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Enfrentando Getsemaní como nuestro Salvador

¿Qué haces cuando la voluntad de Dios te lleva por un camino que no habrías escogido? En Lucas 22 llegamos al huerto de Getsemaní, donde Jesús enfrenta la hora más difícil de Su ministerio terrenal. Allí lo vemos orar con profunda agonía mientras se prepara para beber la copa que el Padre le ha dado. En este estudio aprenderemos cómo Jesús respondió al sufrimiento, a la incertidumbre y a la voluntad de Dios. Su ejemplo nos enseña a acercarnos al Padre con confianza, a ser honestos en medio de nuestras luchas y a rendirnos humildemente a Sus propósitos. Descubre cómo atravesar las pruebas de la vida siguiendo el ejemplo de nuestro Salvador.

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Introducción

En uno de sus comentarios del Antiguo Testamento, Philip Ryken contó la historia real de un niño que tenía una hermanita que necesitaba una transfusión de sangre. Ambos habían nacido con la misma enfermedad, pero el niño la había superado dos años antes. Ahora, la única esperanza de vida para la niña era recibir sangre de alguien que hubiera vencido esa enfermedad. Como ambos compartían ese raro tipo de sangre, el niño era el donante ideal.

Finalmente, el médico y los padres se sentaron con él y le preguntaron si estaría dispuesto a darle su sangre a María, su hermanita. Al principio, su labio inferior tembló un poco, pero luego respiró hondo y dijo:

—Por mi hermanita… claro que sí.

Poco después, llevaron a ambos a la sala del hospital. La niña estaba pálida y débil; su hermano, fuerte y saludable. Ninguno habló. Pero cuando comenzó la transfusión, él la miró y le sonrió.

Cuando el procedimiento estaba por terminar, el niño rompió el silencio. Con una voz temblorosa y llena de temor, le preguntó al doctor:

—Entonces… ¿cuándo voy a morir?

Solo en ese momento los adultos se dieron cuenta de que no le habían explicado bien el procedimiento. Entonces entendieron por qué había temblado cuando aceptó donar su sangre. Él pensaba que el médico le estaba pidiendo toda su sangre.

Pero aquí está lo extraordinario: por amor, había estado dispuesto a entregarlo todo.[i]

Estamos a punto de llegar a una escena donde el amor de Cristo por nosotros se revelará con una determinación así de profunda, pero con consecuencias infinitamente más trascendentes.

¿Has pensado alguna vez que Jesús no confirmó su decisión de derramar Su sangre cuando llegó al Calvario? La confirmó en el jardín de Getsemaní.

Mientras el primer Adán —el fundador de la raza humana— fracasó y no hizo la voluntad de Dios en el jardín del Edén, Jesús, llamado en el Nuevo Testamento el postrer Adán —el fundador de una nueva humanidad— triunfará haciendo la voluntad del Padre en otro jardín.[ii]

Observemos este momento. Lucas lo registra en el capítulo 22 de su evangelio.

Jesús ya ha salido del aposento alto. Ahora se dirige fuera de las murallas de Jerusalén junto a Sus once discípulos. Descienden por el valle, cruzan el arroyo de Cedrón y luego suben hacia uno de los lugares favoritos de Jesús.

Retomemos el relato en el versículo 39:

Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron. Lucas 22:39

Jesús se dirige allí porque sabe que Judas sabrá exactamente dónde encontrarlo.[iii]

De hecho, Judas probablemente regresaría primero al aposento alto. Lo normal habría sido que el grupo permaneciera allí el resto de la noche después de la cena de Pascua. Pero Jesús sale de Jerusalén antes de que Judas vuelva con los soldados.

¿Por qué?

Porque todavía quiere pasar más tiempo preparando a Sus discípulos. Todavía quiere apartarse para hablar con el Padre. Y además, Jesús tiene Sus propios planes para el momento y el lugar de Su arresto.

Así que no está escapando. No está intentando esconderse para siempre. Si hubiera querido desaparecer o abandonar Jerusalén, fácilmente podría haberlo hecho.

En cambio, simplemente está retrasando el momento de Su captura hasta el lugar determinado: este huerto llamado Getsemaní.

Y Jesús va allí porque era un lugar familiar. Un lugar tranquilo donde con frecuencia descansaba y oraba con Sus discípulos. Judas también conocía muy bien ese lugar. Así que, tarde o temprano, sabría exactamente dónde encontrarlo.

Dentro de Jerusalén, entre las murallas, no había jardines. La ciudad estaba demasiado llena. Además, existía una ordenanza especial que consideraba sagrado el suelo de la ciudad y prohibía contaminarlo con estiércol.[iv]

Y estoy seguro de que la gente agradecía eso también por otras razones.

Pero algunas personas adineradas tenían jardines privados al otro lado del valle, en el monte de los Olivos.[v]

La palabra “Getsemaní” significa “prensa de aceite”, y probablemente había una prensa de olivas entre aquellos olivares. De hecho, es posible que estuviera dentro de una cueva cercana, que hoy la han convertido en una pequeña capilla. Allí, uno puede detenerse y reflexionar sobre lo que ocurrió en ese mismo lugar.

Doug Bookman, profesor del seminario “Shepherds” suele decir:

“Todo lo que rodea el espacio ha cambiado, pero seguimos respirando el mismo aire donde ocurrió esta escena.”

He tenido el privilegio de estar allí en un viaje a Israel.

Y déjame adelantarte algo, especialmente si eres un nuevo estudiante de la Palabra de Dios: este es un lugar misterioso.

No podremos comprender completamente la lucha que tendrá lugar aquí mientras observamos a Jesús —quien es verdaderamente Dios y completamente hombre— agonizando en oración en este huerto.

No esperes entenderlo todo.

Más bien, prepárate para quitarte los zapatos, por decirlo así. Estamos pisando tierra santa.

Ahora observa el versículo 40:

Cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad que no entréis en tentación. Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró… Lucas 22:40-41

El evangelio de Marcos añade algunos detalles más:

Vinieron, pues, a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que yo oro. Y tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y comenzó a entristecerse y a angustiarse. Marcos 14:32-33

Así que imagina la escena. Llegan a este huerto, a este olivar, y Jesús deja allí al grupo de discípulos, pero invita a Pedro, Jacobo y Juan a acompañarlo más adentro.

¿Por qué Pedro, Jacobo y Juan?

Bueno, no era para protección. Sabemos que Pedro no era precisamente un experto con la espada.

Tampoco era simplemente por compañía. Ni porque estos tres discípulos fueran buenos para quedarse despiertos toda la noche.

De hecho, todos terminarán quedándose dormidos.

Una de las razones por las que Jesús invitó a Pedro a acercarse más al huerto tiene que ver con lo que le dice aquí en el versículo 40:

“Orad que no entréis en tentación.”

Jesús no está diciendo que la oración nos mantiene alejados de toda tentación. Está diciendo que la oración evita que enfrentemos la tentación desprevenidos y caigamos en ella.

La falta de oración produce debilidad espiritual.

Cuando descuidamos nuestra comunión con Dios, comenzamos a preparar el escenario para una caída espiritual.

Y aun después de que Jesús les advirtió a Pedro, Jacobo y Juan que venía una prueba, los otros evangelios nos cuentan que se quedaron dormidos… no una vez, sino tres veces.

Tres veces Jesús le dice a Pedro:

—Pedro, necesitas orar más.

Y Pedro, en esencia, responde tres veces:

—¿Yo? Lo que necesito es dormir un poco más.

Pedro no cayó en la tentación de negar a Jesús primero en el patio del sumo sacerdote.

Él ya había empezado a caer en el aposento alto y ya había colapsado espiritualmente en el huerto de Getsemaní.

Mira, Pedro vive bajo la ilusión de que Jesús quizás necesita orar… pero él no. Él cree estar preparado para cualquier cosa.

Y nosotros sufrimos esa misma ilusión temporal, hasta que Dios nos lleva a un punto donde descubrimos que no tenemos nada… excepto la oración – que por nuestras fuerzas no podemos – que dependemos completamente del Señor.

Si no estás orando, no es porque no sepas cómo hacerlo. Es porque piensas que no lo necesitas.

Hasta que sucede algo que te recuerda que será mejor que empieces a orar.

Esto me recuerda la historia que contó Vernon Janzen, quien estaba predicando un domingo por la mañana cuando un niño pequeño comenzó a portarse mal durante el servicio. Él observó cómo los padres intentaban de todo para mantenerlo tranquilo. Finalmente, cuando el niño simplemente se negó a quedarse quieto, el padre lo levantó en brazos y comenzó a caminar seriamente por el pasillo rumbo a la salida.

El niño sabía que estaba en problemas.

Y justo cuando llegaron a la puerta del vestíbulo, el pequeño gritó hacia la congregación:

—¡Oren por mí!

Demasiado tarde para empezar a orar.

Corrie ten Boom, una creyente que sobrevivió a los campos de concentración nazis, solía hacer esta pregunta tan confrontadora:

“¿La oración es tu rueda de auxilio… o tu volante?”

Jesús no trajo a estos tres hombres al huerto para que lo protegieran ni simplemente para hacerle compañía. Los trajo para enseñarles.

Él va a mostrarles, indirectamente, cómo atravesar sus propias noches en Getsemaní.

Y quizá tú estés atravesando uno de esos momentos incluso hoy.

Tal vez estás luchando con la voluntad de Dios. Con el plan de Dios para tu vida. Con algo que Él permitió. Con algo que Él decidió no darte: algún deseo, algún sueño, incluso alguna necesidad que parecía legítima.

Observaciones de Getsemaní

Entonces, ¿cómo puedes atravesar tu Getsemaní?

Observemos cómo lo hizo el Señor.

La manera en que Jesús enfrentó esta hora va a responder nuestra pregunta.

Primero, observemos:

La intimidad del Señor con Su Padre.

Fíjate en la primera palabra de la oración del Señor en el versículo 42. Él dijo:

“Padre…” Lucas 22:42a

Marcos lo registra así:

“Abba, Padre…”

Marcos 14:36

No pases por alto ese término tan íntimo.

Aun en medio de Su angustia y soledad, Jesús nunca perdió de vista Su completa dependencia y comunión personal con Dios el Padre.

“Abba” es una expresión aramea de profundo afecto y cercanía.

Algunos intentan traducir esta expresión como “Papito” o “Papi”, pero creo que eso se queda corto.

Después de todo, tus niños te dicen “papi” tanto cuando están jugando contigo como cuando acabas de castigarlos.

Y normalmente, cuando crecen, empiezan a decir simplemente “papá”. No porque te amen menos o porque ya no exista cercanía, sino porque “papi” ya no parece encajar igual.

Aunque he notado que muchas hijas nunca dejan de decirle “papi” a su padre. Especialmente cuando vienen a pedirte plata.

Al menos así funciona en mi casa.

La idea detrás de esta expresión aramea no es que Jesús estuviera hablando como un niño pequeño. La idea es cercanía, confianza e intimidad personal.

Era una manera profundamente personal de dirigirse al Padre, como si dijera: “Padre mío.”

Y esto es importante, porque Getsemaní no lleva a Jesús a preguntarse:

“¿De verdad eres Mi Padre?”

“¿De verdad te importo?”

“Y si te importo… ¿por qué estoy pasando por esto?”

Pero muchas veces cuando nosotros pasamos por Getsemaní – cuando atravesamos momentos y temporadas difíciles, sí nos llevan a esas conclusiones equivocadas.

Pensamos que el dolor y el sufrimiento significan que Dios nos abandonó. Que, si estamos sufriendo, entonces Dios debe estar ausente.

Pero Jesús nos muestra aquí que, en medio de Su agonía más profunda, el Padre no estaba ausente. El Padre estaba actuando.

Y nosotros también podemos aferrarnos a esa misma verdad:

“Padre, sé que Tú eres mío. Sé que no me has dejado solo.”

Así que, en esta primera palabra, vemos la intimidad del Señor con Su Padre.

Ahora observemos una segunda característica de la manera en que Jesús enfrentó esta hora:

La honestidad del Señor en medio de Su lucha.

Otra vez el versículo 42:

“Padre, si quieres, pasa de mí esta copa…” Lucas 22:42

Nota que Jesús se refiere a todo lo relacionado con la crucifixión como “esta copa”.

Y eso cumple una imagen profética del Antiguo Testamento.

  • En Isaías 51, la copa representa la ira de Dios contra el pecado.
  • En Jeremías, la copa contiene el vino de la ira divina.
  • Y varios profetas describen a naciones malvadas como Edom y Babilonia bebiendo esa copa por causa de su pecado.[vi]

Escucha bien: Jesús no está actuando aquí. No está intentando aparentar emociones humanas. Tampoco es una especie de robot tratando de simular sufrimiento.

Esto es real.

Jesús posee una naturaleza divina y una naturaleza humana. Él es el 100% Dios, 100% hombre: Ese es el misterio de la encarnación.

Marcos registra que Jesús dijo:

“Mi alma está muy triste, hasta la muerte.”

Y la copa que estaba a punto de beber incluía todo esto:

  • El dolor de la traición y el abandono de Sus amigos.
  • La humillación de ser vendido por treinta piezas de plata, el precio de un esclavo lisiado en aquella época.
  • El rechazo de Su propio pueblo, por el cual antes había llorado.
  • El insulto supremo de escuchar a Israel declarar delante de Pilato: “No tenemos más rey que César.”
  • El peso de cargar con nuestro pecado. Él, el hombre perfecto y sin pecado, estaba a punto de cubrirse con nuestros pecados.
  • Los horrores físicos de la cruz, la forma más cruel de morir.
  • Y aun la separación de la comunión que había disfrutado eternamente con el Padre.

Y esa copa estaba mezclada con miles de dolores más que nosotros jamás podremos comprender por completo.

Jesús moriría por nosotros.

Moriría en lugar de nosotros.

Y moriría cargando nuestro pecado, completamente cubierto por nuestra culpa.

Como escribe Pablo en 2 Corintios 5:21:

“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado.”

El hecho de que Jesús luche honestamente aquí solo confirma Su verdadera humanidad.

El autor Ralph Davis escribió hace poco que, si entendemos aunque sea una parte del contenido de esa copa, entonces el deseo de Jesús de evitarla no demuestra debilidad, sino perfección.[vii]

Él retrocede delante del pecado.

Y eso es verdad.

Sería como obligarte a entrar con ropa blanca impecable en un pantano lleno de lodo y suciedad. Naturalmente retrocederías.

La reacción de Jesús es santa. De hecho, sería extraño si no se estremeciera delante de esto.[viii]

Ahora Jesús está a las puertas de cargar sobre Sí toda la suciedad y corrupción de cada pecado imaginable. Y agoniza por eso.

Quizá alguna vez hayas visto esa famosa pintura de Jesús orando en el huerto. Está arrodillado junto a una gran roca, con el cabello perfectamente ordenado, las manos cuidadosamente cruzadas y hasta un poco de luz alrededor de Su cabeza mientras mira serenamente al cielo.

Y si tienes esa pintura en casa, no la quites. Tal vez Jesús oró así en otra ocasión.

Pero no aquí.

El evangelio de Marcos nos da más detalles de este momento. Él escribe:

“Yéndose un poco adelante, se postró en tierra, y oró que si fuese posible, pasase de él aquella hora.” Marcos 14:35

Marcos utiliza un tiempo verbal que da la idea de una acción continua.[ix]

En otras palabras, Jesús cayó al suelo y oró.

Luego se levantó, avanzó unos pasos más, volvió a caer y volvió a orar.

Se puso de pie otra vez, caminó tambaleándose un poco más… y cayó de nuevo.

Y volvió a orar.

Hebreos 5 describe esta misma escena y dice que Jesús oró “con gran clamor y lágrimas”.

Mira a tu Salvador.

Luchando con el plan de salvación que Él mismo había diseñado.

Obsérvalo ahora como agoniza por todo lo que eso implicaba.

Cae…

clama…

ora…

tambalea…

vuelve a caer…

vuelve a orar…

llora delante del Padre.

No nos sorprende entonces que Lucas añada aquí en el versículo 43:

“Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle.” Lucas 22:43

Todavía no era el momento de morir.

La presión física, emocional y espiritual sobre Jesús era tan intensa que ningún ser humano podría soportarla por sí solo.

Y de hecho, la agonía era tan profunda que Lucas —el médico— es el único evangelista que añade lo que dice en el versículo 44:

“Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.” Lucas 22:44

Lucas utiliza la palabra “como”, lo que podría indicar que el sudor caía tan pesado y espeso que parecía sangre.

Aunque también es posible que Lucas estuviera describiendo una condición que hoy la medicina conoce como hematidrosis.

Bajo un nivel extremo de angustia, pequeños vasos capilares debajo de la piel pueden romperse, mezclando sangre con el sudor.

Y eso parece ser lo que ocurre aquí.

No es extraño entonces que Dios enviara un ángel para fortalecerlo.

Amado oyente, aquí vemos a Jesús en toda la realidad de Su humanidad.

Luchando honestamente.

Sufriendo profundamente.

Y decidiendo seguir adelante.

El primer Adán pecó, y Dios lo condenó a trabajar con el sudor de su frente.

Pero este segundo Adán, con el sudor cayendo de Su frente, decide cargar la condena y quitar la maldición.[x]

Hasta aquí hemos visto:

La intimidad del Señor con Su Padre.

La honestidad del Señor en medio de Su lucha.

Y finalmente, observemos ahora…

La humildad del Señor en Su sumisión.

Jesús termina Su oración —volviendo al versículo 42— y dice:

“Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” Lucas 22:42

¿Has pensado alguna vez que tu salvación eterna depende de este momento… y de una palabra?

“Pero…”

“Padre, no quiero beber esta copa ni experimentar todo su horror y todo lo que significa. Pero… no se haga Mi voluntad, sino la Tuya.”

¡Pero!

Esa palabra lo cambia todo.

Porque esta copa ya no representa solamente agonía. Ahora representa victoria.

¡Aleluya! Jesús dijo: “Pero no se haga Mi voluntad, sino la Tuya.”

Mientras estudiaba este pasaje, pensé en la cantidad de veces que usamos la palabra “copa”.

Tomamos la copa de la santa cena como un recordatorio de la sangre derramada del Señor. Y participamos de ella con gratitud y gozo.

También me llamó la atención que, en muchas partes del mundo, una copa representa victoria.

En muchos deportes, el trofeo del campeón es una copa.

Está la Copa Davis en el tenis.

La Copa Mundial de la FIFA.

También en hockey, baloncesto, y muchos deportes más.

De hecho, mientras investigaba esto para el sermón, dije en voz alta:

—Mira tú… hasta el rugby tiene una copa mundial.

Y de repente Siri —se activó en mi teléfono y respondió:

“Sudáfrica derrotó a Nueva Zelanda en la Copa Mundial de Rugby con un marcador de 12 a 11.”

Ni siquiera sabía que me estaba escuchando mientras preparaba el sermón.

Jesús experimentó toda la agonía de esta copa. Pero esta copa terminaría convirtiéndose en Su victoria sobre nuestros enemigos: el pecado, Satanás, la muerte y la tumba.

  • Esta copa de abandono hizo posible nuestra copa de aceptación.
  • Esta copa de rechazo nos entregó la copa de la redención.
  • Esta copa de dolor se convirtió en nuestra copa de alabanza.

En cierto sentido, esta copa se convirtió en la copa de victoria del Salvador.

Y ciertamente es la copa de nuestra salvación.

Entonces, ¿cómo puedes atravesar tu propio Getsemaní? Ese momento difícil que quizá estés enfrentando hoy.

Ese lugar donde Dios, tal vez, te ha puesto y parece querer mantenerte más tiempo del que quisieras.

Verdades para recordar

Permíteme darte algunas verdades finales mientras aprendemos a responder como nuestro Salvador respondió aquí, en Su hora más desesperante.

Primero:

Recuerda que los amigos pueden darte ánimo y consuelo, pero nunca deben reemplazar a tu Padre celestial.

Muchas veces les contamos nuestros problemas a todos… menos al Señor.

Y, sinceramente, nuestra mayor necesidad es Él.

Segundo:

Recuerda que la oración no existe para convencer a Dios de hacer nuestra voluntad, sino para alinear nuestra voluntad con la Suya.

Más temprano en nuestro estudio de Lucas vimos que Jesús nos enseñó a orar. Y Él no nos enseñó a pedir que nuestra voluntad se hiciera en el cielo. Nos enseñó a pedir que la voluntad del Padre se haga aquí en la tierra.

Tercero:

Recuerda que la intimidad con Dios no necesariamente elimina el sufrimiento, pero sí demandará que nos sometamos a Él.

Llega el momento de decir, como el Señor:

“Padre, no quiero esta copa. Esto no es lo que esperaba. Pero si no hay otro camino, si esto es realmente lo que Tú quieres… entonces, no se haga mi voluntad, sino la Tuya.”

Cuando llegue tu hora de necesidad o tentación…

cuando quieras derramar delante de Dios tus cargas más profundas, tus deseos, tus frustraciones y tus tristezas…

cuando sientas que el suelo se mueve debajo de tus pies…

Getsemaní es el lugar al que debes ir.[xi]

Conclusión

El pastor Philip Yancey cuenta la historia de unos amigos de su familia.

Esta pareja tenía dos hijos, Paula y José, ambos nacidos con fibrosis quística.[xii]

Por más que comían, seguían siendo extremadamente delgados. Tosían constantemente y les costaba respirar. Dos veces al día, su madre Megan debía golpearles el pecho para ayudarles a expulsar la mucosidad acumulada.

Pasaban varias semanas cada año en el hospital. Y ambos crecieron sabiendo que probablemente morirían antes de llegar a ser adultos.

José, un muchacho brillante y alegre, murió a los doce años.

Paula, sin embargo, logró vivir mucho más tiempo del esperado.

Sobrevivió varias crisis médicas durante la secundaria y finalmente llegó a entrar a la universidad. Parecía fortalecerse en vez de debilitarse, y la familia comenzó a pensar que quizá sí llegaría el milagro.

Pero el milagro nunca llegó.

La última vez que Paula estuvo hospitalizada, las cosas ya no iban bien. Entonces le dijo a su madre:

—Mamá, ¿te acuerdas de esa frase?

Era una cita de William Barclay que su pastor había mencionado recientemente:

“La perseverancia no es solamente soportar algo difícil, sino transformarlo en gloria.”

Y Paula le dijo:

—Mamá, eso es lo que quiero hacer.

Su compromiso con Cristo siguió siendo evidente hasta el final.

En una ocasión, el presidente de su universidad fue a visitarla y le preguntó si había algo específico por lo cual pudiera orar.

Paula estaba demasiado débil para hablar, así que pidió le explicaran esa frase al presidente, y que orara para que ese sufrimiento pudiera transformarse en gloria para Dios.

Paula murió pocas semanas después, a los 23 años.

Pero perseveró.

Y dejó detrás de sí un testimonio para la gloria de Dios.

Así es como atraviesas tu Getsemaní.

Y mientras lo haces, descubres:

  • Una intimidad renovada con el Padre.
  • Honestidad delante de Dios en medio de la lucha.
  • Y una nueva humildad al rendirte a Su voluntad.

Aquí es donde aprendemos —y volvemos a aprender— a decir:

“Pero…”

“Pero no se haga mi voluntad, Señor, sino la Tuya.”

  • Las cosas no salen como esperabas… pero.
  • Los problemas siguen acumulándose… pero.
  • Nada parece funcionar… pero.

“Señor, no se haga mi voluntad, sino la Tuya.”

Eso es tomar una copa de dificultad y, con el tiempo, ver cómo el Señor la transforma en una copa de victoria.

Y al final, toda la gloria le pertenece a tu Padre celestial.


[i] Adaptado de Douglas Sean O’Donnell, Matthew (Crossway, 2013), p. 800

[ii] Adaptado de Warren W. Wiersbe, Be Courageous (Victor Books, 1989), p. 119

[iii] David E. Garland, Zondervan Exegetical Commentary on the New Testament: Luke (Zondervan, 2011), p. 880

[iv] William Barclay, The Gospel of Mark (Westminster Press, 1975), p. 343

[v] Ibid.

[vi] O’Donnell, p. 800

[vii] Dale Ralph Davis, Luke: The Year of the Lord’s Favor (Christian Focus, 2021), p. 180

[viii] Ibid

[ix] Charles R. Swindoll, Christ’s Agony and Ecstasy (Insight for Living, 1982), p. 8

[x] Adapted from Wiersbe, p. 120

[xi] Adapted from O’Donnell, p. 797

[xii] Nombres originales, “Peggy” y “Joey” cambiados para mayor inmersión y menor distracción en la historia.

Este contenido es una adaptación autorizada del ministerio Sabiduría Internacional, bajo la enseñanza original de Stephen Davey. Todos los derechos del contenido original están reservados a su autor.


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Hemos procurado citar debidamente todos los recursos externos utilizados en cada lección. Las citas bíblicas provienen principalmente de la versión Reina-Valera 1960 y de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), aunque en algunos casos se emplean otras versiones de la Biblia para facilitar la comprensión del pasaje.
Reina-Valera 1960® © 1960 Sociedad Bíblica Trinitaria. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.
La Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © 2019 por The Lockman Foundation. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

Adaptado y publicado por el ministerio Sabiduría Internacional.

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