Introducción
¿Cuál crees que es el trabajo más sucio del mundo? ¿Cuál dirías que es el peor trabajo que alguien puede tener?
Tal vez estés pensando en el tuyo… y solo de ver que se acerca el lunes ya te desanimas.
Hace un tiempo me dio curiosidad y busqué en internet una lista de los trabajos más sucios del mundo. Encontré algunos tan desagradables que prefiero ni describirlos. La verdad es que hay personas que hacen trabajos realmente difíciles.
Solo te voy a mencionar uno. ¿Qué te parecería trabajar como inspector de alcantarillas? Ese aparecía entre los primeros lugares de la lista. El artículo mostraba la foto de un inspector con un traje especial, tanques de oxígeno, guantes y una máscara, como si fuera un buzo. En la imagen estaba metido hasta la cintura en la espesa corriente del alcantarillado.
Después de leer ese artículo pensé: “¿Y cuáles serán los trabajos más peligrosos del mundo?” Así que busqué otra lista.
En el puesto número ocho aparecía el trabajo de leñador. Raíces escondidas, ráfagas de viento, motosierras, árboles gigantes y ramas cayendo por todos lados. No hace falta mucha explicación para entender por qué es uno de los trabajos más peligrosos.
Obviamente, los policías y los bomberos también estaban entre los primeros lugares. Cada día salen a trabajar sin saber si volverán a casa. En cualquier momento tienen que arriesgar su vida para proteger la de alguien más.
La lista también incluía trabajadores metalúrgicos, reparadores de techos y operadores de grúas. Muchos accidentes fatales ocurren mientras trabajan con maquinaria pesada o a grandes alturas.
Pero el primer lugar se lo llevaban los pescadores, junto con los camioneros y los pilotos de avión. Cada año, cientos de personas que trabajan en el área del transporte pierden la vida.
Ahora, si pudiéramos viajar a la época del Antiguo Testamento, descubriríamos que hubo un tiempo cuando el trabajo más peligroso del mundo era ser profeta de Dios.
- Había una recompensa por la captura del profeta Elías.
- A Jeremías lo golpearon. Lo encarcelaron varias veces. Incluso lo lanzaron a una cisterna donde quedó hundido en el barro.
- A Daniel lo arrojaron al foso de los leones.
- Amenazaron de muerte a Nehemías. De hecho, llegó un momento en que él y sus hombres reconstruían el muro de Jerusalén con una herramienta en una mano y una espada en la otra.
No había nada más peligroso que obedecer la voluntad de Dios.
Hay un profeta en particular con una gran historia, pero normalmente la reducimos a que se lo tragó un gran pez. Y, sin embargo, merece que lo recordemos por ser un profeta fiel.
Hablamos del profeta Jonás.
Él sirvió al Señor durante muchos años. Algunos estudiosos creen que ya era un hombre mayor cuando Dios le dio la orden de ir a Nínive.
Era un profeta experimentado. Maduro. Había servido fielmente durante el reinado de Jeroboam. Además, la profecía que anunció para el rey y para la nación de Israel se cumplió exactamente como Dios había dicho. Eso confirmó delante de todos que Jonás hablaba de parte del Señor.
Pero Dios todavía una misión más para él. Ahora iba a llamarlo a una nueva etapa. Y sería, por mucho, la más difícil de toda su vida.
Y al conocer su misión, Jonás va a salir corriendo – no para cumplirla, sino para huir de su responsabilidad.
El llamado de Dios a Jonás
Escuchemos ahora el llamado que Dios le hace a Jonás.
Fíjate en lo que dicen los primeros dos versículos del capítulo 1:
“Vino palabra de Jehová a Jonás hijo de Amitai, diciendo: Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y pregona contra ella; porque ha subido su maldad delante de mí.”
Quiero que notes esa última frase:
“…porque ha subido su maldad delante de mí.”
Es como si Dios estuviera diciendo:
“Jonás, puedo oler la maldad de Nínive hasta aquí en el cielo. Esa ciudad se ha convertido en una verdadera cloaca de pecado. Así que ponte el traje de profeta. Ve hasta allá y diles: ‘Es hora de limpiar todo esto.’” [i]
El mandato de Dios captó de inmediato la atención de Jonás. El problema no era lo que Dios le estaba pidiendo que hiciera. El problema era adónde tenía que ir.
Dios lo estaba enviando a Nínive. Y solo escuchar ese nombre despertó una reacción muy fuerte en Jonás. Esas emociones crecieron tanto que terminaron llevándolo a hacer algo impensado: Él renunció a su llamado como profeta de Dios.
Para entender por qué reaccionó así, regresemos por un momento a los días de Jonás.
Nínive era la capital de Asiria. En ese tiempo, Asiria era el imperio más poderoso de esa parte del mundo. Y, años más tarde, sería el reino que llevaría cautivo al pueblo de Israel. La ciudad de Nínive estaba ubicada en lo que hoy conocemos como Irak, cerca de la ciudad de Mosul. [ii]
Los asirios dominaron esa región hasta que el Imperio Babilónico los conquistó, unos ciento cincuenta años después de la muerte de Jonás.
Los arqueólogos han excavado gran parte de la antigua Nínive. Incluso han reconstruido parte de sus murallas utilizando las piedras originales. Era una ciudad impresionante. Una verdadera fortaleza diseñada para la guerra y sus guerreros. Y, para Israel, no había enemigo más temido que los asirios.
Jonás entraría por la puerta principal de esa ciudad. Esa puerta también ha sido reconstruida en su lugar original, en Irak. Las torres que la flanqueaban superaban los treinta metros de altura. Imagínate la impresión que causaban.
Esa entrada reflejaba perfectamente la grandeza de Nínive… y también el enorme poder del Imperio asirio. Por eso Dios la llama en el versículo 2: “la gran ciudad”.
Gracias al trabajo de los arqueólogos, hoy también conocemos muchos detalles del palacio real y de sus reyes.
Las paredes del palacio estaban cubiertas de enormes pinturas que representaban batallas, todas llenas de colores muy vivos. Y cuando un rey de Asiria subía al trono, el pueblo creía que su dios, Marduk, era quien le entregaba el poder para gobernar.
El imperio que gobernaba este rey se extendía desde el golfo Pérsico hasta las fronteras de Egipto. [iii]
Era un imperio enorme. Pero, por encima de todo, los ninivitas eran conocidos por una sola cosa: su crueldad.
El profeta Nahúm describió a Nínive con estas palabras:
“¡Ay de ti, ciudad sanguinaria, toda llena de mentira y de rapiña, sin apartarte del pillaje! Chasquido de látigo, y fragor de ruedas, caballo atropellador, y carro que salta; jinete enhiesto, y resplandor de espada, y resplandor de lanza; y multitud de muertos, y multitud de cadáveres; cadáveres sin fin, y en sus cadáveres tropezarán, a causa de la multitud de las fornicaciones de la ramera de hermosa gracia, maestra en hechizos, que seduce a las naciones con sus fornicaciones, y a los pueblos con sus hechizos. Heme aquí contra ti, dice Jehová de los ejércitos…” Nahúm 3:1-5
Esa no es una exageración del profeta. La arqueología confirma una y otra vez la fama que tenía Nínive. Los ninivitas adoraban a dioses falsos y demonios. Vivían entregados a la inmoralidad. Eran brutales, despiadados y perversos.
Y lo más impactante es que estaban orgullosos de ser así. Las inscripciones que dejaron muestran que presumían de su crueldad. Se jactaban de desmembrar personas vivas. En algunos casos, les dejaban una sola mano para estrechársela antes de que murieran.
También organizaban desfiles con las cabezas de sus víctimas. Obligaban a los familiares y amigos de los muertos a cargar las estacas donde estaban clavadas esas cabezas.
Además, describían con orgullo cómo estiraban a los prisioneros con sogas para despellejarlos vivos.
Uno de los reyes de Asiria incluso dejó escrito este testimonio de su propia crueldad:
“He quitado la piel de todos los nobles que se rebelaron contra mí; he prendido fuego a sus niños. He capturado muchas tropas con vida para cortarles las narices, orejas y extremidades.”[iv]
También acostumbraban sacarles los ojos a sus prisioneros. O les atravesaban la nariz con un gancho para humillarlos mientras los llevaban cautivos, antes de matarlos.
Y eso no era todo.
Los ninivitas también empalaban vivos a sus prisioneros y después les prendían fuego. Siglos más tarde, Nerón adoptó una práctica parecida cuando cubría de brea a los cristianos y los encendía para alumbrar sus fiestas.
Hasta las bisagras de las puertas de la ciudad, descubiertas por los arqueólogos, tienen grabadas escenas de la crueldad con la que trataban a sus cautivos.
Los ninivitas querían que todo el mundo conociera su reputación. Sembraban terror a propósito. Vivían orgullosos de inspirar miedo. Eso era exactamente lo que querían que todos recordaran de ellos.
Con razón, más adelante, Jonás le diría a Dios:
“¡No quería que les mostraras misericordia!”
Y, sin embargo, ese era precisamente el llamado que Dios le estaba haciendo.
Quiero que observes tres características de este llamado.
Características del llamado de Jonás
1. El llamado de Dios fue muy claro.
No dejaba lugar para dudas.
Jonás no podía malinterpretarlo.
Subraya en tu Biblia tres palabras:
“Levántate… ve… y pregona…”
Esas palabras no son sugerencias. Son órdenes. Son imperativos. Son mandatos de Dios. Podríamos ponerles perfectamente un signo de exclamación.[v]
¿Sabes cuál es muchas veces nuestro problema? No es que no entendamos lo que Dios nos pide. Es que lo entendemos demasiado bien. Y no nos gustan los imperativos. Preferimos que Dios nos dé sugerencias. Preferimos que nos presente varias opciones para escoger.
Casi como si la voluntad de Dios se decidiera por votación. Dios pone un voto… y nosotros ponemos el otro.
Pero Dios no somete Su voluntad a votación.
Él simplemente dice:
“Levántate… ve… y pregona contra ella.”
Jonás no tuvo que volver a su oficina para consultar un diccionario de hebreo y asegurarse de haber entendido bien. [vi]
Entendió perfectamente. El llamado era claro. Era innegable. Y también era estremecedor.
La voluntad de Dios para Jonás no dejaba espacio para la confusión.
2. El llamado de Dios no escondía la realidad.
Dios no hizo lo que hacen algunos vendedores por teléfono. No intentó hacer que la tarea sonara más atractiva de lo que realmente era.
No le dijo:
“Jonás, tengo una gran oportunidad para ti.”
No.
Dios fue completamente transparente.
“Jonás… la maldad de los ninivitas ha subido delante de Mí.”
“El pecado de ellos apesta hasta el cielo. Se han pervertido. Son malvados. Son crueles. Sé exactamente lo que te estoy pidiendo. Y sé que será una tarea difícil.”
Esa era la voluntad de Dios para Jonás.
Sin importar…
- si le gustaba o no;
- si quería ir o no;
- si estaba de acuerdo con Dios o no;
- si pensaba que los ninivitas merecían misericordia o no;
- si se sentía cómodo o no;
- si tenía miedo o no;
- o si estaba feliz con la tarea o no.
Es como si Dios le dijera:
“Jonás, durante años has caminado conmigo. Has llevado Mi mensaje a lugares donde la gente te escuchó. Pero ahora quiero que vayas a Nínive. Quiero que les hables a ellos.”
No había lugar para la confusión. El llamado era muy claro. Y Dios tampoco trató de esconder la realidad.
Ahora observa una característica más.
3. El llamado de Dios no le prometía un regreso seguro.
Dios nunca le garantizó a Jonás que volvería con vida. No le prometió descanso. No le prometió comodidad. No le prometió un futuro tranquilo.
Jonás nunca recibió un paquete de beneficios para profetas.
Dios nunca le dijo:
- “Te van a escuchar.”
- “Tendrás una buena recepción.”
- “Todos serán amables contigo.”
Nada de eso. Al contrario. Lo estaba enviando al reino más cruel de su tiempo para anunciarles que, en cuarenta días, todos morirían si no se arrepentían y se volvían a Dios.
Tal vez estés pensando:
“¡Claro! Jonás tenía toda la razón para creer que en cuestión de horas su cabeza terminaría clavada en una estaca.”
Y humanamente hablando, era una posibilidad muy real. Pero el llamado seguía siendo el mismo. Era claro. No dejaba lugar para malentendidos. Y tampoco incluía ninguna garantía de que regresaría con vida.
Humanamente hablando…
Emocionalmente hablando…
Lo que Dios le estaba pidiendo a Jonás era imposible.
Y, si somos sinceros, todos tenemos una lista de miedos, excusas y razones por las que creemos que la tarea que Dios nos dio no va a funcionar.
Tal vez cargamos con desilusiones del pasado. Tal vez nos incomoda no tener garantías. O, simplemente, la tarea que Dios nos dio no es la que nosotros habríamos escogido.
En el fondo pensamos: “Seguramente la voluntad de Dios nunca debería ser tan incómoda… ni tan peligrosa.”
Pero Jonás entendió perfectamente lo que Dios le estaba pidiendo. Y en su mente solo había una salida. Salir corriendo.
Mira lo que dice Jonás 1:3:
“Y Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, y halló una nave que partía para Tarsis; y pagando su pasaje, entró en ella para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová.”
¡Jonás sale corriendo!
Ahora, antes de juzgarlo demasiado rápido, recuerda que no fue el único profeta que huyó.
Elías también escapó cuando la reina Jezabel decidió matarlo. Aquella mujer hizo que el profeta de Dios saliera corriendo y se escondiera, como leemos en 1 Reyes 19:3.
Ahora déjame darte algunos detalles más acerca de la huida de Jonás. Jonás era de Gat-hefer y, probablemente, para ese tiempo vivía en Samaria, la capital del reino de Israel.
Desde allí viajó hasta Jope, una ciudad portuaria ubicada a unos cuarenta kilómetros, sobre la costa del mar Mediterráneo.
Pero espera un momento. ¿No te llama la atención algo?
Jonás sabe perfectamente que nadie puede huir de la presencia de Dios. Él sabe que Dios es omnipresente.
Además, conocía las palabras del Salmo 139:
“¿A dónde me iré de tu Espíritu?
¿Y a dónde huiré de tu presencia?” (Salmo 139:7)
Jonás sabía que no podía escapar de Dios.
Entonces, ¿qué estaba haciendo?
Una antigua traducción judía ayuda a entender mejor este pasaje. Da a entender que Jonás no estaba intentando escapar de la presencia de Dios, sino del servicio de Dios. [vii]
En otras palabras, Jonás estaba presentando su carta de renuncia. Le estaba diciendo al Señor:
“Ya no quiero seguir siendo Tu profeta.”
Y para demostrar que hablaba en serio, salió de Israel y embarcó rumbo a Tarsis.
Tarsis estaba en la costa de España, es decir, exactamente en la dirección opuesta a Nínive. De hecho, para la gente de esa época, Tarsis era el lugar más lejano que conocían hacia el occidente.
Jonás quería ir lo más lejos posible del servicio de Dios.
Un autor lo explica con una comparación muy gráfica.
Es como si, durante la Segunda Guerra Mundial, Dios hubiera llamado a un judío que vivía en Nueva York y le hubiera dicho: “Quiero que vayas a Berlín a predicarles a los nazis.” Pero, en lugar de obedecer, ese hombre se fuera a California y allí tomara un barco rumbo a Hong Kong.[viii]
Eso fue exactamente lo que hizo Jonás. Prácticamente cobró su pensión de profeta jubilado para comprar un pasaje bastante costoso hacia Tarsis.
Su plan era sencillo. Encontrar un lugar tranquilo. Alejarse de todo. Y vivir el resto de su vida sin que Dios volviera a pedirle una tarea como esa.
Y así, Jonás huye.
Lecciones de ver a Jonás huyendo
Al ver a Jonás escapar del llamado de Dios, podemos aprender por lo menos tres lecciones para nuestra vida.
1. Cuando huimos de Dios, siempre corremos en la dirección equivocada.
Imagínate la escena.
Jonás está en el puerto buscando un barco que vaya hacia el occidente. Le pregunta a todo marinero que ve:
—¿Hacia dónde va este barco?
—A Egipto.
—No, demasiado cerca.
—¿Y ustedes?
—A Antioquía.
—No, tampoco.
—¿Y ese barco?
—A Tarsis.
—¿A Tarsis? Más lejos hacia el occidente no se puede ir. Perfecto. ¿Cuánto cuesta el pasaje?
¿Te imaginas a Jonás sacando el dinero necesario para comprar ese pasaje? Me pregunto si, mientras pagaba, habrá sentido el peso de lo que estaba haciendo.
¿Le habrá explicado al rey por qué se iba?
¿Y qué pasó con sus amigos? ¿Qué habrá sido de los jóvenes profetas que lo admiraban?
¿Y la nación que había escuchado la voz de Dios por medio de él? ¿Les habrá dejado, al menos, una nota de despedida?
Todo eso nos lleva a una segunda lección.
2. Cuando huimos de Dios, terminamos pagando un precio mucho más alto del que imaginábamos.
La verdad es que cuando nos alejamos de Dios nunca encontramos el lugar donde creemos que por fin vamos a ser felices.
Llegamos…
Y después pensamos:
“Bueno… ya estoy aquí. ¿Y ahora qué?”
No hay persona más miserable que un creyente que vive en desobediencia.
Hace muchos años, el comentarista Alexander White escribió algo muy cierto:
“Ninguno de los vendedores de boletos de Jope podía decirle a Jonás cuánto le iba a costar subir a ese barco. Huir de Dios siempre resulta muy costoso.”
¿Recuerdas ese viejo dicho?
- El pecado te llevará más lejos de lo que querías ir.
- Te mantendrá allí más tiempo del que pensabas quedarte.
- Y te costará mucho más de lo que alguna vez imaginaste pagar.
¿Alguna vez pensaste que a Jonás nunca le devolvieron el dinero del pasaje a pesar de que no llegaría a su destino?
Pero, por ahora, eso no parece preocuparle.
De hecho, probablemente piensa que todo está saliendo de maravilla.
- Encontró un barco.
- El barco está a punto de zarpar.
- Y, además, va exactamente en la dirección opuesta a Nínive.
Seguramente está pensando:
“Esto fue mucho más fácil de lo que imaginaba.”
Eso nos lleva a la tercera lección.
3. Cuando huimos de Dios, Satanás siempre está dispuesto a facilitarnos el viaje.
Y, por otro lado, cuando nos arrepentimos, Dios siempre prepara el camino para que podamos regresar.
Jonás desobedeció tres órdenes muy claras de Dios:
“Levántate… ve… y pregona.”
¿Y nosotros?
¿Alguna vez te has detenido a pensar que la vida cristiana también está llena de mandatos?
Dios no solo nos da promesas. También nos da órdenes. Órdenes claras. Órdenes que nos desafían. Órdenes que no podemos ignorar.
Por ejemplo:
- Sigue a Cristo. (Juan 12:26)
- Habla la verdad. (Efesios 4:25)
- Vístete del nuevo hombre. (Efesios 4:24)
- Mantente alerta. (Apocalipsis 3:2)
- Da para la obra de Dios. (2 Corintios 9:7)
- Canta alabanzas al Señor. (Colosenses 3:16)
- Estudia diligentemente la Palabra. (2 Timoteo 2:15)
Y esa lista apenas comienza.
Jonás desobedeció tres mandatos directos de Dios y salió corriendo en la dirección opuesta.
La pregunta es:
¿Y nosotros? ¿Qué estamos haciendo con los mandatos de Dios? ¿También estamos huyendo?
Un autor resume muy bien lo que significa obedecer a Dios cuando escribió:
“No soy el dueño de mi destino, ni siquiera de mi vida cotidiana; Dios lo es. Obedecer significa rendir mi voluntad para hacer la Suya. Significa cambiar mis deseos por los de Él. Significa aceptar hacer algo diferente, desagradable, extraño, peligroso, difícil o simplemente algo que no quiero hacer. Significa entregar el control y dejar de ser mi propio amo.”[ix]
Eso era exactamente lo que Jonás no estaba dispuesto a hacer. Y, por ahora, Jonás cree que todo salió bien.
Sí, fue desobediente. Pero piensa que finalmente quedó libre de ese llamado tan peligroso.
Después de preparar sus cosas, recorrer los cuarenta kilómetros hasta Jope y tomar todas esas decisiones apresuradas, sube al barco completamente agotado.
Se acuesta.
Y se queda profundamente dormido.
Está convencido de que logró escapar.
Pero estaba a punto de aprender una lección que jamás olvidará.
De hecho, si hubiera podido ver a través del piso del barco, probablemente no habría dormido tan tranquilo. Porque, mientras él descansaba, en las profundidades del mar Mediterráneo, un gran pez ya nadaba en su dirección… Obedeciendo, en silencio, las órdenes del Dios soberano.[x]
El pez obedecía a Dios mientras que Su profeta se rehusaba a hacerlo. Y muy pronto Jonás descubrirá que nadie puede huir de la voluntad de nuestro Dios soberano.
[i] David J. Clark and Eugene A. Nida, A Handbook on the Books of Obadiah, Jonah, and Micah (United Handbook Series, United Bible Society, 1978), p. 51i.
[ii] T. Desmond Alexander, Tyndale Old Testament Commentaries: Jonah (Intervarsity Press, 1988), p. 98.
[iii] H. W. F. Saggs, The Babylonians (London, 1962), p. 94.
[iv] James Bruckner, NIV Application Bible: Jonah, Nahum, Habakkuk, Zephaniah (Zondervan, 2004), p. 28.
[v] William L. Banks, Jonah: The Reluctant Prophet (Moody Press, 1966), p. 14. Sinclair B. Ferguson, Man Overboard (Banner of Truth, 1981), p. 12.
[vi] Sinclair B. Ferguson, Man Overboard (Banner of Truth, 1981), p. 12.
[vii] UBS, p. 53.
[viii] James Montgomery Boice, The Minor Prophets (Baker Books, 1983), p. 266.
[ix] [ix] Dab Schmidt, Unexpected Wisdom (Baker, 2002), p. 1.
[x] Phillips, p. 142.


















