Introducción
Las últimas palabras de una persona pueden ser profundas. Pueden ser esclarecedoras. Incluso pueden ser graciosas.
Hace algún tiempo mi esposa me regaló un libro que básicamente es una colección de las últimas palabras de reyes y reinas, políticos, grandes empresarios, criminales, educadores y filósofos.
Una de esas historias cuenta la vida de Lady Nancy Astor. En 1919 se convirtió en la primera mujer elegida para el Parlamento británico.
Tenía un muy buen sentido del humor.
Mientras estaba en su lecho de muerte, recuperó el conocimiento por unos instantes. Abrió los ojos y vio a toda su familia de pie alrededor de la cama.
Sonrió y dijo:
«O me estoy muriendo… o es mi cumpleaños».
Lady Astor también era conocida por los constantes enfrentamientos que tenía con Winston Churchill en el Parlamento.
En una ocasión le dijo:
—Si yo fuera su esposa, le pondría veneno en la bebida.
Churchill respondió:
—Y si yo fuera su esposo, me la bebería. [i]
Pero las últimas palabras también pueden ser trágicas.
Piensa en Voltaire, el famoso filósofo francés ateo. En 1728 aseguró que, antes de que pasaran cien años, la Biblia desaparecería y dejaría de usarse.
Pero pasó exactamente lo contrario.
Voltaire murió en 1778. Unos cincuenta años después, la Sociedad Bíblica de Ginebra compró su casa y usó las mismas imprentas de Voltaire para imprimir Biblias.
Cuando llegó el momento de morir, estas fueron sus últimas palabras:
«He sido abandonado por Dios y por los hombres».
Las últimas palabras también pueden expresar enojo y amargura.
Piensa en Karl Marx.
El 14 de marzo de 1883, su ama de llaves se dio cuenta de que estaba muriendo. Entonces le dijo:
—Dígame sus últimas palabras y yo las escribiré.
Marx explotó de ira y respondió:
—¡Las últimas palabras son para los necios que no dijeron suficiente! ¡Ahora váyase de aquí![ii]
Las últimas palabras también pueden revelar qué fue lo más importante para una persona durante toda su vida.
Eso ocurrió con Phineas Barnum, fundador del famoso circo Barnum & Bailey. Poco antes de morir hizo una sola pregunta:
«¿Cuánto recaudó hoy el circo?»[iii]
Las últimas palabras también pueden reflejar desesperación.
William Porter, fue un famoso escritor de cuentos y nunca ocultó su incredulidad. Mientras agonizaba, gritó aterrorizado:
«¡Enciendan las luces! ¡No quiero irme en la oscuridad!»[iv]
Quizá una de las despedidas más trágicas fue la de John Booth, el asesino del presidente Abraham Lincoln.
Después de una intensa persecución, los soldados finalmente lo acorralaron dentro de un granero de tabaco, el 26 de abril de 1865.
Entonces prendieron fuego al granero. Booth quedó atrapado adentro, y uno de los soldados le disparó.
Cuando lo sacaron del edificio en llamas, todavía seguía con vida. Agonizaba por la herida. Levantó las manos, las miró y dijo:
«Inútiles… inútiles».
Y murió.[v]
Las últimas palabras son muy reveladoras.
Pero ninguna despedida se compara con la profundidad, el significado y la importancia de las últimas palabras de Jesucristo antes de morir en la cruz.
En nuestro estudio anterior acompañamos a Jesús mientras subía aquella colina llamada «La Calavera».
En griego, esa palabra es kranion, de donde proviene nuestra palabra «cráneo». En arameo se llama Gólgota. Y en latín recibe el nombre de Calvario.[vi]
Según relatan los Evangelios, eran alrededor de las nueve de la mañana cuando los soldados clavaron a Jesús en la cruz.
Jesús permanecerá allí durante seis horas. Después entregará voluntariamente su vida como el precio del rescate por pecadores como tú y como yo.
Lucas es el único evangelista que registra las primeras palabras que Jesús pronunció desde la cruz.
Si tienes tu Biblia, acompáñame a Lucas 23. Incluso puedes anotar al lado del versículo 34 la hora: 9:00 de la mañana.
Durante las primeras tres horas, entre las nueve y el mediodía, Jesús pronunciará tres declaraciones.
Luego, cuando la oscuridad cubra la tierra durante las últimas tres horas, dirá cuatro más.
Estas siete declaraciones forman las últimas palabras más profundas que alguien haya pronunciado jamás.
Después de orar mucho por este estudio, decidí dedicar un sermón a cada una de esas siete declaraciones.
Son palabras sorprendentes. Llenas de compasión. Llenas de agonía. Palabras que desconciertan… y también llenan de esperanza.
Alguien dijo que Jesús predicó siete sermones desde un púlpito de madera: aquella tosca cruz romana.[vii]
Para ayudarnos a recorrer esta primera declaración, quiero organizar nuestro estudio alrededor de tres aspectos.
Y el primero es tan evidente que fácilmente podríamos pasarlo por alto.
Lo llamaremos simplemente: la costumbre de Jesús.
La costumbre de Jesús.
Lucas escribe en el capítulo 23, versículos 32 al 34:
Llevaban también con él a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos. Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Lucas 23:32-34
Lo primero que hace Jesús es orar.
Así comenzó su ministerio, orando, como leemos en Lucas 3:21. Y así también lo termina.
Esa era su costumbre. Así era su relación con su Padre celestial. Y qué desafío representa eso para ti y para mí.
Recuerda que Jesús no está orando por Él mismo. Está orando por las personas que le están haciendo sufrir. Por sus crueles enemigos.[viii]
En los 1800s, el pastor Charles Spurgeon llamó a esta oración «la joya más preciosa de la corona del amor de Cristo».[ix]
Y esa joya no es simplemente que Jesús oró. Lo más extraordinario es lo que pidió.
Eso nos lleva al segundo aspecto. Ya vimos la costumbre de Jesús. Ahora veamos la petición de Jesús.
La petición de Jesús
Mira otra vez el versículo 34.
Y Jesús decía: Padre, perdónalos…
Hay un detalle en el idioma original que hace esta oración todavía más conmovedora. El verbo indica una acción continua.[x]
Es decir, Jesús no pronunció estas palabras una sola vez. Mientras los soldados clavaban sus manos en el madero, Jesús oraba:
«Padre, perdónalos».
Mientras levantaban la cruz y clavaban sus pies, Jesús seguía orando:
«Padre, perdónalos».
Mientras los líderes religiosos y la multitud lo insultaban y se burlaban de Él, Jesús continuaba diciendo:
«Padre, perdónalos. No saben lo que hacen».
Normalmente, una víctima de la crucifixión alternaba entre maldecir a los soldados y suplicar por su vida. Luego volvía a maldecirlos otra vez.
Pero Jesucristo no era una víctima cualquiera.
En lugar de decir:
«Padre, júzgalos.»
«Padre, castígalos.»
«Padre, hazlos pagar por lo que están haciendo.»
Jesús oró:
«Padre, perdónalos.»[xi]
Sobre su cabeza colgaba un letrero escrito en tres idiomas que proclamaba: Jesús de Nazaret, Rey de los judíos. Pero sus primeras palabras desde la cruz nos muestran a nuestro gran Sumo Sacerdote. Aun mientras sufría, seguía intercediendo por otros.
Ahora bien, esta petición revela dos cualidades que vale la pena observar.
La primera es esta:
La petición de Jesús cumple la profecía.
Y, de hecho, en el monte Calvario se cumplen varias profecías.
Lucas continúa escribiendo al final del versículo 34:
Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes. (Lucas 23:34)
Con eso se cumple la profecía del Salmo 22:18:
Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes. Salmo 22:18
También se cumple otra profecía del Salmo 22:
Horadaron mis manos y mis pies. (Salmo 22:16)
Pero hay algo todavía más impresionante.
Setecientos años antes de que Jesús colgara de esa cruz y pronunciara esta oración, el profeta Isaías escribió acerca del Siervo sufriente, el Mesías:
…y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores. (Isaías 53:12)
¿Lo ves?
Jesús no solo estaba orando.
Mientras intercedía por los pecadores, también estaba viviendo las Escrituras. Estaba obedeciendo al Padre y haciendo exactamente lo que Isaías había anunciado acerca del Mesías.
En otras palabras, Jesús estaba aplicando las Escrituras a su propia vida.
Y al hacerlo, estaba cumpliendo la profecía.
Pero esta oración también nos muestra algo más.
En segundo lugar, Jesús estaba poniendo en práctica lo que había predicado.
La petición de Jesús practica lo que había predicado
Volvamos al versículo 34. Jesús dijo:
Padre, perdónalos…
Ahora bien, ¿quiénes son “ellos”?
¿A quiénes se refiere Jesús cuando dice: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”?
En el contexto inmediato, Jesús seguramente está hablando de esos soldados romanos.
Ellos no entendían realmente lo que estaban haciendo.
Algunos comentaristas incluso creen que Jesús estaba pidiendo que Dios los tratara como personas que actuaban por ignorancia, y no con la culpa de un asesinato premeditado.
Según la ley de Moisés, alguien que había causado una muerte sin intención podía huir a una ciudad de refugio.
Y el libro de Hebreos nos dice que Jesucristo es precisamente nuestro refugio.
Pero creo que esta oración alcanza mucho más que a esos soldados.
También incluye a Pilato.
A Herodes.
A Judas.
A la multitud.
Y también nos incluye a ti y a mí.
Ahora imagina la escena.
Un hombre cuelga de una cruz, sufriendo un dolor indescriptible, y aun así ora:
«Padre, perdónalos.»
¡Eso no es lo que esperaríamos!
Años antes, Jesús había predicado el Sermón del Monte.
Bajo el sol, rodeado de flores y con las aves volando sobre su cabeza, enseñó estas palabras:
Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os persiguen. Mateo 5:43
En otra ocasión también dijo:
Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien… y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos. Lucas 6:35
Y además enseñó:
Bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian. Mateo 6:28
Una cosa es predicar esas palabras desde la tranquilidad del monte. Otra muy distinta es practicarlas en la crueldad del Calvario.[xii]
Esa oración comenzó a tocar el corazón de la multitud y de los soldados romanos. Nadie esperaba escuchar algo así.
Ellos ya estaban acostumbrados a las crucifixiones. Para ellos era simplemente otro día de trabajo. Cuatro soldados recibieron la orden de ejecutar a Jesús y a los dos compañeros de Barrabás. Un centurión supervisaba toda la operación para asegurarse de que todo saliera según lo planeado.
Era un procedimiento de rutina.
Los historiadores calculan que solo ese año Roma crucificó a más de mil personas.
Pero ese día sería diferente. Pronto sentirían un terremoto. Verían cómo una oscuridad sobrenatural cubría la tierra. Escucharían a uno de los ladrones poner su fe en Cristo.
Pero incluso antes de que ocurriera todo eso, aquellos soldados endurecidos ya habían descubierto que Jesús era diferente. Nunca habían escuchado a un hombre crucificado orar por ellos.
Mateo añade un detalle muy interesante.
Después de clavar a Jesús en la cruz, burlarse de Él y jugarse su ropa, los soldados se quedaron vigilándolo. (Mateo 27:36)
¿Por qué?
Jesús no iba a escaparse de la cruz.
Chuck Swindoll hace esta observación:
“Creo que la oración de Jesús captó toda su atención. Sus oídos estaban acostumbrados a escuchar las amargas maldiciones de las víctimas. Sus corazones ya se habían endurecido ante los gritos de los moribundos. Pero jamás habían oído a un hombre crucificado orar… por ellos.”[xiii]
Estoy de acuerdo con esa observación.
Aquellos soldados no tenían idea de quién estaba colgado frente a ellos.
No sabían que el único Mediador entre Dios y los hombres estaba muriendo allí mismo.
Tampoco sabían que estaban echando suertes por la túnica del eterno Sumo Sacerdote.
Y, aun así, Jesús oró por ellos.
Pero esa oración no se limitó a esos soldados.
La petición: «Padre, perdónalos», se extiende a lo largo de toda la historia.
Alcanza el pasado, el presente y el futuro. Después de todo, Jesús cargó sobre sí los pecados del mundo entero. (1 Juan 2:2)
Un autor compara esta oración con una piedra que cae en un lago. Primero aparece un pequeño círculo en el agua. Luego ese círculo se hace más grande. Después aparece otro más grande todavía. Y las ondas siguen extendiéndose hasta alcanzar todo el lago.[xiv]
Así también se extiende esta oración de Jesús.
- Incluye a los líderes judíos.
- Incluye a los jueces corruptos del Sanedrín.
- Incluye a los discípulos que lo abandonaron.
- Incluye a la multitud que gritó contra Él.
- Incluye a los tres mil que creerán en Cristo el día de Pentecostés, cuando nazca la iglesia.
- Incluye a toda la raza caída de Adán.[xv]
Pero lo más importante, y lo más trascendental, es esto:
«Padre, perdónalos» también te incluye a ti… y me incluye a mí.
De hecho, mira el versículo 34 y escribe tu propio nombre al margen de tu Biblia.
Escribe:
«Padre, perdona a Carlos, Ana o José»
Yo escribí en mi Biblia:
«Padre, perdona a Stephen.»
¿Y por qué?
Porque tú y yo somos tan responsables de la muerte de Cristo como cualquier otra persona que estuvo aquel día en el Calvario. Fueron nuestros pecados los que lo llevaron a esa cruz. Y cuando reconoces esa verdad y recibes por fe el evangelio, esa oración también se aplica a tu vida.
Pero déjame decir algo más. Este momento no solo un ejemplo monumental del perdón de Cristo. También nos deja un modelo para seguir.
Charles Spurgeon escribió:
«Vayamos al Calvario para aprender cómo Dios nos perdona. Y después quedémonos allí para aprender cómo nosotros debemos perdonar a los demás.»[xvi]
Los apóstoles entendieron muy bien esa aplicación.
Por ejemplo, Pedro escribió en 1 Pedro 2:
Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas… quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente. 1 Pedro 2:21,23
Pedro está hablando de Cristo en la cruz. Y deja muy claro que el ministerio de Jesús también debe convertirse en nuestro modelo.
Más adelante, Pablo escribió a los creyentes en Éfeso:
Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. Efesios 4:32
Ahora seamos sinceros.
Cuando alguien nos ofende, nuestra primera reacción suele ser defendernos.
Queremos responder.
Queremos hacer valer nuestros derechos.
Queremos devolver el golpe.
Ahora imagina esto.
Te condenan injustamente.
Te desnudan delante de todos.
Te golpean hasta dejarte al borde de la muerte.
Después te clavan en una cruz.
¿Quién sería capaz de pensar siquiera en perdonar a alguien?[xvii]
¿Quién hace algo así?
Nuestro Señor Jesucristo.
Y cuando Cristo transforma una vida, también comienza a producir ese mismo espíritu en nosotros. Somos llamados a seguir su ejemplo.
El primer mártir de la iglesia fue Esteban. Mientras lo apedreaban hasta matarlo, oró:
«Señor, no les tomes en cuenta este pecado.»
Pienso también en Robert Smith, un pastor amigo mío
Un joven asesinó a su hijo durante un asalto a una tienda. Tiempo después, Robert pidió que lo incluyeran en la lista de personas autorizadas para visitar al asesino en la cárcel.
¿Y sabes para qué?
Para decirle personalmente que lo perdonaba.
Y, más importante todavía, para hablarle del perdón que Cristo también le ofrecía.
¿Quién hace algo así?
Pienso en Steve Saint, quien ha predicado en nuestra iglesia en varias ocasiones.
Su padre era misionero y murió atravesado por las lanzas de los indios aucas mientras intentaba llevarles el evangelio.
Su madre decidió perdonarlos. Y no solo los perdonó. Regresó para servir entre ellos junto con otra viuda misionera, Elisabeth Elliot.
Con el paso de los años, muchos de los guerreros Auca llegaron a poner su fe en Cristo. Uno de los hombres que participó en el asesinato de su padre llegó a ser anciano de la iglesia. Y tiempo después, ese mismo hombre bautizó a Steve.
Más adelante Steve escribiría:
«Tengo un hogar entre este pueblo. Y algunos de los mismos hombres que atravesaron con sus lanzas a mi padre hoy son como abuelos para mis hijos.»[xviii]
¿Quién hace algo así?
Las personas que ven a Cristo en la cruz, no solo como aquél que perdonó sus pecados, sino también como el modelo para perdonar a los demás.
Y todos ganamos cuando aprendemos a perdonar.
Es interesante que incluso el mundo haya comenzado a reconocer algo que la Biblia enseña desde hace mucho tiempo. La amargura, el deseo de venganza, la falta de perdón y la envidia también afectan nuestra salud.
Hace poco leí que la Clínica Mayo relaciona el perdón con una mejor salud física.
Imagínate.
Alguien lo expresó de esta manera:
«La falta de perdón es como servirle una taza de veneno a tu enemigo… y luego bebértela tú.» [xix]
Así que, cuando te niegas a perdonar, te haces daño a ti mismo.
Jesús no solo nos perdonó, sino que nos enseñó a perdonar con sus palabras… y con su ejemplo.
Hasta aquí hemos visto dos aspectos de esta primera declaración de Jesús desde la cruz.
Primero vimos su costumbre de orar.
Después observamos su petición: “Padre, perdónalos.”
Ahora veamos el tercer aspecto: la razón que Él da para hacer esa petición.
La razón de Jesús.
Observa otra vez el versículo 34.
Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Lucas 23:34
Es como si Jesús estuviera presentando el caso de todos ellos delante del Padre. Como un abogado que defiende a sus representados, Jesús dice:
«Permíteme explicar por qué debes perdonarlos.»[xx]
«No saben lo que hacen.»
Hoy diríamos:
«No tienen la menor idea de lo que están haciendo.»[xxi]
Y, en cierto sentido, eso era verdad.
Más adelante, Pedro dirá:
Sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes. Hechos 3:17
Y Pablo dirá que crucificaron a Jesús porque no lo reconocieron ni entendieron las palabras de los profetas. (hechos 13:27)
Pero no malinterpretes las palabras de Jesús. La ignorancia no elimina las consecuencias del pecado.
Jesús no está diciendo:
«Padre, perdónalos porque son inocentes.»
Ignorancia no es lo mismo que inocencia.[xxii]
Las consecuencias siguen existiendo.
¿Nunca te pasó que ibas manejando por un pueblo y, sin darte cuenta, el límite de velocidad bajó mucho y no viste la señal?
Cuando el policía te detuvo, de poco sirvió decirle que no habías visto el cartel, ¿verdad?
Recuerdo cuando iba manejando a casa para Navidad en mi primer año en la universidad.
Volvía a mi ciudad con otros tres estudiantes y decidimos turnarnos para manejar el auto de uno de ellos.
Era un Camaro espectacular.
Tenía un motor potente y unas ruedas deportivas que llamaban la atención.
Yo fui el último en tomar el volante. Y justo cuando por fin llegó mi turno… apareció un pequeño problema. El velocímetro no funcionaba.
Y no, no estoy inventando la historia.
Cuando por fin llegó mi turno, ya estaba oscuro. Los otros estudiantes iban dormidos y yo simplemente aceleré.
Sabía que iba rápido.
De pronto vi unas luces azules en el espejo retrovisor.
El policía era un hombre mayor… y no venía de buen humor.
Se acercó y me preguntó:
—¿Sabes a qué velocidad ibas?
Le respondí:
—No, señor. El velocímetro está dañado.
Me contestó:
—Seguro que lo dañaste tu. Te vi pasar hace unos cinco kilómetros. Registré que ibas a 160 kilómetros por hora.
En ese momento sentí que mi vida pasaba delante de mis ojos.
Así que empecé a hablar.
Le expliqué que éramos estudiantes universitarios, que volvíamos a casa para pasar la Navidad, que hacía mucho tiempo no veíamos a nuestras familias y que nuestras madres nos estaban esperando con mucha ilusión.
Ya te imaginas el resto de la historia.
El policía se ablandó un poco.
De todos modos me puso una multa.
Pero me salvé de alguna pena mayor.
Ahora bien, creo que cuando Jesús dice: “No saben lo que hacen”, se refiere, de manera particular, a las personas que estaban allí ese día.
Ellos ignoraban quién era realmente Jesús.
- No podían comprender que Él era el Hijo de Dios. Dios hecho carne.
- También ignoraban la importancia de ese momento. Estaban presenciando el acontecimiento más trascendental de la historia de la redención.
- Y tampoco entendían el alcance de lo que la cruz de Cristo lograría.
En el siglo IV, el padre de la iglesia Juan Crisóstomo comentó este pasaje diciendo:
«No solo ignoraban quién era Jesús. También ignoraban el misterio de salvación que Dios estaba llevando a cabo por medio de este acontecimiento.»[xxiii]
Sí, eran responsables por rechazar a Cristo. Pero esta oración demuestra que ni siquiera los que participaron en su crucifixión estaban fuera del alcance del perdón de Dios.
«No saben lo que hacen.»
¡Qué extraordinaria expresión de gracia!
Y esa misma verdad sigue siendo cierta hoy.
- Nuestro pecado es más grande de lo que imaginamos.
- Nuestra corrupción es más profunda de lo que alcanzamos a comprender.
- Y nuestra necesidad de Cristo es mucho más urgente de lo que solemos reconocer.
Sin Cristo, estás en una situación mucho más grave delante de Dios de lo que imaginas. Corres un peligro mucho mayor frente a su juicio del que puedes comprender.
Pero escucha bien. Dios no te salva porque entiendes perfectamente la profundidad de tu pecado. Nunca llegarás a comprenderla por completo. Te salva cuando reconoces que eres pecador.
Tampoco te salva porque entiendes toda la grandeza de su gracia. Nunca terminarás de comprenderla. Te salva cuando recibes, por fe, el regalo de su gracia.
Jesús ofrece perdón. También declara que somos más ignorantes de lo que creemos. Pero esa oferta de perdón debe ser aceptada personalmente. Y muchos de los que estaban allí terminaron aceptándola.
- Tres mil personas creerán en Cristo el día de Pentecostés.
- Muchos sacerdotes también creerán.
- Algunos miembros del Sanedrín pondrán su fe en Cristo.
- Fariseos llegarán a ser seguidores de Jesús.
- Y antes de que termine ese mismo día, incluso uno de los soldados romanos creerá en Él.
El perdón estaba disponible para todos. Pero cada persona tenía que recibirlo.
Conclusión
En 1833 ocurrió un caso muy interesante en los Estados Unidos.
Dos hombres, George Wilson y James Porter, asaltaron un tren. Las autoridades los capturaron, los llevaron a juicio y ambos recibieron la pena de muerte.
Primero ejecutaron a James Porter.
Pero los amigos de George Wilson intercedieron por él.
Finalmente, el presidente Andrew Jackson firmó un indulto presidencial.
Todas las acusaciones que lo condenaban a morir quedaron anuladas.
Pero ocurrió algo increíble.
George Wilson rechazó el indulto.
Las autoridades no sabían qué hacer. No podían ejecutar a un hombre que había sido perdonado.
Pero Wilson insistía en rechazar el perdón.
Nunca había ocurrido algo semejante. Así que el caso llegó hasta la Corte Suprema de los Estados Unidos.
Finalmente, el juez John Marshall escribió esta decisión:
«Un indulto solo tiene validez cuando la persona lo recibe. Y no puede considerarse recibido si esa persona no lo acepta.»
George Wilson rechazó el indulto.
Y murió.[xxiv]
Aquí está la oferta de Jesús:
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
Tus pecados son mucho más numerosos de lo que imaginas. Pero puedes recibir el perdón de Dios si aceptas la oferta de Cristo. Si recibes su perdón.
Al final de tu vida, cuando llegue el momento de pronunciar tus últimas palabras, tu única esperanza será lo que Jesucristo hizo por ti en la cruz.
Quiero terminar contándote cuáles fueron las últimas palabras de un pastor que he citado varias veces en este estudio.
Charles Spurgeon pastoreó en Inglaterra hasta su muerte, a los cincuenta y siete años.
Poco antes de morir, el 31 de enero de 1892, pronunció estas sencillas palabras:
«Jesús murió por mí.» [xxv]
Y esa pequeña palabra hace toda la diferencia. No basta con decir: «Jesús murió.»
Pilato sabía que Jesús murió.
Los líderes judíos sabían que Jesús murió.
Hasta Satanás sabe que Jesús murió.
La pregunta es:
¿Murió Jesús por ti?
¿Has reconocido que murió por tus pecados?
¿Has puesto tu fe en Él?
Has podido decirle alguna vez: «Señor Jesús, creo que moriste por mis pecados. Y quiero recibir el perdón que me ofreces»Si todavía no lo has hecho, no esperes más, y hazlo ahora mismo.
[i] Ray Robinson, Famous Last Words (Workman Publishing, 2003), pp. 15
[ii] Warren W. Wiersbe, Jesus’ Seven Last Words (Back to the Bible, 1981), p. 5
[iii] Ibid
[iv] Robinson, p. 58
[v] Ibid, p. 11
[vi] Charles R. Swindoll, The Darkness and the Dawn (Word Publishing, 2001), p. 125
[vii] Stu Epperson, Jr., Last Words of Jesus (Worthy Publishing, 2015), p. 4
[viii] Charles Spurgeon, Christ’s Words from the Cross (Baker Book House, reprint; 1984), p. 16
[ix] Ibid
[x] Swindoll, p. 126
[xi] Wiersbe, p. 8
[xii] Adapted from Clovis G. Chappell, The Seven Words (Baker Book House, 1952), p. 11
[xiii] Adapted from Swindoll, p. 127
[xiv] Spurgeon, p. 23
[xv] Epperson, p. 12
[xvi] Epperson, p. 18
[xvii] Adapted from Swindoll, p. 129
[xviii] Epperson, p. 16
[xix] Ibid, p. 17
[xx] Wiersbe, p. 10
[xxi] Swindoll, p. 131
[xxii] Arthur W. Pink, The Seven Sayings of the Savior on the Cross (Baker Book House, 1958), p. 14
[xxiii] Eugenia Scarvelis Constantinou, The Crucifixion of the King of Glory (Ancient Faith Publishing, 2021), p. 274
[xxiv] George Wilson’s Pardon/online THE UNITED STATES VERSUS GEORGE WILSON (Peters 7 Report Sections 150-163)
[xxv] Warren W. Wiersbe, Jesus’ Seven Last Words (Back to the Bible, 1981), p. 5


















