Introducción
La historia de Louie Zamperini estuvo llena de giros inesperados y decisiones que marcaron su vida. Sirvió en la fuerza aérea durante la Segunda Guerra Mundial; su avión se estrelló, cayó al océano y, junto con otros tres sobrevivientes, quedó a la deriva por casi dos meses, hasta que finalmente fueron capturados por soldados enemigos. Pasó el resto de la guerra como prisionero, soportando condiciones extremas hasta que el conflicto llegó a su fin.
Mucho antes de todo eso, cuando aún era joven, vivía en el sur de California con sus padres, inmigrantes italianos. Desde temprano se ganó una reputación por pelearse con otros y robar. Desde luego, no mostraba el menor interés por la fe de sus padres ni por la religión que ellos practicaban.
Un día, lleno de enojo, discutió con ellos y decidió que ya era hora de irse de casa. Sus padres le rogaron que se quedara, pero él se negó. Aun así, su madre le preparó un sánguche, y su padre le dio dos dólares —una suma que, en aquellos días, representaba un sacrificio considerable.
Louie y un amigo se subieron clandestinamente a un tren y se dirigieron hacia el norte. Pero huir de casa no resultó ser la aventura que él había imaginado. Apenas lograron escapar del calor sofocante de un vagón de carga que se cerró y quedó bloqueado con ellos dentro. En otro tramo del viaje, los descubrieron en un vagón y, apuntándoles con armas, los obligaron a saltar del tren mientras aún estaba en movimiento.
Después de varios días, terminaron sentados en un patio ferroviario: golpeados, quemados por el sol, exhaustos, sucios, compartiendo lo único que tenían para comer… una lata de frijoles robados.
Fue entonces cuando Zamperini escribió que “recordó el dinero en la mano de su padre, el dolor y el temor en los ojos de su madre… y se levantó para regresar a casa”.
Años más tarde, asistió a un evento evangelístico en Los Ángeles y entregó su vida a Cristo. No hace mucho, la Asociación Billy Graham produjo un documental sobre su vida y testimonio, y lo tituló: Capturado por la gracia.[i]
Y ese es, precisamente, el título perfecto para el drama que hemos estado observando aquí en Lucas capítulo 15. Lucas es el único evangelista que incluye lo que tradicionalmente se conoce como la parábola del hijo pródigo. William Barclay la llamó “el mejor relato breve jamás escrito”.[ii]
Ahora, para poder apreciar lo que el padre está a punto de hacer —y por qué lo hace— necesitamos volver a entrar en este “documental”. Si te estás sumando recién a nuestro estudio de Lucas 15, este repaso te será de ayuda.
Jesús está enseñando a los líderes religiosos el valor de la vida de un pecador y su destino eterno. También les está mostrando algo que jamás habrían imaginado: que en el cielo estalla en una celebración cada vez que un pecador es rescatado.
Tal como una oveja perdida o una moneda extraviada que se encuentra, Jesús dice aquí, en el versículo 10:
“Os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.” (Lucas 15:10)
Y ahora el Señor presenta una de las parábolas más largas y conmovedoras de todas: la historia de un hombre que tenía dos hijos. Y, en realidad, ambos eran pródigos. Uno está a punto de huir de casa; el otro, aunque permanece en casa, también está perdido.
Pero el hijo menor, ya adulto, ha llegado a su límite. Está cansado de esperar la muerte de su padre para recibir la herencia. Está harto de las reglas, de las responsabilidades de la vida en la granja; y, sobre todo, está cansado de la fe de su padre judío. No quiere saber nada del Dios de Israel.[iii]
Va a huir de todo. La verdad es que ha sido pródigo mucho antes de convertirse en fugitivo. Lleva tiempo planeándolo.
Y ahora, para vergüenza de su padre y de toda la comunidad, cobra su herencia por adelantado, llena su cinturón de dinero y sale del pueblo.
Elige una región gentil, un lugar donde no tiene que preocuparse de que alguien lo reconozca, ni de encontrarse con algún líder de la sinagoga que conozca a su padre. Jesús no menciona el lugar exacto; simplemente lo llama “una provincia lejana”. Y esa “provincia lejana” bien podría sugerir que también estaba lejos de Dios.
Donde sea que haya terminado, no perdió el tiempo y empezó a celebrar. Se la pasaba de fiesta. No se guardó nada. El Señor describe su estilo de vida, en el versículo 13, como una vida desenfrenada —una expresión que incluye borracheras e inmoralidad.
Esta era la vida que había estado esperando. Pensó que había encontrado libertad, pero la verdad es que todos sus nuevos amigos ya estaban esclavizados.
Entonces Jesús añade un giro dramático al relato: una gran hambre azota aquella región. Todos pasan necesidad… y cuando se le acaba el dinero, todos sus amigos desaparecen.
Llegado a este punto, es demasiado orgulloso como para pedir ayuda a la comunidad judía, que tenía sistemas de apoyo para israelitas atrapados en situaciones críticas.
Pero él no se iba a dar por vencido. No ahora. No él. No está dispuesto a pedir ayuda. Su orgullo sigue intacto. Él cree que puede manejar esto solo.
Obviamente, necesita trabajo. Pero debido a la hambruna, nadie quiere contratarlo. Finalmente, un criador de cerdos acepta darle empleo… aunque al granjero le interesa mucho más alimentar a los cerdos que alimentar a este fugitivo.
Y así llega al punto crítico. El pródigo está sin hogar, sucio, agotado y desesperado. Lo que él cree que necesita es más dinero de su padre. Entonces, allí mismo, en el chiquero, empieza a trazar un plan. Decide que va a “tragarse el orgullo” y pedir disculpas. No completamente. No de manera sincera. Pero lo suficiente como para ablandar el corazón de su padre y conseguir algo más de respaldo económico.
Escucha ahora el discurso que planea darle a su padre, aquí en los versículos 18 y 19:
“Me levantaré e iré a mi padre, y le diré:
Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.
Ya no soy digno de ser llamado tu hijo;
hazme como a uno de tus jornaleros.” (Lucas 15:18–19)
La frase “he pecado contra el cielo y contra ti” es lo más genérico y vago que alguien puede decir al momento de pedir perdón. En la traducción griega del Antiguo Testamento, el faraón le dice prácticamente lo mismo a Moisés: “He pecado contra Dios y contra ti”.
Y lo único que eso significaba era: “Lo siento por lo que hice… ahora, por favor, sácame de las consecuencias.”
La expresión “ya no soy digno de ser llamado tu hijo” es cierta, y en este caso el hijo simplemente está reconociendo un hecho legal: ya no tiene derechos como heredero. Está fuera de la familia, y lo sabe. De hecho, él fue quien rompió primero la relación.
Tal vez notes algo importante aquí: en ningún momento planea pedir perdón. Y lo sabemos por la última frase del versículo 19, donde finalmente llega al punto que realmente le interesa:
“Hazme como a uno de tus jornaleros.”
La expresión “hazme” también puede traducirse como “conviérteme”. Y fíjate bien: no está pidiendo… está exigiendo.
Y subraya esa palabra: jornalero. No es el término habitual para un siervo doméstico ni para un esclavo. Se trata de un trabajador calificado, un artesano.
Estos hombres vivían de manera independiente en el pueblo. Tenían un oficio, trabajaban por contrato y venían a la propiedad del padre a cambio de un salario.[iv]
Así que, en otras palabras, el hijo está diciendo: hazme uno de ellos. No está pidiendo restauración; está buscando financiamiento. Entrenamiento en algún oficio y una nueva vía para una vida independiente. Con ese plan en mente, el pródigo emprende el camino de regreso a casa.
Ahora, déjame decirte algo: los fariseos y los líderes religiosos que escuchan a Jesús saben perfectamente lo que va a pasar… o al menos, lo que debería pasar, según ellos. Pero lo que ocurre a continuación es impactante. Tres escenas sorprendentes comienzan a desarrollarse. La primera escena destaca la gracia del padre.
La gracia del padre
Leamos el versículo 20:
“Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.” (Lucas 15:20)
El hecho de que todavía estuviera “lejos” indica que esto ocurrió a plena luz del día. El centro del pueblo estaba lleno de gente. Los mercados estaban activos. Y al acercarse, seguramente lo reconocieron… sucio y desaliñado.[v]
El padre lo ve, lo que sugiere que alguien pudo haberle avisado… o que llevaba mucho tiempo observando ese camino. De hecho, más adelante el hermano mayor dirá que el hijo había gastado su dinero con prostitutas. Eso implica que sabían lo que había estado haciendo y sabían dónde había vivido.
Cada vez que el padre salía de la casa, miraba ese largo camino.
Jesús dice que el padre lo ve y se conmueve profundamente. La palabra “compasión” se refiere literalmente a las entrañas, al estómago, intestino y víceras. Podría traducirlo como “fue movido en sus entrañas”.
Hasta el día de hoy usamos expresiones parecidas: decimos que algo nos deja con un nudo en el estómago, o que tenemos una reacción viceral. Incluso se habla de un amor entrañable. Es decir, hay una emoción muy profunda.
En aquella cultura se les atribuía a las entrañas lo que nosotros solemos atribuir al corazón como la angustia, el miedo, la compasión y el amor. Era el asiento de las emociones.[vi]
El punto es que el padre es conmovido en lo más profundo de su ser; lo siente en las entrañas. Y cuando alcanza a su hijo, lo besa una y otra vez y lo abraza con fuerza.
Le demuestra un afecto inmenso y cuánto lo había extrañado. Y, por cierto, el padre podría haberlo ignorado por completo o tratarlo con frialdad y distancia. Pero esa no es la reacción de este padre.
Ahora bien, para la audiencia que escucha esta historia, lo más sorprendente de todo lo que hace el padre es que corre. En aquella cultura —en esa parte del mundo oriental— los hombres mayores no corrían.
Un erudito escribe que correr se consideraba indigno para la postura respetable de un anciano del Medio Oriente; correr sugería que no tenía control de su tiempo ni de sus recursos. En ese mundo, un hombre era conocido por su andar, el cual reflejaba su dignidad y su posición en la comunidad.[vii]
Además de eso, correr obligaría al padre a levantarse las túnicas largas y dejar al descubierto sus piernas, algo impensablemente vergonzoso en esa cultura. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que hace.
No solo corre… va a toda velocidad. El mismo verbo se usa cuando el apóstol Pablo escribe: “orad… para que la palabra del Señor corra”. Y también se utiliza en Hebreos 12 para describir una carrera.
Entonces surge la pregunta: ¿por qué corre? La audiencia de Jesús lo habría sabido de inmediato.
Aunque el padre estaba ansioso de abrazar a su hijo, posiblemente él corre más que nada porque sabía que su hijo se enfrentaría a una turba de aldeanos que habían sentido la vergüenza de su traición. Después de desafiar a su padre, de avergonzar su herencia judía y de gastar su herencia entre gentiles —y aun con prostitutas gentiles— el pueblo podía fácilmente convertirse en una turba y apedrearlo hasta matarlo.[viii]
El padre lo sabe… y corre para llegar a él primero para protegerlo.
Así que, en el peor de los casos, el hijo podía morir. En el mejor, sería golpeado y expulsado públicamente mediante una ceremonia de vergüenza llamada la ceremonia del Kezazá, que marcaba la ruptura definitiva con la comunidad.
Los ancianos lo sentarían a las puertas de la ciudad, llenarían una vasija con frijoles quemados y la arrojarían delante de él. Al romperse la vasija, se declaraba públicamente que su relación con la comunidad estaba rota para siempre y que no recibiría nada de ellos.
Este pródigo sabe perfectamente todo eso. Y también lo saben los líderes religiosos y todos los que están escuchando a Jesús. Esto es exactamente lo que ellos esperaban que ocurriera. Este hijo no merece menos que ser cortado de la comunidad; si no lo matan, entonces con toda seguridad será desterrado para siempre.
Y el padre también lo sabe. Por eso corre… para llegar a él primero.
Esta es la única vez en toda la Escritura en la que se describe a Dios apurado, ansioso por reconciliar. ¡Qué imagen tan poderosa de la encarnación! Aquí es donde la parábola se convierte en un retrato de Dios el Hijo saliendo de la casa del Padre y corriendo para buscar y salvar; para cargar con nuestra vergüenza y recibir nuestro castigo, para ser herido por nuestras rebeliones.
Así que el padre alcanza primero a su hijo, con los siervos de la casa jadeando detrás de él. Y el hijo queda completamente atónito ante la reacción de su padre. Jamás habría imaginado que sería recibido, abrazado y besado. Él esperaba caer al suelo, en el polvo, y besar los pies de su padre. Esto no era lo que esperaba. Ni siquiera ha comenzado a pronunciar el discurso que había preparado y negociar sus propios términos.
Después de todos los abrazos, los besos y las lágrimas —sin duda, una demostración abrumadora de compasión y gracia— se abre ahora la escena número dos.
La primera escena resalta la gracia del padre.
La escena dos ahora pone en evidencia la culpa del hijo.
La culpa del hijo
Versículo 21:
“Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.” (Lucas 15:21)
Ahora, ten en cuenta algo importante. Después de esta bienvenida tan cargada de emoción, el hijo podría haberse sentido con la confianza suficiente como para llevar adelante su plan y manipular el corazón de su padre.
Quiero decir, todo parecía perfecto. Su negociación debería salir incluso mejor de lo que había imaginado. Su padre, sin duda, terminaría financiando su nueva etapa en el pueblo. Podría haber sentido que papá estaba en la palma de su mano, por así decirlo.
Pero en lugar de eso —sin duda, impactado por la gracia y la compasión de su padre— algo cambia dentro de él. Su propio corazón es conmovido. Y entonces modifica el rumbo de su discurso.
Comienza diciendo las mismas palabras que había planeado decir, pero ahora tienen un tono completamente distinto. Y lo sabemos porque él se detiene después de su confesión y nunca pasa a una negociación.
“He pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado tu hijo.”
Punto final.
No hay negociación. No hay exigencias. No hay condiciones. Solo una confesión humilde y verdadera.
En ese momento, el hijo está dejando su destino enteramente en las manos de su padre.[ix]
Y a partir de esta confesión genuina, el padre demuestra la reconciliación otorgándole a su hijo una serie de regalos cargados de significado. La escena número 3 destaca los regalos del padre.
Los regalos del padre
Observa ahora el versículo 22:
“Pero el padre dijo a sus siervos: Pronto, traigan el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies.” (Lucas 15:22)
“El mejor vestido” literalmente significa, la primera túnica. La audiencia de Jesús habría entendido de inmediato que se trataba de la túnica del padre, la que se usaba en los días de fiesta y en las ocasiones más importantes.
Y no pases esto por alto: era la túnica del padre. El pródigo ya no tenía ninguna túnica propia. No había nada colgado en el armario de su antigua habitación. Su clóset estaba vacío después de venderlo todo para huir de casa.
Y fíjate en esto: el padre dice, “tráiganla rápidamente y póngansela”. ¿Por qué tanta prisa? Porque los aldeanos vienen en camino. Los ancianos están por llegar, y traen consigo una vasija llena de frijoles quemados para llevar a cabo la ceremonia del Kezazá y expulsar a este hijo para siempre.
Pero cuando lleguen y vean al hijo vestido con la túnica del padre, lo entenderán de inmediato: ha habido reconciliación. El hijo ahora está bajo la protección de su padre. Se presenta ante el pueblo cubierto, por decirlo así, con la reputación de su padre.
Esto es la salvación.
Sin duda, Jesús quiere que los líderes religiosos hagan la conexión entre esta parábola y las palabras del profeta Isaías, quien dijo:
“En gran manera me gozaré en Jehová… porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia.”(Isaías 61:10)
Pero el padre no ha terminado de dar regalos. Luego dice: “Pongan un anillo en su mano.”
Este es el anillo que tenía el sello de la familia, el que llevaba el emblema familiar y se presionaba sobre cera para autenticar documentos oficiales. Al darle este anillo, el padre está otorgándole autoridad a su hijo para actuar en su nombre.
Y de la misma manera, tú y yo, querido creyente, realizamos asuntos eternos en el nombre de Dios.
Luego el padre añade otra orden: “Pongan sandalias en sus pies.”
Los esclavos y los pobres andaban descalzos; los miembros de la familia no.[x]
Este gesto es una señal clara de aceptación familiar. Este hijo vuelve a ser parte del hogar del padre.
Así que los aldeanos llegan y ven lo que el padre ha hecho. Y quedan impactados ante la gracia del padre y los regalos que le ha otorgado a su hijo, ahora humilde y arrepentido.
Y cuando llegan, queda claro que reciben una invitación. El padre dice aquí, en los versículos 23 y 24:
“Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.” (Lucas 15:23–24)
Ahora bien, si esta celebración hubiera sido solo para la familia inmediata, una oveja habría sido más que suficiente. Pero aquí se mata un becerro engordado. El término griego se refiere literalmente a un ternero alimentado con grano. Estamos hablando de más de 180 kilos de carne de primera calidad.[xi]
El padre no está organizando una reunión privada. Está lanzando una celebración para todo el pueblo. Está haciendo una declaración pública e inconfundible: ¡mi hijo ha regresado!
Ahora dime… ¿Qué hizo este hijo para merecer todo esto? ¿Qué podría hacer para ganárselo? ¡Nada! Esto no se gana. Esto no se paga. Los regalos de la gracia de Dios no se compran.
Como dice el conocido himno:
Todo debo a Él; Cristo lo pagó.
De las manchas del pecar,
cual nieve me lavó.
Aquí está el evangelio.
Jesucristo dejó la casa de su Padre para darte una invitación a volver a casa. Salió a buscarte cuando estabas lejos. Vino a cargar con tu vergüenza. Fue herido por tus rebeliones. Pagó por completo el precio de tu regreso.
Tú no pagas nada. Tú no negocias nada. Tú no aportas nada. Solo recibes. Y el cielo estalla en una celebración porque un pecador recibió la salvación por la gracia de Dios. El hijo perdido ha sido hallado.
Y déjame decirte algo más: esa celebración nunca va a terminar.Nunca pierdas la capacidad de maravillarte ante esta salvación tan grande que te ha dado el Señor. Y si no la has experimentado aún, recuerda esto: el Padre sigue mirando el camino. Sigue esperando. Y sigue corriendo para recibir a todo aquel que decide volver a casa.
[i] Wikipedia: Louie Zamperini; Laura Hillenbrand, Unbroken (Random House, 2010), p. 11
[ii] William Barclay, The Gospel of Luke (Westminster Press, 1975), p. 204
[iii] Adapted from John Philips, Exploring the Gospel of Luke (Kregel, 2005), p. 211
[iv] Adapted from Kenneth E. Bailey, The Cross & the Prodigal (IVP Books, 2005), p. 61
[v] John MacArthur, A Tale of Two Sons (Thomas Nelson, 2008), p. 112
[vi] Ibid, p. 68
[vii] David E. Garland, Exegetical Commentary on the New Testament: Luke (Zondervan, 2011), p. 628
[viii] Kenneth E. Bailey, Poet & Peasant and Through Peasant Eyes (Eerdmans Publishing, 1983), p. 181
[ix] Ibid
[x] MacArthur, p. 71
[xi] Bailey, p. 72; MacArthur, p. 138










