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El impuesto del rey Jesús

Cada año, los impuestos nos recuerdan una realidad que nadie puede evitar. Pero en este estudio, veremos que este tema va mucho más allá de lo económico. Frente a una pregunta diseñada para atraparle, Jesús responde con una verdad que revela no solo nuestra responsabilidad ante las autoridades, sino también nuestra relación con Dios. A través de este pasaje, aprendamos juntos cómo vivir con integridad en medio de un mundo imperfecto, reconociendo que, aunque cumplimos con nuestras obligaciones terrenales, nuestra vida entera le pertenece al Señor. Descubramos lo que significa rendirle a Dios no una parte, sino todo lo que somos.

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Una alianza por un enemigo común

A comienzos de febrero, aquí en Estados Unidos, hay un evento que prácticamente detiene al país.

Se trata de la final del fútbol americano —lo que se llama el Super Bowl—. Más de cien millones de personas lo ven cada año.

Recuerdo que en una ocasión jugaban el equipo de San Francisco contra los de Kansas City. Y aunque no soy fanático de ninguno de los dos, me encontré apoyando a los de San Francisco.

No porque me gustaran mucho, sino porque quería que ganara su mariscal de campo. No era uno de los favoritos, pero ese año había sorprendido a todos y venía jugando increíble. Además, había escuchado que era creyente.

Ahora, había muchos que eran fanáticos de verdad del equipo de San Francisco incluso en mi iglesia. Y en ese momento, yo estaba con ellos… no porque pensáramos igual o tuviéramos la misma pasión por el equipo, sino porque teníamos un enemigo en común: el equipo de Kansas City.

Ahora, aunque parezca increíble, en el evangelio de Lucas veremos a dos grupos rivales unirse. No porque compartan las mismas ideas, sino porque ahora tienen un enemigo en común.

Así que van a unir fuerzas para derrotar a ese enemigo común, para tenderle una trampa, desacreditarlo y entregarlo a las autoridades. Ese episodio se encuentra en Lucas capítulo 20.

Retomemos donde terminamos el estudio anterior. Por cierto, este es nuestro estudio número 100 en el evangelio de Lucas. Algunos se preguntan si vamos a terminar antes del arrebatamiento… no lo sé.

Leamos el versículo 19:

“Procuraban los principales sacerdotes y los escribas echarle mano en aquella hora, porque comprendieron que contra ellos había dicho esta parábola; pero temieron al pueblo.”
Lucas 20:19

Si estuviste con nosotros en nuestro último estudio, recordarás que Jesús contó una parábola que expuso cómo los líderes religiosos se habían rebelado contra los profetas de Dios. Ellos estaban rechazando al heredero legítimo, al Mesías, la piedra angular de la nación.

En esa parábola, Jesús también anunció que, por causa de su incredulidad, el juicio de Dios vendría sobre ellos y los quebrantaría. De hecho, la idea es que los haría polvo – los haría pedazos. En otras palabras, un día serán juzgados por su incredulidad y por rechazar al Mesías.

Por supuesto, esta parábola enfureció a los líderes religiosos, porque entendieron que Jesús estaba hablando de ellos. Y el pueblo también lo entendió perfectamente.

Así que Lucas nos dice que, en esa misma hora, apenas Jesús terminó la parábola, ellos querían capturarlo.

Pero sabían que no podían hacerlo sin provocar un disturbio. La gente se agolpaba para escucharlo en el pórtico de Salomón. Y recuerda que, hacía muy poco, el pueblo había proclamado a Jesús como su verdadero Rey.

Así que necesitaban un plan B para hacerlo callar. Y lo encontramos en el versículo 20:

“Y acechándole enviaron espías que se simulasen justos, a fin de sorprenderle en alguna palabra, para entregarle al poder y autoridad del gobernador.”
Lucas 20:20

Este es el mismo juego del gato y el ratón que han estado jugando durante tres años: tratando de atrapar a Jesús. De hecho, la palabra que se traduce “sorprenderle” se usaba para hablar de atrapar a un animal en una trampa. Están tratando de tenderle una carnada a Jesús para que diga algo de lo cual luego puedan acusarlo.

Mateo y Marcos nos informan que estos espías pertenecían a dos partidos rivales dentro de la nación: los fariseos y los herodianos. No se llevaban nada bien, pero ahora tenían un enemigo en común.

Los fariseos eran lo que hoy podríamos llamar “nacionalistas”.[1]

Eran patriotas de corazón, apasionados y profundamente comprometidos con la nación de Israel. Detestaban al gobierno y la autoridad romana bajo la cual vivían.

Por otro lado, los herodianos eran judíos que apoyaban a la dinastía de Herodes. Ellos creían que a Israel le convenía respaldar a Herodes Antipas, quien incluso se había casado con una mujer judía, algo que les agradaba mucho.[2]

Los herodianos eran un grupo político, mientras que los fariseos eran un grupo religioso. Y constantemente estaban en conflicto entre sí.

Uno de sus desacuerdos más grandes tenía que ver con los impuestos que debían pagar a Roma.

Ten en cuenta que la ley de Moisés no daba instrucciones sobre cómo pagar impuestos a una nación conquistadora. ¿Por qué? Porque en los días de Moisés, Israel era la nación conquistadora.

Así que, durante décadas, este tema había sido motivo de intensos debates.

Una trampa disfrazada de respeto

Ahora bien, lo que los fariseos y los herodianos están a punto de hacer es fingir que quieren que Jesús resuelva este conflicto para toda la nación.[3]

En otras palabras, están pensando: “Si Jesús es el verdadero Rey de Israel… ¿Qué va a decir sobre pagar impuestos a otro rey, al emperador romano?”

Entonces se le acercan, como dice el versículo 21:

“Y le preguntaron, diciendo: Maestro, sabemos que dices y enseñas rectamente, y que no haces acepción de personas, sino que enseñas el camino de Dios con verdad.” Lucas 20:21

Ahora, uno pensaría que, después de decir todo eso, lo que sigue sería una conversión genuina.

  • “Sabemos que dices la verdad.”
  • “Sabemos que enseñas correctamente.”
  • “Sabemos que no haces favoritismos.”
  • “Sabemos que muestras el camino de Dios.”

¡Pero no! Después de todo eso… van a tratar de hacerlo caer.

La realidad es que no creían nada de lo que acababan de decir. Todo esto era pura adulación.

Estaban tratando de halagarlo… para luego tenderle una trampa… y finalmente derribarlo.

Un pastor explicó de una manera muy clara la diferencia entre el chisme y la adulación y dijo:

  • El chisme es decir a espaldas de alguien lo que nunca dirías en su cara.
  • La adulación es decirle en la cara lo que nunca dirías de él a sus espaldas.[4]

Y créeme, estos hombres no hablaban así de Jesús cuando él no estaba presente.

Un dilema aparentemente sin salida

Ahora llegamos a la pregunta con la que intentan atraparlo, versículo 22:

“¿Nos es lícito dar tributo a César, o no?” Lucas 20:22

En otras palabras: ¿Debe el pueblo judío pagar impuestos a Roma, o no?

Esta no era una pregunta cualquiera. Era un tema explosivo. Se había derramado sangre por este mismo asunto.

Para que tengas una idea, cuando Jesús era apenas un niño, un judío de Galilea lideró una rebelión que provocó un levantamiento nacional en el año 6 d.C. Su consigna era: “La tierra es de Dios y el pueblo es de Dios. ¡No reconoceremos al gobierno romano! ¡No más impuestos!” [5]

Esa rebelión fue aplastada, pero dejó una marca profunda. De ahí surgió el movimiento de los zelotes, un grupo nacionalista y patriótico dentro del pueblo judío.

Quizás recuerdes que, cuando Jesús escogió a sus doce discípulos, uno de ellos era Simón… no Pedro. Lucas lo presentó en el capítulo 6 como Simón el zelote. Jesús incluyó a uno de estos hombres dentro de su círculo más cercano de formación.

Ahora viene la parte complicada de esta pregunta… es como una bomba a punto de explotar. Me imagino a todos inclinándose para escuchar la respuesta de Jesús.

¿Por qué? Porque, aparentemente, está atrapado.

Si responde: “No paguen impuestos”, pueden acusarlo de traición y los romanos vendrían corriendo a arrestarlo. Pero si dice: “Paguen impuestos”, no lo iban a arrestar… pero, por lo menos, perdería el apoyo del pueblo de Israel.[6]

“¡Ese no puede ser nuestro Rey!” ¿Qué clase de rey paga tributo a un gobernante extranjero? Eso no suena como el comienzo de un reino… suena a cobardía política.

No importa de qué lado estuviera alguien en este debate, este impuesto era ofensivo para el pueblo judío.

  • Era ofensivo económicamente, porque era otra carga financiera más.
  • Era ofensivo políticamente, porque les recordaba que estaban sometidos al gobierno romano.
  • Pero también era ofensivo espiritualmente, porque muchos consideraban incorrecto darle dinero a otro rey que no fuera Dios.[7]

Ahora, para entender bien esto, hay que tener algo en cuenta. En el mundo antiguo, una de las señales más claras de quién era el rey… era la moneda.[8]

Hoy en día es diferente. Tenemos elecciones, los resultados se anuncian en cuestión de horas, y rápidamente sabemos quién está en el poder.

Pero en ese tiempo, ¿cómo sabían las personas quién gobernaba y hasta dónde llegaba su autoridad?

Muy sencillo: por el dinero que usaban.

Cada emperador mandaba acuñar monedas con su imagen grabada en el frente. Así que, al mirar una moneda, sabías quién era el rey.[9]

Durante toda la vida y el ministerio de Jesús, hubo un solo emperador romano: Tiberio César.

En ese tiempo, cada persona debía pagar un impuesto anual a César, equivalente a un día de salario.  Comenzabas a pagarlo a los 14 años. Con el tiempo, los padres debieron comenzar a pagarlo por cada hijo desde que cumplía 3 años.[10]

Esa era la moneda del rey. Con ella comerciabas, comprabas, hacías tus transacciones diarias. Y otra señal clara de su autoridad era que debías devolver parte de ese dinero en forma de impuestos.

A lo largo de los años, se han encontrado numerosas monedas del tiempo de Tiberio.

Y, como era costumbre, esa moneda llevaba su imagen grabada en el frente, junto con su nombre y una inscripción que afirmaba que era hijo del divino Augusto. Es decir, estaba declarando que era hijo de un dios… que él mismo era divino.

Y en el reverso de la moneda aparecía la inscripción “Pontif Maxim”, que significa “Sumo Sacerdote”.

En otras palabras, Tiberio no solo reclamaba supremacía política, sino también supremacía divina. Se atribuía la máxima autoridad religiosa. Estaba proclamando, en esencia, que era el rey sobre todo.

Para el pueblo judío, estas monedas eran inaceptables. Las consideraban una forma de idolatría, porque violaban el mandamiento de no hacerse imagen de un dios falso. Ellos no debían reconocer la existencia de ningún otro dios fuera de Jehová.

Así que la tensión era total:

Pagar ese impuesto a César podía interpretarse como traición contra Dios. Pero negarse a pagarlo podía interpretarse como traición contra César.

¿Lo tienen acorralado, o no?

La respuesta magistral de Jesús

Ahora observa la respuesta magistral del Señor en el versículo 23:

“Mas él, comprendiendo la astucia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis? Mostradme la moneda. ¿De quién tiene la imagen y la inscripción? Y respondiendo dijeron: De César. Entonces les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. Y no pudieron sorprenderle en palabra alguna delante del pueblo, sino que maravillados de su respuesta, callaron.” Lucas 20:23–26

Hoy en día, historiadores y teólogos coinciden en que esta respuesta de Jesús se ha convertido en una de las declaraciones políticas más influyentes de toda la historia. Ha sido decisiva en la formación de la civilización occidental y ha contribuido a dar forma al mundo en el que vivimos.[11]

En esta respuesta, Jesús reconoce dos esferas de autoridad establecidas por Dios: una autoridad delegada en el gobierno, y la autoridad suprema de Dios.

El apóstol Pablo utilizará más adelante la misma palabra para “tributo” que aparece aquí en Lucas, y desarrollará este principio enseñado por el Señor.

Pablo escribe en Romanos 13:1:

“Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas.”

En otras palabras, Dios ha delegado autoridad a los gobiernos, aun cuando —como lo anticipó el profeta Daniel— estos estén compuestos por hombres malvados. En Daniel 4:17 se nos dice que Dios “pone sobre él al más bajo de los hombres”.

Y muchas veces no entendemos por qué Dios permite —o incluso establece— gobiernos así, ni cuáles son sus propósitos a largo plazo, especialmente cuando el liderazgo es injusto y opresivo, y el pueblo sufre bajo su dominio.

Por ejemplo, hace poco se cumplieron 100 años de la muerte de Vladimir Lenin. Bajo su régimen comunista brutal, murieron aproximadamente 14 millones de rusos, cinco millones de ellos por hambre.

Cuando comenzó su gobierno, existían alrededor de 54,000 iglesias ortodoxas. Cuando murió, quedaban menos de 500.

Los propósitos de Dios a veces son difíciles de discernir. Y eso también es cierto en el caso de gobernantes como Tiberio.

Tiberio fue un hombre cruel. Disfrutaba ver cómo arrojaban personas desde acantilados simplemente porque se aburría de ellas. Se complacía en la tortura, e incluso ideó formas propias de infligir dolor. Fue un pedófilo bisexual que abusó de niños sin restricciones.Sus víctimas fueron demasiadas como para registrarlas todas.

Él estableció un estándar de maldad que marcaría a emperadores posteriores como Calígula, Nerón y Domiciano.

Y sin embargo, fue bajo el gobierno de Tiberio que Jesús dio este mandato. Y más adelante, bajo el gobierno de Nerón, Pablo escribe en Romanos 13:7:

“Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto.”

En otras palabras: paga tus impuestos a Tiberio… y paga tus impuestos a Nerón.

La palabra que Pablo utiliza para “tributo” (phoros) abarca todo tipo de impuestos: sobre casas, tierras, propiedades, e incluso ingresos.[12]

Donde vivo, eso incluye impuestos sobre ventas, servicios, propiedad, herencias, ropa… prácticamente todo.

Existe un dicho conocido: en la vida hay dos cosas seguras: la muerte y los impuestos. Alguien dijo: “ojalá vinieran en ese orden”.[13]

Ahora bien, si Jesús hubiera respondido simplemente: “Paguen sus impuestos a César”, habría perdido inmediatamente el respaldo del pueblo y lo habrían arrojado del templo de cabeza sin pensarlo dos veces.

Pero lo que Él hace aquí es magistral. Sin faltar al respeto a la autoridad civil, reduce su alcance al recordar que Dios es la autoridad suprema.

Observa esto con cuidado.

Ellos plantearon una pregunta de manera categórica “esto o aquello”. Blanco o negro.

“¿Es lícito dar tributo a César, o no?”

Pero Jesús responde diciendo:

“Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.”

En otras palabras, existe una realidad doble y una doble responsabilidad: Hacia la ciudad de los hombres —bajo el gobierno terrenal— pero también hacia la ciudad de Dios —bajo la autoridad suprema del Señor.

Así que cumple con tus obligaciones hacia César… y cumple con tus obligaciones hacia Dios.

La palabra “dar” aquí tiene la idea de devolver, de pagar lo que corresponde.[14]

En otras palabras, el pueblo debía darle a César su pequeño denario… su moneda de plata. Devolverle lo que le correspondía. Esa moneda llevaba su imagen; era un recordatorio de que él gobernaba en la ciudad de los hombres.

Pero observa esto con atención.

La palabra que Jesús utiliza aquí cuando pregunta de quién es la “imagen” grabada en la moneda… Es la misma palabra que aparece en Génesis 1:26, Dios dice: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza.”

Así que mira esa moneda: ¿de quién es la imagen? De César.

Ahora mírate a ti. Todo en ti lleva la marca de Dios. Él ha estampado su imagen, su autoridad, su propiedad sobre tu vida.[15]

Tú eres creación suya.

Así que sí, devuélvele a César su pequeña moneda…
pero a Dios, devuélvele todo lo que eres.

Entrégale tu vida.

Principios de este pasaje

Con esta respuesta, el Señor deja varios principios que siguen vigentes hasta hoy. Observa algunos de ellos. Primero:

Paga los impuestos que debes.

Esto es un mandato. No necesitas orar para ver si debes hacerlo. No necesitas pedir una señal.

Como ciudadano en la ciudad de los hombres, pagas tus impuestos… incluso si el gobernante es como Tiberio.

He leído que, en Estados Unidos, la cantidad de dinero que no se reporta o se retiene indebidamente en impuestos supera los 100 mil millones de dólares al año.

La pregunta es: ¿hay algo de eso que te corresponde a ti?

Nos sometemos a las leyes civiles, a las regulaciones y a los impuestos… siempre que no nos exijan desobedecer directamente las Escrituras.

De hecho, lo que el gobierno haga con nuestros impuestos no está bajo nuestro control, sino bajo el suyo. Y un día tendrán que dar cuentas por ello.

Nos sometemos a las regulaciones del gobierno… siempre que no alteren el mensaje del evangelio.

Incluso a nivel local, existen normas que regulan aspectos muy específicos. Por ejemplo: 

  • cuántos autos se pueden estacionar en nuestra propiedad,
  • qué tamaño puede tener el letrero de nuestra iglesia,
  • o incluso cuántas personas pueden ocupar cada uno de los salones.

Pueden decirnos cuántas personas podemos sentar dentro del salón… pero no pueden decirnos qué predicar dentro del salón.

Y tampoco pueden decirnos cómo vivir allá afuera. Si alguna vez lo hacen, y eso contradice la Palabra de Dios, entonces nos mantendremos firmes como los apóstoles y diremos: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.”

Mientras tanto, César puede quedarse con sus pequeñas monedas de plata… pero nuestro corazón le pertenece a Dios.

En segundo lugar, en esta respuesta del Señor también escuchamos un llamado no solo a pagar impuestos, sino a algo más:

Sé de bendición para tu comunidad.

No abandones la ciudad de los hombres. Ora por ella, preocúpate por ella, trabaja por lo que es bueno y justo. Vive la ley del amor por causa del evangelio en cada oportunidad que tengas.

Dios le dijo al pueblo de Israel, cuando estaba en el exilio en Babilonia, que edificaran casas, formaran familias, plantaran huertos… y fueran de bendición para la ciudad donde vivían.

Piensa en uno de los convertidos de Pablo en Corinto. Su nombre era Erasto. En Romanos 16:23 se le identifica como el encargado de las obras públicas de la ciudad. Era responsable de las calles y de los edificios públicos.

De hecho, en excavaciones arqueológicas se encontró una inscripción cerca de un teatro en Corinto que decía: “Erasto, en honor a su cargo como magistrado, pavimentó este lugar con sus propios recursos.”[16]

Sé de bendición para tu comunidad.

Y una más:

No pierdas de vista quién está en control.

Mientras vivimos el evangelio y hacemos discípulos, recordamos que nuestro Rey tiene el control absoluto de todo. Y un día regresará físicamente para gobernar las naciones en su reino glorioso.

Puede que eso te parezca una solución lenta. Nos gustaría algo más inmediato, especialmente cuando parece que el país retrocede en lugar de avanzar.

Esto me recuerda a Robert Peary, un explorador que, en una de sus expediciones al Polo Norte, viajaba con su equipo de perros hacia el norte.

Al final de un día agotador, midió su posición… y descubrió, para su sorpresa, que estaba más al sur que cuando había comenzado.

Había estado avanzando todo el día… y sin embargo, estaba más atrás que cuando empezó.

Finalmente entendió lo que estaba pasando: estaba viajando sobre un enorme bloque de hielo flotante. La corriente del océano lo arrastraba hacia el sur más rápido de lo que él avanzaba hacia el norte.[17]

Déjame animarte, a la luz de este pasaje y de la enseñanza del Señor:

  • La solución no es pagar menos impuestos.
  • La solución no es tener un mejor César.
  • La solución no es un mejor país.
  • La solución es una perspectiva más sabia.

No perdamos de vista que Dios tiene el control del “bloque de hielo”.

Su velocidad y su rumbo están determinados por Dios, quien lo puso en movimiento y lo está guiando hacia el cumplimiento de sus propósitos eternos.

El Imperio Romano —y todo imperio antes y después de él— existe bajo el control soberano de nuestro Dios Creador.

Entonces, ¿qué hacemos?

Pagamos nuestros impuestos.

Somos de bendición para nuestra comunidad.

Y recordamos que llevamos la imagen de Dios.

Hemos sido redimidos por la fe en el verdadero Hijo de Dios —no César. Tenemos al verdadero Sumo Sacerdote —no César. Pertenecemos a la familia real —no la de César.Vivimos esperando, atentos, la venida de nuestro Rey Soberano – el Señor Jesucristo.


[1] R. Kent Hughes, Luke: Volume Two (Crossway Books, 1998), p. 265

[2] Charles R. Swindoll, Living Insights: Matthew 16-28 (Tyndale House, 2020), p. 169

[3] R.C.H. Lenski, The Interpretation of St. Luke’s Gospel (Augsburg Press, 1946), p. 985

[4] Adapted from Hughes, p. 264

[5] Adapted from David E. Garland, Exegetical Commentary on the New Testament: Luke (Zondervan, 2011), p. 801

[6] Adapted from Hughes, p. 265

[7] Adapted from Garland, p. 800

[8] William Barclay, p. 248

[9] Adapted from Bruce B. Barton, Life Application Bible Commentary: Luke (Tyndale House, 1997), p. 458

[10] Edwin M. Yamauchi & Marvin R. Wilson, Dictionary of Daily Life in Biblical & Post-Biblical Antiquity (Hendrickson, 2017), p. 1551

[11] Hughes, p. 266

[12] Woodrow Kroll, Romans: Righteousness in Christ (AMG Publishers, 2002), p. 212

[13] Joey Adams, Christians Reader, Volume 32, no. 3

[14] Garland, p. 801

[15] Barton, p. 458

[16] Dictionary of Daily Life, p. 1552

[17] Erwin Lutzer, Twelve Myths Americans Believe (Moody Press, 1993), p. 181

Este contenido es una adaptación autorizada del ministerio Sabiduría Internacional, bajo la enseñanza original de Stephen Davey. Todos los derechos del contenido original están reservados a su autor.


Puede compartir o reproducir este material libremente solo con fines no comerciales, citando adecuadamente al autor y al ministerio. Queda prohibida su venta, modificación con fines lucrativos o redistribución sin permiso escrito.

Hemos procurado citar debidamente todos los recursos externos utilizados en cada lección. Las citas bíblicas provienen principalmente de la versión Reina-Valera 1960 y de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), aunque en algunos casos se emplean otras versiones de la Biblia para facilitar la comprensión del pasaje.
Reina-Valera 1960® © 1960 Sociedad Bíblica Trinitaria. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.
La Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © 2019 por The Lockman Foundation. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

Adaptado y publicado por el ministerio Sabiduría Internacional.

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