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Profecías cumplidas que apuntan al fin

A lo largo de la historia, muchas personas han intentado predecir el futuro, pero solo la Palabra de Dios ha demostrado ser completamente confiable. En este mensaje veremos cómo Jesús anunció con precisión la destrucción de Jerusalén, y cómo cada detalle se cumplió tal como Él lo dijo. Este cumplimiento no solo confirma la veracidad de la Biblia, sino que también nos advierte sobre el juicio que aún está por venir. Si Dios ha cumplido lo que anunció en el pasado, podemos estar seguros de que cumplirá lo que ha prometido para el futuro. A la luz de esto, somos confrontados con una decisión personal que no podemos ignorar.

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El problema de las predicciones humanas

Probablemente sepas de la enorme cantidad de intentos que ha hecho la gente por predecir el futuro: intentar anticipar el éxito o el fracaso; tratar de adivinar qué va a pasar con la economía o con el mundo.

Recuerdo a Jeane Dixon, una astróloga que hacía una predicción tras otra. Aunque muchas veces hablaba de forma vaga o simplemente se equivocaba, millones la seguían. Predijo que John F. Kennedy perdería la elección; que China atacaría a Estados Unidos en la década de 1990; y que la paz mundial llegaría en el año 2000. Murió en 1997, sin ver cómo esa predicción —como tantas otras— nunca se cumplió.

Las predicciones son tan antiguas como la historia misma. Por ejemplo, tenemos registro de un ingeniero romano llamado Sextus Julius Frontinus, quien en el siglo II afirmó que los inventos habían llegado a su límite y que ya no habría más avances en el mundo.

John Eric Erichsen, cirujano de la reina Victoria, dijo en 1873: “El corazón humano permanecerá cerrado para siempre a cualquier intervención quirúrgica”. Si alguna vez te han operado del corazón, ¿no te alegra que estuviera equivocado?

Esto me pareció curioso: un periodista estadounidense llamado Henri Browne dijo en 1893: “Dentro de cien años, la ley será tan sencilla que los abogados y sus honorarios disminuirán considerablemente”.

¡Alguien debería demandarlo por haber dicho eso!

Daniel Webster argumentó ante el Senado de Estados Unidos en 1848, cuando se debatía la compra de California a México: “No puedo concebir nada más ridículo que pensar que obtendremos algún beneficio de esta adquisición. Se demostrará que California no valdrá ni un dólar”.

Bueno… quién sabe, ¡todavía hay tiempo para que eso se cumpla!

Aquí hay otra predicción interesante. Alex Lewyt, presidente de una compañía de aspiradoras en 1955, fue citado en el diario New York Times diciendo: “Las aspiradoras impulsadas por energía nuclear serán una realidad en diez años”.

¿Aspiradoras nucleares? ¿Acaso no hacen ya suficiente ruido?

Con el reciente eclipse solar, escuché todo tipo de profecías del fin de los tiempos y supuestos “profetas” que —lamentablemente— decían representar a Dios. Saturaron internet, podcasts y púlpitos con predicciones sobre el fin del mundo.

Leí de un pastor que afirmó haber estudiado ese eclipse durante miles de horas. Según él, la franja de oscuridad pasaría sobre un pueblo llamado Alfa y otro llamado Omega, y eso sería señal de que el Señor regresaría. Luego añadió que, como también pasaba sobre un lugar llamado Nínive, eso indicaba que el eclipse daría inicio a la tribulación.

Otro pastor reunió a varios miles de personas la noche antes del eclipse. Vi un video donde declaraba que el eclipse era la señal del rapto.

Afortunadamente, hoy la iglesia no saca a los falsos profetas fuera de la ciudad para apedrearlos. Pero, tristemente, el mundo recibe un motivo más para burlarse de la idea del regreso del Señor.

Todas estas predicciones falsas le dan al mundo una excusa más para seguir viviendo sin preocuparse.

“Bueno, ya ves… Jesús no regresó después de todo. Estamos a salvo”.

Esto invita al mundo a burlarse del Señor, de la iglesia, y a cuestionar la credibilidad de la Biblia. Le echa más leña al fuego de su incredulidad.

Lo que deberíamos hacer es dejar de especular y aferrarnos a la profecía que ya se ha cumplido. Y debemos ser muy cuidadosos al interpretar la profecía que aún está por cumplirse.

La confiabilidad de la profecía bíblica

La Biblia contiene cientos de profecías acerca del regreso del Señor Jesús, y también una gran cantidad de predicciones sobre Su primera venida: Su nacimiento, Su vida y ministerio en la tierra, Su muerte y Su resurrección.

  • Miqueas 5:2 declara que nacería en Belén.
  • Oseas 11:1 anticipa que el Señor pasaría tiempo en Egipto, algo que ocurrió cuando era niño, cuando José y María huyeron con Él para escapar de Herodes.
  • Isaías 11:1-2 anuncia que el Mesías descendería de Isaí, el padre de David, y que sería ungido por el Espíritu Santo.
  • Zacarías 9:9 predice que el Señor entraría en Jerusalén montado en un pollino de asna, nunca antes montado.
  • El Salmo 41:9 se cumple en el aposento alto: “Aun el hombre de mi paz… el que de mi pan comía, alzó contra mí el calcañar”.
  • Zacarías 13:7 anticipa lo ocurrido en Getsemaní, cuando los discípulos huyeron y lo abandonaron.
  • Zacarías 11 predice las treinta piezas de plata por las que el Señor sería traicionado, e incluso que ese dinero sería devuelto al templo—exactamente lo que hizo Judas.

Las profecías de la Escritura incluso detallan aspectos específicos de la muerte del Señor:

  • Isaías 50:6 dice que le arrancarían la barba, que sería azotado, y que lo escupirían.
  • El Salmo 22:16 registra: “Horadaron mis manos y mis pies”. Esto es notable, porque describe una crucifixión siglos antes de que ese método de ejecución existiera.
  • El Salmo 22:18, es como si David estuviera viendo la escena en el Calvario: “Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes”.
  • El mismo Jesús cita el primer versículo de ese salmo, conectando Su muerte con esa profecía: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

A estas profecías tan precisas —cientos de ellas— súmale las predicciones que el mismo Jesús hizo. De hecho, aquí está a punto de anunciar algo que se cumplirá cuarenta años después. En Su misericordia, le está dando a esa generación tiempo para arrepentirse.

Permíteme mostrarte esta predicción.

La profecía sobre Jerusalén

Volvemos al Evangelio de Lucas, mientras seguimos recorriendo el discurso del monte de los Olivos —el sermón profético más grande jamás pronunciado. Todo lo que Jesús dijo allí se ha cumplido o aún está por cumplirse, mientras Él nos revela el futuro.

En el capítulo 21, el Señor predice la caída de Jerusalén y el juicio de Dios sobre esa generación.

Ahora, antes de avanzar, nota esto: lo que Lucas registra aquí es único en su énfasis. En el relato del Evangelio de Mateo, se describen eventos que ocurrirán en medio del período de la tribulación, un tiempo futuro de juicio cuando el anticristo profanará el templo en Jerusalén.

Pero Lucas no está hablando de ese evento lejano. Lucas describe la destrucción de Jerusalén que ocurriría mucho antes, cuando el ejército romano llegaría y arrasaría la ciudad y el templo. [1]

Las diferencias entre Mateo y Lucas nos muestran que se trata de dos eventos distintos.

Ahora escucha la predicción de Jesús en Lucas 21:20:

“Pero cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado. Entonces los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que en medio de ella, váyanse; y los que estén en los campos, no entren en ella. Porque estos son días de retribución, para que se cumplan todas las cosas que están escritas.” (Lucas 21:20-22)

Dios está actuando para traer juicio sobre la nación de Israel. Este evento ocurriría cuarenta años después. Esa generación enfrentaría las consecuencias. El pueblo judío sería expulsado y dispersado entre las naciones.

Y hasta el día de hoy, dos mil años después, el pueblo judío ha estado esparcido por el mundo. Según la Escritura, regresará en el período de la tribulación.

Hoy hay millones de judíos viviendo fuera de Israel. De hecho, casi tantos viven en Estados Unidos como en Israel.

El cumplimiento del juicio sobre Jerusalén

Cuando Jesús dijo estas palabras, ese futuro estaba por comenzar: serían esparcidos por todas las naciones.

¿Y cuándo ocurrió esto?

La predicción de Jesús en Lucas 21 se cumplió en el año 70 d.C.

Permíteme presentar el contexto.

Los judíos se rebelaron en el año 66 d.C. El general Vespasiano llegó, sofocó la revuelta y logró recuperar gran parte del territorio perdido. Pero entonces el emperador Nerón se suicidó, y el imperio detuvo sus campañas militares por aproximadamente un año mientras decidían qué hacer.

Finalmente, nombraron a Vespasiano como nuevo emperador. Poco después, él promovió a su hijo, Tito, y lo envió a Jerusalén para terminar lo que había comenzado.

Tomó cinco meses conquistar la ciudad.

Y ten esto en cuenta: si alguien hubiera tomado en serio la profecía de Jesús habría tenido tiempo suficiente para salir de Jerusalén. Pero cuando Tito llegó, la ciudad decidió desafiar a Roma y cerró sus puertas.

Entonces el ejército romano construyó un muro de piedra alrededor de toda la ciudad, colocando soldados en todo el perímetro. De esta manera nadie podía escapar… y ninguna provisión o ayuda podía entrar a la ciudad.[2]

Esto es exactamente lo que Jesús quiso decir cuando habló de Jerusalén rodeada de ejércitos.

Y en el versículo 21, Él les advierte claramente: huyan a los montes. Si vivías en el campo, lo peor que podías hacer era ir hacia Jerusalén.

En otras palabras, Jerusalén no tenía ninguna protección especial. Estaba enfrentando el juicio de Dios, y Roma era la espada en la mano de Dios.

Jesús lo dice claramente en el versículo 22: “estos son días de retribución”.

Sería un tiempo en que Dios juzgaría a la nación.

El comentarista J. C. Ryle escribe que, debido a la incredulidad y falta de arrepentimiento de Israel, la tormenta que se había estado acumulando lentamente estaba a punto de estallar; la espada que había estado suspendida sobre la cabeza de Israel estaba por caer.[3]

Una advertencia para toda nación

Y no pierdas esto de vista: lo que le pasó a Israel debe servir de advertencia para todas las naciones, hasta el día de hoy.

No existe nación inmune al juicio de Dios.  Si Jerusalén fue juzgada por rechazar a Dios, no hay razón para que cualquier otra nación piense que puede desafiarlo, burlarse de Su Palabra, o negar que Él es el Creador de este universo… de este mundo… y de nuestros propios cuerpos, que le pertenecen.

Vivo en una nación que históricamente se ha llamado cristiana, pero que, de manera oficial, legal e incluso religiosa, está aprobando las obras de la oscuridad.

  • Me duele escuchar a líderes nacionales afirmar con orgullo que el aborto es un asunto de salud.
  • Me preocupa ver que se dedica un solo día a la familia, pero un mes entero a celebrar la inmoralidad sexual.
  • Me deja perplejo oír los argumentos en la Corte Suprema que redefinen el matrimonio en abierta oposición a la Escritura y al diseño de Dios.
  • Me entristece la pérdida del sentido moral en nuestros días, donde se permite que hombres vestidos como mujeres vengan a los salones de niños de tercer grado para dirigir alguna actividad especial, o peor aún, que se les permita entrar en baños y vestidores de niñas.

Pero déjame decirte algo: lo que más me duele es que la inmoralidad, el aborto, la avaricia y la borrachera forman parte de la llamada iglesia evangélica hoy tanto como del mundo.

  • He visto a un pastor abandonar a su esposa y seguir predicando como si nada.
  • He visto a otro cometer adulterio y continuar enseñando estudios bíblicos.
  • Leí de un pastor que agredió a una mujer en público y luego se justificó delante del juez diciendo que estaba bajo estrés.
  • He escuchado a predicadores defender estilos de vida lujosos como si fueran una bendición merecida.

Así era Jerusalén: rodeada por una cultura pagana e inmoral desde afuera… y dirigida por líderes religiosos corruptos desde adentro.

A lo largo de la historia, una nación suele corromperse por dentro mucho antes de caer por presión externa.

La destrucción de Jerusalén no fue repentina. Venía gestándose desde hacía tiempo.

Y, al mismo tiempo, ese evento sirve como un anticipo de la destrucción mayor que ocurrirá durante la tribulación, cuando todas las naciones y toda la humanidad incrédula no podrán escapar de su cita con Dios (Apocalipsis 20).

Viene un día en que Dios hará rendir cuentas a todo pastor, sacerdote y líder religioso por haber extraviado a su generación, al negar o distorsionar la enseñanza de la Escritura (Santiago 3).

Y Dios hará rendir cuentas a todo líder nacional y civil por no haber defendido la justicia, por no haber protegido al inocente y por no haberse mantenido firme en lo recto, tal como fue designado por Dios para hacerlo (Romanos 13).

Y eso ocurrirá en el futuro.

Pero observa esto: esta predicción de Jesús aquí en el Evangelio de Lucas 21 también es una advertencia para nosotros hoy. Cualquier nación puede experimentar el juicio de Dios por su pecado y su rebeldía mucho antes de ese juicio final de las naciones que tendrá lugar al final del período de la tribulación.

Con esto en mente, hago eco de las palabras de un antiguo presidente de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, quien dijo: “Tiemblo por mi país cuando reflexiono que Dios es justo, y que Su justicia no puede permanecer dormida para siempre”.

Para el pueblo judío del primer siglo, esta predicción de Jesús era absolutamente impactante. Significaba que todo lo que conocían estaba por derrumbarse; todo su mundo estaba a punto de cambiar.

Jesús les estaba diciendo que Jerusalén ya no sería un lugar de protección sagrada para ellos.
Si estabas en el campo, quédate allí; no vengas a Jerusalén. Si estabas dentro de la ciudad, sal mientras todavía tienes oportunidad.

Es difícil para nosotros captar el impacto de estas palabras. Pero decirles que abandonaran la ciudad era decirles que abandonaran el templo. Significaba que Jerusalén sería destruida, dejada a un lado; que, aparentemente, Dios ya no estaba de su lado.[4]

Ahora bien, en la providencia de Dios, este evento daría lugar a una expansión mayor del cristianismo, ya que los que sí creyeron en el Señor se dispersaron.

La iglesia tomó en serio las palabras de Jesús.

Eusebio de Cesarea escribió en el siglo III que muchos cristianos abandonaron Jerusalén y se dispersaron, llevando el evangelio con ellos.[5]

La extensión del juicio

Pero para todos los que ignoraron la advertencia, es difícil imaginar lo que debió haber sido escuchar los tambores de guerra del ejército romano acercándose… Ver fila tras fila avanzando hacia ellos: los trenes de suministro, el equipo de asedio, los arietes, las catapultas y columnas interminables de soldados.[6]

Una vez que el ejército construyó ese muro de piedra alrededor de la ciudad, todo lo que estaba dentro quedó marcado para destrucción. Escapar sería imposible.

Y sabemos por los registros históricos que Roma no tuvo misericordia. Flavio Josefo escribe que un millón de judíos murieron. Cualquiera que intentaba escapar era capturado y luego crucificado a la vista de la ciudad.

Los historiadores nos dicen que el ejército romano dejó de crucificar judíos solo porque se quedó sin madera.[7]

Dentro de la ciudad, la población moría de hambre. Todo lo que Jesús había predicho, hasta ese punto, se cumplió.

Jesús no expresa remordimiento por la destrucción de la ciudad ni del templo, pero sí expresa dolor en el versículo 23, cuando dice:

“¡Ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días! porque habrá gran calamidad en la tierra, e ira sobre este pueblo” (Lucas 21:23).

Una vez más, ninguno de ellos tenía que pasar por ese horror. Si hubieran creído a Jesús, si hubieran tomado en serio Su palabra y Su advertencia de juicio, habrían salido junto con la iglesia de Jerusalén y habrían encontrado seguridad.

Pero, tal como ocurre hoy, la advertencia del juicio de Dios es ignorada, es motivo de burla… y el mundo sigue adelante como si nada.

La ciudad de Jerusalén finalmente se rindió. El ejército romano mató a casi un millón de personas y luego deportó a los más fuertes y jóvenes —casi 100,000 judíos— a distintos lugares, donde fueron vendidos como esclavos; algunos incluso como gladiadores, destinados a morir en los juegos.[8]

La predicción de Jesús en el versículo 24 también se cumplió:

“Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada por los gentiles” (Lucas 21:24).

El glorioso templo, recubierto de oro, fue consumido por el fuego. Todo lo que podía arder, ardió hasta quedar en cenizas.

Los soldados literalmente desmantelaron el templo piedra por piedra para recoger el oro que se había derretido y había corrido por cada grieta entre las piedras.

Una vez más, esto ya lo había predicho el Señor en el versículo 6:

“No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada” (Lucas 21:6).

El pueblo judío no podía imaginar una destrucción de esa magnitud. Estaban convencidos de que Dios estaba de su lado, sin importar lo que hicieran. Seguramente pensaban que había algún tipo de protección especial alrededor de ellos.

Esto me hace pensar en un ejemplo más reciente de lo que debió haber sido ese impacto devastador—cuando todo lo que una nación creía se derrumba de golpe.

Pienso en el país de Japón.

Entraron a la Segunda Guerra Mundial completamente convencidos de que eran, de manera única, invencibles por designio divino. Y eso se debía a que creían que su emperador era divino—la encarnación de los dioses, especialmente de la diosa del sol.

Según su religión nacional, el sintoísmo, él era el descendiente vivo de una larga línea de emperadores que supuestamente provenían de la deidad. El emperador supuestamente tenía protección divina tanto para sí mismo como para la nación.

Cuando Japón perdió la guerra, no fue solo una derrota militar. Fue el colapso de su religión nacional, de sus dioses, del estatus del emperador, del supuesto poder de su diosa. Fue devastador descubrir que su líder “divino” era simplemente un hombre.

Y en 1946, el emperador declaró públicamente que no era divino.

El general Douglas MacArthur entendió esa devastación, y también entendió la solución. Pidió a Estados Unidos que enviara mil misioneros a Japón, para llevarles el evangelio del verdadero Hijo de Dios.

Hace muchos años prediqué en una iglesia que había sido plantada por misioneros que respondieron a ese llamado en Japón.

El límite del juicio

Ahora, aquí en Lucas 21, Jesús introduce una referencia clave de tiempo dentro de esta profecía.

Le dice a esta nación que el juicio de Dios no durará para siempre.

Lucas lo registra en el versículo 24:

“Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan” (Lucas 21:24).

Con esto, Lucas mira mucho más allá del año 70 d.C.

La expresión “los tiempos de los gentiles” significa —y podrías anotarlo al margen de tu Biblia— “hasta que termine el dominio de los gentiles”.

En otras palabras, el dominio de los imperios gentiles llegará a su fin.

Estos tiempos comenzaron en los días de Nabucodonosor, según Daniel capítulo 2, y terminarán cuando Jesús regrese al final de la tribulación, destruya a las naciones rebeldes y establezca Su reino milenial.

En ese momento, la nación de Israel será restaurada. Se habrá arrepentido, y estará esperando al Mesías, quien regresará para sentarse en el trono de David.

Y eso abre toda otra serie de profecías… y varios sermones más.

Conclusión

Por ahora, permíteme concluir nuestro estudio con algunas verdades eternas que surgen de este evento histórico.

Si Jesús puede anunciar el futuro… si la Biblia puede predecir con precisión lo que ocurrirá con reinos, naciones, gobernantes y pueblos… si Jesús puede anticipar el futuro con exactitud…

Entonces, estos tres principios son verdaderos:

Primero—y esto es tan evidente que podríamos pasarlo por alto – pero aquí está:

Jesús sabe lo que va a suceder

No lo sabe solo en términos generales; lo conoce en detalle. De hecho, Él mismo lo ha diseñado para cumplir Sus propósitos en la historia humana y en el desarrollo de las naciones, hasta que Su reino venga.

Segundo: 

El mal nunca pasa desapercibido para Dios.

J. C. Ryle advirtió hace 150 años:

“Nunca debemos permitirnos pensar que la conducta de hombres o naciones malvadas no es observada por Dios. Todo es visto y todo es conocido, y finalmente llegará un día en que rindan cuentas”.

Tercero:

El tiempo está en manos de Dios… y se está agotando.

El tiempo se está agotando. Hay una fecha final para el dominio de los gentiles. Las naciones que desfilan sobre el escenario de la historia humana no permanecerán para siempre. No importa cuán fuertes, cuán orgullosas o cuán seguras se sientan.

Solo Dios sabe cuánto tiempo queda.

En Su misericordia, Jesús le dio a Jerusalén cuarenta años más para responder a Su advertencia.

Y no ignores esto: cuando el ejército romano llegó, cuarenta años después, un millón de personas había decidido no escuchar.

Siguieron ofreciendo sacrificios en ese hermoso templo cubierto de oro.

Los líderes religiosos continuaban asegurándoles: “Nosotros conocemos a Dios. Él está de nuestro lado. Tenemos este templo, tenemos nuestra historia; no hay nada de qué preocuparse. Sabemos lo que Jesús dijo, pero mira a tu alrededor: Él no es rey, no hay reino. Así que sigan como están”.

Jesús les dio cuarenta años.

¿Cuánto tiempo te ha dado a ti?

Más te vale escoger al Rey correcto. Porque un día —y esta es otra predicción de la Escritura—:

“Los reinos del mundo [vendrán] a ser de nuestro Señor… y Él reinará por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 11:15).

Más te vale escoger al Rey correcto.

Más te vale pertenecer al reino correcto.

Más te vale tomar la decisión correcta… hoy.Mientras aún queda tiempo, decide seguir al Rey Jesús.


[1] Warren W. Wiersbe, Be Courageous (Victor Books, 1989), p. 99

[2] Dale Ralph Davis, Luke: The Year of the Lord’s Favor (Christian Focus, 2021), p. 151

[3] J.C. Ryle, Expository Notes on the Gospels: Luke (Evangelical Press, orig: 1879, reprint: 1975), p. 332

[4] Adapted from David E. Garland, Exegetical Commentary on the New Testament: Luke (Zondervan, 2011), p. 833

[5] Davis, p. 151

[6] John Phillips, Exploring the Gospel of Luke (Kregel, 2005), p. 258

[7] Ibid, p. 259

[8] Ibid, p. 259

Este contenido es una adaptación autorizada del ministerio Sabiduría Internacional, bajo la enseñanza original de Stephen Davey. Todos los derechos del contenido original están reservados a su autor.


Puede compartir o reproducir este material libremente solo con fines no comerciales, citando adecuadamente al autor y al ministerio. Queda prohibida su venta, modificación con fines lucrativos o redistribución sin permiso escrito.

Hemos procurado citar debidamente todos los recursos externos utilizados en cada lección. Las citas bíblicas provienen principalmente de la versión Reina-Valera 1960 y de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), aunque en algunos casos se emplean otras versiones de la Biblia para facilitar la comprensión del pasaje.
Reina-Valera 1960® © 1960 Sociedad Bíblica Trinitaria. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.
La Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © 2019 por The Lockman Foundation. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

Adaptado y publicado por el ministerio Sabiduría Internacional.

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