Introducción
Charles Templeton fue un amigo cercano del famoso evangelista Billy Graham. Predicaron juntos durante la década de 1940. En varias ocasiones, incluso predicó en su lugar en grandes eventos, ante decenas de miles de personas – en grandes estadios a través del mundo.
Sin embargo, comenzaron a surgir dudas en su corazón. Tristemente, en lugar de acudir a las Escrituras, empezó a negociar aspectos de su fe. Al principio cuestionó que la Biblia no tuviera errores y otras creencias fundamentales del cristianismo. Con el tiempo, abandonó la fe por completo… e incluso trató de convencer a Billy Graham de hacer lo mismo.
Billy se negó, y aquella amistad tan cercana llegó a su fin.
Templeton dejó el ministerio y se convirtió en escritor y comentarista de noticias. Más adelante escribió una especie de autobiografía en la que criticaba el cristianismo. El título del libro lo dice todo. Se titulaba: Adiós a Dios.
Décadas después, el autor Lee Strobel lo entrevistó para su libro El caso de la fe. Para entonces, Templeton tenía 83 años y padecía la enfermedad de Alzheimer.
En un momento de la entrevista, Strobel le preguntó qué pensaba acerca de Jesús en esa etapa final de su vida… sabiendo que no le quedaba mucho tiempo.
La respuesta lo sorprendió.
Templeton dijo que no creía que Jesús fuera el Hijo de Dios, pero añadió: “Jesús fue el ser humano más grande que jamás ha existido… un genio moral.”
Luego continuó diciendo: “Jesús es la persona más sabia que conozco; todo lo bueno que sé, todo lo decente que sé, todo lo puro que sé, lo aprendí de Él. Sé que puede sonar extraño, pero tengo que decirlo: ¡lo adoro! Es el ser humano más importante que ha existido. Pero, si puedo decirlo así… lo extraño.”
En ese momento, comenzó a llorar… y no quiso decir nada más.
Unos meses después, Charles Templeton murió.[1]
Y no pude evitar pensar que, en realidad, nunca conoció a Jesús de verdad… y trágicamente, lo rechazó para siempre.
Tampoco pude dejar de pensar en cuántos “Charles Templeton” hay hoy en el mundo: personas que viven cerca tuyo, que trabajan contigo, que forman parte de tu familia, que incluso se sientan en la iglesia contigo…
Personas que dirían que admiran a Jesús, que lo respetan, que reconocen su sabiduría y su importancia en la historia… pero que, en algún momento, lo rechazarán como su Salvador, como el Mesías, como el Rey.
Si quisiera resumir lo que está ocurriendo en Jerusalén cuando Jesús entra en la ciudad, lo diría de la siguiente manera: parecían adorarlo… pero no lo reconocieron correctamente – no lo reconocieron por quien realmente era, y finalmente, lo rechazaron.
Una multitud que celebra a Jesús
En nuestro estudio anterior, vimos que Jesús entró a Jerusalén montado en un pollino—el hijo de una asna que nunca había sido montado—y era ya la tarde del domingo cuando llegó.
Montar un asno tenía gran simbolismo: representaba que Jesús era el Rey de Israel, del linaje del rey David.
En el día de la coronación, un rey montado en un asno enviaba un mensaje claro: llegaba con humildad… y en son de paz.
La gente había llenado el camino, colocando sus mantos sobre el suelo. Era su forma simbólica de decirle a Jesús que lo recibían como su rey y Él tenía toda autoridad sobre sus vidas.
Ahora, el Evangelio de Mateo, capítulo 21, nos dice que la multitud gritaba: “¡Hosanna!”—una palabra hebrea que significa: “¡Sálvanos ahora!”
Era un clamor cargado de nacionalismo. Esperaban que Jesús derrocara a Roma y tomara su trono de inmediato.
Estaban entusiasmados con Jesús… esperaban una revolución. Pero Jesús estaba anticipando una resurrección.
El Evangelio de Juan también nos dice que esta gran multitud agitaba ramos de palma mientras Él entraba en la ciudad.
Era un acto simbólico reservado para honrar a la realeza. Ellos estaban proclamando que Él era el Rey.
Por cierto, todos nosotros vamos a tener la oportunidad de reconocer la realeza de nuestro Salvador de esta misma manera.
El libro de Apocalipsis nos muestra a todos los redimidos en el cielo. Y Juan escribe en Apocalipsis 7:9:
“Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero… con palmas en las manos. Y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono…”
Cada uno de nosotros que hemos puesto nuestra fe en Cristo, personas de toda tribu, lengua y nación reconocerán a nuestro Salvador, nuestro Rey, nuestro Dios vivo y verdadero… el Cordero que murió para redimirnos.
Ahora, volvamos a la escena de aquel domingo de ramos: Mientras Jesús entra en la ciudad montado en el asno, la multitud agitaba palmas, grita “¡Hosanna!”, extiende sus mantos en el camino… y hay algo más que está sucediendo:
Están cantando una canción conocida. La aprendieron desde niños. Sus palabras vienen del Salmo 118, un himno importante de la Pascua. Pero ahora se la están cantando a Jesús… y han cambiado una parte clave.
El salmo decía:
“Bendito el que viene en el nombre del Señor.” (Salmo 118:26)
Pero ahora ellos cantan:
“¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor!” (Lucas 19:38)
¡El Rey ha llegado! ¡Nuestro libertador está entrando en la ciudad! La ciudad entera está desbordada de emoción.
Y no puedo evitar sonreír al pensar en los líderes religiosos. Ellos suponían que Jesús iba a entrar a escondidas para celebrar la Pascua con sus discípulos y luego salir sin llamar la atención.
De hecho, en el capítulo 11 del Evangelio de Juan se nos dice que el Sanedrín había dado órdenes a toda la población: si alguien sabía dónde estaba Jesús, debía informarlo.
“Si alguien sabe dónde está, avísenos.”
¿Alguien sabe dónde está Jesús? ¡Toda la ciudad ha salido a recibirlo, celebrando y cantando!
Los fariseos terminan diciéndose unos a otros:
“¡Mirad, el mundo se va tras él!” (Juan 12:19)
¡El mundo entero lo sigue! Todos lo admiran. Es la persona más importante del momento.
Pero, tristemente, en cuestión de días… la mayoría de esa multitud no lo recibirá. No lo reconocerán por quien realmente es. Y finalmente, lo rechazarán.
Ahora, al unir los relatos de los Evangelios, vemos lo siguiente:
- Jesús hace su entrada triunfal ese domingo por la tarde.
- Acepta el reconocimiento público de su derecho a reinar.
- Entra en la ciudad, desciende del asno y visita brevemente el templo.
- Luego se retira a pasar la noche.
El Evangelio de Marcos lo describe así:
“Y entró Jesús en Jerusalén, y en el templo; y habiendo mirado alrededor todas las cosas, como ya anochecía, se fue a Betania con los doce.” (Marcos 11:11)
Al día siguiente, el lunes, Marcos nos dice que Jesús regresa a Jerusalén caminando con sus discípulos. Esta vez no hay asno, no hay multitud, solo el Señor y sus discípulos.
En el camino, Jesús maldice una higuera que no tiene fruto. Este fue un acto simbólico. Ilustraba el juicio de Dios sobre la nación de Israel que no dio fruto espiritual en su venida – no se arrepintió de sus pecados y puso su fe en Él.
Una nación que rechaza a Jesús
Luego desciende desde el monte de los Olivos… y desde allí tiene una vista clara de la ciudad de Jerusalén. Y aquí el tono cambia por completo.
Volvamos al relato en Lucas 19:41:
“Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella, diciendo: ¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos.” (Lucas 19:41)
Jesús está diciendo, en esencia: “¡Si tan solo hubieras entendido lo que está pasando hoy—este mismo día—Tu Príncipe de paz está llegando, trayendo las condiciones de paz para que el ser humano pueda reconciliarse con Dios… pero hoy, no me reconoces, no estás interesado en lo que realmente soy y quiero ofrecer.”
Jesús está llorando… otra vez.
Poco tiempo atrás, había llorado ante la tumba de Lázaro, lamentando que el sufrimiento y la muerte existen en el mundo a causa del pecado.
Ahora llora por algo diferente. Llora por la incredulidad de la nación de Israel… y, en realidad, por todo aquel que no lo reconoce y finalmente lo rechaza—todos los “Charles Templeton” de este mundo.
Jesús no está derramando una lágrima discreta. Está quebrantado. Está llorando. Está profundamente conmovido por el rechazo de su pueblo.
Sí, querían coronarlo como Rey ¡pero solo si resultaba ser el tipo de rey que ellos querían! Y Jesús no vino a ser ese tipo de rey.
Déjame preguntarte algo: ¿qué estás buscando tú en Jesús? ¿Lo respetas… lo admiras… le cantas… mientras te convenga? Creo que hay miles—quizás muchos más—que dicen seguir a Jesús, pero en realidad esperan que Él sea como un amuleto de buena suerte.
Y cuando esa “buena suerte” se convierte en una vida difícil… entonces ya no les interesa.
Dejan de cantar.
Jesús llora con compasión por una nación que lo va a rechazar. Pero también llora por la destrucción que vendrá como consecuencia de ese rechazo.
Jesús profetiza en el versículo 43:
“Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti; y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación.” (Lucas 19:43-44)
Jesús no solo está viendo la ciudad delante de Él.
Mientras desciende por el monte de los Olivos, llorando… como Dios omnisciente, está viendo el futuro de Jerusalén.
Está viendo la rebelión contra Roma… la guerra… la destrucción total de la ciudad.
Décadas después, en el año 70 d.C., el general romano Tito hará exactamente lo que Jesús anunció.[2] Josefo, el historiador judío del primer siglo, describe aquella devastación en términos estremecedores:
“Mientras el templo ardía… no se tuvo compasión ni por los ancianos ni respeto por los de alto rango. Por el contrario, la gente fue masacrada… el emperador ordenó que toda la ciudad y el templo fueran arrasados, dejando solo las torres más altas y el muro occidental… el resto de la ciudad quedó tan destruido que nadie hubiera creído que alguna vez estuvo habitada.”[3]
Jesús vino a ofrecer paz, pero el pueblo quería guerra. Él ofrecía redención, pero ellos querían una revolución. Querían un libertador político, no al Príncipe de paz.
Y Jesús vuelve a decir, en esencia: “¡Si tan solo hubieras entendido lo que significa este día!”
Como escribe Lucas en el versículo 42:
“¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz!” (Lucas 19:42)
Esa referencia a “este día” no es casual. Es una pista profética de lo que realmente está ocurriendo. El problema es que, para este punto, los líderes religiosos ya no están interesados en la profecía… están interesados en su poder. No quieren que llegue un Rey que los reemplace.
¿Recuerdas a los sabios de Oriente – los “reyes magos”? Cuando llegaron a Jerusalén buscando al Rey de los judíos que había nacido, estos hombres vinieron con el deseo de adorar.
Y los líderes religiosos sabían exactamente dónde debía nacer el Mesías. Incluso citaron la profecía correcta. Belén… a unos pocos kilómetros de Jerusalén.
Tenían la interpretación correcta, pero no tenían ninguna intención de escucharla. No se movieron. No fueron. No buscaron.
Y eso es exactamente lo que está pasando otra vez aquí, en Lucas 19. Los líderes religiosos no están interesados en otra profecía, ni siquiera en la de Daniel.
No tenemos tiempo para profundizar en todos los detalles de la profecía de Daniel, pero si quieres estudiarla con más detenimiento, Harold Hoehner—profesor de Nuevo Testamento por muchos años en el Seminario Teológico de Dallas—escribió un libro donde analiza, entre otras cosas, el momento exacto de la llegada del Señor.[4]
Hoehner explica la profecía de Daniel 9, donde el profeta recibe el mensaje del ángel Gabriel: se emitirá un decreto para reconstruir Jerusalén… y, siglos después, aparecería el Príncipe Ungido… pero sería quitado, sería muerto.
Luego, Daniel presenta algo que podríamos llamar una “ecuación profética”.
Y aquí es donde los que disfrutan de los números pueden sacarle punta al lápiz.
El Dr. Hoehner, junto con otros estudiosos de la Biblia, hizo ese cálculo. Y concluyen que la profecía señala que el Príncipe Ungido llegaría a Jerusalén 476 años y 25 días después del decreto para reconstruir la ciudad.
Ahora bien, la Biblia nos dice que Nehemías recibió ese decreto el 5 de marzo del año 444 a.C.
Ahí comenzó la cuenta regresiva.
No hay duda de que los líderes judíos conocían esta profecía. Es muy probable que algunos incluso estuvieran contando los años.
Y aquí es donde todo se vuelve realmente interesante…
Si sumas 476 años y 25 días a esa fecha—5 de marzo del 444 a.C.— llegas al lunes 30 de marzo del año 33 d.C.
Ese día – ese lunes – es el día en que Jesús entra en Jerusalén… y permanece en la ciudad hasta ser ejecutado.
Por eso Jesús dice: “¿No se dan cuenta de qué día es hoy?” ¿No han estado contando los años?
Esta es una de las razones por las que, hasta el día de hoy, muchos estudiosos judíos liberales descartan las profecías de Daniel. De hecho, en el judaísmo actual, el libro de Daniel no se clasifica junto con los demás profetas del Antiguo Testamento.
Ahora, después de pronunciar esta profecía, Jesús vuelve una vez más al templo. Recuerda que la noche anterior ya había ido, observó todo y se fue. Pero ahora no va solo a mirar. Ahora va a limpiar el templo.
La primera vez que lo hizo fue al comienzo de su ministerio, como nos relata el capítulo 2 del Evangelio de Juan.
Pero ahora va a limpiarlo otra vez.
Y más que eso, Jesús está declarando algo muy importante: Él es el Señor del templo.
Un templo limpiado por Jesús
Lucas describe lo que ocurre en el versículo 45:
“Y entrando en el templo, comenzó a echar fuera a todos los que vendían y compraban en él, diciéndoles: Escrito está: Mi casa es casa de oración; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.” (Lucas 19:45–46)
Jesús entra en el atrio exterior… el atrio de los gentiles. Era un espacio abierto a todas las naciones. Un lugar diseñado para la adoración. Pero se había convertido en un mercado.
Y Jesús entra y empieza a limpiarlo.
Ahora, piensa en esto por un momento:
tú no irías a la casa de tu vecino y dirías: “quítate, que voy a limpiar todo aquí”.
Aunque… Si alguien hiciera eso en tu casa, tal vez dirías “¡aleluya!” y se volvería tu mejor amigo.
Pero si vas a la casa de alguien que no te conoce y empiezas a dar órdenes, probablemente llamen a la policía. No tienes derecho a limpiar la casa de otra persona. Ni siquiera tienes derecho a decirle que necesita limpieza.
Pero Jesús está entrando en Su casa. Y Él sí tiene el derecho de decir: “Hay que limpiar esto”.
Ahora, si eres nuevo en este estudio, es importante que entiendas esto: el atrio de los gentiles era el único lugar dentro del templo donde los que no son judíos podían acercarse a adorar a Dios.
Podían entrar allí quizás con curiosidad solo para ver qué hacían ahí.
Como señala el autor Warren Wiersbe, ese lugar debía ser un punto de contacto. Un espacio donde los judíos fieles pudieran dar testimonio a los gentiles, hablándoles del único Dios verdadero y viviente. Pero en lugar de ser un lugar de evangelismo se había convertido en un negocio. En vez de bendecir a las naciones estaban buscando ganancias.[5]
Y déjame decirte algo: ¡el negocio iba muy bien![6]
Había incluso cuatro mercados en el monte de los Olivos donde se vendía todo lo necesario para los sacrificios.[7]
Cuando los adoradores llegaban al templo, venían preparados para ofrecer sus sacrificios, pero el sistema sacerdotal había convertido todo esto en una estafa lucrativa.
Los sacerdotes rechazaban los animales comprados fuera del templo, diciendo que no cumplían los estándares y obligaban a la gente a comprar los animales “aprobados” dentro del templo.
Y, por supuesto, los vendían a precios inflados.
También cobraban una tarifa por entrar.
Y, convenientemente, todas las monedas en circulación eran declaradas impuras: las de los griegos, los romanos, los sirios, los egipcios… ninguna servía.[8]
Así que había mesas por todas partes para cambiar ese dinero por una moneda “aceptable”, acuñada en Israel y considerada ceremonialmente pura.[9]
Y todo este sistema estaba controlado por el sumo sacerdote y su familia, quienes se quedaban con una buena parte de las ganancias.
Ahora imagina la escena.
El atrio de los gentiles era enorme—un espacio pavimentado en mármol, tan largo como varios campos de fútbol y casi igual de ancho.[10]
Y estaba lleno de puestos y tiendas donde se vendía de todo: ganado, ovejas, aves, vino, aceite, harina, sal… todo lo necesario para los sacrificios.
Los vendedores gritaban para llamar la atención,
la gente negociaba precios, miles hacían fila. Era un caos. El ruido debía ser ensordecedor.
Ese lugar se había convertido en una mezcla de feria, mercado, centro comercial… y corral de animales, todo al mismo tiempo.
Y detrás de todo eso había algo peor:
un sistema religioso completamente corrompido. Una especie de mafia religiosa, operando a plena vista, extorsionando, engañando y aprovechándose de los adoradores.
Pero Jesús lo llama por su nombre: una cueva de ladrones. Un escondite de delincuentes contando lo que han robado.
Y ahora Jesús ya no está llorando. Déjame decirte algo:
Él sigue sintiendo hoy esa misma indignación justa hacia quienes convierten la religión en un negocio. En lugar de cuidar al rebaño y alimentarlo, lo explotan.
¡Ya no hay lágrimas ahora!
El relato de Marcos lo describe con gran intensidad. Dice en el capítulo 11:
“Y entró Jesús en el templo, y comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en el templo; y volcó las mesas de los cambistas…” (Marcos 11:15)
¿Alguna vez has visto una mesa volcarse con fuerza? Eso es exactamente lo que está pasando aquí.
Imagínate el estruendo cuando esas mesas caen sobre el piso de mármol, las monedas rodando por todas partes, chocando, haciendo ruido.
Marcos también añade que Jesús volcó los asientos de los que vendían palomas. Ahora tienes palomas volando por todos lados.
Y añade algo más en el versículo 16:
“y no consentía que nadie atravesase el templo llevando utensilio alguno.” (Marcos 11:16)
Es decir, además de todo lo demás, ese atrio se había convertido en un atajo.
La gente lo usaba para cruzar de un lado de la ciudad al otro con su mercancía.
No importaban los adoradores. No importaba que ese fuera un lugar santo.
Pero ese no era un camino, era un santuario. Un lugar para orar, para meditar en la Palabra. Para que los gentiles conocieran al Dios de Israel. Un lugar para adorar al Dios vivo y verdadero. Pero lo habían convertido en una vía de paso, en un corral, en un circo.
Y en ese momento, el Dueño ha llegado.
Jesús está declarando que Él es el Señor del templo – y está ejerciendo su autoridad.
Jesús está limpiando Su casa.
Y cuando termina, transforma ese lugar de un mercado a un salón de clase. Un autor lo describe así: el atrio se convierte en Supúlpito.[11]
Lucas escribe en el versículo 47:
“Y enseñaba cada día en el templo; pero los principales sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo procuraban matarle. Y no hallaban nada que pudieran hacerle, porque todo el pueblo estaba suspenso oyéndole.” (Lucas 19:47–48)
Esto es una valentía desafiante.[12]
Jesús sabe que hay un precio por su captura. Los líderes religiosos quieren matarlo. Los comerciantes están furiosos con Él. Todo el sistema ha sido alterado. El flujo de personas ha cambiado.
La gente se agolpa para escucharlo. La multitud todavía tiene esperanzas en Él. Y muy pronto, los soldados romanos lo arrestarán.
Pero hasta que eso ocurra—exactamente en el tiempo señalado—Jesús entra a Jerusalén y al templo, y hace lo que siempre debió hacerse allí.
Él usa ese atrio de los gentiles para enseñar la Palabra de Dios a las naciones del mundo… y la gente está escuchando con atención cada palabra.
Sin duda, algunos creerán. Y nunca olvidarán ese día.
Conclusión
Ahora déjame preguntarte:
¿Dónde te ves tú en esta escena en Jerusalén?
- ¿Te entusiasmas con Jesús… siempre y cuando cumpla tus expectativas?
- ¿Tu satisfacción con Él depende de las condiciones que tú le pones?
- ¿Te molesta que haya alterado tus planes?
- ¿Sigues la opinión de la mayoría acerca de Jesús? Si todos lo aprueban, tú también… pero si lo rechazan, tú no te vas a oponer.
- ¿Te interesa su enseñanza solo por un tiempo…
o estás realmente aferrándote a cada palabra que sale de su boca?
Y una pregunta más…
¿Estaría Jesús llorando por tu incredulidad? ¿Estaría llorando por ti… hoy?Hoy es el día para reconocerlo por quien es Él de verdad… y recibirlo como tu Señor y Salvador y tu Rey.
[1] Lee Strobel, The Case for Faith (Zondervan, 2000), pp. 7-23
[2] Adapted from Charles R. Swindoll, Insights on Luke (Zondervan, 2012), p. 450
[3] William Hendriksen, New Testament Commentary: Exposition of the Gospel According to Luke (Baker Book House, 1978), p. 878
[4] El libro referido es Chronological Aspects of the Life of Christ. No disponible en español.
[5] Adapted from Warren W. Wiersbe, Be Courageous (Victor Books, 1989), p. 81
[6] Hendriksen, p. 879
[7] Dale Ralph Davis, Luke: The Year of the Lord’s Favor (Christian Focus, 2021), p. 129
[8] William Barclay, The Gospel of Luke (Westminster Press, 1975), p. 241
[9] Swindoll, p. 451
[10] R. Kent Hughes, Mark: Volume 2 (Crossway Books, 1999), p. 87
[11] Hughes, p. 250
[12] Barclay, p. 242














