Introducción
Hace algún tiempo, el diario de Wall Street publicó en su portada un artículo titulado: “La confesión vuelve a estar de moda”. El artículo comenzaba diciendo algo muy interesante: “El pecado nunca pasa de moda, pero la confesión está viviendo un resurgimiento.”
Luego describía varias maneras en que las personas están buscando aliviar su conciencia.
Existen sitios web donde cualquiera puede confesar sus pecados de forma anónima para que otros entren y lean esas confesiones.
En la ciudad de Colorado Springs, Estados Unidos, por ejemplo, la gente puede ir al centro comercial y confesar sus pecados allí mismo. Algunos frailes católicos se instalan allí con su atuendo tradicional para escuchar confesiones. Así que una persona puede ir de compras, tomar un café, pasar a confesarse y volver a casa sintiéndose absuelta.
El artículo también mencionaba que, apenas un año antes, la segunda rama luterana más grande de Norteamérica —el Sínodo de Missouri— había decidido restaurar la práctica de la confesión privada con un sacerdote.[i]
Y encontré maneras todavía más creativas para las personas que sienten demasiada vergüenza de confesar sus pecados cara a cara.
Por una tarifa bastante módica, una empresa permite llamar por teléfono a uno de sus empleados para confesarle cualquier pecado.
Otra empresa incluso ofrece ir a confesarse por la persona o, si alguien necesita pedir perdón a otra persona, ellos también pueden hacerlo en su lugar.
La verdad es que nuestro mundo está lleno de personas que viven luchando con la culpa y con la conciencia de su pecado. Y a nadie le gusta eso.
Leí la historia de un hombre que fue al psiquiatra y le dijo:
—Doctor, he hecho muchas cosas malas y mi conciencia no deja de acusarme.
El psiquiatra le respondió:
—Entonces, ¿quieres algo que fortalezca tu fuerza de voluntad?
El hombre contestó:
—No. Lo que quiero es algo que debilite mi conciencia.
También entré a uno de esos sitios de internet donde las personas escriben anónimamente sus pecados con la esperanza de encontrar alivio para su conciencia culpable.
Cualquiera puede leer página tras página de confesiones. Personas que cuentan aventuras amorosas secretas, abortos secretos, planes que nadie conoce, enfermedades de transmisión sexual mantenidas en secreto, robos que nunca fueron descubiertos, motivos ocultos detrás de sus relaciones… y la lista sigue y sigue.
Después de leer solo unos cuantos párrafos, ya no pude continuar. Me rompía el corazón.
Lo triste es que todas esas personas abandonan ese sitio exactamente igual que como llegaron: con la conciencia sin alivio y con sus pecados sin perdón.
La verdadera confesión no se hace por internet ni por teléfono. Tampoco podemos contratar a otra persona para que confiese por nosotros. Y, en realidad, la verdadera confesión nunca es un secreto.
La verdadera confesión es reconocer nuestro pecado delante de Jesucristo.
No necesitamos acudir a un sacerdote aquí en la tierra, porque Cristo es ahora nuestro Sumo Sacerdote y el único “…mediador entre Dios y los hombres…”
(1 Timoteo 2:5).
Cuando una persona evita venir al Señor, también evita la verdadera confesión.
Y cuando evita la verdadera confesión, también pierde la oportunidad de recibir el verdadero perdón, porque Jesucristo es la única fuente de un perdón completo y permanente.
El apóstol Pablo les escribió a los creyentes en Éfeso:
“En Él tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros…” (Efesios 1:7-8).
Ahora bien, si quisiéramos encontrar en la Biblia un ejemplo claro de verdadera confesión… un corazón completamente expuesto… un pecado reconocido… y una persona dispuesta a aceptar las consecuencias de su pecado…
¿A qué libro irías?
Probablemente no pensarías en el libro de Jonás. ¿Cierto? Pero allí es donde vemos un claro ejemplo de confesión, arrepentimiento y perdón.
El sermón de Jonás y sus resultados
Jonás ya comenzó a predicar la Palabra de Dios en Nínive.
Su sermón tenía apenas ocho palabras.
En realidad, en una clase de predicación bíblica diríamos que esas ocho palabras contienen la idea principal del sermón.
Mira lo que dice Jonás 3:4:
“De aquí a cuarenta días Nínive será destruida.”
Ahora bien, podemos estar seguros de que Jonás dijo mucho más que esa sola frase.
¿Cómo lo sabemos? Porque el siguiente versículo dice:
“Y los hombres de Nínive creyeron a Dios…” (Jonás 3:5).
Los ninivitas tenían que haber aprendido algo acerca del Dios de Israel para abandonar su confianza en Dagón, el dios pez, y poner su fe en Elohim, el Dios del cielo y la tierra.[ii]
El texto dice que creyeron en Dios.
La palabra hebrea traducida “creyeron” proviene de un verbo que significa “confirmar” o “considerar digno de confianza”. Es decir, escucharon el mensaje de Jonás y llegaron a la conclusión de que era verdad.[iii]
Fue un mensaje extraordinariamente sencillo. Y el pueblo creyó. No creyó en Jonás. Creyó en Dios.
La verdadera fe nunca descansa en el mensajero, sino en el Dios del mensaje. Y Dios sacó a esos hombres y mujeres de las tinieblas para llevarlos a su luz admirable.
Charles Haddon Spurgeon, uno de los predicadores más influyentes de los últimos siglos, llegó a Cristo precisamente por medio de un mensaje tan sencillo como este.
Cuando era joven, fue a una pequeña capilla metodista para escuchar a un predicador conocido. Llegó un poco tarde y descubrió que el pastor no estaba allí. Otra persona se estaba preparando para predicar.
De hecho, tuvieron que improvisar. Nadie sabía dónde estaba el pastor y, después de un momento bastante incómodo, uno de los hermanos de la congregación se puso de pie para predicar.
Años después, Spurgeon contó lo que ocurrió.
Aquel hombre no tenía estudios. Apenas sabía leer y escribir.
Predicó sobre Isaías 45:22:
“Mirad a mí, y sed salvos…”
Y prácticamente no salió de ese versículo, porque no tenía mucho más que decir.
Comenzó diciendo:
“Queridos amigos, este es un texto muy sencillo. Dice: ‘Mirad’. Mirar no cuesta nada. No hay que levantar un dedo ni mover un pie. Solo hay que mirar.
No hace falta ir a la universidad para aprender a mirar.
Puedes ser la persona más ignorante del mundo, y aun así puedes mirar.
No hace falta ser rico para mirar.
Cualquiera puede mirar.
Hasta un niño puede hacerlo.
Pero el texto dice: ‘Mirad a mí’.
Muchos de ustedes están mirándose a sí mismos, pero eso no sirve de nada. Allí no van a encontrar consuelo.
Miren a Cristo.
Eso es lo que dice el texto: ‘Mirad a mí’.”
Una biografía de Spurgeon cuenta que, después de unos diez minutos, aquel hermano ya había dicho prácticamente todo lo que sabía.
Entonces levantó la vista y vio a un joven sentado al fondo, debajo del balcón.
Era Spurgeon.
Sin conocerlo, y al notar la expresión de tristeza en su rostro, lo señaló y le dijo: “Joven, te ves afligido.
Y seguirás así en esta vida y también en la eternidad si no obedeces este texto. Pero si lo obedeces ahora mismo, serás salvo.
¡Joven, mira a Jesucristo!
¡Míralo!
¡Míralo!”
Y así terminó el sermón.
Pero la invitación de Dios, comunicada por medio de ese mensaje tan sencillo, penetró el corazón de Spurgeon. Ese día puso su mirada únicamente en Cristo. Ese día fue salvo. Y su vida cambió para siempre.
Con un mensaje sencillo y directo, Jonás había invitado a los habitantes de Nínive a mirar al Dios de Israel. Y ellos miraron. Y creyeron.
Ahora bien, la evidencia de una confesión verdadera es el arrepentimiento. Es decir, dar media vuelta y comenzar a caminar en dirección contraria.
De hecho, la palabra del Nuevo Testamento para “arrepentimiento”, metanoia, significa literalmente “un cambio de mente”.[iv]
Entonces surge una pregunta.
¿Realmente cambiaron de manera de pensar estos hombres y mujeres crueles, violentos, arrogantes e idólatras?
¿De verdad pusieron su fe en el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob?
La evidencia de una confesión verdadera
En este pasaje encontramos dos evidencias de una confesión genuina.
Primero, su confesión transformó radicalmente su vida personal.
Observa Jonás 3:5-6:
“Y los hombres de Nínive creyeron a Dios; y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos. Y llegó la noticia hasta el rey de Nínive, y se levantó de su silla, se despojó de su vestido, se cubrió de cilicio y se sentó sobre ceniza.”
Todo el pueblo, desde el rey hasta la persona más humilde, dejó su ropa habitual y se vistió de cilicio.
El cilicio era una tela áspera, gruesa y de color oscuro. Generalmente se hacía con pelo de cabra o una fibra parecida.
Normalmente se usaba para fabricar sacos.
Imagínate un saco de papas.
Cuando alguien la usaba como ropa, expresaba humillación, tristeza y duelo.[v]
Además, el versículo 6 dice que el rey se sentó sobre ceniza, otro símbolo de profundo dolor y humildad.
Y el versículo 8 añade un detalle sorprendente. Hasta cubrieron a los animales con cilicio. No porque pensaran que los animales habían pecado o necesitaban arrepentirse.
Lo hicieron para que incluso sus posesiones reflejaran públicamente su humildad, su tristeza y su dolor por el pecado.
Según el versículo 7, también proclamaron ayuno. Dejaron de comer para dedicar ese tiempo a clamar a Dios por misericordia.
Tal vez estes pensando:
“Claro… hicieron todo eso porque no querían que Dios los juzgara.”
Bueno…
¿Y eso tiene algo de malo?
“Bueno, me parece que seguir a Dios solo para evitar el infierno y ganar el cielo suena bastante egoísta.”
Si esa fuera toda la historia, tendrías razón.
Pero recuerda este conocido versículo:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” (Juan 3:16).
En otras palabras, Dios te ama. Envió a su Hijo a morir por ti. Y si crees en Él, no iras al infierno al morir sino al cielo.
De hecho, ese versículo aparece en la conversación entre Jesús y Nicodemo. Nicodemo era un incrédulo que fue a preguntarle cómo podía entrar en el reino de Dios.
Jesús no le respondió: “Eso suena bastante egoísta, así que no te voy a decir nada.”
No. Le explicó cómo podía nacer de nuevo.
Por la gracia de Dios, los ninivitas creyeron la Palabra de Dios y pusieron su fe en Él.
Ahora deseaban escapar del juicio que se acercaba. Pero hay algo más que demuestra que su confesión era mucho más que un simple deseo de evitar el castigo.
Su confesión transformó su vida personal.
Segundo, su confesión transformó radicalmente su conducta pública.
Observa Jonás 3:7-8:
“E hizo proclamar y anunciar en Nínive, por mandato del rey y de sus grandes, diciendo: Hombres y animales, bueyes y ovejas, no gusten cosa alguna; no se les dé alimento, ni beban agua; sino cúbranse de cilicio hombres y animales, y clamen a Dios fuertemente; y conviértase cada uno de su mal camino, de la rapiña que hay en sus manos.”
La primera evidencia de la confesión fue personal. La segunda fue pública. Toda la ciudad comenzó a vivir de otra manera.
Y observa algo interesante. El rey ni siquiera intenta convencer al pueblo de que son pecadores. Simplemente reconoce la realidad.
Es como si dijera: “Todos nosotros debemos abandonar nuestra maldad y la violencia por la que nos conocen en todo el mundo.”
En otras palabras:
“Arrepintámonos. Demos media vuelta. Cambiemos nuestra manera de pensar… y cambiemos nuestra manera de vivir.”
¿Te imaginas a un rey haciendo una proclamación semejante?
Hace unos años, se abrió al público un lugar muy interesante en Londres. Son búnkeres subterráneos famosos, porque, desde allí, Winston Churchill y su equipo dirigieron a Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial.
Ese era su centro de operaciones. Allí planeaban dirigían los esfuerzos de guerra mientras sobrevivían a los bombardeos de Hitler.
Lo más impresionante era que todo seguía prácticamente igual que al terminar la guerra.
Cuando terminó el conflicto, simplemente sellaron el lugar y permaneció intacto durante más de sesenta años. Todavía había pizarras con anotaciones. Los mapas seguían mostrando la ubicación de las tropas. Incluso había caramelos sobre una máquina de escribir.
Allí se pueden escuchar grabaciones de conversaciones telefónicas entre Churchill y el presidente Roosevelt.
En varias ocasiones, durante los días más difíciles de la guerra, tanto el rey de Inglaterra como el presidente de los Estados Unidos convocaron a jornadas nacionales de oración.
Y, aunque eso suena muy bien, ni el rey ni el presidente hicieron jamás un llamado nacional al arrepentimiento.
¿Alguna vez escuchaste de algo así?
Una cosa es invitar a toda una nación a orar. De hecho, cuando ocurre una tragedia, eso sigue siendo políticamente correcto.
Pero otra muy distinta es llamar a una nación entera a arrepentirse de su pecado.
¿Entiendes la importancia de la proclamación del rey de Nínive?
Él no solo está llamando al pueblo a orar. Está llamando al pueblo a vivir en santidad. Está convocando a toda la nación al arrepentimiento.
Es como si estuviera diciendo: “Escúchenme bien. No vamos a justificar nuestro pecado. No vamos a negar nuestra fama de gente violenta solo porque todos los demás también lo hacen. No vamos a poner excusas. No vamos a minimizar nuestro pecado. No vamos a esconderlo. Vamos a confesarlo. Y, lo más importante… ¡vamos a dejar de practicarlo!”
Yo no me entusiasmo simplemente porque algún líder haga un llamado a orar. Sucede una tragedia y, desde el presidente hasta los presentadores de noticias, todos hablan de sus oraciones. Pero muchas veces eso solo hace que los incrédulos se sientan religiosos durante unos días. Después vuelven a vivir exactamente igual que antes. Vuelven a vivir como siempre vivieron los ninivitas.
Pero eso no fue lo que ocurrió en Nínive. Allí hubo una confesión verdadera. Hubo un arrepentimiento genuino que transformó tanto la vida personal como la conducta pública de todo un pueblo.
Ahora observa la sinceridad de estos ninivitas en Jonás 3:9-10:
“¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de su ira, y no pereceremos?”
¡Y qué maravilloso es leer lo que sucedió después!
“Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino…”
Esa es la evidencia de un arrepentimiento genuino.
“Y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo.”
Desde la perspectiva humana, parece que Dios cambió de parecer.
Pero, desde la perspectiva divina, Dios simplemente respondió, tal como siempre había determinado hacerlo, al cambio que produjo en el corazón de los ninivitas.[vi]
Aplicación
La verdad es que, si aprendemos algo de la sorprendente respuesta de los ninivitas, es esto: Nunca debemos subestimar lo que la gracia de Dios puede hacer. La misericordia de Dios puede alcanzar a las personas que menos imaginamos.
Dudo mucho que hubiera algún judío piadoso en Samaria o en Jerusalén orando por Nínive.
Te imaginas que alguien dijera: “No olvidemos orar por los ninivitas.”
Seguramente no. Nínive no aparecía en la lista de los candidatos más probables para creer en Dios.
Pero, muchas veces, la gracia de Dios irrumpe donde menos lo esperamos y de maneras que jamás habríamos imaginado.
¿Quién habría pensado que algo así ocurriría en Nínive?
Y ese es precisamente el punto. Si los ninivitas pudieron arrepentirse, entonces nadie está fuera del alcance de la gracia de Dios. No hay nadie que no merezca un lugar en tu lista de oración.
No importa cuán violenta, cruel, pecadora o idólatra sea una persona. Cristo también puede rescatarla.
A principios del siglo XX, Dios usó a un joven predicador llamado Evan Roberts para traer un gran avivamiento a Gales.
Todo comenzó en una pequeña reunión con jóvenes en su pueblo. Allí, este pastor presentó cuatro desafíos que transformarían por completo su nación.
- Primero, confiesa todo pecado conocido.
- Segundo, elimina de tu vida todo aquello que sea moralmente dudoso.
- Tercero, prepárate para obedecer de inmediato al Espíritu Santo.
- Y cuarto, habla públicamente de Jesucristo.
Al terminar la primera semana, unas sesenta personas aceptaron ese desafío. Comenzaron a confesar sus pecados, tanto los secretos como los públicos.
Empezaron a abandonar todo aquello que comprometía su testimonio. En otras palabras, decidieron vivir en santidad sin buscar excusas.
También comenzaron a vivir atentos a lo que Dios quisiera pedirles, aun en las cosas más sencillas.
Imagínate cómo eso transformó su manera de trabajar. Sus relaciones. Su carácter.
Y, además, aprovecharon cada oportunidad para decirles a otros que ahora pertenecían a Jesucristo. Y, por supuesto, también los invitaban a creer en Él.
Al terminar la segunda semana, Evan Roberts comenzó a recorrer el sur de Gales acompañado por un grupo de cantantes.
En menos de un año, unas cien mil personas llegaron verdaderamente a Cristo y comenzaron a asistir a distintas iglesias.
Escucha cómo describió ese avivamiento uno de sus contemporáneos.
A medida que las personas confesaban sus pecados y buscaban ser llenas del Espíritu de Dios, también procuraban corregir el daño que habían causado.
(Y, dicho sea de paso, esa también es una evidencia de un arrepentimiento genuino.)
Aquello produjo un problema inesperado en los astilleros de Gales.
Durante años, muchos trabajadores habían robado herramientas y materiales.
Desde carretillas hasta martillos.
Pero cuando quisieron ponerse a cuentas con Dios, comenzaron a devolver todo lo que habían tomado.
Llegó un momento en que los astilleros ya no sabían dónde poner tantas herramientas devueltas. De hecho, algunos colocaron letreros que decían:
“Si Dios lo ha guiado a devolver lo que robó, queremos que sepa que la administración lo perdona y le pide que se quede con lo que tomó.”
¡Qué cambio tan extraordinario! ¡Qué transformación tan profunda! Y el mundo no sabía cómo manejar lo que estaba ocurriendo.
Cuando comenzamos este capítulo de Jonás, mencioné que aquí encontramos la respuesta para otro gran tiempo de reforma espiritual. Todo comienza cuando alguien decide proclamar fielmente la Palabra de Dios. Y continúa cuando las personas responden al corazón de Dios.
Así que recuerda estos cuatro desafíos.
- Confiesa todo pecado conocido.
- Mantén un estándar de santidad que no deje espacio para aquello que sabes que es dudoso.
- Permanece dispuesto a obedecer al Señor, aun cuando te pida hacer algo difícil o aparentemente insignificante.
- Y haz pública tu relación con Jesucristo cada vez que Él te dé la oportunidad.
Quién sabe. Quizá Dios quiera usar creyentes que vivan así para traer un gran despertar espiritual en nuestra generación. Lo que sí sé es que esa clase de vida producirá un verdadero avivamiento en tu corazón y en el mío.
Por cierto, la historia bíblica nos muestra que Nínive siguió buscando a Dios durante toda una generación. No fue una emoción pasajera. No fue un avivamiento de una semana para luego volver a la misma vida de siempre. Fue algo real. Echó raíces.
Lamentablemente, un siglo después, la mayoría de sus descendientes volvió a la idolatría. Y Dios terminó juzgando a Nínive.
Pero aquella generación sí creyó. Ellos y sus hijos respondieron al Señor. Confesaron su pecado. Se arrepintieron. Y siguieron a Dios.
Algún día conoceremos en el cielo a hombres y mujeres de Nínive que fueron transformados por la gracia de Dios.
De hecho, es interesante que todavía hoy algunos cristianos asirios, con antepasados que provienen de esa región, consideran que su historia de fe comenzó cuando Dios tuvo compasión de Nínive, envió a Jonás y aceptó el arrepentimiento de sus antepasados.[vii]
Y antes de terminar, asegúrate de identificarte con los ninivitas. Ellos estaban perdidos en su pecado. No tenían esperanza. Estaban bajo el juicio de Dios. Pero creyeron. Y esa fe transformó radicalmente su vida privada y su conducta pública.
Esa fue la evidencia de que la gracia de Dios había sido derramada sobre ellos. La misma gracia que hoy también alcanza a todo el que confiesa sinceramente su pecado y pone su fe en Cristo.
Pero no te detengas allí.
Sigue confesando todo pecado conocido. No necesitas un sacerdote ni un confesionario. Puedes acudir a tu Padre celestial en cualquier momento. Sigue alejándote de todo aquello que contamine tu mente y debilite tu comunión con Cristo. Permanece dispuesto a obedecer al Espíritu Santo, sin importar si lo que Él te pide parece difícil o insignificante. Y haz que todos sepan, por medio de tu manera de vivir y de tus palabras, que perteneces a Jesucristo.
Ahora bien, la historia todavía no termina. Todavía queda una persona que se resiste a la obra de Dios. Jonás.Mientras toda una ciudad abrió su corazón al Señor… Jonás lo cerró. En nuestro próximo estudio veremos cómo Dios comenzará a tratar con el corazón de este profeta que había visto la transformación radical de toda una ciudad. Después de todo, Jonás todavía necesitaba ser transformado por la Palabra de Dios.
[i] “Confession Makes a Comeback,” The Wall Street Journal (Sept. 21, 2007).
[ii] Warren W. Wiersbe, Be Amazed (Victor Books, 1996), p. 86.
[iii] William L. Banks, Jonah: The Reluctant Prophet (Moody Press, 1966), p. 85.
[iv] W. E. Vine, Expository Dictionary of Old and New Testament Words (Thomas Nelson, 1997), p. 952.
[v] Banks, p. 88.
[vi] Wiersbe, p. 88.
[vii] James Bruckner, The NIV Application Bible: Jonah (Zondervan, 2004).


















