Biblioteca de Estudios

Encuentre sus programas por libro de la Biblia

Calendario

Encuentre sus programas por fecha

Artículos y Devocionales

Crezca en su caminar con Dios

El evangelio

Conozca el regalo de Dios para su corazón

Acerca del Ministerio

Conozca nuestra historia, propósito y más

Declaración Doctrinal

Esto es lo que creemos como ministerio

Amigos de Sabiduría

Suscíbase a nuestra lista de correo

El regreso del hijo perdido

La parábola del hijo pródigo es tan conocida que fácilmente pasamos por alto sus detalles. En este mensaje, Jesús nos permite detenernos en el momento exacto en que el hijo decide regresar a casa, convencido de tener un plan para asegurar su futuro. Al observar cuidadosamente sus palabras y su intención, el relato nos desafía a reconsiderar ideas que solemos dar por sentadas. Esta enseñanza nos invita a examinar en qué confiamos cuando nos acercamos a Dios y nos dirige, con claridad y esperanza, hacia la gracia abundante del Padre.

Compartir esta lección

Introducción

Hace apenas unos meses, el sistema de autobuses Greyhound —el mayor proveedor de transporte interurbano en Estados Unidos— conmemoró el aniversario de un programa muy significativo que lanzó hace décadas.

Lo llaman “De vuelta a casa” y la compañía ofrece boletos gratuitos a cualquier lugar del país para jóvenes entre los 12 y 21 años que califican para el programa.

Aunque estos jóvenes provienen de todo tipo de contextos y están dispersos por el país por distintas razones, todos tienen algo en común, algo que los hace elegibles para recibir un boleto gratis: son jóvenes que se han ido de casa y quieren regresar.

Desde hace años, Greyhound trabaja en conjunto con La Línea Nacional de Ayuda para Jóvenes que Huyen de Casa, ofreciendo pasajes gratuitos a pródigos que desean volver a casa. He leído que, en los últimos 20 años, 18,000 jóvenes que huyeron de sus hogares han regresado a casa en un autobús de Greyhound.[i]

En el capítulo 15 del evangelio de Lucas, Jesús cuenta una historia —una parábola— sobre alguien que se fue de casa.

Lo conocimos en nuestro estudio anterior: un joven que decidió que prefería irse con el dinero que pudiera reunir antes que quedarse en casa esperando la muerte de su padre para recibir su herencia completa.

Así que, literalmente, convierte en efectivo su parte de la herencia, muy probablemente a un precio muy reducido. Es una venta apresurada; no le importa. Está cansado de soñar con la vida lejos de casa. Quiere una vida sin reglas, sin restricciones, sin horarios, sin rendirle cuentas a nadie. “Solo dame el dinero… y me voy”. Y con eso, se marcha del pueblo.

Todo ocurrió tan rápido que su familia y la comunidad habrían quedado atónitas, y luego indignadas. Pasarían meses para que todos dejaran de hablar del tema.

El hijo perdido toca fondo

Si hubiera vivido en nuestra época, la canción favorita del pródigo en esa carretera hacia su “libertad” habría sido “A mi manera”, porque ciertamente vivió así.

Pero mire adónde lo llevó cantar “a mi manera”: terminó en un chiquero. Y recuerde que el problema no solo era el olor y la suciedad. Para un judío, que consideraba el cerdo como un animal impuro, no había situación más baja, más humillante ni más impura que esta. Y, aun así, sigue siendo tan desafiante en su rebelión que, en lugar de apelar a la ayuda comunitaria judía —que sí existía en el primer siglo—, en lugar de pedir un “boleto gratis” de regreso a casa, le pide y le ruega a un gentil adinerado que le de trabajo. Y no a cualquier gentil, sino a uno que cría cerdos. Un granjero que, evidentemente, ni siquiera le paga lo suficiente para alimentarse, llevándolo a mendigar.

A esto se suma un problema más: una hambruna se extiende por aquella región. Francamente, todos tienen hambre y nadie tiene nada para compartir. Y se nos dice al final del versículo 16, donde concluimos nuestro estudio anterior: y nadie le daba nada.

Ahora todos lo han abandonado, irónicamente, tal como él había abandonado a todos antes.

Jesús está pintando el retrato definitivo de la contaminación, la degradación, la depravación y la desesperanza.

Pero no lo pases por alto: Jesús no solo está describiendo a este joven que se fue de casa; está describiendo el camino de los pecadores. Está describiendo el corazón de un pródigo. Es el resultado inevitable de una vida que decide vivir lejos del Padre, confiando en su propia autonomía.

El apóstol Pablo escribió que el mundo incrédulo vive alejado de Dios el Padre, con el entendimiento entenebrecido y sin esperanza (Efesios 4:18).

Puede parecer que están de fiesta, pasándola de lo mejor; pero no te dejes engañar. La música y la euforia solo intentan ahogar los sentimientos de culpa y vacío.

Ahora bien, esta parábola no nos dice cuánto tiempo duró la fiesta del pródigo. Pero, lo que Jesús sí nos deja claro es que, por decirlo así, la música finalmente se detiene. Los amigos del pródigo han desaparecido… y ahora él se está muriendo de hambre.[ii]

Esto es lo que hace el pecado:

  • promete, pero no cumple;
  • promete satisfacción, pero solo aumenta el apetito;
  • promete felicidad, pero solo incrementa el hambre.

Ahora bien, mientras el pródigo está prácticamente destrozando su vida, ¿qué ha estado haciendo su padre todo este tiempo?

Evidentemente, según las pistas que nos da el relato:

  • Ha seguido con su vida;
  • Continúa trabajando la tierra y criando ganado;
  • Todavía tiene un becerro engordado, lo cual es señal de una riqueza considerable;
  • Sigue trabajando junto a su hijo mayor;
  • Ha decidido no salir a buscar a su hijo pródigo, aunque todo indica que sabe lo que su hijo está haciendo y, muy probablemente, dónde está viviendo;
  • Pero, aunque no lo ha ido a buscar, no lo ha desheredado; puedes estar seguro de que no ha dejado de orar por él; no se ha olvidado de él;
  • Y, al mismo tiempo, puedes estar seguro de que no ha superado el dolor que le causó la cruel exigencia de su hijo, una exigencia que envió un mensaje clarísimo: “ojalá estuvieras muerto”.

Un autor cuenta la historia de un amigo suyo que pastorea una congregación en Medio Oriente, compuesta principalmente por judíos convertidos. Un día, un hombre mayor —médico, respetado tanto en la iglesia como en la comunidad— fue a ver al pastor y, con profunda angustia, le dijo: “Mi hijo quiere que yo muera”.

Cuando el pastor le preguntó qué había pasado, el hombre le explicó que su hijo quería su herencia ahora; estaba cansado de esperar a que su padre muriera. Tres meses después, este padre —un médico en buen estado de salud— falleció. Su esposa dijo: “Mi esposo murió, en realidad, la noche en que nuestro hijo exigió su herencia”.[iii]

Eso es exactamente lo que el pródigo había hecho. Fue vergonzoso. Fue insensible. Fue egoísta. Fue cruel y desafiante.

Este padre tiene todas las razones para desheredar a su hijo, realizar aquel servicio ceremonial judío de entierro —practicado en esa época para alguien que había abandonado a su familia— y luego nunca volverían a pronunciar su nombre, ni en público ni en privado.

Pero este padre, aun cuando lo han abandonado física, emocional y financieramente, evidentemente sigue atento a lo que le sucede y con la mirada puesta en el camino.

El hijo perdido entra en razón

Retomemos el relato donde lo dejamos; de hecho, comencemos la lectura desde el versículo 14:

“Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle.
Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. 

Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!” (Lucas 15:14–17)

En otras palabras, tiene un destello de lucidez. Quizá en este punto por fin está sobrio. Se le acabaron las opciones. Está sucio y hambriento.

Mientras vuelve a echar más comida en el comedero de esos cerdos felices, “volvió en sí”, como dice la Reina Valera traducción —o, como dicen otras versiones, entró en razón”—, es como si despertara de golpe y se dijera: “¿Qué estoy haciendo aquí? ¡Estos cerdos viven mejor que yo!”

Chuck Swindoll escribió sobre este pasaje que el remordimiento por su rebelión no lo movió; el pesar por su pecado no estremeció su conciencia; la humillación de cuidar cerdos no despertó su herencia judía. Fue darse cuenta de que los cerdos disfrutaban de una vida mejor que la suya lo que provocó este momento de claridad.[iv]

Entonces, ¿qué ocurre a continuación? Muchas veces pasamos por un pasaje rápidamente y llegamos —no a una herejía—, pero sí a una interpretación superficial. Déjame decirte lo que normalmente pensamos que sucede después porque no nos detenemos a estudiar el Texto. Este hijo pródigo termina en el chiquero, por así decirlo. Y allí entra en razón y se arrepiente maravillosamente. Se da cuenta de que ha pecado de muchas maneras y no puede esperar para volver a casa y reconciliarse con su amado padre.

Así que corre de regreso… solo para encontrarse con su padre, que viene corriendo hacia él. Tienen un reencuentro maravilloso, y el hijo es restaurado.

Ahora bien, la mayor parte de esa interpretación es correcta. Pero es incorrecta —y eso es lo que voy a señalar— cuando terminamos dándole el mismo grado de elogio tanto al pródigo como al padre.

Nos impresiona el pródigo porque se “humilló” y decidió volver a casa. Pensamos en todo lo que aprendió; decimos que se necesita carácter para admitir que uno estuvo equivocado, incluso ofreciendo convertirse en siervo de su propio padre. Y al padre también lo elogiamos, por la manera tan llena de gracia en que responde al regreso de su hijo.

Pero eso no es lo que Jesús está describiendo aquí. Para empezar, la palabra arrepentimiento no aparece en este momento de lucidez. Aunque el pródigo va a admitir que ha pecado contra su padre, no está pidiendo restauración ni reconciliación.

El plan del hijo perdido

Lo que está a punto de hacer es armar un plan en su mente. Se está muriendo de hambre, se da cuenta de que los cerdos tienen una mejor condición que él, y eso lo lleva a elaborar una estrategia… un discurso que quizá logre ablandar el corazón de su padre, lo suficiente como para conseguir un trabajo.

Déjame decirte lo que realmente está pasando: en este punto, el hijo pródigo va a convertirse en un negociador. Va a negociar su regreso en sus propios términos y según sus propios planes. Míralo otra vez. Él se dice a sí mismo en el versículo 18:

“Y diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.” (Lucas 15:18b)

Sin duda, los fariseos habrían notado el lenguaje bastante genérico que utiliza, y no se habrían impresionado en lo más mínimo. Es probable que reconocieran que Jesús está citando a Faraón, quien usó la misma expresión después de la octava plaga, cuando le dijo a Moisés: “He pecado contra Jehová y contra ti” (Éxodo 10:16).[v]

En ese caso, Faraón solo estaba diciendo lo que sabía que Moisés quería oír para que cesara la plaga de langostas y todo el desastre que había caído sobre Egipto. Y esta es la misma expresión que usa el pródigo. Está diciendo lo que sabe que su padre quiere escuchar.

Mira otra vez lo que este joven se está diciendo mientras ensaya su discurso. Volvamos al versículo 17:

“¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo.” (Lucas 15:17b–19a, RVR1960)

Ahora bien, dicho sea de paso, todo eso es simplemente una declaración de hechos. Él sí pecó, y ciertamente ha perdido legalmente su derecho a ser tratado como hijo.

Pero fíjate bien: solo está admitiendo su pecado de manera muy general, y reconociendo que ha perdido su estatus. Y luego viene lo que realmente está insinuando:
“Padre, ¿acaso debo morirme de hambre y quedarme sin ninguna esperanza para el futuro?”

Un autor escribió que, en realidad, solo está tratando de despertar la compasión de su padre.[vi]

Tal vez te ayude notar qué es lo que falta en su discurso. Como padre o madre quizá te resulte familiar algo que todos hemos hecho cuando nuestros hijos necesitaban pedirle perdón a su hermano o hermana.

Normalmente decían: “Perdón”. Y nosotros respondíamos: “¿Perdón por qué?” “Bueno… perdón por eso”. “¿Por qué cosa exactamente?” Y hacíamos que dijeran exactamente lo que hicieron mal, porque todos sabemos que el corazón pecador quiere esquivar la confesión genuina, admitiendo lo menos posible y generalizando lo más posible.

En este discurso que el pródigo está ensayando allá, en el chiquero:

  • no piensa confesar ningún remordimiento por la vergüenza que le causó a su familia;
  • no va a mencionar el dolor que le provocó a su padre;
  • no va a reconocer lo egoísta e insensible de su exigencia, hecha mientras su padre aún vivía;
  • no va a expresar ningún pesar por haber malgastado todo su dinero en maldad e inmoralidad;
  • y, sobre todo —¿lo notaste? — ni siquiera está pidiendo perdón.

Es tan genérico como decir: “Papá, hice algunas cosas malas; ahora ya no soy heredero… así que esto es lo que quiero que hagas por mí”.

La petición del hijo perdido

Y sabemos esto por la dirección que toma su petición; aquí es adonde apunta su negociación. Este es el verdadero deseo de su corazón, expresado en la última parte del versículo 19:

“Hazme como a uno de tus jornaleros.” (Lucas 15:19b)

Tal vez pienses: “Espera, esto sí suena a verdadera humildad. Quiere convertirse en siervo y hacer cualquier trabajo humilde que su padre le asigne, con tal de poder comer”.

Pero fíjate bien. Quizá quieras encerrar la palabra “jornalero” en tu Biblia. Aparece en el versículo 17 para referirse a los jornaleros de su padre, y vuelve a aparecer en el versículo 19, cuando planea pedirle a su padre que lo haga uno de ellos.

Esta no es la palabra típica para siervo o esclavo, porque esos no eran contratados. Aquí se trata de trabajadores asalariados. La palabra se refiere a artesanos contratados, personas con habilidades específicas. Podrías anotar al margen de tu Biblia las palabras: “artesanos calificados”.

Eran aldeanos expertos en su oficio, que trabajaban en la hacienda del padre y recibían un salario por su labor. El apóstol Pablo usa la misma forma de esta palabra cuando habla de que los ancianos que gobiernan bien sean considerados dignos de doble honor, es decir, de una remuneración adecuada por su fiel predicación (1 Timoteo 5:17).

Así que, si quitamos las frases bonitas y la manipulación, este joven básicamente está haciendo otra exigencia más:

“Mira, ese granjero no me pagaba lo suficiente ni para comer, y yo valgo más que eso. Así que ponme en tu nómina”.

De hecho, sus propias palabras en el versículo 19 revelan esa actitud. Observa cómo lo dice:

Hazme como a uno de tus jornaleros.” (Lucas 15:19b)

¡Ni siquiera está pidiendo! Está dando una instrucción: “haz esto por mí”.

La expresión “hazme” puede entenderse como “formarme, conviérteme en esto”; en otras palabras: “haz de mí un artesano calificado”.

Algunos historiadores creen que está pidiéndole a su padre que le pague por la formación o entrenamiento como artesano, para que él pueda adquirir un nuevo oficio. Quiere convertirse en un aprendiz para conseguir un buen empleo.

Mira, su discurso de negociación no es tan distinto de su exigencia anterior en el versículo 12: “Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde”.

En este punto, él no está interesado en restaurar su relación con su padre; lo que intenta es negociar la influencia y el dinero de su padre para comenzar una nueva etapa profesional.

Registros históricos nos muestran que los artesanos contratados no vivían en la hacienda donde trabajaban; no tenían una relación personal con el dueño de la propiedad y, por lo general, vivían en una aldea cercana.[vii]

Kenneth Bailey, quien pasó su vida enseñando en Medio Oriente, dedicó décadas a estudiar la cultura que rodea las Escrituras. De hecho, escribió un comentario completo sobre esta parábola.

Bailey explica que, según la costumbre de aquella generación, el pródigo le estaba pidiendo a su padre que lo ayudara a establecerse económicamente, para que pudiera vivir en la aldea, separado de su padre y de su familia. Allí podría mantener su orgullo y recuperar su independencia; y como artesano asalariado, incluso podría pagar el dinero que había perdido. En otras palabras, había diseñado un plan para salvarse a sí mismo.[viii]

Esto no era arrepentimiento ni reconciliación; era una resolución personal. Observa cómo se lo dice a sí mismo en el versículo 18: “Me levantaré, iré, diré a mi padre”.
En otras palabras: voy a negociar un arreglo que se ajuste a mis necesidades, en mis propios términos.

¿Ves lo que está pasando? El pródigo sigue pensando que todo gira en torno al dinero. Sigue pensando en términos de mérito y compensación. 

“Si solo puedo lograr volver a la civilización, recuperar un estilo de vida decente y conseguir un trabajo bien pagado, podré pagarle a papá. Quién sabe… quizá hasta logre ganarme su favor otra vez y terminar con la cabeza en alto.

Eso no es salvación. Eso es religión. Esa es la vida de un fariseo. La religión siempre ofrece escalones para subir, obras qué hacer. El evangelio comienza con una rendición total. Una confía en el esfuerzo humano; el otro se arrepiente y descansa únicamente en la gracia de Dios.

Jesús está anunciando que el cielo no se regocija porque un pecador descubre la manera de pagarle a Dios, de recomponer su vida por sus propios medios. El cielo se regocija por cada pecador que se arrepiente.

Pecadores que reconocen que nunca podrán arreglar su vida por sí mismos. Que no tienen nada que ofrecerle a Dios sino polvo, suciedad, inmundicia y corrupción. Pedazos rotos.

Jesús no da esta parábola para destacar el arrepentimiento del pródigo; la da para destacar el perdón del Padre. El reflector no está sobre la culpa del pródigo; está sobre la gracia del Padre.

Aquí Jesús no nos está llevando a decir: “¡Qué tipo!”,
sino: “¡Qué Dios!”.

Esto no ocurrirá sino hasta que emprenda el camino de regreso y sea testigo de la manera en que actúa su padre. Es entonces cuando acorta su discurso; nunca llega a pronunciar las palabras: “Dame un trabajo con salario”. Se detiene justo donde debe hacerlo.

En ese momento se da cuenta de que, después de todo, no tiene nada que ofrecerle a su padre. Es entonces que mira lo que su padre tiene para ofrecerle a él.

Eso, querido oyente, es la salvación.

Así que aquí viene el hijo pródigo. Tal vez no va montado en un autobús con un boleto gratis; quizá va sobre una mula vieja y gris… si es que todavía puede pagar algo así. Lo más probable es que camine todo el trayecto de regreso, cubierto de polvo y suciedad.

Vuelve a casa con un plan que no le robe toda su dignidad. Vuelve por comida. Vuelve buscando ayuda económica.

Sin saberlo, camina hacia un Padre que nunca dejó de esperarlo. Un Padre que aún hoy sigue mirando el camino, dispuesto a ofrecer mucho más de lo que cualquier hijo podría pedir.Él está a punto de descubrir el tesoro ilimitado de la gracia, la misericordia, el amor y el perdón de su Padre.


[i] Adaptado de PRNewswire.com, “Greyhound Providing Free Bus Tickets Home”, 20 de diciembre de 2022

[ii] Adaptado de John MacArthur, A Tale of Two Sons, Thomas Nelson, 2008, p. 69.

[iii] Kenneth E. Bailey, Poet & Peasant y Through Peasant Eyes, Eerdmans Publishing, 1983, p. 162

[iv] Charles R. Swindoll, Insights on Luke, Zondervan, 2012, p. 384

[v] David E. Garland, Exegetical Commentary on the New Testament: Luke, Zondervan, 2011, p. 627

[vi] Ibid., p. 626

[vii] Kenneth E. Bailey, The Cross & the Prodigal, IVP Books, 2005, p. 61

[viii] Bailey, Poet and Peasant, p. 177.

Este contenido es una adaptación autorizada del ministerio Sabiduría Internacional, bajo la enseñanza original de Stephen Davey. Todos los derechos del contenido original están reservados a su autor.


Puede compartir o reproducir este material libremente solo con fines no comerciales, citando adecuadamente al autor y al ministerio. Queda prohibida su venta, modificación con fines lucrativos o redistribución sin permiso escrito.

Hemos procurado citar debidamente todos los recursos externos utilizados en cada lección. Las citas bíblicas provienen principalmente de la versión Reina-Valera 1960 y de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), aunque en algunos casos se emplean otras versiones de la Biblia para facilitar la comprensión del pasaje.
Reina-Valera 1960® © 1960 Sociedad Bíblica Trinitaria. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.
La Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © 2019 por The Lockman Foundation. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

Adaptado y publicado por el ministerio Sabiduría Internacional.

¡Su colaboracion hace la diferencia!

Nuestro Ministerio es FORTALECIDO por sus oraciones y SOSTENIDO por su apoyo financiero.

Explorar más

Estudio de Salmos

El consuelo de ser conocido por Dios

El pensamiento de que Dios lo sabe absolutamente todo acerca de nosotros es a menudo un pensamiento desconcertante. Sin embargo, la omnisciencia de Dios es un atributo del que debemos regocijarnos todos los días. La

Ver estudio »
Estudio de Lucas

Orando por nuestro pan diario

A veces pensamos que orar es solo para grandes asuntos espirituales, pero Jesús nos enseñó que podemos pedir a Dios lo más básico: nuestro pan de cada día. Con estas palabras, nos llama a vivir

Ver estudio »

¿Tiene alguna pregunta?

Mándenos sus preguntas, testimonio y comentarios.

contact copy
Secret Link