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Volviendo a dar gracias a Dios

La vida avanza rápido, y en medio de lo cotidiano es fácil acostumbrarnos a la gracia de Dios sin detenernos a agradecer. Recibimos sus bendiciones, su provisión y su cuidado… pero muchas veces seguimos adelante sin regresar a Él con gratitud. En este estudio, una escena sencilla pero profundamente reveladora nos confronta con una realidad común: podemos experimentar la obra de Dios y aun así pasar por alto al Dios que la hace posible. A través de esta lección, descubriremos cómo cultivar una respuesta diferente—una que reconoce, valora y agradece la gracia de Dios cada día. Acompáñanos y aprendamos juntos a no seguir de largo.

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Introducción

El 12 de enero de 2007, un hombre pobre, que esperaba recibir donaciones tocando música en lugares públicos, se instaló en una estación del metro en Washington, D.C. Vestido con ropa sencilla y una gorra de béisbol, comenzó a tocar su violín, con el estuche abierto frente a él sobre el suelo. Era la hora punta de la mañana, y esperaba recibir algunas monedas de quienes pasaban por allí.

Era una fría mañana de enero. La mayoría de las personas no mostró interés alguno en su situación; además, todos iban apurados. Nadie parecía notar que aquel hombre estaba interpretando piezas de Johann Sebastian Bach con una habilidad extraordinaria.

Tocó durante unos 45 minutos, hasta que la multitud comenzó a dispersarse y la hora punta terminó. Se estima que más de mil personas pasaron frente a él. Sin embargo, solo siete se detuvieron por unos segundos antes de seguir su camino.

Un hombre de mediana edad pareció reconocerlo; se detuvo un momento, escuchó brevemente y luego dejó un billete de 20 dólares en el estuche. Nadie más le prestó mayor atención. Algunos lanzaron unas monedas al pasar, pero al final de la mañana había reunido apenas 32 dólares con 17 centavos.

Cuando terminó de tocar y la hermosa música se apagó, guardó sus cosas y se alejó lentamente. Nadie lo notó. Nadie aplaudió. Nadie le agradeció por haber llenado esa mañana agitada con melodías tan hermosas.

Y nadie lo reconoció.

Nadie sabía que, tres días antes, había agotado las entradas de un concierto en Boston. Nadie sabía que estaba tocando un violín Gibson Stradivarius, valorado en millones de dólares.

Nadie sabía que aquel hombre era Joshua Bell, el reconocido violinista que había debutado años antes, a los 17 años, en el Carnegie Hall, una de las salas de concierto más prestigiosas del mundo, ubicada en Nueva York.

Lo que ocurrió en esa estación del metro fue un experimento social. Se colocaron cámaras para grabar a las personas: gente demasiado ocupada como para agradecer a este talentoso músico o siquiera detenerse a escuchar.

¿Alguien lo reconocería? ¿Alguien se detendría? ¿Alguien aplaudiría su talento o le agradecería por alegrar su mañana?

El periodista que ideó este experimento ganó más tarde un Premio Pulitzer por su reportaje sobre lo ocurrido en esa estación del metro en Washington, D.C.

Fue un experimento que dejó al descubierto ese lado del corazón humano que se distrae con facilidad, que vive centrado en sí mismo, que no observa… y que rara vez agradece.

No sé tú, pero yo puedo verme fácilmente entre la multitud, pasando de largo y perdiéndome el momento.

Un evento muy parecido está a punto de ocurrir en la vida de diez hombres. Las cámaras de la inspiración divina captaron este encuentro, que probablemente no tomó más de 45 minutos en desarrollarse.

Lucas, como un reportero inspirado, registra este momento en su evangelio.

La necesidad de la gracia de Dios

Hoy volvemos a Lucas capítulo 17. Observemos lo que sucede a continuación en el versículo 11:

“Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea.

Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!” (Lucas 17:11–13)

Acompáñame a viajar a ese mundo que Lucas nos está describiendo.

Jesús y sus discípulos llegan justo al borde del pueblo, en la entrada de una aldea cuyo nombre Lucas no nos da.

Por lo general, los leprosos vivían fuera del área común del pueblo, lejos de la gente. Se les consideraba contagiosos, impuros, indeseables… incluso castigados por Dios, como si su condición fuera una señal de culpa o de pecado.

En aquellos tiempos, no había diagnóstico más temido que escuchar: “Tienes lepra”.

En muchos sentidos, era una sentencia de muerte.[i]

El término griego que Lucas utiliza aquí para “lepra” es amplio; no se refiere solo a una enfermedad específica, sino a una variedad de afecciones de la piel.[ii]

Cualquier erupción o problema visible podía levantar sospechas. Entonces, un sacerdote examinaba a la persona. Si se confirmaba la lepra, lo expulsaban de inmediato fuera del pueblo o la ciudad, aislándolo completamente de cualquier contacto humano… incluso de su propia familia.[iii]

Los leprosos solían improvisar pequeñas chozas o refugios precarios en las afueras, donde vivían a distancia.[iv]

Y esa frase que usa Lucas—“se pararon de lejos”— encierra un mundo de sufrimiento.

Sabemos por registros históricos que un leproso no podía acercarse a menos de unos 45 metros de otra persona… a menos que fuera otro leproso.[v]

En algunos casos, sus familiares dejaban comida en un lugar designado, y luego se retiraban para que ellos pudieran recogerla sin acercarse.[vi]

Pero la mayoría del tiempo, la vida seguía… sin ellos.

Con el paso del tiempo, los olvidaban.

Así que estos hombres vivirían el resto de sus vidas a esa distancia: a unos 45 metros de todo lo que amaban. A unos 45 metros de sus hijos, de sus esposas, de la sinagoga, de sus amigos.

Lo suficientemente cerca como para ver a sus hijos jugar… pero demasiado lejos para abrazarlos o hablar con ellos. Lo suficientemente cerca como para escuchar la risa del pueblo… pero demasiado lejos para saber por qué, o para unirse a ella.

Si alguien escribiera la biografía de una colonia de leprosos, podría titularla: “A cincuenta metros de la esperanza”, o “A cincuenta metros del amor”, o incluso, “A cincuenta metros de la vida”.

Josefo, el historiador judío del primer siglo, escribió que un leproso no se diferenciaba en nada de un cadáver… y que sanar a un leproso era comparable a resucitar a un muerto.

No existía cura humana para esta enfermedad.[vii]

Los rabinos en los días de Jesucristo enseñaban que solo Dios podía sanar la lepra. Pues bien… déjame decirte algo: Dios está a punto de pasar por allí. De hecho, ya está llegando.

El relato de Lucas sugiere que este encuentro ocurre cerca de una aldea judía, en la frontera con Samaria. Y al parecer, en ese punto, los leprosos samaritanos y judíos ya no se preocupaban por sus diferencias. Después de haberlo perdido todo, esas divisiones ya no importaban. Los únicos amigos de un leproso… eran otros leprosos.

Lucas nos dice en el versículo 12 que estaban “parados de lejos”—probablemente a unos 45 metros.

Y alzaron la voz diciendo: “¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!”

Ellos saben quién es. Lo llaman por su nombre: Jesús. Y también lo llaman “Maestro”, un término equivalente a rabino, a maestro religioso.[viii]

Es decir, reconocen que es un líder espiritual… un maestro. Pero no cualquier maestro: uno que sana. Evidentemente, ya habían oído que Jesús había sanado a un leproso años antes. Esa noticia impactante sobre su poder se había difundido por toda la región.

Aquel leproso —como Lucas nos contó en el capítulo 5— le había preguntado al Señor si estaba dispuesto a sanarlo. Y Jesús respondió: “Sí, quiero”… como diciendo: “Sí, estoy dispuesto incluso a sanar a un leproso”. Y en ese instante, aquel hombre quedó limpio.

Pero estos diez leprosos, ahora, no preguntan: “Señor, ¿quieres?” Ellos dicen: “Señor… ¿nos mostrarás esa misma misericordia?”

El tono de su clamor podría expresarse con una sola palabra: “Por favor”.[ix]

Es un ruego desesperado, un clamor que brota del dolor:

“¡Por favor, por favor—Jesús, Maestro—ten misericordia de nosotros!”

Recibiendo la gracia de Dios

Jesús se detiene… y responde con una instrucción inesperada. Observa el versículo 14:

Cuando Jesús los vio, les dijo: “Id, mostraos a los sacerdotes.” Lucas 17:14a

Esto no era lo que ellos esperaban.

En Lucas capítulo 5, Jesús se acercó al leproso, lo tocó… y lo sanó instantáneamente.

Pero aquí, el Señor no se acerca, no los toca… simplemente les da una orden: “Vayan y preséntense a los sacerdotes.”

Y eso representa un problema. Ellos todavía tienen lepra. Podrían haber respondido: “No podemos acercarnos a menos de 45 metros de un sacerdote. Ni siquiera nos dejarían entrar.”

Sabemos por los registros históricos judíos que los sacerdotes evitaban cualquier contacto con leprosos. Ni siquiera compraban comida en un lugar por donde hubiera pasado uno de ellos. Y, además, los sacerdotes también podían contagiarse. No querían tener absolutamente nada que ver con ellos.

Pero estos diez hombres entendieron perfectamente lo que implicaba la orden de Jesús. Según la ley de Moisés, si una persona notaba que su lepra estaba desapareciendo, si veía señales de sanidad en su piel, entonces podía ir al sacerdote para que confirmara su limpieza.

Pero había un detalle clave: nadie iba al sacerdote… a menos que ya hubiera visto alguna mejoría. Si realmente estaban sanos, el sacerdote realizaba una serie de sacrificios durante ocho días y luego los declaraba limpios, reintegrándolos a la sociedad (Levítico 14).

Pero aquí, Jesús les está diciendo que vayan… cuando todavía están cubiertos de lepra. Eso no se hacía.

Puedo imaginar a estos hombres mirándose entre sí, confundidos:

– “¿Escuchaste lo que yo escuché?”

– “Sí… creo que sí. Está lejos, pero parece que dijo que  vayamos a los sacerdotes.”

– “¿A los sacerdotes? ¿Para qué?”

Jesús les está pidiendo que ejerzan fe en Su poder para sanarlos… antes de darles cualquier evidencia visible de que lo hará.

Y es solamente cuando obedecen Su palabra que el versículo 14 nos dice:

“…y mientras iban, quedaron limpios.” Lucas 17:14b

Podrías expresarlo así: solo después de ponerse en camino… fueron sanados.

Es decir, mientras obedecían Su palabra, comenzaron a experimentar el poder de esa misma palabra.

No pierdas esto de vista: ellos tuvieron que confiar en lo que Jesús dijo… sin ver ninguna evidencia.

Y, por cierto, tú también. ¿Cómo sabes que irás al cielo? Porque Él lo dijo:

“Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Romanos 6:23)

¿Cómo sabes que realmente perdona tus pecados? Porque Él lo dijo:

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1 Juan 1:9)

Así que los diez leprosos están allí, mirándose unos a otros. No sabemos cuánto tiempo dudaron o conversaron, pero finalmente todos estuvieron de acuerdo en empezar a caminar.

Tampoco sabemos cuánta distancia recorrieron antes de que la lepra comenzara a desaparecer.

Si fue algo progresivo… o si, después de unos pocos pasos, desapareció por completo.

Lo que sí sabemos es que no tenían espejos… pero podían verse entre ellos.[x]

Si hubiéramos estado allí, en algún momento los habríamos visto detenerse, mirarse las manos, los pies… examinarse unos a otros. Y de pronto, saltar de alegría.

Quizás llorando, abrazándose… y luego corriendo, lo más rápido que sus cuerpos recién sanados se los permitían, en busca de un sacerdote, para poder volver a la vida.

Jesús, en efecto, ha hecho lo imposible… ha levantado a muertos en vida.

Todos salen corriendo… excepto uno.

Respondiendo a la gracia de Dios

El versículo 15 dice:

“Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz.” Lucas 17:15

El idioma original indica que comenzó a alabar a Dios con una fonē megalē. De ahí viene nuestra palabra “megáfono”.

Es decir, el hombre está gritando fuerte… no se puede contener.

Me recuerda a aquella mujer a quien el pastor Charles Spurgeon le estaba compartiendo el evangelio en Londres, a fines del siglo XIX. Cuando ella comenzó a entender que Cristo podía perdonarla y salvarla, se emocionó tanto que le dijo a Spurgeon:

“¡Si Jesús me salva a mi, no voy a dejar de agradecérselo jamás!”[xi]

Bueno… este leproso tampoco va a dejar de agradecerle a Jesús por lo que hizo.

Versículo 16 dice:

“Y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias.” Lucas 17:16a

Ahora está adorando a Jesús.

Antes estaba glorificando a Dios… y ahora está dando gracias a Jesús. Es como si hubiera entendido algo más profundo: Jesús no es simplemente un rabino judío.

Jesús es digno de adoración. Es el Mesías con autoridad divina… Dios encarnado. Solo Dios puede sanar la lepra. Y Jesús acaba de hacerlo.

La adoración de este hombre, postrado a los pies de Jesús, equivale a reconocerlo como su Mesías divino.

Y entonces Lucas añade un detalle biográfico al final del versículo 16:

“…y éste era samaritano.”

Esto implica que algunos —o quizás todos— los otros nueve leprosos eran judíos.

Es como si Lucas nos dijera: “El que menos esperabas que regresara a dar gracias… fue el único que volvió.”

Los otros nueve experimentaron el poder del Señor… pero este hombre vino a adorar la persona del Señor. Y observa esto: este es su primer acto en libertad.[xii]

¿Qué hace? Corre de regreso esos 45 metros —probablemente batiendo un récord mundial— y se lanza a los pies de Jesús.

Ahora, en el versículo 17, Jesús le hace varias preguntas. Y no porque necesite respuestas… sino porque quiere llevarnos a una aplicación directa. Eso es lo que realmente está ocurriendo aquí.

Antes que nada, esto no es solo una demostración del poder del Mesías… es también una demostración de la gracia del Mesías.

En el versículo 17, Jesús hace la primera pregunta:

“¿No son diez los que fueron limpiados?” Lucas 17:17b

No lo pases por alto. Los diez fueron sanados. No importaba si eran judíos o samaritanos, religiosos o paganos, mayores o jóvenes, educados o analfabetos. Cada uno tenía su propia historia, su propio trasfondo… pero Jesús, en su gracia y poder, los sanó a todos.

Ahora bien, no confundas sanidad física con salvación espiritual. En este relato, solo uno de ellos es salvo.

Al sanar a los enfermos, Jesús está confirmando su identidad como el Mesías, aquel que había sido profetizado para sanar y restaurar.

De hecho, muchas de las personas que Jesús sanó en los evangelios aún no eran creyentes en ese momento… y luego, más adelante, llegaron a la fe salvadora en Él.

Lo mismo ocurre después en el libro de Hechos, donde los apóstoles sanan a multitudes, incluso personas que simplemente pasaban por la sombra de ellos o tocaban su ropa (Hechos 5).

Todo esto servía para confirmar que ellos representaban verdaderamente al Mesías y su reino venidero.

Era sanidad física… pero no necesariamente sanidad espiritual.

Y no olvides esto: la sanidad física de estos diez leprosos fue temporal. Aun así, un día morirían. Pero la sanidad espiritual —la salvación— es eterna.

La sanidad física de los diez demuestra la gracia del Señor.

  • No sanó solo a sus seguidores;
  • No sanó solo a sus amigos;
  • No sanó solo a líderes de la sinagoga;
  • No sanó solo a sus compatriotas judíos.

Esto es gracia.

Y entonces Jesús hace otra pregunta en el versículo 17:

“¿No son diez los que fueron limpiados? ¿Y los nueve, dónde están?” Lucas 17:17b

Jesús sabe perfectamente dónde están. Simplemente está señalando una realidad: diez leprosos fueron sanados… pero nueve de ellos solo se interesaron por la sanidad, no por el Sanador.

Una vez más, qué demostración de gracia. Si yo hubiera sido Jesús, habría levantado la mano… y a los nueve les habría vuelto la lepra—y el doble de grave.

Pero, pensándolo bien… qué fácil es mirar a esos nueve y no ver nuestra propia ingratitud.

¿Alguna vez has pensado que, si Jesús hiciera por nosotros solo aquello por lo que le damos gracias… estaríamos en serios problemas?

Imagínate que Jesús dijera:

“Hoy haré una cosa por ti. Si me das gracias, haré otra. Pero si te olvidas… ahí termina todo por hoy.”

Pero el salmista escribe:

“Bendito el Señor; cada día nos colma de beneficios” (Salmo 68:19).

Y Pablo añade que Él derrama su gracia sobre nosotros en abundancia (Efesios 1:7).

Nos da más de lo que vemos… y aun cuando lo vemos olvidamos agradecerle.

Piensa en esto: Jesús sanó a estos diez hombres sabiendo de antemano que nueve de ellos se irían sin mirar atrás. Ni siquiera gritarían un “¡gracias!” mientras corrían de vuelta al pueblo.

Recibieron el milagro… pero no querían al Mesías.

Jesús lo sabía antes de sanarlos… y aun así los sanó.

Pero este hombre no sigue de largo como la gente apresurada en la hora punta. Él se detiene… y da gracias.

¿Y ahora qué sucede? Versículo 19:

“Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.” Lucas 17:19

Algunas traducciones lo expresan como: “tu fe te ha sanado”… porque la palabra griega sozo puede significar ambas cosas: sanar o salvar.

Pero aquí Jesús está diciendo algo más profundo. Los diez ya habían sido sanados físicamente. Pero solo uno regresó y creyó, y adoró, y fue salvo. 

Por cierto, Jesús no dijo: “Tu gratitud te ha salvado.”

No. Dijo: “Tu fe”.

Tu fe… expresada en adoración a mis pies, reconociéndome como tu Mesías… no solo te ha limpiado de la corrupción física, sino también de la corrupción espiritual.

Aplicación

Antes de dejar esta escena, hagámonos una pregunta: ¿Qué podemos aprender de esta tendencia tan natural… de la ingratitud?

¿Cómo evitamos correr con la multitud, pasando de largo frente al Maestro que con tanta belleza y perfección nos bendice, nos guía, nos sostiene y derrama sus beneficios sobre nosotros a cada momento del día?

¿Cómo desarrollamos la capacidad de detenernos y aplaudir, por así decirlo, su obra divina en nuestro favor? En otras palabras, ¿cómo aprendemos a decir: “Gracias”?

Permíteme sugerirte dos ideas:

Primero, toma tiempo para pensar en su gracia.

Toma tiempo cada día para mirar a tu alrededor y reconocer la mano de Dios.

Con mis nietos ahora estamos jugando a ese juego: “Veo, veo”. Me encanta, porque es gratis… ¡y no necesita baterías! “Veo, veo algo azul”, y entonces todos empiezan a buscar cualquier cosa que sea azul.

Bueno, haz lo mismo con los ojos del alma:

“Veo, veo algo que Dios creó… algo que Dios me dio… algo que Dios está haciendo.”

En lugar de correr por el camino de la vida como si siempre estuviéramos en la hora punta, detente a mirar su creación. Mira también en su Palabra para encontrar dirección.

Deja que su Palabra habite en ti en abundancia, profundamente. Pablo escribe que eso producirá en tu corazón un espíritu de gratitud (Colosenses 3:16).

Así que tómate un tiempo para pensar en lo que Dios ha hecho por ti, contigo, por medio de ti y en ti.

No lo vimos al principio. No lo reconocimos. Pero allí estaba Él, tocando la hermosa música de su providencia y de su gracia.

En su libro El refugio secreto, Corrie ten Boom cuenta un episodio que le enseñó una gran lección sobre dar gracias en toda circunstancia. Quizás conozcas su testimonio: durante la Segunda Guerra Mundial, ella, su hermana Betsy y su familia fueron arrestadas por los nazis por esconder a judíos. A Corrie y Betsy las metieron en un campo de concentración.

El dormitorio donde las metieron estaba repleto de mujeres. Era inmundo. Sucio. Y para empeorar todo, estaba infestado de pulgas.

Una mañana, las dos hermanas leyeron en silencio la Biblia que habían logrado entrar de contrabando. Y al llegar a 1 Tesalonicenses 5:18, encontraron el mandato de dar gracias en todo.

Entonces Betsy le dijo a su hermana:

“Bueno, también tenemos que darle gracias a Dios por estas pulgas.”

Corrie respondió:

“No hay manera de que yo le dé gracias a Dios por las pulgas.”

Pero Betsy insistió tanto que finalmente ambas oraron y le dieron gracias a Dios por las pulgas, aunque no entendían por qué.

Con el paso de los meses, descubrieron que en ese dormitorio podían leer la Biblia, hablar abiertamente del evangelio con otras mujeres y hasta tener reuniones de oración sin temor a ser descubiertas.

Más adelante supieron por qué: ese privilegio era único en su dormitorio, porque los guardias evitaban entrar allí… por las pulgas.

Toma tiempo para pensar en su gracia.

Y segundo, toma tiempo para darle gracias por su gracia, por su provisión, por su dirección, por su Palabra y por sus promesas.

Resiste la ingratitud de la multitud. Nueve hombres corrían de vuelta a sus vidas; uno corrió hacia Aquel que se convertiría en su vida y en su Salvador.

El mundo siempre estará demasiado ocupado, demasiado indiferente, demasiado rebelde como para detenerse a escuchar la música de la creación de Dios, de su obra, de su misericordia, de su bondad y de su gracia.

Así que toma tiempo para pensar.

Y toma tiempo para dar gracias.

Hace poco, vi en las noticias la historia de un hombre australiano que se le averió su bote. La corriente lo arrastró mar adentro, y se perdió en la inmensidad del océano. Las probabilidades de encontrarlo eran prácticamente nulas. Habría hecho falta un milagro.

Meses después, un barco atunero mexicano lo avistó. Cuando se acercaron a rescatarlo, aquel hombre —demacrado, consumido por el sol y el hambre, que había sobrevivido con agua de lluvia y peces— solo se tocaba el pecho, lloraba y repetía:

“¡Gracias! ¡Gracias!”

Él sabía que había lo habían rescatado.

Y jamás olvidaría ese momento.

Tampoco este leproso.Nosotros tampoco debemos olvidarlo. Recordemos constantemente que Jesús nos ha rescatado para siempre… y que incluso ahora nuestro Señor nos sigue guiando, protegiendo y colmándonos de su favor solo por su maravillosa gracia.


[i] Swindoll, p. 410

[ii] Charles R. Swindoll, Insights on Luke (Zondervan, 2012), p. 410

[iii] G. Campbell Morgan, The Great Physician (Revell, 1937), p. 101

[iv] Adapted from R.C.H. Lenski, The Interpretation of St. Luke’s Gospel (Augsburg Publishing, 1946), p. 874

[v] William Barclay, The Gospel of Luke (Westminster Press, 1975), p. 218

[vi] Dale Ralph Davis, Luke (Christian Focus, 2021), p. 64

[vii] Lenski, p. 875

[viii] Lenski, p. 875

[ix] J. Reiling & J. L. Swellengrebel, A Translators Handbook on the Gospel of Luke (UBS, 1971), p. 583

[x] R. Kent Hughes, Luke: Volume 2 (Crossway, 1998), p. 170

[xi] Hughes, p. 173

[xii] Adapted from Davis, p. 65

Este contenido es una adaptación autorizada del ministerio Sabiduría Internacional, bajo la enseñanza original de Stephen Davey. Todos los derechos del contenido original están reservados a su autor.


Puede compartir o reproducir este material libremente solo con fines no comerciales, citando adecuadamente al autor y al ministerio. Queda prohibida su venta, modificación con fines lucrativos o redistribución sin permiso escrito.

Hemos procurado citar debidamente todos los recursos externos utilizados en cada lección. Las citas bíblicas provienen principalmente de la versión Reina-Valera 1960 y de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), aunque en algunos casos se emplean otras versiones de la Biblia para facilitar la comprensión del pasaje.
Reina-Valera 1960® © 1960 Sociedad Bíblica Trinitaria. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.
La Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © 2019 por The Lockman Foundation. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

Adaptado y publicado por el ministerio Sabiduría Internacional.

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