Introducción
Cuando un hombre decidió ir a ver un partido de beisbol con su novia, sabía perfectamente que estaba violando la ley. Había incumplido las condiciones de su libertad condicional y nadie sabía dónde estaba. Y por si fuera poco, tampoco se había presentado ante el juez para responder por un cargo de posesión de drogas.
Durante el partido, la “Kiss Cam”, la cámara del estadio que busca parejas entre el público para proyectarlas en la pantalla gigante mientras se besan, los enfocó justo a ellos. Su imagen apareció frente a unos treinta mil espectadores. Antes de que terminara el partido, la policía ya lo había arrestado.
Más tarde, su abogado se quejó diciendo:
—De las treinta mil personas que había en el estadio, justo mi cliente aparece en la pantalla… y justo un oficial del servicio penitenciario estaba allí viendo el mismo partido.[i]
Bueno, hubo otro hombre que tampoco se presentó donde debía hacerlo. Fue un profeta que decidió no presentarse ante la gran ciudad de Nínive para entregar el mensaje de Dios. Al parecer, estaba convencido de que podía escapar de la mirada de un Dios que todo lo ve simplemente huyendo en la dirección opuesta.
Si hoy nos acompañas por primera vez en esta serie sobre Jonás, podemos resumir todo lo que ha ocurrido con una sola frase:
“Dios dijo: «Ve», y Jonás respondió: «No».”
O podríamos decirlo de una manera un poco más completa:
“Dios le dijo: «Jonás, quiero que vayas a llevar un mensaje de misericordia», y Jonás respondió: «Prefiero renunciar como profeta antes que ver a los ninivitas arrepentirse».”
Así que Jonás decidió abandonar su comisión. Es como si hubiera entregado su credencial de profeta, les hubiera dejado sus manuscritos a unos jóvenes aprendices y hubiera partido rumbo a la costa de España… exactamente en la dirección contraria a Nínive.
Pero muy pronto descubrirá que Dios no ha aceptado su renuncia. Es más, Dios va a darle un tiempo para que piense muy bien lo que está haciendo.
A partir de este momento, el capítulo 1 se desarrolla en tres escenas, cada una con su propio título:
- Escena uno: ¡No me molesten!
- Escena dos: ¡No me pregunten!
- Escena tres: ¡No pienso volver!
Escena uno: ¡No me molesten!
La primera escena comienza en Jonás 1:4:
“Pero Jehová hizo levantar un gran viento en el mar, y hubo en el mar una tempestad tan grande que se pensó que se partiría la nave.”
El lenguaje que usa el texto original es muy gráfico. El hebreo podría expresarse así: “El Señor tomó un gran viento y lo lanzó sobre el mar.”[ii]
Continuemos ahora con el versículo 5:
“Y los marineros tuvieron miedo, y cada uno clamaba a su dios…”
En el hebreo, esta expresión podría traducirse como: “Cada marinero clamaba a gritos a su propio dios”.[iii]
Imagínate la escena. Un grupo de marineros aterrorizados se ponen a gritar en una reunión de oración improvisada en plena cubierta.
La palabra que nuestra Biblia traduce como “marineros” nos deja claro que no se trataba de principiantes. Eran hombres experimentados. Habían pasado años navegando en alta mar. Conocían muy bien las tormentas.
Pero esta tormenta era diferente. Era tan violenta que llegaron a la conclusión de que solamente Dios podía salvarlos. Y tenían razón.
La última parte del versículo 5 añade:
“…Pero Jonás había bajado al interior de la nave, y se había echado a dormir.”
La escena es irónica. Los paganos están orando y el profeta de Dios está profundamente dormido.
Mientras Jonás duerme, la tripulación comienza a lanzar por la borda toda la carga que puede para aligerar el barco.
Siempre me ha parecido curioso que la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento, agrega un detalle interesante: dice que Jonás estaba roncando.[iv]
Así que ahí está Jonás, roncando tranquilamente. Tal vez por eso el capitán lo encontró.
Jonás tiene un letrero de “No molestar” para los marineros. Y también tiene un letrero de “No molestar” en su corazón para Dios.
Está roncando en medio de la tormenta más grande que ha visto esa tripulación.
El versículo 6 dice:
“Y el patrón de la nave se le acercó y le dijo: ¿Qué tienes, dormilón?…”
En otras palabras: “¿Cómo puedes estar durmiendo en medio de semejante tormenta?”
Luego, al final del versículo 6, el capitán le dice:
“…Levántate, y clama a tu Dios…”
Es impresionante lo religiosos que pueden volverse algunos cuando enfrentan un desastre.
Estos veteranos del mar están orando con desesperación. Y el capitán quiere asegurarse de que nadie se quede sin orar. Está convencido de que algún dios está detrás de todo esto, así que quiere que cada persona invoque a la deidad que conozca.
Seguramente tomó a Jonás por los hombros y le dijo:
“¡Despierta! ¡Empieza a rogarle al dios que tú conoces!”
En ese momento Jonás siente por primera vez el violento movimiento del barco. Escucha cómo la madera cruje, oye el rugido del viento y comprende que todos están al borde de la muerte.
Inmediatamente entiende lo que está ocurriendo. Sabe perfectamente quién está detrás de esa tormenta. Él ha estado huyendo de Dios, pero Dios ya lo estaba esperando.
Y esa es una gran verdad. Dios siempre va delante de nosotros. A dondequiera que intentemos huir, Él ya está allí.
Jonás es, en realidad, el único hombre a bordo que conoce al Dios vivo y verdadero. El problema es que, en ese momento, no está en buenos términos con Él. No tengo duda de que Jonás podía escuchar la voz de Dios en el rugido del viento.[v]
Antes de terminar esta primera escena, observa las últimas palabras del capitán en el versículo 6:
“…Levántate, y clama a tu Dios; quizá él tendrá compasión de nosotros, y no pereceremos.”
En otras palabras:
“¿Por qué no estás orando a tu Dios?”
¿No te parece interesante? Muchas veces los incrédulos esperan más de los creyentes que los mismos creyentes.
Este capitán le dice a Jonás:
“Tal vez tu Dios tenga compasión de nosotros.”
Y no pases por alto la ironía. Esas palabras debieron atravesar el corazón de Jonás. Porque eso era precisamente lo que él no quería que Dios hiciera por los ninivitas.
Jonás había renunciado a servir a Dios porque no quería que los ninivitas paganos recibieran compasión. Y ahora los marineros paganos le están pidiendo que ore para que Dios tenga misericordia de ellos.
Esa era precisamente la oración que Jonás debía haber hecho en la lejana ciudad de Nínive como un profeta obediente. Y ahora, esa misma oración se la están pidiendo en medio del mar Mediterráneo.
Pero Jonás no va a hacerlo.
No va a orar por esos marineros.
Es como si respondiera:
“¿No vieron el letrero de ‘No molestar’ en mi puerta? ¿Por qué no pueden simplemente dejarme tranquilo?”
Este es un profeta pródigo.
Y con eso termina la primera escena. Ahora comienza la segunda. El enfoque ya no estará en Jonás durmiendo debajo de la cubierta, sino en Jonás de pie sobre la cubierta del barco.
Escena dos: ¡No me pregunten!
Los paganos que están sobre la cubierta ya hicieron una reunión de oración, pero no dio resultado.
Así que prueban haciendo otra cosa que esperan que les dé resultado: echar suertes.
Observa lo que dice Jonás 1:7:
“Y dijeron cada uno a su compañero: Venid y echemos suertes, para que sepamos por causa de quién nos ha venido este mal. Y echaron suertes, y la suerte cayó sobre Jonás.”
Los marineros paganos tratan de descubrir la verdad tirando los dados. Probablemente usaban pequeñas piedras. También podían usar trozos de madera de diferentes tamaños, piedras de distintos colores o algún otro objeto similar.[vi]
El que sacara la piedra o el trozo de madera indicado era el elegido. Y, en esta ocasión, el elegido fue Jonás.
Seguramente pensó:
“¡No puede ser! ¡De verdad hoy es mi día de suerte!”
En cuanto la suerte cayó sobre él, comenzó una lluvia de preguntas.
Observa el versículo 8:
“Entonces le dijeron: Decláranos ahora por qué nos ha venido este mal. ¿Qué oficio tienes? ¿De dónde vienes? ¿Cuál es tu tierra? ¿Y de qué pueblo eres?”
¿Puedes imaginar la escena?
El viento azota la cubierta. El barco sube y baja entre enormes olas. Apenas logran mantenerse de pie. Están empapados por la lluvia. Acaban de echar suertes…
…y todo apunta a que el responsable de la desgracia es el desconocido que había permanecido aislado de los demás.
La primera pregunta incluso podría traducirse:
“¿Qué hiciste?”
Y luego viene la siguiente:
“¿A qué te dedicas?”
Esa era la última pregunta que Jonás quería responder. Precisamente estaba huyendo de eso. Su actitud era: “¡No me pregunten! ¡Estoy aquí para escapar de mi trabajo!”
¿Te das cuenta?
¡Dios lo había acorralado en medio del mar!
Los marineros prácticamente le dicen: “Está claro que tu Dios es el que está enojado. Esta tormenta tiene que venir de algún dios y ahora sabemos que es el tuyo. Dinos, ¿qué hiciste? ¿Y a qué te dedicas?”
Jonás ya no podía responder con autoridad y convicción:
“Soy profeta del Dios verdadero.”
¿No es maravilloso cuando estás haciendo lo correcto y alguien te pregunta:
“¿Eres cristiano?”
Pero también existe la otra cara. ¿Alguna vez hiciste algo malo y alguien te dijo: “¿No que eras cristiano?”
Es una tragedia cuando el pecado de un creyente queda expuesto delante del mundo.
Jonás responde en el versículo 9:
“…Soy hebreo, y temo a Jehová Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra.”
Esta respuesta siempre me sorprende. Jonás sigue hablando con calma. Parece completamente sereno mientras todos los demás están aterrados. Casi actúa como si estuviera del lado correcto.
Y no pases por alto algo muy importante. Su respuesta tiene una teología impecable, pero también una enorme dosis de hipocresía.
“Soy hebreo.”
Eso era cierto.
“Temo a Jehová, Dios de los cielos…”
En ese momento, nada estaba más lejos de la realidad. Jonás sabía que esa parte de su respuesta no era cierta.
Hace algunos años, un periódico de Chicago contó la historia de una mujer llamada Nita Friedman.
No parecía el tipo de persona que terminaría involucrada en una persecución policial. Pero así fue.
El jefe de policía intentó detenerla por una infracción de tránsito. Ella se negó. Encendió las luces, hizo sonar la sirena… pero esta mujer de sesenta y seis años siguió manejando.
La policía la persiguió a través de tres condados. La persecución terminó solamente cuando la policía estatal colocó una banda con púas sobre la carretera.
Después de pasar por encima, tres de sus neumáticos quedaron completamente desinflados.
Y aun así…
…intentó seguir escapando.
Finalmente tuvo que detenerse porque ya era imposible continuar.
Lo más sorprendente de toda la historia fue esto:
Durante toda la persecución nunca excedió el límite de velocidad.
Respetó todas las leyes de tránsito.
Incluso, en un momento, se detuvo pacientemente detrás de un vehículo que esperaba para doblar a la izquierda.
¡Qué ironía!
Mientras huía de la ley estaba decidida a no violar la ley.[vii]
Eso mismo está haciendo Jonás.
Quiere hablar correctamente acerca de Dios mientras desobedece a Dios.
Reconoce cuidadosamente que Jehová es el Dios de la tierra y del mar, y al mismo tiempo que intenta escapar de Él por tierra y por mar.
Al parecer, estos marineros lograron sacarle más información a Jonás que esa simple respuesta, porque el versículo 10 nos dice:
“…los hombres entendieron que huía de la presencia de Jehová, pues él se lo había declarado.”
Ahora entendemos por qué se enojan y le preguntan:
“¿Por qué has hecho esto?”
Los marineros enseguida ven la contradicción y la hipocresía de Jonás.
Es como si le dijeran:
“Jonás, acabas de decir que tu Dios hizo la tierra y el mar. A ver… ¿dónde estamos nosotros? En el mar. ¿Y ahora qué hacemos?”
¿No es triste cuando los incrédulos ven con claridad lo que el profeta no quiere ver?
Es triste cuando el mundo termina poniendo al descubierto pecados que los creyentes han tratado de esconder.
Ya vimos la primera escena: ¡No me molesten!
Luego la segunda: ¡No me pregunten!
Y ahora comienza la tercera.
Escena tres: ¡No pienso volver!
En otras palabras:
“No voy a ir a Nínive.”
Observa Jonás 1:11:
“Y le dijeron: ¿Qué haremos contigo para que el mar se nos aquiete? Porque el mar se iba embraveciendo más y más.”
La tormenta ya era terrible, pero ahora empeora todavía más.
Hay algo que estos marineros no entienden. Ellos creen que Jonás está huyendo de su Dios porque hizo algo malo. No saben que está huyendo porque se negó a hacer lo correcto.
.
Entonces Jonás los sorprende con esta respuesta. El versículo 12 dice:
“…Tomadme y echadme al mar, y el mar se os aquietará; porque yo sé que por mi causa ha venido esta gran tempestad sobre vosotros.”
Uno esperaría que lo levantaran inmediatamente y lo arrojaran al agua. Después de todo, estos marineros querían seguir con vida.
Pero observa lo que hacen en el versículo 13:
“Y aquellos hombres trabajaron para hacer volver la nave a tierra; mas no pudieron, porque el mar se iba embraveciendo más y más contra ellos.”
Nuestra traducción dice que “trabajaron”. El hebreo transmite la idea de que remaban con todas sus fuerzas.
Estaban haciendo hasta lo imposible por salvar sus propias vidas y también la de Jonás.
No dejes pasar la ironía. Jonás no quiso mover un dedo para salvar a los paganos de Nínive. Y ahora estos marineros paganos arriesgan su propia vida para salvar la de él.
¿Te imaginas lo que debió sentir este profeta pródigo?
Los incrédulos estaban luchando por salvar su vida mientras él había huido para no participar en la salvación de otros.
Pero sus esfuerzos fueron inútiles. Así que estos marineros, desesperados, claman ahora a Jehová.
El versículo 14 dice:
“Entonces clamaron a Jehová y dijeron: Te rogamos ahora, Jehová, que no perezcamos nosotros por la vida de este hombre, ni pongas sobre nosotros la sangre inocente; porque tú, Jehová, has hecho como has querido.”
Es una oración sorprendente, especialmente viniendo de unos marineros paganos.
Y no pases por alto que algo está ocurriendo en sus corazones. En un momento lo hablaremos con más detalle. Pero, ahora observa el versículo 15:
“Y tomaron a Jonás, y lo echaron al mar; y el mar se aquietó de su furor.”
Fíjate en lo que Jonás no hace.
No se arrepiente.
No ora.
No pide que den la vuelta para llevarlo a Nínive y obedecer finalmente a Dios.
¡Qué profunda había llegado a ser su rebeldía!
Aquel hombre que pensaba que los ninivitas no merecían vivir, ahora está dispuesto a perder su propia vida. Jonás estaba tan decidido que prefería morir antes que rendirse a Dios.
¿Sabes que? Cada vez que decidimos alejarnos de la voluntad de Dios, renunciamos a la vida que realmente vale la pena vivir.
Renunciamos también a la recompensa completa que Dios desea darnos, como nos recuerda 2 Juan 8.
Los pródigos desperdician su vida.
En el caso de Jonás, prefería morir antes que ver a los ninivitas recibir vida.
En cuanto Jonás cae al agua, el mar recupera la calma.
Observa el versículo 16:
“Y temieron aquellos hombres a Jehová con gran temor…”
¿No te llama la atención? Hace un momento Jonás dijo que él temía a Jehová. Pero su vida demostraba lo contrario. Ahora estos marineros sí temen a Jehová.
Y observa cómo termina el versículo:
“…y ofrecieron sacrificio a Jehová, e hicieron votos.”
Un especialista en hebreo escribió que esta expresión puede entenderse como una promesa de servir a Dios. Son términos propios de alguien que abandona la idolatría para reconocer que Jehová es el único Dios verdadero.[viii]
Y la escena termina con una ironía aún mayor.
Jonás había abandonado sus votos de servir y adorar a Dios. Mientras tanto, estos paganos recién convertidos ahora hacen votos de servirlo y adorarlo.
Y observa un detalle importante.
Ellos no hicieron esos votos en medio de la tormenta diciendo: “Señor, si nos salvas, te serviremos.”
No.
Los hicieron después de que la tormenta terminó.
Después de experimentar la liberación de Dios.[ix]
¡Qué avivamiento! Y Jonás se lo perdió.
Los pródigos suelen perderse las grandes obras del Espíritu de Dios porque están demasiado concentrados en salirse con la suya.
Es interesante. En este pequeño libro encontramos dos grandes avivamientos, y Jonás prácticamente se perderá los dos.
Ahora el profeta termina en el agua, arrojado por la borda como si fuera parte del equipaje.
Cuando decidimos alejarnos de Dios, nuestra vida pierde valor.
Jonás termina como un equipaje sin importancia. Pero aquí aparece una maravillosa verdad acerca de la gracia de Dios. La vemos de dos maneras.
La verdad de la gracia de Dios
Primero, la gracia de Dios se manifiesta porque, aun en medio de la desobediencia de Jonás, Dios usa sus palabras para glorificarse.
¿Quién habría imaginado que estos marineros paganos llegarían a conocer al Dios verdadero?
Este es, quizá, el avivamiento más olvidado de todo el libro de Jonás.
A pesar de sí mismo, Jonás fue usado por Dios para anunciar Su verdad.
Y segundo, la gracia de Dios también se ve en que, aunque los marineros desechan a Jonás, Dios no lo desechará.
De hecho, Dios ya tiene preparado un gran pez.
Si yo hubiera sido Dios habría enviado un tiburón.
Uno bien grande.
Lo suficientemente grande para tragarse a Jonás entero. Eso sí, lo habría dejado con unas cuantas marcas de dientes para que nunca olvidara la lección.
Pero esa no es la gracia de Dios.
La buena noticia es que, aunque Jonás quería olvidarse de Dios, Dios no se había olvidado de Jonás.
Jonás ya había renunciado. Dios no.
Imagino que cuando Jonás cayó a las frías aguas del Mediterráneo y sintió que el mar se calmaba de inmediato, pensó:
“Lo arruiné todo. Ya no hay esperanza para mí. Nunca volveré a ver la luz del día.”
Pero estaba a punto de llevarse una sorpresa.
El Dios lleno de gracia también ama a los hijos pródigos.
En ese momento, mientras Jonás intenta mantenerse a flote de repente todo queda completamente oscuro.
¿Te imaginas la escena?
Sabía que seguía vivo porque podía escuchar los latidos de su corazón.
Sentía el frío.
Sentía el agua.
Pero no podía ver absolutamente nada.
Jonás pensó que ese era el final de su vida.
Pero no.
Solo era el final de la tercera escena.
Y, para Jonás, lo mejor todavía estaba por comenzar.
[i] Associate Press, May 30, 2003, http://preachingtoday.com.
[ii] Trent C. Butler, Holman Old Testament Commentary: Hosea-Micah (Holman Reference, 2005), p. 273.
[iii] Brynmor F. Price and Eugene A. Nida, A Handbook of Obadiah, Jonah, and Micah (United Bible Societies, 1978), p. 56.
[iv] William L. Banks, Jonah: The Reluctant Prophet (Moody Press, 1966), p. 24.
[v] John Phillips, Exploring the Minor Prophets (Kregel, 1998), p. 143.
[vi] Banks, p. 30.
[vii] “Driver Leads Cops on 15-Mile Chase,” Chicago Sun-Times (Dec. 2, 2004).
[viii] David J. Clark and Eugene A. Nida, A Handbook on the Books on Obadiah, Jonah, and Micah (United Bible Society, 1978),
p. 71.
[ix] James Montgomery Boice, The Minor Prophets: Volume 1 (Baker Books, 1983), p. 279.

















