Introducción
Con la ayuda de una espesa neblina que cubría las aguas de la bahía Hudson, un buque de guerra británico se deslizó en silencio, sin ser detectado, y ancló cerca de la costa estadounidense.
Una conspiración que parecía destinada al éxito ya estaba en marcha.
El cerebro detrás del plan era un hombre de mediana edad, un empresario exitoso que se había ofrecido como voluntario para servir bajo el mando del general George Washington. Muy pronto demostró un talento militar notable al participar en varias batallas importantes. Incluso terminó herido en una pierna.
En febrero de 1777, el Congreso creó cinco nuevos cargos de general de división, y todos sabían que este hombre, exitoso y brillante en el campo de batalla, merecía un ascenso. Pero George Washington pasó por alto a este hombre mayor, llamado Benedict Arnold, y escogió a generales más jóvenes.
Benedict se llenó de amargura e intentó renunciar, pero George Washington le rogó personalmente que se quedara. Él aceptó y lo enviaron a Nueva York, donde comandó con éxito las tropas en la batalla de Saratoga. Esa victoria cambió el rumbo de la Revolución estadounidense.
Pero en esa batalla, Benedict Arnold volvió a ser herido; esta vez, quedó parcialmente lisiado por el resto de su vida. Su amargura se endureció hasta convertirse en resentimiento y, finalmente, en desprecio por la causa estadounidense.
Benedict Arnold comenzó a conspirar con los británicos, prometiendo entregarles una de las principales bases militares estadounidenses y la ciudad de Nueva York. Para eso, le dio planos cuidadosamente diseñados a un oficial y espía británico llamado John André.
Mientras el oficial André transportaba esos planes hacia el río Hudson para encontrarse con el buque de guerra, la neblina comenzaba a disiparse, y el buque corría el riesgo de ser descubierto.
André estaba a punto de llegar cuando unos soldados lo detuvieron en un puesto de control. Mientras lo interrogaban, notaron algo que él había pasado por alto. Debajo de su uniforme militar estadounidense, todavía llevaba puestas sus botas británicas.
Entonces lo registraron y encontraron los planos preparados por Benedict Arnold.
Cuando Benedict supo que había lo habían descubierto, abordó rápidamente el buque junto con su familia y navegó hacia Inglaterra, donde viviría el resto de sus días.
Hasta el día de hoy, su traición contra Estados Unidos no se ha olvidado.
Un reconocido diccionario sobre la herencia cultural estadounidense define la traición como: “dar ayuda o información al enemigo; quebrantar la lealtad; actuar con falsedad o deslealtad”.[i]
Me pareció interesante que este diccionario no usara a Benedict Arnold como su principal ejemplo de traición, sino a Judas Iscariote.
Una cosa es traicionar a tu país; otra muy distinta es traicionar a tu Creador.
Nunca he conocido a nadie le haya puesto por nombre a su hijo Judas. El nombre Judas quedó marcado por un aura de engaño y conspiración.
Ahora, al regresar a nuestro estudio del evangelio de Lucas, notamos que la crucifixión está a solo horas de distancia. El conflicto espiritual de los siglos está llegando a su punto culminante aquí en el evangelio de Lucas.
Llegamos hoy al capítulo 22 de Lucas.
Es un capítulo largo, con 71 versículos y varias escenas que exploraremos juntos. Y esta primera escena que Lucas registra prepara el escenario para todo lo que seguirá. Es la conspiración de Judas para traicionar a Jesús.
Ahora, el versículo 1 nos da otra referencia de tiempo muy importante. Lucas escribe:
“Estaba cerca la fiesta de los panes sin levadura, que se llama la Pascua.” Lucas 22:1
Todo varón judío de doce años en adelante anhelaba celebrar la Pascua en Jerusalén junto con su familia, recordando la liberación de la esclavitud en Egipto siglos atrás.
Después de comer el cordero pascual —que habían comprado en el templo o traído desde casa— celebraban la Fiesta de los Panes sin Levadura.
Esta fiesta recordaba la alegría del pueblo de Israel mientras empacaban apresuradamente para salir de Egipto lo más rápido posible, antes de que Faraón cambiara otra vez de parecer.
No había tiempo para leudar el pan ni para sentarse a comer con calma. Esta era una comida de paso.
Siglos después, todos estos recuerdos y celebraciones quedaron agrupados bajo un solo nombre: la Pascua.
Y no fue coincidencia que Jesús planificara que este fuera el momento de Su muerte.
Él iba a ser sacrificado por los pecados del mundo.
Él era el Cordero final de la Pascua. Y todo aquel que, por fe, aplica Su sangre derramada a la puerta de su corazón, por así decirlo, será librado del juicio de Dios.
Ahora bien, sabemos que los líderes religiosos querían arrestar y matar a Jesús después de la Pascua, una vez que las decenas de miles de peregrinos judíos abandonaran Jerusalén y regresaran a sus hogares.
Lucas escribe aquí en el versículo 2:
“Y los principales sacerdotes y los escribas buscaban cómo matarle; porque temían al pueblo.” Lucas 22:2
Ellos no estaban decidiendo si lo matarían o no. Ya habían tomado esa decisión. Lo que intentaban resolver era cómo hacerlo sin provocar una revuelta.
Pero escucha esto: Jesús ya conocía cada detalle del cuándo y del cómo.
- Él sabía que Sus manos y Sus pies serían traspasados (Salmo 22:16).
- Sabía que moriría en nuestro lugar y por nuestro pecado (Isaías 53:12).
- Incluso sabía que sería traicionado por treinta piezas de plata (Zacarías 11:12).
Así que, querido oyente, entiende desde el principio que estamos a punto de observar una serie de acontecimientos que, como escribió un autor, no fueron “una serie de accidentes, sino una serie de citas divinas”.[ii]
Y la primera cita que Lucas registra, de manera bastante directa, es la de Satanás con Judas.
Lucas escribe aquí en el versículo 3:
“Y entró Satanás en Judas, por sobrenombre Iscariote, el cual era uno del número de los doce.” Lucas 22:3
Ahora bien, yo no creo que cuando el Señor escogió a Judas como discípulo él ya tenía la intención de traicionarlo, aunque el Señor sí sabía que lo haría.
Judas nunca llegó realmente a creer el evangelio. Fue un buen actor. Profesaba seguir a Cristo, pero nunca perteneció verdaderamente a Cristo.
El evangelio de Juan nos da más detalles sobre el lento deterioro espiritual en la vida de Judas a lo largo de esos años. De hecho, ya desde el capítulo 6, Juan había escrito:
“Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar.” Juan 6:64
En otras palabras, Jesús no era simplemente un hombre. Él era el Dios omnisciente. Conocía el corazón de cada persona. Conocía su pasado y también su futuro… así como conoce el tuyo y el mío.
Aunque Lucas no nos da todos los detalles en su relato, cuando escribe aquí en el versículo 3: “Entonces Satanás entró en Judas”, el evangelio de Juan nos aclara que este momento ocurrió mientras los discípulos estaban celebrando la Pascua con el Señor en el aposento alto.
Fue durante esa última cena cuando Jesús anunció que uno de ellos lo traicionaría.
Y ninguno de los discípulos miró a Judas diciendo: “¡Lo sabía! ¡Sabía que no se podía confiar en él!”
Parte del problema al pensar en la vida de este traidor es que solemos imaginar a Judas Iscariote como un hombre de mirada sospechosa, siempre escondido entre las sombras, aislado, solo y sin sonreír jamás.
Una maestra de escuela dominical de segundo grado estaba enseñando este pasaje y preguntó a sus alumnos quién había traicionado a Jesús. Un niño levantó la mano y respondió: “¡Judas escalofriante!”
Así es como solemos imaginarlo.
Pero los discípulos no lo veían así.
El evangelio de Mateo registra que Jesús dijo en aquel aposento alto:
“De cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar.” Mateo 26:21
Y personalmente creo que esta fue una invitación para que Judas confesara la verdad.
Satanás todavía no lo había poseído completamente; es decir, todavía no dominaba plenamente su mente, sus emociones y su corazón.
Pero eso ocurriría porque Judas estaba abriendo la puerta mediante su incredulidad y su rebeldía.
Ahora Judas escucha a Jesús anunciar que sabe quién es el traidor.
Mateo escribe en el versículo 22:
“Y entristecidos en gran manera, comenzó cada uno de ellos a decirle: ¿Soy yo, Señor?” Mateo 26:22
Nadie está señalando a Judas. Todos comienzan inmediatamente a examinar su propio corazón.
Pero me pregunto cómo estaría el pulso de Judas en ese momento… su corazón latiendo con fuerza… su conciencia culpable.
Sin embargo, sigue actuando. Y le dice a Jesús, según el relato de Mateo:
“¿Soy yo, Maestro?” Mateo 26:25
Está imitando la sorpresa de los verdaderos discípulos. Y según Marcos 14, Judas ya había tenido al menos una reunión con los líderes religiosos para planear esta traición.
Entonces el Señor le entrega un pedazo de pan, un gesto de honor por parte del anfitrión de la comida. Y creo que esta fue otra invitación para que Judas se arrepintiera.
Es como si Jesús le estuviera diciendo a Judas que aún había tiempo.
Pero Judas toma el pan y luego sale del aposento. Y Lucas simplemente dice aquí en su relato que “entonces”, en ese preciso momento, el corazón incrédulo y desafiante de Judas se convirtió en una puerta abierta para que el diablo hiciera lo peor.
Aparentemente, los demás discípulos pensaron que Judas había salido a hacer algún encargo relacionado con la celebración de la Pascua.
Y déjame decirte algo: si hubieran sabido lo que Judas estaba planeando, si hubieran sabido que él era el traidor, no creo que hubiera salido vivo de ese aposento alto. Y por lo que vemos más adelante, cuando Pedro intenta usar su espada en el huerto de Getsemaní, queda bastante claro que necesitaba un poco más de práctica.
Cuando consideras la vida de este traidor, resulta evidente que Judas tuvo oportunidad tras oportunidad para creer. Sin embargo, con el tiempo, su corazón —como el de Faraón siglos antes— se endureció en incredulidad.
Pero al igual que sucedió con Benedict Arnold, también hay señales previas que revelan la deserción y traición de Judas contra el Rey del cielo.
En primer lugar:
Judas tenía una atracción descontrolada por el dinero
En Juan capítulo 12, María unge los pies de Jesús con un perfume costoso, y la casa se llena con su fragancia.
Juan escribe en el versículo 4:
“Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar: ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres?” Juan 12:4-5
Ahora, ¿cómo puedes discutir contra ese argumento? “¡Piensen en toda la gente pobre!”
Pero Jesús entendió perfectamente lo que Judas estaba insinuando.
Judas lo estaba reprendiendo. Estaba insinuando que Jesús era egoísta por aceptar ese regalo, aunque Jesús explicó que aquella unción era una preparación simbólica para Su sepultura.
Y esto es bastante atrevido por parte de Judas. Revela que su amargura y resentimiento hacia Jesús ya estaban llegando al punto de ebullición. Está reprendiendo abiertamente al Señor.
Pero Judas logró hacerlo sonar muy espiritual, ¿verdad? “Piensen en los pobres”.
Y probablemente los demás discípulos estaban allí pensando: “Bueno… tiene un buen punto”.
Pero el evangelio de Juan agrega este comentario en el siguiente versículo:
“Pero dijo esto, no porque se ocupara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella.” Juan 12:6
No pases por alto esto:
Después de tres años de entrenamiento ministerial, Judas era más deshonesto que nunca. Más endurecido que nunca.
Juan escribe: “era ladrón”.
La palabra griega es kleptes, de donde obtenemos palabras como “cleptómano”.
Judas robaba constantemente.
Por fuera, Judas parecía confiable, responsable y cuidadoso.
Los discípulos tenían muy poco dinero y, mientras recibían donaciones durante sus viajes, pensaron: “¿Quién mejor que Judas para administrar el dinero?”
Sin darse cuenta, estaban regando las semillas de la codicia y la avaricia en el corazón de Judas.
Pero déjame decirte algo: Si cuesta imaginar como Benedict Arnold podría traicionar a su país, cuesta mucho más imaginar que uno de los doce traicionara al Señor.
Alguien que había visto a Jesús hacer milagro tras milagro:
- caminar sobre el agua,
- sanar enfermos terminales,
- ordenarle al viento y al mar,
- dar vista a los ciegos
- y resucitar muertos.
¿Cómo puedes ver todo eso y aun así no creer en Él?
Pero Judas tenía una vida secreta.
El dinero cegó su percepción.
Puedes tomar dos monedas y colocarlas delante de tus ojos… y ya no podrás ver nada. Y solo hicieron falta unas cuantas monedas.
Lucas escribe aquí en el capítulo 22, versículos 4 y 5:
“Y fue y habló con los principales sacerdotes, y con los jefes de la guardia, de cómo se lo entregaría. Ellos se alegraron, y convinieron en darle dinero.” Lucas 22:4-5
Eso era exactamente lo que Judas quería.
Al menos iba a sacar treinta piezas de plata por haber desperdiciado los últimos tres años siguiendo a un Mesías que, según él, había fracasado.
En la economía actual, eso equivaldría aproximadamente a unos diez mil dólares.
Benedict Arnold quería dos millones de dólares para traicionar a su país. Pero para Judas, diez mil fueron suficientes para traicionar al Señor.
Lucas nos dice aquí que los líderes religiosos estaban felices. Estaban celebrando.
Y es que para ellos esto era casi demasiado bueno para ser verdad. Todo su plan y su calendario estaban a punto de cambiar. Ahora iban a adelantar todo.
Y eso es porque ya tienen a alguien infiltrado. Alguien que sabe dónde se hospeda Jesús. Alguien dispuesto a traicionarlo.
Así que hacen un trato con Judas.
El verbo que Lucas usa aquí y que se traduce “convinieron” implica que le pagaron el dinero en ese mismo momento.[iii]
Probablemente le entregaron la plata de inmediato para asegurarse de que Judas no cambiara de opinión.
Ahora bien, la típica lección de escuela dominical suele asumir que la traición de Judas consistía simplemente en identificar a Jesús con un beso… y ya está.
Pero esa era la parte más fácil del trato.
El Sanedrín ya sabía quién era Jesús y cómo se veía.
Judas va a identificar a Jesús para que los soldados supieran a quien arrestar, pero el trato que Judas estaba aceptando era mucho más serio.
Estaba accediendo a cumplir un requisito de la ley romana, un requisito necesario para que la Corte Suprema de Israel pudiera llevar adelante el asesinato de Jesús.
Según la ley romana, nadie podía ser llevado a juicio hasta que se presentara oficialmente una acusación contra él.
Hoy diríamos algo así como: “alguien tiene que presentar cargos”.
Y según esa misma ley romana, la persona que presentaba los cargos debía comparecer ante el tribunal para testificar contra el acusado.
Así que Judas está aceptando convertirse en testigo contra Cristo. Eso te muestra la determinación de Judas… la profundidad de su resentimiento y de su decepción hacia Jesús. [iv]
Y eso nos lleva a otra señal importante en la vida de Judas. No solo tenía una atracción descontrolada por el dinero.
En segundo lugar:
Judas tenía una obsesión nacionalista por Israel
Al igual que miles de judíos en Jerusalén y sus alrededores, Judas se emocionaba al escuchar a Jesús hablar del reino venidero.
Él asumía que Jesús iba a derrotar a Roma y devolverle a Israel su poder y su gloria.
Judas amaba a su nación y a su pueblo, y no había nada malo en eso. Estaba profundamente comprometido con su nación, con sus compatriotas y con su sinagoga.
No era el tipo de persona que se escabulle a la iglesia y se sienta en la última fila. Pero con el tiempo, Judas comenzó a desilusionarse. Jesús seguía hablando de morir… de que el templo sería destruido.
¿Qué clase de Mesías hablaba así?
Y la desilusión se convirtió en amargura.
La amargura se convirtió en resentimiento.
Y el resentimiento terminó convirtiéndose en odio… y finalmente en traición.
Hay una tercera señal en la biografía de Judas.
En tercer lugar:
Judas tenía un odio ardiente contra Roma
Los escritores de los evangelios lo identifican como Judas Iscariote.
“Iscariote” podría relacionarse con Queriot, posiblemente su lugar de origen. Pero también podría estar relacionado con el término latino sicarius, usado para describir a un grupo radical judío durante la época de Cristo.
A estos hombres se les conocía como los sicarios, llamados así por la sica, una daga pequeña que escondían bajo sus túnicas y que utilizaban para asesinar tanto a romanos como a judíos considerados traidores.
En Hechos 21:38 se menciona una revuelta reciente en la que participaron mil hombres. Allí se les llama “sicarios”, traducido como “asesinos”.
El historiador judío del primer siglo, Josefo, escribió que los sicarios odiaban a Roma y también a cualquier judío sospechoso de simpatizar con Roma.
Así que para Judas tenía sentido guardar ahora su daga y seguir a Aquel que, según él, haría caer a Roma de rodillas y devolvería la gloria a Israel.
Judas pensó que finalmente había encontrado a alguien que cumpliría su propia visión.
Escucha bien esto:
A lo largo de los años he conocido a muchas personas que se ofenderían si las comparara con Judas… pero siguen a Jesús únicamente porque creen que:
• Él será bueno para sus negocios.
• Les hará sentirse mejor consigo mismos.
• Les dará ese ascenso que desean.
• Mejorará su autoestima.
• Les dará la vida maravillosa que creen merecer.
• Jesús podría darles todo lo que siempre soñaron tener.
“Seguiré a Jesús… mientras encaje con mis planes.”
¿Es ese tu caso hoy?
¿Estas buscando cumplir tus deseos… o los de Él?
Bueno, para Judas la respuesta ya está clara. Ahora sabe que el final de la vida de Cristo se acerca… y que no habrá una promoción para él. No habrá un trono en Jerusalén para Judas después de todo.
Así que Judas ya no quiere tener nada que ver con este “Mesías fracasado”. Siente que desperdició su tiempo y sus recursos. Es hora de salir mientras todavía puede. Tomará sus diez mil dólares y abandonará para siempre a Jesús y a los demás discípulos.
La Biblia nos dice que más adelante Judas se llenó de remordimiento, devolvió el dinero y confesó: “He entregado sangre inocente”.
Pero no confundas remordimiento con arrepentimiento. Y Judas no traicionó simplemente a un hombre inocente. Traicionó al Mesías.
Aplicación
Ahora bien, es fácil hablar de Judas y salir pensando: “Qué hombre tan terrible. ¿Cómo pudo hacer algo así?”
Pero permíteme levantar el espejo de la Palabra de Dios para que veamos nuestro propio reflejo en la biografía de Judas.
Es posible aparentar caminar con Cristo mientras escondes un pecado secreto y no deseas arrepentirte.
Por fuera, todo parece estar bien. Pero tú y Dios saben que por dentro todo está mal.
Quizás no lo has traicionado públicamente… pero ya comenzaste a sacar dinero de la bolsa.
Primero fueron “pequeños pecados”, y nadie lo notó.
- Le mentiste al gobierno sobre tus impuestos… pero nadie lo notará.
- No quieres incluir a Cristo en esa relación sentimental inmoral.
- No permites que Él tenga acceso a tus finanzas deshonestas.
- No le entregas el control de tu computadora porque sabes lo que hay allí.
- No buscas Su dirección para tu carrera profesional; de hecho, en el trabajo casi nadie sabe que perteneces a Cristo.
Todo eso también es traición contra Jesús.
El problema no es solo Judas.
El problema es Judas… y nosotros.
Y considera también esto:
Es posible relacionarse con cristianos sin haber recibido jamás a Cristo.
Es como si Lucas escribiera “él era uno de los doce”, con muchísima tristeza. Como si dijera:
“¿Puedes creerlo? Judas era uno de los doce.”
Y hay otro principio importante aquí:
Es posible alejarse de la comunión con Dios por que Él no te está dando lo que quieres.
Tal vez sientes que Dios no está respondiendo. Y miras a otros creyentes que aparentemente reciben lo que desean, y te preguntas: “¿Por qué ellos sí… y yo no?”
- Sabemos que Dios puede restaurar.
- Sabemos que puede rescatar.
- Sabemos que puede conceder hijos.
- Sabemos que puede abrir esa puerta profesional.
- Sabemos que puede proteger a nuestros hijos.
- Sabemos que puede sanar nuestras enfermedades.
Él puede hacer todo eso. Entonces, ¿por qué parece no hacer nada?
En ese momento tenemos dos opciones.
La primera: seguir a Judas, y alejarnos llenos de resentimiento, amargura y desesperación mientras avanzamos hacia la traición.
Recuerda que la definición de traición no aplica solamente a incrédulos. No aplica solamente a Judas.
Traición significa: “dar ayuda o información al enemigo; quebrantar la lealtad; actuar con falsedad o deslealtad”.
Cada vez que pecamos, ayudamos al enemigo de nuestra alma y actuamos con deslealtad hacia Cristo.
El problema no es solo Judas.
El problema somos nosotros.
Pero existe una segunda opción:
Confiar en la promesa del Señor de que nunca te dejará ni te abandonará. Confiar en que Él está obrando todas las cosas para cumplir Sus buenos propósitos en tu vida, aunque en este momento no puedas entender los detalles.
La verdad es que todos luchamos con las tendencias de Judas.
Podemos fallarle.
Podemos negarlo.
Podemos traicionarlo.
Pero también podemos confesar nuestro pecado y correr hacia Él en busca de perdón.
Como escribió Martín Lutero hace quinientos años:
“Podemos hacer del arrepentimiento un compañero diario de nuestra vida.”
Así evitarás embarcarte en un camino que no conduce a nada bueno.
Benedict Arnold viviría el resto de su vida lleno de amargura y remordimiento. Sería rechazado por ambos países a causa de su traición.
Y aquel espía británico que fue capturado sería ahorcado pocos días después.
Sin embargo, en sus últimas horas ocurrió algo que hizo toda la diferencia.
El oficial John André había crecido en Inglaterra, en el hogar de una madre piadosa.
Ella oró por él durante muchos años. Y durante todos esos años, él rechazó el evangelio, vivió inmoralmente y huyó de Dios.
Pero su madre siguió orando.
Ahora, capturado, condenado a muerte y solo en su celda, todas aquellas verdades que su madre le había enseñado comenzaron a regresar a su mente y a su corazón.
El evangelio… la promesa de que Jesús podía perdonarlo y recibirlo si se arrepentía y confiaba en Él.
Todo eso inundó su alma durante sus últimas horas de vida.
Allí, en su celda, John André se arrodilló y lloró lágrimas de arrepentimiento mientras ponía su fe en Cristo como Salvador.
No sabemos quién fue —quizás un pastor o un amigo— pero alguien le entregó una copia de un poema cristiano titulado Refugio.
John André memorizó ese poema y comenzó a recitarlo mientras subía los escalones hacia la horca.
Y no pude evitar pensar en Judas.
Judas cometió un gran pecado… pero nunca se arrepintió ni volvió a Dios.
Y pienso también en John André.
Él también cometió un gran pecado… pero confió en la gracia de Dios.
Parte del poema dice así —y con esto termino:
Salve, amor eterno y soberano,
que al hombre rescató de su maldad;
salve, gracia pura y sin engaño,
que dio a mi alma refugio y paz.
Contra el Dios que creó los cielos
luché con necia y dura oposición;
desprecié la voz de Su consuelo,
demasiado orgulloso para Su perdón.
Sobre Cristo descendió el castigo
que al mundo entero pudo condenar;
Él cargó la culpa del perdido
y abrió un refugio sin igual.
Tal vez me queden pocos ocasos
antes de entrar al hogar celestial,
Allí cantaré de su gracia
al contemplar mi Refugio eternal.[v]
[i] The American Heritage Dictionary of the English Language, Fourth Edition (Houghton Mifflin Company, 2000)
[ii] Adapted from Warren W. Wiersbe, Be Courageous (Victor Books, 1989), p. 105
[iii] R.C.H. Lenski, The Interpretation of St. Luke’s Gospel (Augsburg Publishing House, 1946), p. 1035
[iv] J. Dwight Pentecost, The Words and Works of Jesus Christ (Zondervan, 1981), p. 415
[v] Adaptado de https://themajestysmen.com/gospelpost/major-john-andres-hiding-place

















