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La moneda perdida

Perder algo valioso puede alterar por completo nuestra atención hasta encontrarlo. Jesús utiliza esa experiencia común para revelar una verdad espiritual de enorme profundidad. A través de una breve parábola, este mensaje nos ayuda a comprender el valor que Dios da a cada persona y la alegría que acompaña el momento en que alguien es reconciliado con Él. Más que una historia doméstica, se trata de una invitación a ver la salvación desde una perspectiva eterna y a recordar que ninguna vida pasa desapercibida delante de Dios.

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Introducción

Hay algo en la mente del típico varón que no le permite admitir que está perdido. Nosotros, los hombres, no nos perdemos… ¿verdad? Quizás “nos confundimos por un momento,” pero nada más.

Hoy en día el GPS ha sido una gran ayuda —ha salvado más de un matrimonio— aunque no siempre funciona perfecto. Hace un tiempo, mi esposa y yo estábamos viajando cuando el GPS nos metió por unos caminos rurales, luego por una calle de tierra… y nos dejó en un callejón sin salida.

Pero la verdad es que, incluso sin GPS, yo he logrado perdernos sin ayuda de nadie. Y mi esposa suele lanzar indirectas muy sutiles como: “Amor, estamos perdidos”. Muy sutil. Y lo último que quiero admitir es: “Tienes razón, estoy completamente perdido”. Así que respondo: “Sé dónde estamos”. Y es cierto… estamos en algún lugar de Norteamérica. Mientras tanto, mi esposa va sentada en silencio, y yo sé lo que está pensando: está pensando en cuánto me ama y admira mi determinación.

La verdad es que a todo corazón humano le cuesta admitir que está desesperadamente perdido.

Ahora, hablando en más en serio, el mundo está lleno de personas que viven así: perdidas, desorientadas… y no es solo un camino de tierra que termina en medio de la nada. Es la posibilidad de una vida desperdiciada y una eternidad sin gozo.

La salvación comienza cuando alguien reconoce que está perdido —cuando admite su pecado y reconoce su necesidad del Pastor divino.

Y aun después de convertirnos en cristianos, podemos desviarnos, podemos desobedecer a nuestro Pastor. Robert Robinson lo expresó en un himno que dice: 

Propenso a alejarme, Señor, lo siento; 
propenso a dejar al Dios que amo.

El reformador Martín Lutero enseñó hace quinientos años que la vida cristiana comienza con el arrepentimiento y continúa marcada por el arrepentimiento, porque nuestros corazones tienden a desviarse y desobedecer.

Muy cierto. No pasa un solo día en el que le hagamos fácil al Señor la tarea de ser nuestro Pastor.

Tenemos un buen ejemplo de cómo luce todo esto cuando observamos a los niños.

Muchas veces los hijos se comportan con sus padres de la misma manera en que nosotros actuamos con nuestro Padre celestial… con la diferencia de que Dios sí es un Padre perfecto.

Hace algún tiempo me regalaron un libro que recopila historias reales de cosas que algún niño dijo o hizo; encontré esas historias fascinantes, divertidas y, a veces hasta me trajeron convicción.

Sharon, desde Pensilvania, contó algo que ocurrió con su hija de cuatro años. Era la hora de dormir —dice ella— y Emily estaba protestando que no quería irse a la cama. Yo le expliqué que, como su mamá, me correspondía decidir cuál era la hora de dormir; que Dios me había dado la responsabilidad de cuidar cada detalle de su vida, asegurarme de que comiera bien y durmiera lo suficiente. “No intento ser una madre mala”, le dije, “pero este es el trabajo que Dios me dio”. A lo que Emily respondió: “Entonces estás despedida”.

La verdad es que todos necesitamos un Pastor… un Pastor que te encuentre cuando eres incrédulo, y un Pastor que te guíe, ya siendo creyente, hasta llevarte finalmente a casa.

En Lucas 15, Jesús está hablando a una multitud donde también se encontraban los líderes religiosos, y todos ellos tienen algo en común: están perdidos; necesitan ser encontrados.

El tema central de las parábolas de este capítulo es el mismo: “perdidos y hallados”.

Jesús presenta tres parábolas: una oveja perdida, una moneda perdida y un hijo perdido.

La determinación de Dios

Ahora llegamos a la segunda parábola, en el versículo 8 donde leemos:

“¿O qué mujer que tiene diez dragmas, si pierde una dragma, no enciende la lámpara y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla?” (Lucas 15:8)

En esos días, las mujeres en medio oriente solían recibir diez monedas de plata como regalo de bodas. Estas monedas tenían un valor sentimental además del valor monetario.[i]

Otros estudiosos sugieren que estas monedas eran parte de su dote y que se convertían en un adorno que se usaba en la cabeza —una pieza de joyería hermosa que llevaría puesta.[ii]

Tendemos a imaginarnos el Medio Oriente antiguo como un lugar sencillo, sin mucha ornamentación ni joyería. Pero la Biblia corrige esa idea. De hecho, la referencia más antigua a joyas aparece dos mil años antes, cuando Rebeca se preparó para viajar y casarse con Isaac; llevó consigo joyas de oro y plata (Génesis 24).

Arqueólogos han excavado las tumbas reales de Ur —el lugar de donde Dios llamó a Abraham— y estas tumbas son aún más antiguas. En una de ellas se encontró a una reina que vivió casi tres mil años antes de Cristo, enterrada con un adorno de oro para la cabeza, enormes aretes de oro y anillos en cada dedo.

En tiempos del Nuevo Testamento, a los creyentes se les advertía no ser ostentosos con sus joyas; se animaba a las mujeres cristianas a ser conocidas no por su oro, sino por su espíritu bondadoso (1 Pedro 3:3–4). Santiago también advierte a la iglesia a no mostrar favoritismo hacia el hombre rico que llega con un anillo de oro —símbolo de riqueza— (Santiago 2:1–4).

Algunos creyentes han interpretado estos pasajes como una prohibición absoluta de usar joyas. De hecho, si hoy viajara a predicar a ciertos países de Europa oriental, podría ofender a los creyentes locales si predicara con mi anillo de matrimonio de oro.

Pero más adelante, en nuestro estudio de Lucas 15, el padre recibe a su hijo pródigo y ¿qué hace? Le pone un anillo en su dedo.

Y a través del profeta Ezequiel, el Señor describe poéticamente lo que había hecho por Jerusalén: “Te adorné con joyas; puse brazaletes en tus brazos y un collar en tu cuello; puse un anillo en tu nariz, aretes en tus orejas y una hermosa corona sobre tu cabeza” (Ezequiel 16:11–12).

La verdad es que ni siquiera podemos imaginar las joyas y coronas de oro que Dios le entregará a sus hijos cuando reinen con Cristo (Apocalipsis 14 y 19).

Por cierto, Dios es quien creó las piedras preciosas… y claramente piensa exhibirlas de maneras que hoy ni siquiera podemos imaginar.

La Casa del Padre —también llamada la nueva Jerusalén, que un día descenderá del cielo— es descrita por el apóstol Juan como un lugar adornado con gemas preciosas por todas partes. Las calles mismas están hechas de oro transparente. Y el muro que rodea la ciudad celestial tiene unos sesenta metros de grosor y está construido de jaspe sólido; es decir, todo el muro es una enorme piedra preciosa con matices de amarillo, marrón, azul y rojo.

Cada uno de los doce cimientos de la Casa del Padre está hecho de oro y tiene como piedra angular una gema distinta. Y esas piedras angulares serán del tamaño de un vagón de tren… o incluso más grandes.

Cualquier joya que alguien pueda usar hoy es apenas una sombra de la hermosura y gloria que un día veremos y disfrutaremos.

Como es natural, con la joyería surgieron supersticiones. En tiempos de Cristo, la ceremonia de compromiso romana se realizaba delante de testigos. El hombre colocaba un anillo en el cuarto dedo de la mano izquierda de su prometida; el anillo era de hierro, simbolizando un vínculo que no debía romperse.

Creían que el cuarto dedo tenía una vena especial que iba directo al corazón, comunicando amor. La llamaban vena amoris, la “vena del amor”. Y por esa tradición, hasta el día de hoy, los anillos de matrimonio se colocan en ese dedo.

Las joyas usadas en las bodas eran valiosas por más de una razón. Y muchos estudiosos de la Biblia creen que la mujer de Lucas 15 había perdido una moneda que formaba parte de su atuendo matrimonial, probablemente de una diadema donde las monedas estaban unidas y caían sobre su cabeza como un velo costoso. Esto era común en los días de Jesús.

Calígula, el emperador romano que gobernó unos años después de la resurrección y ascensión del Señor, se casó con una mujer que llegó cubierta con esmeraldas y perlas entrelazadas en un adorno que cubría su cabeza, sus orejas y descendía hasta su cuello.

Plinio, el historiador romano, estuvo presente y calculó que el valor de ese atuendo nupcial equivaldría hoy a unos quince millones de dólares.[iii]

Cualquier padre de la novia que hoy quiera quejarse del costo de una boda… debería leer a Plinio en sus devocionales. ¡Le levantaría el ánimo!

Ahora bien, no podemos afirmar con absoluta certeza que la mujer de esta parábola perdió una moneda de su diadema nupcial. Algunos estudiosos señalan que ella pudo haber sido soltera o viuda. Lo que sí sabemos es que era una mujer pobre.

Lucas usa aquí la palabra dracma, una moneda que equivalía al salario de un día para una persona común. Ella tiene diez de estas monedas; es decir, posee ahorros para apenas diez días… dos semanas de trabajo.[iv]

Así que esta moneda no necesariamente tenía un valor sentimental. Podría tratarse simplemente de un asunto de supervivencia.

Y se nos dice en el versículo 8 que, al perder esa moneda:

“¿No enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla?” (Lucas 15:8)

Aquí aparece otro indicio de su pobreza. En esos días, las casas de los campesinos eran muy oscuras. El piso era simplemente de tierra, cubierta con juncos secos y hierba. La casa tenía una ventanita —solo una abertura en la pared— de no más de cuarenta o cincuenta centímetros de ancho.[v]

El hecho de que ella pueda iluminar toda su casa con una sola lámpara indica que vivía en la típica casa de ladrillos de barro, de un solo cuarto, lo que hoy llamaríamos una choza.

Buscar una moneda perdida en un piso cubierto de juncos y hierba, con grietas y hendiduras en la tierra, era como buscar una aguja en un pajar. La mejor estrategia era barrer todo el piso y luego revisar cuidadosamente lo que recogía, pieza por pieza.

Y no olvidemos lo que Jesús está ilustrando aquí: Su propia determinación al venir a buscar y salvar lo que se había perdido. Esta es una imagen del corazón de Dios, buscando a los pecadores perdidos.

Me encanta cómo lo expresó un autor: esta es la gracia de Dios inclinándose para encontrarte en los lugares más sucios de la tierra; agachándose y apartando el polvo y los escombros para levantar el tesoro de Sus redimidos desde el basurero en el que han caído.[vi]

Quizá tienes la impresión de que necesitas “arreglar tu vida” antes de venir a Cristo; que primero debes limpiarte y ordenar toda tu vida para que Dios te acepte.

Oh no, ese es el orden equivocado. Él es quien te encuentra, y Él es quien te hace aceptable.
Él te encuentra en la suciedad de este mundo, en el basurero del pecado, cubierto de la mugre de la culpa. No te limpias antes de venir a Él; vienes a Él… y Él es quien te limpia.

De hecho, durante el resto de tu vida Él seguirá limpiándote, quitando el polvo, puliendo tu carácter, hasta el día en que complete Su obra en ti —cuando tu corazón, tu alma y tu mente sean glorificados y perfeccionados al entrar en la presencia de Aquel que salió a buscarte (Filipenses 1:6). Ese día, finalmente verás a tu Pastor, el que te buscó, el que cambió tu condición de perdido a hallado.

Tal vez digas: “¡Quiero estar entre los que han sido encontrados!” Y puedes estarlo… pero primero debes admitir que estás perdido; que estás cubierto de pecado y necesitas un Salvador.

Ahora Jesús quiere hacer un contraste. Quizá recuerdes que este capítulo comienza con fariseos y escribas —los líderes religiosos— murmurando porque Jesús recibía a pecadores y comía con ellos. Ten eso presente. Jesús recibe a los pecadores… y los líderes religiosos murmuran. Ahora Jesús va a contrastar su murmuración con el gozo del cielo.

La celebración celestial

Y establece ese contraste al terminar la parábola, en los versículos 9 y 10:

“Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, diciendo: ‘Gozaos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido.’ Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.” (Lucas 15:9–10)

Jesús ya ha mencionado esta verdad dos veces: cuando algo perdido es hallado, en el versículo 7 “hay gozo en el cielo”, y aquí, en el versículo 10, “hay gozo en la presencia de los ángeles”.

J. C. Ryle lo expresó así: esta verdad se repite dos veces para confrontar nuestra incredulidad, mostrándonos que incluso la alegría perfecta del cielo experimenta momentos de incremento.[vii]

La idea es asombrosa: la alegría perfecta del cielo experimenta momentos de aún mayor alegría.
¿Por qué? Porque alguien perdido ha sido encontrado. Un pecador acaba de ser salvado. Y la celebración que ya existía en el cielo… de pronto estalla en una celebración aún más grande.

A menudo se enseña que son los ángeles quienes celebran junto con Dios, pero el texto no dice que ellos son los que celebran; dice que el gozo ocurre delante de ellos… en su presencia.

Entonces la pregunta es: ¿quién más podría estar celebrando?

Retrocedamos un poco. Cada vez que un creyente muere, su espíritu va inmediatamente a estar con el Señor.

No tenemos razón para dudar que los ángeles se alegran al ver la vindicación del nombre de Jesús cuando un pecador es salvo. Pero tampoco tenemos razón para dudar que los que están en la presencia de los ángeles incluyen a los amigos y familiares de ese incrédulo en la tierra, quienes ya están en gloria… y que ahora estallan en celebración al ver que su ser querido finalmente ha puesto su fe en Cristo.

Piensa en esto: su gozo en el cielo acaba de aumentar.

Un autor comenta sobre este pasaje: ¿quién, aparte de los creyentes que ya viven en la Casa del Padre, se pondría a celebrar de esa manera ante la conversión de un pecador? Especialmente un pecador que ellos sabían que necesitaba ser salvo… y que hasta ese momento no lo había sido. Pero, de alguna manera, tanto ellos como los ángeles se enteran de que ese pecador al que conocían ahora ha entrado en la familia de Dios… y que un día se unirá a ellos en el cielo.[viii]

Quizá estés pensando: “Pero yo creía que cuando las personas llegan al cielo, dejan de preocuparse por lo que ocurre en la tierra. Si ya están en la presencia de Dios, ¿por qué les importaría algo de lo que sucede aquí abajo?”

Pues, al parecer… sí les importa.

Déjame llevarte a un pasaje que nos da un poco más de claridad e información sobre esta imagen de la celebración celestial de la que Jesús habla en Lucas 15. Vamos a Apocalipsis capítulo 6.

En este punto del libro de Apocalipsis, la tribulación ya está ocurriendo en la tierra. Miles de personas que llegaron a la fe durante ese período han sido martirizadas por resistir al anticristo. Y ahora están en el cielo, delante del trono de Dios.

Escucha lo que dicen —y las implicaciones son sorprendentes.

En el versículo 10 leemos:

“Y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?
Y se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos que también habían de ser muertos como ellos.”
 (Apocalipsis 6:10–11)

Observaciones

Permíteme hacer cinco observaciones rápidas sobre la vida en el cielo basadas en este texto.

Los creyentes en el cielo mantienen su identidad

Primero, estas personas que están en el cielo mantienen su identidad. Es decir, estos creyentes martirizados no llegan al cielo para convertirse en otra cosa —no se transforman en criaturas flotantes o místicas, sin identidad propia. No se disuelven en un “cosmos divino”. Son individuos… y están conscientes de lo que les ocurrió en la tierra.

Se comunican con Dios con emoción

Segundo, ellos se comunican con emoción delante de Dios. El texto dice que clamaron a gran voz. El cielo no es un lugar donde no sentimos nada ni donde nos convertimos en seres estoicos. 

De hecho, están comunicándose en voz alta con palabras reales. El cielo no es un lugar donde nos comunicamos de forma robótica o telepática, sin emoción. Están hablando… y lo están haciendo apasionadamente, directamente con Dios.

Recuerdan lo que les ocurrió en la tierra

Tercero, recuerdan lo que les ocurrió en la tierra.
Recuerdan que fueron asesinados injustamente. Y observa lo que están pidiendo: justicia. Están clamando para que Dios haga justicia por su muerte. No han olvidado lo que pasó.

Ahora, podrías pensar que recordar sufrimientos o injusticias arruinaría el cielo para ellos. Pero, evidentemente… no lo hace.

Recuerda que Jesús decidió conservar Sus cicatrices. Él quiere que recordemos Su crucifixión cada vez que lo veamos, porque murió por nuestros pecados. Y esa memoria no va a arruinar el cielo para nosotros; nos recordará el sacrificio que abrió la puerta para que tuviéramos acceso a la gloria celestial.

De la misma manera, el creyente que ha sufrido en la tierra encontrará un gozo aún mayor al experimentar la plenitud de su liberación en el cielo.

Escucha bien, querido oyente: recordar tus aflicciones en la tierra no te deprimirá en el cielo; hará que tu gozo sea más profundo, cuando llegues a comprender la sabiduría de Dios… cómo realmente hizo que todas las cosas obraran para tu bien y Su gloria.

Reciben una respuesta

Quinto, ellos reciben una respuesta a su oración apasionada. Y la respuesta de Dios es: esperen.

¡Esperen! La misma respuesta que tú y yo hemos recibido tantas veces… es la que ellos reciben aquí.

Ellos preguntan: “¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo vas a juzgar y vengar nuestra sangre? ¿Cuánto tiempo hasta que pongas todas las cosas en su lugar?” Y el Señor les responde: “Descansen un poco más”.

Y aquí hay una diferencia enorme: esperar en el cielo equivale a descansar. Aquí en la tierra, esperar es frustrante. pero allá, esperar es descansar, porque tendremos una perspectiva perfeccionada. En la presencia de nuestro Dios soberano, sabremos con total confianza que esperar es descansar en Él.

Así que, si quieres actuar como ellos actúan allá arriba… descansa mientras esperas. Los planes de Dios se cumplirán.

Dios revela su voluntad

Una observación más: Dios les dice que algunos de sus amigos y compañeros también serán martirizados.

Y uno pensaría: “¿Eso no arruinaría el cielo para ellos? Ya murieron por su fe… ¿y ahora el Señor les anuncia que otros sufrirán lo mismo?”

No pases por alto esto: la felicidad en el cielo no se basa en ignorar lo que ocurre en la tierra. Nuestro gozo se basa en ver la tierra desde la perspectiva de Dios, como lo hacen estos creyentes martirizados. Por eso comienzan su oración con las palabras: “Oh Señor soberano”.

El Señor acaba de decirles algo que va a suceder en la tierra: que sus hermanos serán asesinados en un futuro cercano.

Y si el Señor puede comunicarles lo que va a ocurrir más adelante… también puede comunicarles algo que acaba de suceder en la tierra. Algo que les importa profundamente. Algo que aumentaría su alegría.

¿Y qué sería eso?

La conversión de alguien que conocían. Alguien que no era creyente cuando ellos murieron… pero que ahora, finalmente, ha puesto su fe en Cristo.Esa es una gran noticia en el cielo. Y cuando llega esa noticia… comienza una gran celebración delante de los ángeles.


[i] Bruce B. Barton, Life Application Bible Commentary: Luke (Tyndale, 1997), p. 371

[ii] David E. Garland, Zondervan Exegetical Commentary: Luke (Zondervan, 2011), p. 615

[iii] Above information from: Edwin M. Yamauhi & Marvin R. Wilson, Dictionary of Daily Life in Biblical & Post-Biblical Antiquity (Hendrickson, 2017), pp. 930-940

[iv] Clinton E. Arnold, General Editor; Zondervan Illustrated Bible Backgrounds Commentary: Volume 1 (Zondervan, 2002), p. 446

[v] William Barclay, The Gospel of Luke (Westminster Press, 1975), p. 202

[vi] Adapted from Ivor Powell, Luke’s Thrilling Gospel (Kregel Publications, 1965), p. 335

[vii] J.C. Ryle, Expository Thoughts on the Gospels: Luke (Evangelical Press; original printing, 1879; reprint, 1975), p. 258

[viii] Adapted from Randy Alcorn, In Light of Eternity (Waterbrook Press, 1999), p. 98

Este contenido es una adaptación autorizada del ministerio Sabiduría Internacional, bajo la enseñanza original de Stephen Davey. Todos los derechos del contenido original están reservados a su autor.


Puede compartir o reproducir este material libremente solo con fines no comerciales, citando adecuadamente al autor y al ministerio. Queda prohibida su venta, modificación con fines lucrativos o redistribución sin permiso escrito.

Hemos procurado citar debidamente todos los recursos externos utilizados en cada lección. Las citas bíblicas provienen principalmente de la versión Reina-Valera 1960 y de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), aunque en algunos casos se emplean otras versiones de la Biblia para facilitar la comprensión del pasaje.
Reina-Valera 1960® © 1960 Sociedad Bíblica Trinitaria. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.
La Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © 2019 por The Lockman Foundation. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

Adaptado y publicado por el ministerio Sabiduría Internacional.

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