Introducción
El 30 de mayo de 1868, en los Estados Unidos se estableció un día especial para recordar a los soldados que murieron durante la Guerra Civil. Con el tiempo, esa conmemoración se amplió para honrar a todos los militares estadounidenses que dieron su vida en las distintas guerras de la historia del país. Y hoy, en muchos lugares, también se reconoce a quienes han servido —o sirven actualmente— en las diferentes ramas de las fuerzas armadas.
Lo conocemos como el Día de los Caídos… o simplemente “el día memorial” – Memorial Day en inglés.
Ahora bien, la idea de crear ceremonias o monumentos para preservar la memoria de una nación no es algo nuevo. A lo largo de la historia, distintas culturas han levantado memoriales para recordar personas o eventos que dejaron una huella profunda.
De hecho, hace no mucho tiempo, en unas excavaciones en Inglaterra se descubrieron documentos antiguos que describían ceremonias conmemorativas que se hacían para guerreros vikingos que habían muerto en batalla.
Uno de los monumentos más conocidos de Estados Unidos es el Monumento a Lincoln.
Lo diseñaron como un templo griego, con treinta y seis columnas que representan los treinta y seis estados que formaban parte de la Unión cuando murió el presidente Abraham Lincoln.
El monumento se construyó usando materiales provenientes de esos mismos estados, simbolizando así la unidad que Lincoln entregó su vida por preservar.
Dentro del monumento hay una enorme estatua de Lincoln, de casi nueve metros de altura. Está sentado, como si indicara que ya había completado su tarea.
En el techo interior hay un gran mural donde está representado un ángel de la verdad liberando a un esclavo.
En una de las paredes está grabado un discurso muy famoso que dio en Gettysburg, Pensilvania, una ciudad marcada por una de las batallas más sangrientas de la Guerra Civil. En ese discurso, Lincoln llamó a la nación a mantenerse unida y recordó que el sacrificio de tantos soldados no debía ser en vano.
En la pared opuesta aparece inscrito su segundo discurso inaugural, junto con varios versículos bíblicos que Lincoln citó.
Y me alegra que todo eso esté grabado en piedra… así nadie puede demandar al gobierno para borrar los versículos.
A poco más de un kilómetro de allí, al otro lado del estanque reflectante, se levanta el imponente Monumento a Washington, construido en memoria del primer presidente de los Estados Unidos.
Si decidieras subir los 897 escalones hasta la cima, encontrarías cincuenta descansos en el trayecto. Y en cada uno hay piedras conmemorativas grabadas con mensajes donados por distintas personas y organizaciones.
- Una de esas piedras contiene una oración ofrecida por líderes políticos de Baltimore.
- Más arriba hay una piedra donada por cristianos chinos.
- Y en otro descanso aparece una piedra presentada por niños de una escuela dominical de Nueva York.
En esa piedra está grabado Proverbios 10:7:
“La memoria del justo será bendita…”
Aunque, curiosamente, no incluyeron la segunda mitad del versículo, que dice:
“…mas el nombre de los impíos se pudrirá.”
Ese sí que habría sido un recordatorio interesante.
Y luego hay una pequeña punta de aluminio en la parte más alta del monumento, tan arriba que prácticamente nadie puede verla. El arquitecto quería que cada amanecer reflejara primero sobre esa punta las palabras inscritas allí:
“Laus Deo”.
Es latín y significa:
“Alabado sea Dios.”[i]
Y me alegra que esté tan alto que ningún manifestante pueda subir una escalera para quitarlo.
El memorial que Cristo dejó
Algunos monumentos son casi imposibles de remover… y eso es algo bueno.
Pero existe un memorial que jamás se podrá eliminar. Y eso se debe a que fue establecido por Dios mismo. De hecho, Jesús dijo que seguiría celebrándose incluso en el futuro Reino de Dios.
Nosotros llamamos a este memorial de distintas maneras.
- Lo llamamos la Cena del Señor, porque fue durante una cena que el Señor instituyó esta ordenanza para Sus seguidores.
- También lo llamamos la Mesa de Comunión, porque, alrededor de esta mesa, el cuerpo de Cristo expresa su comunión mutua y su comunión con el Salvador.
- Y algunos lo llaman la Eucaristía. Esa palabra proviene de un término que significa “dar gracias”, porque no solo el Señor dio gracias aquella noche, sino que el creyente no puede participar de esta celebración sin una profunda gratitud por la redención que ha recibido.
Esta celebración nos recuerda que el Señor rescató a Su pueblo del reino de las tinieblas. Y cada vez que participamos de ella, nuestro corazón debería responder: “¡Alabado sea Dios!”
Ahora vayamos a aquel momento decisivo cuando Jesús estableció esta ordenanza.
Estamos en Lucas capítulo 22.
Y antes de entrar de lleno al pasaje, déjame adelantarte algo importante.
Lucas no parece estar tan interesado en presentar el orden exacto de cada detalle como en resaltar el significado de lo que está ocurriendo.
De hecho, es difícil —si no imposible— acomodar perfectamente lo que Lucas describe aquí dentro del orden tradicional de la cena de Pascua judía, conocida como el séder.
Por ejemplo, el séder tradicional incluía cuatro copas de vino. Lucas menciona solamente dos, mientras que los otros evangelistas mencionan una sola copa.
Años después, cuando el apóstol Pablo describió lo ocurrido en el aposento alto en 1 Corintios 11, también habló solamente de una copa.
Y eso nos muestra que Lucas no está intentando darnos una descripción técnica o ceremonial de la cena de Pascua. Solo se enfoca en momentos clave de esta cena.
Además, algunas de las cosas que Jesús hace aquí fueron únicas para ese momento. Así que tratar de encajar cada detalle dentro de la estructura tradicional del séder realmente no parece ser el propósito de Lucas.
Ahora, no me malinterpretes. Sí creo que Jesús estaba celebrando la Pascua con Sus discípulos.
Ya vimos anteriormente, en el versículo 8, que Jesús les dijo claramente a Pedro y a Juan que prepararan el cordero pascual para que —como dice el versículo 11— Él pudiera comer la Pascua con Sus discípulos.
Pero es como si Lucas quisiera dirigir nuestra atención hacia algo más importante. No tanto hacia las tradiciones… sino hacia las verdades que Jesús está enseñando.
Y especialmente hacia la manera en que Cristo está a punto de transformar esta comida en un memorial permanente para que Sus seguidores recuerden el evangelio.
Con eso en mente, Lucas escribe en el versículo 14:
Y cuando era la hora, se sentó a la mesa, y con él los apóstoles. Y les dijo: ¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca! Lucas 22:14-15
Jesús está dejando claro que esta será Su última comida antes de la crucifixión. Y precisamente por eso llamamos a este acontecimiento:
“La última cena.”
Ahora bien, lamentablemente, gracias a Leonardo da Vinci, muchos imaginan la última cena como la ilustró en su pintura – donde hay una larga mesa como la que tienes en tu comedor, con Jesús y los doce discípulos sentados en fila, mirando hacia adelante como si estuvieran posando para una fotografía.
Pero así no se celebraban las comidas en aquellos días.
No se sentaban en sillas alrededor de una mesa alta. La gente se acomodaba en el suelo, muchas veces sobre cojines o pequeñas alfombras, alrededor de una mesa baja.
Y tampoco usaban tenedores, cuchillos o cucharas. Comían con las manos.[ii]
Este sería el sueño de cualquier niño. Total, gran parte de la comida termina en el piso de todos modos… así que mejor empezar directamente desde ahí.
He visitado algunos países donde incluso hoy la gente sigue comiendo sin cubiertos. Recuerdo que en uno de esos lugares el “plato” era simplemente una gran hoja verde. Tomábamos la comida con los dedos, o usábamos el pan como una pequeña pala.
Así era, básicamente, como comían los discípulos en el primer siglo.
Ahora bien, Lucas nos dice que en el aposento alto había una mesa, y era baja porque los hombres estaban reclinados alrededor de ella. Algunos estaban sentados sobre cojines con los pies alejados de la mesa; otros, apoyados sobre un brazo mientras comían.
Y mientras están allí reunidos, Jesús les hace dos anuncios proféticos que, sinceramente, en ese momento no lograron comprender.
Observa nuevamente el versículo 15:
¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca! Porque os digo que no la comeré más, hasta que se cumpla en el reino de Dios. Lucas 22:15-16
Ahora salta al versículo 18, donde Jesús repite esta idea:
Porque os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta que el reino de Dios venga. Lucas 22:18
Con esas palabras, Jesús comienza a darle un significado completamente nuevo al pan sin levadura y al vino que estaban sobre la mesa.
La copa compartida
Ahora leamos el versículo 17:
Y habiendo tomado la copa, dio gracias, y dijo: Tomad esto, y repartidlo entre vosotros.
Lucas 22:17
Y esto seguramente sorprendió a los discípulos.
En aquella cultura no era común que el anfitrión pasara una copa para compartir entre todos. Normalmente, cada persona tenía su propia copa.
Ahora, es importante aclarar algo.
En este momento de la cena, Jesús todavía no está instituyendo lo que hoy conocemos como la copa de la comunión. De hecho, Judas aún sigue en el aposento. No se irá hasta casi el final de la comida.
Sabemos eso porque, durante la cena, Jesús le entregará lo que el evangelio de Juan llama “el bocado”; un pedazo de pan mojado en una salsa especial que se servía durante la comida.
Será después de que Judas salga del aposento cuando Jesús tome otra copa de vino, la misma que Lucas mencionará unos versículos más adelante. Llegaremos allí en un momento.
Pero por ahora, este acto de hacer que todos bebieran de Su copa tenía un significado muy especial. Era una invitación a identificarse con Él… a entrar en comunión cercana con Él.
Hace años, cuando jugaba deportes —principalmente fútbol— recuerdo que no existían las botellas de agua individuales como hoy.
Había un solo recipiente grande con agua y todos tomábamos de allí. Iba pasando de un jugador a otro por toda la banca… de un compañero sudado al siguiente.
Y nadie pensaba demasiado en eso… aunque, sinceramente, tampoco querías ser el último de la fila.
El comentarista David Garland escribe que el hecho de que los discípulos bebieran de la copa de Jesús debió haber causado una profunda impresión en ellos. Para ellos, que Jesús les ofreciera Su copa habría sido una invitación a compartir Su vida y Su destino… fuera cual fuera.[iii]
Pero hay algo todavía más profundo detrás de este gesto.
Según antiguas costumbres judías, cuando un joven quería proponerle matrimonio a una muchacha, formalizaba su propuesta ofreciéndole su copa de vino.
En esencia, estaba diciendo:
“Te ofrezco mi vida… mi futuro… mi destino… sea cual sea.”
La joven podía rechazar la copa… o tomarla y beber de ella, señalando así que aceptaba la propuesta de matrimonio.
¿Notas cómo esta cena de Pascua está tomando un rumbo completamente distinto?
Jesús está representando simbólicamente una propuesta matrimonial.
Él se está ofreciendo a Sí mismo a ellos… y también a nosotros… como el novio de Su iglesia.
Y cuando participas de la copa en la Cena del Señor, en cierto sentido estás diciendo que has aceptado la invitación de Cristo; que estás dispuesto a compartir Su vida y Su destino… cueste lo que cueste.
Ahora bien, según sabemos por los otros evangelios, en algún momento de la cena Judas sale finalmente del aposento. Y es entonces cuando Jesús comienza oficialmente a establecer este memorial permanente para Su iglesia.
El pan de aflicción
Jesús toma un pedazo del pan sin levadura que había quedado sobre la mesa.
Y el versículo 19 dice:
Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. Lucas 22:19
Jesús hace aquí algo completamente fuera de lo común. Esto no formaba parte de la celebración tradicional de la Pascua. Él se detiene… inclina la cabeza… y da gracias específicamente por ese pan.[iv]
Para el pueblo judío, ese pan representaba aflicción. Representaba los años de sufrimiento y esclavitud en Egipto.
Sin duda, los discípulos conocían bien las palabras que se recitaban tradicionalmente en la Pascua, tomadas de Deuteronomio 16:3:[v]
“Este es el pan de aflicción que nuestros antepasados comieron cuando salieron de la tierra de Egipto.”
Pero ahora Jesús le da a ese pan un significado completamente nuevo. Él toma ese símbolo de aflicción y lo relaciona con el sufrimiento que Él mismo está a punto de soportar en la cruz.[vi]
Jesús está diciendo, en esencia:
“Mi cuerpo llevará esa aflicción. Yo sufriré para lograr su redención.”
Ahora el pan representa Su cuerpo entregado y quebrantado por nosotros.
Y recuerda que Jesús muchas veces utilizó imágenes físicas para enseñar verdades espirituales.[vii]
Jesús dijo:
• “Yo soy la puerta.”
• “Yo soy la luz.”
• “Yo soy el agua de vida.”
• “Yo soy la vid.”
• “Yo soy el pan de vida.”
Pero Jesús no estaba hablando literalmente.
- Él no es una puerta de madera con bisagras.
- No es una vid plantada en la tierra.
- No es una lámpara que encendemos.
- Ni tampoco un pedazo de pan literal para comer.
Todas esas son imágenes que revelan diferentes aspectos de nuestra relación con Él.
- Cuando seguimos a Cristo, atravesamos una puerta y dejamos atrás el viejo mundo.
- Cuando caminamos con Él, ya no vivimos en oscuridad; la luz se ha encendido.
- Y ya no tenemos hambre ni sed de las cosas de este mundo, porque nuestras almas han sido satisfechas por el verdadero Pan de Vida: el Señor mismo.
Ahora Jesús usa aquí, en Lucas 22:19, un tiempo verbal que implica continuidad. En otras palabras, Él está diciendo:
“Sigan haciendo esto.”
“Continúen recordándome.”
Cada vez que participamos de este pan, recordamos nuevamente que solo Cristo puede satisfacer nuestra alma.
La Cena del Señor no es repetir el sacrificio de Cristo; es recordar el sacrificio de Cristo.[viii]
La iglesia católica romana enseña que, durante la misa, se vuelve a sacrificar milagrosamente a Jesús, pero la Biblia enseña claramente que Jesús fue sacrificado una sola vez y para siempre, como dice Hebreos 7:27.
Con el paso de los siglos, la iglesia antes de la Reforma fue alejándose poco a poco de la sencillez del evangelio. Comenzaron a desarrollarse tradiciones, ceremonias y liturgias que terminaron oscureciendo la verdad de la salvación por la fe en Cristo solamente.
Y junto con eso surgió la idea de que se necesitaba la intervención de un sacerdote para convertir el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo.
Francamente, a veces pienso que eso terminó convirtiéndose en una especie de “seguridad laboral” para los sacerdotes… porque, según esa enseñanza, necesitas a un sacerdote para poder recibir a Jesús.
Pero déjame decirte algo claramente: No necesitas un sacerdote para recibir a Jesucristo.
Cristo ya abrió el camino hacia Dios. De hecho, él es nuestro sumo sacerdote, quien intercede por nosotros. El único mediador entre Dios y los hombres.
Su obra ya fue consumada. Y Su sacrificio fue perfecto, definitivo y suficiente para siempre.
Por eso, la Cena del Señor no existe para volver a sacrificar a Jesús. Existe para recordarlo.
El nuevo pacto en Su sangre
Ahora Lucas escribe en el versículo 20:
Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama. Mas he aquí, la mano del que me entrega está conmigo en la mesa. A la verdad el Hijo del Hombre va, según lo que está determinado; pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado! Entonces ellos comenzaron a discutir entre sí, quién de ellos sería el que había de hacer esto. Lucas 22:20-23
Lucas está resaltando aquí la profunda hipocresía de Judas.
Aun sabiendo lo que estaba planeando hacer, Judas siguió sentado en la mesa con Jesús. Su mano estaba en la misma mesa.
Según los otros evangelios, para este momento Judas ya había salido del aposento. Pero antes de salir, había logrado engañar a todos… excepto a Jesús.
Ahora Jesús dice que esta copa representa el nuevo pacto en Su sangre.
Y no, Jesús no está sugiriendo que bebamos literalmente Su sangre. Nuevamente, está utilizando lenguaje figurado para comunicar una verdad literal.
El Señor está llevando a los discípulos de regreso a la profecía de Jeremías acerca de un nuevo pacto que traería perdón definitivo para el pecado.
Y para entender la fuerza de estas palabras, necesitamos regresar por un momento al establecimiento del antiguo pacto en tiempos de Moisés.
Cuando Dios entregó la ley, aquel acontecimiento estuvo literalmente cubierto de sangre.
Moisés ofreció sacrificios y tomó la mitad de la sangre de los animales para rociarla sobre el altar. Luego, según Éxodo 24, tomó la otra mitad y la roció sobre el libro de la ley… y también sobre el pueblo.
El altar quedó cubierto de sangre.
El libro quedó cubierto de sangre.
Y el pueblo también.
No es una escena agradable de imaginar… pero el simbolismo era poderoso.
Era como si todos estuvieran bajo una fuente de sangre.[ix]
Un autor escribió que el antiguo pacto fue inaugurado sobre un océano de sangre para recordarle al pueblo la gravedad del pecado y el hecho de que el pecado exige muerte. El problema de ese antiguo pacto era que dependía de la obediencia humana.
Pero nadie podía obedecer perfectamente la ley de Dios ni siquiera por un solo día. En cambio, la gloria del nuevo pacto es que depende completamente de Cristo.
Él lo hizo todo.
Nuestra salvación descansa completamente sobre Su sacrificio perfecto.[x]
Y eso es exactamente lo que Jesús está comunicando aquí en el aposento alto.
De hecho, aquí en el versículo 20 encontramos una de las frases más importantes relacionadas con nuestra seguridad en Cristo.
Jesús dice:
“Esta copa… por vosotros se derrama.”
Esa expresión también podría traducirse:
“a favor de ustedes”
“para beneficio de ustedes”
“en lugar de ustedes.”[xi]
Además, la expresión “se derrama” conecta directamente con el lenguaje sacrificial del Antiguo Testamento. En aquellos días, “derramar la sangre” de alguien era una manera común de hablar de una muerte violenta. Y para este momento, el complot para asesinar a Jesús ya estaba en marcha.[xii]
Así que Jesús está diciendo algo extraordinario aquí.
Él será nuestro sustituto.
Tomará nuestro lugar.
Morirá la muerte que nosotros merecíamos.
Y lo hará voluntariamente.
Recordando al Salvador
Pablo escribe en 1 Corintios 11 que, después de esto, Jesús volvió a decir:
“Haced esto en memoria de mí.”
Esto es un memorial.
- Vuelvan a hacer esto para recordarme.
- Deténganse a contemplar lo que significa.
- Recuerden el precio que fue pagado.
- Den gracias por la libertad que recibieron.
- Y, sobre todo, recuerden al Señor.
Es parecido a visitar el Monumento a Lincoln.
Uno no va solamente para leer el discurso grabado en la pared.
Uno no va únicamente para observar la arquitectura del edificio.
Ni siquiera va solo para recordar la proclamación de emancipación que Lincoln firmó.
Uno va para recordarlo a él.
Y me parece fascinante que Jesús nunca le ordenó a la iglesia construir un monumento majestuoso para recordarlo.
No dejó instrucciones para levantar una estatua gigantesca.
No mandó construir un monumento elevándose cientos de metros hacia el cielo.
No existe un enorme templo de mármol con frases de Jesús grabadas en granito.
Todo lo que dejó fue esto:
un pedazo de pan…
y el fruto de la vid.
Eso es todo.
El pan nos recuerda Su cuerpo entregado por nosotros.
Y la copa nos recuerda que Su sangre fue derramada para establecer este nuevo pacto.
Es como si Jesús estuviera diciendo:
“Esto es todo lo que necesitan para recordarme.”
Haced esto en memoria de mi.
La palabra “memoria” viene del término griego anamnesis. De allí proviene nuestra palabra “amnesia”.
Pero en griego esa palabra comienza con un prefijo negativo.
Así que “recordar” literalmente implica:
“no tener amnesia.”
Cada cada vez que comemos el pan y bebemos de la copa, el Señor nos rescata de esa tendencia de olvidar el sacrificio de Jesús.
Porque, tristemente, tendemos a olvidar a Aquel que lo entregó todo para darnos libertad.
Y por eso volvemos una y otra vez a este memorial.
Para recordar a Aquel que entregó Su cuerpo…
derramó Su sangre…
y dio Su vida para rescatarnos.
Recordamos a nuestro amado Salvador, el Señor Jesucristo.
[i] Adapted from David Jeremiah, What in the World is Going On? (Thomas Nelson, 2008), p. 119
[ii] Adapted from Charles R. Swindoll, Christ’s Agony and Ecstasy (Insight for Living, 1982), p. 5
[iii] Adapted from David E. Garland, Zondervan Exegetical Commentary on the New Testament: Luke (Zondervan, 2011), p. 854
[iv] Adapted from Swindoll, p. 5
[v] Dale Ralph Davis, Luke: The Year of the Lord’s Favor (Christian Focus, 2021), p. 164
[vi] R. Kent Hughes, Luke: Volume Two (Crossway Books, 1998), p. 317
[vii] Bruce B. Barton, Life Application Bible Commentary: Luke (Tyndale House, 199), p. 496
[viii] J.C. Ryle, Expository Thoughts on the Gospels: Luke (Evangelical Press, orig. 1879; reprint, 1975), p. 342
[ix] Hughes, p 318
[x] Ibid, p. 318
[xi] Davis, p. 169
[xii] Garland, p. 856

















