Introducción
Frank Sinatra fue un cantante muy famoso a mediados y finales de los años 1900. Llegó a vender millones de álbumes en su época. En diciembre de 1968, Sinatra grabó la que sería su canción más conocida, y pronto escaló en las listas de popularidad. La canción se titulaba “A mi manera”. Había sido compuesta por otra persona que quería capturar lo que él llamaba “la libertad de su generación”, una generación que buscaba soltarse del ancla de una cultura que consideraban demasiado restrictiva.
Los años 60 dieron inicio a la revolución sexual y a todo lo que vino con ella. Y la canción de Sinatra, A mi manera, era el himno perfecto para ese espíritu. Pero lo que realmente me sorprendió fue descubrir que esta canción es una de las más solicitadas en servicios fúnebres. Piensa en eso: personas que quieren declarar una vez más, incluso después de morir: “Yo lo hice a mi manera”.
En realidad, es una canción desafiante que expresa a la perfección el corazón humano. Parte de letra de la canción dice así:
He vivido una vida plena,
He recorrido cada camino,
Y aún más, mucho más que eso…
Lo hice a mi manera.
Varias fuentes señalan que esta estrofa era una referencia, poco sutil, a desafiar a Dios. Continúa diciendo:
¿Qué es un hombre y qué tiene?
Si no se tiene a sí mismo, no tiene nada. (en otras palabras, no necesitas a Dios, solo te necesitas a ti mismo.)
Voy a decir las cosas que realmente siento,
Y no las palabras de alguien que se arrodilla.
El registro muestra que yo… lo hice a mi manera.[i]
Ahora, no es mi intención juzgar a Frank Sinatra —nunca lo conocí y sé muy poco sobre él. Pero sí sé que él popularizó palabras que expresan el corazón humano en rebeldía… y el mundo las celebró.
Pero esa letra no es nueva. Es tan antiguas como la humanidad misma. De hecho, se remonta al Jardín del Edén, cuando Satanás le prometió a Eva que viviría de verdad si simplemente desafiaba a Dios y empezaba a vivir a su manera. Adán estuvo de acuerdo y la primera pareja se convirtió en los primeros en salir corriendo a esconderse de Dios.
La historia humana es la historia continua de hijos pródigos que huyen de Dios, convencidos por la mentira de que la vida es mejor sin Él. Que quede claro: “lo hice a mi manera”.
Los líderes religiosos en tiempos de Jesús habrían dicho: “No puedes esperar nada mejor de los pecadores, pero a Dios no le importan de todos modos”.
Ellos enseñaban que Dios se alegraba cuando un pecador moría. Jamás se les habría ocurrido que Dios realmente buscara a los perdidos. Pero ha llegado el momento de corregir ese malentendido, y Jesús lo hace en el capítulo 15 del evangelio de Lucas, con tres parábolas. Allí describe a Dios buscando cosas de valor que se habían perdido: una oveja perdida, una moneda perdida y ahora, un hijo perdido.
Esta es, de hecho, la misión de Jesús. Él mismo dijo:
“El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).
Lucas es el único evangelista que registra esta tercera parábola. Tal vez su Biblia tiene un encabezado que dice: “La parábola del hijo pródigo”. Pero en realidad es la parábola de dos hijos. Así es como Jesús comienza esta parábola aquí, en Lucas 15:11:
“Un hombre tenía dos hijos.”
Jesús dedicará el mismo tiempo a describir la relación del padre con ambos hijos. Recuerda que estas parábolas responden a las murmuraciones de los fariseos, allá en el versículo 2, donde Lucas escribe:
“Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este a los pecadores recibe y con ellos come.” (Lucas 15:2)
Ellos están murmurando porque los pecadores están recibiendo salvación… y Jesús les responde que, mientras ellos se quejan, el cielo está celebrando por cada pecador que se arrepiente.
En esta historia, el hijo menor representa a todos esos publicanos y pecadores que Jesús invita a acercarse; y el hijo mayor representa a los líderes religiosos que habían seguido todas las reglas.
Este hombre tenía dos hijos; pero déjeme adelantarle algo:
- Ambos hijos estaban perdidos.
- Uno se pierde al irse de casa, y el otro se pierde quedándose en casa.
- Los dos desafían la voluntad de su padre.
- Los dos muestran falta de amor hacia su padre.
- El mayor parece comportarse, mientras el menor no quiere comportarse.
- Pero a ambos el padre les ofrece paciencia y gracia; él sale a buscarlos a los dos.
- Ambos necesitan un cambio de corazón.
- Ambos necesitan arrepentirse —el menor lo hace; del mayor no estamos tan seguros.
- En resumen: los dos necesitan ser hallados.
Esta es la parábola de dos pródigos, y el héroe de la historia es el padre.
Recordarás que una parábola es una historia terrenal colocada al lado de verdades eternas, una historia del diario vivir que comunica – que ilustra una verdad espiritual… y esta historia está llena de ellas.
Si estuviéramos armando un programa teatral para esta obra, podríamos titular la primera escena:
Quemando puentes y dejando todo atrás
Ahora, leamos versículo 12:
“Y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde. Y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo, el hijo menor se fue lejos a una provincia apartada…” (Lucas 15:12–13a)
Según la costumbre hebrea y las leyes de herencia, un padre podía decidir entregar parte de la herencia a sus hijos adultos aun estando vivo. El hijo mayor recibía una porción doble y los hijos menores recibían menos. Las hijas también podían recibir herencia según el testamento del padre.
Pero aquí la implicación es que este padre es viudo; ya es un hombre mayor, sus hijos son adultos, y aparentemente no tiene hijas. Así que la distribución sería sencilla: el hijo mayor recibiría dos tercios y el hijo menor un tercio de todo el patrimonio familiar.
Ahora bien, aunque el padre podía decidir hacer esto en vida, era totalmente inapropiado que un hijo lo exigiera. Y el hijo menor no está pidiendo: está exigiendo. La quiere ahora.
Esto se habría considerado como un pedido escandaloso y cruel. En esencia, le está diciendo a su padre: “Estoy cansado de esperar a que mueras para recibir lo que me toca.”
En un libro que tengo sobre cultura y costumbres hebreas, se explica que una demanda así equivalía a que el hijo le dijera a su padre: “Ojalá estuvieras muerto.”[ii]
Hay una vida que quiere comenzar a vivir; una vida que ha soñado y planeado por mucho tiempo. Está cansado de esperar a que el viejo muera para poder financiar sus sueños.
Y como no parece que su padre vaya a morir pronto, finalmente deja caer la fachada y viene a decir, en pocas palabras: “Ya me cansé de esperar; quiero irme. Dame lo que me toca y déjame salir de aquí para empezar a vivir mi vida a mi manera.”
En cuestión de días, el hijo menor se irá a una tierra lejana para vivir desenfrenadamente —los mismos términos que el apóstol Pablo usa en Tito capítulo 1 para referirse a la disipación, la borrachera y la inmoralidad.
Así que Jesús está describiendo a un pródigo que no solo está cansado de esperar la muerte de su padre; está cansado de vivir bajo las reglas, la autoridad y la moralidad de su padre. La verdad es que su corazón se había ido de casa años atrás.
Pero su impaciencia revela algo más. Como la tierra en Israel no se transfería de manera permanente fuera de la familia, y más adelante no se le ve arreando ganado fuera del pueblo, es evidente que él no está pidiendo 25 acres y un hato de vacas.
De hecho, las palabras que Lucas usa no son las usuales para “herencia”.[iii]
Lucas nos da otra pista en el versículo 13:
“No muchos días después, el hijo menor lo juntó todo…” (Lucas 15:13a)
La palabra que Lucas usa para juntándolo todo (sunagō) tiene la idea de convertir todo en dinero. En otras palabras, él ha exigido el valor financiero de su herencia. Quiere cobrarla en efectivo.[iv]
Y esto habría sido otra punzada en el corazón para su padre:
- El pródigo no quiere vivir en su parte de la tierra; quiere salir de la tierra.
- No quiere ganado; eso lo retrasaría.
- No quiere responsabilidades; eso estorba su “libertad”.
No quiere nada con la granja, ni con la casa, ni con la herencia familiar. Le parece bien dejarle todo a su hermano. Lo único que quiere es dinero, suficiente como para comprar un pasaje de ida y nunca volver. Él no espera ver jamás a su anciano padre.
Mira, todos esos fariseos y escribas sabían que, en la cultura de ese tiempo, un hijo así era tratado como si estuviera muerto para su familia: separado, deshonrado y sin herencia.
En esos días, no era extraño que una familia celebrara un funeral simbólico por un hijo que había deshonrado a su padre y rechazado su herencia. Lo trataban como si ya hubiera muerto.[v]
Por eso más adelante el padre dirá en el versículo 24:
“Porque este mi hijo muerto era, y ha revivido.”
Pero por ahora, al hijo pródigo no le importa nada de eso. Está listo para que suene la música y comenzar a cantar: “A mi manera… ¡por fin!”
Está dispuesto a quemar todos los puentes detrás de él. Quizás piensa que eso reforzará su decisión si más adelante siente remordimiento. Quiere viajar más allá del punto sin retorno.
¿Y a quién le importa lo que piense la gente? Él jamás los volverá a ver, porque jamás piensa regresar.
Me imagino al padre allí, de pie junto al camino, observando a su hijo alejarse… tal vez para no volver nunca más.
Quizás tú sabes lo que se siente; quizás lo estás viviendo ahora mismo. Conoces el sabor de esas lágrimas mientras ves a un ser querido alejarse.
La escena uno fue: Quemando puentes y dejando a todos atrás. Ahora, llamaremos a la segunda escena:
Buscando libertad entre personas ya esclavizadas
Volvamos al versículo 13:
“Y no muchos días después, juntándolo todo, el hijo menor se fue lejos a una provincia apartada, y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.” (Lucas 15:13b)
La expresión provincia apartada implica que ha viajado fuera del territorio judío.[vi]
Y como más adelante intentará sobrevivir trabajando en una granja de cerdos, todo indica que ha dejado atrás el judaísmo, ha abandonado su herencia y ahora está literalmente en tierra gentil.
Para la audiencia que está escuchando a Jesús aquí en el capítulo 15, todo en esta historia grita impureza, contaminación y suciedad espiritual.
Este muchacho ha llegado a una ciudad bulliciosa donde va a vivir una vida impura en una tierra impura. Pero el mundo es pequeño, y de alguna manera su hermano mayor terminó enterándose de cómo vivía. Más adelante se lo va a echar en cara a su padre, en el versículo 30:
“Este tu hijo… ha consumido tus bienes con rameras.” (Lucas 15:30)
¡Mira lo que hizo! ¡Mira dónde ha estado!
Esto refleja, en parte, lo que Lucas escribe en el versículo 13: desperdició sus bienes. Se hundió —dice Lucas— en una vida desenfrenada; esta expresión se refiere a una conducta inmoral.[vii]
Uno puede imaginar la escena: apenas llega a la ciudad, no pasa mucho tiempo antes de que otros pródigos lo encuentren. Él tiene dinero, y mucho; quiere diversión, y ellos saben exactamente dónde conseguirla.
En ese momento, todos quieren ser sus amigos; por fin ha encontrado gente que “lo acepta” por lo que él quiere ser. Es generoso, es de mente abierta.[viii]
¡Él es el alma de la fiesta! De hecho, él financia la fiesta. Estar cerca de él era como vivir un fin de semana eterno, una fiesta salvaje que nunca termina.
Pero la verdad es que sus amigos estaban tan perdidos como él. Lo que todos disfrutaban no era libertad, sino esclavitud. Se estaban usando unos a otros, y también lo estaban usando a él.
Detrás del telón de este drama había un amo invisible, cruel, incapaz de limpiar sus conciencias, incapaz de perdonar su culpa; alguien que solo los retendría hasta verlos destruirse a sí mismos.
El tentador original, Lucifer, con miles de años de práctica con la humanidad, sabía muy bien que el placer puede ser la puerta a la esclavitud.
El apóstol Pablo le recordó esto a Tito cuando escribió que los cristianos:
“Éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos; pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, Él nos salvó” (Tito 3:3–4).
El pródigo está tratando de disfrutar su “libertad” junto a personas que, en realidad, ya están esclavizadas por sus propios deseos y placeres.
Pero déjame decirte: ninguno de ellos parece miserable en este punto. La están pasando de maravilla; se ríen a carcajadas, y el pródigo levanta la mano y paga otra ronda para todos. ¡Cómo lo quieren!
Por fin —según él— encontró gente como él. Finalmente siente que “encaja”. Mira alrededor y piensa:
“Ahora sí… esto es vida. Este es mi hogar”
Pero todo está a punto de cambiar. La fiesta está a punto de detenerse de golpe.
Llamaremos a esta tercera escena:
Cosechando las consecuencias del pecado
Versículo 14:
“Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para apacentar cerdos. Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos; pero nadie le daba.” (Lucas 15:14–16)
Para una audiencia judía, la imagen que Jesús está pintando aquí es la de una vida totalmente arruinada, una vida que —a sus ojos— ya cruzó el punto sin retorno. Ya está fuera del alcance de la redención.[ix]
Ya no tiene esperanza.
Y quizás te cruzó por la mente la pregunta: ¿Por qué el padre le dio el dinero desde un principio?
La ley permitía hacerlo, pero el padre no era responsable por la decisión de su hijo de pecar. Esa responsabilidad recae totalmente sobre el pródigo.
Pero dime, ¿acaso Dios no hace lo mismo hoy?
¿No le da al mundo —a personas que lo desafían, que huyen de Él— los buenos dones de la vida? Salud, inteligencia, riqueza, talentos… la vista para disfrutar un atardecer… la risa con amigos y familia… y mil regalos más. Dios les permite respirar, disfrutar, vivir… aun sabiendo que muchos de ellos lo rechazan.[x]
Dios no es como nosotros. Su bondad nos conduce al arrepentimiento, y cuando nos arrepentimos —recibiendo la vida por Su Espíritu— nuestros ojos son abiertos para ver cuán bueno ha sido Dios con nosotros aun cuando corríamos alejándonos de Él.
Incluso entonces, Él fue paciente, misericordioso y bondadoso.
Ahora, este pródigo ha terminado en el suelo; su pecado ya dio fruto. Jesús está describiendo a alguien que simplemente no puede caer más bajo.
Para la audiencia del Señor, un hombre judío trabajando para un criador de cerdos y deseando comer su comida era lo más bajo que alguien podía llegar.
Y esta escena termina con una frase que debió haber sorprendido y sacudido al pródigo por dentro. Lucas escribe: “y nadie le daba nada.”
Lo estaban abandonando todos… así como él había abandonado a todos.
En mi estudio aprendí que, en aquellos días, el pueblo judío había formado sistemas de asistencia social—lo que hoy llamaríamos ayuda de emergencia— para miembros de la comunidad que pasaban por tiempos difíciles.
El hijo pródigo podía haber recurrido a ese sistema en busca de ropa limpia y un plato caliente. Pero el hecho de que fue a buscar ayuda de un granjero gentil que criaba cerdos nos revela algo de su corazón, que en este punto sigue siendo terco y no se ha arrepentido.
Lucas dice que se arrimó a un ciudadano de aquel país; tu traducción quizá dice que consiguió trabajo con él.
El lenguaje original indica que él insistió, persistió, no dejó de presionar al granjero hasta que lo contrató.[xi]
En otras palabras, él no estaba dispuesto a recibir ayuda de la benevolencia judía. Terco, sigue diciendo:
“No voy a admitir que fallé; no voy a admitir que arruiné mi vida; no voy a reconocer lo necio que fui… y ni se te ocurra pensarlo: no voy a regresar a casa.Pásame más comida de cerdos… yo aguanto.”
Jesús no nos dice cuánto tiempo permaneció el pródigo en esta condición, pero todo indica que fue bastante tiempo.
Conclusión
Déjame apartarme un momento de la parábola y ofrecer un par de recordatorios para los que están huyendo como pródigos el día de hoy:
Quizás tú eres uno de ellos ahora mismo… y nadie lo sabe excepto tú.
Primero, cada vez que huyes de Dios, la “libertad” es solo un espejismo.
El pródigo tenía muchos amigos, pero lo querían solo para usarlo; desaparecieron inmediatamente cuando se quedó sin dinero. Pensó que había encontrado libertad… pero ahora vive con miedo. Había huido de Dios, y ese camino terminó siendo un callejón sin salida.
En segundo lugar, cuando abandonas la verdad, quedas vulnerable a creer toda clase de mentiras.
De hecho, ya creíste la mentira de que puedes disfrutar tu vida si te alejas de Dios. La verdad es que nunca podrás disfrutar realmente lo que el dinero puede comprar si rechazas lo que el dinero no puede comprar.[xii]
El dinero no puede comprar perdón; no puede comprar integridad; no puede comprar una conciencia limpia; no puede comprar una verdadera amistad; no puede comprar gozo ni esperanza.
Compra todo lo que quieras, pero nunca podrás disfrutarlo de verdad a menos que aceptes lo que Dios te ofrece gratuitamente.
Ahora, permíteme ofrecer dos principios para aquellos que están orando por pródigos:
Pídele a Dios que te ayude a construir un puente.
No un puente para hacer transigencias con su pecado, sino para comunicarte con su corazón.
Ofrece palabras de apoyo, no para justificar su estilo de vida, sino para ministrar a su necesidad espiritual. Mantén la conversación abierta tanto como puedas; inserta la verdad del evangelio con amor y en el momento adecuado.
El hecho de que el hermano mayor sabía lo que estaba haciendo implica que este padre sabía dónde estaba él todo el tiempo.
Pero no le envió dinero para financiar un estilo de vida pecaminoso; no lo invitó a volver a casa para poner un chiquero en el patio trasero.
Pero tampoco lo desheredó. Como veremos en la próxima lección, cuando el pródigo regrese, él lo llamará “Padre” y el padre lo llamará “hijo.”
Un principio más.
No ores para que al pródigo “le vaya bien”; ora para que Dios envíe una gran hambruna.
No ores por buena fortuna; ora por una gran hambruna.
Como dijo el pastor J. C. Ryle hace cien años: una hambruna exterior que haga juego con la hambruna interior.[xiii]
Señor, trae una necesidad externa que revele la necesidad interna.
Aunque no quieres que alguien a quien amas sufra —ya sea tu cónyuge que se ha apartado de Dios, o un hijo adulto, o un padre, o un amigo que le ha dado la espalda al Señor.
No ores para que Dios los mantenga fuera del fuego; ora para que Dios aumente el calor. No pidas que Dios los libre del desastre; pide que Dios use lo que sea necesario —incluso el desastre— para abrir sus ojos al desastre de sus decisiones y a la realidad de su pecado y su vergüenza.
Los pródigos generalmente no recuperan la cordura en la casa del padre; suelen recuperarla en el chiquero de la vida.Allí es donde la gracia de Dios puede irrumpir, precisamente donde todo parece perdido. Y al tocar fondo, descubrirá que no ha llegado más lejos del alcance de la gracia de Dios. Porque el mismo Dios que permite la hambruna es el Dios que espera con brazos abiertos para restaurar, perdonar y dar nueva vida.
[i] Compositores: Paul Anka, Gilles Thibaut, Claude François, Jacques Revaux. Adaptación de Paul Anka.
[ii] Clinton E. Arnold, Zondervan Illustrated Bible Backgrounds Commentary, Volumen 1 (Zondervan, 2002), p. 447.
[iii] John MacArthur, A Tale of Two Sons (Thomas Nelson, 2008), p. 48.
[iv] Fritz Reinecker & Cleon Rogers, Linguistic Key to the Greek New Testament (Regency, 1976), p. 187.
David E. Garland, Zondervan Exegetical Commentary on the New Testament: Luke (Zondervan, 2011), p. 624.
[v] Adaptado de MacArthur, p. 46
[vi] Bruce B. Barton, Life Application Bible Commentary: Luke (Tyndale, 1997), p. 372.
[vii] Zondervan Bible Backgrounds Commentary, p. 447
[viii] Adaptado de MacArthur, p. 62
[ix] MacArthur, p. 58
[x] Adaptado de R. C. H. Lenski, p. 808
[xi] Reinecker, p. 188
[xii] Warren W. Wiersbe, Be Courageous (Victor Books, 1989), p. 25
[xiii] (Adaptado de J. C. Ryle, Expository Thoughts on the Gospels: Luke)










