Introducción
No se si te ha pasado, pero es raro que me rechacen una invitación a la iglesia. O sea, no recuerdo que me hayan dicho alguna vez. “No me interesa” y mucho menos, “no, nunca voy a ir”.
Ahora, eso no significa que cada persona que invito, viene a la iglesia. De hecho, la mayoría no viene.
Normalmente, cuando extiendo la invitación me dicen cosas como:
- “Oh, muchas gracias, luego te digo”
- Déjame ver
- Tengo que revisar si ya tengo algo planeado ese día, pero te confirmo.
Y bueno… nunca confirman.
Nunca vienen.
De igual manera, no hacía falta que confirmen. Todos sabemos lo que eso significa. No es que falte información… es que la decisión ya está tomada. Ya rechazaron la invitación solo que no lo dicen directamente.
Y si somos honestos, hay que reconocer que todos hemos hecho eso en algún momento. Un conocido te dice: “deberíamos ir juntos a tal lugar” o “Deberíamos organizar una junta con el grupo de exalumnos”. Y uno dice “Sería bueno”.
O seguramente te ha pasado que le pides ayuda a alguien y te responden: “voy a tratar”. Pero ya sabes lo que eso significa.
Bueno, algo parecido está ocurriendo en Lucas capítulo 20. Los líderes religiosos vienen a hacerle una pregunta a Jesús, pero no están buscando una respuesta. Ya tomaron una decisión. Aquí no falta claridad… lo que falta es disposición para responder con honestidad y aceptar la verdad. Su pregunta solo es una excusa para confrontarlo.
Una pregunta que expone el corazón
Lucas 20 está lleno de preguntas y respuestas. De hecho, algunos estudiosos de la Biblia llaman a esta sección “El día de las preguntas”.[1]
Encontramos la primera de ellas en los versículos 1 y 2:
“Aconteció un día, que enseñando Jesús al pueblo en el templo, y anunciando el evangelio, llegaron los principales sacerdotes y los escribas, con los ancianos, y le hablaron diciendo: Dinos: ¿con qué autoridad haces estas cosas? ¿o quién es el que te ha dado esta autoridad?” (Lucas 20:1–2)
Por cierto, cuando lees “principales sacerdotes, escribas y ancianos”, eso es una forma de referirse al Sanedrín —la corte suprema de Israel – los líderes religiosos más importantes y poderosos.
Y no están nada contentos.
En los últimos tres días, Jesús ha aceptado la adoración del pueblo, que lo proclamó Rey y Mesías. Ha expulsado a los vendedores del templo, limpiando el atrio de los gentiles. Los ha llamado “ladrones”. Incluso se ha referido al templo como Su casa: “¡Esta es Mi casa!”. Y ahora, prácticamente ha convertido el templo en Su propio púlpito.
Así que el Sanedrín aparece para interrogarlo.
Un autor señala que, durante esos mismos días, el pueblo judío examinaba los corderos para la Pascua, asegurándose de que no tuvieran defecto alguno que los descalificara. Y mientras eso ocurría, Jesús —el Cordero de Dios— estaba siendo examinado.
Lo ponen a prueba… lo cuestionan… lo confrontan. Y Él demostrará ser completamente sin pecado ni defecto.[2]
El evangelio de Juan nos dice que Jesús solía enseñar en un lugar conocido como el pórtico de Salomón (Juan 10:23). Era una zona cubierta, sostenido por muchas columnas grandes y se abría hacia el lado oriental del atrio de los gentiles.
Ahora que los cambistas ya no están, y que quitaron todos los puestos de los comerciantes, ya no hay gente atravesando ese lugar como atajo. El ambiente ha cambiado por completo. Se ha vuelto un espacio tranquilo, reverente… una verdadera casa de oración, de reflexión y de enseñanza.
La voz del Señor resonaría con claridad sobre ese pavimento de mármol y entre las paredes del templo.
Jesús, en esencia, ha recuperado el templo para el propósito que siempre debió tener.[3]
En este punto, el atrio está lleno de personas que han venido a ver y a escuchar al Señor. Todo indica que hay miles reunidos, ansiosos por oírle enseñar. Es una temporada de Pascua como ninguna otra.
Pero el Sanedrín no está nada contento.
El sacerdocio está perdiendo dinero a cada hora con todos los comerciantes fuera… pero más que eso, están perdiendo prestigio.
Jesús los ha llamado ladrones. Antes incluso los llamó una generación de víboras. Y ahora Jesús ha tomado el control del atrio y lo ha convertido en un salón de enseñanza. Ellos están pensando: “Tenemos que detener esto. Hay que acabar con esto. ¿Quién se cree que es?”
Y esa es exactamente la aclaración que buscan:
—“¿Con qué autoridad haces todo esto? ¿Con qué autoridad te has adueñado del templo?”
Ahora bien, Jesús responde de tres maneras:
- Primero, les hace una pregunta que los deja expuestos.
- Luego, les cuenta una historia que los confronta
- Y finalmente, aplica antiguas profecías directamente a sí mismo.
Y cuando Él termine de hablar… no habrá lugar para dudas. Todo quedará absolutamente claro.
Mira cómo responde el Señor en el versículo 3:
“Yo también os haré una pregunta; respondedme: ¿El bautismo de Juan era del cielo, o de los hombres?” (Lucas 20:3–4)
En otras palabras: ¿De dónde venía la autoridad de Juan el Bautista para llamar al arrepentimiento y usar el bautismo como señal de preparación para el reino de Dios?
¿Venía de Dios… o de ustedes, líderes religiosos?
Jesús no está evitando la pregunta. No está siendo evasivo ni jugando con ellos. No está cambiando el tema. Por el contrario, está llevándolos exactamente hacia la respuesta correcta. Él sabe que, si responden su pregunta… estarán respondiendo la suya.[4]
¿Por qué?
Porque Juan el Bautista fue el precursor del Mesías. Él presentó a Jesús delante de la nación como el Mesías, el rey venidero, “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).
Entonces, si creían que Juan hablaba de parte de Dios, entonces debían reconocer que Jesús era el Mesías enviado de parte de Dios, el Señor del templo.
Por eso, los líderes se apartan un poco para pensar cómo responder.
El versículo 5 dice:
Entonces ellos discutían entre sí, diciendo: “Si decimos: ‘Del cielo’, dirá: ‘¿Por qué, pues, no le creísteis?’ Y si decimos: ‘De los hombres’, todo el pueblo nos apedreará; porque están persuadidos de que Juan era profeta.”
Están atrapados. Jesús los dejó en jaque. No tienen escapatoria. Sin importar lo que respondan, van a quedar mal. Si responden que Juan era un profeta de parte de Dios, entonces reconocen que Jesús es el verdadero Mesías. Si niegan que Juan habló de parte de Dios, quedan mal con el pueblo.
Así que, como dice el versículo 7:
Entonces respondieron que no sabían de dónde era. Y Jesús les dijo: “Tampoco yo os diré con qué autoridad hago estas cosas.” (Lucas 20:7–8)
En otras palabras, Jesús no va a entrar en su juego.
Una parábola que revela el rechazo
Así que, en esencia, el Señor les dice:
“Bueno, tomen asiento, dejen de interrumpir… y escuchen mientras les cuento a todos la siguiente historia.”
Versículo 9:
“Comenzó luego a decir al pueblo esta parábola: Un hombre plantó una viña, la arrendó a unos labradores, y se ausentó por mucho tiempo.” (Lucas 20:9)
Detente un momento.
Todos entendían perfectamente este escenario.
En Israel era muy común la práctica de arrendar una viña. De hecho, sabemos que, alrededor del mar de Galilea, había grandes propiedades que pertenecían a extranjeros que vivían lejos, pero que alquilaban sus viñedos a agricultores judíos. Así que esta historia no tenía nada de extraño. Era algo cotidiano. [5]
Pero hay algo aún más importante aquí. En el Antiguo Testamento, la viña era una ilustración muy conocida de la nación de Israel.
El profeta Isaías escribió:
“Ciertamente la viña de Jehová de los ejércitos es la casa de Israel…” (Isaías 5:7)
Y el salmista dijo acerca del trato de Dios con Israel:
“Hiciste venir una vid de Egipto; echaste las naciones, y la plantaste. Limpiaste sitio delante de ella, e hiciste arraigar sus raíces, y llenó la tierra.” (Salmo 80:8–9)
No es casualidad que la vid se haya convertido en un símbolo nacional de Israel.
Los racimos de uvas representaban la bendición de Dios sobre su pueblo. De hecho, hace algunos años se descubrieron monedas cerca del monte del templo, acuñadas más de cien años antes del nacimiento de Cristo.
En un lado aparece una palmera con la palabra “Jerusalén” y en el otro, un racimo de uvas en una vid.
Pero hay otra conexión más para tener en cuenta.
Jesús está enseñando en el atrio del templo y si caminabas un poco por la plaza, podías ver la entrada al Lugar Santo.
Esa abertura tenía casi treinta metros de altura. A cada lado había columnas. Y sobre esas columnas se extendía una impresionante vid hecha de oro.
Sus ramas y hojas estaban esculpidas en oro macizo.
Los racimos de uvas —de casi dos metros de largo— también formaban parte de esa estructura… y estaban adornados con piedras preciosas.
De vez en cuando, judíos adinerados contribuían para embellecer aún más esa vid. Algunos donaban oro para añadir otra hoja… otros agregaban una joya… o incluso un racimo completo de piedras preciosas.[6]
Esa vid simbolizaba algo claro: Dios era el dueño de Israel. Él los había sacado de Egipto… y los había plantado en la tierra prometida.
Ahora mira lo que dice el versículo 10:
“Cuando llegó el tiempo, envió un siervo a los labradores, para que le diesen del fruto de la viña; pero los labradores le golpearon, y le enviaron vacío.” (Lucas 20:10)
Bajo condiciones normales, el dueño habría enviado inmediatamente a las autoridades y esos labradores habrían terminado en la cárcel.
Pero fíjate en la paciencia del dueño, en el versículo 11:
“Volvió a enviar otro siervo; mas ellos a éste también, golpeado y afrentado, le enviaron vacío.
Volvió a enviar un tercer siervo; mas ellos también a éste echaron fuera, herido.” (Lucas 20:11–12)
Por cierto, la palabra griega doulos, traducida como “siervo”, se usaba en el Antiguo Testamento para referirse a los profetas de Dios.
Y la historia de Israel es clara:
Los ignoraron…
los maltrataron…
los rechazaron…
e incluso los amenazaron de muerte.
Piensa en Elías. Pusieron precio por su captura. La reina prácticamente le dijo: “Estás muerto” y él tuvo que huir para salvar su vida.
A lo largo de los siglos, Dios envió a sus siervos… y ellos los echaron fuera…. Y el Señor no respondió con un castigo inmediato. El siguió mandando mensajeros, uno tras otro… dando una oportunidad tras otra… un llamado tras otro.
Ahora el versículo 13:
“Entonces el señor de la viña dijo: ¿Qué haré? Enviaré a mi hijo amado…”
Esa expresión nos resulta familiar.
Es la misma que se escuchó el día del bautismo de Jesús, cuando la voz del Padre dijo desde el cielo:
“Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.”
Déjame decirte algo: Esta parábola ya no es solo una historia… se está convirtiendo en una profecía.[7]
El texto continúa:
“Enviaré a mi hijo amado; quizá le tendrán respeto. Mas los labradores, al verle, discutían entre sí, diciendo: Este es el heredero; venid, matémosle, para que la heredad sea nuestra.
Y le echaron fuera de la viña, y le mataron.
¿Qué, pues, les hará el señor de la viña? Vendrá y destruirá a estos labradores, y dará su viña a otros.” Al oír esto, dijeron: “¡Dios nos libre!”
(Lucas 20:13–16)
O también “Nunca suceda tal cosa”.
La reacción del público no es solo a la última frase sino a toda la historia. No pueden imaginar que el dueño envíe a su propio hijo ni que los labradores lleguen al punto de asesinarlo.
Pero recuerda: El Sanedrín ya decidió matar a Jesús.
Ya están planeando la muerte del Hijo amado de Dios. Y lo llevarán fuera de la ciudad tal como ocurre con el heredero en la parábola.
Hebreos 13:12 nos dice que Jesús murió fuera de la puerta de la ciudad.
No hay forma de confundirse ni de ignorar lo que dice Jesús. Ya no hace falta ninguna aclaración.
Los elementos de esta parábola son evidentes:
El dueño de la viña es Dios Padre.
La viña es la nación de Israel.
Los labradores son los líderes religiosos.
Los siervos son los profetas de Dios.
El hijo amado es Jesucristo.
Y “los otros” que recibirán la viña son las naciones gentiles.
Puedes imaginar el momento.
El Sanedrín está en silencio. Nadie dice nada.
Se podría oír caer un alfiler. Jesús acaba de dar su veredicto.
Y ahora lo confirma citando una profecía… y aplicándola directamente a sí mismo, en el versículo 17:
¿Qué, pues, es lo que está escrito? La piedra que desecharon los edificadores Ha venido a ser cabeza del ángulo. (Lucas 20:17)
Los líderes religiosos —El sanedrín – los que debían edificar y guiar correctamente al pueblo— han rechazado la piedra principal.
Ellos querían los beneficios…
Querían el fruto…
Querían el poder…
Querían todo lo que Dios pudiera darles…
Pero al final, rechazaron al Hijo de Dios.
Y el mundo ha hecho exactamente lo mismo.
En diciembre se celebró la Navidad en todas partes… pero donde vivo, no permiten pesebres en espacios públicos como parques y centros comerciales.[8]
Se escuchaban villancicos en la voz de artistas famosos celebrando el tiempo de paz y armonía – hablando de luces, cenas, trineos, árboles y regalos… pero nada sobre el nacimiento de Jesús.
Era, en esencia, una fiesta de cumpleaños… sin invitar al homenajeado.
Y piénsalo: si hoy alguien organizara una fiesta de cumpleaños sin invitar al cumpleañero… probablemente el cumpleañero terminaría demandándolos por daño emocional.
Pero Jesús no vino a demandar… vino a sufrir. Ese era el plan. Él es el Cordero de Dios que vino a morir por los pecados del mundo.
Ahora, hay otro aspecto importante en esta profecía que Jesús menciona aquí. Cuando Él entró en Jerusalén, la multitud cantaba:
“¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” (Salmo 118:26)
Tomaron ese salmo y lo aplicaron a Jesús.
Una piedra que define el destino
Y ahora, Jesús toma otro versículo del mismo salmo y lo aplica a sí mismo como el Mesías:
“La piedra que desecharon los edificadores
Ha venido a ser cabeza del ángulo.” (Salmo 118:22)
Esto es una declaración clara de Su autoridad suprema. Él es la piedra principal. No solo para Israel sino para el reino venidero.
El apóstol Pablo también usa esta ilustración para la iglesia, diciendo que Cristo es la piedra angular (Efesios 2:20).
Dios no ha rechazado a Israel para siempre… pero en este tiempo, mientras Israel rechazó a Su Hijo, Dios está abriendo la puerta a otros. Romanos 11 nos dice que ahora creyentes de todas las naciones —los gentiles— están siendo incluidos. Por medio de la fe en Cristo, somos injertados en esa vid.
En términos de esta parábola, entramos en la viña… y somos unidos a la vid verdadera, que es Jesucristo.
Ahora, una piedra angular era la piedra más importante en toda la construcción. De ella dependía todo. Se convertía en el punto de referencia y cada parte del edificio debía ajustarse a ella. [9]
Determinaba cada ángulo, cada línea, cada medida del edificio. [10]
En otras palabras: La piedra angular definía el estándar. Eso significa que Cristo es la autoridad final. Él estándar correcto. la medida para toda la vida.
Y con eso, Jesús da una advertencia seria, citando otra profecía del Antiguo Testamento, ahora del libro de Daniel. Dice en el versículo 18:
“Todo el que cayere sobre aquella piedra, será quebrantado; mas sobre quien ella cayere, le desmenuzará.” (Lucas 20:18)
La palabra “desmenuzar” implica algo fuerte:
ser reducido a polvo.
Esta es una advertencia solemne. El tiempo de la paciencia de Dios no durará para siempre. El dueño de la viña traerá justicia y todo aquel que rechace al Hijo amado enfrentará ese juicio.
No confundas la paciencia de Dios con indiferencia.
No confundas Su demora con aprobación.
Dios no está ignorando el pecado, está dando tiempo para el arrepentimiento… y acumulando ira para el día del juicio para todo aquel que no se arrepienta. La paciencia tiene una fecha límite.
Esa piedra de la que habló el profeta Daniel es el Mesías y un día, Él juzgará a toda nación y a toda persona que lo haya rechazado.
Jesús estaba advirtiendo a su audiencia en ese momento… y nos está advirtiendo a nosotros hoy. Él cumplirá cada una de estas promesas.
Mientras tanto, deberíamos asombrarnos ante la paciencia de Dios. Dios ha sido increíblemente paciente con este mundo. Martín Lutero dijo, hace unos 500 años, con su franqueza característica: “Si yo fuera Dios, y el mundo me tratara como lo ha tratado a Él, lo habría roto a patadas.”
Ese es un teólogo muy honesto.
Y, sin embargo, Dios ha sido paciente por más de dos mil años frente al rechazo del mundo hacia Cristo.
Conclusión
Déjame preguntarte:
¿Cuánto tiempo Dios ha sido paciente contigo?
¿Estás poniendo a prueba Su paciencia hoy?
La buena noticia es esta:
Si estás vivo… si estás respirando… la invitación sigue abierta. Pero no durará para siempre. Ni tu ni yo sabemos cuándo será ese día. Así que hoy mismo recibe a Cristo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Pídele que te perdone y borre tu pecado con Su sangre. Reconócelo como tu Mesías y tu Rey.
Y para nosotros como creyentes:
Recuerda que Él es tu piedra angular. Deja que Él determine la dirección de tu vida. Que Él sea la medida de lo que es correcto… el estándar de lo que es recto y verdadero.
Permíteme concluir con dos observaciones:
Primero, esta escena exige una decisión personal.
No tomes la misma decisión que tomaron ellos. Recibe al hijo amado, la piedra angular.
Y segundo, esta escena nos lleva a adorar al Señor apasionadamente.Jesucristo merece tu servicio y adoración. Porque Él es el heredero. Él dueño y Señor del universo. Nuestro glorioso Salvador. Él es el Rey
que un día vendrá por nosotros.
[1] William Barclay, The Gospel of Luke (Westminster Press, 1975), p. 243
[2] Warren W. Wiersbe, Be Courageous (Victor Books, 1989
[3] Dale Ralph Davis, Luke: The Year of the Lord’s Favor (Christian Focus, 2021), p. 134
[4] Barclay, p. 244
[5] William Hendriksen, Exposition of the Gospel According to Luke (Baker Book House, 1978), p. 891
[6] Adapted from R. Kent Hughes, Luke: Volume Two (Crossway Books, 1998), p. 255
[7] R.C.H. Lenski, The Interpretation of St. Luke’s Gospel (Augsburg Publishing House, 1946), p. 979
[8] Barton, p. 452
[9] Charles R. Swindoll, Insights on Luke (Zondervan, 2012), p. 459
[10] Lenski, p. 984














