡Los de segundo grado entienden mi humor!
Adam escribió: “Siga haciendo un buen trabajo enseñando el evangelio y contando un chiste de vez en cuando… ¡no deje de hacerlo!”
Ahora, ninguno de ellos dijo exactamente qué era lo que les parecía gracioso.
Pero Lucas sí. Él escribió: “Me gusta escuchar sus chistes sobre los gatos… gracias.” Desde ese momento, se convirtió en mi miembro favorito de la iglesia.
Dos notas más, de estudiantes mayores, fueron especialmente significativas.
Una joven llamada Carley escribió: “Sus sermones me han confrontado muchas veces, y nunca me he sentido más cerca de Dios que en esos momentos.”
Y Samara escribió: “Una vez usted dijo: ‘Si te juzgaran por ser cristiano, ¿habría suficiente evidencia para condenarte?’ Gracias por esas palabras tan poderosas y por sermones que muchas veces me deja deseando más en mi relación con Cristo.”
Sé que leer estas notas podría parecer algo centrado en mí, y no es mi intención. Pero me impactaron, especialmente mientras estudiaba este pasaje del evangelio de Lucas para nuestro tiempo juntos hoy. De hecho, me invadió una profunda tristeza al pensar que, a estas alturas del ministerio público del Señor—el Maestro por excelencia, el predicador con sabiduría divina, el Redentor—uno pensaría que estaría recibiendo montones de notas de agradecimiento.
Pero no es así.
Sus seguidores pronto comenzarán a desaparecer, y en cuestión de muy poco tiempo, Él se quedará solo. Para Él no hubo notas de agradecimiento. Y siendo plenamente Dios, pero también plenamente hombre, Él lo sintió… lo supo.
Lo hemos visto entrar en Jerusalén montado en un burro, y romper en llanto—un llanto profundo—no porque nadie le dio las gracias. Era algo mucho más que eso. Lloraba por el rechazo final de la nación, y por todo lo que eso implicaría.
Seamos claros: Jesús no hizo nada buscando recibir agradecimiento. No lo necesitaba. Él es eternamente suficiente en sí mismo. A esto lo llamamos la doctrina de la aseidad.
Pero no pierdas de vista que Él también era plenamente humano. Y sabía que no lo iban a agradecer… sino que lo iban a ridiculizar, rechazar y finalmente crucificar. Y eso lo sintió. Le dolió.
En estos días previos a todo eso, Jesús va a ser bombardeado con preguntas tramposas y argumentos diseñados para hacerlo caer. Ya estamos en el capítulo 20 del evangelio de Lucas—y este capítulo prácticamente se convierte en un día entero de interrogatorios:
- Los fariseos ya vinieron contra Él.
- El “tribunal supremo” religioso—el Sanedrín—ha intentado atraparlo.
- Los nacionalistas políticos—los herodianos—se unieron con los fariseos para tenderle una trampa con la pregunta sobre pagar impuestos al César.
Y ahora, retomamos el relato cuando aparece otro grupo más, dispuesto a intentar lo mismo: plantearle a Jesús un enigma que, según ellos, no podrá responder.
El trasfondo de un corazón incrédulo
Antes de escuchar su pregunta, Lucas nos los presenta brevemente en el versículo 27:
“Entonces vinieron a él algunos de los saduceos, los cuales niegan que haya resurrección…” (Lucas 20:27)
Los saduceos son, en esencia, el último grupo dentro del judaísmo que intenta desacreditar a Jesús. Quieren ponerlo en aprietos, hacerle una pregunta imposible, y así hacerlo perder credibilidad frente a la gente.
Ellos formaban la élite sacerdotal de Israel. Dominaban el Sanedrín, el consejo gobernante judío. Estaban profundamente involucrados en la política, y como el gobierno romano era quien designaba al sumo sacerdote, los saduceos se aseguraban de que uno de los suyos ocupara ese puesto.[1]
Además, administraban el templo. Controlaban el negocio del cambio de dinero y el sistema de sacrificios. Todo eso los había enriquecido enormemente. Sus familias eran, en términos actuales, la clase alta… verdaderos aristócratas.
Un historiador judío del primer siglo, Josefo, escribió que los saduceos eran “toscos en su trato y groseros incluso entre sus propios compañeros.”[2]
Hoy diríamos que eran unos arrogantes. Miraban a los demás por encima del hombro y se consideraban superiores.[3]
En cuanto a las Escrituras, los saduceos solo aceptaban los libros de Moisés—la Torá, los primeros cinco libros del Antiguo Testamento. Ignoraban a los profetas y a los escritos poéticos. Para ellos, Moisés era la única autoridad.
Sabemos también que consideraban la resurrección como un mito… una fantasía creada por la gente común para consolarse con la idea de un mundo mejor.[4]
Y no solo eso: tampoco creían en el cielo ni en el infierno, ni en la existencia de ángeles o demonios.
Para ellos, la vida terminaba con la muerte. Punto final. Así que—según su forma de pensar—había que sacarle el máximo provecho a esta vida, porque pronto todo se acabaría.
Así que, como trasfondo de la pregunta que están a punto de hacer, ten en mente estas tres negaciones clave:
- Rechazaban toda la Escritura excepto los escritos de Moisés.
- Negaban la existencia de ángeles.
- Negaban la resurrección de los muertos.
El acertijo que parecía infalible
Ahora bien, los saduceos tenían un acertijo favorito. Con él ya habían dejado en silencio a los fariseos y a otros líderes religiosos que sí creían en la resurrección.
Sacaban esta pregunta una y otra vez, y luego se burlaban al ver cómo otro “religioso” más quedaba confundido, aferrado a su idea de un cielo futuro.
Y ahora, estos arrogantes religiosos creen que están a punto de dejar callado a este maestro aparentemente sencillo, que venía del campo, del sector rural de Galilea.
Así que aquí está su acertijo, uno que—según ellos—nunca había fallado. Versículo 28:
“…y le preguntaron, diciendo: Maestro, Moisés nos escribió: Si el hermano de alguno muriere teniendo mujer, y no dejare hijos, que su hermano se case con ella, y levante descendencia a su hermano.” (Lucas 20:28)
Están citando Deuteronomio 25:5–10—la ley de Moisés sobre el llamado “matrimonio levirato”.
Esta era una práctica particular del pueblo de Israel. Cuando un hombre moría sin dejar hijos, su pariente más cercano debía casarse con la viuda. ¿Con qué propósito?
- Para preservar el nombre de la familia – el apellido, por así decirlo.
- Y para mantener dentro de la familia las propiedades y la herencia.[5]
Tal vez recuerdes una hermosa historia de amor en el Antiguo Testamento donde esto ocurre. Un hombre llamado Booz se enamora de una viuda llamada Rut… y decide redimirla.
Ahora bien, para los días de Jesús, esta ley ya casi no se practicaba. Pero para los saduceos, seguía siendo uno de sus argumentos favoritos para atacar la idea de la resurrección y la vida eterna.
Así que van al punto. Versículos 29 al 33:
“Hubo, pues, siete hermanos; y el primero tomó esposa, y murió sin hijos. Y la tomó el segundo, el cual también murió sin hijos. La tomó el tercero, y así todos los siete, y murieron sin dejar descendencia. Finalmente murió también la mujer. En la resurrección, pues, ¿de cuál de ellos será mujer, ya que los siete la tuvieron por mujer?” (Lucas 20:29–33)
Y uno casi puede imaginarse a estos hombres conteniendo la risa. Siete maridos… ¡todos muertos! “A ver, Jesús… ¿de quién va a ser esposa en el cielo?”
Francamente, alguien debería estar preguntando… ¿qué les puso en la sopa?
Número uno… muere.
Número dos… muere.
Número tres… también.
Número cuatro… muere.
Número cinco… muere.
Número seis… muere.
Ya para el séptimo… ¿Quién quiere ofrecerse de voluntario? La cosa era sospechosa ya.
Obviamente, los saduceos construyen esta situación absurda para probar su punto: “No puede haber resurrección… porque algo así crearía un caos en el cielo.”
“Así que Jesús, dinos… ¿de quién será esposa?”
Y Jesús, en esencia, responde: “De ninguno.”
Versículo 34:
“Entonces respondiendo Jesús, les dijo: Los hijos de este siglo se casan, y se dan en casamiento; mas los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ni se casan, ni se dan en casamiento. Porque no pueden ya más morir, pues son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección.” (Lucas 20:34–36)
Jesús está diciendo, de varias maneras, que seremos resucitados a una vida inmortal.
Pero también está corrigiendo un error fundamental de los saduceos. Básicamente les dice: “Ustedes están asumiendo que las relaciones en esta vida funcionan igual en la vida venidera… y eso no es así.”[6]
Las relaciones serán diferentes.
Por ejemplo, el matrimonio como institución no continuará en la eternidad.[7]
Eso no significa que no reconoceremos a nuestros seres queridos en el cielo—nuestros cónyuges, hijos, amigos. Nuestra memoria no se borra. Así como Moisés y Elías aparecieron con Jesús en el monte de la transfiguración—y seguían siendo Moisés y Elías, aunque glorificados—tú seguirás siendo tú… pero perfeccionado y glorificado.
Y nuestro gozo será aún mayor al reencontrarnos con los que amamos en Cristo.
Aunque la relación con nuestro cónyuge ya no será matrimonial, seguirá siendo única y especial.
Hombres, aquí hay una buena oportunidad… “Tu matrimonio fue un regalo del cielo” ¿amén?
Espero que lo hayas dicho con convicción.
Ahora, tu matrimonio es un regalo del cielo… pero no fue hecho para el cielo.[8]
Jesús también dice que, en ese sentido, seremos como los ángeles. No nos convertimos en ángeles, pero sí seremos como ellos.
El apóstol Pablo diría que llegaremos a ser como Cristo; y Jesús vivió como soltero, sin casarse. Pero aquí, como es Él quien está hablando, usa otra comparación: dice que seremos como los ángeles. Y ambas cosas son ciertas.
Con esta respuesta, Jesús está, por decirlo así, corriendo la cortina entre la tierra y el cielo.
Y te confieso algo: dan ganas de detenernos aquí y hablar bastante sobre los ángeles… pero no podemos. Sin embargo, déjame señalar algunas características que compartiremos con ellos.
Los ángeles son perfectos en santidad para siempre… y así también lo seremos nosotros en el cielo. Nuestra naturaleza pecaminosa habrá desaparecido de nuestros cuerpos glorificados (1 Corintios 15).
Otra semejanza es que los ángeles obedecen a Dios sin vacilar.
Un autor comenta sobre este pasaje y dice que el Señor nos enseñó a orar pidiendo obedecer como los ángeles: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.”[9]
¿Y cómo se cumple la voluntad de Dios en el cielo? Sin demora, sin resistencia… con gozo, con lealtad y de manera completa.
Y eso es solo el comienzo.
Como los ángeles, nuestros cuerpos glorificados estarán totalmente restaurados—perfectos, inmortales, llenos de gloria, radiantes, dignos, sin temor… hermosos en un sentido que hoy apenas podemos imaginar.[10]
Y también, como ellos, no nos cansaremos jamás. No habrá envejecimiento. Viviremos eternamente disfrutando adorar y servir a nuestro Dios Creador.
Todo esto va más allá de lo que podemos imaginar. Por eso el apóstol Pablo escribe acerca del cielo:
“Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.” (1 Corintios 2:9)
Jesús nos da aquí apenas un vistazo de nuestro futuro resucitado. A lo largo de las Escrituras, de vez en cuando, vemos destellos de lo que son los ángeles… y ahora Jesús dice que, en ciertos aspectos, seremos como ellos.
Pero aquí viene algo que deja a los saduceos sin palabras: ¿Cómo sabe Jesús cómo son los ángeles? ¿Cómo sabe cómo funcionan las relaciones en el cielo?
Ellos no se lo van a preguntar… porque ya lo han escuchado decir que Él viene del Padre. Y bien podría haber respondido: “Lo sé porque yo vivía allí.”
Él ha vivido en ambos mundos. Puede hablar con autoridad.[11]
Recuerda: los saduceos no creían en los ángeles. ¿Y qué hace Jesús aquí? Afirma claramente que existen.
Tampoco aceptaban más Escritura que los libros de Moisés. Y como en esos libros no hay un relato explícito de una resurrección, ellos simplemente la negaban.
Así que Jesús hace algo brillante. Cita uno de los libros de Moisés. Versículo 37:
“Pero en cuanto a que los muertos han de resucitar, aun Moisés lo enseñó en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor: Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven. Respondiendo algunos de los escribas, dijeron: Maestro, bien has dicho. Y no osaron preguntarle nada más.” (Lucas 20:37–40)
Abraham, Isaac y Jacob habían muerto mucho antes de que Dios hablara con Moisés… y sin embargo, Dios usa el tiempo presente: “Yo soy”.[12]
Jesús, en esencia, les dice: “¿Nunca leyeron bien lo que escribió Moisés?”
Dios no dijo:
- “Yo era el Dios de Abraham, Isaac y Jacob… pero ya murieron”, ni tampoco
- “Ojalá siguiera siendo su Dios… pero eso ya pasó.”
No.
Él dice: “Yo soy el Dios de Abraham, Isaac y Jacob.” ¿Por qué? Porque, delante de Dios, ellos viven.
Los saduceos quedan en shock. Jesús los ha dejado sin salida… usando las propias palabras de Moisés. Ahora sí, hay silencio total. Se acabaron las preguntas.
Pero en ese momento, Jesús toma la iniciativa y les plantea una pregunta. Versículo 41:
“Entonces él les dijo: ¿Cómo dicen que el Cristo es hijo de David? Pues el mismo David dice en el libro de los Salmos: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. David, pues, le llama Señor; ¿cómo entonces es su hijo?” (Lucas 20:41–44)
Jesús está citando el Salmo 110, un pasaje que todos en Israel reconocían como mesiánico. Allí se anuncia que el Mesías se sentará a la diestra de Dios—compartiendo su autoridad, su gobierno.[13]
Entonces, aquí está el “acertijo” de Jesús:
Si el Mesías es el Señor de David… ¿Cómo puede ser también su hijo?
Por un lado, para descender de la línea de David, el Mesías tiene que ser humano. Pero para sentarse a la diestra de Dios tiene que ser divino.
La respuesta es clara: el Mesías es ambas cosas. Es hombre y es Dios. Es hijo de David y es el Hijo de Dios.[14]
Y en ese momento, los saduceos están buscando la salida de emergencia. ¡Quieren salir corriendo de ahí!
Jesús sabía que ellos entendieron perfectamente lo que implicaba esa verdad. En ese instante, todo cobró sentido:
- Sabían que Jesús descendía de David; ya habían revisado su genealogía.
- Sabían que Él afirmaba haber venido del Padre.
- Sabían que hablaba con autoridad sobre la vida y el servicio de los ángeles en el cielo.
- Sabían que el Salmo 110 presenta al Mesías como descendiente de David… y al mismo tiempo como Señor divino.
- Y sabían que Jesús estaba diciendo: “Ese Salmo se cumple en mí.”
Eso significa que Jesús, como Mesías, es hombre y es Dios.
Ellos lo sabían. Y en lugar de responder con adoración… se quedaron en silencio.
Habían venido a atraparlo. Pero Jesús les dio vuelta la situación, y con la verdad, los dejó sin escapatoria. Él los había atrapado a ellos.
La pregunta ahora es: ¿qué van a hacer con Jesús?
Conclusión
Hace poco compartí con un grupo de estudiantes del seminario la historia de cómo Adoniram Judson conoció al Señor. Él fue misionero en Birmania—hoy conocida como Myanmar.
Adoniram creció en un hogar creyente, pero al llegar a la universidad conoció a un estudiante brillante llamado Jacob Eames. Se hicieron muy cercanos, y este amigo lo introdujo a lo que en ese tiempo se llamaba “libre pensamiento”—una forma de ateísmo disfrazado de escepticismo. Negaba la resurrección, la divinidad de Cristo y la necesidad de salvación.
Para cuando Adoniram se graduó, había abandonado completamente la fe que había aprendido desde niño.
Después de comunicarle a sus padres su incredulidad, pasó un tiempo trabajando como tutor, y luego salió a recorrer Nueva Inglaterra a caballo. Eventualmente terminó en Nueva York, uniéndose a un grupo de actores y viviendo una vida desordenada y pecaminosa. Muchas veces se alojaban en posadas, acumulaban deudas… y luego se escapaban sin pagar.
Con el tiempo, Adoniram se cansó de esa vida sin rumbo. Se separó del grupo y comenzó a vagar solo, sin propósito ni dirección.
Una noche llegó a una posada donde nunca había estado. El encargado le advirtió que quizá no podría dormir bien, porque en la habitación contigua había un joven gravemente enfermo.
Y así fue. Durante la noche, los gemidos y lamentos de ese hombre lo mantuvieron despierto. Parecía estar al borde de la muerte. Su sufrimiento, su angustia… eran imposibles de ignorar.
Acostado en la oscuridad, Adoniram comenzó a pensar:
¿Qué pasará con el alma de ese hombre? ¿Dónde pasará la eternidad? ¿Qué esperanza tiene después de la muerte?
Y luego esas preguntas se volvieron personales. ¿Qué hay de mi alma? ¿Cuál es mi destino eterno?
En algún momento, los sonidos se detuvieron, y finalmente logró dormirse.
A la mañana siguiente, preguntó por el joven. El encargado le dijo que había muerto durante la noche.
Entonces Adoniram preguntó: “¿Sabe quién era?”
El hombre respondió: “Sí… su nombre era Jacob Eames.”
Adoniram quedó paralizado.
Pasó horas allí, reflexionando sobre la muerte de su amigo.
Años después diría: “Que el infierno se abriera en esa posada y arrebatará a mi mejor amigo desde la habitación de al lado… no podía ser coincidencia.”
En ese momento entendió algo: Dios lo estaba buscando.
Regresó a casa, y para el gozo de sus padres, puso su fe en Cristo como su Salvador personal… y entregó su vida al Señor.[15]
Los saduceos eran los escépticos del primer siglo. No creían en la vida después de la muerte… hasta que ya fue demasiado tarde.
Y hoy, hay millones que piensan igual.
La pregunta es: ¿estás tú entre ellos?
¿Tienes ya preparadas tus preguntas difíciles para callar a los demás? ¿Tienes tus propios argumentos para evitar acercarte demasiado a Cristo?
Escucha bien lo que Jesús afirma:
- Hay vida después de la muerte.
- Existen los ángeles.
- Hay un cielo para los redimidos.
- Hay una eternidad en gloria para quienes confían en Él.
Así que hazlo ya. Confía en Él y pídele que sea tu salvador hoy mismo.
[1] Bruce B. Barton, Life Application Bible: Luke (Tyndale House, 1997), p. 459
[2] R. Kent Hughes, Mark: Volume Two (Crossway Books, 1989), p. 107
[3] Charles R. Swindoll, Living Insights: Matthew 16-28 (Tyndale House, 2020), p. 174
[4] Adapted from Barton, p. 459
[5] William Barclay, The Gospel of Mark (Westminster Press, 1975), p. 289
[6] Dale Ralph Davis, Luke: The Year of the Lord’s Favor (Christian Focus, 2021), p 139
[7] Swindoll, Matthew, p. 177
[8] Douglas Sean O’Donnell, Matthew (Crossway, 2013), p. 647
[9] R. Kent Hughes, Luke: Volume Two (Crossway Books, 1998), p. 275
[10] Hughes, Mark, p. 112
[11] John Phillips, Exploring the Gospel of Luke (Kregel, 2005), p. 250
[12] J. Dwight Pentecost, The Words and Works of Jesus Christ (Zondervan Publishing House, 1981), p. 389
[13] Adapted from Pentecost, p. 391
[14] Warren W. Wiersbe, Be Courageous (Victor Books, 1989), p. 91
[15] Adapted from: Jesse Clement, The Life of Rev. Adoniram Judson & John Piper, Adoniram Judson: How Few There Are Who Die So Hard














