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El secreto de la grandeza

Los discípulos estaban discutiendo acerca de quién era el mayor entre ellos apenas horas antes de la crucifixión de Jesús. Pero en lugar de reprenderlos, el Señor les dio una lección inolvidable sobre la verdadera grandeza. En este mensaje veremos el contraste entre la grandeza según el mundo y la grandeza según Cristo, descubriremos por qué el liderazgo bíblico comienza con la humildad y aprenderemos cómo el ejemplo de Jesús sigue transformando nuestra manera de servir a los demás. También veremos la sorprendente gracia de Cristo hacia discípulos imperfectos y la recompensa que Él promete a quienes le siguen fielmente.

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La pelea por ser el mayor

Después de tres años y medio de tutoría personal y enseñanza privada… después de tres años y medio escuchando cientos de sermones y una montaña de ilustraciones sobre verdades espirituales, los discípulos todavía estaban muy lejos de entender lo que era la verdadera grandeza, la espiritualidad auténtica y el liderazgo humilde de un siervo de Dios.

Y ahora están aquí, en el aposento alto con el Señor. Uno pareciera que los discípulos creen que se están preparando para una fiesta de graduación… y no para la persecución que está por venir. Están fascinados por la oportunidad de ser más cercanos al Mesías, lo que según ellos significaría tener posiciones más elevadas en el reino; tienen la mente inflada por la idea de grandeza que el mundo les ha vendido.

Pero están a punto de comprobar la veracidad de ese principio divino que dice: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga.”

Si unimos las pistas que nos dan los relatos de los Evangelios, vemos el evangelio de Lucas registra aquí un giro realmente sorprendente. Te invito a volver al capítulo 22, donde ocurre un evento clave durante la última cena.

El evangelio de Juan nos dice que este momento incluso interrumpió la cena. Jesús se levantó y les dio a los discípulos una demostración práctica de lo que realmente significa la grandeza.

Evidentemente, Jesús va a responder a la conversación que estaban teniendo los discípulos mientras cenaban.

Lucas registra esa conversación —por vergonzosa que haya sido:

“Aconteció también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor.” Lucas 22:24

Por cierto, una de las mayores pruebas de la inspiración de la Escritura es que nosotros jamás incluiríamos momentos así en las biografías de los líderes de la iglesia. Naturalmente tendemos a pulir la imagen de nuestros héroes. Pero Dios no hace eso al inspirar el relato bíblico.

¿Te imaginas ser uno de los apóstoles y que quedara escrito para siempre que, a pocas horas de la muerte del Señor, estabas discutiendo con los demás acerca de por qué tú eras el más importante? ¡Y ahora eso forma parte del registro inspirado de la Palabra de Dios!

¿Alguna vez has llamado a otra persona accidentalmente con el teléfono en el bolsillo? La otra persona escucha toda tu conversación y después te lo cuenta. Y tu primera pregunta es: “¿Qué fue lo que dije?”

Recuerdo que hace algunos años tuve una cirugía. Me había caído y me había roto la nariz. Yo pensé que el doctor simplemente me iba a sentar en una silla y me la iba acomodar… como en las películas, donde muerden un pedazo de cuero, el doctor acomoda la nariz con la mano y listo. Pero no. Necesitó cirugía en un quirófano y anestesia general.

Y allí estaba yo, acostado en la mesa de operaciones, cuando me di cuenta de que el cirujano era miembro de nuestra iglesia… y el anestesiólogo también era miembro de nuestra iglesia. ¡Ellos me iban a dejar inconsciente! Yo me preguntaba si les caía bien. Después de todo, esta era su oportunidad… y nadie se enteraría.

Fuera de broma, son excelentes médicos y me atendieron muy bien. Cuando desperté, le pregunté a uno de ellos si mientras estaba bajo anestesia había dicho algo que me descalificara del pastorado. Le pregunté: “¿Quedó algo grabado?” Y él me respondió: “No”.

Bueno, lo que Lucas acaba de registrar aquí en el versículo 24 parecería suficiente para descalificar a estos hombres de convertirse en los líderes de la iglesia solo unos dos meses después de esta cena.

Y sin embargo, lo que estamos a punto de ver es la paciencia de Jesús… y la gracia de Jesús… con ellos, y también contigo y conmigo hasta el día de hoy.

Todo lo que decimos —de hecho, todo lo que pensamos— queda registrado delante de Dios. Pero en lugar de desecharnos, Él sigue enseñándonos, perdonándonos y moldeándonos para que entendamos una definición completamente diferente de lo que significa la verdadera grandeza como discípulos suyos.

Así que, en lugar de darles una reprensión que jamás olvidarían, Jesús les muestra la diferencia entre quienes son considerados grandes en la tierra y quienes son considerados grandes en el cielo.

La grandeza según el mundo

Ahora mira el versículo 25:

“Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores.” Lucas 22:25

Es decir, los gobernantes del mundo aman el poder, los títulos y el reconocimiento público. Les encanta que las personas los admiren y dependan de ellos. Quieren ser vistos como los grandes benefactores del pueblo, como hombres indispensables.

De hecho, cuando Vespasiano regresó a Roma después de una victoria militar, Josefo —el historiador judío del primer siglo— escribió que las multitudes salieron a las calles para aclamarlo y llamarlo su “Benefactor”  – la misma palabra traducida “bienhechor”[i]

En otras palabras, la gente decía:

“Eres tan grande… ¿qué haríamos sin ti?”

Otro historiador escribió que el emperador Tiberio mandó acuñar monedas con su imagen y debajo la inscripción: “digno de adoración”.[ii]

Así funciona la grandeza en el sistema de este mundo. Mientras más personas te sirven, te exaltan y dependen de ti, más importante te consideran.

En el versículo 27 Jesús continúa diciendo: 

Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa?

Es decir, según los estándares de la tierra, el hombre que llega al restaurante con la cuenta empresarial siempre será considerado más importante que la mesera o el mesero que lo atiende. La grandeza del mundo se mide por cuántas personas te sirven.

La grandeza según Cristo

Pero luego Jesús les dice en el versículo 26:

“Mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve.

En otras palabras:

“Mi reino no funciona así.”

Así que Jesús está invirtiendo completamente el sistema de valores de este mundo.

Y en este punto, honestamente, cuesta imaginarlo, pero en menos de dos meses la iglesia va a nacer oficialmente. Y pareciera que los discípulos terminarán discutiendo sobre quién va a predicar el primer sermón. Cuando hablen milagrosamente en distintos idiomas delante de toda la multitud reunida en Jerusalén durante el día de Pentecostés, uno casi puede imaginar a los discípulos reuniéndose después para discutir quién tuvo más convertidos… o cuál idioma fue el más impresionante.

Humanamente hablando, pareciera que la iglesia ni siquiera va a despegar. Va a apagarse antes de comenzar.

¿Por qué? Porque todavía no entienden esa característica distintiva que Jesús les ha estado modelando.

Cristo tenía igualdad absoluta con el Padre, pero no se aferró a sus derechos. No los agarró egoístamente para sí. Más bien, se hizo siervo. Se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte… y muerte de cruz, como escribe Pablo en Filipenses 2.

Pero ellos todavía no entienden eso.

No están escuchando.

Esto me recuerda la historia de un joven que se le había quedado el carro atascado en medio de un camino lleno de barro. El burro que tiraba del carro decidió que no iba a moverlo ni un centímetro más. Clavó las patas en el suelo y no quiso avanzar.

El muchacho le gritaba al burro, tiraba de la cuerda, agitaba los brazos… pero el animal no daba un solo paso.

Finalmente, un anciano campesino apareció por el camino y enseguida entendió el problema.

Le preguntó:

—¿Quieres ayuda?

Y el joven respondió:

—Sí, pero no creo que pueda hacer algo mejor que yo. Llevo una hora gritándole a este burro y no se mueve.

Entonces el anciano fue al costado del camino, levantó un palo grande, volvió y le dio un golpe al burro entre los ojos.

Después le dijo tranquilamente:

—Camina.

Y el burro inmediatamente sacó el carro del barro.

El joven, confundido, le dijo:

—No entiendo. Yo le grité en la cara y actuó como si ni me escuchara. Usted le habló bajito y obedeció.

Y el campesino respondió:

—Sí… pero primero tuve que llamar su atención.

Miral el Señor está a punto de llamar la atención de sus discípulos. Va a sacar el palo, por así decirlo, y darle un golpe a su orgullo.

Y no lo hará gritándoles… sino sirviéndoles en silencio.

El evangelio de Juan nos dice que, en ese momento, el Señor se levantó de la mesa, se quitó el manto exterior y se colocó una toalla alrededor de la cintura.

Ahora iba a asumir el papel del siervo de la casa.

En aquellos días, los caminos eran polvorientos y la gente usaba sandalias. Normalmente había una tinaja grande con agua en la entrada de la casa, y un siervo llegaba con un recipiente y una toalla para lavarles los pies sucios a los invitados cuando entraban.

Y como ya hemos aprendido, las personas no se sentaban a comer en sillas como nosotros. Se reclinaban sobre cojines o esteras en el suelo, apoyándose sobre un brazo frente a una mesa baja de madera.

Así que, si alguien tenía los pies sucios… todos lo sabían.

Pero en esta ocasión no había ningún siervo asignado por el dueño de la casa. El “mesero” no aparecía.

Y ninguno de los discípulos se ofrece voluntariamente.

Están demasiado ocupados discutiendo acerca de su propia grandeza. No tienen tiempo para pensar en servir.

Y entonces Juan 13:5 nos dice, para total sorpresa de los discípulos, que Jesús “echó agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido.”

Notarás que Jesús no se puso de pie para anunciar:

“Ahora voy a darles una demostración de liderazgo servicial. Saquen sus cámaras. Tomen apuntes.”

No.

La verdad es que ellos ya estaban impactados.

Jesús simplemente comenzó a hacer el trabajo que ellos se habían negado a hacer. De hecho, ninguno de ellos se había ofrecido siquiera para lavarle los pies a Él.

Evidentemente, se creían demasiado importantes incluso para eso.

Pero ahora, creo que en ese aposento alto reinaba un silencio absoluto.

Todos habían bajado la mirada. Sus rostros estaban llenos de vergüenza.

Su Señor… su Maestro… su Rey… ahora estaba actuando como el siervo. ¡Les estaba lavando los pies sucios!

Y, por cierto, eso incluía también a Judas Iscariote. Ahora, seamos honestos… ¿cómo lavarías tú los pies de Judas Iscariote? Yo probablemente usaría agua helada. Lo dejaría para el final, cuando el agua ya estuviera sucia y la toalla completamente empapada. Y de paso, seguro le salpicaría un poco de agua encima.

Pero Jesús no lo hizo así.

Ahora bien, cuando el Señor llega a los pies de Pedro, Pedro los aparta inmediatamente. Leemos en Juan 13:8:

“Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás.”

En el idioma original, Pedro usa una doble negación para enfatizar aún más su reacción. En otras palabras: “¡Señor, no existe manera alguna de que Tú me laves los pies!”

Y Jesús le responde en el versículo 8:

“Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.”

La palabra “parte” aquí se refiere a comunión o compañerismo cercano. El Señor le está diciendo: “Pedro, si no permites que te lave, no podrás disfrutar de comunión conmigo.”

Entonces Pedro, reaccionando como Pedro suele reaccionar, responde en el versículo 9:

“Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza.”

En otras palabras:

“Entonces dame un baño completo. Aprovecha y lávame el cabello también… no te olvides detrás de las orejas. ¡Haz el trabajo completo!”

Y Jesús le responde en el versículo 10:

“El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos.”

Aquí el Señor hace referencia a dos tipos de lavado.

Dos tipos de lavado

El primero es el lavado de la regeneración. Es decir, la salvación. Ese momento cuando una persona es limpiada completamente y para siempre de la culpa y condenación del pecado.

Solo necesitas ser lavado de esa manera una vez en la vida.

Como escribió Pablo en Tito 3:5:

“Él nos salvó… por el lavamiento de la regeneración.”

Pero luego existe otro lavado que podríamos llamar el lavado de restauración. Eso sucede cuando el creyente confiesa su pecado diario y así restaura su compañerismo con Dios. 

Así que el lavado de regeneración te introduce en la familia de Dios. Y el lavado de restauración mantiene tu comunión diaria con Dios.

Y Jesús añade aquí, en el aposento alto, que no todos estos hombres habían experimentado el lavado de regeneración.

Está hablando de Judas. 

Pero aun aquellos que ya han sido lavados espiritualmente necesitan limpieza diaria.

Aquí hay una advertencia para el incrédulo.

Al igual que Judas, es posible estar sentado en el aposento alto… sin pertenecer realmente a la familia de Dios.

En otras palabras, es posible asistir a la iglesia… y aun así no ser cristiano.

Judas estuvo dispuesto a aceptar ciertas cosas, como dejar que Jesús le lavara los pies. Pero jamás rindió lo más importante: su corazón y su vida al Señor.

Y también hay un mensaje aquí para el creyente.

No puedes disfrutar de comunión con Cristo si tienes los pies sucios.

En este contexto, los pies sucios representan pecado no confesado, pecado que ha interrumpido esa cercanía con tu Señor.

Necesitas confesarlo.

Y francamente, tus pies van a ensuciarse todos los días, así que más vale que aprendas a confesar tu pecado con regularidad y honestidad.

Eso es lo que mantiene viva tu comunión diaria con el Señor.

Qué verdades tan profundas enseñó Jesús usando simplemente una toalla y un recipiente con agua, mientras el Hijo de Dios lavaba doce pares de pies sucios.

Normalmente estamos dispuestos a lavarles los pies a quienes puedan devolvernos el favor.

Pero no Jesús.

Él le lavó los pies a Judas, quien lo iba a traicionar.

Le lavó los pies a Pedro, quien lo iba a negar.

Le lavó los pies a Tomás, quien iba a dudar de Él.

Les lavó los pies a hombres que dentro de poco iban a salir corriendo en lugar de permanecer a su lado.

Observaciones finales 

Y si tuviera que resumir este texto en dos observaciones, la primera sería esta:

Servir a los discípulos fue una impactante demostración de humildad.

Ahora bien, ¿cómo se ve eso hoy?

¿Cómo se “lavan los pies” de otros en nuestra época?

Se ve en el padre que entiende que su vida no gira solamente alrededor de su carrera profesional, sino alrededor de amar fielmente a su esposa y a sus hijos.[iii]

Se ve en la madre que sirve a su familia cada día de maneras que nadie nota y que probablemente nadie aplaudirá jamás.

Se ve en el empleado dispuesto a arremangarse y hacer el trabajo que nadie quiere hacer… quizás limpiar el piso del taller o preparar otra cafetera para los demás.

Se ve en el voluntario de la iglesia que nadie reconoce públicamente —quizás ni siquiera lo notan— pero sigue comprometido con el cuerpo de Cristo y dispuesto a ponerse la toalla de siervo alrededor de la cintura.

Esas son las verdaderas pruebas de grandeza.

Eso es verdadero liderazgo humilde.

Encontré un poema titulado “Me pregunto”, donde la autora escribe:

“Señor, Tú sabes cómo te sirvo cuando todos me miran.

Sabes con cuánto entusiasmo hablo de Ti y me admiran.

Sabes cómo me emociono al promover la comunión.

Sabes la pasión sincera que llevo a cada reunión.

Pero me pregunto qué haría yo

si me dieras una toalla y un lebrillo,

y me enviaras a lavar, con ternura y cuidado,

los pies de una anciana, ya cansados y agrietados, 

día tras día

 y mes tras mes,

en un cuarto apartado,

donde nadie me viera…

y mi esfuerzo nadie hubiera notado.

Eso sí sería verdadera grandeza.

Servir a los discípulos fue una impactante demostración de humildad. Pero hay una sorpresa más.

Volviendo ahora al relato de Lucas, el Señor continúa diciendo en el capítulo 22, versículos 28 al 30:

“Pero vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas. Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos juzgando a las doce tribus de Israel.” Lucas 22:28-30

Francamente, esto es lo último que yo esperaría escuchar de labios del Señor. Un elogio. Yo estaría buscando discípulos nuevos. 

Pero esta es la gracia sorprendente del Señor hacia ellos… y, si somos honestos, hacia todos nosotros que lo seguimos hoy.

J.C. Ryle lo expresó así:

“El Señor sabía perfectamente que en pocas horas todos ellos lo abandonarían. Y aun así, aquí lo vemos enfocándose con gracia en un aspecto bueno de su conducta: hasta ese momento, ellos habían permanecido con Él en medio de sus pruebas. A pesar de sus faltas y errores, Él conocía sus corazones.

Jesús decide enfocarse en ese acto de fidelidad… a pesar de todos sus actos de fracaso. Nunca ha existido un Maestro con siervos tan débiles y torpes como nosotros. Y nunca hemos tenido un Señor tan lleno de gracia como Él.[iv]

Los discípulos jamás olvidarían este momento.

Ellos tendrían para siempre el registro inspirado y eterno de aquella conversación vergonzosa —su orgullo, su ambición, sus discusiones acerca de quién era el mayor— y con el tiempo comprenderían cuán triste y desleal había sido todo aquello, apenas horas antes del arresto del Señor.

Pero también leerían lo que nosotros acabamos de leer hoy:

Que el Señor no los hizo a un lado.

No los reemplazó.

Más bien, prometió que los haría reyes en su reino venidero.

Y tú y yo también tenemos su promesa de reinar juntamente con Él en su reino.

Así que aquí está mi segunda observación:

Recompensar a los creyentes será un día una sorprendente demostración de honor.

Prepárate para sorprenderte con la gracia de Dios.

Cada creyente sincero que conozco, cuando le pregunto cómo está caminando con el Señor, suele responder con humildad:

“La verdad… todavía tengo mucho que crecer.”

¿Y sabes por qué?

Porque somos expertos en contar nuestros fracasos.

Pero imagina la sorpresa que tendremos cuando el Señor diga:

“Sí, todo eso es cierto… pero no pases por alto este acto de fidelidad. Yo sí lo estoy viendo.”

Jesús les está diciendo aquí a sus discípulos —y también a nosotros— varias cosas:

  • “Tengo un regalo y un futuro preparado para ustedes: un reino venidero.”
  • “Tengo privilegios inimaginables reservados para ustedes: comerán y beberán a mi mesa.”
  • “Tengo una posición preparada para ustedes: un día se sentarán en tronos. ¡Ustedes son parte de la realeza!”[v]

Vamos a quedar maravillados ante la gracia de Cristo y el honor que un día derramará sobre los suyos.

Nos sorprenderá recibir recompensas completamente desproporcionadas a cualquier cosa que hayamos hecho por Él.[vi]

Ninguno de los discípulos olvidó esta escena.

Pedro ciertamente nunca la olvidó. Y años más tarde, ya anciano, escribió en 1 Pedro 5:5 una metáfora tomada directamente del aposento alto. De hecho, es el único autor del Nuevo Testamento que usa esta imagen. El escribe:

“Revestíos de humildad.”  1 Pedro 5:5

En otras palabras:

“Átate la toalla alrededor de la cintura y sirve a los demás con humildad.”

Tal vez para el mundo eso te convierta en alguien insignificante.

Pero para Dios… eso es verdadera grandeza.

Ahora, quizás notaste que nunca se nos dice si alguien lavó los pies de Jesús esa noche.

Y no puedo evitar preguntarme si alguno finalmente se ofreció voluntariamente.

Personalmente, me gusta pensar que, después de esta lección, los discípulos rodearon a su amado Señor y entre todos lavaron sus pies.

No lo sabemos.

Pero sí sabemos esto. Todos esos discípulos —excepto uno— dedicarían el resto de sus vidas, hasta su último aliento, a ser un ejemplo de verdadera grandeza – a imitar este liderazgo humilde y servicial que jamás olvidaron desde aquella noche en el aposento alto.

Y ahora nos toca a nosotros demostrar esa misma grandeza delante de los demás.Sirve a otros con la humildad de Cristo.


[i] David E. Garland, Zondervan Exegetical Commentary on the New Testament: Luke (Zondervan, 2011), p. 866

[ii] William Hendriksen, New Testament Commentary: Exposition of the Gospel According to Luke (Baker Book House, 1978), p. 971

[iii] Adapted from Charles R. Swindoll, Insights on Luke (Zondervan, 2012), p. 483

[iv] Adapted from J.C. Ryle, Expository Notes on the Gospels: Luke (Evangelical Press, original: 1879; reprint: 1975), p. 347

[v] Adapted from Dale Ralph Davis, Luke: The Year of the Lord’s Favor (Christian Focus, 2021), p. 172

[vi] Ryle, p. 348

Este contenido es una adaptación autorizada del ministerio Sabiduría Internacional, bajo la enseñanza original de Stephen Davey. Todos los derechos del contenido original están reservados a su autor.


Puede compartir o reproducir este material libremente solo con fines no comerciales, citando adecuadamente al autor y al ministerio. Queda prohibida su venta, modificación con fines lucrativos o redistribución sin permiso escrito.

Hemos procurado citar debidamente todos los recursos externos utilizados en cada lección. Las citas bíblicas provienen principalmente de la versión Reina-Valera 1960 y de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), aunque en algunos casos se emplean otras versiones de la Biblia para facilitar la comprensión del pasaje.
Reina-Valera 1960® © 1960 Sociedad Bíblica Trinitaria. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.
La Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © 2019 por The Lockman Foundation. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

Adaptado y publicado por el ministerio Sabiduría Internacional.

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