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La revelación de Jesús del más allá

Muchos imaginan a Jesús como un maestro amable que solo hablaba de amor y consuelo. Pero Jesús habló con claridad sobre el juicio eterno y la realidad del infierno. En este estudio veremos cómo Él levanta el velo del más allá y nos permite observar lo que ocurre después de la muerte. A través de la impactante historia del hombre rico y Lázaro, descubrimos verdades solemnes sobre el destino eterno, el juicio de Dios y la importancia de escuchar su Palabra mientras aún hay tiempo. Este pasaje nos recuerda que la eternidad no es una idea lejana, sino una realidad segura para cada ser humano. Acompáñenos mientras aprendemos juntos lo que Jesús revela acerca del más allá.

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Introducción

El exdirector de la CIA contó la siguiente historia – real, y también bastante graciosa – durante una conferencia sobre el crimen organizado a nivel mundial.

Agentes del FBI estaban realizando una investigación dentro del hospital psiquiátrico de San Diego, buscando evidencia relacionada con fraude en seguros médicos. Después de un largo día revisando miles de expedientes clínicos —sin haber hecho siquiera una pausa para comer— uno de los agentes miró por la ventana y notó que, justo al otro lado de la calle, había una pizzería.

Así que juntaron su dinero y llamaron para pedir que les llevaran comida. La conversación telefónica quedó grabada por el propio FBI, porque en ese momento estaban interceptando todas las llamadas entrantes y salientes.

Un joven empleado de la pizzería contestó el teléfono, y el agente le dijo:

—Hola. Quisiera ordenar 19 pizzas y 67 latas de Coca-Cola.

El empleado respondió:

—Está bien… tomará como una hora. ¿Dónde quiere que se las llevemos?

—Al hospital psiquiátrico que está al otro lado de la calle.

—¿Quiere que llevemos 19 pizzas al hospital psiquiátrico?

—Así es.

—¿Y usted quién es?

—Soy agente del FBI.

—¿Un agente del FBI?

—Sí. Aquí hay varios agentes del FBI y estamos muertos de hambre.

—¿De veras?

—Así es. Ah, y por cierto, traigan las pizzas por la entrada trasera, porque las puertas principales están cerradas. Los vemos en un rato.

El joven de la pizzería respondió:

—¡No lo creo!

Y colgó.

¡Yo habría hecho lo mismo!

Ahora bien, piense en esto por un momento. Si usted habla con alguien hoy acerca de la realidad de un Dios Creador, o menciona la idea de un juicio venidero, o habla de la ira de Dios y de la realidad de un infierno eterno, lo más probable es que esa persona piense que usted está loco. De hecho, puede que hasta crean que necesita ayuda profesional.

Pero seamos sinceros. Si no fuera por la Biblia, nosotros tampoco lo creeríamos. Sin embargo, la verdad es que la misma Biblia que nos habla del cielo y del gozo eterno, es la misma Biblia que nos habla del infierno y del juicio eterno.

Vance Havner, un evangelista de la generación pasada, una vez predicó en una iglesia rural acerca del infierno. Al terminar el servicio, un agricultor se le acercó bastante inquieto y le dijo:

—Señor Havner, yo creo que usted no debería predicar sobre el infierno. Mejor debería predicar solo sobre el Jesús manso y humilde.

Vance Havner le respondió:

—Bueno, fue Él quien me dio la información sobre el infierno.

Y es verdad. Jesús habló del infierno con frecuencia. De hecho, les advirtió a sus oyentes sobre esta realidad más que cualquier otra persona en todo el Nuevo Testamento.

El teólogo J. I. Packer escribió:

“No existe en la Biblia una alternativa a la doctrina del castigo eterno. Jesús es el principal expositor de esta enseñanza y, sin duda —siendo el Creador de todo— sabía perfectamente de qué estaba hablando. Él nunca olvidó ni ocultó la verdad acerca de esta realidad.”[i]

De hecho, Jesús está a punto de darnos el único testimonio en toda la Escritura de alguien que murió y fue al lugar de tormento. Y al hacerlo, nos entregará una de las advertencias más gráficas y solemnes que jamás se hayan pronunciado para la humanidad.

Aclarando dudas

Encontramos este relato en el Evangelio de Lucas, capítulo 16. Ahora bien, antes de entrar en el pasaje, quiero responder dos preguntas.

Primero, ¿es esto una parábola?

Y segundo, ¿es el Hades un lugar real?

¿Es esta historia una parábola?

Los estudiosos evangélicos están divididos respecto a si este relato es o no una parábola. Una de las razones principales es que, en las parábolas del Señor, nadie recibe un nombre propio; los personajes son claramente figuras representativas, como el hijo pródigo o el hombre que encuentra una perla de gran valor.

Pero en este texto, Jesús nos da el nombre del mendigo: Lázaro. Ahora bien, este no es el mismo Lázaro a quien Jesús resucita de entre los muertos. Se trata de otro hombre.

Lázaro era un nombre bastante común en aquellos días. Es la forma griega del nombre del Antiguo Testamento Eleazar, y significa: “Dios es mi ayuda.”

El nombre parece casi una ironía, y seguramente muchos también lo pensaban así, porque a simple vista parecía que Dios no estaba interesado en ayudarlo en absoluto.

Ahora, si este relato fuera una parábola, y Jesús menciona el nombre de Lázaro para intensificar esa ironía, es importante recordar que las parábolas de Jesús enseñan verdades reales.

Y las verdades que el Señor revela aquí prácticamente corren el telón y nos permiten ver lo que ocurre después de la muerte. Además, tengamos presente que lo que Jesús revela aquí, de manera tan dramática, es totalmente coherente con lo que Él enseñó en otros momentos.

Por ejemplo, en Mateo 13:36-42 leemos:

Entonces, despedida la gente, entró Jesús en la casa; y acercándose a él sus discípulos, le dijeron: Explícanos la parábola de la cizaña del campo.

Respondiendo él, les dijo: El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del siglo; y los segadores son los ángeles.

De manera que como se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo. Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes.

Más adelante, en Mateo 25:46, Jesús dice:

E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.

Observe que Jesús utiliza la misma palabra —eterno— tanto para el castigo como para la vida.

Ahora bien, alguien podría decirnos como cristianos:

“Ustedes realmente no deberían hablar del infierno, porque podrían asustar a la gente. Jesús no querría que las personas tuvieran miedo de algún tipo de tormento…”

Pero Jesús mismo dijo que debemos temer el juicio de Dios. Él dijo:

“Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.” Mateo 10:28

Quienes no creen que el infierno y el juicio son eternos suelen interpretar este versículo diciendo que Dios finalmente extinguirá tanto el cuerpo como el alma después de cierto tiempo de tormento, dependiendo de cuán malvada haya sido la persona durante su vida.

Pero ese es un argumento filosófico, no un argumento exegético. De hecho, Jesús hace aquí algo muy significativo: cambia el verbo. Pasa de decir “matar” a decir “destruir”.

La palabra destruir no significa aniquilar; significa arruinar, llevar a la corrupción, reducir a una condición de ruina total.

Es el mismo verbo que aparece antes cuando Jesús habla de los odres viejos que se arruinan y ya no sirven para lo que antes servían.

En realidad, este versículo es una revelación estremecedora: debemos temer más a Dios que a las personas. Las personas tal vez puedan matar el cuerpo, pero Dios ha determinado que el tormento eterno afecte tanto el cuerpo material como el alma inmaterial.

El alma es tu mente, tus emociones y tu voluntad; es decir, tu propia persona. El cuerpo muere, pero el alma continúa viviendo.

Las personas no tienen ningún poder sobre tu alma, pero Dios sí lo tiene.

Así que Jesús está diciendo aquí que el juicio eterno llevará cada parte del incrédulo —tanto cuerpo como alma— a una ruina y corrupción total.

En otras palabras: ya sea que Lucas 16 sea una parábola o no, el contenido —la verdad que Jesús revela allí— es completamente coherente con el resto de la enseñanza de la Escritura.

Y esto nos lleva a la segunda pregunta:

¿Qué hay del Hades? ¿Es un lugar real?

¿Es el Hades un lugar real?

Y la respuesta es . Antes de la resurrección de Jesús, cuando una persona del Antiguo Testamento moría, su alma continuaba viviendo. La inmortalidad es una característica propia de la raza humana. Cada persona ha sido creada a imagen de Dios, y parte de lo que eso significa es que somos seres inmortales. Así que tanto creyentes como incrédulos vivirán para siempre.

Ahora bien, el término más común en el Antiguo Testamento para el lugar adonde iban las almas de los muertos después de que el cuerpo moría es Seol; el término del Nuevo Testamento es Hades.

Antes de la resurrección de Jesús, la Escritura presenta al Hades como un lugar con dos compartimentos o secciones: uno era un lugar de consuelo, también llamado Paraíso, y el otro era un lugar de tormento.

De hecho, Jesús describe este lugar en nuestro pasaje, y utiliza la palabra “tormento” cuatro veces para referirse a la condición del hombre rico. En contraste, habla del seno de Abraham como un lugar de consuelo o Paraíso.

Muchos teólogos evangélicos coinciden en que algo significativo ocurrió en el Hades con la resurrección de Jesús.

Aparentemente, cuando Jesús resucitó, vació la sección de consuelo del Hades —el Paraíso—, y en su victoria, llevó consigo al cielo a todos los creyentes del Antiguo Testamento.

El apóstol Pablo escribe en Efesios 4:8-10:

Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, Y dio dones a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo.

Así que Jesús descendió, por decirlo así, al Hades, pero no para sufrir. Él nunca sufrió en tormento. Jesús no fue al infierno para padecer. Él obtuvo la victoria sobre el pecado y la muerte desde el momento en que declaró: “Consumado es.”

Después entregó su espíritu —no en manos del diablo, ni en los dominios del infierno— sino en las manos de su Padre (Lucas 23:46).

Más adelante en el Nuevo Testamento, la palabra Paraíso se vuelve prácticamente un sinónimo de cielo. El apóstol Pablo habló de haber sido arrebatado al Paraíso, donde recibió una visión del cielo (2 Corintios 12:3).

Así que, para nosotros hoy, en esta era de la iglesia del Nuevo Testamento, lo único que permanece en el Hades es el lugar de tormento.

Hasta el día de hoy, cuando un incrédulo muere, su alma va inmediatamente al tormento del Hades. Es, por decirlo así, un lugar de espera, preparatorio para el infierno eterno que vendrá después.

Jesús le dice al apóstol Juan en Apocalipsis 1:17–18.

“No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.”

Más adelante, al final del libro de Apocalipsis, se nos muestra que todas las almas incrédulas de todos los tiempos resucitarán y recibirán sus cuerpos inmortales permanentes. Entonces serán juzgadas por Jesucristo mismo, quien se sienta en el gran trono blanco.

Leemos en Apocalipsis 20:14–15.

“Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda.

Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.”

En otras palabras, la muerte no puede ocultar a nadie. La tumba no puede esconder a ningún incrédulo. El Hades —ese lugar temporal de tormento— será finalmente vaciado por completo, cuando la humanidad incrédula sea arrojada al infierno eterno.

En su comentario sobre Lucas 16, Warren Wiersbe lo explica muy bien: “El Hades es una cárcel temporal, pero el infierno es la prisión permanente para el incrédulo, y el sufrimiento en ambos es real.”[ii]

En cuanto al creyente, la Biblia deja claro que su alma va inmediatamente a estar con Cristo en el cielo.

  • El apóstol Pablo escribió: “ausentes del cuerpo… presentes al Señor” (2 Corintios 5:8).
  • En Apocalipsis 5, los creyentes que ya han muerto aparecen adorando delante del Señor.
  • Y en Apocalipsis 6, creyentes que acaban de ser martirizados durante la tribulación —es decir, que acaban de morir— aparecen de inmediato delante del trono de Dios.

Así que, para concluir estos asuntos introductorios, le doy este resumen. todo incrédulo que muere hoy va al lugar de tormento llamado Hades, un lugar de espera hasta su destino final en el infierno. En cambio, el creyente va inmediatamente a la gloria de Jesucristo en el cielo.

La historia del Rico y Lázaro

Y ahora, Jesús comienza esta impactante revelación sobre la vida más allá de la tumba presentándonos al primer personaje del relato.

Lo encontramos en Lucas 16:19. Jesús comienza el relato diciendo:

“Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez.” (Lucas 16:19)

Este hombre se describe de una manera que hoy podríamos comparar con un multimillonario.

Se vestía de púrpura, un color típicamente asociado con la realeza, porque en aquel tiempo solo los reyes o las personas extremadamente ricas podían permitirse ese tipo de tela.

Una sola túnica púrpura podía costar el equivalente a tres años del salario promedio de una persona.[iii]

La palabra que aparece aquí para “lino fino” es býssos, el tejido más costoso conocido en el mundo antiguo.[iv]

Y la palabra usada para “banquete” describe el tipo de comida que uno encontraría en una celebración de bodas. Pero este hombre rico comía así los siete días de la semana.

Ahora bien, la vida de este hombre contrasta radicalmente con la vida de Lázaro, quien probablemente nunca había disfrutado una sola comida como esa en toda su vida.

Se nos dice en el versículo 20:

“Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél…” (Lucas 16:20a)

La palabra traducida “puerta” se utilizaba para describir las puertas del templo o las entradas de grandes propiedades. Probablemente se trataba de un gran portón con alguna estructura que vigilaba la entrada a la residencia de este hombre riquísimo.[v]

Era, sin duda, el mejor lugar donde Lázaro podría ubicarse para que lo vieran y, con suerte, le brindaran alguna ayuda.

La expresión que se usa aquí cuando dice que Lázaro “estaba echado” en la puerta proviene de un verbo que significa “arrojar” o “tirar”. La idea es que alguien lo dejó allí abandonado.[vi]

Podríamos decir que lo dejaron tirado a la entrada de la casa del hombre rico. Su única esperanza de sobrevivir se describe en el versículo siguiente:

“…estaba lleno de llagas, y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico…” (Lucas 16:20b–21a)

Es decir, se desesperaba por que le dieran las sobras.

El erudito William Barclay señala que en aquella época todos comían con las manos. Las personas adineradas solían limpiarse los dedos con pedazos de pan, y luego tiraban esos pedazos.

Así que Lázaro estaba esperando poder recoger algo de ese pan sucio para comer. En términos modernos, podríamos decir que prácticamente estaba sobreviviendo de lo que había en el bote de basura.

Y si todavía no sentimos compasión por la escena tan trágica que se describe aquí, el Señor añade un detalle más en el versículo 21:

“…y aun los perros venían y le lamían las llagas.” (Lucas 16:21b)

Ahora, no piense: “Bueno, al menos tenía unos perritos que le hacían compañía.”

No. En aquellos días nadie tenía perros como mascotas. Los perros eran animales carroñeros, que andaban sueltos por las calles y se movían en manadas. Eran peligrosos.

De hecho, el Nuevo Testamento utiliza la palabra “perros” para referirse a personas malvadas o falsos maestros.

El apóstol Pablo escribió en Filipenses 3:2.

“Guardaos de los perros, guardaos de los malos obreros…”

A los perros se los consideraba como animales impuros y peligrosos.

Lo siento, si usted es muy amante de los perros, pero así era la realidad en esos tiempos.

La escena que Jesús está describiendo es la de un hombre tan débil y tan enfermo, probablemente hambriento, que ni siquiera tiene fuerzas para espantar a los perros que lo molestan —perros que, sin duda, también estaban hambrientos.

Ahora leamos Lucas 16:22–31:

“Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado.

Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno.

Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama.

Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado.

Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá.

Entonces le dijo: Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento.

Y Abraham le dijo: A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos.

Él entonces dijo: No, padre Abraham; pero si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se arrepentirán.

Mas Abraham le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos.” (Lucas 16:22–31)

Observaciones sobre la vida después de la tumba

Permítame ahora darle nueve observaciones que surgen de esta impresionante descripción de la vida después de la muerte.

Primero, ninguno de los dos hombres dejó de existir.

No están dormidos en algún estado intermedio ni inconsciente. Ambos están plenamente vivos. Sabemos por otros pasajes de la Escritura que el alma o espíritu inmaterial recibe un cuerpo material que le permite experimentar inmediatamente gozo y satisfacción, o sufrimiento y sed.

Y eso es exactamente lo que vemos aquí. Abraham tiene un cuerpo; Lázaro tiene un dedo; el hombre rico siente el calor; tiene sed; quiere que alguien refresque su lengua con un poco de agua.

Estas son expresiones literales de un cuerpo que recibe la persona después de morir.

Segundo, esos cuerpos temporales son reconocibles, y la comunicación en el más allá es racional y consciente.

El hombre rico reconoce a Lázaro. De hecho, es capaz de darse cuenta de que Lázaro está sentado junto a Abraham.

Inmediatamente comienza a hablar con Abraham. No se comunica de manera telepática ni mística, sino de forma personal, consciente y racional.

Tres veces lo llama “padre Abraham”. Y no es porque haya aprendido la cancioncita de la escuela dominical. Lo que está diciendo es: “Yo soy tu descendiente. Estoy relacionado contigo.”

Abraham reconoce que existe una conexión física, pero deja claro que no existe una conexión espiritual por la fe.

Tercero, inmediatamente después de morir, la persona es plenamente consciente de tormento o de consuelo.

La opinión común en los días de Jesús era que el espíritu permanecía flotando cerca del cuerpo muerto durante tres días, antes de pasar al más allá. Pero el relato de Jesús demuestra que la conciencia después de la muerte es inmediata.

Esto coincide con la declaración del apóstol Pablo de que, cuando el alma se separa del cuerpo en la muerte, inmediatamente pasa a estar con el Señor.

Cuarto, La vida después de la muerte no elimina la memoria personal.

A veces pensamos que, al entrar en la eternidad, vamos a perder todo recuerdo de la vida en la tierra. Pero este pasaje muestra que no es así.

Para empezar, el hombre rico reconoce a Lázaro, lo cual requiere memoria. De hecho, su actitud hacia él ni siquiera cambia. Sigue tratándolo como alguien insignificante, como un simple sirviente.

En esencia está diciendo: “Abraham, envía a Lázaro para que venga y haga mi vida un poco más cómoda.”

En el caso del creyente, la memoria también formará parte de la eternidad, aunque será una memoria perfeccionada en santidad, vista desde la perspectiva de la sabiduría de Dios. De otro modo, pasaríamos la eternidad lamentándonos por nuestros pecados y fracasos como hijos de Dios.

Pero sí recordaremos. De hecho, como creyentes, vamos a necesitar nuestra memoria, porque el Tribunal de Cristo será el lugar donde el creyente recibirá recompensas por su servicio fiel durante su vida en la tierra. No tendría sentido una ceremonia de premiación si no tuviera memoria de lo que hizo para que lo premiaran.

Por ejemplo:

  • El pastor o anciano recibirá una corona especial por su servicio (1 Pedro 5:4).
  • El mártir recibirá una corona por su fidelidad hasta la muerte (Santiago 1:12).

Nada de eso tendría sentido si el anciano o el mártir no recordaran haber vivido y servido de esa manera.

Notará también que en el versículo 25 Abraham pronuncia una de las palabras más trágicas de todo el relato cuando le dice a este hombre incrédulo:

“Acuérdate de tu vida en la tierra.”

Imagine lo que eso implica: recordar los servicios en la sinagoga, las conversaciones con personas que sí seguían a Dios.

Pilato también recordará.

Caifás recordará.

Judas recordará.

Los recuerdos atormentarán a los no redimidos. Este hombre rico también recuerda que tiene cinco hermanos. Y recuerda algo más: ellos están tan perdidos como él.

Quinta observación: la separación entre el gozo y el juicio es infranqueable, irreversible y eterna.

Abraham le dice a este hombre:

“No puedes venir aquí, y Lázaro tampoco puede ir allá.”

Entre ambos lugares hay una gran sima, una separación imposible de cruzar. Y esa separación queda fijada para siempre.

Observa también que el hombre rico no protesta su sentencia. No discute diciendo que no debería estar allí. Tampoco se consuela pensando: “Esto debe ser un sueño; en cualquier momento voy a despertar y todo habrá terminado.”

No. Este es un veredicto inmutable de parte de Dios.

En el siglo XIV, Dante escribió su famoso poema épico La Divina Comedia. En su obra imaginó un descenso al infierno, donde recorre nueve círculos de sufrimiento por el pecado, para luego ascender por los niveles del purgatorio y, después de padecer allí, finalmente llegar al cielo.

Los líderes de la Iglesia Católica Romana aplaudieron esa obra, en gran parte porque respaldaba la idea del purgatorio —una enseñanza que la Biblia no menciona en ninguna parte. Y aunque gran parte del mundo occidental llegó a tratar ese poema casi como si fuera una descripción real, no deja de ser ficción.

No existe una salida de emergencia. No existe una conversión después de la muerte.

Sexta observación: La realidad del juicio llevó a este hombre rico —y debería llevarnos también a nosotros— a tener un profundo deseo de llevar el evangelio a otros.

Uno de sus primeros pensamientos fue: “mi familia. mis hermanos. Tengo cinco. Se que van por el mismo camino que yo.”

Entonces pide un milagro. Quiere una resurrección, pensando que así ellos se convencerán.

En esencia está diciendo: “¡Abraham, haz algo! ¡Envía a alguien! ¡Ellos no pueden morir sin Dios! ¡No quiero que nadie más venga a este lugar!”

El mundo, con arrogancia, suele decir: “Un día voy a estar en el infierno con todos mis amigos, y vamos a estar de fiesta para siempre.” Pero en el infierno no hay fiestas. Y tampoco hay amistades. Solo hay remordimiento, odio y dolor.

Este hombre cree que, si sus hermanos tuvieran más evidencia, entonces creerían en Dios. Pero no entiende una realidad fundamental:

Séptima observación: Las personas no están en el Hades porque les falte información, sino porque se rebelan contra la verdad.

Rechazan lo que saben que es verdad. La ley de Dios escrita en sus corazones: la resisten.

Ignoran el mensaje de la creación a su alrededor, que señala claramente a un Creador.

El pueblo judío, además, tenía el Antiguo Testamento. Y Abraham le recuerda a este hombre —que evidentemente era judío— que Moisés y los Profetas eran suficientes para guiar a una persona hacia su Mesías, su Redentor, el Siervo sufriente que sería herido por sus pecados.

Y aunque el milagro de una resurrección sí ocurrió, eso no cambió el corazón de Caifás, ni de Pilato, ni de los habitantes de Jerusalén. De hecho, Jesús levantó de entre los muertos a otro hombre llamado Lázaro —irónicamente—. ¿Y qué sucedió?

¡Los líderes religiosos quisieron matar a Lázaro para eliminar la evidencia!

No, estos cinco hermanos seguirían rechazando lo que ya sabían que era verdad, aunque se encontraran con alguien que regresara de entre los muertos, con tal de continuar viviendo como quieren.

Y mire esto: aunque este hombre ahora conoce la realidad del juicio y del tormento, sigue mostrando una actitud desafiante incluso en el Hades.

  • Discute con Abraham.
  • Nunca admite su egoísmo ni su culpa.
  • Nunca le pide perdón a Lázaro.
  • Nunca menciona haber pecado contra Dios.
  • De hecho, ni siquiera menciona a Dios.

Simplemente discute con Abraham y afirma, en esencia: “Moisés y los profetas no son suficientes. La Palabra de Dios no es suficiente.”

Y nuestro mundo hoy dice exactamente lo mismo.

La Biblia no es suficiente.

No es confiable.

No sabe de qué está hablando.

Son leyendas.

Son cuentos.

Todo es imaginación.

Eso me lleva a la octava observaciónDespués de la muerte no existe el incredulidad.

El pastor J. C. Ryle lo expresó así en sus notas sobre este pasaje, hace más de cien años: 

“El infierno es la verdad conocida demasiado tarde.”

Algún día todos creerán.

Si usted nunca ha creído en el juicio del santo Dios del universo, si nunca ha creído en la realidad de la ira de Dios, si nunca ha creído en la realidad del Hades y del cielo, si nunca ha creído que la Biblia ha dicho la verdad todo este tiempo, lo creerá después de morir.

Pero entonces será demasiado tarde.

Ahora bien, aunque Dios en su gracia dará recompensas a sus hijos por sus obras de servicio, el cielo no es una recompensa: es un regalo.

Este mendigo pobre no había logrado nada en la vida que pudiera hacerle imaginar que algún día ocuparía el lugar de honor junto a Abraham.

¡Qué cambio tan sorprendente!

¿Y por qué ocurre esta inversión tan radical?

Porque, como alguien lo resumió muy bien:

“El hombre rico lo tenía todo, menos a Dios.

Lázaro no tenía nada… excepto a Dios.”

Lázaro, el mendigo: abandonado, enfermo, hambriento, solo. Pero imagine lo que ocurrió en un instante. Hubo un cambio eterno. Como dice un poema cristiano:

Pisó la orilla… y descubrió que era el cielo.

Tomó una mano… y descubrió que era la del Señor.

Respiró un aire nuevo… y descubrió que era celestial.

Despertó en gloria… y descubrió que estaba en casa.[vii]


[i] Edited from Robert J. Morgan, Nelson’s Complete Book of Stories, Illustrations, & Quotes (Thomas Nelson, 2000), p. 428

[ii] Edited from Warren W. Wiersbe, Be Courageous (Victor Books, 1989), p. 44

[iii] William Barclay, The Gospel of Luke (Westminster Press, 1975), p. 212

[iv] David E. Garland, Zondervan Exegetical Commentary on the New Testament: Luke (Zondervan, 2011), p. 669

[v] Edited from Garland, p. 670

[vi] Charles R. Swindoll, Insights from Luke (Zondervan, 2012), p. 399

[vii] Poema atribuido a Don Wyrtzen.

Este contenido es una adaptación autorizada del ministerio Sabiduría Internacional, bajo la enseñanza original de Stephen Davey. Todos los derechos del contenido original están reservados a su autor.


Puede compartir o reproducir este material libremente solo con fines no comerciales, citando adecuadamente al autor y al ministerio. Queda prohibida su venta, modificación con fines lucrativos o redistribución sin permiso escrito.

Hemos procurado citar debidamente todos los recursos externos utilizados en cada lección. Las citas bíblicas provienen principalmente de la versión Reina-Valera 1960 y de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), aunque en algunos casos se emplean otras versiones de la Biblia para facilitar la comprensión del pasaje.
Reina-Valera 1960® © 1960 Sociedad Bíblica Trinitaria. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.
La Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © 2019 por The Lockman Foundation. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

Adaptado y publicado por el ministerio Sabiduría Internacional.

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