El diseño de Dios para el matrimonio
Si has estado en una boda donde se intercambian los votos matrimoniales tradicionales, seguramente has escuchado palabras como estas:
Yo, [nombre], te recibo a ti, [nombre],
como mi esposa/o,
y prometo serte fiel
en prosperidad y adversidad,
en la salud y en la enfermedad,
amarte y respetarte
Hasta que la muerte nos separe
Son palabras solemnes. Son un compromiso que cierra cualquier puerta de escape. Son declaraciones que nos llevan de regreso al diseño original de Dios cuando creó el matrimonio. No te casas simplemente porque “te enamoraste”. Te casas porque decides amar. Y desde ese momento, el propósito de tu matrimonio pasa a ser demostrar el amor de Cristo por su iglesia a través de una unión que glorifica a Dios.
Ese es un propósito sobrenatural… y de vez en cuando logramos experimentarlo.
El problema con el matrimonio es que es la unión de dos pecadores. Y como pecadores, resulta que somos bastante buenos para pecar. Además, somos pecadores egoístas que queremos que las cosas se hagan a nuestra manera. También somos pecadores individualistas que anhelamos independencia. Queremos que la vida gire alrededor de nosotros mismos.
Un niño pequeño una vez respondió a la pregunta de cómo se desarrolla un buen matrimonio. Y lo resumió así:
“Bueno… ella debería disfrutar ver deportes conmigo, y además seguir trayendo algo para comer mientras miramos la tele.”
Sin duda, algún día será un gran esposo.
Además de nuestra naturaleza pecaminosa —egoísta e individualista— también entramos al matrimonio suponiendo que nuestro cónyuge pensaba exactamente igual a nosotros.
El matrimonio se suponía que iba a ser fácil. No entendías por qué algunas personas hablaban de que había que trabajar en el matrimonio. Tal vez incluso le dijiste a tu prometida o prometido:
“No entiendo a toda esa gente que dice que el matrimonio es trabajo… si esto es facilísimo.”
Y entonces te casaste. Y no pasó mucho tiempo antes de que ustedes, hombres, se dieran cuenta de que ella no ve las cosas como tú las ves.
Y ustedes, mujeres, se dieron cuenta de que él… ni siquiera ve las cosas.
Son muy diferentes el uno del otro.
Un hombre que llevaba más de cincuenta años de casado me dijo un domingo por la mañana, después del servicio, que él y su esposa eran completamente distintos. Me dijo:
“Somos tan diferentes que lo único que tenemos en común es que nos casamos el mismo día.”
Ahora bien, hay algo peor que casarte con alguien diferente a ti… y es casarte con alguien exactamente igual a ti.
Los mismos problemas, la misma falta de perspectiva, las mismas debilidades… eso sería como una bomba atómica esperando caer del cielo.
Dios parece haber establecido una especie de principio en la vida: los opuestos se atraen. Y eso es bueno porque, de esa manera, el matrimonio se convertirá en la herramienta más grande para tu crecimiento mental y espiritual —para aprender humildad y gracia. Va a desarrollar tu carácter más que cualquier otra relación en la tierra.
Muchos matrimonios terminan porque las parejas llegan a la conclusión de que no estaban hechas la una para la otra… precisamente porque son tan diferentes. Dejan de hablar. Dejan de invertir en la relación. Dejan de servirse mutuamente. Y comienzan a pensar que probablemente existe alguien por ahí que los entendería mejor.
Hace algún tiempo leí acerca de una pareja que llegó a la conclusión de que su cónyuge jamás podría darles la felicidad que merecían. Así que, en secreto, ambos comenzaron a buscar en internet al “verdadero amor”.
El esposo pronto encontró a una mujer, y la esposa pronto encontró a un hombre. Empezaron a escribirse todos los días.
El nombre de la mujer en el chat era “Corazoncito”, y el apodo del hombre era “Príncipe Azul”. Pasaban horas escribiéndose, compartiendo los problemas que cada uno tenía en su matrimonio.
Más tarde, “Corazoncito” le contó a un periodista —que estaba preparando un reportaje sobre citas por internet— que ambos habían encontrado la amistad que sabían que merecían.
Finalmente decidieron conocerse en persona. Hicieron todos los arreglos necesarios y acordaron un lugar para encontrarse.
Pero cuando llegaron al lugar de la cita… descubrieron que su “amor verdadero” ¡era la misma persona con la que ya estaban casados![i]
Príncipe Azul y Corazoncito habían llegado a quedarse ciegos, en su egoísmo, al punto de no poder ver la relación que ya tenían.
Pero ¿qué ocurre cuando el pecado avanza sin control? ¿Qué pasa cuando esa relación en internet nunca se detiene? ¿Qué sucede cuando un cónyuge decide seguir un estilo de vida pecaminoso, entregarse a una adicción, o volverse dañino y abusivo?
Dicho de manera sencilla: ¿qué pasa cuando una persona llega al punto en que su vicio es más importante que los votos que hizo?
¿Está el divorcio justificado bíblicamente? ¿Y por qué razones?
La Biblia tiene una respuesta. Y ahora Jesús se adentra en un tema que era tan controversial en el primer siglo como lo sigue siendo en el siglo veintiuno.
La autoridad de la palabra de Dios
Estamos en el evangelio de Lucas, capítulo 16. Retomamos el pasaje en el versículo 14. Jesús acaba de terminar de contar una parábola acerca del uso piadoso del dinero: usarlo para hacer amigos para la eternidad, es decir, invertir nuestros recursos en el evangelio de Cristo. Y ante esto, los líderes religiosos reaccionan con burla. Lucas escribe en el versículo 14:
“Oían también todas estas cosas los fariseos, que eran avaros, y se burlaban de él.” (Lucas 16:14)
La expresión “se burlaban” se puede traducir literalmente como torcían la nariz.
Lo miraban con desprecio, como diciendo: “¿Y tú qué sabes de manejar dinero? Eres solo un carpintero pobre que creció en ese pequeño e insignificante pueblo de Nazaret. Tú y tus discípulos son todos pobres ¿y pretendes decirnos a nosotros, prestigiosos líderes religiosos, qué hacer con nuestro dinero?”
Entonces Jesús les responde en el versículo 15:
“Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación.” (Lucas 16:15a)
Jesús está enseñando un principio muy importante: la reputación es lo que los demás piensan que eres; pero el carácter es lo que realmente eres delante de Dios.
Puedes tener una gran reputación en público, pero Dios sabe lo que está pasando en privado, detrás de puertas cerradas… e incluso detrás de la puerta de tu propio corazón.
Jesús continúa diciendo en el versículo 16:
“La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él.”(Lucas 16:16)
En otras palabras, el mensaje del reino ahora se anuncia con tal urgencia que todos están siendo llamados a entrar. De hecho, el verbo griego que aquí se traduce “se esfuerzan” también puede entenderse en sentido pasivo. Es decir, no solo describe a personas tratando de entrar, sino también a personas siendo urgidas o presionadas a entrar en el reino de Dios. [ii]
La idea es que, desde Juan el Bautista, la invitación del reino se proclama con una urgencia sin precedentes.
Juan, de hecho, se encuentra justo en el punto de transición entre dos épocas. Podríamos decir que tiene un pie en el Antiguo Testamento y otro en el Nuevo.
Por un lado, pertenece a la era de la Ley y los Profetas. Pero al mismo tiempo está anunciando el amanecer de una nueva etapa: el reino de Cristo que ya está llegando.[iii]
Juan estaba proclamando la palabra de Dios a su generación. Y Jesús, en esencia, está diciendo aquí: “Ustedes, fariseos, pueden pensar que son hombres respetables y religiosos… pero la verdad es que están ignorando la palabra de Dios.”
Y entonces surge una pregunta importante: ¿cuán importante es la palabra de Dios? Jesús responde en el versículo 17:
“Pero más fácil es que pasen el cielo y la tierra, que se frustre una tilde de la ley.” (Lucas 16:17)
Incluso el detalle más pequeño importa. Hasta el punto más pequeño. Jesús está refiriéndose a un diminuto trazo en la escritura, una pequeña línea que distingue ciertas consonantes en el hebreo.[iv]
Ese pequeño trazo —apenas una marca de pluma— son de completa importancia.
En otras palabras, cada detalle de la palabra de Dios importa. Como alguien parafraseó este pasaje: “hasta una pequeña coma es importante”
Y es verdad. El lenguaje depende de la puntuación, de las palabras, de las letras, de los tiempos verbales… incluso de las comas.
Una vez vi una camiseta que decía en el frente:
“¡Vamos a comer niños!”
Y justo debajo aparecía la misma frase… pero con la coma, y decía:
“¡Vamos a comer, niños!”
Y en la parte de atrás de la camiseta decía:
“¡Las comas salvan vidas!”
La diferencia entre “¡Vamos a comer, niños!” y “¡Vamos a comer niños!” es literalmente cuestión de vida o muerte.
Y precisamente por eso tenemos una profunda convicción sobre la autoridad de la Biblia. Nosotros no creemos que la Biblia contienela palabra de Dios; creemos que la Biblia es la palabra de Dios.
Por eso, no solo predico la palabra de Dios, también predico las palabras de Dios. Cada palabra importa.
Por ejemplo, Jesús no dijo: “Yo soy un camino.” Él dijo: “Yo soy el camino.”
Una sola palabra puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Lo que Jesús está haciendo aquí es señalar que los fariseos estaban tratando la palabra de Dios con ligereza. Habían reinterpretado la ley de Moisés y habían ignorado a los profetas. Y ahora Jesús va a presentar la prueba principal de cómo habían llegado a aceptar un estilo de vida pecaminoso.
Lo que parece ser una declaración aislada acerca del divorcio en realidad se convierte en una ilustración de cómo ellos habían ignorado la palabra de Dios.
Leemos en el versículo 18:
“Todo el que repudia a su mujer, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada del marido, adultera.” (Lucas 16:18)
En otras palabras, aparte del caso de adulterio, el divorcio no tiene justificación bíblica.
La respuesta de Jesús sobre este tema se explica con más detalle en el evangelio de Mateo. En Mateo 19:9, Jesús declara:
“Y yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera.” (Mateo 19:9)
Aquí el Señor menciona la cláusula de excepción: el caso de inmoralidad sexual.
Antes de profundizar en lo que significa esta “cláusula de excepción” al matrimonio para toda la vida, permíteme explicar hacia dónde va Jesús con este tema.
La distorsión del matrimonio
En aquellos días existían dos escuelas de pensamiento rabínico. Una era la escuela conservadora, que enseñaba que el divorcio no estaba permitido a menos que hubiera adulterio.
Ellos citaban la ley en Deuteronomio capítulo 24, donde dice:
“Cuando alguno tomare mujer y se casare con ella, si no le agradare por haber hallado en ella alguna cosa indecente… le escribirá carta de divorcio, y se la entregará en su mano, y la despedirá de su casa.” (Deuteronomio 24:1a)
La escuela conservadora entendía que esa “cosa indecente” se refería al adulterio.
Pero la escuela más liberal —muy popular entre los fariseos y entre el pueblo en general— interpretaba esa indecencia de una manera mucho más amplia. Ellos se enfocaban más en la frase “si no le agradare”, dejando en segundo plano el asunto de la inmoralidad.
De hecho, para la época de Cristo, la escuela de Hillel —la escuela liberal— había llegado a definir esa “falta de agrado” como prácticamente cualquier cosa que el hombre considerara desagradable.
Los rabinos enseñaban que esta pérdida de favor —que justificaba el divorcio— podía incluir cosas como: si la esposa arruinaba la cena, si se daba vuelta en la calle para llamar la atención, si hablaba con otro hombre, si faltaba el respeto a los familiares del esposo, o incluso si hablaba demasiado fuerte.[v]
Y “hablar demasiado fuerte” se definía como hablar lo suficientemente alto como para que los vecinos la escucharan.
Si alguna de estas cosas ocurría, ella perdía el favor de su esposo… y él podía divorciarse de ella.
Un rabino famoso llegó incluso a enseñar que un hombre podía divorciarse de su esposa si encontraba a otra mujer más atractiva. En otras palabras, si esa otra mujer le agradaba más que su propia esposa.[vi]
Así que, para la época de Cristo, el divorcio se había convertido en un trámite rápido y fácil, controlado por hombres egoístas.
Un hombre podía divorciarse de su esposa porque quemó las galletas, porque perdió la paciencia… o simplemente porque estaba envejeciendo. Pero, por otro lado, el divorcio casi nunca era una opción para las mujeres.
En aquellos días, una mujer solo podía divorciarse de su esposo en casos muy extremos: si él contraía lepra, si abandonaba completamente la fe, o si era sorprendido abusando sexualmente de una mujer soltera. Fuera de esas situaciones, la esposa no tenía base legal para divorciarse de su marido. Era un sistema profundamente injusto y cruel.
Lo que Jesús hace aquí —como vemos con más detalle en el evangelio de Mateo— es aclarar la ley, mostrando que el divorcio puede tener lugar si alguno de los cónyuges comete inmoralidad sexual.
La palabra que aparece en el texto bíblico es porneia. Originalmente este término estaba relacionado con la idea de prostitución, y más adelante llegó a referirse de manera general a toda forma de inmoralidad sexual.
De hecho, la palabra en latín fornix se refería al arco de la entrada de ciertos templos paganos, donde las prostitutas del templo esperaban a sus clientes. De esa palabra latina surgió el término fornicación.[vii]
Lo importante en el registro bíblico es que Jesús usa la palabra porneia para presentar una excepción al matrimonio para toda la vida.
La fornicación es un término mucho más amplio que el adulterio. De hecho, funciona como una palabra que abarca toda actividad sexual que viola el estándar moral establecido por la palabra de Dios. Esto incluiría, por ejemplo, el incesto, la homosexualidad y el adulterio.
En otras palabras, Jesús está diciendo que estas acciones quebrantan los votos matrimoniales y contaminan la unión matrimonial, ese pacto que Dios diseñó entre un hombre y una mujer.
Ahora bien, no malinterpretes lo que Jesús está diciendo. Él no dice: “Debes divorciarte si ocurre inmoralidad sexual.” Lo que Él dice es: “Puedes hacerlo.”
El divorcio no es obligatorio, pero está permitido. De hecho, ni siquiera la ley de Moisés ordenaba el divorcio; simplemente lo permitía.[viii]
Así que recuerda esto: la inmoralidad sexual no obliga automáticamente al divorcio, pero sí es una razón legítima para hacerlo. El ideal, sin embargo, es que exista arrepentimiento genuino que lleve a una reconciliación y perdón.
En el contexto de Lucas capítulo 16, esto es lo que está ocurriendo: los fariseos estaban siguiendo la interpretación liberal de la ley, la cual les permitía pasar de una mujer a otra —de una esposa a la siguiente.
El matrimonio funcionaba… mientras les convenía. Pero si ella quemaba demasiadas cenas, si respondía con demasiada firmeza, o si simplemente ya no era tan atractiva como otra mujer… él podía deshacerse de ella.
Así que Jesús vuelve a colocar una barrera clara y firme, y al mismo tiempo expone el egoísmo de ellos. En esencia, les está diciendo: “Limpien su corazón. Tomen esto en serio. Maduren. Dejen de pensar solo en ustedes mismos y vuelvan al diseño de Dios para el matrimonio. Vuelvan a los votos que hicieron delante de Dios.”
Cuando el pacto matrimonial se destruye
Ahora bien, para quienes están casados con alguien que se niega a reconocer su pecado, a tomar las cosas en serio y a arrepentirse de verdad, el Señor abre una puerta mediante esta cláusula de excepción.
Debemos recordar que en el Antiguo Testamento el adulterio se castigaba con la muerte, lo que significaba una liberación inmediata para el cónyuge inocente. Pero al entrar en la era del Nuevo Testamento —donde la pena de muerte por adulterio ya no se aplica— quizá alguno esté pensando: “Bueno… eso todavía sería útil.” Pero ya no es una opción.
La pena de muerte del cónyuge culpable ya no se puede aplicar; pero la disolución del vínculo matrimonial sí puede ocurrir con el permiso de Dios.
Si no hay arrepentimiento, Dios permite el divorcio para liberar al cónyuge inocente, de modo que pueda seguir adelante con su vida, e incluso quizás casarse en el futuro con alguien que también esté siguiendo al Señor.
Ahora bien, sé que un mensaje como este despierta muchísimas preguntas. Así que, con el tiempo que nos queda, quiero responder una de las más importantes:
¿Es la inmoralidad sexual la única causa que justifica bíblicamente el divorcio?
La respuesta es no. Existen varias situaciones que pueden justificar lo que llamamos un divorcio bíblicamente legítimo.
Y, por cierto, asegurémonos de entender algo muy importante: el pecado en sí no es la base para el divorcio. El pecado no es realmente el problema detrás del divorcio. Si el pecado fuera el problema, nunca deberíamos habernos casado en primer lugar, porque todos éramos pecadores desde el principio. Y, para ser sinceros, el matrimonio tiene una manera muy particular de sacar a la luz cuán pecadores y egoístas somos.
El problema no es simplemente el pecado; el problema es el pecado sin arrepentimiento —el pecado persistente, voluntario, rebelde.
En cierto sentido, el divorcio funciona de manera parecida a la disciplina en la iglesia. Nosotros no disciplinamos a alguien en la iglesia simplemente porque pecó. Si fuera así, ninguno de nosotros estaría aquí hoy. Lo que lleva a la disciplina —y también al divorcio— es el pecado del que una persona se niega a arrepentirse.
De modo que el divorcio puede convertirse en una forma de disciplina severa, provocada por la falta de un arrepentimiento genuino.
Ahora bien, Jesús no abordó todas las posibles situaciones relacionadas con el divorcio permitido. No explicó cada escenario ni cada excepción relacionada con estilos de vida pecaminosos.
Años más tarde, el apóstol Pablo dedicó tiempo a completar algunas de esas explicaciones.[ix]
Pablo escribe en 1 Corintios 7, comenzando en el versículo 10:
“Pero a los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor: que la mujer no se separe del marido; y si se separa, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su mujer.” (1 Corintios 7:10–11)
Esta afirmación básicamente repite lo que Jesús ya había enseñado como el diseño de Dios. El matrimonio es un compromiso para toda la vida entre un hombre y una mujer. Ese es el ideal de Dios.
Eso significa que debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance —y luego depender del poder del Espíritu de Dios— para construir nuestros matrimonios sobre los principios de permanencia, humildad y armonía que encontramos desde Génesis capítulo 2.
En esta parte de 1 Corintios 7, Pablo está hablando de un matrimonio que no tiene base bíblica para el divorcio. Por lo tanto, si uno de los cónyuges decide separarse, no queda libre para casarse con otra persona. Pablo dice que en ese caso debe permanecer sin casarse o reconciliarse con su cónyuge.
Ahora bien, en el versículo 12 Pablo cambia el enfoque de la conversación:
“Y a los demás yo digo, no el Señor…”
Por cierto, esto no significa que Pablo ahora va a dar una simple opinión personal. Lo que significa es que el Señor Jesus no había dado instrucciones específicas sobre este caso durante su ministerio terrenal. Así que ahora Pablo, guiado por el Espíritu Santo que lo inspira, dará dirección adicional a la iglesia.
Leamos nuevamente el versículo 12:
“Si algún hermano tiene mujer que no sea creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone. Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo abandone.” (1 Corintios 7:12–13)
La palabra “consiente” es muy importante aquí. Se refiere a un acuerdo voluntario, a un deseo mutuo de continuar viviendo juntos.
El consentimiento, por definición, no puede ser unilateral. Es algo que debe existir de ambos lados.[x]
Imagina a estos creyentes en Corinto: han llegado a la fe en Cristo, son nuevas criaturas, están comenzando una vida completamente nueva. Y es muy posible que algunos estuvieran preguntándose con toda sinceridad:
“¿Significa esto que ahora puedo divorciarme de mi cónyuge incrédulo, casarme con un creyente y empezar de nuevo?” Y Pablo responde con toda claridad: no.
Lo interesante es que muchos de esos matrimonios —aunque estaban formados por un creyente y un incrédulo, porque uno de ellos había llegado a la fe— todavía podían convertirse en una oportunidad para glorificar a Dios.
Pablo continúa explicando que el testimonio del creyente podría incluso llevar al cónyuge incrédulo a Cristo, y que los hijos tendrían un ejemplo santo en su padre o madre creyente.
Así que el punto es este: si existe un acuerdo real y respetuoso de seguir viviendo juntos, aun cuando venga de un cónyuge incrédulo, no te divorcies.
Pero si ese no es el caso —si no existe ese acuerdo, o si las decisiones, el estilo de vida o ciertas adicciones demuestran claramente que no hay deseo de vivir juntos en paz— entonces aparece la cláusula de excepción.
Leemos en el versículo 15:
“Pero si el incrédulo se separa, sepárese.” (1 Corintios 7:15)
Y aquí yo añadiría una aclaración importante: si el cónyuge está actuando como un incrédulo, aun cuando diga ser cristiano, y decide abandonar la relación, uno lo trata como si fuera incrédulo. Tal como en el caso de la disciplina de la iglesia.
Pablo continúa diciendo:
“Pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso.” (1 Corintios 7:15)
Es decir, ya no estás atado, ya no estás obligado a mantener el vínculo matrimonial. Por lo tanto, no hay obligación de luchar por retenerlo a la fuerza. Entonces, no entres en una batalla interminable; déjalo ir. Pablo añade que Dios nos ha llamado a vivir en paz. Ese es ahora el objetivo: salir de una situación de guerra constante con un cónyuge pecador, rebelde y sin arrepentimiento.
Pablo usa aquí una expresión interesante en el versículo 15:
“no está… sujeto a servidumbre en semejante caso.”
Esta es la única vez en todo el Nuevo Testamento que aparece esta expresión. La idea es: “en situaciones como estas”, que incluyen el abandono.
Es una frase amplia que abarca cualquier situación que demuestre que el cónyuge no está dispuesto a arrepentirse ni a vivir en respeto y acuerdo con su esposo o su esposa.
En casos así, el cónyuge inocente termina sosteniendo y soportando las decisiones pecaminosas de la otra persona, quien continúa violando repetidamente los votos matrimoniales.
En su comentario sobre esta frase, el teólogo Wayne Grudem escribe que este versículo podría parafrasearse de la siguiente manera:
“Pero si el cónyuge incrédulo decide separarse, déjalo ir. En este y en otros casos igualmente destructivos, el hermano o la hermana no está esclavizado. Dios te ha llamado a vivir en paz.”
Grudem continúa explicando que esta falta de consentimiento real para seguir en el matrimonio se manifiesta cuando el cónyuge se niega a arrepentirse de verdad, rehúsa buscar consejo o no acepta las consecuencias de su conducta.
Luego Grudem presenta una lista de situaciones que, según él, podrían encajar dentro de la expresión: “en casos como estos.”
Ahora bien, su lista no es inspirada; él simplemente está intentando aplicar las palabras de Pablo a otros posibles escenarios.
Puede que no estés de acuerdo con todos los ejemplos de su lista. Yo, personalmente, sí coincido con ellos; pero nuevamente, el punto central no es el pecado en sí, sino la falta de arrepentimiento —la decisión obstinada de seguir en esos vicios en lugar de honrar los votos matrimoniales.
La lista que propone Grudem incluye situaciones como estas:
- Actividad sexual fuera del matrimonio entre un hombre y una mujer, según lo define la Escritura;
- Pornografía, que entra dentro de la categoría de inmoralidad sexual;
- Juego de apuestas, que lleva a deudas que afectan el bienestar del cónyuge inocente y de los hijos;
- Adicciones a las drogas o al alcohol, acompañadas de mentiras, engaño y robo;
- Abuso verbal que destruye la estabilidad emocional y mental del cónyuge;
- Abuso físico;
- Amenazas verbales de daño físico.
Grudem señala que quien abusa de su cónyuge está abandonando los votos que hizo de amar y cuidar, y se convierte en una amenaza para el bienestar de la otra persona.
Así que la lista de posibles excepciones incluye inmoralidad persistente sin arrepentimiento, abandono y abuso físico, así como adicciones a conductas pecaminosas que dañan el bienestar de la familia.
Por cierto, si retrocedes hasta los puritanos, encontrarás que ellos también consideraban el abuso físico como una causa legítima para el divorcio.
En el siglo XVI, William Perkins escribió en su comentario sobre la vida cristiana:
“Aquí podría preguntarse qué debe hacer un creyente que se encuentra en peligro cierto e inminente. Si el esposo amenaza con hacerle daño, la esposa creyente puede huir en ese caso, como si el hombre incrédulo la hubiera abandonado.”
En otras palabras, su abuso equivale al abandono.
Volver al diseño de Dios
Debo decir que hoy existe mucho debate sobre este tema. Y, en mi opinión, dentro de la iglesia evangélica ha surgido una postura bastante trágica: la idea de que una esposa abusada debe soportar el abuso, así como un misionero soporta la persecución; que al aguantarlo está honrando el diseño de Dios para el matrimonio permanente.
Pero ¡No! Dejar a un cónyuge abusivo —dejar a un cónyuge malvado, sin arrepentimiento, infiel, mentiroso, ladrón, borracho, engañador, inmoral y abusivo… creo que ya cubrí todo— terminar ese matrimonio, con el apoyo de la iglesia—, es en realidad un mejor testimonio para el mundo de que Dios no defiende a un hombre o a una mujer que deshonra la santidad del matrimonio.
Es tiempo de que los cristianos mostremos al mundo cómo debe ser realmente un matrimonio bíblico, y que mostremos también cómo se ve un consentimiento verdadero. No somos perfectos, pero sí queremos ser perseverantes; estamos comprometidos a mostrar a nuestro mundo matrimonios que exalten el diseño de nuestro Dios Creador.
Y si alguien no quiere vivir de esa manera, entonces que tenga la decencia de apartarse, y dejar libre a su cónyuge para que, dentro de la voluntad de Dios, pueda encontrar a alguien con quien glorificar y honrar a Cristo.
¿Y cómo se hace eso?
Volviendo a los votos matrimoniales… y empezando a vivirlos otra vez.
Prometo serte fiel
en prosperidad y adversidad,
en la salud y en la enfermedad,
amarte y respetarte
En obediencia al santo mandato de Dios
Hasta que la muerte nos separe
[i] Adapted from Agence France-Presse, September 18, 2007
[ii] David E. Garland, Exegetical Commentary on the New Testament: Luke (Zondervan, 2011), p. 661
[iii] Adapted from Dale Ralph Davis, Luke: The Year of the Lord’s Favor (Christian Focus, 2021), p. 46
[iv] William Barclay, The Gospel of Luke (Westminster Press, 1975), p. 211
[v] Barclay, p. 212
[vi] Ibid
[vii] James Montgomery Boice, The Gospel of Matthew: Volume 2 (Baker Books, 2001), p. 402
[viii] Douglas Sean O’Donnell, Matthew (Crossway, 2013), p. 538
[ix] Charles R. Swindoll, Living Insights on Matthew 16-28 (Tyndale House, 2020), p. 103
[x] Fritz Reinecker & Cleon Rogers, Linguistic Key to the Greek New Testament (Regency, 1976), p. 406


















