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Las responsabilidades de un seguidor de Cristo

La vida cristiana no se vive en aislamiento. Cada decisión que tomas deja una marca en quienes te rodean, ya sea para bien o para mal. En este pasaje del evangelio de Lucas, Jesús habla con Sus discípulos de forma directa, llevándolos a considerar con seriedad su vida delante de Dios y su relación con los demás. A través de esta conversación, se hace evidente que seguir a Cristo implica una responsabilidad real. No se trata solo de lo que crees, sino de cómo vives. En este estudio, veremos tres áreas donde nuestra vida tiene un impacto directo en otros. Acompáñanos y reflexiona sobre el tipo de influencia que estás ejerciendo cada día.

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Introducción

Chuck Colson, fundador del ministerio Prison Fellowship, dedicado a llevar el evangelio a las cárceles, quien ahora esta con el Señor, escribió que el cristianismo nunca fue diseñado por Dios para ser un sistema de creencias individual o solitario, sino una comunidad de creyentes que siguen juntos la verdad de la Palabra de Dios.[i]

La Biblia nunca dice: “Hay seguridad en seguir tu propio consejo”. Más bien dice: 

“En la multitud de consejeros hay seguridad.” (Proverbios 11:14).

Hay seguridad cuando caminamos con otros creyentes maduros y responsables que nos ayudan a vivir correctamente.

Pertenecer a una iglesia local —una comunidad de creyentes que han puesto su fe en la verdad de la Palabra de Dios— es algo para lo que Dios nos diseñó. Allí nos ayudamos unos a otros a alejarnos de la peligrosa corriente de nuestro propio orgullo, de nuestras propias ambiciones, y de ese deseo natural que todos tenemos de no rendir cuentas a nadie más que a nosotros mismos

Cuando uno lee por primera vez los versículos iniciales de Lucas capítulo 17, parece que no tienen mucho en común. Uno podría pensar que son solo una compilación de conversaciones y comentarios entre Jesús y Sus discípulos.

Pero al examinar este pasaje con más cuidado, queda claro que el Espíritu Santo, por medio de Lucas, los colocó juntos para destacar un tema común: nuestras responsabilidades en la vida cristiana.

También aparecerán elementos como la honestidad, la humildad y la transparencia, pero el hilo que conecta todo es la responsabilidad personal delante de Dios y de otros creyentes.

Y déjeme decirte algo: este es uno de esos pasajes donde Jesús se quita los guantes, por así decirlo. No suaviza Sus palabras. Va directo al corazón de Sus discípulos con advertencias muy claras.

Es como si el Señor dijera: “Tomen en serio la vida cristiana.  Hablemos con franqueza de nuestra responsabilidad, de nuestra influencia, y de cómo debemos vivir delante de los demás.”

¿Cómo se ve la vida de un creyente que toma en serio esa responsabilidad? Jesús está a punto de mostrarnos tres áreas donde esto debe hacerse evidente en tu vida y en la mía.

Primero:

Somos responsables ante los nuevos creyentes de influenciarlos correctamente

Ahora observe el versículo 1:

“Dijo Jesús a sus discípulos: Imposible es que no vengan tropiezos; mas ¡ay de aquel por quien vienen!” (Lucas 17:1)

La expresión “tropiezos” proviene de la palabra griega skándalon, de donde viene nuestra palabra escándalo.

Siempre existe el peligro de caer en una trampa espiritual … y tropezar en el pecado. Así que ten cuidado. No permitas que tu estilo de vida coloque una trampa para alguien que te está observando, porque podría llevarlo a su propia ruina espiritual.

Mi esposa me contó el otro día que salió al garaje y vio un pequeño ratón de campo desaparecer detrás de una caja. Así que pronto tengo que ir a comprar algunas trampas para ratones.

Ahora, sé que algunos compran esas cajitas de cartón para atraparlos vivos y liberarlos afuera… para que vuelvan a entrar después. Adelante, si quieren.

Yo no.

Yo compro esas trampas de madera con esa pieza plástica amarilla que parece queso. Y encima le pongo mantequilla de maní… ¡porque quiero que disfruten su última comida!

Pues bien, esa pequeña pieza amarilla con mantequilla de maní es el skándalon: el mecanismo que activa la trampa.

Se ve inocente. 

Es atractivo. 

Parece divertido. 

Es popular. 

Es legal… así que debe estar bien, ¿no? 

Además, miras a quien respetas mucho lo ves haciendo lo mismo. Todo el mundo lo hace. Así que el creyente nuevo, ingenuo en la fe, podría caer en la trampa y luego sufrir consecuencias muy serias. 

Jesús no especifica exactamente qué representa ese tropiezo— y, francamente, la lista sería muy larga. Su punto aquí es llevarnos a reconocer nuestra responsabilidad personal.

¿Alguna vez has pensado que eres personalmente responsable por la influencia que ejerces sobre otras personas?[ii]

No vivimos solo para nosotros mismos; ningún hombre o mujer vive en aislamiento. Hoy escucho constantemente a personas decir que lo importante es “ser fieles a sí mismos”. Pero eso podría ser devastador para tu familia, para tu matrimonio o para la vida de alguien más. Tenemos la responsabilidad de pensar en los demás, no solo en lo que queremos hacer.

¿Has considerado que Dios nos diseñó para influirnos unos a otros? Para guiarnos mutuamente. La Biblia tiene una palabra para eso: discipulado.

Los creyentes más maduros tienen la responsabilidad de poder decir: “Sígueme.”

Eso es precisamente lo que escribe el apóstol Pablo cuando dice:

“Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.” (1 Corintios 11:1)

Y Hebreos 13:7 también nos exhorta:

“Acordaos de vuestros pastores… e imitad su fe.”

Hoy vivimos en un mundo donde, especialmente en las redes sociales, existe un número creciente de personas que se llaman “influencers”. Su profesión consiste en publicar su vida, sus opiniones, sus pensamientos y sus habilidades.

Imagínese lo que significa responder a la pregunta:

“¿A qué te dedicas?”

“Yo influyo en la gente.”

Pero imagine también el peso del juicio que enfrentará alguien que influyó a otros a pecar, a negar al Dios Creador, a perseguir su propia “verdad”, a elegir su propia moral y, básicamente, a vivir solo para sí mismos.

¿De verdad quieres ser un influencer?

Déjeme decirte algo: desde la perspectiva de Jesús, ya lo eres.

Tal vez no tengas un millón de seguidores, pero tienes más de los que imaginas. Puede ser un hijo, un amigo, un compañero de clase, un estudiante, un vecino, un compañero de trabajo… o incluso un enemigo. No tienes idea de quién te está observando… pero alguien lo está haciendo.

Jesús está diciendo aquí que tomemos en serio nuestra responsabilidad como creyentes. Acéptala y adminístrala con cuidado

En otras palabras: “No permitas que tu vida se convierta en un peligro espiritual para alguien más.”

Las consecuencias son demasiado grandes. De hecho, Jesús continúa con una advertencia muy seria en el versículo 2:

“Mejor le fuera que se le atase al cuello una piedra de molino y se le arrojase al mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeñitos.” (Lucas 17:2)

La expresión “pequeñitos” puede referirse a creyentes nuevos que están dando sus primeros pasos en su caminar con Dios. Ellos suelen verse muy influenciados por creyentes más maduros.

Pero “pequeñitos” también puede aplicarse de manera más general a los jóvenes. Los pequeños, por naturaleza, son moldeables y confiados; se dejan guiar con facilidad.

Piensa entonces en la responsabilidad que tienen:

  • los productores de televisión y de redes sociales;
  • los autores de libros;
  • los expertos que publican sus ideas por internet;
  • los maestros de escuela primaria;
  • los profesores universitarios que colocan tropiezos de incredulidad o escepticismo;
  • los líderes en el área de la educación que normalizan conductas inmorales y hacen creer a los jóvenes que es seguro pecar.

Para quienes usan su posición de influencia para llevar a otros al pecado, Jesús utiliza una ilustración bastante gráfica que transmite la seriedad de Su advertencia.

Escucha nuevamente lo que dice el versículo 2:

“Mejor le fuera que se le atase al cuello una piedra de molino y se le arrojase al mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeñitos.”

Una piedra de molino pesaba cientos de kilos. Nadie habría pensado en atar una piedra así al cuello del peor criminal del país y arrojarlo al lago. Sería una forma horrible de morir.

Y Jesús, en efecto, está diciendo que sería mejor morir de esa manera tan terrible que ser culpable de desviar a uno de estos pequeños —ya sea un creyente nuevo o un niño— del camino correcto.

El día del juicio viene. Así que ten cuidado con lo que enseñas a los pequeños.

Tal vez hoy viniste pensando en ofrecerte como voluntario para enseñar en la escuela dominical… ¡y ahora ya no estás tan seguro!

¡Adelante! ¡hazlo! Pero no lo tomes a la ligera. Vive con ese santo temor de que podrías desviar a alguien si no eres cuidadoso.

El teólogo William Barclay contó acerca de un amigo suyo llamado Kennedy Williamson. Kennedy en su vejez tenía un recuerdo que todavía le pesaba en la conciencia. Él contó que cuando era niño solía jugar en un terreno público del pueblo. Cerca del terreno había una intersección y un viejo poste con señales, ya bastante deteriorado.

Kennedy dijo:

“Recuerdo que un día lo giré para que las flechas del poste apuntaran en la dirección equivocada. Y hasta el día de hoy me pregunto qué habré causado… cuántas personas habré enviado por el camino equivocado.”[iii]

Piensa en esto:

Cuando las personas se encuentran contigo en las encrucijadas de la vida, ¿hacia dónde apunta tu vida? ¿hacia dónde los guia tu influencia?

Jesús quiere que todos tengamos este sentido de responsabilidad.

Somos responsables ante los creyentes nuevos de influenciarlos correctamente.

Ahora, en segundo lugar:

Somos responsables ante otros creyentes de perdonarlos con gracia

Observa ahora el versículo 3:

“Mirad por vosotros mismos. Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: ‘Me arrepiento’, perdónale.” (Lucas 17:3–4)

La expresión “mirad por vosotros mismos” transmite la idea de velar unos por otros. Implica cuidar la vida espiritual de los demás. En otras palabras, somos responsables de cuidarnos los unos a otros. Esta ilustración puede aplicarse en ambos sentidos.

Aquí el Señor les pide a Sus discípulos que imaginen a alguien que peca contra ellos personalmente. Su tendencia —y la nuestra también— es sentirnos heridos, quizá guardar resentimiento, alimentar amargura… y luego contarles a otros lo que nos hicieron.[iv]

La verdad es que es más fácil hablar de alguien a sus espaldas que hablar con esa persona cara a cara.[v]

Tal vez lo más natural sea pensar: “¡Olvídalo! Yo no tengo ninguna responsabilidad con esa persona. ¿Por qué tendría que involucrarme en lo que hizo?”

¿Soy acaso guardián de mi hermano?

Y Jesús responde: “Sí, lo eres.”

Esa persona está en peligro si continúa en ese patrón de pecado. Hoy pecó contra ti, pero mañana podría dañar a muchos más. Así que esto es lo que debemos hacer. Jesús dice en el versículo 3:

“Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale.”

La palabra “reprender” aquí significa señalar una falta y advertir con seriedad. Ahora bien, eso no significa que tu nueva misión en la vida sea andar buscando a quién reprender.

Reprender a las personas no es un don espiritual.

No estamos vigilando a las personas para detectar pecados; estamos buscando restauración.

Ahora observa algo importante. Jesús dice: 

“y si se arrepintiere, perdónale.”

Marca bien esa frase— si se arrepiente, perdónalo.

Ten eso presente cuando pienses que debes perdonar a alguien que ni siquiera ha pedido perdón. Podrías hacer más daño que bien si te adelantas al proceso.

Si la persona no se arrepiente, puedes pedirle a Dios que la perdone. Eso fue lo que hizo Jesús en la cruz, y también Esteban cuando lo estaban apedreando; ambos dijeron: “Padre, perdónalos.”

En otras palabras, entregaron a quienes los maltrataban en las manos de Dios. Así, en lugar de seguir viviendo como víctima una y otra vez, los pones en las manos del Señor, y el asunto queda entre esa persona y Dios.

Y, por cierto, Dios mismo no perdona a los pecadores si no se arrepienten. La palabra arrepentirse en este contexto significa cambiar de manera de pensar, en lugar de justificar el pecado.

Hoy en día muchos creyentes —e incluso algunas iglesias— están “perdonando” a cualquiera, aunque nunca se hayan arrepentimiento.

A veces escucho a líderes cristianos confesar los pecados de su país y pedirle a Dios que perdone a la nación. Pero Dios no va a perdonar a su nación, porque la nación no le está pidiendo perdón a Dios.

Además, las naciones no se arrepienten; las personas se arrepienten.

Los ninivitas se arrepintieron como individuos, desde el rey hasta el más humilde, y por eso la ciudad de Nínive fue perdonada.

Mi pueblo no se arrepiente. La junta de vecinos de mi barrio tampoco se arrepiente… aunque siga subiendo las cuotas. Pero las personas que viven en mi barrio y en mi pueblo sí pueden arrepentirse.

Entonces, ¿qué ocurre si alguien peca contra ti, responde a tu reprensión con humildad y se arrepiente?

Jesús lo dice claramente otra vez en el versículo 3:

“Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale.”

Uno podría decir: “Está bien, puedo hacer eso.”

Pero Jesús no ha terminado. Mira lo que dice el versículo 4:

“…y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: ‘Me arrepiento’, perdónale.” (Lucas 17:4)

Perdonarlo siete veces en un mismo día. ¿Quién haría algo así?

Dios.

¿No te alegra saber que Dios no está llevando la cuenta?

Jesús está diciendo que el perdón no debe ser una experiencia ocasional, sino una práctica constante.[vi]

No es de extrañar entonces que, en el versículo 5, leamos:

“Dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe. Entonces el Señor dijo: Si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este sicómoro: ‘Desarráigate, y plántate en el mar’; y os obedecería.” (Lucas 17:5–6)

En otras palabras, tienes que confiar en Dios para que Él produzca en ti ese espíritu de perdón que, humanamente hablando, es imposible.

Tal vez esperaríamos que los discípulos respondieran al Señor diciendo:

“Señor, auméntanos el amor. Vamos a necesitar mucho amor para poder perdonar así.” Y ciertamente, el amor es parte de esta ecuación. Pero también se necesita fe en Cristo para poder perdonar a las personas. ¿Por qué? Porque la palabra perdonar significa literalmente “soltar” o “liberar.”[vii]

Cuando perdonas, estás soltando el asunto en las manos de Dios, confiando en Él:

  • para encargarse de las consecuencias;
  • para aclarar los malentendidos;
  • para cuidar tu reputación;
  • para determinar cuándo y cómo vindicarte;
  • y para obrar todas las cosas para tu bien y para Su gloria.[viii]

Los apóstoles entendieron el punto: hará falta fe en la grandeza de Dios —aunque sea una fe tan pequeña como un grano de mostaza.

Hasta aquí, Jesús nos ha enseñado dos cosas:

  • Somos responsables ante los creyentes nuevos de influenciarlos correctamente.
  • Somos responsables ante otros creyentes de perdonarlos con gracia.

Ahora el Señor presenta una tercera ilustración:

Somos responsables ante el Señor Jesús de servirle con disposición

Observa ahora el versículo 7:

“¿Quién de vosotros, teniendo un siervo que ara o apacienta ganado, al volver él del campo, luego le dice: ‘Pasa, siéntate a la mesa’?

¿No le dice más bien: ‘Prepárame la cena, cíñete y sírveme hasta que yo haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú’?

¿Acaso da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado?

Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: ‘Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos.’” (Lucas 17:7–10)

Quiero detenerme un momento aquí para aclarar algo que los teólogos liberales suelen usar para intentar demostrar —especialmente a estudiantes universitarios— que Jesús y la Biblia aprueban la esclavitud, y que por lo tanto ninguno de los dos puede ser confiable.

Cuando hoy escuchamos la palabra “siervo” o “esclavo”, inmediatamente pensamos en esa época terrible de la historia, cuando secuestraban a personas de todas las edades de sus hogares y luego las vendían como esclavos.

En hebreo y en griego, esa práctica tiene un término específico que literalmente significa “robar personas.”

Pero tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento condenan esa práctica. La Biblia puede registrar que ocurrió, pero Dios nunca la aprobó. De hecho, Dios condenó el secuestro y la venta de personas como esclavos como un crimen que merecía la pena de muerte.

En Éxodo 21:16, la ley de Dios declara:

“El que robare una persona y la vendiere, o si fuere hallada en sus manos, morirá.” (Éxodo 21:16)

Así de claro.

Más adelante, en el Nuevo Testamento, en 1 Timoteo capítulo 1, el apóstol Pablo describe a las personas impías que violan la ley de Dios. Y en medio de esa lista aparece precisamente el término “secuestradores” o “traficantes de personas.” (1 Timoteo 1:10)

Dios llama a esa práctica una abominación. Nunca fue algo aprobado por Dios. Sin embargo, tristemente, sigue ocurriendo hoy en diferentes partes del mundo. En varios países, cristianos han sido arrancados de sus hogares y vendidos como esclavos.

Pero un día Dios traerá juicio sobre todo eso.

Ahora bien, en el primer siglo existían otros tipos de siervos o servidores. Por ejemplo, Marcos 1 dice que los apóstoles Jacobo y Juan, junto con su padre Zebedeo, tenían un negocio de pesca, y el evangelio menciona que tenían “jornaleros.”

Eran siervos que trabajaban por salario. Podríamos pensar en ellos más bien como empleados.

Estos siervos no eran ciudadanos romanos libres, pero, como millones de personas en el Imperio romano, podían tener sus propias casas y formar sus propias familias. Muchos de ellos eran médicos, abogados, maestros o trabajadores de distintos rubros.

Especialmente en las zonas rurales, se solía adoptar prácticamente a los siervos. Vivían en la propiedad de su señor y servían en la casa o en la granja, recibiendo a cambio alojamiento y comida, casi como parte de la familia.

Ese es precisamente el tipo de persona que aparece en la ilustración del Señor. Notarás que este hombre trabaja tanto en el campo como en la cocina.[ix]

Según la ilustración, él ha estado trabajando en el campo hasta la hora de la comida, que en aquella cultura era la comida principal de la tarde-noche.

Jesús describe una escena muy común para enfatizar su punto: este siervo regresa del campo y jamás esperaría que su amo le diera las gracias por haber arado todo el día, ni que le dijera que se siente a descansar cómodamente mientras él va a prepararle la cena.

No. Eso también forma parte de su trabajo.

En realidad, Jesús está planteando esta pregunta a Sus discípulos:

¿Qué esperan ustedes cuando sirven a su Señor? ¿Van a servirle porque Él les da las gracias, o porque les facilita las cosas? ¿Porque les da un asiento cómodo y servicio a la habitación?

¿O van a servir a Dios —como dice el versículo 10— porque es su deber?

Y, seamos honestos, eso no nos gusta mucho. Porque estamos acostumbrados a hablar de:

  • sindicatos laborales y semanas de trabajo de cuarenta horas;
  • pago extra por horas adicionales;
  • días por enfermedad y paquetes de beneficios;
  • vacaciones y licencias de maternidad;
  • feriados nacionales y bonos de fin de año.

¡Un momento!

¿Quieres decir que Jesús espera que le rindamos cuentas como nuestro Señor, y que nuestra responsabilidad es servirle?

¿Quieres decir que mi recompensa es que tuve el privilegio de trabajar para Él?

Sí.

Y eso ya es recompensa suficiente.

Claro, sabemos por las Escrituras que Dios va a recompensarnos de manera maravillosa. Tenemos un lugar en el reino de Cristo; somos la novia de Cristo, y un día seremos vestidos con gloria.

Pero este pasaje también nos recuerda algo importante: seguimos siendo Sus siervos.

Conclusión

Este pasaje nos desafía a tomar en serio nuestra responsabilidad espiritual. Es tiempo de examinar nuestra manera de vivir.

¿Estamos guiando a los creyentes más jóvenes hacia una vida santa, o los ponemos en peligro con nuestro ejemplo?

Es tiempo de examinar nuestro espíritu.

¿Perdonamos rara vez… o perdonamos una y otra vez, con gracia?

Es tiempo de examinar nuestras expectativas al servir al Señor.

¿Es suficiente recompensa el privilegio de servirle?

Lucas aparentemente tomó muy en serio el consejo del Señor. Antes de su conversión era médico. Luego dejó su profesión y, ya en sus cincuenta años, comenzó a viajar con Pablo y Silas para servir en la obra misionera. Naufragó con Pablo en la isla de Malta y estuvo a su lado mientras el apóstol soportaba el encarcelamiento en Roma.

Después de la muerte de Pablo, Lucas viajó a Beocia, en el centro de Grecia, donde escribió dos libros extraordinarios: el Evangelio de Lucas y el libro de los Hechos. En ellos casi nunca se menciona a sí mismo.

Una antigua nota introductoria al Evangelio de Lucas, que data del segundo siglo dice lo siguiente:

“Habiendo permanecido soltero y sin hijos, Lucas sirvió fielmente al Señor hasta que falleció en Beocia, a los 84 años, lleno del Espíritu Santo.”

Lucas fue fiel y responsable hasta el final. 

Que también puedan decir eso de nosotros. Que fuimos una buena influencia para los creyentes nuevos, perdonamos a otros creyentes con gracia y servimos con fidelidad a nuestro Señor y salvador Jesucristo.


[i] Charles Colson, The Body (Word Publishing, 1992), p. 32

[ii] Adapted from David E. Garland, Exegetical Commentary on the New Testament: Luke (Zondervan, 2011), p 679

[iii] William Barclay, The Gospel of Luke (Westminster Press, 1975), p. 216

[iv] Warren W. Wiersbe, Be Courageous (Victor Books, 1989), p. 50

[v] Garland, p. 680

[vi] Dale Ralph Davis, Luke (Christian Focus, 2021), p. 58

[vii] Swindoll, p. 407

[viii] Adapted from Wiersbe, p. 51

[ix] Kenneth E. Bailey, Poet & Peasant & Through Peasant Eyes (Eerdmans Publishing, 1983), p. 115

Este contenido es una adaptación autorizada del ministerio Sabiduría Internacional, bajo la enseñanza original de Stephen Davey. Todos los derechos del contenido original están reservados a su autor.


Puede compartir o reproducir este material libremente solo con fines no comerciales, citando adecuadamente al autor y al ministerio. Queda prohibida su venta, modificación con fines lucrativos o redistribución sin permiso escrito.

Hemos procurado citar debidamente todos los recursos externos utilizados en cada lección. Las citas bíblicas provienen principalmente de la versión Reina-Valera 1960 y de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), aunque en algunos casos se emplean otras versiones de la Biblia para facilitar la comprensión del pasaje.
Reina-Valera 1960® © 1960 Sociedad Bíblica Trinitaria. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.
La Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © 2019 por The Lockman Foundation. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

Adaptado y publicado por el ministerio Sabiduría Internacional.

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