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La oración de Jonás en el vientre del gran pez

Jonás creyó que podía escapar del llamado de Dios, pero terminó descubriendo que no podía escapar de Su gracia. Mientras permanece en el vientre del gran pez, eleva una oración que revela el proceso del verdadero arrepentimiento: reconoce su pecado, vuelve su mirada al Señor y responde con gratitud por la salvación que solo Dios puede dar. En este estudio veremos que el milagro más grande del capítulo no fue la preservación de Jonás dentro del pez, sino la restauración de su corazón. Si alguna vez has sentido que has ido demasiado lejos o que ya no puedes regresar a Dios, este mensaje te recordará que Su gracia sigue alcanzando al pecador arrepentido.

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Introducción

El líder del ministerio de niños de nuestra iglesia recopiló algunas preguntas que los niños le han hecho… junto con las respuestas que les dieron. Y la verdad es que la lista es bastante interesante.

Estas son unas de las preguntas.

  • ¿Dios celebra los feriados?
  • ¿Por qué la gente piensa que puede mentirle a Dios y salirse con la suya?
  • ¿Qué significa que Dios no tiene principio? Siempre hay un principio.
  • ¿Para qué hizo Dios la tierra si podía crearnos a nosotros y ponernos directamente en el cielo?
  • ¿Qué tenía de malo la plaga de ranas?

Me gustaría conocer a ese niño.

  • Si Dios ya sabe lo que le vamos a pedir, ¿para qué oramos?
  • ¿Cuántos años tiene Dios?
  • ¿Puedo tener dudas y aun así ser creyente?
  • ¿Los bebés que mueren van al cielo?
  • ¿Cómo sabemos que la Biblia es verdad?
  • ¿Mi gato estará en el cielo?

Son muy buenas preguntas, ¿no te parece?

Y me alegra que los maestros están dedicando tiempo a responderlas.

Ahora, si uno hiciera una lista de los pasajes que más dudas han despertado acerca de la veracidad de la Biblia, la historia de Jonás y el gran pez seguramente estaría entre los primeros lugares.

Hace poco una hermana de nuestra iglesia me entregó su testimonio por escrito. Me contó cómo su búsqueda de la verdad terminó llevándola, curiosamente, al libro de Jonás.

Ella escribió lo siguiente:

“Hace veinte años, cuando todavía era católica y no conocía a Cristo, estaba preparando una clase para niños. En esa parroquia la llamaban ‘Liturgia de la Palabra para Niños’. El material que estaba usando decía que la historia de Jonás no era una historia real, sino un cuento que Dios utilizaba para enseñar una lección acerca de la obediencia.”

A propósito, mientras leía eso no pude evitar preguntarme…

¿Cuál sería exactamente esa lección? ¿Que si peco será mejor que no vaya de pesca?

En fin… ella continúa diciendo:

“Mientras les explicaba esto a los niños, mi esposo pasó por el pasillo, me escuchó y dijo: ‘Claro que esa historia es real.’ Él sí la creía. Desde ese momento Dios puso una semilla de verdad en mi corazón. Esa inquietud fue creciendo tanto que me desesperé por descubrir qué era verdad y qué no.

Oré y le pedí a Dios que me mostrara la verdad. Unos meses después escuché por la radio a un científico explicar cómo la geología confirma la veracidad del diluvio universal de Noé, otra historia que también me habían dicho que era solo un cuento. En ese momento comprendí que toda la Palabra de Dios es verdadera.”

Ella también me contó que, unos meses más tarde, volvió a escuchar la radio. Pero esta vez escuchó el evangelio. Escuchó con claridad quién era Jesucristo y lo que Él había hecho por ella. Y puso su fe en Cristo como su único y suficiente Salvador.

Imagina. Jonás y el gran pez fue la historia que Dios usó para llevar a esta mujer al arrepentimiento.

Y, la verdad es que, este gran pez también está a punto de llevar a otra persona a este mismo punto. Estamos hablando del profeta Jonás.

La verdad sobre Jonás y el gran pez

En nuestro estudio anterior vimos que Jonás terminó flotando en las tranquilas aguas del Mediterráneo.

Y, de repente desapareció de un solo bocado. Jonás quedó en completa oscuridad.

Continuemos entonces donde terminamos.

Jonás capítulo 1, versículo 17 dice:

“Pero Jehová tenía preparado un gran pez que tragase a Jonás; y estuvo Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches.”

Sin duda, este es uno de los versículos más criticados de toda la Biblia. Y este pez ha sido examinado más que cualquier otro pez en la historia.

La verdad es que me sorprende la imaginación que algunos tienen para evitar que Jonás termine, literalmente, dentro del vientre de un pez.

Un autor sugirió que, en realidad, apareció otra embarcación llamada El Pez y rescató a Jonás antes de que se ahogara. [i]

Otro dijo que Jonás logró nadar hasta la costa y pasó tres días recuperándose en una posada llamada El Pez. [ii]

Hace algunos años, los escépticos decían que la garganta de una ballena era demasiado pequeña como para tragarse siquiera una naranja.

Y eso es cierto… para algunas especies.

Sin embargo, los estudios realizados sobre el cachalote, una de las ballenas que habita el mar Mediterráneo, muestran que su garganta mide aproximadamente seis metros de largo, cuatro metros y medio de alto y casi tres metros de ancho. [iii]

Es decir, lo suficientemente grande como para tragarse un camión de carga completo.

Los biólogos marinos también han determinado que un pez de ese tamaño podría tener suficiente aire en su estómago para que una persona respirara, aunque la temperatura rondaría los cuarenta grados centígrados.

Mientras investigaba este tema encontré un artículo muy interesante publicado en el periódico académico de Princeton del año 1927.

El artículo relata un caso que ocurrió en 1891.

Un barco ballenero (llamado Star of the East) estaba cazando cerca de las islas Malvinas.

Los pescadores avistaron un gran cachalote y enviaron dos botes tras él. Uno logró clavarle un arpón. Pero el otro volcó.

Uno de los marineros murió ahogado. El otro, un hombre llamado James Bartley, desapareció por completo.

Tiempo después lograron matar a la ballena y la llevaron hasta el costado del barco para comenzar a cortarla.

Al día siguiente izaron el estómago a la cubierta.

Cuando lo abrieron, encontraron adentro al marinero que había desaparecido. Estaba inconsciente. Su piel había quedado completamente blanca. Pero seguía con vida.

Lograron reanimarlo y, con el tiempo, volvió a trabajar en el barco.[iv]

Ahora bien, debo mencionar que, con el paso de los años, algunos investigadores han cuestionado la veracidad de esta historia. No existe un consenso definitivo acerca de lo que realmente ocurrió.

Pero, aun si este relato fuera cierto, solo demostraría que, en circunstancias muy poco comunes, una persona podría sobrevivir dentro de un gran pez por un tiempo.

La historia de Jonás va mucho más allá de eso.

Jonás no sobrevivió simplemente por una extraordinaria coincidencia de la naturaleza.

Dios preparó ese gran pez.

Y Dios sostuvo la vida de Jonás allí durante tres días y tres noches.

Así que, para creer el relato de Jonás, realmente no necesito otra historia que lo corrobore. Todo lo que necesito es el testimonio de las Escrituras, que sin pedir disculpas y, fíjate bien, sin ofrecer ninguna explicación, simplemente dice:

“Pero Jehová tenía preparado un gran pez que tragase a Jonás…”

Ya sea posible humanamente hablando o no, esto fue obra del Señor. Él preparó ese pez para esa misión.

Así que la pregunta no es:

“¿Existe un pez lo suficientemente grande?”

La pregunta es:

“¿Existe un Dios lo suficientemente grande?”

Porque si Dios existe, la parte del pez resulta bastante fácil de creer.

El pez más obediente que el profeta

Ahora observa esa expresión:

“…Jehová tenía preparado…”

Esa palabra también puede traducirse como “designó”, “ordenó” o “asignó”.

Y aquí encontramos la primera vez que un pez recibe una misión.

Pero no será la última.

Nuestro Señor también ordenó a un pez tragarse un siclo, una moneda pequeña, y después le ordenó que mordiera el anzuelo de Pedro.

Jesús ya le había dicho a Pedro que el primer pez que sacara tendría en la boca el dinero suficiente para pagar los impuestos de ambos. (Mateo 17:27)

Ahora, ese sí es el tipo de pesca que me gusta.

En otra ocasión, Dios ordenó a unos cuervos que llevaran pan a Elías mientras estaba junto al arroyo. (1 Reyes 17:6)

Normalmente los peces no llevan monedas en la boca.

Y las aves no alimentan a desconocidos.

A menos que Dios las haya enviado.

A lo largo del libro de Jonás vas a encontrar una y otra vez esta misma palabra: “preparó”, “designó” o “asignó”.

Aparece cinco veces.

Si acostumbras subrayar tu Biblia, te animo a marcarlas.

  • La primera aparece aquí, en el capítulo 1, versículo 17: “…Jehová tenía preparado un gran pez…”
  • La segunda aparece en el Jonás 2:10, cuando Dios le ordena al pez que vomite a Jonás.
  • La tercera está en Jonás 4:6, cuando Dios prepara una planta.
  • La cuarta aparece en Jonás 4:7, cuando Dios prepara un gusano.
  • Y la quinta está en el Jonás 4:8, cuando Dios prepara un fuerte viento del oriente.

Es la misma idea en las cinco ocasiones.

Dios da una orden. Su creación la recibe. Y luego obedece.

El pez obedece.

La planta obedece.

El gusano obedece.

El viento obedece.

Todos cumplen exactamente la tarea que su Creador les asignó.

La pregunta es, ¿Captará Jonás el mensaje?

Volvamos al capítulo 1.

El texto simplemente dice:

“…Jehová tenía preparado un gran pez que tragase a Jonás; y estuvo Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches.”

Mientras Jonás desciende al vientre de ese pez…

Mientras siente aquel intenso calor…

Mientras respira ese aire putrefacto…

Aunque está completamente a oscuras, sabe perfectamente dónde está. Y también entiende algo más. No tiene esperanza. No tiene a nadie que pueda ayudarlo.

En cierto sentido, Dios está permitiendo que Jonás pruebe un anticipo de lo que experimentarán los habitantes de Nínive cuando enfrenten Su juicio.

Una condición de absoluta desesperanza. Y de completa impotencia. Sin esperanza ni ayuda. [v]

La oración de Jonás bajo el agua

El capítulo 2 comienza con estas palabras:

“Entonces oró Jonás a Jehová su Dios…”

¡Por supuesto! ¡Qué otra cosa podía hacer en esa situación!

Ahora bien, el texto no nos dice exactamente cuándo comenzó a orar.

¿Habrá sido cuando vio venir al pez?

¿O cuando el pez abrió la boca y se lo tragó?

¿O cuando fue descendiendo por su garganta hasta terminar en la oscuridad de su vientre?

¿Cuándo pasaron unos minutos o unas horas?

No lo sabemos.

De hecho, algunos estudiosos creen que Jonás no oró inmediatamente. Algunos especialistas en hebreo incluso piensan que no comenzó a orar sino hasta el tercer día. No podemos estar seguros.

Lo que sí sabemos es que es muy fácil quedar tan fascinados con lo que pasó con el pez… que terminamos pasando por alto lo que ocurrió en el corazón de este profeta fugitivo.

Un profeta rebelde que, por fin, ora.

Así que acompáñame a estudiar la única oración registrada en la Biblia que fue hecha… debajo del agua.

Y al recorrer esta oración vamos a descubrir tres ingredientes indispensables del arrepentimiento genuino.

Jonás reconoció su pecado

El primer ingrediente es: Reconocer el pecado

Mira lo que dice el versículo 2.

“Invoqué en mi angustia a Jehová, y él me oyó; desde el seno del Seol clamé, y mi voz oíste.”

Ahora observa lo que Jonás reconoce en el versículo 3.

“Me echaste a lo profundo, en medio de los mares… Todas tus ondas y tus olas pasaron sobre mí.”

¿Notaste lo que acaba de hacer?

Jonás reconoce que la disciplina que está experimentando viene de la mano de Dios.

El capítulo 12 de Hebreos desarrolla esta misma verdad para nosotros. Allí encontramos varias maneras de responder a la disciplina del Señor.

  • Podemos despreciarla y pelear contra ella. (Hebreos 12:5)
  • Podemos desanimarnos y darnos por vencidos. (Hebreos 12:5)
  • Podemos resistirla y terminar recibiendo una disciplina todavía mayor. (Hebreos 12:6)
  • podemos someternos a Dios… y crecer. (Hebreos 12:7) [vi]

Y eso es exactamente lo que está comenzando a ocurrir en la vida de Jonás.

Ya no está resistiendo la voluntad de Dios. Ya no está rechazando la Palabra de Dios. Muy pronto volverá a servir en la obra de Dios.

Pero antes tenía que ocurrir algo. Tenía que reconocer su pecado. Y reconocer también que Dios tenía todo el derecho de disciplinarlo. Ese es el comienzo de la restauración.

Jonás volvió su mirada a Dios

El segundo ingrediente de la oración de arrepentimiento genuino de Jonás es restauración.

Ahora mira el versículo 4.

“Entonces dije: Desechado soy de delante de tus ojos; mas aún veré tu santo templo.”

Hasta este momento, toda la vida de Jonás ha ido en dirección contraria a Dios.

De hecho, un autor señala que la palabra que mejor resume la vida de Jonás hasta aquí es una muy sencilla:

“Abajo”.

  • Jonás se levantó para huir… y bajó a Jope, el puerto desde donde zarpaban los barcos.
  • Después pagó el pasaje… y bajó al barco.
  • Más tarde, el gran pez se lo tragó… y bajó a su vientre.
  • Y ahora sigue descendiendo… y baja hasta las profundidades del mar.

Warren Wiersbe escribió una frase que vale la pena recordar:

“Cuando huyes de Dios, la única dirección en la que puedes ir… es hacia abajo.” [vii]

Pero ahora algo cambió. Jonás reconoce su pecado. Y vuelve su mirada hacia el templo de Dios.

Para un creyente del Antiguo Testamento, esa era una manera de expresar que estaba regresando a Dios.

De hecho, Jonás está recordando la oración que hizo Salomón cuando dedicó el templo. En 1 Reyes 8, Salomón oró diciendo:

“…toda oración y toda súplica que hiciere cualquier hombre, o todo tu pueblo Israel, cuando cualquiera sintiere la plaga en su corazón, y extendiere sus manos a esta casa, tú oirás en los cielos, en el lugar de tu morada, y perdonarás, y actuarás, y darás a cada uno conforme a sus caminos, cuyo corazón tú conoces (porque sólo tú conoces el corazón de todos los hijos de los hombres).” (1 Reyes 8:38-39)

En otras palabras, Jonás se está aferrando a esa promesa Y Dios responde. Observa los versículos 5 y 6.

“Las aguas me rodearon hasta el alma,
Rodeóme el abismo; El alga se enredó a mi cabeza.
Descendí a los cimientos de los montes; La tierra echó sus cerrojos sobre mí para siempre…” 

En otras palabras: no había salida. Jonás estaba convencido de que iba a morir.

Pero sigue leyendo el versículo 6.

“…Mas tú sacaste mi vida de la sepultura, oh Jehová Dios mío.”

¿Lo notaste?

Antes Jonás ni siquiera quería orar. Quería huir de Dios. No quería ser vocero de Dios. Ni siquiera oró por los marineros que estaban aterrados pensando que iban a morir ahogados. No estaba en buenos términos con Dios.

Pero ahora dice:

“…Tú sacaste mi vida de la sepultura, oh Jehová Dios mío.”

Y luego añade, en el versículo 7:

“Cuando mi alma desfallecía en mí, me acordé de Jehová, y mi oración llegó hasta ti…”

Es decir:

“Cuando ya no tenía ninguna esperanza… clamé a ti.”

Sinclair Ferguson hace una observación preciosa.

Él escribe:

“¿No es maravilloso que Dios tenga misericordia de Jonás antes de enviarlo a predicar que también tendrá misericordia de Nínive?”[viii]

Jonás agradeció su salvación

Y eso nos lleva al tercer ingrediente del arrepentimiento: Gratitud

Escucha ahora las palabras de Jonás en el versículo 9.

“Mas yo con voz de alabanza te ofreceré sacrificios; pagaré lo que prometí. La salvación es de Jehová.”

Hay algo muy importante aquí. Jonás todavía no ha recibido la promesa de que saldrá del pez. Todavía no está otra vez sobre tierra firme. Ni siquiera sabe cómo terminará esta historia.

Entonces, ¿Por qué está agradecido? Porque Dios ya había hecho el milagro más importante. Había cambiado su corazón. Había quebrantado su rebeldía. Y lo había llevado nuevamente a invocar el nombre del Señor.

Jonás estaba agradecido por su salvación. [ix]

“¡La salvación es de Jehová!”

Esta no es simplemente una gran declaración teológica. Es una confesión personal. Es la alabanza de un hombre que acaba de experimentar la gracia de Dios.

¿Notaste que Jonás dice que ofrecerá sacrificios a Dios y cumplirá sus votos? Es el mismo lenguaje que usaron los marineros después de arrepentirse y reconocer al Dios de Israel como el Dios verdadero.

Ellos ofrecieron sacrificios y prometieron servirle. Lo vimos en Jonás 1:16.

Pero piensa por un momento…

¿Qué podía ofrecer Jonás? No podía sacrificar un animal. ¡Porque un animal acababa de tragárselo a él!

¿Qué podía ofrecerle ahora a Dios? Ya había ido demasiado lejos.

¿Qué le quedaba para darle? La respuesta es: Exactamente lo mismo que tú y yo podemos ofrecer.

Cuando David se arrepintió de su pecado y escribió el Salmo 51, ese gran himno de arrepentimiento, escribió estas palabras:

“Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado;
Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.”
 (Salmo 51:17)

No importa qué tan lejos hayas huido de Dios. No importa dónde te encuentres en este momento. El enemigo va a susurrarte al oído: 

“Ya fuiste demasiado lejos.”

“Dios ya no te quiere.”

“No tienes nada que ofrecerle.”

Eso es una mentira.

Todavía puedes ofrecerle el sacrificio que más le agrada.

Un espíritu quebrantado.

Un corazón humilde.

Un corazón arrepentido.

Y mientras Jonás le ofrece a Dios ese sacrificio, el Señor le provoca al pez el peor caso de indigestión de toda su vida. Mira cómo termina el capítulo. El versículo 10 dice:

“Y mandó Jehová al pez, y vomitó a Jonás en tierra.”

Dios le dio a ese pez un dolor de estómago que nunca había experimentado.

Así que vomita al profeta sobre la playa.

Me imagino que aquello llamó bastante la atención.

El profeta pródigo había regresado con transporte incluido… cortesía de una ballena.

Conclusión

En uno de sus libros, Lois Krueger cuenta algo que ocurrió cuando su hijo Carl tenía apenas cuatro años y medio.

Habían sido semanas muy agitadas. Y Carl parecía meterse en problemas una y otra vez.

Estorbaba. Desobedecía. Siempre estaba haciendo alguna travesura. Así que un día lo enviaron al rincón para que cumpliera un tiempo de disciplina.

Mientras estaba allí, dijo de repente:

—¡Me voy a escapar de la casa!

Lois recordó que ella misma había sentido algo parecido cuando era niña. Recordó lo que era sentirse una carga. Sentir que siempre hacía todo mal. Sentir, incluso, que nadie la quería.

Entonces respondió con mucha sabiduría.

Le dijo:

—Está bien. Puedes irte de la casa.

Carl la miró sorprendido.

—¿Sí puedo?

—Claro que sí. Ven, vamos a hacer las maletas.

Ella bajó la pequeña maleta de su hijo.

Y también la suya.

Comenzó a guardar ropa.

Su abrigo.

Su pijama.

Sus zapatos.

Carl la miró confundido y le preguntó:

—Mamá… ¿qué estás haciendo?

Ella respondió:

—Pues voy a necesitar mi abrigo, mi pijama y mis zapatos.

Cuando terminó de empacar, puso las dos maletas junto a la puerta.

Y le preguntó:

—Bueno… ¿todavía quieres irte de la casa?

Carl respondió:

—Sí… pero, ¿a dónde vas tú?

Ella sonrió y le dijo:

—Si tú te vas de la casa, yo también voy contigo.

Porque nunca quisiera que estuvieras solo. [x]

Y él ya no quiso irse.

¡Qué respuesta llena de gracia!

Todavía recuerdo cuando uno de mis hijos, hace muchos años, decidió escaparse de la casa por unas horas.

Pero a mí no se me ocurrió responder así. 

¡Qué sabia fue esa mamá! Y cuánto más sabio y misericordioso es nuestro Padre celestial.

Jonás huyó de Dios.

Pero cuando finalmente estuvo listo para clamar al Señor, descubrió que Dios estaba listo para escucharlo.

En el momento más oscuro de su vida:

Cuando las luces se habían apagado.

Cuando las profundidades del mar parecían una prisión sin salida.

Cuando todo le decía:

“No hay forma de salir de aquí.”

“No hay forma de volver.”

“Estás solo.”

Fue precisamente allí donde Jonás volvió a tener comunión con el Dios al que había ofendido.

Con el Señor al que había rechazado.

Jonás se arrepiente. Y Dios lo restaura. Lo revive. Y vuelve a ponerlo en servicio.

No importa cuánto tiempo permanezcamos en silencio. Cuando finalmente estemos listos para hablar con Dios, Él estará listo para escucharnos.

Y entonces descubriremos algo maravilloso. Nosotros fuimos quienes huimos. Pero Él nunca dejó de acompañarnos.

Después de todo, el milagro más grande de Jonás capítulo 2 no fue que un hombre sobreviviera dentro de un gran pez.

El milagro más grande fue que Dios restauró el corazón de un profeta pródigo.

Un profeta que, en lo más profundo del vientre de un gran pez, finalmente volvió a casa.

Jonás había vuelto a casa.

Había vuelto a estar en comunión con Dios.

Y ese es el verdadero hogar.


[i] William L. Banks, Jonah: The Reluctant Prophet (Moody Press, 1966), p. 44.

[ii] David J. Clark and Eugene A. Nida, A Handbook on the Books of Obadiah, Jonah, and Micah (United Bible Societies, 1978), p. 73.

[iii] James Montgomery Boice, The Minor Prophets (Baker Books, 1983), p. 282. 

[iv] [iv]

[v] Warren W. Wiersbe, Be Amazed (Victor Books, 1996), p. 78. 

[vi] Ibid., p. 78. 

[vii] Ibid., p. 79. 

[viii] Sinclair B. Ferguson, Man Overboard (Banner of Truth Trust, 1981), p. 30. 

[ix] Boice, p. 288. 

[x] Boice, p. 288. 

Este contenido es una adaptación autorizada del ministerio Sabiduría Internacional, bajo la enseñanza original de Stephen Davey. Todos los derechos del contenido original están reservados a su autor.


Puede compartir o reproducir este material libremente solo con fines no comerciales, citando adecuadamente al autor y al ministerio. Queda prohibida su venta, modificación con fines lucrativos o redistribución sin permiso escrito.

Hemos procurado citar debidamente todos los recursos externos utilizados en cada lección. Las citas bíblicas provienen principalmente de la versión Reina-Valera 1960 y de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), aunque en algunos casos se emplean otras versiones de la Biblia para facilitar la comprensión del pasaje.
Reina-Valera 1960® © 1960 Sociedad Bíblica Trinitaria. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.
La Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © 2019 por The Lockman Foundation. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

Adaptado y publicado por el ministerio Sabiduría Internacional.

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